4 Calendarios y números 46




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Índice

Prólogo: La masonería ante la historia 9

1. Orígenes medievales de la masonería 13

1. Los constructores de catedrales y la logia 14
2. Estatutos 15
3. Patronos protectores y Gran Arquitecto del Universo 17
4. Los francmasones 19
5. Iniciación masónica 20
6. Símbolos 22

2. De la masonería operativa a la especulativa 25
1. Nacimiento de la masonería moderna 25
2. Constituciones de Anderson 28
3. La masonería no es una religión 29
4. Juramento y secreto 31
5. La masonería en el siglo XVIII 32
6. Escuela de formación humana 34

La masonería, sociedad iniciática 37
1. Ritos y grados 38
2. Aprendiz, compañero y maestro 40
3. Edad 46
4 Calendarios y números 46

3. 1.Entre la nueva sociabilidad y la tradición 49
2. La masonería entre la ilegalidad, la ilicitud y la clandestinidad 51
3. Problemas jurídico-eclesiales 52
4. Las reuniones de masones 54
5. Sospechosos de herejía 56
6. Invocación al brazo secular 57
7. Clero masón 59

5. El siglo xix y las nuevas masonerías 63
1. Masonería anglosajona y masonería latina 63
2. El problema de Dios en la masonería 65
3. Unidad en la diversidad 66
4. Presencia de la mujer 67
5. Liberalismo y sociedades secretas 69
6. El trono y el altar 71
7. Inquisición y masonería 72
8. Los masones juzgan a la Inquisición 74
9. Las logias Lautaro 76
1<).Libertadores y mito nacional 78

6. La condena de la Iglesia católica 83
1. La enseñanza laica 83
2. El anticlericalismo 86
3. La cuestión romana 88
4. Pío IX contra la masonería 89
5. León XIII. récord antimasónico 90
6. Impacto de la Iloníanurn genus 92
7. El canon 2335 95
8. Satanismo y masonería 96
9. El Concilio antimasónico de Trento 98

7. Masonería y republicanismo 101
1. Masonería y burguesía reformista 101
2. Masonería revolucionario-monárquica 102
3. Libertades democráticas 103
4. Fraternidad masónica 104
5. Republicanismo frente a Restauración 105
6. Masonería y república federal 107
7. Masonería y Segunda República española 108

8. La masonería en el siglo xx 113
1. Asociaciones antimasónicas 113
2. Judaísmo y masonería 114
3. La leona del complot 116
4. Comunismo y masonería 119
5. La Tercera Internacional 121
6. Fascismo y masonería 122
7. Leyes antimasónicas 124
8. Franco y la masonería 126
9. Los casos de Petan y Hitler 128

9. La otra masonería 133
1. Panteón de masones ilustres 133
2. Masonería y pacifismo 137
3. Masonería y Cruz Roja 139
4. Las tres culturas 142

lO. Masonería y derechos del hombre 145
1. La primera Liga Española para la Defensa de los Derechos del
Hombre 147
2. El Comité Nacional y los masones 148
3. Campaña a favor de Unamuno 150
4. la pena dc muerte 151
5. La Primera Guerra Mundial y la Sociedad de Naciones 153

11. Masonería y cuestión social 157
1. Burguesía y masonería 157
2. Masonería y Primera Internacional 158
3. Masones y obreros 161
4. Cuestión social 162
5. El lº de Mayo: Fiesta del Trabajo y Fiesta de la Razón 164
6. Trabajo y Capital 168
7. Desigualdad de clases 171
8. Propiedad social de la tierra 172
9. Proudhon. Le Blanc. Bakunin y Ferrer y Guardia 173
10.Logias para obreros 176

Epílogo: ¿Qué es la masonería? 181

Materiales

A. Cronología 189
13. Textos y documentos 205
U. Glosario 239
D. Bibliografía 247
E. Índice analítico 253


Prólogo

La masonería ante la historia

La masonería es un fenómeno histórico que está presente cons­tantemente a lo largo de estos tres últimos siglos. Y, sin embargo, pocos temas, incluso hoy día, se manifiestan tan polémicos y con­trovertidos. Es curioso constatar que cuando aparece en una con­versación, tertulia o conferencia, la reacción inmediata es una toma de posición en no pocos casos apasionada. Ya en 1923, en la revista masónica española Latomía, acusaban este defecto y afir­maban que si los ataques eran triviales, las apologías no pasaban de medianas. De ahí que ante la falta de una auténtica historia de la masonería, pedían que se prescindiera de afirmaciones dudosas y de hechos incomprobados una historia descargada de mitos y limpia de tesis aventuradas, y sobre todo escrita con verdad.
Lo cierto es que hasta hace poco, la masonería era algo que se desconocía en España, aunque se hablaba mucho de ella. El fa­moso «contubernio judeo-masónico-comunista» llegó a hacerse familiar, si bien muy pocos sabían de hecho lo que significaba o intentaba camuflar. La masonería se había convertido en un re­curso fácil sobre el que echar la culpa de todo lo malo, tanto en el terreno político, como en el religioso, social, e incluso histórico.

Hoy día —y en especial desde la creación del Centro de Estudios Históricos de la Masonería Española, con sede en la Universidad de Zaragoza— ya empiezan a ser numerosas las publicaciones que se ocupan con criterio histórico y objetivo de esta asociación más discreta que secreta, a pesar de que la Real Academia de la Lengua la haya definido en 1979 como una «asociación secreta de personas que profesan principios de fraternidad mutua, usan emblemas y signos especiales y se agrupan en entidades llamadas logias», definición que vino a sustituir la que —quizá excesiva­mente simplista — se recogía en el Diccionario de la misma Real Academia, donde la masonería se definía como una «asociación Secreta en que se usan varios símbolos tomados de la albañilería, como escuadras, niveles, etc.».
Pero. ¿es en realidad secreta?. ¿su fraternidad es exclusiva?. ¿cuál es la ideología o el credo masónico? Y, sobre todo, ¿cuál su ver­dadero impacto en nuestra historia?, ¿hasta dónde llega el mito, y dónde empieza la realidad? Se habla poco de la masonería me­dieval operativa, constructora de catedrales. y se ha novelado de­masiado sobre la nueva masonería especulativa o filosófica naci­da en 1717. Se insiste mucho en el anticlericalismo masónico y a veces se olvida el antimasonismo clerical. Se repite hasta la sa­ciedad la vinculación masónica de los próceres de la independen­cia de la América española, en especial la de Bolívar, olvidando que en 1828 el mismo Bolívar prohibió la masonería en Bogotá. Se confunden logias patrióticas, o si se prefiere se identifican las sociedades patrióticas con las sociedades secretas y a éstas, sin más, con la masonería. Se ha equiparado la masonería con el co­munismo, cuando, hasta la reciente perestroika, los únicos países donde estaba prohibida y perseguida la masonería eran precisa­mente los comunistas.
Nos movemos, pues, en un terreno polémico y resbaladizo, en muchos casos por hacer, donde los datos y las contradicciones son frecuentes tanto en los apologistas de la masonería como en sus detractores. La masonería, que cuenta hoy en todo el mundo con más de cinco millones de miembros, a la que han perteneci­do y pertenecen grandes figuras del campo de la historia mun­dial, de la milicia, de la política, de la ciencia, etc., sigue siendo en gran medida algo desconocido y misterioso —cuando no tenebroso para el gran público. Frente a una asociación iniciática, filantrópica y cultural, conocida y respetada en no pocas nacio­nes como Inglaterra, Estados Unidos, Canadá, Australia, Holan­da, Alemania, Suecia, etc., donde son públicos sus miembros y sus obras, en otros países más típicamente latinos la sola palabra masonería ya es casi sinónimo de mal o insulto. Viene a ser una materialización de los poderes de las tinieblas, algo demoníaco e infernal.
La masonería no es un partido político, ni un sindicato; tampoco es una religión, ni una secta, y ni siquiera es, en la actualidad, una sociedad secreta, aunque, naturalmente, tenga sus secretos como cualquier otra institución. Por supuesto, tampoco tiene nada que ver con toda esa serie de leyendas con las que en algu­nos países, como el nuestro, se la ha rodeado.
Las páginas que siguen pretenden acercamos a esta parte de la historia, no por ignorada menos interesante y real.

1. Orígenes medievales de la masonería

Si nos atuviéramos a lo que ciertos escritores han dicho sobre el particular, nos encontraríamos con más de cuarenta opiniones di­versas sobre el origen de la masonería. Desde las que hacen fun­dadores de la misma a Adán, Noé, Enoch, Moisés, Julio César, Alejandro Magno, Jesucristo, Zoroastro, Confucio, etc., hasta los que atribuyen dicha paternidad a los jesuitas, rosa-cruces, tem­plarios, judíos..., pasando por los magos, maniqueos, albigenses, esenios, terapeutas, etc.

Sin embargo la realidad, y en este caso la verdadera historia, es mucho más sencilla. Las sociedades del orden que sea, reli­giosas, políticas, profesionales, económicas o comerciales. obser­vaban antaño un ritual durante sus reuniones tenían símbolos, programas y palabras de orden o contraseñas. En la Antigüedad desde la Edad Media, normalmente lo que se aprendía se tenía escon­dido. Así se comprende por qué era tan difícil, si no imposible, pasar de una clase a otra, o incluso cambiar de oficio. Estas aso­ciaciones o sociedades correspondían a grupos o categorías socia­les, y unos y otras, por interés o por miedo, solían guardar celosamente sus secretos. Asociaciones semejantes se formaron en todos los cuerpos de oficios. Y asociaciones de este tipo han exis­tido siempre, y siguen existiendo en nuestros días, con gran va­riedad de colores, matices e ideologías, tanto políticas como reli­giosas.

1. Los constructores de catedrales y la logia
Pero pocos gremios del Medievo tuvieron tanto influjo y reper­cusión en la historia posterior como el de los constructores, hoy día señalado de forma inequívoca como originario de aquella ma­sonería operativa, que posteriormente, a comienzos del siglo XVIII, daría paso a la actual masonería especulativa, tan distinta en sus fines, pero tan igual en sus ritos y ceremonias de iniciación, en su nomenclatura y organización.

El gremio de los albañiles era uno de los mejor organizados y mas exclusivos de la Edad Media. Alcanzar el puesto de maestro albañil equivalía a convertirse en una de las figuras más impor­tantes del país. En Europa existió en varias formas una organiza­ción sumamente desarrollada de este oficio.

En sus orígenes, la logia parece haber servido para designar a la vez un lugar geográfico y un tipo de organización. Es decir, por una parte, el lugar donde los obreros trabajaban, descansaban y comían, y por otra, bien el grupo de masones que trabajaban en una obra concreta o el conjunto de masones de una ciudad.

La logia era un obrador y un refugio y, en ocasiones, podía ser incluso un edificio permanente. De ordinario era una casa de ma­dera o piedra donde los obreros trabajaban al abrigo de la intemperie, pudiendo contener de doce a veinte canteros. En realidad, desde el punto de vista laboral, era una oficina de trabajo provis­ta de mesas o tableros de dibujo, en la que había un suelo de yeso para trazar los detalles de la obra. Desde el punto de vista admi­nistrativo, la logia era también un tribunal, en el que el grupo de hombres que en ella se reunía estaba bajo la autoridad del maes­tro albañil, quien mantenía la disciplina y aplicaba las normas del oficio de la arquitectura.

La construcción de grandes edificios públicos establecía víncu­los de estrecha relación entre los artistas y los operarios duran­te el largo lapso de tiempo en que habían de convivir. Y así sur­gía una comunidad de aspiraciones estable y un orden necesario por medio de una subordinación completa e indiscutible. La co­fradía de los canteros estaba formada por aquellos operarios há­biles que abarcaban, por una parte, los obreros encargados de pulimentar los bloques cúbicos y. por otra, los artistas que los ta­llaban y los maestros que eran los que dibujaban los planos.

Allí donde se acometían obras de alguna importancia se cons­truyeron logias, y a su alrededor habitaciones convertidas en co­lonias o conventos, ya que los trabajos de edificación duraban varios años. La vida de estos trabajadores estaba reglamentada por estatutos, cuyo fin principal era lograr una concordia completamente fraternal, porque para realizar una gran obra era in­dispensable que convergiera la acción de las fuerzas unidas.

De ahí la importancia de los primitivos rituales dirigidos a conseguir de los neófitos una verdadera iniciación a la vez pro­fesional y espiritual. Basta recordar hasta qué punto la religión penetraba e inspiraba todos los gestos de la vida. Y los que tenían por misión levantar sobre el suelo de la cristiandad iglesias, monasterios y catedrales, debían, más que los demás, añadir a la destreza técnica un espíritu honesto y un alma verdaderamen­te iluminada por la fe. Destreza y fe, no exentas de libertad para criticar los abusos, excesos y faltas que dichos masones operativos veían en algunos miembros del clero de la época, y que de una forma tan magnífica plasmaron esencialmente en los famosos juicios finales de no pocas portadas de las catedrales europeas, como símbolo y testimonio de una fe sincera no incompatible con el espíritu libre y crítico de los creyentes escandalizados de las contradicciones de ciertos clérigos, obispos e incluso papas.

2. Estatutos
El Canónigo Grandidier, uno de los mejores y más antiguos historiadores de la catedral de Estrasburgo, en su ensayo histórico y topográfico de dicha iglesia—catedral da un resumen de los estatu­tos de los canteros medievales:

Enfrente de la Catedral y del Palacio Episcopal existe un edificio contiguo a la capilla de Santa Catalina. Este edificio es el Maurer-Hoff el taller de los masones (albañiles) y canteros de la catedral. Su origen data de una antigua confraternidad de masones libres de Alemania.

Esta confraternidad, compuesta de maestros, compañeros y aprendices, poseía una jurisdicción particular, independiente del cuerpo de los otros ma­sones. La sociedad de Estrasburgo abarcaba a todas las de Alemania. Tenía su tribunal en la logia, y juzgaba sin apelación las causas, que eran tratadas según las reglas y estatutos de la confraternidad.

Los miembros de esta Sociedad no tenían comunicación alguna con los otros masones, que solamente sabían emplear el mortero y la paleta (art. 2). Su principal trabajo consistía en el diseño de edificios y en la talla de las pie­dras, lo que consideraban como un arte muy superior al de los otros ma­sones. La escuadra, el nivel y el compás, se convirtieron en sus atributos y símbolos característicos. Resueltos a formar un cuerpo independiente de la masa de obreros, imaginaron entre ellos palabras de contraseña, y toques para distinguirse. A esto llamaban la consigna verbal, el saludo, la contrase­ña manual. Los aprendices, los compañeros y los maestros eran recibidos con ceremonias particulares y secretas. El aprendiz elevado al grado de com­pañero prestaba juramento de no divulgar jamás de palabra o por escrito las palabras secretas del saludo (art. 55). Estaba prohibido a los maestros, así como a los compañeros, instruir a los extranjeros en los estatutos constituti­vos de la masonería (art. 13).

El deber de cada maestro de las logias era conservar escrupulosamente los libros de la Sociedad, a fin de que nadie pudiera copiar de ellos los regla­mentos (art. 23). Tenía el derecho de juzgar y castigar a todos los maestros, compañeros y aprendices establecidos en su logia (Arts. 22 y 23). El aprendiz que quería llegar a compañero era propuesto por un maestro que, como pa­drino, daba testimonio de su vida y de sus costumbres (art. 65). Prestaba ju­ramento de obedecer todos los reglamentos de la Sociedad (arts. 56 y 57). El compañero estaba sometido al maestro hasta un tiempo fijado por los es­tatutos, que era de cinco a siete años (arts. 43 y 45). Entonces podía ser ad­mitido a la Maestría (arts. 7 y 15). Todos aquellos que no cumplían los debe­res de su religión, que llevaban una vida libertina o poco cristiana, o que eran reconocidos infieles a sus esposas, no podían ser admitidos en la Sociedad o eran expulsados de ella, con prohibición a todo maestro o compañero de te­ner ningún trato con ellos (arts. 16 y 17). Ningún compañero podía salir de la logia o hablar sin permiso del maestro (arts. 52 y 54). Cada logia tenía una caja: allí se ponía el dinero que los maestros y compañeros daban en su re­cepción. Este dinero era empleado para las necesidades de los cofrades po­bres o enfermos (arts. 23 y 24).

Al igual que en Estrasburgo. existían importantes logias en Berna, Colonia, Viena, Zúrich y Ratisbona, cuyos jefes eran re­conocidos como jueces supremos de las sociedades autónomas, compuestas de maestros, aprendices y compañeros, siendo el maestro de la logia principal de la catedral de Estrasburgo el en­cargado de juzgar y resolver las diferencias surgidas entre los afi­liados. De hecho, pues —y aquí radica la importancia del descu­brimiento de Grandidier—, en todo el imperio, y en realidad, más allá de éste, existió una amplia jurisdicción bajo la autoridad del maestro de la logia de Estrasburgo, con zonas subordinadas, regi­das desde Berna, Colonia, Viena y Ratisbona, cuyo dominio se extendía a toda Hungría, así como a los ducados austriacos. Tras la ocupación de Estrasburgo por Luis XIV, la logia quedó aislada de las demás. Las de Colonia y Viena fueron disueltas en 1707.
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