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en la casa del influyente Putifar, ministro del faraón y jefe de los guardias de palacio. Con el tiempo, José logró ganarse la confianza de Putifar, que le encargó la administración de su casa y sus negocios. José, según el narrador, era “de hermosa presencia y bello rostro”. Sucedió entonces que la mujer de Putifar “puso en él sus ojos” y le dijo: “Acuéstate conmigo”. José se negó, alegando que no estaba dispuesto a traicionar la confianza que había depositado en él su amo. “¿Voy a hacer yo una cosa tan mala y a pecar contra Dios?”, dijo. La mujer de Putifar insistió “un día y otro día”, sin éxito, ya que el muchacho “se negaba a acostarse con ella y aun a estar con ella”. Hasta que, en cierta ocasión, al entrar José en la casa para desarrollar su trabajo, la mujer pasó a los hechos. Agarrándolo por el manto, le dijo: “Acuéstate conmigo”. José huyó de la casa, pero su manto quedó en las manos de la acosadora. Cuando Putifar regresó a casa, su mujer le contó que José había intentado violarla. Putifar mandó al siervo a prisión. José salió más tarde en libertad gracias a sus dotes de intérprete de sueños y llegó a ser el hombre de confianza del faraón.

La historia de José y la mujer de Putifar guarda una gran similitud con el mucho más antiguo Cuento de los dos hermanos, relato egipcio en el que una mujer intenta seducir al hermano de su esposo. En este cuento, el muchacho sometido al acoso llega al extremo de cortarse el pene para demostrar a su hermano que nunca ha tenido la menor intención de traicionarlo.


Masturbación. Estatuillas
Durante siglos, la masturbación se ha considerado una práctica abominable por culpa de una mala interpretación de la historia de Onán, a quien Dios castigó con la muerte por verter en tierra cuando copulaba con Tamar. El pecado de Onán, como ya se ha visto, era el coito interruptus, no la masturbación. La Biblia no prohíbe la masturbación. En realidad, no se ocupa de ella, al menos de un modo explícito. Es posible que el legislador levítico pensara en esta práctica sexual al señalar: “El hombre que tenga derrame seminal lavará con agua todo su cuerpo y quedará impuro hasta la tarde. La ropa o sábana sobre las que hubiera derramado el semen serán lavadas con agua y quedará impuras hasta la tarde”. Si en efecto se estaba refiriendo no sólo al derrame involuntario de semen, sino también a la masturbación, ésta sería entonces equiparable al acto sexual en cuanto a los procedimientos de purificación, y en ningún modo constituiría un pecado.

La imprecación del profeta Ezequiel a Jerusalén parece contener una alusión a la autosatisfacción sexual, aunque en este caso con instrumentos de ayuda: “Tomaste las espléndidas joyas que te había dado, mi plata y mi oro, y te hiciste simulacros de hombre, fornicando con ellos”. Si se trataba sólo de una metáfora, al menos habrá que reconocer que Ezequiel era un visionario, un hombre adelantado a su tiempo, ya que la imagen que concibió preludia, con siglos de antelación, los modernos maniquís sexuales o los consoladores, según fuera el tamaño del objeto al que se refería el profeta.


Bestialismo
La legislación israelita era muy severa al abordar el bestialismo. “Todo el que se acueste con bestia, morirá”, afirma el libro de Éxodo. El legislador levítico dice: “No te ayuntarás con bestia, manchándote con ella”. Y añade, en una de las pocas leyes dirigidas de modo expreso a las mujeres: “La mujer no se pondrá ante una bestia, prostituyéndose ante ella, es una perversidad”. El autor levítico incluye el bestialismo entre las numerosas abominaciones que han cometido los cananeos antes de la llegada de los israelitas. A su vez, el código deuteronómico señala: “Maldito quien tuviere parte con una bestia cualquiera; y todo el pueblo responderá: Amén”.

El capítulo 2 del Génesis cuenta que, después de crear al primer hombre, Dios decidió proporcionarle una ayuda adecuada para que no estuviese solo. Llevó ante él a todos los animales para que les pusiese nombre, pero entre todos ellos no encontró la ayuda adecuada. Entonces Dios sumió al hombre en un sueño profundo y creó a la mujer de una de sus costillas. Bereshit Yebamot, un opúsculo sobre el Talmud de Babilonia, ve en ese relato de la Biblia restos de bestialismo, tal como señalan Robert Graves y Raphael Patai en Los mitos hebreos. Según el documento, cuando los animales desfilaron ante Adán, éste se sintió celoso por sus amores. Trató de acoplarse con cada hembra, pero no halló satisfacción. “Todas las criaturas tienen la compañera adecuada menos yo”, se quejó Adán, y pidió a Dios que remediara tal injusticia.

Capítulo XI
Su santidad el falo
“Pon la mano bajo mi muslo y jura”
Los antiguos israelitas concedían una importancia capital al órgano viril. Ello no debe sorprender en una sociedad dominada por los varones y que exaltaba la procreación como uno de sus valores supremos. El pene, como instrumento reproductor, tenía en cierto modo una condición de santidad. En él se simbolizaba la alianza de Israel con Dios, mediante el rito de la circuncisión. Los juramentos más solemnes se formalizaban tocando el miembro de la persona con la que se adquiría el compromiso, del mismo modo que hoy se coloca la mano sobre la Biblia. “Pon, te ruego, tu mano bajo mi muslo. Yo te hago jurar por Yavé, Dios de los cielos y de la tierra, que no tomarás mujer para mi hijo de entre las hijas de los cananeos, en medio de los cuales habito, sino que irás a mi tierra, a mi parentela, a buscar mujer para mi hijo Isaac”, dijo Abraham a su siervo. Éste “puso la mano bajo el muslo de Abraham, su señor, y juró”. El mismo ritual practicó Jacob, cuando, próximo a morir, llamó a su hijo José y le dijo: “Si he hallado gracia a tus ojos, pon, te ruego, la mano bajo mi muslo y haz conmigo favor y fidelidad. No me sepultes en Egipto. Cuando me duerma con mis padres, sácame de Egipto y sepúltame en sus sepulturas”. En Los mitos hebreos, Robert Graves y Raphael Patai sostienen que ese tipo de juramento evocaba el rito de la circuncisión y revestía gran solemnidad.

La integridad del miembro viril —o para ser más exactos, la integridad después de la circuncisión— fue un motivo de preocupación para los legisladores bíblicos. El código levítico prohíbe participar en oficios de culto a quien tenga algún “daño de testículo”. La ley deuteronómica excluye de la congregación a quien tenga los testículos magullados o el pene mutilado. Si una mujer, en el curso de una pelea entre su esposo y otro hombre, agarraba a éste por su miembro para liberar a su marido, se le castigaba cortándole la mano “sin piedad”.


La señal de alianza está en el pene
La circuncisión —corte del prepucio— es la señal de la alianza suprema entre Dios e Israel. La Biblia remonta el origen de ese pacto a la época patriarcal. Dios se le apareció a Abram y estableció con él un pacto, mediante el cual se comprometió a hacerlo padre de una muchedumbre de pueblos y le entregó la tierra de Canaán en posesión eterna. A continuación le impuso la señal de la alianza: “Éste es mi pacto, que guardaréis entre mí y vosotros y entre la descendencia después de ti: circuncidad todo varón, circuncidad la carne de vuestro prepucio, y ésa será la señal de mi pacto entre mí y vosotros. A los ocho días de nacido, todo varón será circuncidado en vuestra descendencia, ya sea el nacido en casa o comprado por plata a algún extranjero, que no es de tu estirpe. Todos, tanto los criados en casa como los comprados, se circuncidarán, y llevaréis en vuestra carne la señal de mi pacto por siempre; y el incircunciso que no circuncidare la carne de su prepucio será borrado de su pueblo; rompió mi pacto”. Finalizado el encuentro, Abraham, a la sazón de 99 años, se circuncidó, y procedió de igual modo con su hijo Ismael, de 13 años, y con todos los varones de su casa, “los nacidos en ella y los extraños comprados”. Los musulmanes, que se consideran descendientes de Ismael, celebran hasta el día de hoy la circuncisión a los 13 años.

Existen numerosos testimonios que dan fe de la antigüedad de la circuncisión. Ésta se practicaba ya en el imperio egipcio hacia el año 2900 a. C., un milenio antes de la era patriarcal. La razón que llevó a establecer esa costumbre aun se ignora, pero parece ser que se trataba de un ritual iniciático de entrada a la pubertad. Es muy probable que las tribus semitas —entre ellas las israelitas— tomaran la costumbre de la civilización egipcia. El profeta Jeremías hace referencia a varios pueblos que la practicaban en su tiempo: Egipto, Judá, Edom, Ammón, Moab, y a todos los “que se rapan las sienes y habitan en el desierto”. Sin embargo, los israelitas convirtieron la circuncisión en algo diferente, más trascendental por decirlo de algún modo, al transformar el corte del prepucio en el símbolo de la alianza del pueblo con Dios. También se diferenciaron de otras culturas al practicar el ritual a una edad tan temprana como a los ocho días de nacido. Para los israelitas, el término circuncisión trascendió el significado meramente anatómico y adquirió una acepción moral. “Circuncidaos para Yavé y quitad los prepucios de vuestros corazones”, dice el profeta Jeremías.

Los narradores bíblicos utilizan el término “incircunciso” con un sentido despectivo, sobre todo para referirse al odiado pueblo filisteo. “¿Acaso no hay mujeres entre las hijas de tus hermanos y entre todo tu pueblo para que vayas tú a tomar mujer de los filisteos, incircuncisos?”, increpan a Sansón sus padres. “¿Quién es ese filisteo, ese incircunciso, para insultar así al ejército del Dios vivo?”, pregunta el jovencísimo David al ver al gigante Goliat. Más adelante, el rey Saúl le exigiría a David cien prepucios de filisteos para entregarle por mujer a su hija Micol. “Saca tu espada y traspásame, para que no me hieran esos incircuncisos y me afrenten”, pidió el rey Saúl, presa del miedo, a su escudero al ver que estaba a punto de morir a manos de los filisteos. Como el siervo no lo obedeciese, el monarca se mató dejándose caer sobre su propia espada. El autor del Levítico advierte que los infieles a Dios “humillarán su corazón incircunciso”. A la Jerusalén redimida, el profeta Isaías le dice: “Viste tus bellas vestiduras, Jerusalén, ciudad santa, que ya no volverá a entrar en ti incircunciso ni inmundo”.

En tiempos de dominación extranjera, la circuncisión adquirió para los judíos una dimensión de identidad nacional-religiosa. Los libros de Macabeos cuentan al respecto un terrible episodio que ocurrió a raíz de que el rey seléucida Antíoco IV Epifanes, empeñado en aniquilar la fe judía, prohibiera en el siglo II a. C. el rito de la circuncisión: “Dos mujeres fueron delatadas por haber circuncidado a sus hijos, y, con los niños colgados de los pechos, las pasearon por la ciudad y luego las precipitaron de las murallas”.

Aunque Jesús y Juan el Bautista fueron circuncidados conforme a la ley mosaica, entre los primeros cristianos se produjo un intenso debate sobre si la circuncisión debía ser un requisito imprescindible para la salvación o si también se podía acceder a ésta sin pasar por el cuchillo de pedernal. Finalmente se impusieron las tesis de Pablo, él mismo circuncidado, en el sentido de que el ritual no fuera obligatorio. “¿Ha sido uno llamado en la circuncisión? No disimule su prepucio. ¿Ha sido llamado en el prepucio? No se circuncide. Nada es la circuncisión, nada el prepucio, sino la guarda de los preceptos de Dios”, dice el apóstol en su primera Epístola a los Corintios. Éste fue uno de los principales puntos de ruptura entre el judaísmo y el naciente cristianismo. Pese a defender la no obligatoriedad de la circuncisión, Pablo utilizó el ritual como metáfora de la alianza de la humanidad con Jesús. “Estáis llenos de Él, que es la cabeza de todo principado y potestad, en quien fuisteis circuncidados con una circuncisión no de manos de hombre, no por la amputación corporal de la carne, sino con la circuncisión de Cristo”, indica en la Epístola a los Colosenses.


Circuncisión trampa
Después de la circuncisión colectiva que practicó Abraham a sí mismo, a su hijo Ismael y a todos los criados de su casa, el siguiente ritual multitudinario lo protagonizó el pueblo jorreo. Fue el precio que se comprometió a pagar su príncipe, Siquem, al patriarca Jacob por su hija Dina, a la que amaba tras haberla violado. “No podemos hacer eso de dar nuestra hermana a un incircunciso, porque eso sería para nosotros una afrenta. Sólo podríamos venir en ello con una condición: que seáis como nosotros y se circunciden todos vuestros varones”, le habían dicho a Siquem los hermanos de Dina.

Cerrado el acuerdo matrimonial, Siquem y su padre, Jamor, fueron a las puertas de la ciudad para dirigirse a sus habitantes y convencerlos de que se circuncidaran. Así fue su alegato: “Estos hombres son gente de paz en medio de nosotros; que se establezcan en esta tierra y la recorran; la tierra es a ambas manos espaciosa para ello. Tomaremos por mujeres a sus hijas y les daremos a ellos las nuestras; pero sólo consienten en habitar con nosotros y ser con nosotros un pueblo si se circuncida entre nosotros todo varón, como lo están ellos. Sus ganados, sus bienes y todas sus bestias, ¿no serán así nuestras? Sólo falta que accedamos a su petición y habitarán con nosotros”.

El discurso resultó persuasivo y todo varón fue circuncidado. Sin embargo, lo que siguió no fue el paraíso prometido por los timoneles. Al tercer día, cuando los jorreos estaban “con los dolores” provocados por la operación, Simeón y Levi, dos de los hijos de Jacob, irrumpieron sin peligro en la ciudad y pasaron a filo de espada a todos los varones, comenzando por Jamor y Siquem, y se arrojaron sobre los muertos, y saquearon la ciudad, “por haber sido deshonrada su hermana”. Al enterarse de lo ocurrido, Jacob dijo a sus dos hijos: “Habéis perturbado mi vida, haciéndome odioso a los habitantes de esta tierra”. A lo que Simeón y Levi respondieron: “¿Y había de ser tratada nuestra hermana como una prostituta?”.


“Esposo de sangre”
Uno de los pasajes más curiosos de la Biblia gira en torno a la circuncisión. Moisés había recibido la orden de Dios de liberar a los israelitas de Egipto. Camino hacia ese país, en un lugar donde pasaba la noche, Dios le salió al encuentro y “quería matarlo”. Pero Séfora, la esposa madianita de Moisés, tomó un cuchillo de piedra, circuncidó a su hijo, y “tocó los pies” de su marido, diciendo: “Esposo de sangre eres para mí”. Entonces “lo dejó Yavé, al decir ella esposo de mi sangre, por la circuncisión”.

Es posible que, por ser de cultura egipcia y vivir entre madianitas, Moisés no hubiera estado pendiente de circuncidar a su hijo a los ocho días de nacido, y ello había provocado la ira de Dios. Con rapidez de reflejos, Séfora ejecutó el ritual y libró a Moisés del castigo divino. Pies es un eufemismo por pene: lo que toca Séfora a su marido al declararlo “esposo de sangre” es su miembro viril, lo que pone de manifiesto la solemnidad extraordinaria del acto. Séfora ha quedado en la historia bíblica como un personaje muy secundario. Sin embargo, bien mirado, debería ocupar un sitial de honor, ya que, sin su intervención, Moisés habría muerto y nada de lo que sucedió después en la Biblia hubiese ocurrido tal como sucedió.


La segunda circuncisión de los israelitas
El libro de Josué recoge un curioso episodio que muestra al pueblo israelita circuncidándose en la víspera de la conquista de Canaán: “Entonces dijo Yavé a Josué: ‘Hazte cuchillos de piedra y circuncida a los hijos de Israel’. Hízose Josué cuchillos de piedra y circuncidó a los israelitas en el collado de los Prepucios”. El motivo de esta nueva circuncisión es que toda la generación de israelitas salida de Egipto había muerto durante la travesía por el desierto, y las nuevas generaciones no estaban circuncidadas. “Cuando todos se circuncidaron, quedáronse en el campamento hasta curarse”, añade el narrador.

Según algunos estudiosos, este relato podría aludir al hecho de que, entre las tribus israelitas que se disponían a entrar en Canaán, sólo algunas —en especial las que habían estado en Egipto— habían adoptado la circuncisión. La “segunda circuncisión” quizá evoque el momento en que las tribus de influencia egipcia impusieron el ritual a las otras que encontraron en el camino y con las que habían de sellar la alianza de Israel.


Cien filisteos
Al enterarse de que su hija Micol estaba enamorada de David, el rey Saúl concibió un plan para deshacerse del joven guerrero, cuya popularidad creciente lo inquietaba. Saúl le ofreció a David su hija por esposa, y le pidió en pago por ella cien prepucios de filisteos. La idea del monarca era que el joven pereciera en la aventura. Ajeno a las maquinaciones, a David “le agradó la condición puesta para ser yerno del rey”. Salió con los hombres que estaban a su mando y, en efecto, mató cien filisteos, cuyos prepucios entregó a Saúl. Cabe deducir por el relato que la circuncisión se produjo cuando los enemigos ya estaban muertos.


Juan el Bautista y Jesús
Como judíos que eran, Juan el Bautista y Jesús fueron debidamente circuncidados. Lo cuenta el Evangelio de Lucas. Isabel, esposa del sacerdote Zacarías, era estéril y, además, anciana. Un día, el ángel Gabriel se le apareció a Zacarías y le anunció que su mujer daría a luz un niño, al que debían llamar Juan. Zacarías puso en duda el anuncio, por lo que el ángel lo castigó dejándolo mudo hasta que se cumpliera la profecía. Isabel, en efecto, quedó embarazada y parió un varón. Cuenta Lucas que “al octavo día vinieron a circuncidar al niño, y querían llamarlo por el nombre de su padre, Zacarías. Pero la madre tomó la palabra y dijo: ‘No, se llamará Juan’. Le decían: ‘¡Si no hay ninguno entre tu parentela que se llame por ese nombre!’. Entonces preguntaron por señas al padre cómo quería que se llamase; y pidiendo unas tablillas, escribió: Juan es su nombre. Y todos se maravillaron. Y al instante se abrió su boca y se soltó su lengua, y empezando a hablar, bendecía a Dios”.

Por los días en que anunció a Isabel que sería madre, el ángel Gabriel dio el mismo mensaje a otra mujer, parienta de aquélla. Esta se llamaba María, vivía en la ciudad galilea de Nazaret y estaba desposada —es decir, casada, pero sin que se hubiera producido aún la consumación carnal del matrimonio— con un varón de nombre José. Cuando el ángel le anunció el nacimiento de su hijo, que se llamaría Jesús y recibiría el trono de David, María se turbó y dijo: “¿Cómo podrá ser esto, pues yo no conozco varón?”. El ángel le dio la respuesta: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra, y por eso el hijo engendrado será santo, será llamado Hijo de Dios”. Por esos días el emperador César Augusto promulgó un edicto que obligaba al empadronamiento de todo el mundo. José llevó a su familia de Nazaret a Belén, al sur, a cuya jurisdicción él pertenecía. En esta ciudad le llegó a María el momento del parto, y alumbró un niño. Cuenta el evangelista: “Cuando se hubieron cumplido los ocho días para circuncidar al niño, le dieron por nombre Jesús, impuesto por el ángel antes de ser concebido en su seno”. Las historias de Juan el Bautista y Jesús muestran que en el mismo acto de la circuncisión se ponía el nombre del recién nacido, costumbre que mantiene el judaísmo hasta el día de hoy. Lo que no entra en la tradición judía es que un hijo reciba el mismo nombre del padre, como algunos pretendían con el hijo de Zacarías, llamado finalmente Juan.


Moisés y la serpiente de bronce
Los rastreadores de mitos ven en el relato de la expulsión del Paraíso ecos de una antigua cultura fálica. Consideran significativo que la primera mujer sea seducida precisamente por una serpiente, animal que algunas creencias primitivas asociaban con el órgano viril masculino. ¿Es posible que los hebreos, en determinados momentos de su historia, sintieran la influencia de determinados ritos de adoración a la serpiente?

El libro de Números contiene un episodio muy curioso, que muestra a Moisés, el gran conductor del pueblo israelita, portando un asta con una serpiente de bronce en el extremo durante la travesía por el desierto. En la versión hebrea de la Biblia, la figura recibe el nombre de
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