Teología para universitarios Índice




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Luis González-Carvajal
ESTA ES NUESTRA FE

Teología para universitarios



Índice



1. El pecado original

¿Un fatal error gastronómico?

En busca del origen del mal

El hombre moral en la sociedad inmoral

El corazón de piedra

Un paraíso que pudo haber sido y no fue

El pecado no tiene la última palabra

2. De Dios se supo a raíz de un conflicto laboral

El Éxodo: Una epopeya que nunca existió

«Libertad de» y «Libertad para»

El segundo Éxodo

El tercer Éxodo

3. La ejecución de Jesús de Nazaret

No es posible escribir una biografía de Jesús

¿Qué decir de los milagros?

Un hombre libre

En las manos de Dios

El silencio de Dios

La confianza a pesar de todo

4. Dios rehabilitó al ajusticiado

¿Qué ocurrió realmente?
El significado
Amenazado de resurrección

5. ¡Era el Hijo de Dios!

Concilio de Calcedonia: Los años no pasan en balde
El misterio íntimo de Jesús
Jesús es un hombre
Jesús es el Hijo de Dios

6. El precio de la redención

Una explicación sombría de la redención
Dios no es un sádico despiadado
No hace falta aplacar a Dios
Lo importante es enderezar al hombre
Es el amor, y no el sufrimiento, quien redime
¿Tiene sentido todavía la mortificación?

7. Oye, Dios, ¿por qué sufrimos?

No es Dios quien produce el sufrimiento
Planteando el problema
No maltratar el misterio
El sufrimiento, un compañero inevitable
El recurso al milagro
Dios no es «todopoderoso» todavía
Líbranos, Señor, de los males pasados

8. Ahora nos queda su Espíritu

Antiguo Testamento: El Espíritu Santo con cuentagotas
Cristo, Señor del Espíritu
Quiero ver el rostro de Dios
Más interior que lo más íntimo mío
Pentecostés es la democratización de la encarnación
Espíritu y liberación

9. Cuando Dios trabaja, el hombre suda

El Dios de los hombres impotentes
Dios es Padre, pero no paternalista
Dios es la fuerza de mi fuerza
El hombre es la providencia de Dios

10. En Cristo adivinamos las posibilidades del hombre

Imagen de Dios
Cuerpo y alma
Apertura al otro
Apertura a Dios
Ecce Homo

11. La fe, ¿conocimiento o sensación de Dios?

Sé de quién me he fiado
De la fe a las creencias
Crisis de fe
La fe del carbonero

12. ¿Quién es un cristiano?

¿Una moral más exigente?
¿Cristianos «malgré lui»?
La lección de teología de un marxista
Lo específico cristiano

13. Hablar con Dios

Cuando los niños rezan
Orar no es nunca negociar con Dios
Oración y vida
Oración y alabanza

14. El cristiano en el mundo

La historia tiene una meta
El mundo está preñado de Reino de Dios
No hay dos historias
Los signos de los tiempos

15. Un cristiano solo no es cristiano: La Iglesia

La Iglesia y el Reino de Dios
El retorno de los revolucionarios a la vida cotidiana
La Iglesia, una comunidad de hermanos
La Iglesia, «casta meretriz»

16. Encontrar a Dios en la vida

A Dios no le gustan los espacios cerrados
La vida hecha liturgia
Un templo de piedras vivas

Un sacerdocio «diferente»
Los sacramentos del cristiano

17. Sacramentos para hacer visible el encuentro con Dios

La vida está llena de sacramentos
Los siete sacramentos
Estructura interna de los sacramentos

Los sacramentos, la magia y el seguimiento de Cristo
La necesidad de los sacramentos

18. El cristiano nace dos veces

Los recién nacidos de Dios
Los dolores del segundo nacimiento
Manos vacías, aunque abiertas
Bautismo y libertad
Bautismo e Iglesia
El bautismo de los niños

19. Una moral sin leyes

Ayer, la casuística
Hoy, la moral de actitudes

El pecado no es tanto una transgresión como una traición
La conciencia es juez de última instancia

Una teología moral que ilumine las situaciones de pecado
Ama y haz lo que quieras
;Feliz culpa!

20. El retorno del que fracasé

La crisis del Sacramento de la Penitencia
Historia del Sacramento del Perdón
El segundo bautismo
El perdón se hace visible
El precio del perdón
El encuentro reconciliador
La confesión frecuente
La fiesta de la reconciliación

21. La eucaristía anticipa un mundo diferente

La cena pascual
La eucaristía hace presente la salvación que «ya» ha llegado
La presencia real de Cristo
La eucaristía recuerda que la plenitud de la salvación “to­ davía no” ha llegado
Importancia política de la eucaristía

22. La «otra» vida

¿Vida después de la vida?

El juicio, una fiesta casi segura

El cielo: Patria de la identidad

La suerte de estar en el purgatorio

«Existe el infierno, pero está vacío»

23. El verdadero rostro de María

La anunciación

Concepción virginal

María y las esperanzas de Israel

María, modelo del discipulado cristiano

María y las mujeres

María y los pobres

Theotokos

Concepción Inmaculada

Asunción

1

El pecado original
Rara es la guerra que no acaba produciendo «hombres-topo», es decir, personas significadas del bando perdedor que. por miedo a las represalias, se encierran de por vida en una habitación a la que una persona de confianza —la única que conoce su presencia— les lleva lo necesario para subsistir. Con frecuencia ocurre que treinta o cuarenta años después de la guerra uno de ellos es descubierto por casualidad, ¡y entonces se entera.., de que no había ningún cargo contra él!

Pues bien, tengo la impresión de que algo parecido ha ocurrido con el dogma del pecado original. Su formulación tradicional —que en seguida vamos a recordar— aparece hoy tan vulnerable que muchos cristianos han hecho de ella una «doctrina-topo», arrinconándola vergonzantemente en el mismo trastero donde tiempo atrás se desterró a los reyes magos, a las brujas y a otros mil recuerdos infantiles.

No obstante, yo abrigo la esperanza de que si nos atrevemos a sacar a la luz del día la presentación que los teólogos actuales hacen del pecado original descubriremos —como en el caso de aquellos «hombres-topo»—— que nuestros contemporáneos no tienen nada contra ella.


¿Un fatal error gastronómico?
Recordemos cómo describía un viejo catecismo el pecado original:
«El cuerpo de Adán y Eva era fuerte y hermoso, y su espíritu era transparente y muy capaz. Gozaban así de un perfecto dominio sobre la naturaleza entera», pero pecaron, y su pecado «ha dañado a todos los hombres, pues a todos los hombres ha pasado la culpa con sus malas consecuencias». «Este pecado se llama pecado hereditario porque no lo hemos cometido nosotros mismos, sino que lo hemos heredado de Adán». «La culpa del pecado ori­ginal se borra en el bautismo, pero algunas de sus con­secuencias quedan también en los bautizados: la enfer­medad y la muerte, la mala concupiscencia y muchos otros trabajos».
Si fueran así las cosas, lo que ocurrió en el paraíso habría sido, desde luego, un «fatal error gastronómico», como dice irónicamente Michael Korda. Pero debemos reconocer que esa interpretación suscita hoy no pocas reservas:

En primer lugar, dada la moderna sensibilidad por la jus­ticia, parece intolerable la idea de que un pecado cometido en los albores de la humanidad podamos heredarlo los hombres que hemos nacido un millón de años más tarde. Quedaría, en efecto, muy mal parada la justicia divina si nosotros compar­tiéramos la responsabilidad de una acción que ni hemos cometido ni hemos podido hacer nada por evitarla. Se entiende que los genes transmitan el color de los ojos, pero ¿quién se atrevería a defender hoy la teoría de Santo Tomás de Aquino según la cual el semen paterno es la causa instrumental físico-dispositiva de transmisión del pecado original 2?

También son muy serias las objeciones que nos plantea la paleontología. ¿En qué estadio de la evolución situaremos esa primera pareja que—según el catecismo— era «fuerte, hermosa, de espíritu transparente y muy capaz»? ¿En el estadio del homo sapiens, una de cuyas ramas sería el hombre de Neandertal? ¿en el del homo erectus, al que pertenecen el Pitecántropo y el Sinántropo? ¿en el del homo habilis, reconstruido gracias a los sedimentos de Oldoway, o tal vez en el estadio del austrolo­pitecus? Es verdad que sobre gustos no hay nada escrito, pero cuando uno contempla las reconstrucciones existentes de todos esos antepasados remotos cuesta admitir la afirmación de los catecismos sobre su hermosura. Y en cuanto a su inteligencia... ¿para qué hablar? Después de Darwin parece imposible defender que los primeros hombres fueron más perfectos que los últimos.

Y lo peor es que también resulta difícil hablar de «una» primera pareja, porque previsiblemente la unidad biológica que evolucionó no era un individuo, sino una «población». Hoy la hipótesis monogenista se ha visto obligada a ceder terreno frente a la hipótesis poligenista. Y eso plantea nuevos problemas al dogma del pecado original. Si hubo más de una primera pareja. ¿cuál pecó? Si fue «la mía», mala suerte; pero si no...

No debe extrañarnos, pues, que el evolucionismo primero y el poligenismo después crearan un profundo malestar entre los creyentes y les indujeran a elaborar retorcidas explicaciones para poder negarlos. Philip Gosse, por ejemplo, propuso la idea de que Dios, con el fin de poner a prueba la fe del hombre, fue esparciendo por la naturaleza todos esos fósiles que en el siglo pasado empezaron a encontrar los evolucionistas.

Todavía Pío XII en la Humani Generis (¡2 de agosto de 1950), pedía a los científicos que investigaran, sí, pero después sometieran los resultados de su investigación a la Santa Sede para que ésta decidiera si la evolución había tenido lugar y hasta dónde había llegado 3.

Hoy no creo que sean muchos los que estén dispuestos a subordinar la ciencia a la fe y, cuando los datos empíricos no encajen en sus creencias, digan: «Pues peor para los datos». Y no porque su fe sea débil, sino porque el Vaticano II ha reco­nocido repetidas veces «la autonomía legítima de la cultura humana, y especialmente la de las ciencias»4.

Así, pues, lo que procede es intentar reformular, a la luz de los nuevos datos que la ciencia nos ha aportado, el dogma del pecado original, que está situado en una zona fronteriza entre la teología y las ciencias humanas.

En busca del origen del mal
Tratemos de reconstruir lo que ocurrió. Los datos bíblicos sobre Adán y Eva proceden únicamente de los tres primeros capítulos del Génesis (las alusiones de Sab 2, 24; Sir 25, 24; 2 Cor 11, 3 y Tim 2, 14 remiten todas ellas a dicho relato sin aportar nada nuevo) y, como es sabido ya, para interpretar co­rrectamente un texto de la Sagrada Escritura es necesario iden­tificar en primer lugar el «género literario» al que pertenece.

Pues bien, el libro del Génesis es uno de los llamados «libros históricos» del Antiguo Testamento, pero esa narración es como un meteorito que, desprendido de los «libros sapien­ciales», ha caído en medio de los históricos. Su estilo no deja lugar a dudas. Sería inútil buscar el «árbol de la ciencia del bien y del mal» en los manuales de botánica. Se trata de un término claramente sapiencial, como lo son los demás elementos de que sc ocupa el relato: la felicidad y la desgracia, la condición humana, el pecado y la muerte; temas de reflexión todos ellos de la Sabiduría oriental.

Así, pues, no podemos acercarnos al pecado de Adán con mentalidad de historiadores, como podríamos hacer con el pe­cado de David, por ejemplo. Es más: «Adán» ni siquiera es un nombre propio, sino una palabra hebrea que significa «hombre» y que, por si fuera poco, suele aparecer con artículo («el hombre»).

No debe extrañarnos que esa narración —que no es his­tórica, sino sapiencial— ignore tanto la evolución de las especies como el poligenismo. Esos tres capítulos del Génesis no resultan de poner por escrito una noticia que hubiera ido propagándose oralmente desde que ocurrieron los hechos. ¡Así es imposible cubrir un lapso superior al millón de años! Tampoco cabe pensar que estamos ante un relato para mentes primitivas escrito por un autor que personalmente estaba «mejor informado» que sus contemporáneos por haber tenido una visión milagrosa de lo que aconteció.
Además, carece de sentido esperar que los autores bíblicos respondan a problemas de nuestra época —como los referentes al origen de la humanidad— que eran totalmente desconocidos para ellos. Lo que sí debemos buscar, en cambio, son las res­puestas que daban a problemas comunes entre ellos y nosotros porque así, en vez de acentuar los aspectos anacrónicos de la Escritura, captaremos su eterna novedad.

Pues bien, el autor de esos capítulos se plantea un tema clásico de la literatura sapiencial que además es de palpitante actualidad: ¿Por qué hay tanto mal en el mundo que nos ha tocado vivir? «¡Oh intención perversa! ¿De dónde saliste para cubrir la tierra de engaño?» (Sir 37, 3). Y dará una respuesta original, que contrasta llamativamente con las que ofrecen las religiones circundantes.

Algunas de esas religiones daban por supuesto que. si Dios es el creador de todo, tuvo que haber creado también el mal. Por ejemplo, el poema babilónico de la creación cuenta que fue la diosa Ea quien introdujo las tendencias malas en la humanidad al amasar con la sangre podrida de un dios caído, Kingú, el barro destinado a modelar al hombre 5.

En cambio otras religiones, para salvaguardar la bondad de Dios, se ven obligadas a suponer a su lado una especie de «anti-Dios» que creó el mal. Por ejemplo, en la religión de Zaratustra la historia del mundo es entendida como la lucha entre los dos principios opuestos del bien y del mal —Ohrmazd y Ahriman6—, igualmente originarios y poderosos -
Daría la impresión de que no cabe ninguna otra alternativa:

O hay un solo Dios que ha creado todo (el bien y el mal) o bien Dios ha creado sólo el bien pero entonces tiene que existir otro principio originario para el mal, una especie de «anti-dios». Pues bien, nuestro autor rechaza ambas explicaciones. El mal no lo ha creado Dios, pero tampoco procede de un «anti-dios», sino que el mismo hombre lo ha introducido en el mundo al abusar de la libertad que Dios le dio. Lo que ocurre es que el autor bíblico pertenecía a una cultura narrativa y no se expresaba con esos términos abstractos. Igual que Jesús enseñaba mediante parábolas, él transmitirá su mensaje mediante una narración.

Esa narración es el relato de la creación del mundo en siete días que conocemos desde niños (Gen 1). Para afirmar que existe un principio único, dice que Dios creó todo, incluso el sol y la luna que en otros pueblos tenían consideración divina. Y para dejar claro que, a pesar de haber creado todo, no creó el mal, cada día de la creación concluye con el estribillo famoso de «vio Dios lo que había hecho, y estaba bien». En cambio más adelante se dirá que «Dios miró la tierra y he aquí que estaba toda viciada» (Gen 6, 12). Para explicar el tránsito de una situación a otra se intercala entre ambas el relato del pecado de Adán y Eva. No es una crónica histórica del pasado, sino una «reconstrucción» —un «relato etiológico» lo llaman los escri­turistas— de lo que al principio tuvo que suceder.

Evidentemente, cuando se analiza con detenimiento la so­lución propuesta, vemos que está más claro lo que niega (el mal no lo ha creado Dios, pero tampoco un segundo principio distinto de Dios) que lo que afirma (el mal lo ha introducido el hombre abusando de su libertad), porque cabría preguntarse: Y, ¿por qué el hombre abusó de su libertad, si fue creado bueno por Dios? El recurso a Satanás, que a su vez sería un ángel caído (cfr. 2 Pe 2, 4; Jds 6), sólo traslada la pregunta un poco más atrás: ¿Por qué pecaron los ángeles, si habían sido creados bue­nos por Dios?

San Agustín ya se hacía esa pregunta: «¿Quién depositó esto en mí y sembró en mi alma esta semilla de amargura, siendo hechura exclusiva de mi dulcísimo Dios? Si el diablo es el autor. ¿de dónde procede el diablo? Y si éste se convirtió de ángel bueno en diablo por su mala voluntad, ¿de dónde le viene a él la mala voluntad por la que es diablo, siendo todo él hechura de un creador bonísimo’?»7.

De modo que el autor bíblico deja en el misterio el origen absoluto, metafísico, del mal —la Escritura no tendrá reparo en hablar del «mysterium iniquitatis» (2 Tes 2, 7)—, pero no así el origen del mal concreto que había en su tiempo: Este lo habían introducido los hombres del pasado a través de una inevitable y misteriosa solidaridad.
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