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a. C.) prosiguen las uniones polígamas. Esaú, nieto del patriarca Abraham, se casó con dos mujeres jeteas, Judit y Besemat, y más adelante se unió con la ismaelita Majalat. El hermano de Esaú, Jacob, fue también polígamo, pero sin proponérselo: él se quería casar con Raquel, pero el padre de ésta le coló primero a su hija mayor, Lía, con lo que quedó convertido en bígamo. Lía tuvo cuatro hijos consecutivos y, al dejar de concebir, entregó su esclava Zelfa a Jacob para que engendrara más descendencia. Y Raquel, como en un principio era estéril, dio su esclava Bala a Jacob, que casi sin darse cuenta terminó con dos esposas y dos concubinas.

En tiempos de los jueces (siglos XII-XI a. C.) destaca como polígamo el juez Gedeón, que “tuvo setenta hijos, todos nacidos de él, pues fueron muchas sus mujeres”. Además, apostilla el meticuloso narrador, “una concubina que tenía en Siquem le parió también un hijo”. Un bígamo notable fue Elcana, padre de Samuel, el profeta que ungió a los dos primeros reyes de Israel. Elcana tenía dos mujeres, Ana, la que más quería, que era al comienzo estéril, y Penena.

Durante la monarquía (desde finales del siglo XI a. C.) la poligamia se convierte en práctica habitual de los reyes, que por razones de diplomacia y estrategia política tomaban por mujeres a princesas de naciones vecinas. Un caso extraordinario es el de Salomón, el fastuoso monarca que tuvo “setecientas mujeres de sangre real y trescientas concubinas”. Superó de lejos a su padre, David, a quien la Biblia le atribuye ocho esposas y una docena de concubinas. Roboam, hijo de Salomón, tuvo a su vez dieciocho esposas y sesenta concubinas.

La gente del pueblo no recurría a la poligamia con facilidad, entre otras cosas por razones económicas. Casarse con varias mujeres implicaba pagar el mohar por cada una de ellas a sus respectivos padres. Y después venía el problema de mantener a varias familias. No cualquiera podía permitirse semejante tren de gastos. Además, la poligamia solía ser fuente de perturbaciones familiares, ya que generaba celos entre las esposas y rivalidades entre los hijos a causa de las herencias. Quizá los casos más comunes fueran de bigamia. En sus discursos alegóricos que datan del siglo VI a. C., los profetas Jeremías y Ezequiel reflejan la normalidad de esa práctica al presentar a Dios casado con Israel y Judá.

Con el paso del tiempo, el matrimonio con una sola esposa se fue imponiendo como único modelo conyugal. Los libros sapienciales contienen abundantes elogios a la mujer buena que parece una invitación a la monogamia. Dice el Eclesiástico:

Dichoso el marido de una mujer buena,

el número de sus días será doblado.
Y el Eclesiastés:
Goza de la vida con tu amada compañera

todos los días de la fugaz vida

que Dios te da bajo el sol.


Unas pocas regulaciones
La legislación israelita nunca proscribió la poligamia, pero sí introdujo algunas medidas, muy pocas, relacionadas con ese tipo de matrimonio. La ley levítica, de entre finales del siglo VIII y comienzos del siglo VII a. C., prohibió la unión del hombre con dos mujeres hermanas entre sí, como lo habían sido las esposas del patriarca Jacob: “No tomarás a la hermana de tu mujer para hacer de ella su rival”. También prohibió la unión con una madre y su hija.

La ley deuteronómica (finales del siglo VII a. C.) intervino en un tema de muy alta sensibilidad para las familias polígamas: el reparto de la herencia. Estableció en concreto que los hijos de la esposa amada no tenían derechos especiales sobre los demás: “Cuando un hombre tenga dos mujeres, la una amada, la otra aborrecida, si la amada y la aborrecida le dieran hijos y el primogénito fuere el de la aborrecida, el día en que se distribuyan sus bienes entre sus hijos no podrá dar al hijo de la amada el derecho de primogenitura con preferencia al de la aborrecida, si éste es el primogénito [...]”. El legislador toma como base un matrimonio bígamo, presumiblemente porque era la modalidad de poligamia más común en su tiempo. La existencia de esta ley pone de manifiesto que en los hogares con más de una esposa había un alto riesgo de que los favoritismos por una u otra mujer tuvieran consecuencias indeseadas en los derechos de los hijos.

El legislador deuteronómico intentó además limitar los desafueros conyugales de los monarcas: “Que [el rey] no tenga mujeres en gran número, para que no se desvíe su corazón”. Probablemente pensaba en Salomón y sus mil mujeres, pero la norma también podía aplicarse a David, padre del anterior, cuyo reino se vio sacudido por crueles enfrentamientos familiares derivados de la poligamia.

El código legal del libro de Éxodo recoge una regulación muy específica para el caso de la muchacha israelita que era vendida por su padre a otro hombre como sierva y potencial concubina. Si el comprador decidía no tomar a la chica “que había destinado para sí” —es decir, si no la hacía su concubina—, le quedaba prohibido venderla a un extranjero. Debía permitir en cambio que algún miembro del clan familiar de la muchacha pagara por su libertad, conforme a la figura del goel que ya se ha citado con anterioridad. Si el comprador tomaba a otra mujer, no podía disminuir a la sierva su alimento, su ropa y sus derechos conyugales. Y si la destinaba a su hijo, debía tratarla como a una nuera. De no cumplirse estas exigencias, la muchacha podía recuperar la libertad sin pagar indemnización alguna.


El tempestuoso hogar de Jacob
Un vistazo a la familia de Jacob permite entender por qué la ley posterior prohibió la unión de un hombre con dos hermanas. Jacob, como ya se ha dicho, estaba casado con las hermanas Lía y Raquel. Pronto empezaron los problemas, porque Lía tuvo de arrancada cuatro hijos consecutivos —Rubén, Simón, Levi y Judá— mientras que Raquel no podía concebir. Cuenta la Biblia: “Raquel, viendo que no daba hijos a Jacob, estaba celosa de su hermana, y dijo a Jacob: ‘Dame hijos o me muero’. Airóse Jacob contra Raquel y le dijo: ‘¿Por ventura soy yo Dios, que te ha hecho estéril?’. Ella le dijo: ‘Ahí tienes a mi sierva Bala; entra a ella, que para sobre mis rodillas, y tenga yo prole por ella’”. Jacob se acostó con la sierva Bala, que concibió y parió un hijo. “Dios me ha hecho justicia, me ha oído y me ha dado un hijo”, dijo Raquel, y por ello lo llamó Dan. Jacob volvió a preñar a Bala y engendraron otro hijo. “Lucha de Dios luché con mi hermana, y la he vencido”, dijo Raquel, evidenciando su obsesión contra Lía, y llamó al niño Neftalí. Pese a que había dejado de tener hijos, Lía no se cruzó de brazos y le dio en dos ocasiones su esclava Zelfa a Jacob, lo que añadió dos hijos más a la familia: Gad y Aser.

Los problemas no terminaron, ni mucho menos, ahí. Raquel quería a toda costa tener hijos de su propia sangre. Un día Rubén salió al campo y le trajo unas mandrágoras a su madre, Lía. Aunque el narrador no lo dice, el fruto tenía fama por sus supuestas propiedades afrodisíacas. “Dame, por favor, de las mandrágoras de tu hijo”, pidió Raquel a su hermana. Lía le contestó presumiblemente iracunda: “¿Te parece poco todavía haberme quitado el marido, que quieres también quitarme las mandrágoras de mi hijo?”. Raquel propuso un trato a su hermana: “Mira, que duerma esta noche contigo a cambio de las mandrágoras”. Lía, que seguramente se encontraba semiolvidada por su marido, vio la posibilidad de estar nuevamente con él y aceptó. Cuando Jacob, ajeno a las componendas de sus esposas, llegó por la tarde del campo, Lía salió a su encuentro y le dijo: “Entra a mí, porque te he comprado por unas mandrágoras de mi hijo”. Jacob no pareció necesitar más explicaciones: se acostó con Lía y tuvieron un hijo, al que su madre llamó Isacar. Después —no está claro si también lo preveía el acuerdo de las mandrágoras— volvió a yacer con ella y engendraron otro retoño. “Dios me ha hecho un don; ahora mi marido morará conmigo, pues le he dado seis hijos”, dijo Lía, y llamó a su hijo Zebulón. Hubo un encuentro sexual más entre Jacob y Lía, del que nació una niña, Dina.

Entonces, prosigue el relato, Dios se acordó de Raquel y la hizo fecunda. Del papel que desempeñaron las famosas mandrágoras en este asunto nada se dice, aunque se presume. Raquel se acostó con su esposo y, por fin, pudo parir un hijo: José. Todo esto ocurrió en Padán Aram mientras Jacob trabajaba para su tío Labán, padre de sus esposas. En el regreso a Canaán, Raquel dio a luz un último hijo, Benjamín, y murió tras el parto. El fallecimiento no apaciguó los ánimos en el hogar de Jacob. Poco después, Rubén, el primogénito, se acostó con Bala, una de las concubinas de su padre. Más tarde, José, el primogénito de Raquel e hijo más querido del patriarca, fue vendido por sus celosos hermanos a unos mercaderes y fue a parar a Egipto.


“¿Por qué lloras y no comes?”
El hogar de Elcana tampoco era un remanso de paz. El padre del profeta Samuel tenía dos esposas, a Ana y Penena. Esta tenía hijos, pero la primera era estéril. Elcana subía cada año a Siló para ofrecer sacrificios a Dios, tras lo cual daba a Penena su porción y las de sus hijos, mientras que a Ana sólo le daba una porción, “pues, aunque la amaba mucho, Dios había cerrado su útero”. Cuenta el narrador que Penena “irritaba” a Ana y la “exasperaba por haberla Yavé hecho estéril”. Cada año, cuando se producía el reparto de los sacrificios, “la mortificaba del mismo modo”. La situación debía de ser tan dura para Ana, que, según el relato, “lloraba y no comía”. “Ana, ¿por qué lloras y no comes? ¿No soy yo para ti mejor que diez hijos?”, intentaba consolarla su marido. Al final, tras mucho orar, “Elcana conoció a Ana, su mujer, y Yavé se acordó de ella”; en otras palabras, tuvo el ansiado hijo.


El infierno de la Casa de David
Si esos problemas se presentaban con sólo dos esposas, qué no podía ocurrir cuando había muchas más. Sobre todo si estaban en juego poderosos intereses dinásticos, como en el caso del rey David. La tragedia de la familia del segundo monarca de Israel fue de dimensiones colosales: uno de sus hijos, Amnón, violó a su medio hermana Tamar, y luego fue asesinado por el hermano carnal de la muchacha, Absalón. Éste intentó derrocar a su padre, y se acostó con sus concubinas. Posteriormente, fue asesinado por Joab, general del ejército de David. Betsabé, la preferida del rey, intrigó para que éste designara como su sucesor al hijo de ambos, Salomón, a pesar de que otro hijo del monarca, Adonías, tenía más legitimidad. Al final Salomón mandó matar a Adonías por pedirle que le diera por mujer a una concubina del difunto padre.


Concubinas. Las peloteras de Sara con Agar
Dentro de la poligamia, como se ha podido ver, había categorías. En primer lugar estaba la esposa, a la que el marido accedía mediante el pago del mohar. Luego estaba la concubina. Esta se adquiría originalmente como esclava o a través de otras vías, en particular las guerras, y su amo la utilizaba como objeto de satisfacción sexual o para procurarse descendencia. Cuando una mujer era estéril, solía entregar una esclava —por lo general la suya propia— a su marido para que le diese hijos a través de ella. Esta práctica, prevista ya en el Código de Hammurabi, del siglo XVIII a. C., se adelantaba en casi cuatro milenios a los modernos vientres de alquiler.

La Biblia no contiene ninguna norma que precise el estatus de la concubina. Al menos en determinadas circunstancias recibía el mismo tratamiento formal que su ama. El levita ya citado varias veces en este libro trata a su concubina de esposa y al padre de ésta como suegro. En las genealogías bíblicas figuran los nombres de varias concubinas, lo que indica una voluntad del narrador por preservar sus nombres en la historia de Israel. Es probable que las concubinas que actuaran como procreadoras de reemplazo para sus amas mejorasen algo su situación en el hogar. Incluso que intentaran desplazar a la señora.

Después de quedar preñada del patriarca Abraham, la esclava Agar comenzó a mirar por encima del hombro a su ama, Sara. Ésta planteó el problema a su marido con palabras muy tajantes: “Mi afrenta sobre ti cae; yo puse mi esclava en tu seno, y ella, viendo que ha concebido, me desprecia. Juzgue Yavé entre tú y yo”. Pese a que la esclava le pertenece, Sara ya no tiene potestad sobre ella para echarla libremente, pues ahora es concubina de su marido. Abraham prefirió abstenerse. “En tus manos está tu esclava, haz con ella como bien te plazca”, dijo a su esposa. Sara trató mal a Agar, que huyó; pero más adelante regresó dispuesta a someterse de nuevo a la voluntad de su ama y dio a Abraham un varón, que recibió por nombre Ismael. Tiempo después, Dios permitió a Sara concebir, pese a que era anciana y había entrado en la menopausia. Con el alumbramiento de Isaac, Sara ya no quiso para sí el hijo habido a través de su esclava. En la fiesta del destete del niño, utilizando el argumento de que Ismael se burlaba, planteó tajantemente a Abraham: “Echa a esa esclava y su hijo, pues el hijo de una esclava no ha de heredar con mi hijo”. Al patriarca se le hizo “muy duro por causa de su hijo” lo que le reclamaba su esposa, pero Dios lo convenció de que atendiera la petición. Por la mañana, Abraham dio pan y un odre de agua a Agar, y la despidió junto a Ismael. Más adelante, tras la muerte de Sara, Abraham tomó otra concubina, Quetura, con la que tuvo seis hijos. Poco antes de morir, el patriarca dio “todos sus bienes” a Isaac, mientras que a los hijos de las concubinas les “hizo donaciones” y los envió “hacia oriente” para alejarlos de Isaac.

El relato anterior muestra que Ismael, engendrado por una concubina para su ama, podía acceder a la herencia familiar, si bien esa posibilidad se frustró por las intrigas de Sara. El nieto de Abraham, Jacob, sí incluyó en su testamento a los hijos que tuvo con Bala y Zelfa, esclavas de sus esposas, Lía y Raquel. El hecho de que éstas pusieran los nombres a los hijos de las esclavas en el momento de su nacimiento podría indicar alguna ceremonia de adopción. La genealogía de Abraham que figura en el libro primero de Crónicas parece confirmar que los hijos engendrados por las concubinas para sus amas gozaban de ciertos privilegios respecto a los demás hijos de concubinas. En la lista se ponen por separado los dos “hijos de Abraham” —Isaac e Ismael— y los seis “hijos de Quetura, concubina de Abraham”.


Intentona golpista
Acostarse con la concubina de otro hombre significaba un desafío a su autoridad. Y yacer con la concubina de un monarca se interpretaba como una intentona golpista. De ahí las airadas palabras del rey Salomón, cuando su madre, Betsabé, le transmitió la petición de su medio hermano Adonías para que le diera a Abisag, la virgencita que había calentado en sus últimos días al rey David y que pertenecía ahora al harén del nuevo monarca. “¿Por qué me pides tú para Adonías a Abisag, la sunamita? Pide ya el reino para él, pues que es mi hermano mayor y tiene con él a Abiatar, sacerdote, y a Joab, hijo de Sarvia”, responde Salomón. Su furia es comprensible: pese a que David había ungido como su sucesor a Salomón, Adonías tenía más legitimidad por razón de edad y contaba con el apoyo de dos importantes personalidades de la antigua corte de David. Hacerse con la concubina de David le serviría a Adonías para exhibir ante los israelitas una posición de fuerza frente a Salomón. El monarca, como era de prever, ordenó asesinar a Adonías.


La profanación del lecho de Jacob
La siguiente historia ocurrió mucho tiempo antes de la anterior, en la época de los patriarcas. Después de reconciliarse con su hermano Esaú, que le perdonó el robo de la bendición de primogenitura, Jacob recibió la orden de Dios de dirigirse a la ciudad de Betel y construir un altar. Al abandonar Betel murió su esposa Raquel, en el parto de su último hijo. La sepultó y prosiguió su camino hacia Hebrón. En un lugar llamado Migdal Eder plantó sus tiendas para descansar. Durante su estancia en esta región ocurrió un incidente muy grave que la Biblia cuenta de manera telegráfica: “Vino Rubén y se acostó con Bala, la concubina de su padre, y lo supo Jacob”. Ahí quedó de momento la cosa. Pero más tarde, cuando Jacob imparte en el lecho de muerte las últimas instrucciones a sus hijos, dirige estas durísimas palabras a su hijo:
Rubén, tú eres mi primogénito,

mi fuerza y el fruto de mi primer vigor,

cumbre de dignidad y cumbre de fuerza.

Herviste como el agua. No tendrás la primacía

porque subiste al lecho de tu padre.

Cometiste entonces una profanación.

De acuerdo con la posterior ley levítica, Rubén y Bala debían haber sido lapidados. Pero, en el relato, Jacob castiga a su hijo quitándole el derecho de primogenitura. Basados en la significación que tenía acostarse con la concubina de otro hombre, algunos expertos conjeturan que el incesto de Rubén evoca una sublevación frustrada de la tribu rubenita para hacerse con el poder de la entonces incipiente alianza de Israel.


“A los ojos de todo Israel”
Absalón ocupaba el tercer lugar en la línea de sucesión del rey David. Sin embargo, su ambición de poder lo llevó a sublevarse contra su padre y a declararse monarca de Israel. El golpe tuvo éxito y David abandonó precipitadamente Jerusalén con una nutrida cohorte de servidores. Poco después, Absalón entró en Jerusalén y pidió al consejero Ajitófel que le indicara “lo que conviene hacer”. Ajitófel, que antes de la revuelta había sido asesor de David, le dijo: “Entra a las concubinas que tu padre ha dejado al cuidado de la casa, y así sabrá todo Israel que has roto del todo con tu padre, y se fortalecerán las manos de cuantos te siguen”. Lo que siguió lo cuenta así la Biblia: “Levantóse, pues, para Absalón una tienda en la terraza, y entró a las concubinas de su padre a los ojos de todo Israel”.

Finalmente el golpe fue aplastado, Absalón cayó asesinado en la contienda, y David y sus huestes volvieron a Jerusalén. A su regreso, según informa el narrador bíblico, el rey “tomó a las diez concubinas que había dejado al cuidado de su palacio y las puso bajo guardia. Proveyó a su mantenimiento, pero no volvió a educarse a ellas, y así, recluidas, estuvieron hasta el día de su muerte, viviendo como viudas”.


“¿Acaso soy una cabeza de perro?”
Años antes de sufrir la revuelta de Absalón, apoyó David una sublevación contra la dinastía del recién fallecido rey Saúl. Tras hacerse declarar rey de Judá, se enzarzó en una guerra civil con Isbaal, heredero de Saúl. En plena contienda, las cosas se torcieron a favor de David a raíz de un conflicto dentro de la corte de Isbaal: el jefe del ejército, Abner, se había acostado con Rizpa, la concubina de Saúl. “¿Por qué has entrado a la concubina de mi padre?”, lo increpó Isbaal, intuyendo seguramente las motivaciones políticas de ese acto sexual. Abner respondió muy irritado: “¿Soy yo acaso hoy una cabeza de perro? Hasta hoy he favorecido yo a la casa de Saúl, tu padre, y a tus hermanos y amigos, y no te he puesto en manos de David; ¿y tú me recriminas hoy por causa de esa mujer?”. Isbaal “no pudo responder a Abner palabra, porque le temía”. Tras el altercado, Abner fue donde David y le ofreció una alianza para que reinase sobre todo Israel. Cuando el militar regresaba a su territorio con el pacto bajo el brazo, le salió al encuentro el jefe del ejército de David, Joab, y lo asesinó. Según el narrador, se trató de una venganza, pues Abner había matado en una batalla a Asael, hermano de Joab. Sin embargo, nuestra mente maliciosa se pregunta si Joab no buscaba además impedir que su rival adquiriera poder en la corte de David si se consumaba la alianza. El asesinato de Abner no evitó de todos modos que David se convirtiera en rey de Israel: dos “jefes de bandidos” se colaron en la casa de Isbaal y lo asesinaron mientras dormía en su lecho, tras lo cual llevaron su cabeza a David. Éste les pagó como corresponde a unos traidores, eso sí, tras aprovecharse de su traición: ordenó matarlos, “cortándoles manos y pies y colgándolos junto a la piscina de Hebrón”.

Capítulo IX
Matrimonios mixtos
“... no sea que tomes sus hijas para tus hijos”
En comparación con las naciones vecinas, los israelitas disponían de normas muy generosas de protección a los extranjeros residentes o de paso en su territorio. Otra cosa, sin embargo, era casarse con ellos. La lucha contra los matrimonios mixtos es una constante en la historia de Israel. La Biblia contiene numerosas leyes, advertencias, reflexiones e historias ejemplarizantes orientadas a impedir que los israelitas se unieran con gentes de otros pueblos y cayesen en la tentación de marcharse tras sus dioses. Una tentación siempre presente por el enorme contraste entre la vistosidad de los ritos paganos y la solemnidad austera del culto a Yavé. El castigo para el que se casara con extraños era la exclusión de su descendencia de la congregación de Israel, ya fuera por varias generaciones o para siempre. La lista negra de pueblos prohibidos fue variando según los avatares de la historia israelita, hasta que, a la vuelta del exilio babilonio (finales del siglo VI a. C.), abarcó a todos los extranjeros.

Los habitantes de Canaán a la llegada de los israelitas —jeteos, guergueseos, amorreos, cananitas, fereseos, jeveos y jebuseos— fueron el principal blanco del repudio. Esa animadversión la proyecta el autor bíblico hasta la época patriarcal, que antecede varios siglos a la conquista de Canaán. “Me pesa la vida a causa de las hijas de Jet; si Jacob toma mujer de entre las hijas de esta tierra, ¿para qué quiero vivir?”, dice la matriarca Rebeca a su esposo Isaac, preocupada por el futuro de su hijo Jacob. El libro de Éxodo sintetiza esa posición con el siguiente mandato: “No pactes con los habitantes de esta tierra, no sea que al prostituirse ellos ante sus dioses, ofreciéndoles sacrificios, te inviten y comas de sus sacrificios, y tomes a sus hijas para tus hijos, y sus hijas al prostituirse ante sus dioses, arrastren a tus hijos a prostituirse también ellos ante sus dioses”.

El código del Deuteronomio, de finales del siglo VII a. C., amplía ese rechazo a los habitantes de Amón y Moab, reinos enemigos de Israel situados al este del río Jordán, en territorio donde hoy queda Jordania. Según la Biblia, ambos pueblos eran parientes étnicos de los israelitas por descender de Lot, sobrino del patriarca Abraham. Pese a esa relación, la norma es contundente: “Ammonitas y moabitas no serán admitidos ni aún en la décima generación; no entrarán jamás, porque no vinieron a vuestro encuentro con el pan y el agua al camino, cuando salisteis de Egipto”. Aunque las razones de tal abominación se hacen remontar a la muy antigua época del Éxodo (siglo XIII a. C.), quizá habría que buscar los motivos en sucesos que estaban ocurriendo en el momento de redactarse el Deuteronomio. En esa época, los ammonitas y moabitas eran enemigos encarnizados de los israelitas, e hicieron incursiones de pillaje en Jerusalén mientras las huestes babilonias de Nabucodonosor destruían el reino de Judá.

El legislador se muestra más benévolo con los edomitas (o idumeos) y los egipcios, al permitir que sus descendientes puedan pertenecer algún día a la congregación de Israel: “No detestes al edomita, porque es hermano tuyo; no detestes al egipcio, porque extranjero fuiste en su tierra; sus hijos, a la tercera generación, podrán ser admitidos en la asamblea de Yavé”. Los edomitas eran primos hermanos de los israelitas. La Biblia los presenta como descendientes de Esaú. Éste y Jacob —antepasado de las tribus que formaron la alianza de Israel— eran hijos de Isaac y nietos de Abraham. Es probable que, además de ese parentesco étnico, estuvieran en un inusual momento de paz con Israel en el momento de redactarse la ley. En cuanto a los egipcios, los israelitas mantenían con ellos una curiosa relación de amor-odio: por una parte eran el pueblo que los esclavizó, símbolo de horrores y humillaciones; por otra, eran el fértil país que los acogió en épocas de hambruna y donde José, hijo de Jacob, llegó a ser brazo derecho del faraón.

La ley deuteronómica no contiene ningún impedimento explícito a las uniones con las ismaelitas, de quienes se consideran descendientes los árabes. Cuenta la Biblia que Esaú, al ver que su padre no gustaba de las cananeas, quiso congraciarse con él y tomó por mujer a la ismaelita Majalat. También en este caso existían fuertes lazos de parentesco étnico: según la historia bíblica, Ismael fue el hijo del patriarca Abraham con la concubina Agar y, por tanto, era hermano de Isaac por parte de padre.

La Biblia recoge numerosas advertencias y relatos aleccionadores contra la unión con los filisteos, odiados vecinos de quienes siempre se recalca su condición de “incircuncisos”. Al igual que los israelitas, los filisteos se establecieron en la tierra de Canaán hacia el siglo XII a. C., cuando ya estaban instalados en la región los cananeos, ammonitas, moabitas, edomitas y, por supuesto, los egipcios. “¿Acaso no hay mujeres entre las hijas de tus hermanos y entre todo tu pueblo para que vayas tú a tomar mujer de los filisteos incircuncisos?”, dice la madre de Sansón cuando éste se enamora de una chica de Timna. Los filisteos se mantuvieron durante muchos años en constante guerra con los israelitas y llegaron a amenazar su supervivencia. Sin embargo, el rey David los doblegó a comienzos del siglo X a. C. y nunca volvieron a representar un peligro serio.

A la vuelta del exilio desapareció cualquier resquicio de tolerancia con los matrimonios mixtos: no sólo quedaron prohibidas en su totalidad esas uniones, sino que se obligó a los hombres ya casados con extranjeras a repudiar a sus mujeres e hijos. Los impulsores de esta cruzada de purificación étnica y religiosa fueron Esdras y Nehemías.


La cruzada de Esdras y Nehemías
Esdras y Nehemías eran descendientes de judíos deportados a Babilonia tras la caída de Jerusalén en 586 a. C. Cuando los persas derrotaron a los babilonios medio siglo después, permitieron a los cautivos israelitas volver a Judá y reconstruir su nación. Según en los datos que proporciona la Biblia, Nehemías llegó por primera vez a Jerusalén en 445 a. C. Sobre la fecha de la misión de Esdras subsisten algunas dudas. Unos expertos calculan que llegó a Jerusalén en 458 a. C.; otros opinan que lo hizo en 398 a. C., es decir, después de Nehemías.

Ni Nehemías ni Esdras eran unos aparecidos. El primero era copero del rey persa Artajerjes I, y consiguió que éste lo enviara a Jerusalén en calidad de gobernador de Judea. Por su parte, el sacerdote Esdras era un “escriba versado en la ley de Moisés”, con reconocimiento oficial en la corte persa, y acudió a Jerusalén con el encargo imperial de enseñar y hacer cumplir la “ley de Dios”.

Al llegar a Jerusalén, Nehemías se encontró con un panorama que le produjo una gran aflicción: muchos israelitas se habían casado con mujeres extranjeras, y éstas, en lugar de convertirse a la religión de Yavé, habían arrastrado a sus maridos tras sus dioses. Así lo cuenta el propio Nehemías: “Vi asimismo por aquellos días judíos que habían tomado mujeres de Azoto, de Ammón y de Moab, cuyos hijos por mitad hablaban azoteo o la lengua de este o el otro pueblo, y no sabían hablar judío. Yo los reprendí y los maldije, hasta golpeé a algunos y les arranqué los pelos, y los conjuré en nombre de Dios, diciendo: ‘No daréis vuestras hijas a sus hijos ni tomaréis sus hijas para vuestros hijos o para vosotros’. ¿No pecó por esto Salomón, rey de Israel? Aunque no hubo en la muchedumbre de las gentes rey semejante a él, que era amado de su Dios, y fue puesto por Dios rey sobre todo Israel, aun a él le hicieron pecar las mujeres extranjeras. ¿Vamos, pues, a consentir, sabiéndolo, que vosotros cometáis ese gran mal de prevaricar contra nuestro Dios tomando mujeres extranjeras?”.

Cuando Esdras arribó a Jerusalén recibió de los jefes de la congregación un informe similar: “El pueblo de Israel, los sacerdotes y levitas no han estado apartados de las gentes de esta tierra, e imitan sus abominaciones, las de los canaaneos, jeteos, pereceos, jebuseos, ammonitas, moabitas, egipcios y amorreos; pues han tomado de entre ellos mujeres para sí y para sus hijos, y han mezclado su raza santa con la de las gentes de esta tierra. Los jefes y magistrados han sido los primeros en cometer este pecado”. Tras escucharlos, Esdras rasgó sus vestiduras y se arrancó cabellos de la cabeza y de la barba, presa de la desolación.

En un ambiente de intenso dolor quizá exagerado por el narrador bíblico —Esdras oraba llorando ante la Casa de Dios, el pueblo lloraba copiosamente—, un miembro de la congregación llamado Secanías dijo al escriba: “Hemos pecado contra Dios tomando mujeres extranjeras de entre los pueblos de esta tierra, pero Israel no queda por esto sin esperanza. Hagamos pacto con nuestro Dios de echar a todas esas mujeres y a los nacidos de ellas, según el parecer de mi señor y de cuantos temen los mandamientos de nuestro Dios, y que se cumpla la Ley. Levántate, pues, ya que esto cosa es. Nosotros seremos contigo. Ten valor, y a la obra”.

Esdras no se hizo de rogar. Conseguida la unanimidad del pueblo para llevar adelante el programa de purificación, se creó una especie de tribunal integrado por los jefes de familia para examinar uno a uno los matrimonios. Al cabo de tres meses de trabajo el tribunal identificó a 27 sacerdotes o levitas y 83 personas del pueblo casados con mujeres extranjeras. Los culpables, cuyos nombres figuran en el libro de Esdras, cumplieron lo pactado y despidieron a sus esposas y a sus hijos. Resulta difícil entender que esa cifra de matrimonios mixtos, sobre una población total de unas cincuenta mil personas, provocara tal alarma en Esdras, a menos que sólo se hubieran divulgado, a modo ejemplarizante, los nombres de los miembros más relevantes de la congregación que se habían descarriado.


¿Un libro contra la intolerancia?
De esta época de fanatismo podría datar el libro de Rut, al que nos hemos referido en numerosas ocasiones y que cuenta cómo una muchacha moabita logra ingresar en la congregación de Israel. Algunos expertos sostienen que la obra la escribió alguien interesado en contrarrestar la reforma de Esdras con el mensaje de que los matrimonios mixtos no son censurables si las esposas extranjeras abrazan la fe de Yavé.

El desconocido narrador hace remontar el relato al tiempo de los jueces, siete siglos antes, pero la mayoría de los expertos dan hoy por sentado que se trata de una ficción literaria. Argumentan que entre el libro de Jueces y el de Rut existen grandes diferencias lingüísticas y temáticas. El primero está cargado de rudeza, como corresponde a una época primitiva y bárbara, mientras que el segundo es un delicioso idilio de campiña.

Cuenta el libro de Rut que, durante una hambruna en Judá, un hombre de Belén llamado Elimélec se marchó con su mujer, Noemí, y sus dos hijos, Majlón y Kilyón, al vecino país de Moab. Elimélec murió, y los muchachos se casaron con las moabitas Orpá y Rut, respectivamente. Más adelante murieron Majlón y Kilyón, sin dejar descendencia, y Noemí y sus dos nueras quedaron solas. Finalizada la hambruna, Noemí decidió regresar a Judá. En el camino recomendó a sus nueras que volvieran a Moab, para que pudiesen rehacer sus vidas. Orpá le hizo caso. Pero Rut decidió permanecer al lado de su suegra, pronunciando las famosas palabras que han pasado a la historia como expresión suprema de lealtad:
Donde vayas tú, iré yo;

donde mores tú, moraré yo;

tu pueblo será mi pueblo

y tu Dios será mi Dios.
Rut, como ya se ha contado, consiguió casarse con el rico hacendado Boz. Para redondear su mensaje pro-tolerancia, el narrador pone en boca de Boz las siguientes palabras laudatorias al conocer a la muchacha moabita: “Sé lo que has hecho por tu suegra después de muerto tu marido y que has dejado a tus parientes y la tierra en que naciste para venir con ella a un pueblo para ti desconocido. Que Yavé te pague lo que has hecho y recibas cumplida recompensa de Yavé, Dios de Israel, a quien te has confiado y bajo cuyas alas te has refugiado”.

El relato concluye con una breve genealogía en la que Obed, el hijo de Boz y Rut, figura como abuelo del rey David. El autor del libro de Crónicas aceptó ese linaje, quizá porque ya estaba muy arraigado en la tradición como para borrarlo de un plumazo, pero en su árbol genealógico de David no cita en ningún momento el nombre de Rut. ¿Una omisión involuntaria? Probablemente no. Según numerosos expertos, el autor de Crónicas es el mismo que redactó los libros de Esdras y Nehemías. Una persona así, identificada con la causa de la purificación nacional, no querría dejar constancia para la posteridad de que una moabita, perteneciente al pueblo del abominable dios Quemosh, fue bisabuela del monarca más grande de la historia de Israel.

Resulta divertido imaginar el librito de Rut circulando clandestinamente por las calles de Jerusalén como un panfleto en favor de la tolerancia en los días en que el gobernador Nehemías y el escriba Esdras atacaban con furor los matrimonios mixtos. Fuera o no así, quiso el destino que, hacia el año 100 de la era cristiana, el libro de Rut y los de Esdras y Nehemías terminaran formando parte de una misma obra, cuando los rabinos congregados en Yavne establecieron oficialmente el canon hebreo del Antiguo Testamento. Ambos textos conviven desde entonces en la sección de Escritos (Ktuvim), que agrupa los libros más tardíos de la Biblia judía. El canon cristiano, sin embargo, acepta la pretendida antigüedad del libro de Rut y coloca la obra a continuación de Jueces.


José y la hija del sacerdote egipcio
Antes de la cruzada de Esdras y Nehemías, la mayoría de los personajes más relevantes de la historia israelita aparecen unidos a mujeres extranjeras.

José, penúltimo hijo del patriarca Jacob, había sido vendido por sus envidiosos hermanos a un grupo de mercaderes que se dirigían a Egipto. Pasado un tiempo, el joven se convirtió en la segunda persona más poderosa del imperio del Nilo gracias a sus prodigiosas dotes de interpretador de sueños. “Tú serás quien gobierne mi casa, y todo mi pueblo te obedecerá; sólo por el trono seré mayor que tú”, le dijo el faraón, después de que el joven israelita le descifrara los famosos sueños de las siete vacas flacas que se comen a las siete gordas y de las siete espigas secas que consumen a las siete espigas henchidas. A continuación le cambió el nombre por el de Safnat Panéai y le dio por mujer a Asnat, hija de Poti-Fera, sacerdote de On. José tuvo con ella dos hijos, Manasés y Efraím, y murió rodeado de gloria en Egipto a la edad de ciento diez años.

José no recibe ninguna crítica por su matrimonio con Asnat, y ello es comprensible, ya que se encontraba en tierra extraña tras haber sido apartado a la fuerza de su clan. Además, el matrimonio con egipcias debió de gozar hasta los tiempos de Esdras de cierta tolerancia, ya que la ley deuteronómica permitía a los descendientes de esa unión entrar en la congregación de Israel en la tercera generación. Pero hay una razón adicional para tan complaciente trato hacia José, y es que la historia pertenece a la fuente E, que escribió su obra en el reino norteño de Israel antes de su destrucción en 722 a. C. En ese reino desempeñó un papel predominante la tribu de Efraím, que remontaba su ascendencia al hijo menor de José y la egipcia Asnat. Un historiador del norte no iba, por tanto, a arrojar piedras contra su propio árbol genealógico censurando el matrimonio mixto de José.


Moisés y la hija del sacerdote madianita
Moisés, el gran caudillo que sacó a los israelitas de Egipto y los condujo hasta la Tierra Prometida, también se unió a una mujer perteneciente a otro pueblo. Moisés había sido adoptado a los tres meses de edad por la hija del faraón, que lo encontró en una cesta de papiro en la ribera del Nilo. Pese a formarse como egipcio, tenía conciencia de ser hebreo, porque su propia madre le había servido de nodriza sin que la princesa tuviera conocimiento de ese lazo familiar. Siendo ya adulto, Moisés asesinó a un egipcio que maltrataba a un hebreo y huyó a Madián, donde se casó con Séfora, una de las siete hijas del sacerdote local Jetro. La historia de su matrimonio la cuenta en el libro de Éxodo la fuente J —producida en el reino sureño de Judá más o menos por la misma época en que la fuente E actuaba en el reino norteño de Israel—, y no hay en ella ningún tono de reproche. Sin embargo, ese matrimonio traerá cola más adelante.

El libro de Números recoge un extraño episodio ocurrido durante el trayecto hacia Canaán. Cuenta el narrador que María y Aarón murmuraban de su hermano Moisés “por la mujer cusita que había tomado”. De ahí pasaron a cuestionar que Dios sólo hablase con Moisés y no con ellos. Dios descendió entonces en una nube de humo y, en un acceso de ira, dejó a María “cubierta de lepra, como la nieve”. Moisés intercedió por su hermana, y Dios puso como condición para sanarla que fuese echada del campamento durante una semana.

El relato no precisa el motivo del malestar de Aarón y María contra su cuñada. Tampoco aclara si la cusita es una segunda mujer de Moisés de origen etíope o si se trata de Séfora, la madianita. Esta duda obedece a que la Biblia identifica a Cus con Etiopía, pero también menciona una región denominada Cusan, perteneciente a Madián, de donde era oriunda Séfora. Cabe además la posibilidad de que Séfora tuviera la tez oscura, y que sus cuñados, al llamarla cusita, estuvieran aludiendo por partida doble a su origen madianita y a su piel de etíope. En este caso tendría un sentido irónico y muy aleccionador el castigo de Dios al dejar blanca como la nieve a María tras sus comentarios racistas sobre el color de Séfora.

El relato es obra de la fuente E, perteneciente al círculo sacerdotal de Silo, ciudad del reino norteño de Israel. Este sacerdocio se consideraba descendiente de Moisés y rivalizaba con el círculo aarónida, que había tomado el poder sacerdotal en Judá. Para el autor E nunca estaba de más introducir un pasaje en el que Aarón resultara reprendido por Dios.

Más adelante, cuando los israelitas se encuentran en Moab a punto de entrar en la Tierra Prometida, ocurre un curioso episodio que cuenta la Biblia sin ningún preámbulo, como traído por los pelos. Estaba el pueblo de Israel llorando a causa de una terrible plaga a las puertas de la Tienda del Encuentro, cuando un miembro de la congregación introdujo en el recinto sagrado a una madianita “a los ojos mismos de Moisés” y en presencia de toda la comunidad. Entonces un nieto de Aarón llamado Finés tomó una lanza, se fue tras el profanador hasta la parte posterior de la tienda y lo mató junto a la mujer, tras lo cual cesó la plaga, que dejó veinticuatro mil muertos. Al final del pasaje, Yavé dice a Moisés que Finés ha sido el guardián de su honor y ordena que como recompensa se le otorgue a perpetuidad el sacerdocio de Israel a él y a sus descendientes.

El episodio pertenece a la fuente P, del círculo de los sacerdotes aarónidas de Jerusalén. Dicha fuente surgió como una reacción a la fuente E, y su gran héroe es Aarón. El mensaje del relato es muy claro: el israelita ha cometido una abominación por presentarse en la Tienda del Encuentro con una madianita —la esposa de Moisés también lo era—y la persona que venga la afrenta no es Moisés, quien adopta una actitud pasiva durante los hechos, sino un nieto de Aarón. Así, en un par de párrafos, el narrador lanza un puyazo a Moisés por su mujer extranjera (sin atreverse a atacarlo directamente, porque a fin de cuentas se trata de una figura respetada por todas las tribus) y legitima históricamente la supremacía sacerdotal de los aarónidas.


Las mujeres de Salomón
En la época de los reyes, éstos solían tomar mujeres extranjeras por razones de diplomacia y estrategia política. Entre las esposas del rey David se encontraba Macaá, hija del rey de Guesur. Salomón, sucesor de David, tuvo en su harén mujeres moabitas, ammonitas, edomitas, sidonias y jeteas, además de la hija del faraón. Acab, séptimo monarca del reino del norte, se casó con Jezabel, hija de Etbal, rey de los sidonios.

En el libro primero de Reyes, los tres monarcas son severamente juzgados. A David no se le reprende por haber tomado una extranjera, sino por su adulterio con Betsabé. En cambio del rey Salomón se dice que, en su ancianidad, “sus mujeres arrastraron su corazón hacia los dioses ajenos; y no era su corazón enteramente de Yavé, su Dios, como lo había sido el de David, su padre; y se fue Salomón tras de Astarté, diosa de los sidonios, y tras de Milcom, abominación de los ammonitas; e hizo Salomón el mal a los ojos de Yavé, y no siguió enteramente a Yavé”. De Acab se cuenta que “hizo mal a los ojos de Yavé, más que todos cuantos le habían precedido; y como si fuese todavía poco darse a los pecados de Jeroboam, hijo de Batbat, tomó por mujer a Jezabel, hija de Etbal, rey de Sidón, y se fue tras Baal, le sirvió y se prosternó ante él. Alzó a Baal un altar en la casa de Baal, que edificó en Samaria, hízose además una aserá, haciendo más que cuantos reyes le precedieron para provocar la ira de Yavé”.

Los libros de Crónicas, que hacen una recapitulación de la historia de Israel, omiten el pecado de Salomón con las extranjeras. Tan sólo mencionan de pasada a la hija del faraón, y recalcan que Salomón la sacó a vivir fuera de la Ciudad de David “porque los lugares en que ha estado el arca de Yavé son sagrados”. A diferencia del libro de Reyes, que presenta a Salomón edificando altares a los dioses de sus mujeres, en Crónicas aparece como un rey piadoso que ofrecía holocaustos a Yavé.

¿A qué se deben versiones tan distintas sobre Salomón? Los libros de Reyes pertenecen a la fuente D o Deuteronomista, que escribió el grueso de su obra poco antes de la caída del reino de Judá en 586 a. C. Al igual que el muy anterior narrador E, el autor D simpatizaba con el viejo círculo sacerdotal de Siló, ciudad del reino norteño de Israel, destruido ciento cuarenta años antes por los asirios. Al escribir su historia particular de la monarquía, D —a quien algunos estudiosos identifican con el profeta Jeremías— manifiesta una abierta antipatía hacia el rey Salomón, porque éste rompió la política de equilibrios de su padre David durante la época de la monarquía unificada y expulsó al sacerdote norteño, Abiatar. Tampoco siente D afecto hacia su coterráneo Acab ni, en general, hacia los monarcas que tuvo el reino del norte tras la división, porque nunca reconocieron al grupo de sacerdotes de Siló la autoridad en materia religiosa que éstos reclamaban.

Por el contrario, los libros de Crónicas, escritos hacia finales del siglo IV a. C., son obra de alguien afín al círculo sacerdotal aarónida. Los aarónidas sienten hacia Salomón una simpatía inocultable, por la misma razón por la que la fuente D lo detesta: porque fue el rey que expulsó al sacerdote norteño Abiatar, quedando desde entonces el sacerdocio de Jerusalén en manos exclusivas de los aarónidas.


Mujeres israelitas con extranjeros
En la Biblia destacan tres mujeres israelitas que se casaron con extranjeros. La primera es Abigail, hermana de David. De su unión con el ismaelita Jitro nació Amasá, que sería durante un tiempo jefe de los ejércitos del reino de Israel antes de caer asesinado por su primo Joab, hijo de otra hermana de David. La segunda es Betsabé, mujer del soldado jeteo Urías, a quien el rey David ordenó eliminar tras dejar embarazada a su bella esposa. La tercera, y la más famosa por el lugar que ocupa hasta el día de hoy en la literatura del pueblo judío, es Ester.

Ya hemos visto cómo esta muchacha judía de la ciudad de Susa se convirtió en esposa del emperador persa Asuero tras ganar un concurso de belleza. Pero la historia no terminó allí, ya que las circunstancias obligarían a Ester a asumir un papel trascendental y de muy alto riesgo en la salvación de su pueblo. Las cosas empezaron a complicarse cuando el visir Amán, el segundo hombre más importante del imperio, informó a Asuero de que en su vasto territorio había un pueblo desobediente y remiso al que convenía exterminar. Se refería al pueblo judío. Una vez consiguió la autorización real para perpetrar el genocidio, Aman echó el Pur (palabra de origen asirio que significa suerte) con el fin de conocer el día más propicio para la matanza. Ese día resultó el 13 de Adar, que cae de forma variable en febrero o marzo de nuestro calendario.

Aislada del mundo exterior en el harén, Ester se enteró del inminente holocausto por sus doncellas y eunucos. Utilizando al eunuco Hatac como intermediario, pidió información a su primo Mardoqueo. Éste le confirmó la noticia y le pidió que intercediera ante el monarca para que revocara el edicto de exterminio. Ester le mandó decir que la cosa no era tan fácil, pues cualquier persona que se presentase ante el rey sin ser llamada era condenada a muerte. Mardoqueo insistió: “¿Quién sabe si no es precisamente para un tiempo como éste para lo que tú has llegado a la realeza?”. Al final, Ester asumió la responsabilidad de salvar a su pueblo. Temerosa de su destino, pidió a Mardoqueo que reuniera a todos los judíos de Susa y rogasen por ella: “Ayunad por mí, sin comer ni beber por tres días, ni de noche ni de día. Yo también ayunaré igualmente con mis doncellas, y después iré al rey, a pesar de la ley, y si he de morir, moriré”.

Al tercer día, Ester se atavió con sus vestiduras reales y se presentó ante el rey. Y ocurrió el milagro. En vez de ordenar su ejecución, Asuero puso el cetro de oro sobre su cuello, y le dijo: “¿Qué tienes, reina Ester, y qué es lo que quieres? Aunque fuera la mitad de mi reino, te sería otorgada”. Ester le pidió que asistiera junto a Amán a un banquete que les había preparado para ese mismo día. En el curso de la comida, el rey volvió a preguntar a Ester qué quería de él, y ella se comprometió a responderle en un nuevo ágape que ofrecería al día siguiente. Durante el banquete, el monarca preguntó de nuevo a su esposa qué deseaba. Entonces Ester pidió al rey Asuero que los librara a ella y a su pueblo de ser exterminados. Asuero le preguntó quién tenía pensado cometer semejante iniquidad. Al parecer no recordaba que él mismo había dado su beneplácito. “El opresor, el enemigo, es Amán, ese malvado”, le contestó Ester.

El rey abandonó el banquete lleno de ira y salió a pasear por el jardín. Amán se quedó con la reina Ester para suplicarle por su vida, porque se temía lo peor. Cuando el monarca regresó, Amán se encontraba tumbado en el lecho donde se hallaba Ester, y ello aumentó aún más la furia del monarca. “¡Qué! ¿Será que pretende también hacer violencia a la reina en mi casa, en el palacio?”, dijo.

El rey ordenó colgar a Amán en la misma horca que tenía preparada en su casa para ejecutar a Mardoqueo y revocó el edicto de exterminio. Para dar mas seguridad a los judíos, les permitió “destruir, matar y exterminar” a quienes intentaran hacerles daño. El día 13 de Adar, fecha fijada por Amán para la matanza de los judíos, fueron éstos quienes mataron en masa a sus enemigos, entre ellos a los diez hijos del malogrado visir. La ofensiva de los judíos prosiguió al día siguiente en las provincias del imperio y hasta el día 15 en la capital, Susa. Su venganza se cobró más de 75.000 vidas. Mardoqueo, convertido en protegido del rey, ordenó a los judíos celebrar la liberación del exterminio todos los años los días 14 y 15 de Adar. Los judíos de todo el mundo siguen celebrando la fiesta de Purim (de Pur, suerte) hasta el día de hoy. Es una especie de carnaval, en el que se exalta la acción heroica de Ester y Mardoqueo, y se hacen ruidosas burlas cuando el cantor de la sinagoga pronuncia la palabra Amán. En cuanto al esposo extranjero de Ester, el rey Asuero, se le evoca con enorme gratitud.

El libro de Ester es uno de los más tardíos de la Biblia. Parece razonable datar su redacción en torno al año 160 a. C., poco después de la feroz campaña helenizadora del rey seléucida Antíoco Epifanes contra los judíos, aunque recibió adiciones posteriores en griego. La última pudo hacerse hacia el año 114 a. C., si se tiene en cuenta una apostilla que reza: “En el año cuarto del reinado de Tolomeo y de Cleopatra [...]”. Es posible que el autor del libro de Ester haya pretendido animar a las víctimas de la persecución de Antíoco Epifanes con el mensaje de que al final, pese a los infortunios, el pueblo judío siempre sale adelante. Para no contrariar a las autoridades seléucidas, el narrador situó los hechos, sin duda inventados, en un contexto histórico muy anterior en el tiempo: los expertos identifican a Asuero con Jerjes I, que reinó en el imperio persa del año 486 al 465 a. C. Es lo que hacen muchos escritores durante las tiranías: denunciarlas con astucia, situando el escenario en otro tiempo o lugar para evitar la furia de los censores.


Sansón y Dalila: un mito solar
En el período primitivo de los jueces aparece un héroe bastante singular: Sansón. Su tribu, Dan, había recibido en el reparto de Canaán posterior a la conquista un territorio colindante con la nación de los filisteos. La pintoresca figura de Sansón nada tiene que ver con las de Barac, Jefté, Gedeón y el resto de jueces israelitas. Sansón es una especie de Hércules que lucha en solitario, con métodos rudimentarios y utilizando su descomunal fuerza bruta. Sólo parece tener una gran debilidad: las muchachas filisteas. Se casó con una, en Timna, pero el matrimonio no llegó a consumarse a raíz de una trifulca que mantuvo con los invitados. Después se acostó con una prostituta filistea. Y más adelante se enamoró de Dalila, que sería su perdición.

Oriunda del valle de Sorec, Dalila recibió instrucciones de los príncipes filisteos para que sonsacara a Sansón el secreto de su fuerza portentosa. En tres ocasiones, Sansón le mintió. Le dijo sucesivamente que quedaría sin fuerzas si lo amarraba con siete cuerdas húmedas, si lo ataba con siete cuerdas nuevas y si entretejía las siete trenzas de su cabeza y las fijaba con una clavija de tejedor. Las tres veces, cuando Dalila lo ponía a prueba con el grito de “¡Los filisteos sobre ti!”, Sansón se desprendía con facilidad de sus ataduras. “¿Cómo puedes decir que me quieres cuando tu corazón no está conmigo?”, le reclamó Dalila.

Cuenta la Biblia que la filistea importunó de tal modo a Sansón para que le revelase su secreto que le llegó a “producir un tedio de muerte”. Finalmente, el héroe israelita “le abrió de par en par su corazón” y le confesó: “Nunca ha tocado la navaja mi cabeza, pues soy nazareo de Dios desde el vientre de mi madre. Si me rapasen perdería mi fuerza, quedaría débil y sería como todos los otros hombres”. Dalila intuyó que esta vez no le mentía. Llamó a los príncipes filisteos para que tomaran posiciones con el fin de entrar en acción, y ellos le llevaron el dinero de pago por sus servicios. Tras dormir a Sansón sobre sus rodillas, Dalila hizo entrar en la alcoba a un hombre, que cortó con tijeras las siete trenzas del israelita. En el momento convenido entraron los demás hombres, que redujeron con facilidad a Sansón, le arrancaron los ojos y lo condujeron a Gaza, donde fue sometido a crueles humillaciones.

Más adelante, los príncipes filisteos celebraron una multitudinaria fiesta en honor del dios Dagón y mandaron traer a Sansón para divertirse a costa suya. El desvalido héroe pidió un último favor a Dios: que le diera fuerzas para derribar la casa donde se celebraba la fiesta. Dios lo escuchó. Apoyado en las dos columnas principales, Sansón presionó con sus brazos al grito de “¡Muera yo con los filisteos!” y la casa se vino abajo. Junto a él perecieron unas tres mil personas, “siendo los muertos que hizo al morir más que los que había hecho en vida”.

La historia de Sansón y Dalila entronca con antiquísimos mitos solares de Oriente. El nombre hebreo de Sansón es Shimshón, palabra relacionada con shemesh (sol). El de Dalila es Dlila, derivada de laila (noche). El relato presenta a Sansón como nazareo, especie de asceta consagrado a Dios que, entre otras singularidades, no podía cortarse el pelo ni afeitarse. Este dato refuerza aún más el mito solar, ya que el rostro de Sansón, con sus siete trenzas y su barba luenga, se asemejaría a un sol de potentes rayos. Tras un intenso tira y afloja, la persistente Dalila consiguió que perdiera el cabello y, por tanto, la fuente de su poder. Era el triunfo de la noche sobre el día.

Durante sus años de conflictiva vecindad con los filisteos, es probable que la tribu de Dan utilizara el argumento del mito solar para crear la leyenda de un héroe propio. Posteriormente, el autor del libro de Jueces pudo recoger la historieta para aleccionar sobre los peligros que implica la unión con extranjeras. El narrador, sin embargo, no se muestra implacable con Sansón. Lo describe como un hombre irresponsable, enamoradizo, impetuoso, pero tocado por la divinidad, que, así como pierde la cabeza por las muchachas filisteas, inflige duros castigos a ese pueblo tan odiado por los israelitas. Más que censurar a Sansón por su vida disoluta con las extranjeras, el autor parece sentir por el personaje cierta simpatía y, al final, una mezcla de piedad y admiración.

Capítulo X
El acto sexual
Bueno, pero impuro
El Antiguo Testamento ofrece una visión ambivalente del acto sexual. Por una parte, lo presenta como algo bueno y gozoso, siempre que se practique dentro del matrimonio. Cuando Dios anunció al anciano Abraham que iba a tener un hijo, la mujer del patriarca, Sara, se rió para sus adentros y dijo: “¿Cuando estoy ya consumida, voy a remocear (‘tener placer’, en el original hebreo), siendo ya también viejo mi señor?”. Aunque en la Biblia la finalidad del sexo es la reproducción —“Procread y multiplicaos” es lo primero que dice Dios a los seres humanos—, las palabras de Sara ponen de manifiesto que en el sexo tenía cabida el disfrute. Los escritos sapienciales contienen invitaciones a la sensualidad dentro de la vida conyugal. “Embriáguente siempre sus amores, y recréente siempre sus caricias”, dice el autor de los Proverbios al joven casado en alusión a su esposa. El ejemplo por excelencia de esta percepción de la sexualidad lo constituye el Cantar de los Cantares, himno talámico que representa a una pareja de desposados entregados a un delicioso juego erótico y al que se dedica un capítulo completo en este libro.

Pero el sexo se presenta al mismo tiempo como un fenómeno plagado de misteriosas fuerzas que provoca la impureza transitoria de quienes se acercan a él. La pareja que hiciese el amor debía lavarse en agua y quedaba impura hasta la tarde (que era cuando comenzaba el día siguiente para los israelitas). El mismo mandato se aplicaba al hombre que tuviese una simple efusión de semen. Los eventos o ceremonias de carácter religioso exigían al participante un período previo de contención sexual. “Aprestaos durante tres días y nadie toque mujer”, ordena Moisés a su pueblo para que reciba los Diez Mandamientos. En el libro primero de Samuel, el hambriento David, antes de convertirse en rey, llega con sus seguidores a la ciudad de Nob y pide algo de comer al sacerdote Ajimélek. Éste le responde: “No tengo a mano pan ordinario; pero hay pan santo, siempre que tus mozos se hayan abstenido de trato con mujeres”. La consideración del hecho sexual —fuera este una cópula o una polución nocturna— como una impureza se extendía a la esfera de lo militar. “Si hubiera alguno impuro por accidente nocturno, sálgase fuera del campamento y no entre hasta que, al caer la tarde, se bañe en agua. A la puesta del sol podrá entrar en el campamento”, establece la ley.

Al margen de estas normas de purificación, los legisladores también establecieron una larga serie de prohibiciones sexuales. Un hombre no podía copular con una serie de parientes, como se explica en el capítulo sobre el incesto. Tampoco podía hacerlo con dos mujeres que fuesen hermanas entre sí, o con una mujer junto a su hija o su nieta. Asimismo, se prohibía, so pena de muerte, la homosexualidad y el bestialismo. Acostarse con una mujer con la regla se castigaba con la expulsión de la congregación. La actividad sexual fuera del matrimonio se consideraba una prostitución. Los traductores lo denominan fornicación. El hombre, casado o soltero, que se acostara con la mujer de otro hombre era condenado a muerte junto a la adúltera. Si violaba o seducía a una joven soltera, la ley lo obligaba a casarse con ella. Cuando una muchacha soltera mantenía por voluntad propia relaciones prematrimoniales y
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