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Salomón y Saba.


El enigma
¿Quién era la reina de Saba, cuyo nombre de pila ni siquiera se menciona en la Biblia? ¿Existieron ella y su reino maravilloso?

La primera mención del nombre Saba (Sheba, en hebreo) aparece en el libro de Génesis, en la lista de los descendientes de Noé. Esa lista es un recurso simbólico del narrador para trazar un mapa de las naciones de la tierra, tal como se veían las cosas en su tiempo. Noé, el fundador de la humanidad tras el Diluvio, engendró tres hijos: Sem (personificación de los pueblos semitas), Jafet (pueblos griegos) y Cam (pueblos africanos). Entre los descendientes de Sem figura un Saba, que sería por consiguiente una nación semita. Pero resulta que hay un Saba anterior, bisnieto de Cam y nieto de Cus (Etiopía), lo cual lo coloca en el espacio geográfico africano. Algunos expertos sostienen que se trata en realidad del mismo Saba y que su identificación sucesiva como africano y semita reflejaría algún avatar en la historia de esa nación; por ejemplo, una mudanza colectiva o la escisión de algunas de sus tribus. Otros creen que son dos Sabas distintos.

El relato sobre la visita de la reina de Saba a Salomón sugiere que los sabeos llegaron a tener un reino importante y próspero, con una economía basada en el comercio de perfumes y piedras preciosas. Algunos libros del Antiguo Testamento que también citan a Saba hacen referencia a esa actividad económica. “Los mercaderes de Saba y de Regma comerciaban contigo, cambiaban tus mercancías por los más exquisitos aromas, piedras preciosas y oro”, dice a la ciudad fenicia de Tiro el profeta Ezequiel, en una de sus diatribas. La historiografía más aceptada sitúa el reino de Saba en el suroeste de la península arábiga, en territorio donde hoy queda la república de Yemen. Aunque la reina de Saba habría tenido motivos comerciales o diplomáticos para visitar al poderoso Salomón, la Biblia afirma que fue a verlo por mera curiosidad: para comprobar si era cierto todo lo que se contaba sobre su portentosa inteligencia. Según el texto bíblico, la sabiduría de Salomón “sobrepasaba la de todos los hijos de Oriente y la sabiduría toda de Egipto”. El monarca “profirió tres mil parábolas y sus cantos fueron mil cinco; disertó acerca de los árboles, desde el cedro del Líbano hasta el hisopo que nace en el muro, y acerca de los animales, de las aves, de los reptiles y los peces. De todos los pueblos venían para oír la sabiduría de Salomón, de parte de todos los reyes de la tierra, a los que había llegado la fama de su sabiduría”.

Como era de esperar, la reina de Saba quedó impresionada con tan versátil anfitrión, y así se lo expresó después de admirar el deslumbrante boato de su corte y poner a prueba su inteligencia por medio de enigmas. La Biblia no nos cuenta cuáles fueron esos enigmas, ni cómo los resolvió Salomón, ni cuántos días permaneció la reina de Saba en Jerusalén. Sólo informa que, antes que la visitante regresara a su país con su servidumbre, el monarca israelita le dio “todo cuanto ella deseó y le pidió”.

¿Qué pidió la reina de Saba? ¿Hubo algo más durante su visita al rey de Israel que un interrogatorio para comprobar si eran ciertas todas las historias que se contaban sobre su legendaria sabiduría?


La teoría etíope
Según la tradición etíope, hubo, en efecto, algo más: el rey Salomón y la reina de Saba mantuvieron un idilio, y de ese romance nació Menelik I, del que se consideraba descendiente la dinastía imperial del país africano. En virtud de ese supuesto parentesco con el rey Salomón, los emperadores etíopes ostentaban entre sus títulos el de “León vencedor, de la tribu de Judá” y llevaban por emblema una estrella de seis puntas similar a la estrella de David, símbolo del pueblo judío. El último emperador en utilizar el título fue Halie Selassie, también llamado Ras Tafari, quien después de cuatro décadas en el poder fue depuesto en 1974 por una rebelión militar.

La dinastía imperial etíope se declaró descendiente de la reina de Saba con el argumento de que el verdadero Saba de la Biblia, o al menos el más antiguo, era el nieto de Cus, personificación de Etiopía. Una de las obras literarias más populares de este país es el Kebra Nagast (Gloria de los Reyes), escrito en el siglo XIV en lengua ge'ez, cuyos protagonistas son Salomón, la reina de Saba —que recibe el nombre de Makeda— y Menelik, el vástago, llamado también hijo del sabio. En la iconografía etíope, como es de suponer, la reina de Saba tiene la piel negra.

En fin, ¿era africana o semita la famosa reina? ¿Tenía la piel de color ébano o aceituna? Los interrogantes permanecen abiertos. Mientras se resuelve el misterio, dejemos volar la imaginación con el relato de una reina enigmática que cierto día arribó a Jerusalén con una caravana de camellos cargada de oro y piedras preciosas para conocer al sabio, poderoso y —todo hay que decirlo— mujeriego rey Salomón.

Capítulo IV
El matrimonio
Un contrato civil
Pese a que la unión entre el hombre y la mujer aparece al comienzo de la Biblia envuelta en un halo de divinidad, el matrimonio estaba al margen de cualquier intervención sacerdotal o liturgia religiosa. Para los antiguos israelitas, así como para los pueblos de su entorno, el matrimonio era un asunto estrictamente civil. Un contrato privado entre familias. Un pacto (brit, en hebreo). Dicho contrato se negociaba por lo regular en la casa de la pretendida y consistía en el pago del mohar, o precio de venta, por la parte del pretendiente al representante de la novia. Éste, a su vez, aportaba a la muchacha una dote para su nueva vida conyugal.

En virtud de una antiquísima costumbre patriarcal, la negociación del matrimonio correspondía al padre. Si por alguna razón no podía estar presente en la negociación, enviaba en su nombre a un representante. Fue lo que hizo el anciano patriarca Abraham cuando encargó a su siervo de confianza que fuera a la lejana tierra de Aram Naharáyim a buscar entre sus parientes allí establecidos una esposa para su hijo Isaac. En circunstancias extremas, el padre dejaba directamente la negociación en manos de su hijo. “Vete a Padán Aram, a casa de Betuel, el padre de tu madre, y toma allí mujer de entre las hijas de Labán, hermano de tu madre”, dijo Isaac, ya viejo, a su hijo Jacob, que debía marcharse por fuerza mayor, ya que su hermano Esaú amenazaba con asesinarlo por haberle robado la primogenitura.

Si el padre había muerto o concurría algún otro motivo excepcional (por ejemplo, que tuviera reducidas sus facultades mentales), las negociaciones las dirigía el nuevo jefe de la familia o un consejo familiar. Cuando Rebeca anuncia la llegada del siervo de Abraham, es el hermano de la joven, Labán, quien lleva en todo momento la voz cantante en las conversaciones, unas veces en solitario y otras a dúo con su madre o con su casa. Cuando el siervo pide la mano de Rebeca para el hijo de su amo, “Labán y su casa” dan su consentimiento.

Lo normal era que el matrimonio lo pactasen hombres, pero una mujer podía intervenir en la negociación si se trataba de una madre abandonada o una viuda sin parientes varones que pudieran actuar en su nombre. Agar, la esclava egipcia que engendró con el patriarca Abraham a Ismael, fue expulsada del hogar debido a los celos de Sara, la esposa de su amo. Tras un largo y penoso periplo, se estableció con su hijo en el desierto de Parán y “tomó para él mujer de la tierra de Egipto”.

El matrimonio era la situación deseable para el hombre y la mujer. Por su importancia como instrumento de organización social y política, el matrimonio estaba sujeto a numerosas y severas normas relativas al adulterio, el incesto, la poligamia o la unión con extranjeros, como se verá en diferentes capítulos de este libro. La finalidad primordial del matrimonio era la procreación. Una descendencia numerosa se interpretaba como una señal de fortuna. El celibato prolongado, al igual que la esterilidad, se consideraba una desgracia. Sólo en una época tardía empezó a hablarse de las viudas que se abstenían de contraer nuevas nupcias. El libro de Judit, escrito hacia el siglo II a. C., cuenta de la protagonista, una viuda bella y rica: “Muchos la pretendieron; pero ningún varón la conoció en todos los días de su vida desde el día que murió Manases, su marido”.

En los albores del cristianismo, la visión favorable al celibato toma fuerza de la mano de Pablo. “Bueno es al hombre no tocar mujer”, predica. El único sentido que ve al matrimonio es evitar la fornicación. “A los casados y a las viudas les digo que es mejor permanecer como yo. Pero si no pueden guardar continencia, cásense, que mejor es casarse que abrasarse”, dice.


Que todo quede en familia
Por razones primordialmente económicas —evitar la dispersión de patrimonios y preservar la cohesión del grupo—, el matrimonio se solía concertar dentro del mismo clan, la misma tribu o, como mucho, el mismo pueblo. Las uniones con personas de otras naciones fueron objeto de progresivas trabas o prohibiciones, hasta que todas quedaron formalmente proscritas en el siglo V a. C., tras el regreso del exilio babilonio.

En la época patriarcal, cuando la vida se constreñía al estrecho círculo del clan familiar, eran comunes las uniones conyugales entre primos hermanos e incluso entre medios hermanos, relación ésta que más tarde sería prohibida por los legisladores. Esas uniones endogámicas provocaban enredos tales como que una persona acabara por ser al mismo tiempo tío, primo y suegro de otra. El patriarca Abraham aparece casado con una hermana por parte de padre, Sara, antes de que emprendieran la larga travesía desde su Ur natal para establecerse en Canaán. Isaac, hijo de la pareja, se casó con Rebeca, nieta de un hermano de Abraham. Jacob, hijo de Isaac y Rebeca, se unió más tarde con Lía y Raquel, hijas de Labán, hermano de su madre. Jacob era, por tanto, sobrino, yerno y primo de Labán.

Tras la conquista de Canaán se consolidó entre los israelitas la organización tribal, y entonces el marco para los contratos matrimoniales se amplió a la tribu, entidad que agrupaba a diferentes clanes. La unión conyugal entre israelitas de distintas tribus no se censuraba, pero tampoco se alentaba, y fue prohibida por ley en un caso excepcional. La Biblia hace remontar el episodio a los tiempos del Éxodo (siglo XIII a. C.). Cierto día, los jefes de familia del clan de Galaad, perteneciente a la tribu de Manasés, acudieron ante Moisés para plantearle el siguiente problema: uno de los miembros del clan, Salfad, había muerto sin dejar hijos varones. Entre los israelitas, el varón permanecía vinculado para siempre a su clan paterno y gozaba en exclusiva del derecho de heredar, lo que blindaba al grupo contra posibles fugas de bienes por las uniones conyugales. Pero el finado Salfad sólo había dejado hijas, cinco para más señas, lo que implicaba un serio peligro que los jefes expusieron en toda su crudeza capitalista: si las muchachas se casaban con miembros de otras tribus, se llevarían con ellas la herencia al nuevo hogar, con lo que las finanzas de su tribu de origen se verían mermadas. Moisés resolvió el contencioso con una sentencia que amarró las herencias a las tribus. Las mujeres herederas sólo podrían casarse en adelante con alguien de su grupo tribal; en compensación se les confirió el derecho de elegir al cónyuge. Majla, Tersa, Jegla, Melca y Noa, las hijas de Salfad, acataron la sentencia y se casaron con primos pertenecientes a otros clanes de la tribu. Una limitación mucho más severa le fue impuesta a la viuda sin hijos, como se apuntó en el apartado anterior y se detalla más adelante.


¿Existía el matrimonio por amor?
En una sociedad de dominio masculino como la israelita, el varón estaba en mejores condiciones que la mujer para que sus preferencias fuesen tenidas en cuenta en los acuerdos matrimoniales. “He visto en Timna una mujer de las hijas de los filisteos; id a tomármela por mujer”, insta Sansón a sus progenitores. “Tómame esa joven por mujer”, dice a su padre Siquem, que se ha enamorado de Dina, hija del patriarca Jacob, tras violarla. La Biblia nos informa que Jacob estaba también enamorado al pedir a la bella Raquel por esposa. Un joven díscolo o de fuerte temperamento hacía valer su elección incluso contra la voluntad de sus padres. A los progenitores de Sansón no les gustaba la idea de que su hijo se casase con una chica del odiado pueblo filisteo. El forzudo héroe insistió a su padre: “Tómame ésa, pues me gusta”. Como no obtuviera respuesta, fue a Timna y negoció personalmente su matrimonio. También desafió la autoridad paterna Esaú, hermano de Jacob, al tomar por esposas a dos cananeas, Judit y Besemat. Según la Biblia, las muchachas fueron “una amarga pesadumbre” para Isaac y Rebeca, padres del novio.

Al mismo tiempo, cabe imaginar que más de un padre se ocupara personalmente de la elección de una esposa para su hijo, sobre todo en los casos de un padre autoritario o un hijo pusilánime. El patriarca Abraham encargó a un siervo que buscara esposa para su hijo Isaac entre su parentela en la lejana Aram Naharayim por temor a que el muchacho se uniera a una cananea. “Y si la mujer no quiere venir conmigo a esta tierra, ¿habré de llevar allá a tu hijo?”, le preguntó el siervo. Abraham le respondió que “de ninguna manera” se marcharía su hijo y que, si la chica no aceptaba venir, diera por concluida la misión. En ningún momento aparece Isaac opinando sobre una decisión crucial para su vida.

Las diferentes actitudes ante la elección de la novia se pueden sintetizar en el caso de Judá y su hijo primogénito. El primero resolvió así su matrimonio: “Sucedió por entonces que bajó Judá, apartándose de sus hermanos, y llegó hasta un adulamita de nombre Jira. Vio allí una cananea llamada Sué, y la tomó por mujer y entró a ella, que concibió y parió un hijo, al que llamó Er”. Unas líneas más adelante se cuenta: “Tomó Judá para Er, su primogénito, una mujer llamada Tamar”. O sea, el padre se casó con quien le vino en gana, pero no dio la misma libertad a su hijo.

En la concertación matrimonial, el consentimiento de la pretendida era innecesario. “Ahí tienes a Rebeca; tómala y vete, y sea la mujer del hijo de tu señor”, responde Labán al siervo de Abraham cuando éste pide a la muchacha como esposa para Isaac. Sólo tras cerrarse el acuerdo, a Rebeca se le consultó si deseaba marcharse de inmediato a la tierra de su nuevo marido o si prefería permanecer unos días más con su familia. Seguramente a otras chicas ni siquiera se les daba esta opción de pronunciarse.

El papel pasivo de la mujer no implicaba necesariamente un desenlace indeseable para ella. Es posible que a más de una chica le gustase de antemano su pretendiente e incluso que se lo hubiese hecho saber de alguna manera; hay que tener en cuenta que las jóvenes israelitas no permanecían encerradas en sus casas y tenían por tanto un margen relativamente amplio de acción para relacionarse con jóvenes del sexo contrario. Cabe suponer también que en algunos hogares bien avenidos el jefe de la familia escuchaba las opiniones de su hija. Sin embargo, conjeturas aparte, es innegable que la mujer se hallaba en una posición de inferioridad frente al varón. Muchas chicas se habrán casado en contra de su voluntad con hombres que les duplicaban la edad o que les inspiraban repugnancia, pero que encandilaban al padre ofreciéndole un tentador mohar o prometiéndole una buena vida para su hija. Resulta fácil imaginar a padres deshaciéndose de sus hijas ante la primera oferta matrimonial, ya sea porque mantuvieran con ellas una mala relación o por temor a que se quedasen solteronas, como tal vez sucedió a Labán cuando entregó con engaño a Jacob a su hija mayor, Lía. Una muchacha podía ser ofrecida públicamente por su padre como recompensa a cambio de una hazaña. Saúl, primer rey de Israel, prometió su hija Merab a quien lograse vencer al gigante filisteo Goliat. Algo parecido hizo Caleb, jefe de clan en la época de los jueces, que ofreció su hija Aksá a quien consiguiera derrotar a la ciudad de Quiryat Séfer.


La viuda y sus cuñados
Cuando varios hermanos vivían de los mismos bienes —porque el padre no había repartido la herencia o por otros motivos—, si uno de ellos estaba casado y moría sin haber tenido hijos, alguno de sus hermanos, en virtud de un orden decreciente de edad, debía casarse con la viuda para asegurarle descendencia. El primogénito de esa unión era considerado hijo del difunto y pasaba a llamarse como él con el fin de que su nombre “no se borrase de Israel”. Esta modalidad de matrimonio, aún existente en algunas comunidades orientales, se denominaba
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