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nefesh y carne. El nefesh es una especie de ser primario donde residen la fuerza vital, los instintos, las pasiones, los afectos. Tiene, en cierto modo, un carácter fisiológico y se identifica con partes concretas del organismo. Por ejemplo, con la sangre, como fuente de vida. Después del Diluvio, Dios dice a Noé: “Todo animal vivo será para vosotros alimento, así como toda la verdura di para vosotros. Pero carne con su nefesh, su sangre, no comeréis”. También se asocia con la garganta, órgano donde a menudo se somatiza la angustia: “Sálvame, Dios, porque las aguas me llegan al nefesh, dice el salmo 69 del texto hebreo.

Las Biblias en español suelen traducir nefesh por alma, aunque en el salmo 69 lo hagan excepcionalmente por cuello para una mejor comprensión de la frase. Ambas acepciones, sin ser del todo incorrectas, resultan insuficientes. Algunos traductores exigentes prefieren dejar la palabra en su versión original hebrea, y explicarla en una nota al margen, por considerar que su transposición a otra lengua no recogería cabalmente la complejidad de su significado.

El corazón (lev) aparece citado por lo menos un millar de veces en la Biblia, ya sea como órgano físico del cuerpo, como fuente de la vida afectiva o como asiento de las facultades psíquicas, entre ellas el raciocinio y la voluntad para obrar bien o mal. “Ya conozco tu orgullo y la malicia de tu corazón”, le espeta al joven David uno de sus envidiosos hermanos cuando muestra interés en derrotar al gigante Goliat.

En suma, cuando la Biblia informa que algún personaje ama con el alma o con el corazón, quiere indicar que lo hace con todo su ser, todo su entender y toda su voluntad, y ello nada tiene que ver con lo que hoy, influidos por la filosofía griega, llamamos un amor espiritual. Entre los antiguos israelitas, este concepto, sencillamente, no existía.


Escenarios del “flechazo”
La Biblia no es nada prolija en la descripción de los flechazos amorosos; a lo sumo informa que el varón se prenda de la muchacha al encontrarla hermosa y la pide por esposa, como en el caso de Jacob y Raquel. Lo que hacen en ocasiones los narradores bíblicos, al dar cuenta de ciertos matrimonios trascendentales para el destino de Israel, es enmarcar el primer encuentro de la pareja en deliciosos relatos de ambiente que funcionan literariamente a modo de preludio amoroso.

A su llegada a Padán Aram, Jacob se detuvo junto a un pozo donde estaban reunidos varios pastores y les preguntó si conocían a Labán, su tío. Los pastores contestaron afirmativamente. “¿Está bien?”, les preguntó Jacob. Los pastores respondieron: “Sí, bien está; mira, ahí viene Raquel, su hija, con su rebaño”. Entonces, prosigue el relato, “llegó Raquel con el rebaño de su padre, pues ella era la pastora. Y cuando vio Jacob a Raquel, hija de Labán, hermano de su madre, se acercó, removió la piedra de sobre la boca del pozo, y abrevó el rebaño de Labán, hermano de su madre. Besó Jacob a Raquel, y alzó la voz llorando. Dio a saber a Raquel que era hermano [en este caso, pariente] de su padre e hijo de Rebeca, y ella corrió a contárselo a su padre. En cuanto oyó Labán lo que de Jacob, hijo de su hermana, le decía, corrió a su encuentro, lo abrazó, lo besó y lo llevó a su casa”.

El escenario pastoril con ganado y pozo, donde el recién llegado realiza un alarde de fuerza o galantería delante de su futura esposa, también enmarca el primer contacto de Moisés, el gran caudillo del pueblo israelita, con Séfora. Moisés había huido de Egipto a Madián después de matar a un egipcio que estaba golpeando a un hebreo. Al llegar a tierras madianitas, se sentó en un pozo. Entonces, cuenta la Biblia, “siete hijas que tenía el sacerdote de Madián vinieron a sacar agua y llenar los canales para abrevar el ganado de su padre. Llegaron unos pastores y las echaron de allí, pero Moisés se levantó, salió en defensa de las jóvenes, y sacando agua abrevó su ganado. De vuelta ellas a la casa de Ragüel, su padre, les preguntó éste: ‘¿Cómo venís hoy tan pronto?’. Ellas respondieron: ‘Es que un egipcio nos ha librado de la mano de los pastores, y aún él mismo se puso a sacar agua y abrevó nuestro ganado’. Dijo él a sus hijas: ‘Y ¿dónde está? ¿Por qué habéis dejado allí a ese hombre? Id a llamarle, para que coma algo’. Moisés accedió a quedarse en casa de aquel hombre, que le dio por mujer a su hija Séfora”.

En un escenario ya no ganadero, sino agrícola, tuvo lugar el primer contacto visual entre el hacendado Boz y la humilde Rut, que el narrador describe del siguiente modo: “Fue, pues, Rut, y se puso a espigar en un campo detrás de los segadores. Y ocurrió casualmente que la parcela del campo pertenecía a Boz, que era de la parentela de Elimélec. Y he aquí que vino éste de Belén para visitar a los segadores, a quienes dijo: ‘Yavé sea con vosotros’; contestándole ellos: ‘Yavé te bendiga’. Y preguntó Boz al criado suyo que estaba al frente de los segadores: ‘¿De quién es esta joven?’; y él le contestó: ‘Es una joven moabita que se ha venido con Noemí de la tierra de Moab’”. Con este brochazo descriptivo, el autor deja claro que Rut ha atrapado la atención de Boz. No se precisa que la protagonista fuera bella o que su futuro marido la amase. Más que una atracción sexual, el relato sugiere que lo que se apodera de Boz es un sentimiento de admiración y piedad hacia la muchacha extranjera porque no ha abandonado a su suegra israelita Noemí pese a que ambas han enviudado y atraviesan una difícil situación económica.

Los narradores bíblicos se las arreglan para crear preámbulos amorosos incluso cuando es un intermediario, y no el futuro esposo, quien mantiene el primer encuentro con la novia. El patriarca Abraham había encargado a un siervo que buscara esposa para su hijo Isaac en la lejana tierra de Aram Naharayim. El siervo estaba en aprietos, pues no sabía cómo atinar en su misión, así que al llegar a las afueras del pueblo pidió ayuda a Dios. Le dijo que se colocaría junto al pozo de agua y pediría agua a las mujeres que se acercasen. Aquella que le contestase: “Bebe tú y daré también de beber a tus camellos”, sería la destinada a ser esposa de Isaac. Y sucedió que, antes de que terminara de hablar, apareció una muchacha “muy hermosa y virgen, que no había conocido varón” con un cántaro al hombro y pronunció las palabras mágicas. Cuando los camellos acabaron de beber, el siervo tomó un arillo de oro de medio siclo de peso y dos brazaletes también de oro de diez siclos y preguntó a la muchacha quién era. Ella contestó que era hija de Batuel. El siervo se postró y agradeció a Yavé que lo hubiera conducido directamente a la casa de los parientes de su amo, ya que Batuel era sobrino de Abraham. Aunque Isaac no es quien se encuentra con su futura esposa, al lector se le transmite el mensaje idílico de que ambos estaban predestinados al matrimonio y que en la elección de la muchacha intervino el mismísimo Yavé.


“De bella figura y bello parecer”
Como ya se indicó, el aspecto físico de la hembra desempeñaba un papel importante a la hora de despertar los apetitos glandulares del varón. “La belleza de la mujer alegra el rostro del marido y aumenta en el hombre el deseo de poseerla”, proclama con cruda elocuencia el autor del Eclesiástico. Sin embargo, pese a esta y tantas otras exaltaciones de la hermosura femenina, los narradores bíblicos son poco pródigos —y bastante tópicos, todo sea dicho— en la descripción de la belleza.

De Raquel, por la que Jacob trabaja siete largos años que se le antojan días, se dice tan sólo que era una joven “de bella figura y bello parecer”. Betsabé, cuya visión en una bañera arrastra al rey David al delito del adulterio, es simplemente “de muy buen parecer”. Tamar, que hace enfermar de deseo a su hermano Absalón, es bella. Judit, la valerosa viuda que consiguió seducir al general asirio Holofernes, era “de bella figura y buen parecer”. Exactamente lo mismo se nos informa de Ester, la heroína que encandiló al emperador persa Asuero y se convirtió en reina del imperio más poderoso del mundo.

Los autores despliegan un esfuerzo descriptivo ligeramente mayor cuando se refieren a la belleza masculina. Sobre Saúl, primer rey de Israel, dicen que era “joven y bueno” y que “de los hombros arriba sobrepasaba a todo el pueblo”. Su sucesor David era “pelirrojo, de bellos ojos y buen parecer”. Uno de los hijos de David, Absalón, merece todo un derroche narrativo: “En todo Israel no había hombre tan bello como Absalón y tan loado; desde la planta de sus pies hasta su coronilla no había en él defecto; y cuando se rasuraba la cabeza, lo que hacía al final del año pues le pesaba el cabello, el cabello pesaba doscientos siclos según peso real”.

Caso aparte es el Cantar de los Cantares, donde la pareja de novios se describe entre sí con extraordinaria minucia. Los cabellos de la novia son “rebañitos de cabras, que ondulantes van por los montes de Galaad”. Sus dientes, “un rebaño de ovejas de esquila que suben al lavadero, todas con sus crías mellizas, sin que haya entre ellas estériles”. Las curvas de su cadera son “una joya, obra de manos de orfebre”. Su ombligo, “un ánfora, en que no falta el vino”. Por vientre tiene un “acervo de trigo, rodeado de azucenas”. Por pechos, “dos cervatillos, mellizos de gacela”. Su cuello es “como torre de marfil”. Sus ojos son “dos piscinas de Hesebón, junto a la puerta de Bat Rabbín”. Su nariz, “la torre del Líbano, que mira hacia Damasco”.

El novio, a su vez, es “fresco y colorado”. Su cabeza, “oro puro”. Los rizos le caen cual “racimos de dátiles, negros como el cuervo”. Tiene ojos “como palomas, posadas al borde de las aguas, que se han bañado en leche y descansan a la orilla del arroyo”. Sus mejillas asemejan un “jardín de balsameras, teso de plantas aromáticas”. Sus labios son “lirios que destilan exquisita mirra”. Por manos tiene “anillos de oro, guarnecidos de piedras de Tarsis”, y por piernas, “columnas de alabastro, asentadas sobre basas de oro puro”. Su porte es “como el Líbano, gallardo como el cedro”.

Se trata de descripciones poéticas y cargadas de simbolismo que difícilmente servirían a un detective para fabricar el retrato robot de un sospechoso. Sin embargo, leídas con atención aportan cierta información acerca del modelo de belleza en ese tiempo: en el hombre, piel blanca, cabellos rizados muy negros, cuerpo esbelto y sólido; en la mujer, cabello largo y revuelto, ojos acuosos, caderas pronunciadas y senos vigorosos.


Vasti, la bella que se rebeló
En la Biblia aparece una mujer muy hermosa de la que apenas se habla, pero que, desde una perspectiva moderna, merecería ocupar un lugar de honor en la galería de luchadoras por la dignificación femenina. Se trata de Vasti, la esposa de Asuero, rey de Persia, que cayó en desgracia por negarse a ser exhibida como un trofeo sexual. Su historia está recogida en el libro de Ester, un delicioso relato de ficción a lo Mil y una noches escrito hacia el año 200 a. C.

Asuero, cuyo imperio se extendía desde la India hasta Etiopía, ofreció en cierta ocasión una fiesta opulenta de siete días a todo el pueblo en su palacio de Susa, la capital. Hombres y mujeres celebraban por separado los fastos. El séptimo día, con “el corazón alegre por el vino”, el monarca ordenó a sus siete eunucos que trajeran a su presencia a la reina Vasti, con su corona, con el propósito de “mostrar a los pueblos y a los grandes su belleza, pues era de hermosa figura”. Vasti se negó a ir. El rey “se encendió en cólera” y consultó a los siete sabios en derecho de su corte sobre qué debía hacer ante semejante afrenta. Uno de ellos, Memucan, pronunció el veredicto: “No es sólo al rey a quien ha ofendido la reina Vasti, sino a todos los príncipes y a todos los pueblos de todas las provincias del rey Asuero, porque lo hecho por la reina llegará a conocimiento de todas las mujeres y será causa de que menosprecien a sus maridos, pues dirán: ‘El rey Asuero mandó que llevasen a su presencia a la reina Vasti y ella no fue’, y desde hoy las princesas de Persia y de Media que sepan lo que ha hecho la reina se lo dirán a todos los príncipes del rey, y de aquí vendrán muchos desprecios y mucha cólera”.

Memucan aconsejó al monarca promulgar un real decreto que prohibiera a la reina Vasti aparecer de nuevo ante su presencia y designara reina a otra “mejor que ella”. Con ese mensaje aleccionador se conseguiría que “todas las mujeres honraran a sus maridos, desde el más grande hasta el más pequeño”. Asuero aprobó la idea y envió cartas a todas las provincias de su imperio en las que ordenaba que “todo hombre había de ser el amo en su casa”. De este modo se sofocó el conato de rebelión de la hermosa Vasti. La tradición hebrea no muestra ningún pesar por el destino de la reina, por una sencilla razón: su desafío propició que el rey Asuero convocara un concurso para tomar una nueva esposa, y la elegida fue la judía Ester, que, gracias a su influencia en la corte persa, pudo salvar más adelante a su pueblo del exterminio.


Miss Persia
El concurso que convirtió a Ester en reina de Persia tiene la singularidad de ser el único certamen de belleza propiamente dicho que recoge la Biblia. La prolijidad del relato arroja de paso alguna información sobre el funcionamiento de los harenes reales. Cuando el rey Asuero se hubo calmado tras el desplante de Vasti, sus servidores le recomendaron que se buscase “jóvenes vírgenes y bellas” en todo el imperio y convirtiera en reina a la que más le agradase. Comisarios designados en todas las provincias del reino se encargarían de reunir a las elegidas en Susa, la capital. Allí permanecerían en la casa de las mujeres del complejo palaciego, bajo la vigilancia de Hegue, eunuco del rey y guarda de las mujeres, que les proporcionaría todo lo necesario para ataviarse hasta que les llegara el turno de desfilar ante el monarca.

Asuero siguió el consejo. Entre las numerosas jóvenes que quedaron bajo el cuidado de Hegue estaba la huérfana Ester, sobrina de un buen hombre llamado Mardoqueo, residente en Susa. La joven agradó al eunuco, que la proveyó de todo lo necesario para su adorno y su subsistencia. Además, le asignó siete doncellas y la albergó junto a éstas en el mejor departamento de la casa de mujeres.

Después de permanecer doce meses encerrada, ungiéndose seis meses con óleo y mirra y otros seis meses con aromas y perfumes, cada candidata era conducida de la casa de las mujeres a la casa del rey, pudiendo llevar con ella cuanto quería. Iba por la tarde; a la mañana siguiente, si no era la elegida, pasaba a la “segunda casa de las mujeres”, donde vivían las concubinas bajo la vigilancia del eunuco Saasgaz. Sólo podía volver a presencia del rey “a menos que éste la desease y fuese llamada por su nombre”. Cuando llegó el turno a Ester para ir ante el monarca, la muchacha no pidió llevar nada especial con ella. Al verla, Asuero la “amó más que a todas las otras mujeres” y puso sobre su cabeza la corona real que había llevado la rebelde Vasti, tras lo cual ofreció un generoso festín en su honor.


El arte de seducir. Cosméticos y joyas
Al igual que hoy, en tiempos de los antiguos israelitas existían métodos y productos para resaltar la belleza. La Biblia da cuenta de una gran variedad de joyas, piedras preciosas, ungüentos, perfumes y afeites. En la feroz diatriba que dirige en nombre de Dios contra Jerusalén, a la que trata alegóricamente como a una novia infiel, el profeta Ezequiel menciona numerosos ornamentos personales, un ungüento embellecedor y algunos alimentos delicados con los que la mujer seguramente refinaba su figura: “Te ungí con óleo, te vestí de recamado, te calcé de piel de tejón, te ceñí de lino fino y te cubrí de seda. Te atavié con joyas, puse pulseras en tus brazos y collares en tu cuello, arillo en tus narices, zarcillos en tus orejas y espléndida diadema en tu cabeza. Estabas adornada de oro y plata, vestida de lino y seda; comías flor de harina de trigo, miel y aceite; te hiciste cada vez más hermosa y llegaste hasta reinar”.

También el profeta Isaías parece hacer un inventario de la moda de su tiempo en su duro alegato contra las pecaminosas hijas de Sión: “Quitará el Señor sus atavíos, ajorcas, redecillas y lunetas, collares, pendientes, brazaletes, cofias, cadenillas, cinturones, pomos de olor y amuletos, anillos, arillos, vestidos preciosos, túnicas, mantos, bolsitos, espejos y velos, tiaras y mantillas”.

La Biblia menciona numerosas especias y plantas aromáticas que se utilizaban como perfumes y cosméticos. Destacan la mirra y el áloe. En el harén del rey persa Asuero, como se acaba de ver, las mujeres se ungían doce meses con ambos productos. La mirra, que se extrae de la corteza de un arbusto de Arabia y África central, era una de las plantas aromáticas más apreciadas. El áloe, a su vez, se obtiene de la resina de un árbol que crece en la India y la península Malaya. El novio del Cantar de los Cantares cita algunos perfumes y ungüentos más al describir a su amada como un jardín “de nardos y azafrán, de canela y cinamomo, de todos los árboles aromáticos, de mirra y áloe y de todos los más selectos balsámicos”.

En el antiguo Israel, al igual que en todo Oriente, se utilizaban pigmentos como tinte de pelo y pintura de ojos. La fenicia Jezabel, que llegó a ser reina madre de Israel y a la que la Biblia presenta como gran promotora de la prostitución idolátrica, se maquilló en actitud arrogante cuando el guerrero Yehú entró en la ciudad de Jezrael para consumar su golpe de Estado: “Sabiéndolo Jezabel, se pintó los ojos, se peinó y se puso a mirar a una ventana”. En su soflama contra el reino de Judá, el profeta Jeremías da una pequeña pista sobre la moda del momento en lo que respecta al delineamiento de los ojos con el maquillaje: “Si te vistes de púrpura, te adornas con joyas de oro, te
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