En los dos primeros volúmenes de mis cuentos completos (éste es el segundo) reúno más de cincuenta relatos, y todavía quedan muchos más para volúmenes futuros




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elección local, contaba con una audiencia mundial. Byerley pensó en eso y sonrió.

Pero la multitud no daba motivos para sonreír. Había letreros y estandartes que proclamaban todas las acusaciones posibles, referentes a su presunta condición de robot. La hostilidad era cada vez más inten­sa y tangible.

El discurso funcionó mal desde el principio. Competía contra el incipiente rugido de la muchedumbre y los gritos rítmicos de las cama­rillas de fundamentalistas, que formaban islas de agitación dentro de la agitación. Byerley continuó hablando con voz lenta y pausada.

En el interior, Lenton gruñía, tirándose del cabello y esperando el derramamiento de sangre.

Hubo una conmoción en las filas delanteras. Un ciudadano enjuto, de ojos saltones y ropas demasiado cortas para su cuerpo larguirucho comenzó a abrirse paso a codazos. Un policía se lanzó hacia él, avan­zando trabajosamente. Byerley le hizo señas de que no interviniera. El hombre enjuto se puso bajo el balcón. El rugido de la muchedumbre ahogó sus palabras.

Byerley se inclinó hacia delante.

 ¿Qué dice? Si tiene una pregunta que hacer, la responderé.  Se volvió a uno de los guardias . Traiga aquí a ese hombre.

La multitud se puso tensa. Los gritos de «silencio» se multiplica­ron, transformándose en una algarabía que se acalló gradualmente. El hombre delgado, jadeando y con la cara roja, se enfrentó a Byerley.

 ¿Tiene algo que preguntar?  repitió Byerley

El hombre delgado lo miró fijamente y dijo con voz cascada:

 ¡Pégueme!  Con un gesto enérgico, le ofreció la mejilla . ¡Pé­gueme! Usted dice que no es un robot. Demuéstrelo. No puede pegarle a un ser humano, so monstruo.

Se hizo un silencio sordo. La voz de Byerley lo rompió:

 No tengo razones para pegarle.

El hombre delgado soltó una carcajada.

 No puede pegarme. No quiere pegarme. No es humano. Usted es un monstruo, un simulacro de hombre.

Y Stephen Byerley, con los labios tensos, frente a millares de indi­viduos que miraban en persona y los millones que miraban por televi­sión, echó el puño atrás y le asestó un sonoro golpe en la barbilla. El hombre se desplomó, con el rostro demudado por la sorpresa.

 Lo lamento  se disculpó Byerley . Llévelo dentro y procure que esté cómodo. Quiero hablar con él cuando haya terminado.

Y, cuando la doctora Calvin comenzó a alejarse en automóvil de

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su espacio reservado, sólo un reportero había recobrado la compostura como para seguirla y gritarle una pregunta.

 Es humano  respondió Susan Calvin por encima del hombro.

Eso fue suficiente.

El reportero echó a correr en dirección contraria.

Nadie prestó atención al resto del discurso.

La doctora Calvin y Stephen Byerley se reunieron de nuevo una semana antes de que él prestara juramento como alcalde. Era más de medianoche.

 No parece usted cansado  dijo la doctora Calvin.

El alcalde electo sonrió.

 Puedo permanecer levantado un buen rato. Pero no se lo cuente a Quinn.

 No lo haré. De todos modos, la historia de Quinn era interesan­te, ya que la menciona. Es una lástima haberla estropeado. Supongo que usted conocía su teoría.

 En parte.

 Era bastante melodramática. Stephen Byerley era un joven abo­gado, un elocuente orador, un gran idealista y tenía un cierto talento para la biofísica. ¿Le interesa la robótica, señor Byerley?

 Sólo en sus aspectos legales.

 A este presunto Stephen Byerley sí le interesaba. Pero ocurrió un accidente. La esposa de Byerley murió y él quedó desfigurado. Perdió las piernas, el rostro y la voz. Parte de su mente quedó... deformada. Se negó a someterse a la cirugía plástica. Se retiró del mundo, abando­nó su carrera legal; sólo le quedaban la inteligencia y las manos. De algún modo pudo obtener cerebros positrónicos, incluso uno complejo, uno que tenía una enorme capacidad para formar juicios en problemas éticos, la función robótica más alta que se haya desarrollado hasta aho­ra. Generó un cuerpo para ese cerebro. Lo adiestró para ser todo lo que él había sido y ya no era. Lo envió al mundo como Stephen Byer­ley, y él se mantuvo como el viejo y lisiado maestro al que nadie veía nunca...

 Lamentablemente, eché abajo esa historia pegándole a un hom­bre. Los periódicos dicen que el veredicto oficial que usted dio es que soy humano.

 ¿Cómo sucedió? ¿Le importará contármelo? No pudo haber sido accidental.

 No lo fue. Quinn hizo la mayor parte del trabajo. Mis hombres comenzaron a propagar la noticia de que yo jamás había pegado a un hombre, que no podía hacerlo, y que al no responder a la provocación

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probaría con certeza que era un robot. Así que preparé una absurda aparición en público, con mucha publicidad, y casi inevitablemente un tonto cayó en la trampa. En esencia es lo que yo llamo un truco de leguleyo; un truco en el que todo depende de la atmósfera artificial que se ha creado. Desde luego, los efectos emocionales me dieron una victoria segura, tal como me proponía.

La robopsicóloga asintió con la cabeza.

 Veo que invade usted mi campo, como todo político debe hacer­lo, supongo. Pero lamento que resultara así. Me agradan los robots. Me agradan mucho más que los seres humanos. Si se pudiera crear un robot capaz de ser un funcionario público, creo que sería el mejor. Debido a las leyes de la robótica, sería incapaz de dañar a los humanos, ajeno a la tiranía, la corrupción, la estupidez y el prejuicio. Y después de haber realizado una gestión decente se marcharía, aunque fuera inmor­tal, porque le resultaría imposible dañar a los humanos permitiéndoles saber que un robot los había gobernado. Sería ideal.

 Sólo que un robot podría ser presa de los defectos congénitos de su cerebro. El cerebro positrónico nunca ha igualado las complejida­des del cerebro humano.

 Tendría asesores. Ni siquiera un cerebro humano es capaz de go­bernar sin ayuda.

Byerley examinó gravemente a Susan Calvin.

 ¿Por qué sonríe, doctora Calvin?

 Sonrío porque el señor Quinn no pensó en todo.

 ¿Se refiere a que podría añadirse algo más a esa historia de Quinn?

 Sólo un poco. Durante los tres meses previos a las elecciones, ese Stephen Byerley del que hablaba el señor Quinn, el tullido, estuvo en la campiña por alguna razón misteriosa. Regresó a tiempo para ese célebre discurso de usted. Y a fin de cuentas lo que el viejo lisiado hizo una vez pudo hacerlo una segunda, particularmente porque el se­gundo trabajo es muy simple en comparación con el primero.

 No entiendo.

La doctora Calvin se levantó y se alisó el vestido, disponiéndose a marcharse.

 Quiero decir que hay un solo caso en que un robot puede golpear a un ser humano sin violar la primera ley. Un solo caso.

 ¿Cuándo?

La doctora Calvin estaba ya en la puerta.

 Cuando el humano a quien golpea es otro robot  dijo en un tono tranquilo y sonrió, con el rostro radiante.  Adiós, señor Byer­ley. Espero votarle dentro de cinco años... para coordinador.

Stephen Byerley se rió entre dientes.

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 Debo decir a eso que, realmente, me parece una idea bastante rebuscada.

La doctora cerró la puerta.

La miré horrorizado.

 ¿Es verdad?

 Totalmente  dijo ella.

 Así que el gran Byerley era simplemente un robot.

 Oh, no hay modo de averiguarlo. Yo creo que lo era. Pero cuando decidió morir se hizo atomizar, así que nunca tendremos pruebas legales fehacientes. Además, ¿cuál sería la diferencia?

 Bueno...

 Usted también tiene ese prejuicio contra los robots, que es muy irra­cional. Fue un excelente alcalde; cinco años después, llegó a coordinador regional. Y cuando las regiones de la Tierra formaron la Federación, en el año 2044, fue el primer coordinador mundial. Para entonces, las máqui­nas dirigían el mundo, de todas formas.

 Sí, pero...

 ¡Sin peros! Las máquinas son robots y dirigen el mundo. Averigüé toda la verdad hace cinco años. Fue en el 2052, cuando Byerley completa­ba su segundo periodo como coordinador mundial...

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LA CARRERA DE LA REINA ROJA

He aquí una adivinanza, si me permiten: ¿Es delito traducir un texto de química al griego?

O digámoslo de otro modo: Si una de las mayores plantas atómicas del país queda totalmente destrozada por un experimento no autoriza­do, ¿alguien que confiesa haber participado en ese acto es un delincuente?

Estos problemas surgieron gradualmente, por supuesto. Comenza­ron con la planta atómica, que se agotó. Se agotó, literalmente. No sé cómo de grande era su fuente de energía fisionable, pero se fisionó en un par de microsegundos.

No hubo explosión ni densidad indebida de rayos gamma. Fue sólo que todas las piezas móviles de la estructura se fundieron. El edificio principal estaba muy caliente. La atmósfera estaba tibia en tres kilóme­tros a la redonda. Sólo quedaba un edificio muerto e inservible, cuyo reemplazo costaría cien millones de dólares.

Sucedió a eso de las tres de la madrugada, y encontraron a Elmer Tywood en la cámara central. Los hallazgos de las veinticuatro vertigi­nosas horas siguientes se pueden sintetizar rápidamente.

1. Elmer Tywood  doctor en filosofía, doctor en ciencias, cate­drático de aquí y miembro honorario de allá, exparticipante juvenil en el proyecto Manhattan y profesor de física nuclear  no era un intru­so. Tenía un pase de clase A: ilimitado. Pero no se halló ninguna docu­mentación que justificara su presencia allí en ese momento. Una mesa sobre ruedecillas contenía utensilios no adquiridos oficialmente. Aque­llo también era una masa fusionada, aunque no se encontraba tan ca­liente como para no tocarla.

2. Elmer Tywood estaba muerto. Yacía junto a la mesa, con el rostro congestionado y casi negro. Sin efectos de radiación. Sin fuerzas externas de ninguna clase. El médico dictaminó apoplejía.

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3. En la caja de caudales de la oficina de Elmer Tywood había dos cosas desconcertantes: veinte hojas grandes de papel con escritos matemáticos y unos folios encuadernados y redactados en un idioma extranjero, que resultó ser griego; la traducción reveló que se trataba de un texto de química.

El secreto que envolvió esa maraña era tan abrumador que mataba todo lo que tocaba. Es el único modo de describirlo. Veintisiete hom­bres y mujeres en total, entre ellos el ministro de Defensa, el ministro de Ciencias y un par de funcionarios tan importantes que eran total­mente desconocidos para el público, entraron en la planta durante la investigación. Todos los que habían estado esa noche en la planta, in­cluidos el físico que identificó a Tywood y el médico que lo examinó, se recluyeron en sus hogares en un virtual arresto domiciliario.

Ningún periódico recibió la historia. Ningún informador la consi­guió. Pocos parlamentarios participaron en ella.

¡Y era lógico! Cualquier persona, grupo o país, que pudiera sorber toda la energía disponible del equivalente de unos cincuenta kilos de plutonio sin hacerlo estallar, tenía la industria y la defensa norteameri­canas tan cómodamente en la palma de la mano que la luz y la vida de ciento sesenta millones de personas se podían extinguir en un san­tiamén.

¿Era Tywood? ¿Tywood y otros? ¿O sólo otros, con la mediación de Tywood?

¿Y mi trabajo? Yo fui un señuelo, el que ponía la cara. Alguien tenía que rondar por la universidad y hacer preguntas sobre Tywood. A fin de cuentas, el hombre había desaparecido. Podía ser amnesia, un asalto, un secuestro, un homicidio, una fuga, demencia, un acciden­te... Lo mismo podría yo trabajar en ello cinco años y atraer miradas hostiles, y tal vez hasta desviar la atención. Claro que no resultó así.

Pero no se crean que estuve en el centro del caso desde el comien­zo. No fui una de las veintisiete personas que mencioné hace un mo­mento, aunque mi jefe sí. Pero yo sabía algo; lo suficiente para empezar.

El profesor John Keyser también enseñaba física. No llegué a él en seguida. Primero tuve que efectuar muchas tareas rutinarias, y del modo más concienzudo posible. Absolutamente inútiles. Absolutamen­te necesarias. Pero me encontraba ya en el despacho de Keyser.

Los despachos de los profesores son inconfundibles. Nadie los lim­pia, excepto una mujer fatigada y que trajina de un lado a otro a las ocho de la mañana, y de todos modos el profesor nunca repara en el polvo. Muchos libros en desorden. Los que se hallan cerca del escrito­rio están muy usados, pues de allí se toman apuntes para las clases. Los más alejados se encuentran donde los dejó un estudiante después de pedirlos prestados. Luego, hay publicaciones especializadas que pa 

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recen baratas, pero son carísimas y aguardan el momento de ser leídas. Y muchos papeles en el escritorio, a veces plagados de garabatos.

Keyser era un hombre de edad. Pertenecía a la generación de Tywood. Tenía una nariz grande y roja y fumaba en pipa, y tenía tam­bién esa mirada plácida y afable que acompaña a un empleo académico, ya sea porque esa clase de trabajo atrae a esa clase de hombres o por­que esa clase de trabajo forja esa clase de hombres.

 ¿En qué trabajaba el profesor Tywood?  pregunté.

 Investigaba en física.

Esas respuestas me dejan impávido, pero hace años me sacaban de quicio.

 Eso ya lo sabemos, profesor  me limité a decir . Pregunto por los detalles.

 Los detalles no le servirán de mucho, a menos que usted sea un investigador en física  replicó paternalmente . ¿Importa eso, dadas las circunstancias?

 Tal vez no. Pero ha desaparecido. Si le ocurrió algo...  Hice un ademán significativo . Si fue víctima de un delito, por ejemplo, tal vez su trabajo tuvo algo que ver. A no ser que sea rico y el motivo esté en el dinero.

Keyser se rió secamente.

 Los profesores universitarios nunca son ricos. La mercancía que vendemos está poco valorada, considerando que la oferta es grande.

Pasé por alto esa observación, pues sé que mi apariencia no me ayuda. Terminé la universidad con un «muy bien», traducido al latín para que el rector pudiera entenderlo, y nunca he jugado un partido de fútbol en mi vida. Pero aparento todo lo contrario.

 Entonces, nos queda su trabajo  sugerí.

 ¿Se refiere usted a espías, a una intriga internacional?

 ¿Por qué no? ¡Ha ocurrido antes! A fin de cuentas es físico nu­clear, ¿o no?

 Lo es. Pero también lo son otros. También lo soy yo.

 Ah, pero tal vez él sepa algo que usted no sabe.

Se le endureció la mandiibula. Cuando los sorprenden despreveni­dos, los profesores se comportan como personas.

 Por lo que recuerdo  dijo envaradamente , Tywood ha publi­cado artículos sobre el efecto de la viscosidad líquida en las alas de la línea Raleigh, sobre ecuaciones de campo de órbita alta y sobre el acoplamiento de la órbita de rotación de dos nucleones; pero su trabajo principal trata de momentos del cuadripolo. Soy muy competente en esas materias.

 ¿Está trabajando en momentos del cuadripolo ahora?

Intenté no pestañear y creo que lo conseguí.

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 Sí, en cierto modo.  Y añadió con tono socarrón : Tal vez esté llegando finalmente a la etapa experimental. Parece ser que ha dedicado toda la vida a elaborar las consecuencias matemáticas de una teoría suya.

 Como ésta  dije, arrojándole una hoja de papel.

Era una de las hojas que estaban en la caja de caudales de Tywood. Posiblemente ese fajo no significara nada, pues a fin de cuentas se tra­taba de la caja de caudales de un profesor. Muchos profesores guardan sus cosas sin pensarlo, sencillamente porque el cajón correspondiente está atiborrado de exámenes sin corregir. Y, por supuesto, nunca sacan nada.
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