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rasgas los ojos con los afeites, en vano te acicalas”.

En ocasiones no son necesarios ornamentos ni perfumes, y basta con un movimiento de ojos para atrapar. “No te dejes seducir por sus miradas”, dice el autor de Proverbios en sus consejos a los jóvenes para que no caigan en las redes de la mujer casada.


Rut se le mete en la cama a Boz
Las técnicas de seducción se podían aplicar, por ejemplo, para conquistar a un buen partido, como lo muestra el libro de Rut. Ya se ha visto cómo Rut, la humilde moabita, había conocido al rico hacendado Boz mientras espigaba en sus campos en procura de sustento. Pues bien, al volver a casa la muchacha informó del encuentro a su suegra, Noemí. Ésta, que también era viuda y humilde, exclamó con alegría que el tal Boz era pariente de su difunto marido y, ni corta ni perezosa, concibió un plan para que Rut lo conquistara. “Hija mía, ¿no debo procurarte una posición descansada para que seas feliz?”, argumentó a su nuera. A continuación le expuso su estratagema, que no brillaba precisamente por su sutileza: “Boz va a hacer esta noche en su era la limpia de la cebada. Lávate, úngete, vístete y baja a la era. Procura que no te vea hasta que haya acabado de comer y beber; y cuando vaya a acostarse, mira bien dónde se acuesta; y entra después, y levantando la cubierta de sus pies, te acuestas junto a ellos. Él mismo te dirá qué es lo que has de hacer”.

La muchacha siguió las instrucciones de su suegra. Boz “comió y bebió y se alegró el corazón” y se acostó junto al montón de cebada, tras lo cual Rut “llegó calladamente, descubrió sus pies y se acostó”. A medianoche tuvo el hombre un sobresalto, y al inclinarse se encontró con una mujer acostada a sus pies. “¿Quién eres?”, le preguntó. Ella respondió: “Soy Rut, tu sierva; extiende tu manto sobre tu sierva, pues tienes sobre ella el derecho de rescate”. Mediante el rescate, un hombre que comprara una propiedad a una parienta sola y sin hijos, debía tomar a ésta por esposa. Boz dejó clara a Rut su disposición de casarse con ella mediante la adquisición de una parcela que Noemí había puesto en venta. “Yo haré por ti cuanto me pidas, pues sabe muy bien todo el pueblo que habita dentro de las puertas de mi ciudad que eres mujer virtuosa”, le dijo. Pero le recordó que había un familiar más cercano con derecho prioritario de rescate. A la mañana siguiente, tras pasar la noche acostada a los pies de Boz, la muchacha volvió a casa y le contó a su suegra lo ocurrido. Inasequible al desánimo, Noemí le respondió: “Estate tranquila, hija mía, hasta ver cómo acaba la cosa, pues ese hombre [Boz] no descansará hasta terminar hoy mismo este asunto”.


Holofernes pierde la cabeza por Judit
Las artes de seducción pueden utilizarse también con fines heroicos. Por ejemplo, para salvar a todo un pueblo, como se cuenta en el libro de Judit. La historieta se sitúa en los tiempos del emperador Nabucodonosor. El temible general asirio Holofernes había sitiado la ciudad judía de Betulia con el propósito de conquistarla. Los habitantes, desesperados, reclamaron a Ocías y a los demás jefes de la ciudad que se rindieran, porque preferían convertirse en siervos antes que ver morir a espada a sus mujeres y niños. Ocías les pidió cinco días de plazo, con la esperanza de que Dios los ayudase.

En el pueblo vivía una viuda llamada Judit, que era “bella de formas y de muy agraciada presencia”, además de rica, ya que su marido le había dejado oro y plata, siervos, ganados y campos. Atribulada por el sufrimiento de sus conciudadanos, convocó a Ocías y los demás jefes y les reprochó que osaran poner a prueba a Dios concediéndole plazos para que acudiese en su auxilio. Seguidamente, les anunció su intención de realizar “una hazaña que se recordará de generación en generación”, pero se guardó de revelarles sus planes.

Cuando los visitantes se hubieron marchado, Judit pronunció una larga oración y se dirigió a la casa “donde solía morar los sábados y días festivos”. Allí “se despojó de los vestidos de viudez; bañó en agua su cuerpo, se ungió con ungüentos, aderezó los cabellos de su cabeza, púsose encima la mitra, se vistió el traje de fiesta con que se adornaba cuando vivía su marido Manases, calzóse las sandalias, se puso los brazaletes, ajorcas, anillos, aretes y todas sus joyas, y quedó tan ataviada que seducía los ojos de cuantos hombres la miraban”. Además de embellecerse, tomó una bota de vino y un frasco de aceite, y llenó una alforja de panes de cebada, tortas de higo y panes limpios, y lo envolvió todo en paquetes que puso a la espalda de la esclava.

Al llegar Judit a las puertas de la ciudad, Ocías y los ancianos quedaron “sobremanera maravillados de su belleza”. La mujer solicitó que le abriesen las puertas y, una vez su petición fue satisfecha, avanzó seguida de su sierva en dirección al valle, hasta que las interceptó una avanzada del ejército asirio. Les dijo que había huido de la ciudad y que pretendía presentarse al general Holofernes para indicarle un camino por donde podía dominar la montaña donde se erigía Betulia sin que muriera ni uno solo de sus hombres. Sus interlocutores la escucharon mientras contemplaban su rostro, que les “pareció maravilloso por su extraordinaria belleza”, tras lo cual cien soldados la condujeron al campamento. Mientras esperaba fuera de la tienda de Holofernes, fue rodeada por una multitud. Unos decían a otros, admirados: “¿Quién se atreverá a despreciar a este pueblo que tales mujeres tiene? No se debe dejar ni una sola de éstas, porque las que quedaren serían capaces de seducir a toda la tierra”.

Entonces los guardias y servidores de Holofernes la introdujeron en la tienda. El general se hallaba descansando en su lecho “bajo un dosel tejido de púrpura y oro y cuajado de esmeraldas y otras piedras preciosas”. Cuando le anunciaron la presencia de la muchacha, salió a la antecámara precedido de lámparas de plata. Al ver a la recién llegada, Holofernes y sus servidores “se quedaron maravillados de la belleza de su rostro”. Sin pérdida de tiempo, Judit puso en marcha la segunda parte de su celada. Dijo que Betulia merecía ser castigada por apartarse de Dios y colmó de elogios a su anfitrión. “Eres el mejor de todo el reino, el que más vale por la ciencia y el más admirable por el arte de la guerra”, le dijo. Después de ese baño de zalamerías, le pidió autorización para salir por las noches a orar al valle con el fin de conocer el momento elegido por Dios para sacrificar a Betulia y poder comunicárselo a Holofernes.

Al cuarto día, el general ofreció un banquete a sus servidores. El eunuco Bagoas, jefe de toda la intendencia, aconsejó a Holofernes que invitase a Judit al festín. “Sería vergonzoso que despidiéramos a tal mujer sin tener comercio con ella; porque si no la conquistáramos, se iría riendo de nosotros”, argumentó. Seguidamente, salió el eunuco de la tienda y fue donde Judit, a la que dijo: “No vacile esta hermosa sierva en venir a mi señor, para ser honrada de él y alegrarse bebiendo vino con nosotros”. Al instante, Judit “se atavió de todo su aderezo femenil” y fue a la tienda de Holofernes, donde se sentó a comer sobre unas pieles que le había tendido su sierva. Y prosigue el relato: “El corazón de Holofernes quedó prendado de ella, su alma hervía en deseos de unirse a ella. Desde el día en que la vio estaba aguardando una ocasión para rendirla. Díjole Holofernes: ‘Bebe y alégrate con nosotros’. Y contestó Judit: ‘Beberé, señor, que yo tengo este día por el más grande de toda mi vida’. Tomó lo que la sierva le había preparado, y comió en presencia de Holofernes, el cual se alegró sobremanera con ella, y bebió tanto vino cuanto jamás lo había bebido desde el día en que nació”.

Cuando se hizo tarde, los siervos de Holofernes salieron aprisa. El eunuco Bagoas cerró por fuera la tienda e hizo retirarse a todos. Dentro de la tienda quedó Judit sola con Holofernes, que estaba “tendido sobre su lecho, todo él bañado en vino”. Entonces la mujer se acercó a la columna del cabecero de la cama, descolgó de ella el alfanje de Holofernes, agarró a éste por los cabellos mientras decía: “Dame fuerzas, Dios de Israel, en esta hora”, e hiriéndolo dos veces en el cuello le cortó la cabeza. La hermosa heroína huyó a continuación con su sierva, llevando en la alforja la cabeza del malogrado general, y su gran obra de seducción tuvo como consecuencia la derrota del ejército asirio y la salvación del pueblo de Israel. A Holofernes bien se le puede aplicar la afirmación del autor del Eclesiástico: “Por la hermosura de la mujer muchos se extraviaron”.


Por ti lo dejo todo
¿Un caso de amor loco? La historia le sucedió a David, cuando se encontraba en Judá huyendo de las iras de su suegro, el rey Saúl. David deambulaba de un lado a otro con su pandilla de fieles y se buscaba la vida como bien podía. Su itinerario azaroso lo condujo al desierto de Maón. Allí vivía un hombre muy rico, llamado Nabal, dueño de tres mil ovejas y mil cabras. Era un hombre “muy duro y malo” y tenía una mujer, Abigail, “bien ponderada y de hermosa presencia”. David se enteró de que Nabal había ido de esquileo a Carmel, y envió a su encuentro diez mozos para que le pidieran alguna colaboración material, con el argumento de que ellos se habían portado correctamente durante el tiempo que llevaban acampados junto a los pastores de Nabal. Éste no aflojó ni media oveja. “¿Quién es David? Son hoy muchos los siervos que andan huidos de su señor. ¿Voy a tomar yo mi comida y mi bebida y el ganado que he matado para dárselo a gente que no sé de dónde es?”, replicó. Informado de la actitud de Nabal, David se ciñó la espada y ordenó a cuatrocientos de sus hombres que hiciesen lo mismo, y salió a castigar al rico rebelde. Uno de los criados de Nabal puso a Abigail al corriente de la situación y le dio buenas referencias del grupo de David. “Nos servían de defensa de noche y de día todo el tiempo que estuvimos con ellos guardando el ganado”, le dijo.

Abigail tomó de inmediato doscientos panes, dos odres de vino, cinco carneros ya compuestos, cinco medidas de trigo tostado, cien atados de uvas pasas y doscientas masas de higos secos, e hizo cargar todo sobre asnos. Sin informar de nada a su marido, ordenó a sus criados que fueran por delante, que ella los seguiría. En el camino se encontró con el grupo de hombres armados y, al darse cuenta de la presencia de David, se apeó de su asno y se prosternó ante el joven guerrero. “No haga cuenta mi señor de ese malvado de Nabal, porque es lo que su nombre significa, un necio, y está loco”, dijo. A continuación, en un largo monólogo, se deshizo en elogios a David y le pidió que no derramara sangre de inocentes por culpa de la mezquindad de su marido. “¡Bendito Yavé, Dios de Israel, que te ha mandado hoy a mi encuentro! ¡Bendita tu sabiduría y bendita tú, que has impedido hoy derramar sangre y vengarme por mi mano!”, exclamó David, y dijo a Abigail que se marchase a su casa.

Abigail encontró a su marido sentado a un gran banquete, completamente ebrio. Al día siguiente, cuando “ya había digerido el vino”, le contó cuanto había ocurrido, y el corazón de Nabal “se quedó como muerto, como una piedra”. Unos diez días después, el hombre murió. Apenas se enteró de la noticia, David mandó mensajeros a Abigail para proponerle que fuera su mujer. Ella no se hizo de rogar: se levantó, montó sobre su asno y, acompañada por cinco de sus mozas, siguió a los mensajeros y fue la mujer de David.

No hay que ser muy malpensado para sospechar que Abigail provocó deliberadamente la muerte de su marido. Quizá esperó a que estuviera sobrio para darle una noticia que sabía que le iba a producir una fuerte conmoción. El hecho es que, sin cumplir siquiera los días preceptivos de duelo, la mujer lo dejó todo —su casa, sus propiedades, su tierra— y se marchó a una vida de aventuras con el joven y apuesto David. El relato no aclara si Abigail tenía progenie con Nabal. Lo que sí precisa es que no se llevó con ella ningún hijo hacia su nueva vida.


Jesús y María la Magdalena
Pese a que el Nuevo Testamento no contiene ninguna referencia a la vida sexual y amorosa de Jesús, ensayistas y escritores de ficción han intentado durante años encontrar —o inventar— alguna pista que revele el lado carnal del Mesías de los cristianos. Las miradas se suelen dirigir a una mujer: María Magdalena. Era una de las mujeres “curadas de espíritus malignos y de enfermedades” que acompañaban a Jesús y sus doce discípulos por ciudades y aldeas. A María, en concreto, le habían “salido siete demonios”, probablemente en una sesión de exorcismo. Nacida en la localidad galilea de Migdal (de ahí su gentilicio la Magdalena), fue una de las mujeres que observaron “desde lejos” la crucifixión de Cristo y cuando fue colocado en su tumba. Al tercer día fue con otras dos mujeres a perfumar el cuerpo de Jesús, pero la tumba estaba vacía. Según el Evangelio de Juan, María se quedó junto al monumento, llorando. De pronto vio dos ángeles vestidos de blanco, sentados uno a la cabecera y otro a los pies de donde había estado el cuerpo de Jesús. Le dijeron: “¿Por qué lloras, mujer?”. Ella les contestó que se habían llevado a Cristo y no sabía adónde. Se giró entonces hacia atrás y vio a Jesús, pero no lo reconoció. “Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?”, dijo él. María creyó que era el hortelano, y le dijo que, si él se había llevado el cuerpo, le dijera dónde estaba para tomarlo. “¡María!”, dijo Jesús. Ella se volvió y le dijo en hebreo: “¡Rabonni!”, que significa Maestro.

La primera referencia a una posible relación especial de Jesús con María Magdalena aparece en el Evangelio de Felipe, un texto gnóstico del siglo III que forma parte de los libros apócrifos del Nuevo Testamento. En él se lee: “Había tres que siempre caminaban con el Señor: María, su madre, y su hermana, y Magdalena, la que era llamada su compañera. Su hermana y su madre y su compañera eran cada cual una María”. El otro párrafo referido a María Magdalena está incompleto. Los expertos han intentado reconstruirlo de la siguiente manera: “Y la compañera de (el Salvador era) María Magdalena. (Cristo la amaba) más que (todos) los discípulos, (y acostumbraba) besarla (a menudo) en su (¿boca?, ¿mejilla?, ¿cabeza?). El resto de (los discípulos se ofendía por ello y expresaban su desaprobación). Ellos le dijeron: “¿Por qué la quieres a ella más que a todos nosotros?”. El Salvador les respondió: “¿Por qué no los quiero como a ella? Cuando un ciego y uno que ve están juntos en la oscuridad, no se diferencian el uno del otro. Cuando llega la luz, el que ve verá la luz, y el ciego permanecerá en la oscuridad”.

Este texto es en cualquier caso tímido si se le compara con libros más recientes que especulan con la idea de que Jesús se casó con María Magdalena, e incluso que tuvieron varios hijos. No dejan de ser fantasías, inducidas por la fuerte y enigmática personalidad de Jesús. Y también por la figura de María, a la que el papa Gregorio I, en un sermón pronunciado en el año 591, identificó con María Betania —hermana de Lázaro— y con la prostituta que lavó los pies a Jesús en la casa de un fariseo.


Capítulo III
El más grande misterio de amor
La reina de Saba visita a Salomón
“Llegó a la reina de Saba la fama que para gloria de Yavé tenía Salomón, y vino a probarlo por medio de enigmas. Llegó a Jerusalén con muy numeroso séquito y con camellos cargados de aromas, de oro en gran cantidad y de piedras preciosas. Vino a Salomón y le propuso cuanto quiso proponerle; y a todas sus preguntas respondió Salomón, sin que hubiera nada que el rey no pudiera explicarle.

La reina de Saba, al ver la sabiduría de Salomón, la casa que había edificado, los manjares de su mesa y las habitaciones de sus servidores, sus cometidos y los vestidos que vestían, los de los coperos, y los holocaustos que se ofrecían en la casa de Yavé, fuera de sí, dijo al rey: ‘Verdad es cuanto en mi tierra me dijeron de tus cosas y de tu sabiduría. Yo no lo creía antes de venir y haberlo visto con mis propios ojos. Pero cuanto me dijeron no es ni la mitad. Tienes más sabiduría y prosperidad que la fama que a mí me había llegado. Dichosas tus gentes, dichosos tus servidores, que están siempre ante ti y oyen tu sabiduría. Bendito Yavé, tu Dios, que te ha hecho la gracia de ponerte sobre el trono de Israel. Por el amor que Yavé tiene siempre a Israel, te ha hecho su rey para que hagas derecho y justicia’. Dio al rey ciento veinte talentos de oro, una gran cantidad de aromas y de piedras preciosas. No se vieron nunca después tantos aromas como los que la reina de Saba dio al rey Salomón. Las flotas de Hiram, que traían el oro de Ofir, trajeron también de Ofir gran cantidad de madera de sándalo y de piedras preciosas. Con la madera de sándalo hizo el rey las balaustradas de la Casa de Yavé y de la casa del rey, y arpas y salterios para los cantores. No vino después nunca más madera de ésta, y no se ha vuelto a ver hasta hoy. El rey Salomón dio a la reina de Saba todo cuanto ella deseó y le pidió, haciéndole, además, presentes dignos de un rey como Salomón. Después se volvió ella a su tierra con sus servidores”.

Este es el primer testimonio conocido sobre la reina de Saba y la visita que hizo a Salomón, el esplendoroso monarca que, según la Biblia, habría ocupado el trono de Israel entre 965 y 930 a. C., aproximadamente. El episodio figura en el libro primero de Reyes y lo recoge después, casi textualmente, el libro segundo de Crónicas. Ningún testimonio extrabíblico de la época certifica la existencia de Salomón y de su enigmática visitante. Sin embargo, el breve relato sobre el encuentro entre ambos personajes ha alimentado durante siglos la imaginación de judíos, cristianos y musulmanes, dando pie a las más exuberantes leyendas. Como no podía ser de otra manera, la magia de la historia franqueó las puertas de Hollywood, que en 1959 presentó al mundo su peculiar versión de los hechos con la superproducción
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