Tratado Contra el Método Paul Feyerabend Editorial Tecnos, 1975 (Fragmento) introduccion




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Tratado Contra el Método

Paul Feyerabend


Editorial Tecnos, 1975

(Fragmento)

INTRODUCCION


*En la actualidad hay sobre todo orden, donde no hay nada, es una deficiencia aparente.

B. Brecht



La ciencia es una empresa esencialmente anarquista; el anarquismo teórico es más humanista y más adecuado para estimular el progreso que sus alternativas basadas en la ley y en el orden.

El presente ensayo ha sido escrito con la convicción de que el anarquismo, que tal vez no constituye la filosofía política más atractiva, es sin embargo una medicina excelente para la epistemología y para la filosofía de la ciencia.

No es difícil descubrir la razón de ello.

La historia en general, y la historia de las revoluciones en particular, es siempre más rica en contenido, más variada, más multilateral y más viva e ingeniosa de lo que incluso el mejor historiador y el mejor metodólogo pueden imaginar1 .
Nota: Para algunos comentarios referentes al uso del término ‘anarquismo’ cf. nota 12 a pie de página, y el capítulo 16, texto correspondiente a notas 244 ss.

La historia está repleta de ‘accidentes y coyunturas, y curiosas yuxtaposiciones de eventos2. Esto nos demuestra la ‘complejidad del cambio; humano y el carácter impredictible de las ultimas consecuencias de cualquier acto o decisión de los hombres. Vamos a creer realmente que las simples e ingenuas reglas que los metodólogos tienen por guía sean capaces de explicar tal laberinto de interacciones?3.Y no esta claro que una participación satisfactoria en un proceso de este tipo solo será posible para quien sea oportunista sin contemplaciones y no se encuentre comprometido con ninguna filosofía particular, y para quien adopte cualquier procedimiento que parezca apropiado a la situación?
De hecho, tal es la conclusión a la que han llegado inteligentes y sesudos observadores. ‘Dos conclusiones prácticas muy importantes se siguen de este [carácter del proceso hist6rico], escribe Lenin4, a continuación del pasaje que acabo de citar. Primera, que para llevar a cabo su tarea, la clase revolucionaria [i. e. la clase de aquellos que quieren cambiar o bien una parte de la sociedad, tal como la ciencia, o la sociedad en general] debe ser capaz de dominar, todas las formas y aspectos de la actividad social sin excepción [debe ser capaz de entender, y aplicar, no solo una metodología particular, sino cualquier metodología y cualquier variante de ella que pueda imaginar]...; segunda, [la clase revolucionaria]
Buenos Aires. 1%5). Lenin se dirige a los partidos y a las vanguardias revolucionarias y no a los científicos y metodólogos. La lección es, no obstante, la misma. Cf. nota 5.

debe estar preparada para pasar de una a otra de la manera más rápida e inesperada’. ‘Las condiciones externas’, escri­be Einstein5, ‘que se manifiestan por medio de los hechos experimentales, no le permiten al científico ser demasiado estricto en la construcción de su mundo conceptual mediante la adhesi6n a un sistema epistemológico. Por eso debe aparecer ante el epistemólogo sistemático como un oportunista sin escrúpulos...’. Un medio complejo que abarca desarrollos sorprendentes e imprevisibles exige procedimientos complejos y desafía el análisis basado en reglas establecidas de antemano y que no tienen en cuenta las condiciones, siempre cambiantes, de la historia.

Desde luego, es posible, simplificar el medio en el que trabaja un científico simplificando a sus principales actores. La historia de la ciencia, después de todo, no consta de hechos y de conclusiones derivadas de los hechos. Contiene también ideas, interpretaciones de hechos, problemas creados por interpretaciones conflictivas, errores, etc. En un análisis más minucioso se descubre que la ciencia no conoce ‘hechos desnudos’ en absoluto, sino que los ‘hechos’ que registra nuestro conocimiento están ya interpretados de alguna forma y son, por tanto, esencialmente teóricos. Siendo esto así, la historia de la ciencia será tan compleja, caótica y llena de errores como las ideas que contiene, y a su vez, estas ideas serán tan complejas, caóticas, llenas de errores y divertidas como las mentes de quienes las han inventado. De modo inverso, un ligero lavado de cerebro conseguirá convertir la historia de la ciencia en algo más insípido, más simple, más informe, más ‘objetivo’ y más fácilmente accesible a un planteamiento por reglas estrictas e incambiables. La educaci6n científica, como hoy día se entiende, apunta exactamente a este objetivo. Tal educaci6n simplifica la ‘ciencia’ simplificando a sus participantes: en primer lugar se define un dominio de investigación. A continuación, el dominio se separa del resto de la historia (la física, por ejemplo, se separa de la metafísica y de la teología) y recibe una ‘lógica’ propia. Después, un entrenamiento complete en esa lógica condicionada a quienes trabajan en dicho dominio. Con ello se consigue que sus acciones sean más uniformes y al mismo tiempo se congelan grandes partes del proceso histórico. ‘Hechos’ estables surgen y se mantienen a pesar de las vicisitudes de la historia. Una parte esencial del entrenamiento que posibilita la aparici6n de tales hechos consiste en el intento de inhibir las intuiciones que pudieran Ilevar a hacer borrosas las fronteras. La religión de una persona, por ejemplo, o su metafísica, o su sentido del humor (su sentido del humor natural, no esa especie de hilaridad, ingénita y casi siempre nauseabunda que se encuentra en las profesiones especializadas) no deben tener el más mínimo contacto con su actividad científica. Su imaginación queda restringida, e incluso su lenguaje deja de ser el suyo propio6. Esto se refleja, a su vez, en el carácter de los ‘hechos’ científicos, que se experimentan como si fueran independientes de la opinión, creencia, y del trasfondo cultural.

Resulta así posible crear una tradición que se sostenga por medio de reglas estrictas, y que alcance además cierto éxito. Pero ¿es deseable apoyar una tal tradición en la exclusión de cualquier otra cosa?, ¿deberían transferirse a ella todos los derechos para que se ocupe del conocimiento, de forma que cualquier resultado obtenido por otros métodos sea inmediatamente excluido de concurso? Tal es la cuestión que intento plantear en el presente ensayo. Mi respuesta será un firme y rotundo NO.

Existen dos razones por las que mi respuesta parece ser adecuada. La primera consiste en que el mundo que deseamos explorar es una entidad en gran medida desconocida. Debemos por tanto mantener abiertas nuestras opciones y no restringirlas de antemano. Las prescripciones epistemológicas pueden resultar brillantes al compararlas con otras prescripciones epistemológicas, o con principios generales ¿Pero quien garantiza que constituyan el mejor camino para descubrir, no ya unos cuantos ‘hechos’ aislados, sino ciertos secretes profundos de la naturaleza? La segunda razón estriba en que una educación científica tal y como la descrita antes (y como se imparte en nuestras escuelas) no puede reconciliarse con una actitud humanista. Está en conflicto ‘con el cultivo de la individualidad que es lo único que produce, o puede producir, seres humanos bien desarrollados; dicha educación ‘mutila por compresión, al igual que el pie de una dama china, cada parte de la naturaleza humana que sobresalga y que tienda a diferenciar notablemente a una persona del patrón de los ideales de racionalidad establecidos por la ciencia, o por la filosofía de la ciencia. El intento de aumentar la libertad, de procurar una vida plena y gratificadora y el correspondiente intento de descubrir los secretos de la naturaleza y del hombre implican, por tanto, el rechazo de criterios universales y de todas las tradiciones rígidas. (Ciertamente, también implican el rechazo de una gran parte de la ciencia contemporánea).

Es sorprendente comprobar cuan rara vez ha sido analizado por anarquistas profesionales el efecto embrutecedor de ‘las Leyes de la ‘Razón’ o de la practica científica. Los anarquistas profesio­nales se oponen a cualquier tipo de restricción y piden que se permita al individuo desarrollarse libremente, desembarazado de leyes, obligaciones o deberes. Y sin embargo aceptan sin protesta alguna todos los rígidos criterios que científicos y lógicos imponen a la investigación y a toda actividad que produzca conocimiento o lo cambie. A veces, las leyes del método científico, o aquello que un escritor particular concibe como leyes del método científico, han sido insertadas en el mismo anarquismo. ‘El anarquismo es una concepción del mundo que se basa en una explicación mecánica de todos los fenómenos’, escribe Kropotkin7. Su método de investigación es el de las ciencias naturales exactas... el método de inducción y deducción’. ‘No esta nada claro’, escribe un profesor moderno ‘radical’ de Columbia8, ‘que la investigación científica exija una libertad absoluta de palabra y de debate. Por el contrario, la evidencia sugiere que ciertos tipos de esclavitud no suponen ningún obstáculo en el camino de la ciencia...’

Ciertamente existen personas para quienes esto ‘no esta nada claro’. Empecemos, pues, con nuestro esbozo de una metodología anarquista y correspondientemente de una ciencia anarquista9. No hay nada que nos obligue a temer que la disminución del interés por la ley y el orden por parte de la ciencia y de la sociedad, que caracteriza a un anarquismo de este tipo, conduzca al caos. El sistema nervioso del hombre esta demasiado bien organizado para que suceda esto10. Puede llegar una época en que sea necesario conceder a la raz6n una preponderancia transitoria y en la que resulte aconsejable defender sus reglas con exclusión de todo lo demás. No creo que hoy estemos viviendo en semejante época.
Lo anterior se demuestra tanto par un examen de episodios históricos como por un análisis abstracto de la relación entre idea y acción. El único principio que no inhibe el progreso es: todo sirve.

La idea de un método que contenga principios firmes, inalterables y absolutamente obligatorios que rijan el quehacer científico tropieza con dificultades considerables al ser confrontada con los resultados de la investigación histórica. Descubrimos entonces. que no hay una sola regla, por plausible que sea, y por firmemente basada que esté en la epistemología, que no sea infringida en una ocasión u otra. Resulta evidente que esas infracciones no son sucesos accidentales, que no son consecuencia de una falta de conocimiento o de atención que pudiera haberse evitado. Por el contrario, vemos que son necesarias para el progreso. En realidad, uno de los rasgos más llamativos de las recientes discusiones en historia y filosofía de la ciencia consiste en la toma de conciencia de que sucesos y desarrollos, tales como el descubrimiento del atomismo en la antigüedad, y la Revolución Copernicana, el surgimiento del atomismo moderno (Teoría cinética, Teoría de la dispersión, estereoquímica, Teoría cuántica), o la emergencia gra­dual de la Teoria ondulatoria de la luz, solo ocurrieron o bien porque algunos pensadores decidieron no someterse a ciertas reglas ‘obvias’ o porque las violaron involuntariamente.

Esta practica liberal, repito, no constituye solo un mero hecho de la historia de la ciencia, sino que es razonable y absolutamente necesaria para el desarrollo del conocimiento. Para decirlo de manera mas especifica, puede demostrarse lo siguiente: dada cualquier regla por muy ‘fundamental’ o ‘necesaria’ que sea para la ciencia, siempre existen circunstancias en las que resulta aconseja­ble no sólo ignorar dicha regla, sino adoptar su opuesta. Por ejemplo, hay circunstancias en las que es aconsejable introducir elaborar y defender hipótesis ad hoc, o hipótesis que contradicen resultados experimentales bien establecidos y generalmente aceptados, o hip6tesis cuyo contenido es menor que el contenido de las alternativas existentes empíricamente adecuadas, o hipótesis autoinconsistentes, etcétera11.

Hay incluso circunstancias —y ocurren con bastante frecuencia— en las que la argumentación pierde su prometedor aspecto o se convierte en un obstáculo para el progreso. Nadie estaría dispuesto a afirmar que la educación de los niños consiste exclusivamente en una materia de argumentaci6n (aunque la argumentación puede entrar en ella y debería entrar en mayor medida de lo que es habitual), y casi todos coinciden ahora en que lo que parece un resultado de la razón —el dominio de un lenguaje, la existencia de un mundo perceptual ricamente articulado, la habilidad lógica— se debe en parte a la enseñanza y en parte a un proceso de crecimiento que se desarrolla con la fuerza de una ley natural. Y donde los argumentos parecen tener efecto, éste se debe más a menudo a su repetición física que a su contenido semántico.

Después de admitir todo esto, hemos de aceptar también la posibilidad de crecimiento no-argumentativo en el adulto así como en (las partes teóricas de) instituciones tales como la ciencia, la religión, la prostitución, etc. Ciertamente no podemos dar por supuesto que lo que es posible para un niño —adquirir nuevos modos de conducta a la más ligera provocaci6n, introducirse en ellos sin esfuerzo aparente— está más allá del alcance de los mayores. Mas bien debería esperarse que los cambios catastr6ficos del contorno físico, las guerras, el colapso de los sistemas de moralidad imperante, o las revoluciones políticas, habrán de transformar también los modelos de reacción del adulto, incluidos importantes modelos de argumentación. Esta transformación puede ser también un proceso completamente natural, y la única función de la argumentación racional quizás radique en aumentar la tensión mental que precede y causa la explosión de la conducta.

Ahora bien, si son los eventos, no necesariamente los argumentos, la causa de que adoptemos nuevos criterios, incluyendo formas nuevas y más complejas de argumentación, no es cierto que los defensores del status quo tendrán que aducir no solo contra-argumentos, sino además causas contrarias? (‘La virtud sin el terror es ineficaz’, dice Robespierre). Y si las viejas formas de argumentación resultan demasiado débiles para constituir una cau­sa, ¿no deberán estos defensores o bien abandonar, o bien recurrir a medios más fuertes y mas ‘irracionales’? (Es muy difícil, y tal vez completamente imposible combatir los efectos del lavado de cerebro por medio de argumentos). Incluso el racionalista más puritano se verá forzado entonces a dejar de razonar y a emplear la propaganda y la coerción, no porque alguna de sus razones haya dejado de ser válida, sino porque hayan desaparecido las condiciones psicológicas que las hacen eficaces y capaces de influir en los otros. ¿,Y cual es la utilidad de un argumento que deja a la gente impertérrita?

Por supuesto, el problema nunca se plantea exactamente de esta forma. La enseñanza de criterios y su defensa nunca consiste en su mera colocaci6n ante la mente y en exponerlos tan claros como sea posible. Se da por supuesto que los criterios tienen también una eficacia causal máxima. Esto hace muy difícil distinguir entre la fuerza lógica y ‘el efecto material de un argumento. Al igual que un perrillo amaestrado obedecerá a su amo sin importar lo confuso que el mismo este, y sin importarle cuan urgente sea la necesidad de adoptar nuevos esquemas de conducta,. del mismo modo un racionalista amaestrado será obediente a la imagen mental de su amo, se conformara a los criterios de argumentación que ha aprendido, se adherirá a esos criterios sin importar la confusión en la que se encuentre, y será completamen­te incapaz de darse cuenta de que aquello que él considera como la ‘voz de la razón’ no es sino un post-efecto causal del entrenamiento que ha recibido. Será muy inhábil para descubrir que la llamada de la razón, a la que sucumbe con tanta facilidad, no es otra cosa que una maniobra política.

Que los intereses, fuerzas, propaganda y técnicas de lavado de cerebro juegan un papel mucho mayor de lo que comúnmente se cree en el desarrollo del conocimiento y de la ciencia, puede descubrirse también por medio de un análisis de la relación entre idea y acción. A menudo se da por supuesto que una comprensión clara y distinta de las ideas nuevas precede, a su formulación y a su expresión institucional. (Una investigación empieza con un problema, dice Popper). Primero, tenemos una idea, o un problema, después actuamos, es decir, hablamos o construimos o destruimos. Ciertamente no es este el modo en que los niños se desarrollan. Los niños usan palabras, las combinan, juegan con ellas hasta que atrapan un significado que hasta entonces había permanecido fuera de su alcance. Y la actividad lúdica inicial constituye un presupuesto esencial del acto final de comprensión. No existe ninguna razón por la que este mecanismo deje de funcionar en el adulto. Debemos esperar, por ejemplo, que la idea de libertad, sólo pueda aclararse por medio de las mismas acciones que se supone crean la libertad. La creación de una cosa, y la creación más la comprensión completa de una idea correcta de la cosa, constituyen muy a menudo partes de uno y el mismo proceso indivisible y no pueden separarse sin provocar la detención del proceso. El proceso mismo no está dirigido por un programa bien definido, y no puede estar dirigido por un tal programa porque es el proceso el que contiene las condiciones de realización de todos los programas posibles. Antes bien, esta dirigido por un vago impulse, por una ‘pasión’ (Kierkegaard). La pasión da lugar a una conducta especifica que a su vez crea las circunstancias y las ideas necesarias para analizar y explicar el proceso, para hacerlo ‘racional’.

El desarrollo del punto de vista Copernicano desde Galileo al siglo XX constituye un perfecto ejemplo de la situación que queremos describir. Se parte de una fuerte creencia que va contra la razón y la experiencia contemporáneas. La creencia se extiende y encuentra apoyo en otras creencias que son igualmente irrazonables, si no es que lo son más (ley de la inercia y telescopio). La investigación se disgrega a partir de ahora en nuevas direcciones, se construyen nuevos tipos de instrumentos, se relaciona de forma nueva la ‘evidencia con las teorías, hasta que surge una ideología que es bastante rica para proporcionar argumentos independientes para cualquier zona particular de ella y bastante ágil para encontrar tales argumentos siempre que parezcan necesarios. Hoy podemos decir que Galileo sigui6 el camino correcto, porque su persistente empeño en lo que en un tiempo parecía ser una cosmología estúpida, consiguió crear el material necesario para defendería contra todos aquellos que solo están dispuestos a aceptar un punto de vista en caso de que contenga ciertas frases mágicas, llamadas ‘informes observacionales’. Y esto no es una excepción sino el caso normal; las teorías devienen claras y ‘razonables’ solo después de que las partes incoherentes de ellas han sido utilizadas durante largo tiempo. Así pues, este prólogo irrazonable, ametódico y sin sentido resulta ser un prerrequisito inevitable de claridad y éxito empírico.

Al intentar describir y comprender de modo general desarrollos de esta clase, estamos obligados desde luego a recurrir a formas de hablar existentes que no tienen en cuenta esos desarrollos y que han de ser deformadas, mal empleadas, y forzadas a entrar en nuevos esquemas, con el fin de ajustarlos a situaciones impuestas (sin un mal uso constante del lenguaje no puede haber ni descubrimiento ni progreso). ‘Además, puesto que las categorías tradicionales son el evangelio del pensamiento cotidiano (incluido el pensamiento científico ordinario) y de la practica cotidiana, (tal intento por aprender) presenta en efecto reglas y formas de pensa­miento y acci6n falsos, falsos, claro esta, desde el punto de vista del sentido común (científico)12. Así es como el pensamiento dialéctico surge como forma de pensamiento que ‘reduce a la nada las detalladas determinaciones del entendimiento, incluida la lógica formal.

(Dicho sea de paso, he de señalar que el uso frecuente que hago de términos tales como ‘progreso’, avance’, ‘mejoramiento1, etc., no significa que pretenda poseer un conocimiento especial sobre lo que es bueno y malo en ciencia, ni que desee imponer dicho conocimiento a mis lectores. Cada cual puede leer estos términos a su manera y de acuerdo con la tradici6n a la que pertenezca. Así, para un empirista, ‘progreso’ significara pasar a una Teoría que proporciona pruebas empíricas directas para la mayor parte de sus supuestos básicos. Algunos creen que la Teoría cuántica es una Teoriza de esta clase. Para otros ‘progreso’ puede significar unificación y armonía, incluso tal vez a expensas de la adecuación empírica. Así, es como consideraba Einstein la teoría general de la relatividad. Y mi tesis es que el anarquismo estimula el progreso cualquiera que sea el sentido en que se tome este término. (Incluso una ciencia basada en la ley y el orden, solo tendrá éxito si permite que se den pasos anarquistas ocasionales).

Resulta claro, pues, que la idea de un método fijo, o la idea de una teoría fija de la racionalidad. descansa sobre una concepción excesivamente ingenua del hombre y de su contorno social. A quienes consideren el rico material que proporciona la historia, y no intenten empobrecerlo para dar satisfacción a sus más bajos instintos y a su deseo de seguridad intelectual con el pretexto de claridad, precisión, ‘objetividad’, ‘verdad’, a esas personas les parecerá que sólo hay un principio que puede defenderse bajo cualquier circunstancia y en todas las etapas del desarrollo humano. Me refiero al principio todo sirve.

Este principio abstracto debe ahora ser examinado y explicado en sus detalles concretos.

Por ejemplo, es posible hacer uso de hipótesis que contradigan teorías bien confirmadas y l o resultados experimentales bien establecidos. Se puede hacer avanzar la ciencia procediendo contrainductivamente.

Examinar este principio en sus detalles concretes significa investigar las consecuencias de ‘contrarreglas’ que se oponen a ciertas reglas muy conocidas de la empresa científica. Para ilustrar cómo se hace esto, considérese la regla que afirma que la ‘experiencia’, o los ‘hechos’ o los ‘resultados experimentales’ es lo que mide el éxito de nuestras teorías, que el acuerdo entre una teoría y los ‘datos’ favorece la teoría (o que al menos no altera la situación) mientras que el desacuerdo la perjudica y, tal vez, incluso nos obliga a eliminarla. Esta regla constituye un elemento importante de todas las teorías de la confirmación y de la corroboración. Es la esencia del empirismo. La ‘contrarregla’ correspondiente nos aconseja introducir y elaborar hipótesis que sean inconsistentes con teorías bien establecidas y/o con hechos bien establecidos. Nos aconseja proceder contrainductivamente.

Este procedimiento contrainductivo plantea las siguientes cuestiones: ¿Es la contrainducción más razonable que la inducción? ¿Existen circunstancias que favorecen su uso? ¿Cuales son los argumentos que la apoyan? ¿Cuales son los argumentos en contra de ella? ¿O, tal vez, es la inducción siempre preferible a la contrainducción? Etcétera.

Contestaré a estas cuestiones en dos etapas. En primer lugar examinare la contrarregla que nos recomienda desarrollar hipótesis inconsistentes con teorías aceptadas y altamente confirmadas. Pasaré a examinar luego la contrarregla que nos recomienda desarrollar hipótesis inconsistentes con hechos bien establecidos. Las conclusiones pueden resumirse del modo siguiente: Respecto al primer caso, resulta que la evidencia que podría refutar una teoría a menudo sólo puede sacarse a la luz con ayuda de una alternativa incompatible: la recomendación (que se remonta a Newton y que todavía es muy popular hoy día) de usar alternativas sólo cuando las refutaciones hayan desacreditado ya la teoría ortodoxa, equivale a colocar el carro delante del caballo. Además, algunas de las propiedades formales más importantes de una teoría se descubren por contraste, no por análisis. Un científico que desee maximizar el contenido empírico de los puntos de vista que sustenta y que quiera comprenderlos tan claramente como sea posible, tiene que introducir, según lo dicho, otros puntos de vista; es decir, tiene que adoptar una metodología pluralista. Debe comparar sus ideas con otras ideas mas bien que con la ‘experiencia’, y debe intentar mejorar, en lugar de excluir, los puntos de vista que hayan sucumbido en esta competición. Procediendo de esta forma, estará dispuesto a retener teorías acerca del hombre y del cosmos que se encuentran en el Génesis, o en el Pimander, estará dispuesto a elaborarlas y a usarlas para medir el éxito de la evolución y de otras concepciones ‘modernas13. Quizás descubra entonces que la teoría de la evolución no es tan buena como generalmente se supone y que debe completarse, o sustituirse enteramente, por una versi6n corregida y mejorada del Génesis. Concebido de esta forma, el conocimiento no consiste en una serie de teorías autoconsisentes que tiende a converger en una perspectiva ideal; no consiste en un acercamiento gradual hacia la verdad. Por el contrario, el conocimiento es un océano, siempre en aumento. de alternativas incompatibles entre sí (y tal vez inconmensurables); toda teoría particular, todo cuento de hadas, todo mito, forman parte del conjunto que obliga al resto a una articulación mayor, y todos ellos contribuyen, por medio de este proceso competitiva, al desarrollo de nuestro conocimiento. No hay nada establecido para siempre, ningún punto de vista puede quedar omitido en una explicación comprehensiva Plutarco, Diógenes Laercio y no Dirac, o von Newmann son los modelos que representan un conocimiento de este tipo en el que la historia de una ciencia se convierte en parte inseparable de la ciencia misma; la historia es esencial para el desarrollo posterior de una ciencia, así como para dar contenido a las teorías-involucradas por dicha ciencia en cualquier momento particular. Expertos y profanos, profesionales y diletantes, forjadores de utopías y mentirosos, todos ellos están invitados a participar en el debate y a contribuir al enriquecimiento de la cultura. La tarea del científico no ha de ser por más tiempo ‘la búsqueda de la verdad’, o ‘la glorificación de dios’, o ‘la sistematización de las observaciones’ o ‘el perfeccionamiento de predicciones’. Todas estas cosas no son más que efectos marginales de una actividad a la que se dirige ahora su atención y que consiste en hacer de la causa más débil la causa más fuerte’ como dijo el sofista, y por ello en apoyar el movimiento de conjunto.

La segunda contrarregla a favor de hipótesis que sean inconsistentes con las observaciones, los hechos y los resultados experimentales no necesita ninguna
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