Osho La pasión por lo imposible La búsqueda de la verdad, la bondad y la belleza en el camino del autoconocimiento Título original: Satyam, Shivam, Sundaram Índice




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Osho

La pasión por lo imposible

La búsqueda de la verdad, la bondad y la belleza

en el camino del autoconocimiento





Título original: Satyam, Shivam, Sundaram


ÍNDICE

INTRODUCCIÓN 2
I. El AMOR

La psicología de la frustración 3
II. EL EGO

Escapar de ti mismo 21
III. VIVIR

Intensa y apasionadamente 39
IV. LA MEDITACIÓN

Del hacer al presenciar 64
V. SER

El secreto de la rosa mística 84
VI. LA LIBERTAD

Sé tú mismo 103
ACERCA DEL AUTOR 132

Introducción
ACERCA DE ESTE LIBRO
Osho habló durante más de treinta y cinco años ante miles de amigos y viajeros del mundo entero. Respondió a más de diez mil preguntas en el transcurso de esos años, siempre haciendo hincapié en lo siguiente: «No respondo a preguntas; te respondo a ti».

Sus respuestas no son como las conferencias de un profesor de universidad ni los sermones de un sacerdote en la iglesia. «Yo simplemente respondo a tu silencio, a tus preguntas, a las implicaciones de tus preguntas. Quizá hayas hecho la misma pregunta miles de veces, pero mi respuesta no será la misma, porque todo cambia continuamente. Tú has cambiado mucho, yo también he cambiado mucho. Puede parecer que la pregunta es la misma, pero no lo es, porque la plantea una persona diferente, que ha cambiado.»

Osho dice que la pregunta que subyacente a todas las preguntas es la siguiente: «No sabes quién eres. Estás en la oscuridad más absoluta, inconsciente de tu esplendor, tu divinidad, tu belleza, tu verdad. Las preguntas difieren únicamente en la formulación, y, naturalmente, yo tengo que formular mis respuestas de acuerdo con las preguntas.

»Mi respuesta es una. No he respondido a diez mil preguntas, y no he dado diez mil respuestas. Tu pregunta es una, pero la has planteado de diez mil formas. Mi respuesta es una, pero para no echar a perder el juego, he respondido de diez mil formas, con la esperanza de que quizá, alguna vez, en un momento de silencio, puedas comprender esa única respuesta. Solo de ti depende cuánto tiempo vayas a perder en eso. Tienes que recibirla. No puedo dártela yo; tú tienes que tomarla».

Este libro consiste en una selección de las respuestas de Osho en una serie de charlas con el título de Satyam, Shivam, Sundaram, «Verdad, Divinidad, Belleza».

I
EL AMOR
La psicología de la frustración
El amor no lo puedes recibir de alguien que no haya conocido

la dicha. Y esa es la desgracia del mundo entero, que todos

piden amor y fingen amar. No puedes amar porque no sabes

lo que es la consciencia. No conoces el satyam, el shivam,

el sundram. No conoces la verdad, no conoces la experiencia

de lo divino ni conoces la fragancia de la belleza.

1
He leído un artículo que dice que las mujeres están hartas y que los responsables son los hombres. ¿Es verdad?
Es verdad, pero es una verdad a medias. También los hombres están hartos, y las responsables son las mujeres. En realidad, todos estamos en la misma situación: hombres o mujeres, todos estamos hartos, porque vivimos de una forma absurda. Ni los hombres son responsables del aburrimiento de las mujeres, ni las mujeres son responsables de la frustración de los hombres.

Hay que profundizar en la psicología de la frustración. Lo primero que tienes que recordar es que si estás frustrado, harto, aburrido, es porque estabas esperando otra cosa. Si no hubieras esperado nada...

Yo no estoy harto, y no veo que me pueda ocurrir... Hasta mi último suspiro seguiré con los ojos abiertos, llenos de asombro, con la misma mirada con la que nací. Yo vivo en el mismo mundo en el que vives tú. Yo no me aburro, porque nunca he esperado nada. Por lo tanto, la frustración es imposible.

Las mujeres están hartas porque esperan demasiado de los hombres, y los pobrecillos no pueden satisfacer sus deseos. Las mujeres tienen más imaginación, y convierten a cualquier Fulanito o Menganito en un auténtico héroe. Son tan románticas que a sus ojos cualquier idiota se les aparece como un Buda Gautama.

Y poco a poco, cuando sus grandes héroes se convierten en algo más cotidiano, en lugar de ver gigantes se encuentran con pobres seres humanos, normales y corrientes. Y así empieza la gran frustración. Lo magnifican y lo exageran, pero no se puede vivir con exageraciones ni se puede vivir mirando con una lupa. Tarde o temprano hay que aceptar la realidad.

La realidad es el marido calzonazos, que no despierta el menor interés. Y el hombre... no es tan imaginativo, pero su instinto biológico llega casi a intoxicarlo, y cuando está intoxicado por su instinto biológico cualquier mujer fea le parece una Cleopatra. Sus ojos están velados por la locura biológica.

Quienes dicen que el amor es ciego no se equivocan. El hombre empieza a ver con los ojos cerrados; tiene miedo de abrirlos porque la realidad puede no ser tan maravillosa. Pero ¿cuánto tiempo se puede vivir con los ojos cerrados? Tarde o temprano tendrás que ver a la mujer de la que te has encaprichado.

El encaprichamiento biológico desaparece muy pronto; es algo químico, hormonal. Una vez satisfecho sexualmente, desaparece la ceguera, la locura. Vuelves a ser racional, a estar cuerdo, y solo ves a una mujer normal y corriente. Naturalmente, para evitarla te pones a leer el periódico, o a ver la televisión. En Estados Unidos han hecho un sondeo: el estadounidense medio ve la televisión siete horas y media al día. Y, naturalmente, las mujeres se hartan.

Me he enterado de que algunas personas ven la televisión incluso mientras hacen el amor. Ni siquiera a los grandes sexólogos como Vatsyayana, el pandit Koka, Freud o Havelock Ellis se les habría pasado por la cabeza que llegaría un día en que la gen te haría el amor mientras ve la televisión. Están tan aburridos de todo que la televisión es un refugio.

Pero la psicología es muy sencilla: empiezas a esperar cosas de los demás y a creer en tus expectativas. Al cabo de poco tiempo tus expectativas chocan con la realidad. Esa es la razón por la que los hombres están hartos, por la que las mujeres están hartas... Todo el mundo está harto. El mundo está lleno de personas aburridas.

Quizá el aburrimiento sea el fenómeno más destacado del siglo XX. El hombre jamás había estado tan aburrido. En la antigüedad, cuando el hombre era cazador, no existían ni el matrimonio ni la posibilidad de la monotonía; no se aburría porque no tenía tiempo de aburrirse. La mujer tampoco se aburría; había posibilidades de elegir a distintos hombres. El matrimonio lo resolvió todo en nombre de la seguridad y la estabilidad, pero acabó con la exploración.

Un poeta escribió un canto maravilloso en urdú que dice: «Si tú (se dirige a Dios), si tú estás a favor del matrimonio, ¿por qué me diste ojos? ¿Por qué me diste inteligencia?». Los idiotas no se aburren... y quizá os sorprenda saber que los ciegos tampoco se aburren.

Cuanto más inteligente seas más pronto te aburrirás: ese es el criterio. Cuanto más inteligentes, sensibles y creativas son las personas, más se aburren, porque con una sola experiencia tienen suficiente. Repetirla es de idiotas.

Con la estabilización financiera y social (el matrimonio, los hijos, la educación, la jubilación, los seguros... en los países avanzados incluso hay prejubilaciones), se ha acabado con la alegría de la exploración. Todo está tan establecido y controlado que solo parece existir una posibilidad de explorar, sobre todo en Occidente: el suicidio. Solamente eso sigue siendo desconocido.

Han experimentado con el sexo y han descubierto que es una estupidez. Han experimentado con las drogas y han descubierto que es un autoengaño. Ahora ya no parece quedar ninguna aventura, ningún reto, y cada día hay más suicidas. Hay que tener en cuenta que el índice de suicidios no ha aumentado en los países pobres. Parece que los pobres están menos aburridos, menos hartos, porque tienen que pensar en la comida, la ropa y el techo, y no les queda tiempo para el aburrimiento. No se lo pueden permitir.

Cuanto más rica la sociedad, en la que se tiene acceso a todo... ¿cuánto tiempo puedes seguir llevando una vida segura, establecida, monótona, garantizada? A las personas de gran inteligencia les da por suicidarse.

Oriente también ha conocido épocas de riqueza, pero por suerte ha encontrado un sustituto para el suicidio, que es el sannyas. Cuando los orientales ya no pueden más, cuando se hartan, como Buda Gautama, porque tenía todos los lujos posibles... ¿cómo puedes vivir entre los mismos lujos uno y otro día? A la edad de veintinueve años Buda Gautama no quería saber nada del mundo. Lo había experimentado todo; no había más posibilidades en el mundo.

Una noche oscura escapó de su reino, de su seguridad y de su estabilidad. Lo dejó todo y se hizo mendigo para buscar algo que fuera eternamente fresco, que jamás envejeciera, que nunca se convirtiera en algo aburrido. La búsqueda de lo eternamente fresco es la búsqueda del sannyas.

Existe una fuente en tu interior eternamente fresca, que jamás envejece, y no puedes aburrirte de ella. Y cuando digo esto, lo digo desde esa misma fuente. Mis palabras proceden de la misma fuente. Si puedes degustarlas, sentirlas, quizá vislumbres una lejana tierra en la que todo se renueva a cada momento, en la que el polvo no se posa en ningún espejo. Ese mundo está en tu interior.

Pero te interesa una mujer, y esa mujer se interesa por ti. La mujer no puede encontrar tu fuente de la alegría eterna, ni tú tampoco puedes encontrarla, porque estás centrado en la mujer. Todos estamos centrados en otros, y lo que puede proporcionarte continuamente alegría está en tu interior, pero nunca miras en el interior.

La gente está dispuesta a subir al Everest, está dispuesta a ir a la luna o a Marte para buscar, pero no sabes que incluso si llegaras al Everest simplemente parecerías ridículo. ¿Qué harías allí? ¿Cuánto tiempo se quedó Edmund Hillary en la cima del Everest? No más de dos minutos. Arriesgó su vida, y centenares de personas habían muerto antes intentando llegar a la misma cumbre. Y me da la impresión de que Edmund Hillary debió de sentirse abochornado en la cima de la montaña más alta del mundo. Menos mal que no había nadie para verlo. Al cabo de dos minutos se aburrió y volvió a su casa.

¿Qué harías en la luna? Es una situación curiosa... Cuando regresó el primer astronauta ruso, Yuri Gagarin, el primero en llegar más cerca de la luna en la historia de la humanidad, y los periodistas le preguntaron: «¿Qué fue lo primero que pensó cuando llegó a la luna?», respondió: «Lo primero que pensé... Miré la tierra. Parecía preciosa desde allí. Es ocho veces mayor que la luna, y desde allí arriba brilla exactamente como la luna, pero ocho veces más. La luna parece algo tan normal como la tierra».

Los rayos reflejados del sol solo se perciben desde muy lejos. La luna no tiene luz propia; cuando se llega allí, es el sitio más feo y árido que se pueda imaginar, porque no hay agua, ni verdor, ni rosas. Allí no pasa nada; es un desierto completamente muerto.

«Pero desde la Luna —dijo Yuri Gagarin—, lo primero que pensé fue: mi hermosa tierra...» Es curioso, cuando vives en la tierra no te fijas en ella. Yuri Gagarin había pasado toda su vida en la tierra, y nunca se le había ocurrido pensar: «Mi hermosa tierra...».

Y a continuación añadió: «Cuando me dije "mi hermosa tierra" recordé que soy comunista y de la Unión Soviética, pero desde la luna la tierra deja de estar dividida en la Unión Soviética, Alemania, Japón, la India y Estados Unidos». Todas esas absurdas líneas que hemos creado en el mapa no existen en la tierra. Por primera vez, en la luna, sintió una humanidad, una tierra tan hermosa...

Yuri Gagarin estuvo en la India. Lo vi en Nueva Delhi y le pregunté:

—Desde que volvió a la tierra, ¿ha vuelto a pensar «qué hermosa es mi tierra»?

Me miró sorprendido y respondió: —Nadie me ha hecho esa pregunta y no he vuelto a pensar en la tierra.

El hombre siempre mira las cosas lejanas; parece completamente ajeno a lo evidente, a lo que tiene cerca.

Tú eres lo más próximo a ti, y por eso lo pierdes de vista. Y no hay forma alguna de alejarte de ti mismo. Adondequiera que te llevemos, serás tú; no puedes separarte de ti mismo. Por tanto, no puedes decir: «Mi hermoso ser...».

Tendrás que aprender el arte de entrar en ti mismo. Tendrás que ser más subjetivo que objetivo. La subjetividad es la esencia del misticismo. Tendrás que empezar a mirar hacia dentro.

Eso es lo que llamamos meditación: no es sino mirar hacia dentro, para llegar al punto de la fuente misma de tu vida. Y una vez que hayas alcanzado tu fuente de la vida, no existirá el aburrimiento, y tu vida será una continua fiesta.

En otro caso, seas hombre o mujer, tu destino será el aburrimiento.

Becky Goldberg se sentía cada día más triste y sola, porque lo único que hacía Hymie, su marido, noche y día, era ver la televisión. Fue a una tienda a comprarse un animal de compañía.

—Si quiere un animal poco corriente, en esa jaula hay un pájaro matón enorme, que puede destruir cualquier cosa con el pico y las garras —le dijo el dueño de la tienda.

—¡Qué horror! —exclamó Becky.

—No se preocupe —replicó el hombre—. El pájaro matón es extraordinariamente educado y obediente. Solo destruye algo cuando se le da una orden, como por ejemplo: «Pájaro matón, la silla» o «Pájaro matón, la mesa». Entonces se pone en acción inmediatamente.

—¿Podría romper un televisor? —preguntó Becky.

—Claro que sí. Lo dejará reducido a chatarra en cuestión de segundos.

Así que Becky compró el pájaro matón y se lo llevó a casa. Naturalmente, Hymie estaba frente al televisor, y la mujer abrió la jaula.

Hymie alzó la vista y preguntó:

—¿Qué animalito has comprado, cariño?

—Un pájaro matón —contestó Becky, preparándose para dar la orden.

Hymie volvió a mirar el televisor y dijo:

—¿Cómo? ¡Un pájaro matón! ¡Mis cojones!

2
¿Cómo puedo amar mejor?
El amor es suficiente por sí mismo. No necesita mejoras. Es perfecto tal y como es; no ha de ser más perfecto en ningún sentido. El deseo mismo demuestra que se ha comprendido mal el amor y su naturaleza. ¿Puedes tener un círculo perfecto? Todos los círculos son perfectos, y si no son perfectos, no son círculos.

La perfección es intrínseca al círculo, y lo mismo puede decirse de la ley del amor. No puedes amar menos, ni puedes amar más, porque no se trata de una cantidad. Es una cualidad inconmensurable.

Tu pregunta demuestra que jamás has probado el amor, y que intentas ocultar tu falta de amor con un deseo, el de «cómo amar mejor». Nadie que conozca el amor puede hacer una pregunta así.

Hay que comprender el amor no como un encaprichamiento biológico; eso es lujuria, que se da en todos los animales. No tiene nada de especial; existe incluso en los árboles. Es la forma que tiene la naturaleza de reproducirse. No tiene nada de espiritual ni nada especialmente humano.

De modo que lo primero que hay que hacer es establecer una clara distinción entre lujuria y amor. La lujuria es una pasión ciega; el amor es la fragancia de un corazón silencioso, tranquilo y meditativo. El amor no tiene nada que ver con la biología, las hormonas o la química. El amor es el vuelo de la consciencia hacia esferas más elevadas, más allá de la materia y del cuerpo. En el momento en que comprendes que el amor es algo trascendental, deja de ser una cuestión fundamental.

La cuestión fundamental radica en cómo trascender el cuerpo, en cómo conocer algo que hay en tu interior y que está más allá, más allá de todo lo conmensurable. Ese es el significado de la palabra «materia». Tiene una raíz sánscrita, matra, que significa «medida», aquello que puede medirse. La palabra francesa métre procede de la misma raíz.

La cuestión fundamental es cómo escapar de lo mensurable y cómo entrar en lo inconmensurable; en otras palabras, cómo sobrepasar la materia y abrir los ojos a una mayor consciencia. No hay límite para la consciencia; cuanto más consciente te haces, más comprendes hasta qué punto es posible algo más. Al alcanzar una cima, se te presenta otra cima. Es una peregrinación eterna.

El amor es un derivado de una consciencia creciente, como el perfume de una flor. No lo busques en sus raíces; no está allí. Tu biología son tus raíces; tu consciencia, tu flor.

A medida que te vayas transformando en un loto abierto de consciencia, te sorprenderá, incluso te desconcertará, una tremenda experiencia que solo puede llamarse amor. Desbordas de alegría, de dicha, y cada fibra de tu ser baila en pleno éxtasis. Eres como una nube que quiere llover a raudales. En el momento en que desbordas de dicha, se despierta un enorme anhelo en tu interior, el anhelo de compartir. Ese compartir es el amor.

El amor no es algo que pueda ofrecerte quien no ha alcanzado la dicha. Y esa es la desgracia del mundo entero: todos piden ser amados y fingen amar. No puedes amar porque no sabes lo que es la consciencia. No conoces el satyam, ni el shivam, ni el sundram.

No conoces la verdad, no conoces la experiencia de lo divino, ni la fragancia de la belleza. ¿Qué puedes dar? Estás tan vacío, tan hueco... En tu ser no crece nada, nada es verde. Dentro de ti no hay flores. Tu primavera aún no ha llegado.

El amor es un derivado... cuando llega la primavera y empiezas a florecer, a madurar y sueltas tu potencial fragancia. Compartir esa fragancia, compartir esa gracia, esa dicha... eso es el amor.

Y no hay que plantearse mejorarlo. Ya es perfecto; siempre es perfecto. Si es, es perfecto. Si no es perfecto, no existe. La perfección y el amor no pueden ir separados.

Si me hubieras preguntado: «¿Qué es el amor?», habría sido más honrado, sincero, auténtico. Pero me has preguntado «¿Cómo puedo amar mejor?». Has aceptado como un hecho que sabes lo que es el amor; y no solo eso, sino que tu pregunta implica que ya amas. Tu pregunta consiste en cómo mejorar ese amor.

No quiero hacerte daño, pero tampoco puedo evitar decirte la verdad. No sabes lo que es el amor. No puedes saberlo porque aún no has profundizado en tu consciencia. No has tenido la experiencia de ti mismo. No sabes nada de quién eres. El amor no crece en medio de esa ceguera, de esa ignorancia, de esa inconsciencia. Vives en un desierto. No hay posibilidad de que crezca el amor en esa oscuridad, en ese desierto.

En primer lugar tienes que llenarte de luz, de gozo, llenarte hasta el extremo de empezar a desbordarte. Esa energía desbordante es el amor. Entonces se conoce el amor como la mayor perfección del mundo. Nunca es menos, ni más.

Pero nuestra educación es tan neurótica, tan psicológicamente enferma que destruye toda posibilidad de crecimiento interior. Te enseñan desde el principio a ser perfeccionista, y naturalmente aplicas tus ideas perfeccionistas a todo, incluso al amor. El otro día leí la siguiente frase: «Un perfeccionista es quien se toma grandes molestias y quien causa aun mayores molestias a los demás. Y el resultado es un mundo deprimente».

Todos intentan ser perfectos, y en el momento en el que alguien intenta ser perfecto, empieza a esperar que los demás sean perfectos, y los censura, los humilla. Eso es lo que llevan haciendo los supuestos santos en el transcurso de los siglos. Eso es lo que han hecho las religiones con vosotros: envenenar vuestro ser con la idea de la perfección.

Como no puedes ser perfecto, empiezas a sentirte culpable, pierdes el respeto por ti mismo. Y quien pierde el respeto por sí mismo pierde la dignidad del ser humano. Han aplastado tu orgullo, han destruido tu humanidad con palabras bonitas como «perfección». El hombre no puede ser perfecto.

Sí, hay algo que el ser humano puede experimentar, pero que está más allá de su percepción habitual. A menos que también experimente algo de lo divino, no puede conocer la perfección.

La perfección no es como una disciplina, no es algo que se pueda practicar. No es algo que haya que ensayar. Pero eso es lo que se enseña a todo el mundo, con la consecuencia de un mundo lleno de hipócritas, que saben muy bien que están vacíos y huecos pero fingen toda clase de cualidades que no son sino palabras vacías.

Cuando le dices a alguien: «Te amo», ¿te has parado a pensar lo que quieres decir? ¿Es simple encaprichamiento biológico entre los dos sexos? Entonces, una vez satisfecho tu apetito animal, desaparecerá eso que se llama amor. Era solamente hambre, y una vez satisfecha el hambre, se acabó. La misma mujer que te parecía la más bella del mundo, el mismo hombre que te parecía un Alejandro Magno... Empiezas a pensar en cómo librarte de ella o de él.

Te resultará muy esclarecedor comprender esta carta que le escribió Paddy a su amada Maureen.

Mi querida Maureen:

Te conocí anoche pero tú no apareciste. La próxima vez te conoceré, aparezcas o no. Si llego yo primero, escribiré mi nombre en el poste para que lo sepas. Y si llegas tú primero, bórralo y nadie se enterará.

Querida Maureen, por ti escalaría la montaña más alta y atravesaría el más proceloso mar, soportaría cualquier penuria con tal de pasar un momento a tu lado. Tuyo para siempre, PADDY.

P.S. Iré a verte el viernes si no llueve.

En cuanto le dices a alguien «te amo», ya no sabes lo que dices. No sabes que es simple lujuria oculta tras una hermosa palabra, «amor». Desaparecerá. Es algo momentáneo.

El amor es eterno. Es la experiencia de los budas, no de las personas inconscientes de las que está lleno el mundo. Muy pocas personas han conocido el amor, y son las más despiertas, las más iluminadas, las cimas más altas de la consciencia humana.

Si realmente quieres conocer el amor, olvídate del amor y recuerda la meditación. Si quieres llevar rosas a tu jardín, olvídate de las rosas y cuida del rosal. Dale alimento, riégalo, ocúpate de que reciba la cantidad adecuada de sol y agua. Si te ocupas de todo eso, las rosas brotarán a su debido tiempo. No puedes hacer que broten antes, no puedes obligarlas a que se abran antes, y no puedes pedirle a una rosa que sea más perfecta. ¿Alguna vez has visto una rosa que no sea perfecta? ¿Qué más puedes pedir? Toda rosa es perfecta en su singularidad. Baila al viento, en medio de la lluvia, al sol... ¿No ves la enorme belleza, la alegría absoluta? Una rosa común y corriente irradia el esplendor oculto de la existencia.

El amor es una rosa en tu ser, pero tienes que preparar tu ser, disipar la oscuridad y la inconsciencia. Debes estar cada día más alerta y consciente, y el amor llegará por sí solo, a su debido tiempo. No tienes que preocuparte por él. Y cuando llega, es perfecto. El amor es una experiencia espiritual; no tiene nada que ver con los sexos ni con los cuerpos, sino con el ser más íntimo.

Pero tú ni siquiera has entrado en tu propio templo. No sabes quién eres, y preguntas por el amor. En primer lugar, sé tú mismo; en primer lugar, conócete a ti mismo, y el amor llegará como recompensa. Es una recompensa del más allá. Cae sobre ti como las flores... llena tu ser. Y sigue cayendo sobre ti, acompañado de un enorme deseo de compartir. En el lenguaje humano compartir solo puede señalarse con «amor». No explica gran cosa, pero señala la dirección a seguir. El amor es una sombra de la vigilancia, de la consciencia.

Yo te enseño a ser más consciente, y el amor llegará cuando te hagas más consciente. Es un huésped que llega inevitablemente a quienes están dispuestos y preparados para recibirlo. Tú ni siquiera estás preparado para reconocerlo...

Si el amor llama a tu puerta, no lo reconocerás. Si el amor llama a tu puerta, encontrarás mil y una excusas; a lo mejor piensas que es el viento soplando con fuerza, o pondrás cualquier otra excusa para no abrir. E incluso si abres la puerta no reconocerás el amor porque nunca lo has visto. ¿Cómo vas a reconocerlo?

Solo se reconoce lo que se conoce. Cuando el amor llega por primera vez y llena tu ser te sientes completamente abrumado y desconcertado. No sabes qué está pasando. Sabes que tu corazón está danzando, que te rodea una música celestial, conoces unas fragancias que no conocías. Pero se tarda un poco en encajar todas estas experiencias y en recordar que quizá sea el amor. Y poco a poco va calando en tu ser.

El amor no se encuentra en la poesía. Según mi experiencia, quienes escriben poesía sobre el amor son quienes no conocen el amor: Conozco personalmente a grandes poetas que han escrito hermosos poemas amorosos, y sé que nunca han experimentado el amor. En realidad, sus poemas son simples sustitutos, consuelos. Al escribir sobre el amor se engañan a sí mismos y a los demás, fingiendo conocer el amor.

Solamente los místicos conocen el amor. Aparte de los místicos no existe otra categoría de seres humanos que hayan experimentado el amor. El amor es monopolio de los místicos. Si quieres conocer el amor, tendrás que entrar en el mundo del misticismo.

Jesucristo dice: «Dios es amor». Él formó parte de una escuela mistérica, los esenios, una antigua escuela de místicos, pero quizá no se graduara en la escuela mistérica, porque lo que dice no acaba de ser verdad. Dios no es amor; el amor es Dios, y la diferencia es enorme; no se trata solo de un cambio de palabras.

Si dices que Dios es amor, afirmas que el amor es simplemente un atributo de Dios, mientras que también es sabiduría, compasión, perdón. Puede ser millones de cosas además de amor; el amor es uno de los atributos de Dios. Y, en realidad, convertirlo en un pequeño atributo de Dios es irracional e ilógico, porque si Dios es amor no puede ser justo; si Dios es amor no puede ser lo suficientemente cruel como para arrojar a los pecadores al fuego eterno. Si Dios es amor, no puede ser la ley.

Ornar Jayam, gran místico sufí, muestra más comprensión que Jesucristo cuando dice: «Yo seguiré siendo yo mismo. No haré caso de los sacerdotes ni los predicadores porque confío en que el amor de Dios es suficientemente grande; no puedo cometer un pecado mayor que su amor. Entonces ¿por qué preocuparse? Nuestras manos son pequeñas como son pequeños nuestros pecados. Nuestra trascendencia es pequeña; ¿cómo podemos cometer pecados que no pueda perdonar el amor de Dios? Si Dios es amor, no puede estar presente en el juicio final '' para separar a los santos de los demás millones y millones de personas y arrojarlas al infierno para toda la eternidad».

Los esenios enseñaban justo lo contrario; la cita que da Jesucristo es errónea. Quizá sus enseñanzas no habían arraigado demasiado en él. Ellos decían: «El amor es Dios». Una diferencia enorme. Así, Dios se convierte en un atributo del amor, solo en una cualidad de la extraordinaria experiencia del amor. Dios no es una persona, sino solo una experiencia de quienes han conocido el amor. Dios tiene menos importancia que el amor. Y yo os digo que los esenios tenían razón. El amor es el valor absoluto, el florecimiento último. No hay nada más allá. Por consiguiente, no se puede perfeccionar.

Lo cierto es que antes de que lo logres tendrás que desaparecer. Cuando el amor esté ahí, tú no estarás ahí.

Kabir, gran místico oriental, dice algo muy significativo, unas palabras que solo puede pronunciar alguien que ha experimentado, que ha comprendido, que ha entrado en el santuario interior de la realidad suprema: «Había buscado la verdad, pero resulta extraño que mientras el buscador estaba allí, la verdad no era hallada. Y cuando la verdad fue hallada, miré a mi alrededor... yo estaba ausente. Cuando fue hallada la verdad, no estaba el buscador, y cuando estaba el buscador, la verdad no estaba».

No hay coexistencia posible: o tú o el amor; tú eliges. Si estás dispuesto a desaparecer, a fundirte y fusionarte, dejando tras de ti solo una consciencia pura, florecerá el amor. No puedes perfeccionarlo porque no estarás presente. Y además, no necesita perfeccionamiento. Siempre llega perfecto. Pero «amor» es una de esas palabras que utiliza todo el mundo y nadie comprende. Los padres les dicen a sus hijos: «Os amamos», y son los mismos que destruyen a sus hijos. Son los que transmiten a sus hijos toda clase de prejuicios, toda clase de supersticiones del pasado. Son quienes imponen a sus hijos la carga de toda la porquería que se ha ido transmitiendo de una generación a otra. La locura continúa... hasta que se hace gigantesca.

Sin embargo, todos los padres creen amar a sus hijos. Si realmente los amaran, no les gustaría que fueran como imágenes suyas, porque ellos son desgraciados, sufren... La vida no ha sido una bendición para ellos, sino una maldición. Y a pesar de todo, quieren que sus hijos sean como ellos.

Una familia me invitó a pasar unos días en su casa. Yo estaba sentado una tarde en el jardín. Se estaba poniendo el sol y era una tarde preciosa, silenciosa. Los pájaros volvían a sus árboles, y el hijo, un niño pequeño, estaba a mi lado. Le pregunté:

—¿Sabes quién eres?

Los niños son más perceptivos, comprenden con más claridad que los adultos, porque los adultos ya están echados a perder, corrompidos, contaminados, con toda clase de ideologías y religiones. Aquel niño me miró y dijo:

—Me preguntas una cosa muy difícil.

Yo le dije:

—¿Por qué es tan difícil?

Respondió:

—Es difícil porque soy el único hijo que tienen mis padres, y desde que puedo recordar, cuando vienen invitados a casa uno dice que en los ojos me parezco a mi padre, otro que en la nariz a mi madre, otro que tengo la cara de mi tío, así que no sé quién soy, porque nadie dice que se parece a mí.

Repliqué:

—Sí, realmente difícil.

Pero eso es lo que les hacen a todos los niños: No les dejan experimentar a ellos solos y no les permiten ser ellos mismos. Cargan sobre el hijo sus ambiciones insatisfechas.

El doctor Amrito es mi médico personal. Su padre también era un médico de renombre. En su testamento, el padre dejó una extraña condición: que Amrito accediera a la herencia si cumplía esa condición. La condición consistía en que podría sacar el dinero del banco el día en que lo aceptaran como miembro del Real Colegio de Médicos. Si no era aceptado como miembro, si no lo aceptaban en el Real Colegio de Médicos, que es el cuerpo más importante del mundo en lo referente a los médicos...

Cuando me enteré, comprendí la ambición frustrada del pobre padre. Llevaba toda la vida deseando pertenecer a esa prestigiosa organización, y por eso cargó al hijo con su ambición. Se iría de este mundo, pero aún deseaba realizar su ambición. Y si el hijo no podía cumplir aquella condición se quedaría mendigando por la calle, no podría heredar los ahorros que su padre había acumulado durante toda una vida. Y a pesar de ser hijo único, el dinero se pudriría en el banco, sin que él pudiera sacarlo.

Por suerte lo consiguió, y mucho mejor de lo que podría haberse imaginado su padre. Fue aceptado como miembro del Real Colegio de Médicos, el más joven en la historia de la asociación. Allí los aceptan cuando son viejos, experimentados, cuando han escrito muchos libros y artículos, cuando han hecho muchas investigaciones y aportado muchos datos. Amrito lo consiguió rápidamente. Fue el miembro más joven que ingresó en el real colegio.

Todo padre desea que su hijo sea como una imagen suya, pero todo niño tiene su propio destino; si se convierte en tu imagen nunca llegará a ser él mismo. Y sin ser tú mismo jamás te sentirás satisfecho, jamás te sentirás a gusto con la existencia. Siempre sentirás que te falta algo.

Tus padres te aman, y te dicen que tienes que amarlos porque son tus padres. Es un fenómeno extraño del que nadie parece darse cuenta: solo porque seas su madre, el niño no tiene por qué amarte. Tienes que ser digna de ser amada; el hecho de ser madre no es suficiente. Por ser padre, eso no significa que seas inmediatamente digno de ser amado. El hecho de que seas el padre no significa que se cree un enorme sentimiento de amor en el niño.

Pero es lo que se espera... y el pobre niño no sabe qué hacer. Empieza a fingir; es el único camino posible. Sonríe cuando en su corazón no hay sonrisas; da muestras de amor, respeto, gratitud: todo falso. Es actor, hipócrita, un político, desde el principio. Vivimos en este mundo en el que padres, profesores, sacerdotes, todos, te han corrompido, te han desplazado, te han alejado de ti mismo.

Yo me esfuerzo por devolverte a tu centro. A ese centrarse yo lo llamo «meditación». Simplemente quiero que seas tú mismo, con gran respeto por ti mismo, con la dignidad de saber que la existencia te necesita, y entonces podrás empezar a buscarte a ti mismo. En primer lugar llega al centro, y después empieza a averiguar quién eres.

Conocer tu naturaleza original es el comienzo de una vida de amor, de una vida en la que todo es una fiesta. Podrás dar amor porque no es algo que se agote, porque es inconmensurable y no puede agotarse. Y cuanto más des, más capaz serás de dar.

La mayor experiencia de la vida es dar sin condiciones, sin esperar ni siquiera un «gracias». Por el contrario, el amor verdadero, auténtico, siente agradecimiento por la persona que ha aceptado su amor. Podría haberlo rechazado.

Cuando empieces a dar amor con un profundo sentimiento de gratitud hacia cuantos lo aceptan, te sorprenderá ver que te conviertes en emperador, que dejas de ser un mendigo que va pidiendo amor como una limosna de puerta en puerta. Y las personas a cuya puerta llamas no pueden darte amor porque también son mendigos. Los mendigos se piden amor unos a otros, y se sienten frustrados y se enfadan porque no les llega el amor. Pero así tiene que ocurrir.

El amor pertenece al mundo de los emperadores, no al de los mendigos. Y eres emperador cuando estás tan lleno de amor que puedes darlo sin condiciones.

Y a continuación te llevas una sorpresa aun mayor: cuando empiezas a dar tu amor a cualquiera, incluso a los desconocidos, lo que se plantea no es a quién se lo das, sino que la alegría misma de dar es tan grande que ¿a quién le importa quién va a recibirlo? Cuando este espacio entra en tu ser, das a todos y cada uno, no solo a los seres humanos, sino también a los animales, a los árboles, a las remotas estrellas... porque el amor es algo que se puede transmitir incluso a la estrella más distante con una mirada amorosa. Solo con tocarlo, puedes transmitir amor a un árbol. Sin pronunciar una sola palabra... Se puede transmitir en absoluto silencio.

Y cuando lo digo, no me limito a decirlo. Yo estoy viviendo un ejemplo de cuanto os digo. ¿No sentís mi amor, aunque nunca os lo haya expresado? No hace falta decirlo; se declara por sí mismo. Tiene sus propios modos de llegar a lo más profundo, a vuestro ser.

En primer lugar llénate de amor, y después vendrá el compartir. Y, a continuación, la gran sorpresa... que, a medida que des, empezarás a recibir de fuentes desconocidas, desde rincones remotos, de personas desconocidas, de los árboles, los ríos, las montañas. El amor se derramará sobre ti desde cada rendija de la existencia. Cuanto más das, más obtienes, y la vida se transforma en una auténtica danza de amor.

Para mí, este es el estado de iluminación: puro amor. Y no hay otro dios que el puro amor.
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