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levirato. El nombre procede de la palabra latina levir, traducción de la hebrea yabam, que significa cuñado.

El levirato era una excepción de la ley que prohibía la unión conyugal entre un hombre y su cuñada. Más allá de honrar al difunto, el levirato pretendía asegurar la continuidad de sus bienes en el marco de su familia y preservar a esta como entidad independiente dentro del clan. Cuando el hermano del muerto se negaba a casarse con la viuda, esta podía denunciar el caso ante los ancianos, mediante un procedimiento establecido por la ley deuteronómica. La mujer decía: “Mi cuñado se niega a suscitar en Israel el nombre de su hermano; no quiere cumplir su obligación de cuñado, tomándome por mujer”. Los ancianos llamaban entonces al hombre para intentar convencerlo. Si éste mantenía su negativa, la viuda se acercaba a él, le quitaba la sandalia del pie, le escupía en la cara y manifestaba: “Esto se hace con el hombre que no sostiene la casa de su hermano”. A partir de ese momento, el hombre arrastraba como una vergüenza el calificativo de privado del calzado. El acto simbólico de quitar la sandalia se inspiraba en una vieja costumbre según la cual el comprador de una tierra marcaba la propiedad colocando su huella en el suelo; descalzar al cuñado remiso era una forma de decir que había perdido su derecho de adquisición sobre la viuda.

El panorama para que una viuda sin hijos rehiciese su vida junto a otro hombre era, pues, limitado. Por eso, cuando la israelita Noemí y sus nueras Rut y Orfa, viudas las tres, abandonaban Moab con destino a Israel, la primera intentó persuadir a las otras de que se quedasen en su tierra, donde tal vez tendrían más posibilidades de casarse de nuevo. “¿Para qué habéis de venir conmigo? —les dijo—. ¿Tengo por ventura en mi seno hijos que puedan ser maridos vuestros? Volveos, hijas mías; andad. Soy demasiado vieja para volver a casarme. Y aunque me quedara todavía esperanza y esta misma noche estuviera casada y tuviera hijos, ¿ibais a esperar vosotras hasta que fueran grandes? ¿Ibais por eso a dejar de volver a casaros?”.


Judá y Tamar
El levirato que con más detalle cuenta la Biblia degeneró en un lío monumental. Judá, uno de los hijos del patriarca Jacob, tenía tres hijos. En un momento dado tomó por esposa para su primogénito, Er, a una muchacha llamada Tamar. Pero Er, según el relato, fue “malo a los ojos de Yavé” y murió. Judá le dijo entonces a su segundo hijo, Onán: “Entra a la mujer de tu hermano, y tómala, como cuñado que eres, para suscitar prole a tu hermano”. Pero Onán, “sabiendo que la prole no sería suya, cuando entraba a la mujer de su hermano se derramaba en tierra para no dar prole a su hermano”, por lo que Dios lo hizo morir. La conducta de Onán pone de manifiesto que, incluso tomando por mujer a la viuda del hermano, cabía la posibilidad de esquivar el levirato. A Judá le quedaba aún un hijo, Sela, para entregarlo a Tamar. Pero, temiendo que corriera la suerte de los otros dos, dijo a su nuera que se marchara “como viuda” a su casa paterna hasta que Sela creciese.

Mucho tiempo después enviudó Judá. Tras guardar el duelo preceptivo, subió con un amigo al esquileo de su ganado en la localidad de Tamna. Informada de ello, y “viendo que Sela ya era mayor y no le había sido dada por mujer”, Tamar levantó su luto por Onán, se cubrió con un velo y se sentó a la vera del camino hacia Tamna. Judá la tomó por meretriz y le dijo: “Déjame entrar a ti”. “¿Qué vas a darme por entrar a mí?”, le dijo la mujer. Judá le ofreció un cabrito de su rebaño, a lo que su interlocutora le exigió que le dejase una prenda hasta la concreción del pago. Él le preguntó qué prenda deseaba. “Tu sello, el cordón de que cuelga y el báculo que llevas en la mano”, respondió la mujer. Entonces, prosigue el relato, “él se los dio y entró a ella, que concibió de él”. Judá mandó después el cabrito por medio de su amigo, pero éste no encontró ni a la mujer ni a nadie que le diera referencia de prostituta alguna en la zona.

Unos tres meses después, Judá recibió la noticia de que Tamar se había “prostituido y quedado encinta a causa de sus prostituciones”. “Sacadla y quemadla”, ordenó. Pero la mujer, cuando era conducida a la hoguera, mandó decir a su suegro: “Del hombre del que son estas cosas estoy encinta. Mira a ver de quién son ese anillo, ese cordón y ese báculo”. Judá reconoció los objetos que había dejado en prenda y ordenó detener la ejecución. “Mejor que yo es ella, pues no se la he dado a Sela, mi hijo”, dijo. El narrador recalca que Judá no volvió a conocer a su nuera; es decir, no se acostó más con ella. Tamar dio a luz dos gemelos: Fares y Zerah.

Del relato se desprende que el delito que se imputaba a Tamar era el de adulterio, porque había fornicado pese a que se debía a su cuñado Sela. Sin embargo, en su ansiedad reproductiva, se cuidó de no acostarse con cualquier extraño y recurrió a Judá, una decisión que, además de representar una venganza contra el causante de su infortunio, podría indicar que el suegro también cualificaba para el levirato y que la muchacha había buscado cierta cobertura legal a su acción. Sea como fuere, al no cumplirse estrictamente el levirato mediante el matrimonio con Sela, los hijos de Tamar no se adjudicaron a su difunto marido.

Tamar ha quedado en la literatura bíblica como una mujer ejemplar que hizo valer su derecho a tener descendencia por encima de cualquier obstáculo. Sin embargo, el desenlace de la historia no es nada confortante para ella, pues quedó en una especie de limbo personal y con dos hijos a cuestas. Es posible que Judá se ocupara de alguna manera de los gemelos pese a la afirmación de que nunca más se acercó a Tamar: en las genealogías figura como el padre de las criaturas, y Fares, el primogénito, aparece como antepasado del rey David, la figura más grande de la historia de Israel junto con Moisés y los tres patriarcas.


El rescate de Rut
Rut no tuvo que recurrir a un plan tan rocambolesco y arriesgado como el de Tamar para tener descendencia, pese a que sus perspectivas conyugales eran también sombrías por carecer de cuñados que la tomasen por esposa. Aconsejada por su avispada suegra Noemí, la moabita encontró una vía alternativa para casarse de nuevo: el rescate.

En Israel, todos los adultos varones estaban cualificados para actuar como goel (redentor) de cualquier miembro de su clan. Ello implicaba brindar protección al necesitado, pagar por su libertad si era esclavo, salvaguardar sus bienes si corrían peligro y, muy en especial, ejercer el derecho preferencial de tanteo cuando un pariente en apuros ponía en venta una propiedad. Si el levirato tenía por objeto preservar los bienes del difunto dentro de su familia como estructura independiente, el rescate funcionaba como red de seguridad para evitar que en ningún caso los bienes salieran del clan.

Al enterarse de que su nuera Rut había caído en gracia al hacendado Boz, Noemí la aleccionó para que lo sedujera, como ya vimos en un capítulo anterior. ¿Por qué tomó Noemí esa decisión? Su razonamiento era muy sencillo: Boz era pariente de su difunto marido, Elimélec, y por tanto ostentaba la condición de goel; Noemí había puesto en venta una porción de campo de su difunto esposo, acuciada por la necesidad; si Boz ejercía su derecho de compra de la parcela, la ley lo obligaba a tomar por esposa a la titular de la propiedad; y como Noemí era vieja, tomaría a Rut. El único problema es que Noemí tenía un pariente más cercano y por tanto con más derecho para ejercer el rescate. Boz no se desanimó. Subió a la puerta de la ciudad y esperó pacientemente a que pasara ese pariente. Al verlo, lo invitó a sentarse junto a él y, acto seguido, reunió a diez ancianos de la ciudad. Dijo entonces Boz al que tenía el derecho preferencial: “Noemí, que ha vuelto de la tierra de Moab, vende la porción de campo que fue de nuestro hermano Elimélec. He querido darte cuenta de ello para decirte: ‘Cómprala, si quieres, en presencia de los ancianos de la ciudad; si quieres usar tu derecho de rescate, usa; y si no quieres, manifiéstalo para que yo lo sepa, pues no hay nadie que antes que tú tenga ese derecho; después de ti estoy yo’”. “Yo ejerceré el derecho de rescate”, dijo el otro. Pero Boz contraatacó: “Al comprar a Noemí el campo, tendrás que recibir a Rut, la moabita, por mujer, como mujer del difunto, para hacer vivir el nombre del difunto en su heredad”.

El rival de Boz cedió.

“Así no puedo comprarlo, por temor de perjudicar a mis herederos. Cómpralo tú, pues yo no puedo hacerlo”, dijo. En señal de renuncia se quitó simbólicamente la sandalia y la entregó a Boz. Este ritual, como vimos antes, también era utilizado cuando un cuñado rehusaba cumplir su obligación de levirato y está relacionado con la confirmación del derecho sobre la propiedad. Cerrada la transacción, Boz tomó a Rut y entró a ella, y tuvieron un hijo. Cuenta a continuación el narrador que Noemí “tomó el niño, se lo puso en el regazo y le sirvió de aya”, y las vecinas dijeron: “A Noemí le ha nacido un hijo”. No se trata de una incongruencia: al menos simbólicamente, el niño se consideraba hijo de Noemí por ser ésta la viuda del propietario del terreno rescatado. El recién nacido recibió por nombre Obed, y en las genealogías figura como descendiente de Fares, el hijo mayor de Judá y Tamar, y abuelo del rey David.


Matrimonio a la fuerza
En el antiguo Israel, el hombre que violaba a una soltera virgen no purgaba su acción con el destierro ni, mucho menos, con la muerte: la ley lo obligaba a pagar cincuenta siclos de plata al padre de su víctima y a tomar a ésta por esposa, sin derecho a repudiarla en toda la vida “por haberla humillado”. A su vez, el hombre que persuadiera a una soltera virgen de acostarse con él también quedaba obligado a tomarla por esposa, en este caso mediante el pago del mohar propio de las transacciones matrimoniales; si el padre de la muchacha rehusaba entregársela, el seductor debía pagarle en cualquier caso el “mohar de las vírgenes”, probablemente un precio de referencia cuyo monto no precisa la Biblia. La ley no aclara si el padre de la violada tenía también la opción de no entregar a su hija en matrimonio.

Algunos expertos sostienen que la legislación sobre la violación, por aberrante que parezca a una mente moderna, era progresista para su época, ya que pretendía dirigir a los potenciales agresores el mensaje disuasorio de que su acción les acarrearía una carga para toda la vida, además de una multa onerosa. Sin embargo, por más argumentos que se den, no deja de repugnar a la inteligencia que el castigo previsto para el violador fuera la obligación de tomar por esposa a su víctima.

Resulta difícil saber cómo funcionaban las leyes en la práctica. La Biblia no da cuenta de ningún varón que sedujera a una mujer para acostarse con ella. Sí se relatan algunas violaciones: la de Tamar por su medio hermano Amnón, la de Dina por Siquem o la violación masiva de la concubina de un levita por los habitantes de la ciudad de Gueba. Cada caso siguió un desarrollo distinto, aunque todos tuvieron el mismo desenlace: la venganza contra los violadores. En el primer caso, el agresor despreció a su víctima y luego fue asesinado por el hermano de ella. En el segundo, el agresor pidió casarse con su víctima porque la amaba; el padre de la muchacha aceptó el trato y se celebró el matrimonio, pero más tarde dos hermanos de la joven asesinaron al violador y a todo su pueblo. En el tercer caso, la concubina murió a raíz de la violación colectiva, y el incidente desató una guerra punitiva de la alianza de Israel contra la tribu de Benjamín, a la que pertenecía el pueblo de los criminales.


La cautiva de guerra
En tiempos de guerra —casi todos, a juzgar por la Biblia— era habitual que los vencedores se sintieran atraídos por mujeres del bando de los vencidos y, aprovechándose de su posición de superioridad, las tomasen como botín de guerra. El legislador consideró necesario regular la unión conyugal con las cautivas de contiendas bélicas con el fin de proporcionarles a éstas ciertos derechos y algo de dignidad, por llamarlos de algún modo.

La norma establece que, cuando un hombre lleve a su casa a una cautiva con el propósito de tomarla por mujer, le dará un mes para que llore a su padre y a su madre. Sólo después podrá entrar a ella y convertirse en su marido. Si más adelante la deja de querer, deberá permitir que se marche en libertad sin ningún tipo de cortapisa. “No la venderás por dinero ni la maltratarás, pues tú la humillaste”, recalca la ley.


La gran redada
El libro de Jueces narra el caso extraordinario de una redada masiva de vírgenes para abastecer a una tribu que había quedado sin mujeres a causa de una guerra. Tal como se contó dos apartados atrás, la violación con resultado de muerte de la concubina de un levita desató un enfrentamiento feroz entre la coalición de Israel y la tribu de Benjamín. Cuatrocientos mil israelitas en armas se congregaron en un lugar llamado Masfá para encomendarse a Yavé y juraron solemnemente que ninguno de ellos daría su hija por mujer a un benjaminita tras la contienda. Benjamín fue derrotado y quedó al borde de la extinción. Veinticinco mil de sus hombres perecieron en el combate. “Los hijos de Israel pasaron a filo de espada las ciudades, hombres y ganado y todo cuanto hallaron, e incendiaron cuantas ciudades encontraron”, cuenta la Biblia.

Al término de la guerra, los israelitas se compadecieron de la tribu vencida. “¿Qué haremos con ellos para procurar mujeres a los que quedan?”, se dijeron. Como habían jurado no dar sus hijas a los benjaminitas, se preguntaron quién de entre las tribus no había estado en la asamblea de Masfá. Tras un recuento, el dedo acusador apuntó a la ciudad de Jabes Galad. Los israelitas enviaron contra ella doce mil de sus hombres más valientes con el encargo de pasar a filo de espada a todos sus habitantes, excepto a las “jóvenes vírgenes que no habían conocido varón”. Encontraron cuatrocientas y se las entregaron a los benjaminitas. Pero no fue suficiente. Los israelitas tuvieron entonces otra idea para que la tribu se repoblara. Sabedores de que la ciudad de Silo se disponía a celebrar su fiesta anual para Yavé, ordenaron a los benjaminitas: “Id y poneos en emboscada en las viñas. Estad atentos, y cuando veáis salir a las hijas de Silo para danzar en coro, salís vosotros de las viñas y os lleváis cada uno a una de ellas para mujer, y os volvéis a Benjamín”. Con las vírgenes capturadas en Jabes Galad y las secuestradas en Silo, los benjaminitas levantaron de nuevo su tasa demográfica.

Capítulo V
Desposorio y boda
El precio de la novia
La Biblia ofrece muy poca información sobre el monto del mohar que pagaba la parte del pretendiente al responsable de la novia. El pago se efectuaba por lo regular en dinero metálico o en especie, y es presumible que su cuantía dependiera en cierta medida de la valoración que el padre de la novia hiciera de la muchacha, ya fuera por su belleza, su posición social o sus habilidades. La ley del Deuteronomio estipula que el hombre que viole a una mujer deberá pagar por ella cincuenta siclos (unos 800 gramos) de plata. El profeta Oseas, que predicó hacia el año 750 a. C., aparece adquiriendo una prostituta por “quince siclos [unos 240 gramos] de plata y jomer y medio [547 litros, aproximadamente] de cebada”. Las partes podían acordar también como mohar la prestación de un servicio, como en el caso de Jacob, que se ofreció a trabajar durante siete años a Labán por su hija Raquel. El pago se podía realizar incluso mediante un logro guerrero: el rey Saúl pidió a David por su hija Micol cien prepucios de filisteos.


La dote: desde una sierva hasta una ciudad
Aparte de la negociación del mohar, el padre de la novia daba a su hija una dote como ayuda económica al matrimonio. La dote también se podía aportar en dinero o en especie, incluidas las humanas. Cuando las hermanas Lía y Raquel se casaron con Jacob, su padre les entregó sendas esclavas. Mucho más generoso se mostró Ragüel al casarse su hija Sara con Tobías: les dio en el acto la mitad de sus bienes, y les dijo que recibirían la otra mitad a la muerte suya y de su mujer. En el caso de matrimonios reales, la dote podía llegar a ser una ciudad entera, aunque para ello hiciese falta limpiarla previamente: el faraón de Egipto se apoderó de la ciudad de Guézer, la incendió y exterminó a los cananeos que la habitaban, tras lo cual la dio en dote a su hija cuando se casó con el rey Salomón.

Es posible que el monto de la dote debiera guardar alguna proporción con el del mohar. Esto explicaría el reclamo de Raquel y Lía cuando, antes de abandonar su tierra, manifiestan: “¿Tenemos acaso nosotras parte o herencia en la casa de nuestro padre? ¿No nos ha tratado como extrañas, vendiéndonos y comiéndose nuestro precio (mohar)?”. Seguramente la dote de dos esclavas que les concedió Labán les resultaba irrisoria en comparación con la fortuna que éste acumuló durante los catorce años de trabajo que le pagó Jacob por sus hijas.

Una persona con capacidad persuasiva y buena información podía conseguir un aumento de la dote. Después de recibir a Aksá por esposa como trofeo por su victoria sobre Quiryat-Séfer, el guerrero Otniel quedó inconforme con la dote aportada por su suegro Caleb. Ni corto ni perezoso, indujo a su flamante esposa a pedir más. Aksá dijo a su padre: “Hazme un don; pues que me has heredado en tierra de secano, dame también tierra de regadío”. Caleb cedió y entregó a su hija “el gulot [fuente] superior y el inferior”, un obsequio nada desdeñable si se tiene en cuenta el extraordinario valor que tenían los yacimientos acuíferos en la zona desértica del Negueb.


“Señora del señor”
Cerrada la negociación matrimonial, el padre entregaba la desposada al flamante marido o a su representante. Tal vez pronunciara unas palabras solemnes y alguna bendición. “Tómala y llévala a tu padre”, dice Ragüel a Tobías al darle a Sara, tras lo cual desea a la pareja que Dios la colme de felicidades. “Tómala y vete, y sea la mujer del hijo de tu señor”, dice Labán al siervo de Abraham tras el acuerdo sobre Rebeca. El desposorio se celebraba con un convite íntimo, en el que los congregados comían, bebían y, en ocasiones, se intercambiaban regalos. Tras culminar con éxito su misión, el siervo de Abraham se postró ante Yavé y “sacando objetos de plata y oro y vestidos, se los dio a Rebeca, e hizo también presentes a su hermano y a su madre. Pusiéronse luego a comer y a beber, él y los que con él venían, y pasaron la noche”. En la casa de Ragüel, como se vio antes, se celebró una comida familiar.

Con el desposorio la pareja se consideraba casada a todos los efectos. El hombre pasaba a ser ba'al (dueño) de la esposa y quedaba obligado desde ese momento a mantenerla y brindarle protección. La mujer se convertía en be'ulat ba'al, que podría traducirse como perteneciente al dueño, o en eshet ish, señora del señor. El flamante esposo podía disponer en cualquier momento de su mujer, pero lo usual era que la muchacha siguiera viviendo durante un intervalo breve de tiempo en el hogar paterno hasta el día de la boda, en que era conducida a casa del esposo y se producía la consumación carnal. Cuando el siervo de Abraham anunció su partida al día siguiente de tomar a Rebeca por mujer para el hijo de su amo, Labán intentó convencerlo de que dejase a la muchacha en casa durante un tiempo: “Que esté la joven con nosotros todavía algunos días, unos diez, y después partirá”. Sin embargo, la propia Rebeca decidió no esperar.

El recién casado quedaba temporalmente eximido del servicio militar. “¿Quién se ha desposado con una mujer y todavía no la ha tomado? Que se vaya y vuelva a su casa, no sea que muera en la batalla y la tome otro”, dice el legislador del Deuteronomio. En otro pasaje fija el plazo de la exención militar: “Cuando un hombre sea recién casado, no irá a la guerra ni se ocupará en cosa alguna; quede libre en su casa durante un año para contentar a la mujer que tomó”.

La desposada virgen debía fidelidad al marido. Si era sorprendida en la cama con otro hombre, se le aplicaba junto con el amante la muerte de los adúlteros. No obstante, la ley la eximía de culpa si eran descubiertos en el campo, pues se presumía que la muchacha había pedido a gritos ayuda sin que nadie la escuchara. Esa eximente no se aplicaba a la casada que ya había pasado a vivir con su esposo: era condenada a morir junto a su amante tanto si los sorprendían en la ciudad como en el campo.


Contrato con trampa
Cabe imaginar que el grado de confianza entre las partes o su nivel de coincidencia respecto a los términos económicos de la operación determinaba que algunas negociaciones matrimoniales fuesen más largas o más tensas que otras. La transacción por Raquel fue especialmente rápida. Jacob ofreció como mohar siete años de trabajo por la muchacha, y el padre de ésta contestó: “Mejor es que te la dé a ti que dársela a un extraño. Quédate conmigo”. El problema de cerrar sin cautela los contratos es que alguna de las partes puede salir embaucada, sobre todo si se encuentra en un territorio extraño donde rigen otras costumbres. Al cabo de los siete años de trabajo, llegado el día de la boda, Labán entregó a Jacob a su hija mayor, Lía, y no a Raquel, aprovechándose seguramente de la nocturnidad y de que la novia llevaba el rostro cubierto por un velo. “¿Por qué me has hecho esto? ¿No te he servido por Raquel? ¿Por qué me has engañado?”, reclamó Jacob a su suegro a la mañana siguiente, tras descubrir, demasiado tarde, el engaño. No resulta difícil imaginar el enfado que llevaba encima. Labán le respondió: “No es en nuestro lugar costumbre dar la menor antes que la mayor. Acaba esta semana, y te daré también después la otra por el servicio que me prestes de otros siete años”. Jacob, resignado, trabajó siete años más por la anhelada Raquel. El hecho de que haya dado su brazo a torcer sin demasiada resistencia parece indicar su aceptación de que la costumbre local tenía prelación sobre el contrato privado que había pactado con su tramposo tío.


“Daré lo que me pidáis”
La negociación matrimonial más tensa que recoge la Biblia se desarrolló en la remotísima época patriarcal. Como ya se ha contado, el joven cananeo Siquem se había enamorado de Dina, hija del patriarca Jacob, después de violarla y pidió a su padre, el príncipe Jamor, que se la pidiera como esposa. Lo que sucedió después lo recoge en toda su brutalidad el capítulo 34 del libro de Génesis. Jamor, en compañía de Siquem, acudió donde Jacob para comunicar las pretensiones de su hijo y discutir los términos matrimoniales. A su vez, al patriarca lo acompañaban sus hijos, que estaban llenos “de ira y de furor” porque acaban de regresar del campo y se habían enterado de la violación de su hermana. El hecho de que durante la conversación Jamor se dirija a los hijos de Jacob y que estos tomen la palabra parece indicar que el patriarca ya era muy anciano y sólo ejercía nominalmente la autoridad en su casa.

Jamor abrió la conversación. “Siquem, mi hijo, está prendado de la hija de vosotros, dádsela, os ruego, por mujer”, dijo. Su propuesta no acabó ahí. El príncipe cananeo quería mantener buenas relaciones con la familia israelita que acaba de llegar a su país, por lo que añadió: “Haced alianza con nosotros; dadnos vuestras hijas y tomad las nuestras para vosotros, y habitad con nosotros. La tierra estará a vuestra disposición para que habitéis en ella, la recorráis y tengáis propiedades en ella”. Intervino entonces Siquem y dijo al padre y los hermanos de su pretendida: “Halle yo gracia ante vuestros ojos y os daré lo que me pidáis. Aumentad el mohar y los presentes; cuanto me digáis os daré, pero dadme a la joven por mujer”. Los hijos de Jacob respondieron a Jamor y a Siquem que aprobarían el matrimonio con una condición: que se circuncidaran ellos dos y todos los varones de su pueblo, porque entregar a Dina a un incircunciso sería una afrenta. La respuesta agradó a sus interlocutores, según el relato. El joven Siquem “no dio largas a la cosa, de lo enamorado que estaba de la hija de Jacob”. De ese modo se cerró el acuerdo matrimonial. Poco después, sin embargo, Siquem y Jamor se llevarían una sorpresa terrible al comprobar que el consentimiento de los hijos de Jacob escondía en realidad un plan macabro.


“¿Os parece fácil ser yerno del rey?”
La negociación del rey Saúl con David fue enrevesada, principalmente porque sus fines eran turbios. Al enterarse de que su hija Micol estaba prendada de David, el monarca se alegró porque vio la posibilidad de deshacerse del popular soldado haciéndolo perecer a manos de los filisteos. “Por segunda vez voy a darte la posibilidad de ser mi yerno”, dijo Saúl a David, en alusión a un anterior e incumplido compromiso de entregarle a su hija mayor, Merab. Al mismo tiempo, ordenó a sus servidores que, simulando actuar de modo espontáneo, dijesen a David que el rey lo estimaba y que pusiese de su parte para ser su yerno. “¿Os parece cosa fácil eso de ser yerno del rey? Yo soy hombre de poco y de poca hacienda”, respondió David a los servidores. Cuando éstos transmitieron a Saúl las palabras del soldado, el monarca los envió de vuelta con la siguiente oferta: “No necesita el rey mohar, sólo quiere cien prepucios de filisteos para vengarse de sus enemigos”. A David, ajeno a las torvas intenciones de Saúl, “le agradó la condición puesta para ser yerno del rey”. Salió con los hombres que estaban a su mando, mató a cien filisteos y con sus prepucios pagó el precio de la princesa Micol.


Un contrato de alto riesgo
Tobías pidió la mano de su parienta Sara durante un banquete que le ofrecieron los padres de la muchacha a su llegada a la ciudad de Ectábana. “Hermano Azarías, habla de aquel asunto de que en el camino tratamos, y que se acabe este negocio”, dijo a su compañero de viaje, otorgándole así un papel de representante en la transacción.

Cuando Azarías comunicó las pretensiones matrimoniales de Tobías, Ragüel dijo a éste: “Come, bebe y alégrate; en efecto a ti te toca recibir a mi hija; pero antes tengo que advertirte una cosa: he dado ya mi hija a siete maridos, pero, al acercarse a ella, en la misma noche murieron”. Tras exponerle sin rodeos la cruda realidad, invitó a Tobías a disfrutar de la cena quizá con la finalidad de que reflexionase a fondo su decisión. Pero el joven contestó: “No gustaré bocado hasta que resolváis este negocio y me lo confirméis”. Ragüel no realizó más esfuerzos disuasorios. “Tómala desde ahora, según la Ley, porque tú eres su hermano y a ti se debe. Que Dios misericordioso los colme de felicidades”, le dijo. Llamó entonces a Sara y, tomándola de la mano, la entregó a Tobías. “Anda, según la ley de Moisés, tómala y llévala a tu padre”, manifestó, y bendijo a la pareja. A continuación, cuenta la Biblia, “llamó a Edna, su mujer, tomó un rollo, escribió el contrato matrimonial, lo selló, y luego comenzaron a comer”. El libro de Tobías, escrito hacia el año 200 a. C., contiene así la primera referencia bíblica a un contrato matrimonial redactado. Es probable que, en la época nómada, los hebreos formalizaran de palabra o mediante alguna señal primitiva el acuerdo matrimonial; pero en algún momento anterior al relato de Tobías ya debió de existir la costumbre del documento escrito, del mismo modo que se exigía uno para el divorcio.


La boda: siete días o más de juerga
La boda formalizaba el ingreso de la esposa en el clan del marido mediante su traslado al hogar del novio y la consumación carnal del matrimonio. Desafortunadamente, la Biblia ofrece apenas unas pistas sueltas sobre el festejo. De las celebraciones de Jacob con Raquel y Lía, y la de Sansón con la filistea de Timna, se dice que duraron siete días, mientras que la de Tobías con Sara se prolongó dos semanas. El momento más colorido de la celebración lo constituía el traslado de la novia a la casa del novio, en medio de un gran jolgorio. Algunos expertos ven en este ritual reminiscencias de una época muy antigua en que las guerras constituían la fuente primordial de abastecimiento de mujeres; los cortejos nupciales evocarían, en versión festiva, la conducción de las cautivas al hogar de sus captores. El libro de Macabeos esboza una de esas procesiones, en la que el novio, acompañado por un séquito de amigos, sale al encuentro de la novia y su cohorte de amigas: “Llegó a Jonatán y a Simea, su hermano, la nueva de que los hijos de Jambri celebraban una solemne boda con gran pompa y conducían desde Madaba a la novia, hija de uno de los magnates de Canaán. Y acordándose de su hermano Juan, salieron, se ocultaron al abrigo de un monte, alzaron los ojos y vieron una caravana regocijada y numerosa. Era el novio, que con sus amigos y hermanos salían al encuentro de la novia con panderos, instrumentos músicos y muchas armas”. En este caso el desfile no llegó a su destino, ya que los macabeos Jonatán y Simea aprovecharon la ocasión para vengar la muerte de su hermano Juan y atacaron con tal fiereza a los festejantes que “las bodas se convirtieron en llanto y el sonido de la música en lamentaciones”.

La novia y el novio se engalanaban para la boda. El profeta Isaías dice que el esposo “se ciñe la frente con diadema” y la esposa “se adorna con sus joyas”, en referencia al matrimonio simbólico de Dios con Israel. “Son palomas tus ojos a través de tu velo”, dice el novio del Cantar de los Cantares, citando una de las prendas nupciales de la novia. Rebeca, que por venir desde muy lejos no traía una comitiva de bulliciosas amigas, se colocó un velo al arribar al hogar donde la aguardaba su desconocido esposo. El narrador describe ese momento con brevedad y extraordinaria belleza: “Volvía un día Isaac del pozo de Lajat Roi, pues habitaba en la tierra del Negueb, y había salido a pasear por el campo al atardecer, y, alzando los ojos, vio venir camellos. También Rebeca alzó sus ojos, y viendo a Isaac se apeó del camello, y preguntó al siervo: ‘¿Quién es aquel hombre que viene por el campo a nuestro encuentro?’. El siervo le respondió: ‘Es mi señor’. Ella agarró el velo y se cubrió. El siervo contó a Isaac cuanto había ocurrido, e Isaac condujo a Rebeca a la tienda de Sara, su madre; la tomó por mujer y la amó, consolándose de la muerte de su madre”.


Bebida, comida y adivinanzas
Durante los fastos, el novio y la novia permanecían apartados, cada cual rodeado por un grupo de amigos del propio sexo. En cada grupo había uno que ejercía de “amigo de confianza”. Los anfitriones filisteos adjudicaron a Sansón treinta compañeros, más que para honrarlo, para controlarlo, pues le temían por su fuerza descomunal. Por lo menos en tiempos del Nuevo Testamento, los invitados a los fastos vestían de manera especial. Así lo sugiere san Mateo en la parábola del banquete nupcial: “Entrando el rey para ver a los que estaban a la mesa, vio allí a un hombre que no llevaba traje de boda, y le dijo: ‘Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin el vestido de boda?’. Él enmudeció”. A juzgar por lo que ocurrió con el intruso —fue atado de pies y manos y echado a las tinieblas del exterior—, era conveniente cumplir las normas de etiqueta.

Los invitados comían, bebían, cantaban y, a veces, jugaban a proponerse enigmas. El primer día de celebración de su boda, Sansón puso a sus compañeros la siguiente adivinanza: “Del que come salió lo que se come, y del fuerte, la dulzura”, y les apostó treinta túnicas y treinta mudas a que no la resolverían durante los siete días del festejo. El acertijo se le había ocurrido camino de la boda, al ver el cadáver de un león que había matado días antes y un enjambre de abejas con miel en la osamenta del animal. Como no lograban descifrar el enigma, los jóvenes filisteos amenazaron a la novia con quemarla a ella y a la casa de su padre si no les conseguía la solución. La muchacha importunó sin respiro a Sansón, llorándole todos los días, hasta que en el último momento le arrancó la respuesta. El séptimo día, antes de la puesta del sol, los filisteos dijeron a Sansón: “¿Qué más dulce que la miel? ¿Qué más fuerte que el león?”. El israelita les contestó: “Si no hubierais arado con mi novilla, no hubierais descifrado mi enigma”. Iracundo, bajó a la ciudad filistea de Escalón, mató a treinta hombres, los despojó y pagó con sus túnicas la apuesta perdida. Seguidamente, se marchó a la casa de sus padres. Al cabo de unos días, volvió a Timna, llevando un cabrito, y dijo: “Quiero entrar a mi mujer en su cámara”. El padre de la muchacha le negó la entrada, diciéndole: “Creí que la habías aborrecido enteramente y se la he entregado a tu compañero (el amigo de confianza de la boda)”. En compensación le ofreció a su hija menor asegurándole que era “más hermosa todavía”. Sansón, evidentemente iracundo, respondió que había llegado el momento de hacerles daño a los filisteos. Siguió una ola terrible de violencia: Sansón arrasó con fuego vastos campos de los filisteos atando antorchas a las colas de trescientas zorras; los filisteos reaccionaron quemando a la mujer sobre la que Sansón aún reivindicaba sus derechos de marido y la casa del padre de la muchacha; el israelita mató a mil filisteos con una quijada de asno... Después de esta orgía de sangre, la Biblia informa que Sansón fue juez de Israel durante veinte años.


Himnos talámicos
En las bodas reales, y quizá también en las de las familias plebeyas que podían permitirse esos lujos, un cantor o un coro entonaban cantos nupciales compuestos para la ocasión. El Cantar de los Cantares es el epitalamio por excelencia: a él le dedicamos un capítulo especial en este libro. Pero la Biblia incluye otro himno nupcial, el salmo 45, que por su referencia a la “hija de Tiro”, es decir, a una novia fenicia, parece compuesto para la boda del rey israelita Acab con Jezabel, hija del rey de Sidón. El salmo va encabezado por las siguientes instrucciones que denotan su finalidad musical: “Al maestro del coro. Sobre lirios. Maskil [sabiduría, instrucción] de los hijos de Coré. Canto de amor”.
Bulle en mi corazón un bello discurso:

al rey dedico mi poema.

Es mi lengua como cálamo de veloz escriba.

Eres el más hermoso de los hijos de los hombres;

en tus labios la gracia se ha derramado;

por eso te bendijo Dios para siempre.

Cíñete tu espada sobre el muslo, ¡oh héroe!;

tus galas y preseas.

Y marcha, cabalga por la verdad y la justicia;

enséñete tu diestra portentosas hazañas.

Agudas son tus saetas; ante ti caerán los pueblos;

desfallecen los corazones de los enemigos del rey.

Tu trono subsistirá por siempre jamás,

cetro de equidad es el cetro de tu reino.

Amas la justicia y aborreces la iniquidad;

por eso Yavé, tu Dios, te ha ungido

con el óleo de la alegría más que a tus compañeros.

Mirra, áloe, casia exhalan tus vestidos;

desde los palacios de marfil los instrumentos de cuerda te alegran.

Hijas de reyes vienen a tu encuentro,

y a tu diestra está la reina con oro de Ofir.

Oye, hija, y mira; inclina tu oído:

olvida tu pueblo y la casa de tu padre.

Prendado está el rey de tu hermosura;

pues que él es tu señor, póstrate ante él.

La hija de Tiro viene con dones,

los ricos del pueblo te halagarán.

Toda radiante de gloria entra la hija del rey;

su vestido está tejido de oro.

Entre los brocados es llevada al rey.

Detrás de ella, las vírgenes, sus compañeras,

son introducidas a ti.

Con alegría y algazara son conducidas,

entran en el palacio del rey.

A tus padres sucederán tus hijos,

los constituirás por príncipes de toda la tierra.

Yo quisiera recordar tu nombre de generación en generación.

Por eso los pueblos te alabarán por siempre jamás.


Consummatio carnalis
El momento culminante de la boda era el acceso a la cámara nupcial y la consumación carnal del matrimonio. La información de la Biblia sobre este ritual es escasa. “Juntó Labán a todos los hombres del lugar y dio un convite; y por la noche, tomando a Lía, su hija, se la llevó a Jacob, que entró a ella”, cuenta el narrador del libro de Génesis. El salmo 45 y el Cantar de los Cantares dan a entender que la novia era escoltada por su cohorte de amigas hasta la cámara nupcial. En la muy particular boda de Tobías y Sara, el padre de la muchacha hace un paréntesis en la cena para ordenar a su mujer que prepare una habitación e instale allí a la novia. Después, cuando hubieron terminado de comer, los anfitriones “llevaron a la alcoba a Tobías”.

La noche de la consumación carnal de Sara y Tobías fue, por decirlo de algún modo, descabellada. Siguiendo las instrucciones de su compañero Rafael, Tobías tomó un brasero y puso sobre las brasas el corazón y el hígado de un pez que había capturado en el camino. Al oler ese humo, el demonio que dominaba a Sara y que había matado a sus siete maridos anteriores “huyó al Egipto superior, donde el ángel lo ató”. Tobías se puso entonces en pie y pidió a Sara que también se levantase para orar a Dios. “Ahora, pues, Señor, no llevado de la pasión sexual, sino del amor de tu ley, recibo a esta mi hermana por mujer”, dijo Tobías. Ella respondió: Amén. Y, según añade el narrador, “pasaron ambos dormidos aquella noche”. A la mañana siguiente, Ragüel, el padre de la novia, fue a cavar una sepultura para el caso de que su nuevo yerno hubiese muerto como los anteriores. Al volver a casa, dijo a Edna, su mujer, que enviara una sierva para que averiguase si Tobías estaba vivo, con el fin de “enterrarlo si no y que nadie se entere”. La sierva se asomó a la puerta y comprobó que ambos dormían. Ragüel prorrumpió en una gran alegría, mandó a sus siervos a rellenar la sepultura y le celebró a la pareja una fiesta de catorce días. Aunque lo normal era que la consumación carnal se produjera al final de los fastos, en el caso de Tobías y Raquel fue necesario que la pareja pasara primero por la cámara nupcial para determinar si habría razones para el festejo.

Capítulo VI
La virginidad
La prueba de la sábana
La noche de bodas constituía para la novia —más exactamente, para la que se casaba por vez primera— una auténtica prueba de fuego porque permitía comprobar si había llegado virgen al matrimonio. Un esposo que se sintiera engañado podía entablar en el acto una denuncia contra su mujer. Si los padres de la muchacha consideraban falsa la acusación tenían derecho a responder con un juicio por difamación, en el que debían presentar ante los ancianos de la ciudad, a modo de prueba, las vestimentas de su hija con los signos de virginidad. Es de presumir que el acto sexual se realizaba sobre una pieza de tela donde quedaban manchas de sangre tras la desfloración. Si los padres de la muchacha ganaban el pleito, al esposo se le castigaba “por haber esparcido la difamación de una virgen de Israel” con el pago de cien siclos de plata a su suegro y la prohibición de divorciarse de su esposa en toda la vida. En cambio, si la acusación tenía fundamento, la joven era sacada a la puerta de la casa de su padre y apedreada hasta la muerte por “haber cometido una infamia en Israel, prostituyéndose en la casa paterna”.


Una joya con fecha de caducidad
La virginidad femenina gozaba de muy alta estima entre los antiguos israelitas. La ley levítica asocia la virginidad a la pureza ritual, al establecer que el sacerdote sólo podía casarse con una mujer que no hubiera mantenido relaciones sexuales: “Tomará virgen por mujer, ni viuda, ni repudiada, ni desflorada, ni prostituida. Tomará una virgen de las de su pueblo”. Las relaciones sexuales prematrimoniales eran duramente censuradas y se equiparaban a un acto de prostitución bajo el techo paterno. La muchacha que osaba dar el paso se enfrentaba, en el mejor de los casos, al matrimonio forzoso o a una larga soltería si su padre rehusaba entregarla al seductor. El destino alternativo era la muerte por lapidación, en el caso de que callara su pérdida de virginidad y su pecado fuera descubierto en la noche de bodas, como se vio en el apartado anterior.

Tan elevada valoración de la virginidad no significaba, ni mucho menos, que esta fuera el estado ideal. La sociedad israelita esperaba de la mujer que se casara a cierta edad y tuviera descendencia, a ser posible numerosa. El libro de Jueces, que describe los primeros años del establecimiento de los israelitas en la tierra de Canaán, cuenta que la hija del juez Jefté prorrumpió en un “llanto de virginidad” al recibir la certeza de que nunca se uniría conyugalmente a un hombre. Esta historia tiene la singularidad de que consigna un sacrificio humano en los primeros tiempos de Israel.


El llanto de la hija de Jefté
A punto de entrar en guerra contra los ammonitas, el juez Jefté hizo un voto a Yavé: si lo ayudaba a derrotar al enemigo, le ofrecería en holocausto a la primera persona que saliera a las puertas de su casa para recibirlo al regreso de la contienda. Jefté aplastó a los ammonitas. Pero la alegría por la victoria se convirtió en desgracia al volver a su casa en Masfa, porque la primera persona que salió a su encuentro fue su única hija: fuera de ella no tenía más descendencia.

Cuando la muchacha acudió con “tímpanos y danzas” a su encuentro, Jefté rasgó sus vestiduras en señal de duelo y dijo: “¡Ah, hija mía, me has abatido del todo y tú misma te has abatido al mismo tiempo! He abierto mi boca a Yavé sobre ti y no puedo volverme atrás”.

“Padre mío”, respondió la muchacha, “si has abierto tu boca a Yavé, haz conmigo lo que de tu boca salió, pues te ha vengado Yavé de tus enemigos, los hijos de Ammón”. Y añadió: “Hazme esta gracia: déjame que por dos meses vaya con mis compañeras por los montes, llorando mi virginidad”. Jefté la dejó ir. La muchacha “se fue por los montes con sus compañeras y lloró por dos meses su virginidad”, tras lo cual regresó a casa para afrontar su trágico destino. El narrador concluye: “Y ella no conoció varón. De ahí viene la costumbre en Israel de que cada año se reúnan las hijas de Israel para llorar a la hija de Jefté, galaadita, por cuatro días”.

Los expertos continúan debatiendo sobre esta singular historia. Algunos sostienen que el voto de Jefté a Dios consistía en consagrar su hija a la virginidad, no en matarla. Argumentan que la muchacha pidió dos meses para llorar su virginidad no porque fuera a morir virgen, sino porque quedaba obligada a vivir en castidad el resto de sus días, algo que se consideraba una desgracia entre los israelitas. Al apostillar que la chica no conoció varón, el narrador estaría informando justamente de que ese voto de virginidad se cumplió. Frente a esta posición, la mayor parte de los estudiosos bíblicos interpreta que el relato describe un sacrificio humano en toda regla y que ello queda patente con la afirmación de que Jefté rasgó sus vestiduras, un acto que los israelitas practicaban en señal de duelo. Probablemente en épocas muy antiguas se celebraron en Israel rituales de ese tipo. La historia del Génesis en que Dios pone a prueba al patriarca Abraham exigiéndole el sacrificio de su hijo —operación que le ordena detener en el último momento al comprobar su obediencia— podría evocar aquellas terribles ceremonias. También es posible que los sacrificios humanos nunca existieran en Israel y que el narrador bíblico, con alguna finalidad desconocida, se inspirara en leyendas de otros pueblos de la región para construir una historia ficticia con ese argumento. Un antecedente notable del relato de la hija de Jefté es el de la griega Ifigenia, cuyo padre, el rey Agamenón, la manda matar para aplacar la ira de la diosa Artemisa. Sea como fuere, la ley del Deuteronomio prohibió de modo expreso los sacrificios humanos al exigir a los israelitas que no imitasen a las naciones vecinas: “No obres así con Yavé, tu Dios; porque cuanto hay de aborrecible y abominable a Yavé lo hacían ellos para sus dioses; hasta quemar en el fuego a sus hijos y a sus hijas en holocausto”.

Sobre la supuesta costumbre de que las hijas de Israel se reúnan cuatro días al año para llorar a Jefté nada se sabe, salvo por la frase que cita el libro de Jueces. Algunos expertos aventuran que quizá existió en la Antigüedad algún tipo de ceremonia anual femenina y que el narrador la convirtió para sus fines literarios en un acto de homenaje a la protagonista de su relato.


Una virgencita para calentar al rey
La Biblia recoge un pasaje muy breve y curioso sobre David, el rey más grande de la historia de Israel. El monarca, ya viejo, “no podía entrar en calor por más que le cubrían con ropas”. Sus servidores le dijeron: “Que busquen para mi señor, el rey, una joven virgen que le cuide y le sirva; durmiendo en su seno, el rey, mi señor, entrará en calor”. Y concluye el relato: “Buscaron por todo el territorio de Israel una joven hermosa y hallaron a Abisag, sunamita, y la trajeron al rey. Era esta joven muy hermosa y cuidaba al rey y le servía, pero el rey no la conoció”.

La virgen Abisag reaparece poco después en la historia, cuando, a la muerte de David, ascendió al trono su hijo Salomón. La corte era un nido de intrigas. Adonías, medio hermano de Salomón, se presentó cierto día ante Betsabé, la madre del monarca, y le dijo que él era el candidato legítimo al trono, aunque admitió que Yavé había decidido traspasar el reino a Salomón. Seguidamente pidió a Betsabé que intercediera ante el rey para que le diese por mujer a Abisag, la sunamita. “No te lo negará”, la animó.

Cuando Betsabé transmitió a su hijo la petición, Salomón montó en cólera y anunció que ese mismo día moriría Adonías. El fiel y eficaz Benayas, jefe del ejército, ejecutó la sentencia. Alguien podría preguntarse qué le costaba a Salomón, con un harén de setecientas concubinas, desprenderse de Abisag, por muy hermosa que fuese. La respuesta es que el rey vio en la petición de su medio hermano una maniobra política —o, como diríamos hoy, una “intentona golpista”—, ya que acostarse con la concubina de otro equivalía a desafiar la autoridad.

Capítulo VII
El divorcio
La “inmundicia de cosa”
La ley deuteronómica, de finales del siglo VII a. C., daba al esposo el derecho a la separación matrimonial si descubría en su mujer una “inmundicia de cosa”. Todo cuanto tenía que hacer en ese caso era redactar a su esposa un “libelo de repudio” y despedirla de casa. Con la cláusula de la “inmundicia de cosa”, el legislador seguramente buscaba limitar posibles arbitrariedades por parte del hombre. Sin embargo, no se precisa el sentido de la expresión. El libro de Oseas, escrito en el siglo VIII a. C., esboza una ceremonia rudimentaria en la que el profeta pide verbalmente a unos testigos imprecisos que digan a los hijos de su matrimonio: “Contended contra vuestra madre, porque ni ella es mi mujer, ni yo soy su marido”. La causa que alega Oseas para el repudio es el adulterio continuado de su mujer. Es presumible que en las épocas de mayor laxitud el interesado esgrimiera cualquier pretexto para deshacerse de su esposa. El autor del Eclesiástico, machista furibundo, aconseja sin más al marido: “Si tu mujer no va de tu mano, sepárala de ti”.

En la práctica, los principales argumentos disuasorios contra el divorcio seguramente no eran los legales, sino los económicos y sociales. Repudiar a una mujer implicaba para un hombre perder el dinero del mohar que había dado por ella —en otras palabras, tirar por la borda una inversión— y pagar una suma parecida si pretendía casarse otra vez. No cualquiera estaba en condiciones de asumir tantos gastos. Por otra parte, el divorcio no era algo bien visto en la sociedad israelita. El profeta Isaías refleja esa actitud al contar en clave metafórica que Dios, después de repudiar a sus esposas Israel y Judá, se muestra más tarde dispuesto a recibirlas de nuevo y perdonarlas:
Como mujer abandonada y desolada de espíritu

te ha llamado Yavé.

¿Y la esposa de juventud podrá ser repudiada?,

dice tu Dios.

Por un breve momento te abandoné,

pero con amor eterno me apiadé de ti.
Es posible que, en tiempos de Jesús, la mujer también tuviera derecho de emprender el trámite de divorcio. Así lo sugiere el Evangelio de Marcos, que pone en boca de Jesús las siguientes palabras: “El que repudia a su mujer y se casa con otra, adultera contra aquélla, y si la mujer repudia al marido y se casa con otro, comete adulterio”.

Con el paso del tiempo, las voces de reprobación contra el divorcio se multiplicaron. El profeta postexílico Malaquías ya no habla en un sentido alegórico, sino que se dirige a los israelitas como personas, cuando dice: “Porque Yavé toma la defensa de la esposa de tu juventud, a la que has sido desleal, siendo ella tu compañera y la esposa de tu alianza matrimonial. ¿No los hizo para ser un solo ser que tiene su carne y su hálito? Y este único, ¿qué busca, sino una posteridad de Dios? ¡Cuidad, pues, de vuestro hálito, y no seas infiel a la esposa de tu juventud! El que por aversión repudia, dice Yavé, Dios de Israel, se cubre de injusticia por encima de sus vestiduras”. Las palabras de Malaquías son la antesala de la condena absoluta del divorcio por parte de Jesús y el apóstol Pablo.


El libelo de repudio
La exigencia legal de que el divorcio se consignara por escrito constituía una garantía para la mujer contra la eventualidad de que su marido, ya fuera para recuperarla o para impedir que se casara con otro hombre, negase haberla despedido. Sobre el contenido del documento, algo se sabe a través de documentos extrabíblicos. En su Manual de la Biblia, Heinrich Mertens transcribe la siguiente carta de despido fechada en vísperas de la era cristiana:

“Libelo de repudio. El primer día de la semana, a siete días del mes de tishrí, del año 3.760 de la creación del mundo, según el cómputo que nosotros seguimos, en el lugar de Caná, yo Simea, hijo de Onías, y cualquier otro nombre que yo pueda llevar, oriundo del lugar de Séforis, por propia decisión y libre voluntad, y sin ser forzado por nadie, te despido, abandono y expulso a ti Miriam, hija de Yeshúa, y cualquier otro nombre que puedas llevar, del lugar de Séforis, que hasta ahora has sido mi mujer. Y ahora yo te expulso y te dejo libre a ti Miriam, hija de Yeshúa, y cualquier otro nombre que puedas llevar, del lugar de Séforis, de modo que eres libre y dueña de ti misma para irte y casarte con el hombre que quieras, y nadie podrá impedírtelo desde este día hasta la eternidad. He aquí que eres libre para cualquier hombre, y éste será por mi parte el escrito de expulsión y el documento de despido y la carta de abandono, según la Ley de Moisés y de Israel. Rubén ben Yacob como testigo. Gilead ben Asher como testigo”.


De vuelta donde papá y mamá
La mujer repudiada volvía a su hogar paterno, según la costumbre. Por lo regular se marchaba con las manos vacías, pues por su condición de mujer carecía de derechos sobre la heredad familiar. A lo sumo se podía llevar con ella la dote que le dio en su día su padre, si es que aún la conservaba. La divorciada tenía el derecho de casarse otra vez, excepto con un sacerdote, ya que éste, por pretendidas razones de pureza ritual, sólo podía contraer nupcias con una virgen. La ley no aclara qué sucedía en el caso de que hubiera hijos de por medio al producirse un divorcio. Cabe suponer que el esposo, como dueño de la familia, tenía la última palabra al respecto y que al menos los hijos varones se quedaban en la casa paterna por su condición de potenciales herederos.

El divorcio estaba sujeto a muy pocas restricciones legales. El hombre que violara a una soltera virgen estaba obligado a tomarla por esposa y no podía repudiarla en toda su vida. También perdía el derecho de divorcio, como vimos antes, el hombre que acusara falsamente a su mujer de no haber llegado virgen al matrimonio. Si una mujer divorciada contraía segundas nupcias, y luego enviudaba o era repudiada por su nuevo marido, el primer esposo no podía casarse con ella. El objeto de esta medida era invitar a la reflexión al hombre que se disponía a repudiar a su mujer, con el mensaje de que podía tener problemas si deseaba recuperarla más adelante.


La concubina que abandonó a su marido
La mujer, al menos en los tiempos más antiguos, no podía promover un proceso de divorcio. Y como propiedad del esposo tampoco tenía derecho de abandonar el hogar a menos que el marido le extendiera el libelo de repudio. Sin embargo, cabe imaginar que más de una esposa víctima de maltratos o humillaciones se escapaba a la casa de sus padres en busca de protección. Lo mismo podía suceder con una concubina, aunque tuviera aún menos derechos que la esposa. El libro de Jueces narra uno de esos casos, el de una concubina que volvió donde sus padres tras enojarse con su marido levita. El hombre, en lugar de hacerle pagar la afrenta, fue tras ella con el fin de hablarle al corazón y recuperar su afecto. Durante cuatro días permaneció en casa de su suegro, comiendo y bebiendo, hasta que, lograda la reconciliación, emprendió el regreso a casa con su concubina, su criado y los dos asnos.


Lo que Dios unió...
El rechazo al divorcio constituye uno de los caballos de batalla del Nuevo Testamento. La doctrina la sentó Jesús, cuando unos fariseos le preguntaron si era lícito al marido repudiar a la mujer. “¿Qué ha mandado Moisés?”, les preguntó el Maestro. Ellos le contestaron: “Moisés manda escribir el libelo de repudio y despedirla”. “Por la dureza de vuestro corazón os dio Moisés esa ley”, les replicó Jesús, e invocó el relato de la Creación, en que el hombre y la mujer se unen en una sola carne, para rechazar de manera tajante el divorcio. “Lo que Dios juntó, no lo separe el hombre”, sentenció. Para Jesús, quien repudia a su mujer —salvo en caso de fornicación— la expone al adulterio, y el hombre que se casa con la repudiada comete adulterio. Esta visión choca con la ley mosaica, que permitía a una mujer divorciada casarse de nuevo y emprender una nueva vida conyugal. El apóstol Pablo rechaza el divorcio incluso en casos de infidelidad. “Si algún hermano tiene mujer infiel y ésta consiente en cohabitar con él, no la despida. Y si una mujer tiene marido infiel y este consiente en cohabitar con ella, no lo abandone”, dice.

Capítulo VIII
Poligamia
Todo empezó con Lamec
Al igual que en las naciones del entorno, la costumbre israelita permitía al hombre tener cuantas esposas y concubinas quisiera. La poligamia se justificaba en la propia idea que se tenía del matrimonio como institución para generar descendencia. En ese sentido, la Biblia presenta varios casos de hombres que tomaron mujeres adicionales porque sus esposas eran estériles. Pero tener más de una mujer permitía también al esposo una mayor diversidad sexual dentro del matrimonio. Y simbolizaba poder y riqueza, como lo atestiguan los frondosos harenes de David, Salomón y otros reyes israelitas.

La poligamia era una práctica muy antigua. La Biblia se hace eco de esa antigüedad al situar al primer polígamo en la época prediluviana. Se trata de Lamec, hijo de un tataranieto de Caín, hijo a su vez de Adán y Eva y primer fratricida de la historia. El autor bíblico presenta a Lamec como el antepasado mítico de los ganaderos, los forjadores de metales y los músicos, y le atribuye un feroz canto guerrero de venganza:

“Lamec tomó dos mujeres, una de nombre Ada, otra de nombre Sela. Ada parió a Jabel, que fue el padre de los que habitan en tiendas y pastorean. El nombre de su hermano fue Jubal, el padre de cuantos tocan la cítara y la flauta. También Sela tuvo un hijo, Tubalcaín, forjador de instrumentos cortantes de bronce y de hierro. Hermana de Tubalcaín fue Noema. Dijo, pues, Lamec a sus mujeres:
Ada y Sela, oíd mi voz;

mujeres de Lamec, dad oído a mis palabras.

Por una herida mataré a un hombre,

y a un joven por un cardenal.

Si Caín sería vengado siete veces,

Lamec lo será setenta veces siete”.
En la época patriarcal (siglos XIX-XVII
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