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se casaba ocultando su falta de virginidad, el marido, si descubría el engaño en la noche de bodas, podía reclamar su lapidación. Mientras que la mujer casada se enfrentaba a la pena de muerte si se acostaba con otro hombre, su marido disponía de cierto margen de actuación sexual libre de castigo: podía acudir donde las prostitutas o tomar más esposas o concubinas.

Algunos expertos sostienen que la abundancia de regulaciones sexuales de la Biblia, sobre todo las que establecen la impureza pasajera del acto sexual, formaban parte del esfuerzo de los israelitas por construir una identidad nacional-religiosa bien diferenciada de los pueblos vecinos. Frente a las cosmogonías de otras naciones, en las que los dioses copulaban e inspiraban ritos vistosos de fecundidad, los israelitas despojaron el coito de cualquier envoltorio de santidad. Lo asumieron como un acto estrictamente humano y, como tal, impuro.


La cópula
“Conoció el hombre a su mujer, que concibió y parió a Caín”. Con esta frase escueta se describe por primera vez un acto sexual en la Biblia. Adán y Eva acababan de ser expulsados del Paraíso por comer del fruto prohibido. No se sabe si la primera pareja llegó a mantener relaciones sexuales cuando aún vivía en el Edén. La Biblia nada informa al respecto. Sin embargo, nada tendría de raro que lo hubiesen hecho, si se considera que el propio Dios los había animado a procrear y multiplicarse. Después de engendrar al primogénito, Adán y Eva tuvieron a Abel. Más adelante “conoció de nuevo Adán a su mujer” y nació Set. ¿Cuántas veces más copuló la primera pareja? No se sabe. La Biblia se limita a decir que, después del nacimiento de Set, Adán vivió ochocientos años “y engendró hijos e hijas”.

Los narradores bíblicos utilizan tres expresiones para el coito: conocer, venir (entrar, según algunas traducciones) y acostarse. La primera refleja una actitud en cierto modo trascendental ante el sexo: Adán conoció a Eva. La segunda pone el énfasis en la descripción física de la cópula: el patriarca Abraham entró en la esclava Agar. La última hace referencia a la postura, en este caso horizontal: el rey David se acostó con Betsabé, la mujer del soldado Urías.

Los autores bíblicos son muy lacónicos al describir el acto sexual. Una excepción notable la constituye el Cantar de los Cantares, donde el vibrante diálogo entre los amantes parece describir el instante supremo de la cópula. “Levántate, cierzo; ven, austro. Oread mi jardín, que exhale sus aromas. Venga a su huerto mi amado a comer de sus frutos exquisitos”, dice la novia. Su amado responde: “Voy a mi jardín, hermana mía, esposa, a coger de mi mirra y de mi bálsamo, a comer mi panal y mi miel, a beber de mi vino y de mi leche”. Y el poeta exclama con alborozo: “Comed, colegas míos, y bebed, y embriagaos, amigos míos”.

Lo habitual era que el sexo se practicase de noche, a oscuras, costumbre quizá relacionada con la idea de impureza que acompañaba a la sexualidad o con una visión negativa de la desnudez. Aprovechándose de la nocturnidad, Labán pudo engañar a Jacob, introduciéndole en la tienda a su hija Lía cuando el compromiso era entregarle a Raquel. Sólo al día siguiente, después de haber yacido con Lía, Jacob se dio cuenta del engaño. Otro relato muestra a las hijas de Lot esperando la noche para emborrachar a su padre y conseguir que las preñara. Habrían podido ejecutar su plan durante el día sin mayores problemas, ya que moraban en el monte, lejos de la civilización, y nadie las iba a sorprender. No obstante, prefirieron aguardar la oscuridad.

De las posturas en el acto sexual nada se informa, al menos de modo explícito. Sin embargo, en la versión hebrea de la Biblia, las palabras pronunciadas por la hija mayor de Lot antes de tomar la determinación de yacer con su padre parecen sugerir algo al respecto. “Nuestro padre es viejo y no hay hombre en la tierra que venga sobre nosotras como es costumbre en la tierra”, dice la muchacha. Ese “sobre nosotras”, que las Biblias cristianas suelen traducir por “se una a nosotras”, podría aludir a una posición de misionero, es decir, el hombre encima de la mujer. La tradición rabínica más antigua consideraba esta postura como la adecuada para practicar el sexo. En el Génesis Rabbá, midrash compilado en el siglo V en Palestina, se cuenta que, antes de Eva, hubo una primera mujer llamada Lilit, de naturaleza perversa. Adán nunca logró entenderse sexualmente con ella, pues cuando intentaba tenderse sobre su cuerpo para hacer el amor, Lilit rechazaba la postura propuesta por su pareja con el siguiente argumento: si ambos habían sido creados del polvo y eran iguales, ¿por qué el hombre tenía que estar encima y la mujer abajo?


La desnudez
Las palabras que se intercambian los amantes del Cantar de los Cantares sugieren que las parejas, por lo menos algunas de ellas, se desnudaban por completo para practicar el acto sexual. Sólo así se explica que el novio pueda alabar los pechos y el ombligo de su amada —“dos mellizas de gacelas que triscan entre las azucenas” y un “ánfora en que no falta el vino”, respectivamente—; y que ella equipare el vientre del novio a una “masa de marfil cuajada de zafiros”.

Esa dichosa entrega pasional contrasta, sin embargo, con la idea que la Biblia presenta de la desnudez. Esta es sinónimo de pobreza, de humildad, de desprotección, incluso de oprobio y vergüenza. La costumbre de hacer el amor por la noche quizá estaba relacionada con el sentimiento de zozobra que producía la visión de los cuerpos desnudos. Según la Biblia, la desnudez era al comienzo el estado natural de la humanidad. Pero las cosas cambiaron cuando la primera pareja, instigada por la serpiente, comió del fruto prohibido del bien y el mal. El hombre y la mujer tomaron conciencia de su desnudez y se cosieron unos ceñidores de hojas de higuera. A partir de ese momento, la exposición de los genitales se convirtió en una especie de tabú.

La ley mosaica exige a los sacerdotes que deben “llevar calzones de lino para cubrir su desnudez, que lleguen desde la cintura hasta los muslos”, de modo que nadie pueda ver sus genitales desde más abajo. El patriarca diluviano Noé maldijo a su hijo Cam y a toda su descendencia por haberlo visto desnudo cuando dormía ebrio en su tienda. En cambio, bendijo a sus otros dos hijos, Sem y Jafet, que, tomando un manto, se lo pusieron sobre los hombros “y yendo de espaldas, vuelto el rostro, cubrieron sin verla la desnudez de su padre”.

Dejar desnudo o semidesnudo al enemigo es la peor humillación que se le puede infligir. Fue lo que hizo Janún, recién coronado rey de los ammonitas, con unos embajadores que le envió el rey israelita David para que le expresaran sus sentimientos por la muerte de su padre. Janún fue convencido por los jerarcas de su pueblo de que los emisarios no habían ido realmente a honrar al difunto monarca, sino en misión de espionaje. Entonces, “tomando a los embajadores de David, rapóles la mitad de la barba y les cortó los vestidos hasta la mitad de las nalgas, y los despidió”. Informado del suceso, David envió gente al encuentro de sus embajadores, que “estaban en gran confusión”. En una de sus soflamas, el profeta Isaías advierte a los israelitas que les afeitará los “pelos de los pies”, en alusión al vello púbico.

Tal vez por su significado de humildad extrema, la desnudez acompaña los trances proféticos. El rey Saúl, en su persecución contra David, se encaminó hacia la ciudad de Nayot en Ramá, ciudad donde residía el profeta Samuel. Entonces “el espíritu de Dios se apoderó de él, e iba profetizando hasta que llegó a Nayot de Ramá, y quitándose sus vestiduras profetizó él también ante Samuel, y se estuvo desnudo por tierra todo aquel día y toda la noche. De ahí el proverbio: ‘¿También Saúl entre los profetas?’”. El libro de Isaías cuenta que este profeta estuvo tres años “desnudo y descalzo”. El profeta Miqueas narra así su éxtasis: “Por eso yo gimo y me lamento, y voy descalzo y desnudo y aúllo como chacal, y gimo como avestruz. Porque su desastre es irremediable, y ha invadido a Judá”.

La irrupción de la cultura helenística, a finales del siglo IV a. C., provocó un cambio radical en las costumbres. Los jóvenes empezaron a cultivar sus cuerpos y a participar desnudos en juegos gimnásticos de tipo griego, para lo cual reconstruyeron sus prepucios. El escritor del libro de Macabeos da cuenta, manifiestamente alarmado, de lo que sucedía en Judea hacia finales del siglo II a. C.: “Salieron de Israel por aquellos días hijos inicuos, que persuadieron al pueblo, diciéndole: ‘Hagamos alianza con las naciones vecinas, pues desde que nos separamos de ellas nos han sobrevenido tantos males’, y a muchos les parecieron bien semejantes discursos. Algunos del pueblo se ofrecieron a ir al rey, el cual les dio facultad para seguir las instituciones de los gentiles. En virtud de esto, levantaron en Jerusalén un gimnasio conforme a los usos paganos, se restituyeron los prepucios, abandonaron la alianza santa, haciendo causa común con los gentiles, y se vendieron al mal”.


Creando ambiente
Es de suponer que, como sucede en nuestros días, a algunas personas les gustaba hacer el amor con algo de sofisticación, en un escenario exquisito, con el fin de sentirse practicando más una ceremonia que un simple acto biológico. El libro de Proverbios describe a una mujer adúltera que, aprovechando la ausencia de su marido, trata de seducir con estas palabras sugerentes a un joven:
He ataviado mi lecho con tapices,

con telas de hilo recamado de Egipto;

he perfumado mi cámara con mirra,

áloe y cinamomo.
Algunas mujeres —y es de presumir que algunos hombres— se bañaban, perfumaban y engalanaban antes de hacer el amor, con el fin de aumentar el deseo de la pareja. En su discurso alegórico sobre las infidelidades de Jerusalén, el profeta Ezequiel se refiere a esos preparativos cuando dice: “Y aún han hecho venir de lejos hombres a los que enviaron mensajeros, y al venir ellos te lavaste, te pintaste los ojos y te ataviaste con tus joyas, y, echada en suntuoso estrado, te pusiste a la mesa que aderezaste para ellos, poniendo en ella mis perfumes y mi óleo”.

Para presentarse ante el rey persa Asuero, cada perla del harén se sometía a un tratamiento de belleza durante todo un año, consistente en ungirse “seis meses con óleo y mirra y otros seis con los aromas y perfumes de uso entre las mujeres”.


Besos, caricias y palabras insinuantes
La actividad sexual se acompañaba de besos, caricias y palabras insinuantes. El rey de Guerar descubre que el patriarca Isaac no es hermano de Sara cuando los encuentra jugando en su alcoba. El narrador no aclara en qué consiste dicho juego, aunque cabe imaginar que es lo suficientemente erótico como para revelar al monarca la verdadera relación de los forasteros. “Béseme con los besos de su bocal”, anhela la novia del Cantar de los Cantares, mientras espera el encuentro con su amado. Más adelante, el novio describe lo que parece ser un beso de tornillo: Miel virgen destilan tus labios, esposa; miel y leche hay bajo tu lengua”.

Los pechos de la mujer constituyen el objeto preferente de las caricias del hombre. “Esbelto es tu talle como la palmera, y son tus senos sus racimos. Yo me dije: Voy a subir a la palmera, a tomar sus racimos”, dice el novio del Cantar de los Cantares. Las tetas femeninas no sólo se soban con delicadeza; también se aprietan con lascivia. A ello se refiere, en un contexto bien diferente, el profeta Ezequiel, cuando habla alegóricamente de la infidelidad de Jerusalén y Samaria: “Se prostituyeron en Egipto al tiempo de la mocedad; allí fueron estrujados sus pechos y manoseado su seno virginal”. En su entrega mutua, los amantes se decían palabras cargadas de pasión. Una vez más hay que recurrir al Cantar de los Cantares, que recoge unos diálogos deliciosamente concupiscentes. “Al tiro de los carros del faraón te comparo, amada mía”, comenta el novio. Y la amada dice: “Es mi amado para mí bolsita de mirra, que descansa entre mis pechos”.


Afrodisíacos: la mandrágora
Los habitantes de Oriente Próximo atribuían poderes afrodisíacos a la mandrágora, una planta herbácea de flores blancas y rojas, de la familia de la patata, que produce un fruto delicioso y dulce de color amarillo. Su gruesa raíz, de unos treinta centímetros de longitud, evoca la forma de un cuerpo humano, lo que ha contribuido durante siglos a cimentar la fama de la mandrágora como estimulante sexual.

Raquel y su hermana Lía, como ya se ha dicho, compartían a Jacob como esposo. Cuando Raquel era aún estéril, Lía, que ya tenía cuatro hijos, pero se sentía abandonada por su marido, recibió unas mandrágoras de su primogénito Rubén. Ansiosa por volverse fecunda, Raquel consiguió que su hermana le diera los frutos y, a cambio, le permitió pasar esa noche con Jacob. Lía dejó patente que no necesitaba de ayudas externas para procrear: esa noche quedó preñada por quinta vez y, en otros dos encuentros con su marido, engendró sendos retoños más. La Biblia no explica qué hizo Raquel con las mandrágoras, aunque cabe suponer que hizo un uso adecuado de ellas, ya que, tras el episodio, “Dios se acordó de Raquel y la hizo fecunda”. El afrodisíaco sólo aparece una vez más en la Biblia, en el Cantar de los Cantares. “Ya dan su aroma las mandrágoras, y a nuestras puertas están los frutos exquisitos: los nuevos y los viejos, que guardo, amado mío, para ti”, dice la novia.


¿Importa el tamaño?
El debate se mantiene hasta nuestros días: ¿importa el tamaño del pene en las relaciones sexuales? Es probable que, en su subconsciente, algunos narradores bíblicos pensaran que sí. El profeta Ezequiel menciona miembros descomunales para recalcar las escenas de gran lubricidad. En sus discursos alegóricos sobre las fornicaciones de Jerusalén, describe a los egipcios como personas de “carne [pene] grande”. De los caldeos dice que tienen “carne [pene] de burro y flujo de caballos”.

Otro tamaño que parece importar es el de los senos de la mujer. “Nuestra hermana es pequeñita, no tiene pechos todavía”, sostienen los hermanos de la novia en el Cantar de los Cantares. La muchacha afirma altiva: “Sí, muro soy, y torres son mis pechos”. Sólo una mujer con senos generosos puede decir, como hace la novia: “Es mi amado para mí bolsita de mirra, que descansa entre mis pechos”.


Anticonceptivos: coito interruptus y menstruación
En una cultura que exaltaba la natalidad, cabe presumir que los métodos anticonceptivos no estaban bien vistos. Uno de ellos era el coito interruptus. De conformidad con la costumbre del levirato, Onán había tomado por mujer a Tamar, la viuda de su hermano. Se esperaba que con esa unión diera descendencia al difunto. Pero él no quería engendrar una familia que no fuera suya, de modo que “cuando entraba a la mujer de su hermano, derramaba en tierra para no dar prole a su hermano”. Según el narrador, “era malo a los ojos de Yavé lo que hacía Onán, y lo mató”. La conducta de Onán se ha interpretado durante siglos de manera errónea, y la palabra onanismo se utiliza hasta el día de hoy como sinónimo de masturbación, como se puede comprobar en el diccionario de la Real Academia Española. En realidad, Onán no se masturbaba, sino que, como dice de modo inequívoco el texto, entraba a la viuda de su hermano y, en el momento culminante, vertía en tierra. Aunque en el relato del Génesis Onán es castigado por Dios con la muerte, la legislación bíblica no contiene ninguna prohibición contra el coito interruptus.

El otro método anticonceptivo consistía en copular durante la menstruación de la mujer. De la existencia de esa práctica dan fe las prohibiciones que pesan contra ella. La ley levítica recoge dos normas que vetan el acto sexual con una mujer en su período menstruoso. “Si uno se acostare con ella, será sobre él su impureza, y será inmundo por siete días, y el lecho en donde durmiere será inmundo”, reza la primera. Y la segunda: “Si uno se acuesta con mujer mientras tiene ésta el flujo menstrual, y descubre su desnudez, su flujo, y ella descubre el flujo de su sangre, serán ambos borrados de en medio de su pueblo”. A primera vista se trata de una misma norma, pero con dos castigos bastante diferentes: siete días de impureza en un caso, y la expulsión de la comunidad en el otro. Algunos expertos sostienen que se trata en realidad de dos normas distintas: la primera se refiere al período de impureza ritual que seguía al flujo menstrual, mientras que la segunda se centra en la regla propiamente dicha, por lo que tiene un castigo más severo. Interpretaciones al margen, las prohibiciones se establecen cuando existe algo que prohibir, y desde esa premisa cabe colegir que los antiguos israelitas utilizaban con asiduidad la menstruación como un eficaz método anticonceptivo.


La lujuria
La Biblia contiene numerosos pasajes de lascivia, de urgencias carnales inaplazables, de deseos desaforados que sólo buscan la satisfacción sexual inmediata. Cuando el rey David observa a la casada Betsabé bañándose, ordena de inmediato que se la traigan al palacio para acostarse con ella. Dos jueces libidinosos intentan con ardides que Susana, esposa de otro notable, se les entregue. Los habitantes de Sodoma rodean la casa de Lot para que les entregue a sus dos huéspedes varones, a quienes pretenden violar. El mundo de las pasiones es tan tempestuoso que el bueno de Job consideró necesario hacer un pacto con sus propios ojos para “no prestar atención a la virgen”.

Pero nadie describe con tal intensidad la lujuria como los profetas en sus discursos alegóricos. “Yo los harté, y se dieron a adulterar y se fueron en tropel a la casa de la prostituta. Sementales bien gordos y lascivos, relinchan ante la mujer de su prójimo”, dice Jeremías sobre los jóvenes de Judá. El mismo profeta presenta así al reino de Judá, por haberse entregado a la idolatría: “Asna salvaje, habituada al desierto, en el ardor de su pasión olfatea el viento; su celo, ¿quién lo reducirá? El que la busque no tendrá que fatigarse, la hallará en su mes de calor”.

En su diatriba contra Jerusalén, el profeta Ezequiel llega a describir lo que parece un caso de ninfomanía: “Te prostituiste con los hijos de Egipto, tus vecinos de gordos cuerpos, multiplicando tus fornicaciones para irritarme [...]. No harta todavía, te prostituiste también a los hijos de Asiria, fornicaste con ellos, sin hartarte todavía. Multiplicaste tus prostituciones desde la tierra de Canaán hasta Caldea, y ni con ello te saciaste”. Según el profeta, la lujuria de Jerusalén era tal que, con sólo mirar “hombres pintados en la pared, figuras de caldeos trazadas con minio, ceñidos sus lomos de sus cinturones y tiaras de varios colores a la cabeza”, mandaba embajadores a que le trajeran caldeos de carne y hueso al “lecho de sus amores”.

En el Nuevo Testamento, la cruzada contra las fornicaciones reales, no metafóricas, tiene su adalid en el apóstol Pablo. “Huid de la fornicación”, dice. “Los que son según la carne sienten las cosas carnales, los que son según el espíritu sienten las cosas espirituales. Porque el apetito de la carne es muerte, pero el apetito del espíritu es vida y paz”. Para Pablo, “las obras de la carne son manifiestas, a saber: fornicación, impureza, lascivia, idolatría, hechicería, odios, discordias, celos, rencillas, disensiones, divisiones, envidias, homicidios, embriagueces, orgías y otras como éstas”.


Acoso sexual: José y la mujer de Putifar
Los deseos insatisfechos o la sobredosis de lujuria pueden conducir a situaciones extremas de acoso sexual. En cualquier sociedad machista, lo habitual es que sean los hombres quienes hostiguen a las mujeres, como sucedió en el caso de los ancianos y Susana. Sin embargo, la Biblia recoge el caso excepcional de una mujer casada que, en su desesperación, llevó a cabo una persecución implacable contra un joven para que se acostara con ella. Ese joven era José, el hijo preferido del patriarca Jacob.

José había ido a parar a Egipto tras ser vendido por sus envidiosos hermanos a unos mercaderes ismaelitas. Allí entró a trabajar
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