Fue un año terrible. Lo llamamos “el año de la peste”. Toda suerte de infortunios parecían abatirse sobre la patria. En 1974 murieron Jauretche (un 25 de mayo)




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ADIOS AL CORONEL

Jorge Abelardo Ramos

PROLOGO

Fue un año terrible. Lo llamamos “el año de la peste”. Toda suerte de infortunios parecían abatirse sobre la patria. En 1974 murieron Jauretche (un 25 de mayo), Hernández Arregui y Alfredo Terzaga. El mismo año una banda- de las bandas de variado color que pululaban- secuestró y asesinó a nuestro querido compañero, el ingeniero Carlos Llerena Rosas.

Y el 10 de julio, al mediodía, una llamada del Ministro del Interior me invitaba a concurrir a la Quinta Presidencial de Olivos. Perón acababa de morir una hora antes.

Al regresar de la residencia, donde había saludado que a una trémula Presidente Constitucional, abrumada por la inmensa responsabilidad caída sobre sus hombros, escribí “Adiós al Coronel”, que da título al volumen. Así, y sin proponérmelo, empezó a redactarse este libro, más bien dictado por la historia atroz que tan rápidamente nos envolvió a todos y a todos imprimió su sello.

Llovía sin cesar en esos días. Con las mudas lágrimas de la muchedumbre, Perón entraba en la memoria colectiva. Y como cerrando un ciclo previsto, parecía que con la desaparición del viejo caudillo una noche profunda se apoderaba del país, una noche total, sin otro matiz que el relampagueo incesante de la plaga terrorista. A partir del 1de julio comenzaba de algún modo una pesadilla, que iría a extenderse a lo largo de estos ocho años interminables.

La fuerza motriz de la crisis reposaba en que la oligarquía había demostrado ser más fuerte que la burguesía y que todos los gobiernos populares, de Yrigoyen a Perón. El siglo de Roca agonizaba. La hegemonía oligárquica tendía a destruir la industria nacional, debilitaba al estado defensivo y bajaba el nivel de vida de los trabajadores. Pero también conducía a la desesperación y a la cólera de las clases medias. Una parte de ellas – las fuerzas armadas- se ponía al servicio de los financieros y terratenientes. Y otro sector de la pequeña burguesía, salida de las buenas familias, de la “gente decente”, de los Colegios religiosos o de los Liceos militares, tanto como de la Universidad liberal, brotada del riñón mismo del universo antiperonista de los barrios acomodados, adoptaba la denominación de “peronista”, aborrecida por sus padres. Luego, una fracción militante de esa misma clase sucumbió a una demencia social que facilitaría la caída de la Presidente Isabel. Sus jefes más notorios eran católicos de comunión diaria, proto-fascistas y archi-militaristas. Se convertirían en pocos meses en ambiguos “marxistas”, de sospechoso tinte y emplearán el atentado individual como método de la acción “militar”. Los nuevos vengadores asesinan a Generales como Aramburu o a dirigentes obreros legendarios, como Vandor, al que consideran “reformista”. Revolucionarios del Barrio Norte, no logran esconder, sin embargo, su hostilidad profunda hacia Perón y hacia el peronismo real de la clase obrera en cuyo nombre simulan actuar.

El contraterror, con todos los recursos del Estado a su disposición, cierra el círculo infernal y prepara la sedición oligárquica de 24 de marzo de 1976. Invoca el caos terrorista y sume a la sociedad civil en el pánico. Al nacionalismo vacilante y contradictorio del último gobierno peronista, sucede una saga de tristeza y horror que destruye, en beneficio del imperialismo y la rosca oligárquica, toda la estructura del Estado erigida por el pueblo y otro Ejército en los cuarenta años anteriores.

Como sólo cabía esperar lo peor, el gobierno militar lleva al país al filo de una guerra con Chile. Y cuando menos lo hacía pensar, en un giro espectacular de la historia, se ocupan las Malvinas y libramos una guerra contra el imperialismo mundial.

Pero el alto mando capitula en Puerto Argentino. Luego, quienes fueron a luchar o morir merecen culpa, ludibrio o castigo de los grandes jefes. Y bien, desde 1974 a 1982, hasta ayer, escribí sobre cada uno de los episodios decisivos.

Vuelvo a leer en pruebas estas páginas. Compruebo sin orgullo que bajo los años de la innoble dictadura supimos luchar con honor. Tampoco nos dejamos influir en momento alguno por la “opinión pública” de la supuesta “oposición” al gobierno, fuera de “izquierdistas” o de “derechistas”, manipulada en su mayor parte por intereses ajenos. En cada una de estas páginas me propuse examinar la política y la sociedad argentina como un hispanoamericano. Los textos que van a leerse fueron escritos bajo la convicción de que solo el empleo del socialismo criollo” como método de análisis podía ayudarme a ver con ojos claros la patria vieja. Tal es la sustancia del libro.

Sostengo aquí que muerto Perón, un “comicio puro” sin Revolución Nacional o que no se proponga hacerla, será una farsa. La partidocracia de hoy se precipita alborozada hacia ese comicio para dejar a la Argentina crucificada en el “statu quo”.

Por todo lo dicho atribuyo importancia cardinal al estudio de la guerra de las Malvinas. Es cierto que toda la “cipayerìa ilustrada” pretende enterrarla para siempre, como si se hubiera tratado de una especie de locura. A mi juicio fue el comienzo glorioso de un largo viaje, erizado de peligros y promesas, hacia un nuevo Ayacucho.

Jorge Abelardo Ramos
24 de setiembre de 1982

LA ÙLTIMA BATALLA

Un año después de su llegada al país, el general Perón ha comenzado a gobernar. Diríamos que el tercer gobierno peronista se ha iniciado con su discurso del 12 de junio. Pues no hay gobierno verdadero sin adversarios. Bajo la presión de los intereses hostiles, Perón recobra en ese discurso su característico estilo y baja a la arena.

Cuando el actual presidente llegó a Ezeiza el 20 de junio, el panorama político argentino y el de su propio movimiento estaban muy lejos de ser simples. E doctor Càmpora, de cuya lealtad personal nadie podía dudar, acababa de instalarse en el poder y ya presionaban en su torno formidables factores opuestos al caudillo exiliado. Podía divisarse en el horizonte la inminencia de la “patada histórica”, pues los factores reales del poder son más importantes que las intenciones de su titular legal, tal cual lo había entendido Fernando Lasalle hace un siglo. El doctor Càmpora encontraba su única base de sustentación en un sector juvenil de la pequeña burguesía, recién llegado al peronismo (más bien diría, recién llegado al 11 de marzo).

Se trataba de los mismos núcleos de la clase media universitaria o profesional que treinta años antes habían constituido los polos dinámicos de la lucha contra el peronismo naciente. Bajo los crueles golpes del destino, esa sección de la pequeña burguesía advirtió que la revolución libertadora aclamada por sus padres en 1955 y trocada en dictadura militar en 1966, no sólo había proscripto al peronismo sino que ponía en peligro su propio nivel de vida, volvía incierto su porvenir, la obligaba a emigrar o conducía a la ruina a su familia. Según las estadísticas, durante el gobierno militar quebraron más de 16.000 empresas de capital nacional. El gran exiliado no podía ser tan detestable como habían dicho sus padres. Y la pequeña burguesía universitaria y profesional de 1973, despojada de toda ilusión sobre las divisas políticas y los ideales de cultura de 1945, incurrió en un lógico parricidio: se volcó el 11 de marzo en apoyo del representante de Perón. Es cierto que en el fondo pensaban que, al fin y al cabo, Perón estaba impedido de ser presidente, ya que Lanusse lo había prohibido. La idea de un peronismo sin Perón podía tener lugar y que el bullicio de la multitud podía unirse a la vigencia de las libertades públicas, a un vago nacionalismo, a la supresión de las torturas y, en definitiva, a la ocupación de puestos claves en la administración del estado por jóvenes recién egresados de la universidad no dejaba de ser seductora. Tales esperanzas, latentes o manifiestas, se tiñeron de un vago tono rosa, al que algunos pretendían atribuirle algunos reflejos de socialismo. La realidad se volvió duramente contra tales ilusiones. Pues el general Perón, que conocía mejor que nadie la verdadera naturaleza del sindicalismo, ya que él mismo había sido jaqueado durante años, advirtió ante la tragedia de Ezeiza y luego, que antes de desprenderse del vandorismo archiburocratizado, pero que había sido peronista, debía arreglar sus cuentas con un sector nuevo, desafiante y poco respetuoso de su jefatura, que no había sido nunca peronista y que estaba destinado a transformarse rápidamente en antiperonista, como efectivamente ocurrió.

Los observadores oligárquicos que sólo ven la superficie de los grandes procesos políticos, señalaron con cierto alborozo que al fin le había brotado al peronismo un “ala izquierda” capaz de ponerlo en aprietos. Pero era un error óptico. Bastó que la renuncia de Càmpora el 13 de julio planteara la urgencia de un nuevo comicio, dirigido a perfeccionar el acto ilegítimo del 11 de marzo, para que esa supuesta ala izquierda exhibiera su verdadera naturaleza y acusase a tal renuncia de ser fruto de una “conspiración” y de un “giro a la derecha”. Se olvidaban que el 11 de marzo se había librado una batalla para recuperar parte de la soberanía popular perdida. A partir del Cordobazo y de los levantamientos de provincias, el gobierno militar cedió posiciones y admitió que el peronismo podía gobernar, pero no Perón. La revolución de 55, en cambio, proscribía a ambos. Sin la renuncia de Càmpora y de nuevos comicios la revolución libertadora seguía vigente.

Al comenzar su nuevo gobierno, el general Perón proclamó la necesidad de la unidad de todos los sectores para realizar la liberación nacional. Sin embargo, la naturaleza nacionalista y popular de sus primeras medidas, que fueron poco a poco desplegándose, cada vez con mayor claridad, despertaron resistencias, no por sordas, menos formidables. El antiguo régimen comercial, agrario, financiero e intermediario de la oligarquía, comenzó a trabajar para despojar a tales medidas de toda eficacia. Por otro lado, la estructura gremial del peronismo, desde la sanción de la ley de asociaciones profesionales de 1958, se había esclerosado y cada día representaba menos la voluntad de los trabajadores.

En síntesis, los factores que enfrentó el Presidente en los últimos meses son: una supuesta izquierda que se reveló muy pronto antiperonista; el embate del viejo régimen, que resiste sus medidas fundamentales; la petrificación de la dirección gremial, incapaz de movilizar a cien obreros, como no sea contra ella misma. El discurso del 12 abre el fuego de un combate que parecía cosa del pasado. La espontánea presencia de los trabajadores en la Plaza de Mayo, señaló inequívocamente que los fuegos del 17 de octubre no se han extinguido.
21-6-74
ADIOS AL CORONEL

Acaba de morir Perón, cuya inmortalidad aseguraban algunos de sus adictos más devotos. Pero había algo de verdad en semejante idea, pues a ese hombre singular podían aplicarse las palabras de Bismarck: “Todo hombre es tan grande como la ola que ruge debajo de él”. La ola de Perón no era el ejército prusiano sino la multitud innumerable que transmitirá su memoria al porvenir. Cabe decir de él, como de Yrigoyen, que fue “el más odiado y el más amado de su tiempo.” Su tiempo comenzó en una madurez avanzada, a los cincuenta años. Cuando los coroneles se retiran o ascienden a generales para proyectar su retiro y concluir ordenadamente su vida, le tocó a Perón lanzarse a una aventura histórica, de una turbulencia e intensidad pocas veces conocida.

Ingresó a la acción pública cuando terminaban al mismo tiempo la crisis, la década infame y la Segunda Guerra Mundial imperialista. La neutral Argentina gozaba de prosperidad. Poco a poco, la desocupación de los años duros era absorbida por el impulso industrial creado a consecuencia del conflicto bélico y de la bancarrota del 30. Los peones se hacían obreros y las chicas de servicio doméstico, humillado y martirizado, ingresaban a las nuevas fábricas. Pero al llegar a las ciudades, no había lugar para ellos ni en los partidos políticos de izquierda, ni en los antiguos sindicatos influidos por tales partidos. Los trabajadores que se harían peronistas en 1945, descubrieron un sistema político fuertemente impregnado de la influencia anglosajona.

La herencia del viejo partido de Yrigoyen había caído en manos de los alvearistas, amigos de Inglaterra, de la CADE y de los conservadores liberales. De Lisandro de la Torre, los demócratas progresistas no querían ni acordarse: participaban en amables tertulias con los protectores de los asesinos del senador Bordabehere, para urdir el ingreso de la argentina a la segunda gran guerra de las democracias coloniales. Naturalmente, el partido Socialista fundado por Juan B. Justo, integraba tales reuniones, que prologaban la inminente Unión Democrática. Para no ser menos, el partido Comunista, inspirado por Vittorio Codovilla (bajo la luz bienhechora de Stalin) era uno de los artífices de tal alianza, que pretendía reproducir en la Argentina el pacto de los Tres Grandes y los acuerdos de Yalta. Estos pactos se traducían al castellano mediante la exigencia de sustituir la lucha contra el imperialismo, por la lucha contra el fascismo. Como el fascismo era desconocido en el país, se idealizaba la presencia del imperialismo “democrático” y se recomendaba a los obreros de los frigoríficos no pedir aumentos de salarios para no dificultar “la lucha de los ejércitos que luchaban por la libertad del mundo”. Por su parte, la burguesía industrial era tan débil que ni siquiera contaba con un diario propio.

Al irrumpir en la historia, Perón se enfrentó con ese cuadro. Su robusto realismo político le permitió advertir que el país se encontraba en el umbral de una nueva edad. Muchos lo habían anunciado y hasta habían llamado a esa hora del destino: Arturo Jauretche, Raúl Scalabrini Ortiz, Manuel Ortiz Pereira, el general Savio, el capitán de Fragata Oca Balda, el ingeniero Alejandro Bunge, Joaquín Coca, Manuel Ugarte. Desde el campo del Yrigoyenismo revolucionario, del nacionalismo burgués, del nacionalismo tradicional, del socialismo clásico y hasta del marxismo no staliniano, argentinos resueltos habían preconizado la necesidad de concluir para siempre con la vergüenza de la factoría inglesa, hermoseada con poetas anglomanìacos, con izquierdistas de Su Majestad o con trogloditas del nuevo orden.

Perón resumió a su modo algunas de esas aspiraciones explícitas. Encarnó las esperanzas latentes de las grandes masas que carecían de voz y los intereses de la nueva burguesía así como llevó a la práctica el nacionalismo militar concebido por el general Savio. Esa síntesis fue su fuerza y su justificación histórica. Pero cada vez que una corriente nacional brota en América Latina, los doctos sabihondos se precipitan al error con un olfato infalible. Pulularon en la época múltiples teorías sociológicas, que habrían erizado de risa o de cólera al viejo Marx, ya que mucho de sus apologistas invocaban nada menos que a semejante maestro. Desde 1944, cuando Perón pronunciaba sus primeros discursos en los balcones de la calle Perú, las preguntas o afirmaciones màs corrientes eran:¿Es fascista?¿Es falangista?¿Es un candidato a dictador?¿Es un agente alemán? Aquellos que tenían el dudoso gusto de leer la folletería de la “izquierda rooseveltiana” añadían con sabio misterio: “es un caudillo del lumpemproletariat”. Parece mentira, pero tales gentes de hace treinta años tienen prole ideológica, que repite las mismas vaciedades en nuestros días.

Perón fue el jefe de un movimiento nacional en un país semicolonial. Su poder personal emergió de la impotencia de los viejos partidos que se negaron a apoyarlo en 1945 y que prefirieron aliarse con Braden. Ese poder personal perduró como un factor arbitral en una sociedad inmadura. Adquirió por momentos un franco carácter bonapartista. Este fenómeno es habitual en los países del llamado Tercer Mundo, pues frecuentemente se revela como una verdadera necesidad general, para resistir la intolerable presión del imperialismo, altamente concentrado en su poder y dirección. Las contradicciones que se le reprochaban a Perón no eran sino la expresión personal de las clases sociales nucleadas en su torno y que el caudillo representó a lo largo de toda su carrera. No fue un “agente de la burguesía industrial” ni un “caudillo del proletariado”, ni mucho menos un “líder de poder carismático”. El vocablo “carisma” refleja la pobreza científica de la sociedad norteamericana, que ahora apela a la magia. El influjo de Perón no era sobrenatural o inexplicable. Consistía en interpretar el estado de ánimo y los intereses de las grandes masas y clases oprimidas. Cuando lo lograba ese poder era tan inmenso como la energía de las multitudes que hablaban a través de él. En otras ocasiones, ese poder era el de un ciudadano corriente.

Perón e Yrigoyen fueron los dos grandes caudillos nacionales en lo que va del siglo. Nadie podrá imputarle a lo largo de su prolongada lucha que haya sido infiel al programa que propuso al país en 1945. No fue un fascista, por supuesto, ni un socialista, naturalmente. Los gorilas del 45 no comprendieron lo primero, ni muchos de sus hijos, lo segundo. Perón siempre aspiró a ser él mismo su propia izquierda y su propia derecha. Como luchó por desarrollar un capitalismo nacional (estatal y privado) contra la sociedad inmóvil de la hegemonía terrateniente, ésta lo declaró indeseable, lo derribó y lo expatrió durante 18 años. El pueblo, sin la ayuda de los sociólogos, comprendió que sólo un patriota podía merecer tal castigo. A tal odio, respondió con un amor equivalente. Perón intuyó certeramente su próximo fin. El discurso del 12 de junio, que declaraba al pueblo único heredero de sus banderas, constituyó el testamento político de este varón singular, que entró en la muerte tan oportunamente como había irrumpido 30 años antes en la historia.
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