Pregón de la Semana Santa de Vélez Málaga del año 2009 que pronunció en el Teatro del Carmen el día 28 de marzo el Ilmo. Sr. Prof. Dr. D. Antonio Manuel Garrido




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Pregón de la Semana Santa de Vélez Málaga del año 2009 que pronunció en el Teatro del Carmen el día 28 de marzo el Ilmo. Sr. Prof. Dr. D. Antonio Manuel Garrido Moraga, Académico Correspondiente de la Real Academia Española


¡Gracias sean dadas a Dios, señores, que a tan buena parte nos ha conducido! Porque si yo no me engaño la tierra que pisamos es la de Vélez Málaga!
Lo escribió Cervantes en nuestra Biblia particular, El Quijote, y no es menester añadir nada más para saber que estamos en lugar de privilegio y buen asentamiento, en lar de historia y linaje, de gentes hospitalarias, amantes de sus cosas y que son gustosas de compartirlas con todos los que aquí nos llegamos, que ya Ibm Asim escribió ponderativamente que es como la higuera de Vélez, todo el que llega cuelga su zurrón, para expresar la calidad de la tierra, de sus frutos y la calidad de sus habitantes.
La Reina Isabel os dio escudo y os diferenció de todas las ciudades del reino pues en él el propio Fernando de Aragón aparece en el único hecho de armas en el que participó de manera directa en la guerra de Granada. En la Real Provisión se dirige a los omes buenos de la cibdad de Veles Malaga con las palabras salud y gracia. Con esta salutación deseo iniciar mis palabras.
Reverendo Delegado de Hermandades y Cofradías y clero de Vélez.

Ilma. Sra. Alcaldesa.

Señor Presidente de la Agrupación de Cofradías y miembros de su Junta de Gobierno.

Sra. Hermana Mayor de la Cofradía de la Patrona de Vélez Málaga.

Dignísimas autoridades.

Cofrades.

Veleños y veleñas.
Gratitud es la primera palabra que quiero pronunciar ante vosotros, gratitud al Presidente de la Agrupación, mi querido José Antonio, y a su Junta de Gobierno para haberme confiado esta encomienda que me llena de alegría y de responsabilidad por permitirme pregonar; es decir alzar mi voz para glosar y cantar a esta más que secular e ilustre Semana Mayor, una de las más importantes de España.
Mis fuerzas son escasas, mis méritos inexistentes pero os prometo que pondré todo mi corazón y todo mi amor en cantar las seculares glorias nazarenas de la ciudad de Vélez, esas glorias que son la esencia de su historia, que son el tiempo detenido en cada año, la emoción más auténtica, la más hermosa, la conmemoración de la Pasión en la renacida primavera que aquí es prodigiosa explosión de los sentidos.
Gracias José Antonio por tu presentación que acepto como una muestra de tu cariño pero que me abruma aún más. Os ruego benevolencia.

La brisa de la historia milenaria es la que de los fenicios, romanos, árabes y cristianos nos llega a través de los hechos de paz y de guerra que se han ido sucediendo a los pies de la fortaleza y de sus murallas. La historia de las glorias nazarenas de Vélez es la materia sobre la que desgranaré mis emocionadas palabras.
Mi relación con Vélez-Málaga se remota a muchos años atrás y tengo amigos muy queridos que siempre me reciben con un afecto que no merezco pero al que procuro corresponder. Soy consciente de los ilustres Pregoneros que me han precedido. Permitidme que me una a vuestras palabras en este canto de todos a nuestra Semana Santa.
Dedico el Pregón a los que no están, a los que se asoman estremecidos de alegría desde los palcos del cielo por toda la eternidad.
Es el único día en el que la alegría ase abre camino, el único en el que Jesús es profeta en su tierra, un instante, nada más que un instante, entras en Jerusalén, en la ciudad alegre y confiada en la que te espera la muerte agazapada en una vanitas barroca, detrás de una columna del templo. La Virgen del Rocío, nieve del alba, esboza una sonrisa, sólo un esbozo porque sabe lo que el destino te tiene preparado.
Te presentan al pueblo después de azotarte y aceptas la humillación de la corona que es la forma perfecta, de la caña, del manto, los atributos del rey que nunca reinó porque no estaba en este mundo el territorio infinito de la gloria. Cuatro pebeteros te dan guardia y el fuego no purifica, ilumina la infamia de las heridas que los azotes han producido, como surcos en la carne, arar de la Pasión. Ella te ama como sólo sabe hacerlo una madre, Ella es Amor, la gran palabra.
El contraste en las palabras, Dolores, sobre la plata de tu nave que surca el mar de las almas, en las calles de la ciudad que contiene el aliento al ver pasar tu luto, el oro sobre el negro para no aceptar el dolor y para acompañarte por esta calle de la Amargura con el arte, la gran palabra. Son siete los dolores que atravesaron tu corazón, siete puñales que se resumen en la daga que se hunde en la riqueza de los encajes, de nuevo el arte. El Dulce Nombre de Jesús te precederá dando consuelo a los que te seguimos sin fatiga.
Juzgar es una palabra terrible, la expresión del romano contrasta con la mansedumbre del reo que mira hacia dentro, Claudia Prócula pide clemencia, los sueños le han avisado de la injusticia y de la catástrofe, ella se mueve por la lógica, Jesús se mueve por el amor y por amor se inmola. Se trata de un grupo de gran expresión que comunica perfectamente ese mensaje de mover y conmover el ánimo que Trento demandaba a las imágenes. Pronto la Madre de Gracia y Perdón te seguirá rezando el rosario de las lágrimas.
Te he pregonado, cofradía señera, historia viva de la religiosidad popular de Vélez, historia viva de la ciudad en la Madre de los Desamparados, que daba consuelo desde el cubo de la muralla a los que sufrían condena, vaya cada uno a saber de la justicia que, en muchos casos, es otra cosa muy diferente al destino que una sentencia impone. Jesús abre los brazos en un gesto que se hace palabra cuando pide al Padre que le aparte el cáliz de la muerte, no es posible, lo beberá entero hasta lo más hondo del sufrimiento en la noche sin luz en la que hasta las estrellas se escondieron. El ángel, en su belleza, lo confortará señalando el cielo, la gloria. Hermandad secular, ejemplar en todo, te dediqué mis palabras y lo vuelvo a hacer con la misma emoción. Antigua Concepción, ruega por nosotros.
La túnica blanca, la túnica de loco, en aquella noche de tanto trasiego, de acá para allá, llevado como un fardo, arrastrado en la tiniebla. El blanco de la paz y de la inocencia, Jesús Cautivo, con las manos atadas, y la humanidad del pelo natural, tan hombre y tan divino, tan sereno. Cofradía singular con María Magdalena que te acompaña con el amor y el dolor en perfecta síntesis, ambos sentimientos en un rostro de tanta belleza y que es el origen de la corporación nazarena cuando, allá en el XVII, se representaba la Pasión.
Es obligado referirse al imaginero Domingo Sánchez Mesa, clave en la reconstrucción de la Semana Santa de Vélez después de los hechos de barbarie que mejor ni recordar. Este año Jesús Atado a la Columna, los Estudiantes, es el motivo del magnífico cartel de Semana Santa que ha pintado con mano maestra José Carlos Chica. Me encanta la combinación de la madera oscura con la plata y los faroles, me encanta esa beca que es símbolo y es lección, me encanta la imagen, cofradía de mi amigo Francisco Delgado, cofradía de ecos castellanos en la sobriedad, cofradía de todos en la belleza. La Virgen del Rosario es un proyecto que estoy seguro será una realidad para gloria de la hermandad y de la Semana Santa.
Cruces de Jerusalén rodeadas por el Toisón de oro, trono de dorados barrocos y tulipas, soberbia túnica y expresión de serenidad, Jesús de la Humildad seguido por la Virgen de la Paz. Jesús va a seguir aceptando cada segundo de la Pasión y se dirige a recibir la cruz que el destino le tenía preparada. La estética de la escuela escultórica granadina, de la que por tradición ha bebido Málaga, tiene un magnífico ejemplo en la contenida belleza de esta imagen señera que conserva el sabor dieciochesco de su origen histórico. La Virgen de la Paz es obra de mi buen amigo Luís Álvarez Duarte, Virgen delicada, Virgen exquisita.
Con la seguridad de una determinación ineludible avanza poderoso, sosteniendo la cruz, siendo Él mismo cruz donde depositar los pecados, los deseos, los sueños, las tristezas. Nuestro Padre Jesús Nazareno titulado El Rico sobre trono de Pérez Hidalgo, gran constructor de galeones de la flote de nuestra Semana Santa. Cofradía de siglos, alcanzó una gran importancia en el siglo XVII. El manto blanco de la Virgen de la Piedad es una obra importante de los talleres de las Madres Adoratrices que tantas obras maestras de las artes suntuarias han dejado en el patrimonio cofrade.
La Tercera Caída, Jesús del Gran Poder, levantas el rostro con un sentimiento trágico que no se puede expresar sin ver este momento terrible que Domingo Sánchez Mesa ha sabido interpretar de manera admirable. Tercera Caída sobre la plata del trono de carrete. Esta es una escena muy singular, pocas veces representada con tanto patetismo, con tanta fuerza. Los ojos se elevan a ese esfera donde dicen que existe armonía, no, esta noche no hay más que dolor por eso, con justeza, te llamas Amargura, por eso, sabiamente, el pueblo de Vélez te acompaña. ¡Levántate Jesús, todo está escrito!
Edificó capilla propia en el primer cuarto del siglo XIX, mal siglo para las hermandades. La devoción del Nazareno está en la raíz de la Semana Santa, en todos los pueblos y ciudades de nuestra Andalucía los Nazarenos tienen una devoción muy especial, muy acorde con la humanidad que representa la imagen, ese andar con la cruz, cada uno con la suya y Jesús Nazareno titulado “El Pobre” sumándolas todas en el amor infinito que transmite su rostro. ¿Qué similitudes me trae este trono con angelitos y faroles en las esquinas? Les confesaré que por tradición familiar soy verde, soy de la Esperanza y esta imagen de dolorosa me mueve a la oración más íntima. La ciudad te entregó su Medalla como testimonio público de la fe del pueblo.
La Semana Santa de Vélez es un milagro. Renació como el ave fénix y ha alcanzado un esplendor que sólo se puede calificar como una verdadera Edad de Oro. La tragedia se acerca a u fin, el Viernes Santo nos espera y para muchos ese día en que triunfa la muerte era el día del silencio en la casa y de la música clásica en la radio, también, por contraste, del ajobacalao y del potaje de vigilia, de las torrijas y del arroz con leche.
Sobre trono dorado, tan nuestro en sus tallas opulentas, en el valiente de las rocallas, entre faroles con cristales rojos, avanza la imagen más antigua de Vélez, el Cristo de los Vigías, con el sabor único que tiene ecos del gótico. Desde el Calvario del retablo mayor de Santa María bendecías al pueblo de Vélez. Severo orden de la majestad divina y humana, arquitectura imponente de la expresión, música del silencio de los místicos, triunfo de la fe sobre la muerte de la desesperanza. Vigías, en otra edad, desde la torre, Vigía eterno desde el amor eso eres devotísimo crucificado. La Virgen del Mayor Dolor es una imagen de gran belleza y de gran perfección en el modelado, la boca entreabierta y la mirada hacia el Hijo tienen toda la intensidad de la mejor escuela andaluza.
Cofradía franciscana reza entre sus títulos con lo que significa de humildad y de entrega al prójimo. Los conventos, especialmente los franciscanos, fueron cunas de grandes devociones y siempre acogieron a las cofradías. Jesús cae lentamente en una caída infinita, no se acaba, está detenido en un ángulo del tiempo y de la esfera, la forma perfecta e infinita, tus horquilleros te mecen con todo el cuidado. Cristo muerto, Cristo descendido hasta el regazo de la Madre de la Caridad, la virtud que hoy es más necesaria que nunca en un mundo en crisis al que tus lágrimas sirven de ejemplo y de consuelo. El Sagrado Descendimiento avanza por esta noche infinita en la que cabalgan los caballos negros del Caos.
Gente del nuestro Mediterráneo, armadores de Torre del Mar te fundaron y de ahí tu advocación. El mar que besa esta tierra bendita, el mar del infinito. Esta cofradía tiene la suerte de acompañar a la Virgen de los Remedios, bendita patrona de Vélez Málaga, todos los días del año. Tus hermanos y tus hermanas os traen a la ciudad que os recibe entre el dolor del momento de tu agonía y la alegría de teneros más cerca, siquiera por unas horas. El conjunto de las imágenes es una estampa de gran belleza en suave movimiento de las telas y de los bordados. La Virgen de las Penas resiste a pie firme estos últimos momentos del sacrificio, fue tan largo, tan largo…
Todo se ha consumado, todo está cumplido como en las profecías antiguas y en los libros sobre los que los rabinos discutían hasta el alba el significado de una palabra. Te lo han dejado en el regazo más amante, en el hueco más doloroso del alma, Virgen de las Angustias. Como en el soneto de Hurtado de Mendoza, ya no le puedes pedir que no vuelva tarde a tu Niño, a tu Jesús. La muerte se ha llevado el aliento y la mirada, el gesto de la mano y el milagro. Aceptaste ser la esclava del Señor. Bellísimo perfil de dolorosa que no se deja llevar por la desesperación; como piden los Padres de la Iglesia, la Virgen de las Angustias, las más acerbas, debía resistir con la máxima dignidad la más terrible de las pruebas. Los hombres podemos compartir pero no sentir así, no quebrarse en una esquina de una calle cualquiera, es el dolor de madre.
Famosa y con justicia es esta urna dorada sobre la que el Santo Sepulcro es la bandera al viento de la noche más larga, el galeón desarbolado, el espejo que refleja la desolación. Nunca el ser humano está más solo que en el instante en el que pasas. Los plumeros se agitan levemente porque después de que se rasgara el velo del templo y de que los truenos y relámpagos provocaran el miedo, todo se aquietó, todo se hizo silencio y reserva de los secretos más ocultos. Te hemos levantado un monumento de maderas doradas porque necesitamos de la mucha belleza para que el gemido no se convierta en grito desgarrado, nuestra soledad, la de cada cual. En este instante nos sentimos abandonados mientras que este barco admirable te lleva sin Caronte posible por las tenebrosas aguas del Leteo, el río cuya agua provocaba el olvido.
Sola, sobre el severo carrete, sola, tres ángeles portan el escapulario del rojo corazón, la medalla y la corona de espinas, no son angelitos juguetones, se han detenido para llorar y acompañarte, Virgen de la Soledad, como sonámbula vagas por las calles de Vélez y todos queremos acompañarte sin hacer ruido, silencio. Son siglos en este camino que no lleva a ninguna parte, sólo al laberinto del dolor, a la suprema angustia. Avanzas rasgando la seda de la madrugada, quebrando los sueños del terciopelo en las amargas estancias del recuerdo y de la memoria. Soledad, tres sílabas en la desolación de la quimera.
Resucitó y la conmemoración culmina con la alegría de la salvación. Resucitó entre las campanas del gozo y Jesús alzó la cruz, nuevo árbol de la fe, la cruz que ya no es símbolo de la infamia sino la certeza de que hemos sido redimidos y estamos salvos.

Primera Divagación

De Semana Santa
Cuántas cosas de nuestra vida están condicionadas por el ambiente familiar, cuántos gestos, cuántos hábitos, filias y fobias, nos vienen de ese periodo de aprendizaje de ese ejercicio de cansar los años que diría Borges, que no otra cosa es la vida. Un niño muy pequeño vestido de nazareno y cogido de la mano de su padre, igual que un niño muy pequeño que lleva el banderín de su club, que es el de su padre, claro está, igual que el niño pequeño que va cogido de la mano a la plaza para empezar a ver el ballet de la muerte en el ruedo y así puedo seguir hasta no acabar. Después vendrán los años y en muchas cosas el niño soltará esa mano; pero no es regla que sea siempre así y el niño vestido de nazareno no dejó de salir en la procesión y mantuvo el rito que él considera forma de belleza sobre todas las cosas que dan sentido al signo complejo que es la Semana Santa y que siente como emoción íntima de recuerdo y memoria de los que no están.
El niño se aplicó a estudiar la celebración de la muerte en el momento más alto de la vida, la primavera, y ha intentado desentrañar algo del misterio del alma barroca y contradictoria de la Semana Santa. Es de los que creen con firmeza basada en los datos históricos que si por la iglesia católica hubiera sido, la gran fiesta sería de manera muy distinta o hubiera desaparecido tal como la celebramos. La Semana Santa, dejemos a un lado sus orígenes medievales, es una creación de la Contrarreforma, es un producto destilado del universo barroco, del teatro en la calle, de la representación de la Pasión y Muerte de Jesús y de los Dolores de María; la Resurrección es otra cosa siendo lo mismo, pertenece a un plano más abstracto que no conecta con la sensualidad de estas jornadas en las que mientras pasa una procesión dos jóvenes se besan y alguien deja caer una lágrima recordando una escena igual pero en la que falta el compañero. La Semana Santa es un hecho religioso, nadie lo puede poner en duda y, en consecuencia, la Resurrección es el momento cumbre de la celebración pero la manera de vivir la fiesta, en su significado total, es más humana, menos teológica en el aspecto ortodoxo del término. El pueblo siguió las penitencias señaladas por los predicadores de penas terribles en infierno de infinita extensión pero, hijo de culturas antiguas, le dio su forma y su tono y cayó en los excesos que el clero censuraba y prohibía sin mucho éxito.
El niño ha disfrutado siempre con la conmemoración y ha cruzado miles de kilómetros para acariciar una mano que lo esperaba puntual en una silla, siempre la misma, porque la repetición es fuente de placer como afirma Aristóteles. Ha explicado lo que entiende de la Semana Santa en lugares muy distintos del ancho mundo y se ha enfrentado a los muy ortodoxos que pretenden que las procesiones sean una catequesis muy pura, sin aceptar que es mucho más, que es contradictoria como la naturaleza humana y que ha producido esa desmesura prodigiosa, esa locura de volúmenes y rocallas y giros y espirales, destilación exacta de una geometría surrealista y de un orden ascético al mismo tiempo y sin que haya contradicción, lo cual es imposible pero es, ni más ni menos que el trono.
Es muy fácil ponerse en una posición de superioridad ¿intelectual? y, tras una buena comida, en la que quizás no han faltado el bacalao ni la torrija, pontificar sobre los muchos defectos de los llamados días santos, esos en los que el prostíbulo de Celestina se llenaba hasta los topes y las parejas buscaban los lugares oscuros de los templos en las jornadas más sagradas como se describe el La Tarasca de Madrid. Es una crítica superficial, de cortos vuelos y manida.
El niño anduvo otras sendas y tiene encima de la mesa tres textos y tres autores que muestran y demuestran que la Semana Santa puede ser magnífica literatura, y así en tantas cosas, en tantos instantes, lugares, imágenes, que llenan la retina con la fuerza de la sombra del crucificado en la pared ajada, de cal sucia y mil veces revocada de cualquier casa que se mantiene, nadie sabe como, en los esqueletos de los viejos barrios. Muchas horas lleva dedicadas ese niño vestido de nazareno al estudio del tema para aportar algo a su historia secular, que los que no saben despachan con desprecio en segundos.
Uno es el Pregón de la Semana Santa de Córdoba de 1979 de Pablo García Baena. El poeta lo tituló Retablo de las Cofradías y termina con ese poema prodigioso dedicado a la Virgen de los Dolores, poema admirable de columna salomónica, de refulgente plata, de luz de incienso en las bóvedas, de gentiles acólitos, de verbo sagrado, de iridiscencias de mantos y dalmáticas, de armónicas montañas del sonido hecho música que acompaña al cortejo, de fe sencilla que no entiende de teologías, de reglas retóricas, de casuística académica, de encajes que existen en el sueño, de terciopelos ajados por las estancias del dolor y del abandono, de brisa en la madrugada. Poema singular, esto es también la Semana Santa, no lo dude nadie.
El segundo es de Joaquín Romero Murube, el divagador excelso de la ciudad que se sueña a sí misma. En 1934 publicó Dios en la ciudad y en este libro hay páginas de una belleza sobria, contenida y, al mismo tiempo, deslumbrante. La delicadeza se hace penumbra de calustro, ciprés de luto en el nazareno que cruza veloz hacia la iglesia, siempre por el camino más corto. Joaquín amó profundamente la Semana Santa y a ella dedicó también páginas que estremecen porque son palabras universales de desaliento entre tanto esplendor, forma de aliviar en algo el desasimiento de todas las cosas.
El tercero es nuestro, es de Alfonso Canales, es un soneto y en los catorce versos encierra el asombro ante la primavera que nos toma por asalto y que se hace verdor eterno, estación inmarchitable, triunfo y apoteosis en cada noche de la Semana Santa cuando los tronos salen a recibir los piropos de la ciudad. Es muy complicado encerrar en tan corto espacio un sentimiento tan exacto de la celebración.
El niño que se cogía a la mano de su padre, ambos vestidos de nazarenos sigue asombrado y levanta los años que no pasan en balde para volver a la fuente más límpida de nuestra celebración.


Segunda divagación

De su misterio

El mecanismo de la comunicación exige un emisor, un receptor, un código común, un mensaje, un canal y un contexto. Sin estos elementos la comunicación fracasa o no alcanza el rendimiento adecuado. Los “ruidos” o anomalías que se producen en los factores señalados van en detrimento de una comunicación eficaz. Este principio general que se observa sobre todo en las lenguas es aplicable a cualquier otro sistema, caso de las artes y de otros códigos de significación.

En la abundante bibliografía que los viajeros extranjeros, los “curiosos impertinentes”, han dejado sobre España podemos rastrear la perplejidad que les producía encontrarse con una procesión en una calle cualquiera de nuestra Andalucía pongamos por caso. Esa perplejidad era enorme cuando el viajero era protestante y su cultura religiosa chocaba de frente con el boato y ceremonial de un cortejo en el que unos encapuchados con velas abrían paso a una estructura sobre la que una imagen de Jesús o de María avanzaba hacia el espectador. No cabe duda de que el efecto de una procesión es notable por sí mismo. El observador que no tenga información sobre lo que ve no lo podrá entender en su dimensión de “texto” canónico pero, sin duda, percibirá unos valores que podrán ir del rechazo al asombro según su sensibilidad. No es necesario “comprender” para admirar la singular belleza de un cortejo en el que todos los sentidos se dan cita.

Este principio llega al extremo de que la Semana Santa es valorada y mucho por personas que proclaman su falta de fe religiosa. Es cierto que la Semana Santa es básicamente una manifestación de culto externo de las cofradías que forman parte de la iglesia católica; es cierto que se trata de la rememoración anual de la pasión y muerte de Jesús y de los Dolores de María; es evidente que este es el lenguaje adecuado con lo que vemos pero también lo es que la Semana Santa es mucho más y deviene un signo complejo de comunicación; sin esta ampliación del significado no se puede comprender la riqueza de su significado religioso, estético, histórico, cultural, etc.

La muerte y resurrección de Jesús, su misión salvadora del género humano, es el origen de la celebración que, sin embargo, asume elementos de otras religiones en cuanto al mensaje, en lo que se refiere a su emisión y a su recepción, al contexto, al canal y al código. Todos los factores comunicativos se complican en una realidad de significado que nace del misterio, la palabra que mejor define la Semana Santa y la complejidad de su sentido.

La palabra misterio tiene nueve acepciones en el diccionario académico. La primera es la que define como arcano o cosa secreta en cualquier religión. De entrada, se reserva la palabra para el ámbito de la fe, de lo sagrado, aunque el uso se haya ampliado. Es importante señalar esta filiación inicial de lo misterioso con lo religioso, relación que tiene varios planos, que tiene diferentes esferas que van desde lo interior a las manifestaciones externas de la fe. Misterio y secreto van unidos. El Sumo Sacerdote entraba en el lugar más oculto del Templo de Jerusalén, el espacio donde habitaba la divinidad, el santo de los santos; entraba solemne y solo, revestido con sus mejores galas para adorar al que ardió en columna, al que mandó las plagas, al que guió a su pueblo. Seguramente, en aquel lugar, no se encontraban otras cosas que los símbolos de la fe, como el arca de la alianza y la mesa de las ofrendas, seguramente, el Sumo Sacerdote sólo encontraba el vacío, el misterio, la humedad, el secreto que se esconde en la palabra que no se puede pronunciar, el nombre de Dios.
En la segunda acepción el lexicógrafo se refiere a la religión cristiana y afirma que el misterio es cosa inaccesible a la razón y que debe ser objeto de fe. A partir de aquí cualquier deseo de conciliar fe y razón es inútil y contrario a la esencia del término. La fe es misterio y secreto, si nos atenemos a la definición clásica, la fe es un regalo, un don gratuito que la divinidad otorga, así de sencillo y así de complicado. Todo lo que se refiere a la sustancia, a lo más íntimo del sentimiento religioso es fe y, por tanto, pertenece al territorio de lo oculto. La liturgia de la iglesia articuló la ceremonia de la misa como rito del arcano en el que el sacerdote daba la espalda al pueblo para decir palabras misteriosas y hacer movimientos y gestos ocultos para los fieles.
La imposibilidad racional de comprender nos obliga a desplazarnos al universo sensorial, al mundo de lo sensible. No se puede explicar pero se puede sentir, se puede expresar por la vista, el gusto, el tacto, el oído, el olfato y, sobre todo, por el supremo sentido de los sentimientos que tienen en el corazón su lugar sagrado. La materia es el espíritu. El misterio se va a transformar en signo sensible, en realidad con peso y medida, en imágenes y ceremonias que son, en lo profundo, iguales en todas las religiones porque nacen del mismo principio.
La tercera acepción insiste en el valor de arcano y recóndito pero ya aplicado a cualquier cosa. Se ha ampliado el sentido, se ha pasado de la religión a la vida cotidiana en la que los misterios se suelen relacionar con las intenciones y con lo inexplicable. Ha desaparecido tal objeto, ¡Qué misterio! La vida es cada vez menos misteriosa, casi todo es predecible pero el arcano está grabado en todos y cada uno. Sin misterio la vida no es más que rutina, que mecánica. Si no existiera habría que inventarlo porque la ilusión va unida al misterio de modo indisoluble y mucho más cuando se trata de lo que no puede conocer como el incierto destino del futuro.

La cuarta se aplica al negocio como algo secreto y reservado. La palabra negocio no hay que limitarla a los aspectos mercantiles, negocio tiene un significado más amplio que se refiere a cualquier ocupación, quehacer o trabajo; en este sentido tiene plena validez lo que los clásicos llamaron el negocio del alma que es misterioso por definición. En el salmo 32.7 se afirma la profundidad de los juicios divinos y lo admirable de sus determinaciones que son abismos insondables. Ante esto sólo queda la incomprensión de la profundidad, la veneración de la grandeza y el temor ante lo terrible que el secreto esconde. Se trata del caos que la voluntad divina, secreta y ocultísima, ordena ante el infinito de los posibles; pero todo esto conduce al desierto, al vacío, a la permanente frustración. Frente a lo anterior nace la ceremonia, el rito, la procesión, la Semana Santa como manifestación y explicación suprema del misterio de la humanidad divina y del dolor en el horizonte de la muerte.

Desde la paradoja del infinito poder y del infinito amor, como un arco sostenido entre el cielo y la tierra, entre Dios y el abandono de los hombres, se abre paso la humanidad de la Pasión y, mucho más, la humanidad de la muerte, la gran palabra de la cultura barroca. El misterio de la Semana Santa es el misterio de la belleza del perecer en su contradicción más íntima, se trata de la representación finita de lo que no tiene fin. Desde el sentido de lo opuesto y, por tanto, del asombro y del miedo, se comprende el momento cumbre de la liturgia del culto externo, se entiende cada instante del discurrir cofrade.

La acepción quinta entra de lleno en la realidad de la Semana Santa cuando afirma que es misterio cada uno de los pasos de la vida, pasión y muerte de Jesucristo, cuando se consideran por separado. Es curioso comprobar que la resurrección, clave del arco desde el punto de vista estrictamente religioso, no aparece en el texto académico que se queda en la muerte. El diccionario refleja la mentalidad social y, desde luego, la gran celebración tiene a la muerte como horizonte porque es la muerte la gran certidumbre. Basta recordar la insistencia de la iglesia posterior al Concilio Vaticano II en dar relieve a la Resurrección. En la tradición secular de la Semana Santa es la Virgen en la soledad de su abandono, en la locura de su paso vacilante después de dejar a Jesús en el sepulcro, el último acto de la conmemoración.

La muerte ha sido el eje sobre el que ha girado toda una manera de entender el mundo. La cultura hispánica, más que otras hizo bandera de la muerte para explicar los sinsentidos del ser. La muerte alcanza su forma extrema en el perecimiento de Dios por amor a los hombres. La Semana Santa es el conjunto de escenas, de una obra de teatro que se nombraba paso y que culmina el Viernes Santo cuando el Sepulcro sale a la calle. Cada Viernes Santo asistimos a las exequias de un difunto que vistió al cielo de luto, que estremeció con clamores a las piedras del Gólgota y que da consuelo desde el común destino del abatimiento humano, da consuelo para dar sentido a la ceremonia del absurdo que es vivir. La vida es el río de Manrique, nada queda de las damas ni de los príncipes del pasado como cantó Juan de Mena, la vida es el anuncio de la Muerte que, a su Danza, nos llama a todos y es la verdadera y única igualadora. Nadie puede escapar al destino final ni siquiera la belleza idealizada de Jesús en la que se recreaban los serafines. La muerte será la calavera descarnada de las vanitas y será una dama que engañará al amante:
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