Programa primera parte




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Introducción

TÍTULO II CONSTITUCIÓN DE LA REPÚBLICA DOMINICANA

DE LOS DERECHOS, GARANTÍAS Y DEBERES FUNDAMENTALES

CAPÍTULO I

DE LOS DERECHOS FUNDAMENTALES

“Artículo 37.- Derecho a la vida. El derecho a la vida es inviolable desde la concepción hasta la muerte. No podrá establecerse, pronunciarse ni aplicarse, en ningún caso, la pena de muerte.”

Es necesario antes de considerar los aspectos éticos del aborto, determinar la aproximación a la dimensión de ética o moral. El ser humano vive sumergido en la responsabilidad de sus actos, cada acto que realiza es una continua relación con otros. Existe, si se quiere, una vertiente social de la que somos autores o protagonistas de nuestra historia. Vivimos no sólo limitados a una relación social y política con los demás, sino que también hay una relación emocional con los nuestros.

El hecho de que seamos seres libres, sujetos de derechos y obligaciones para con los demás, es lo que nos da la categoría de persona moral. De ahí que esa relación de intima comunidad con los otros, tanto social como sentimental, hace que las relaciones humanas estén cimentadas en unas normas o costumbres.

Esas “mores” o prácticas -como le llamaban los latinos- de convivencia social basadas en la mutua cooperación, hacían posible la coexistencia, de ahí deriva la palabra moral.

El termino latino “mos “, corresponde al griego “ethos” del cual proviene la palabra ética. Según se escriba con “e” larga o con “e” breve, tiene un distinto significado en griego: por una parte carácter, personalidad y por otra, costumbre, modo de comportarse.

De esta manera, existen elementos comunes a una ética general: el sentido del bien y del mal que se tenga, el cual supone una serie de elementos unidos entre sí que podemos encontrar en el comportamiento moral de los seres humanos, pertenezcan o no a las más variadas religiones. En esta, destacamos el valor de la ética natural, que caracteriza a aquellos que sin estar aferrados a dogmas, afirman la dignidad moral de la persona humana e intentan vivir según lo que consideran adecuado a esa dignidad.

Hay algo en común a toda ética auténticamente humana: cada cual escoge la manera en que desarrollará su existencia libremente y lo hace de modo diferente, en otras palabras cada persona tiene una visión diferente de las cosas y del mundo. Aun cuando hay diversos factores (v.gr. históricos, geográficos, culturales, hereditarios) que influyen en el comportamiento humano, las nociones generales de lo bueno y de lo malo son universales. Es la razón por la que existen múltiples sistemas éticos, tanto a nivel filosófico y de comportamientos concretos.

Para los cristianos hay un elemento último que fundamenta su juicio moral: la referencia a la Revelación de Dios, culminada en Cristo, que es el fundamento mismo de la moral cristiana. Sus obras y palabras nos dan las pautas a seguir para determinar el prototipo del hombre ideal y perfecto.

De modo, que la dimensión ética es aquella condición de la realidad humana por la que el ser humano se construye a sí mismo libre y coherentemente en la búsqueda del bien. Por esto, desde la perspectiva de la ética, todo aquel que quiera tomar una opción concreta, necesita saber en qué medida es buena o mala para su propia realización y sobre todo para los demás.

Para evaluar conscientemente la bondad o malicia de nuestros actos, necesitamos de criterios, en otras palabras preguntarnos por las normas de moralidad. Hay dos normas de moralidad, una subjetiva que es la conciencia y otra objetiva que es la ley, ambas se complementan. De ahí que el acto moral tenga cuatro elementos básicos: la conciencia que no es más que la propiedad dada por Dios al ser humano para hacer juicios prácticos acerca de la moralidad de sus actos; los valores que son las ideas básicas que sirven al ser humano de eje en su razonamiento moral; la libertad que es la capacidad de auto-determinarse a sí mismo, y que requiere de independencia, ausencia de necesidad y responsabilidad; y la ley que da forma a nuestra libertad y marca sus fronteras.

Digamos entonces que la persona humana es el centro de cuanto pueda decirse de valores morales, de dimensión ética, de normas de moralidad, de comportamientos censurables o no, de comportamientos dignos e indignos.

Sobre el derecho a la vida.

Parto de un concepto cristiano, la vida es un don, el primer don de Dios. Dios está en el origen de la vida. Dios que vive, da la vida. El la ha puesto en nuestras manos para que la vivamos a plenitud sin abusar de ella; y ha puesto en nuestras manos no sólo la nuestra, sino la de los demás y su cuidado.

La vida es sagrada. Dios toma bajo su manto protector la defensa de la vida humana, aun de aquellos que entendemos no son dignos de ella.

Algunos autores entienden que plantear el debate sobre el aborto en torno al concepto de persona humana lleva a una estéril discusión, ya que los distintos sistemas filosóficos (estoicismo, epicureísmo, hedonismo, utilitarismo, humanismo existencialismo, marxismo, anti-humanismo de Nietzsche) nos presentan diversos modos de entender al ser humano, a la persona. Sin embargo, creo necesario, partir del concepto de persona humana, ya que éste proporcionará los elementos necesarios para fundamentar las consideraciones éticas relacionadas con el aborto.

El fatalismo y la omnipotencia del destino de los estoicos; el placer y la vida moral del epicureísmo; el individualismo del hedonismo; el concepto universalista del placer del utilitarismo; la libre determinación de la persona de los existencialistas; la visión materialista del hombre del marxismo; y el anti-humanismo de Nietzche, no creo que tengan el peso moral del humanismo cristiano, visión que va más allá del humanismo filosófico, ya que el hombre es el centro del mundo y los valores.

No obstante todas esta teorías, sobre el particular, titulé un artículo oración de un no creyente, que viene a cuento sobre esto. Me refería a Fiedrich Nietzche que fue un filosofo y escritor alemán nacido en Roecken, 1844 y fallecido en Weimar 1900. En su etapa de madurez como filosofo consideró como “finalidad suprema de la civilización la producción del genio, del Superhombre, que se define en función de la fe en sí mismo, del orgullo…”; en otras palabras que el hombre no necesita de Dios. Bajo esta premisa, escribió el Anticristo, considerando el cristianismo como una moral de esclavos. Sin embargo, al no encontrar una explicación razonable –según él- al acontecer de la naturaleza, pero sobre todo, al sentido de la vida humana, en cierta ocasión exclamó: “¿Dónde está Dios? !Yo se los voy a decir!: !Lo hemos matado nosotros, ustedes y yo! ¡Todos somos sus asesinos! Pero ¿Cómo hemos hecho esto? ¿Cómo hemos podido beber todo el mar? ¿Quién nos ha dado la esponja para borrar todo el horizonte? ¿Qué es lo que hemos hecho al soltar a la tierra de su sol? ¿Hacia dónde se mueve ahora? ¿Hacia dónde nos movemos nosotros? ¿Lejos de todos los soles? ¡Nos estamos cayendo continuamente hacia atrás, hacia el lado, hacia todos los lados?¿Hay todavía un arriba y un abajo? ¿No andamos errantes como una nada infinita? ¿No, sentimos el aliento del espacio vacío? ¿No hace más frío…( ) !Dios permanece muerto! ¡Y hemos sido nosotros los que lo hemos matado! ¿Cómo podremos consolarnos nosotros, los más asesinos de los asesinos? Si contra todo sentido no estás muerto…y te place iluminarme…, y si yo también te he matado, como pienso, perdóname”. ¡Vaya manera tan extraña de expresar la no creencia en Dios! Parece más bien la oración de un no creyente que busca a Dios, pero que en su altivez (¿genialidad?) le impedía expresarlo con la humildad, que es la debilidad de Dios.

La visión cristiana sobre el concepto de la persona humana, se refleja en la siguiente cita, tal como la expuso Jesús: “El sábado es para el hombre, no el hombre para el sábado (Marcos 2,27).

Somos imagen de Dios y seres irrepetibles. De este concepto se desprende la Declaración de los Derechos Humanos (ONU 1948) cuando dice: “Todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona”. “Todo ser humano tiene derecho, en todas partes, al reconocimiento de su personalidad jurídica”. “Todos son iguales ante la Ley y tienen, son distinción derecho a igual protección de la Ley”. Por igual la Declaración de Ginebra (Asociación Médica Mundial 1948): “Guardaré el máximo respeto hacia la vida humana desde el momento de su concepción”. De ahí, que el respeto a la vida humana desde la concepción sea un principio ético fundamental, porque es el respeto a la dignidad humana.

El concepto de persona humana y dignidad, ha sido convenientemente redefinido por grupos o personas que responden a intereses económicos o políticos, en la que quieren despojar a la persona humana de de su categoría de persona porque aún no ha nacido o porque adolece de una enfermedad que le puede dificultar o impedir desplegar todas las cualidades inherentes al ser humano. Se aduce que es una persona en potencia, queriendo justificar con esto, que se puede acabar con esta vida, porque aun no lo es. ¡Nada más aberrante! Me uno a los médicos que sostienen que los que parten de esta teoría tergivesan el ethos de la medicina y del médico, por la del verdugo.

Xavier Zubiri, en Sobre el hombre (Madrid, Alianza Editorial, 1986, p.p.43-182) nos dice algo realmente impresionante y revelador: “…Pero la persona humana es cosa distinta. El oligofrénico es persona; el concebido, antes de nacer es persona. Son tan personas como cualquiera de nosotros”. De igual manera lo hace magistralmente el Dr. Miguel Núñez en un espacio pagado en el Listín Diario del 28 de mayo de 2009, páginas 8A y 9ª, que recomiendo leer por su visión esclarecedora sobre el tema.

Aborto y bien común

Las legislaciones que se han pretendido modificar para despenalizar el aborto durante bastante tiempo, incluso por instituciones que son pro familia, han sido objeto de encendidas discusiones. Los argumentos en pro y en contra de esto son variados, en especial en aquellos países que se pretende de legalizar el aborto en algunos casos. El debate sobre la despenalización del aborto es tan viejo como polémico. Voces progresistas, favorecen la despenalización del aborto, aduciendo que no se puede mezclar la democracia con la religión o más aun que las leyes no pueden estar al servicio de la fe. Creo que hay una grave equivocación conceptual, como si se quisiera quitarle al derecho el carácter de ciencia que tiene, que debe estar poseído por un entrañable sentido de justicia, de equidad y de verdad. Sencillamente, sin darle muchas vueltas al asunto de la despenalización, despojar de sanción el aborto en determinados casos y circunstancias sería abrir las puertas a una nueva figura jurídica el “asesinato justificado”.

La posición de la Iglesia es más que prudente en cuanto al aborto: “La vida humana debe ser respetada y protegida de un modo absoluto desde el momento de la concepción”. Lo extraño en algunas personas que defienden posiciones tan liberales respecto al aborto que tengan una ortodoxia respecto a temas de menos trascendencia. No hay que olvidar que toda ley debe ir dirigida a proteger el bien común, si por éste se entiende “el conjunto organizado de condiciones sociales, gracias a las cuales la persona humana puede cumplir su destino natural y sobrenatural”.

De modo, que el bien común rechaza toda conducta humana que no sea de una manera o de otra beneficiosa para la sociedad, cuando de acuerdo a su naturaleza debiera hacerlo. Desde esa perspectiva la despenalización del aborto es una aberración jurídica. Lo es si atendemos a lo que tantas Escuelas Filosóficas y Tratadistas de Derecho entienden por ley siguiendo los lineamientos de Santo Tomas de Aquino en la Summa Theologica: “La ley es la ordenación de la razón al bien común promulgada por aquel que tiene a su cuidado la comunidad”. Pero más aun, no se puede olvidar que “la ley ha de ser honesta, justa, posible, adecuada a la naturaleza y a las costumbres del lugar, conveniente en el tiempo, provechosa y clara”.

Consideración ética sobre el aborto

Algunos autores tratan el aborto y lo analizan cómo «la protección jurídica de la vida humana se vio ante una situación de tensión cuando se la contrapuso a los derechos de la mujer». A este respecto, «el Tribunal Constitucional español buscó una fórmula de ponderación rechazando que se pudiera establecer la prioridad, bien del valor de la vida del no nacido, bien del derecho de autodeterminación de la mujer. Esto ha traído que ahora la vida humana se ve contrapuesta no a los derechos de la mujer -debate que ha pasado a un segundo plano- sino a los derechos de la libertad de investigación científica. Curiosamente parece no haber ponderación alguna; las expectativas abiertas por la Ciencia, con más o menos fundamento, no parecen admitir límite alguno y la vida acaba siendo arrasada. Los derechos de la Ciencia terminan siendo más importantes que los de las mujeres».

Cualquier discusión ética sobre el aborto debe centrarse en el derecho a la vida del no-nacido. La pregunta que se impone es si a éste le corresponde un derecho fundamental a la vida, de igual manera que se le atribuye al recién nacido, o si por el contrario existe un fundamento objetivo para darle un valor menor o incluso mantenerlo fuera de toda relevancia ética o jurídica.

Si se parte del concepto de persona será la discusión de nunca acabar. Por esto se prefiere que el debate sobre este tema ético del aborto arranque desde la situación más próxima cronológicamente a la de la vida no-nacida. La pregunta es: ¿por qué ante el recién nacido se impone la convicción ética que se está frente a un ser humano cuyo derecho a la vida debe ser respetado, en cambio frente al no nacido se le niega ese derecho?

Se asimila el recién nacido a la visión de corporeidad de un adulto, entendiendo los que propugnan por el aborto, que el no-nacido no la tiene. Sin embargo, González Faus reconocido teólogo, ha hecho una consideración importante sobre el tema ético y legal del aborto al acuñar el término de “vida con destino humano” para referirse al ser humano no-nacido, el cual, entiende, tiene un destino personal, que hace que sintamos, en la contemplación del nuevo ser, un sentimiento de trascendencia y de misterio.

Para el teólogo José-Román Flecha hay tres elementos que hay que tocar para una reflexión ética sobre el aborto:

i) La primera es la moralidad objetiva referido necesariamente al valor último de la vida humana, tutelado por el mandamiento bíblico de no matarás. Acude a las antiguas palabras de Tertuliano: “Es ya hombre el que ha de ser hombre”. En otras palabras, el respeto a la vida del no-nacido no puede ignorar la historicidad inherente al ser humano.

ii) La segunda es la responsabilidad personal que se enmarca dentro de los conflictos de valores éticos en una situación concreta, aplicada a los campos considerados por la reflexión moral que ayudaría a plantear el tema con mayor coherencia y con mayor realismo, asumiendo que se trata de distinguir entre el mal moral objetivo y la culpabilidad de las decisiones asumidas por la persona individualmente, en la que la Iglesia que se trata en muchos casos de una decisión dolorosa e incluso dramática.

iii) La tercera es la responsabilidad política en la que hay que considerar el problema de la legalización o despenalización del aborto, ya que no es lo mismo valorar éticamente el aborto que emitir un juicio ético sobre su despenalización. Como no es lo mismo moral que derecho, ni legalización que despenalización (la conducta legalizada se convierte en un derecho, la despenalización en cambio no supone que la conducta sea legal ni que el Estado deba protegerla), así como, que las leyes han de defender a los indefensos y tutelar los valores éticos fundamentales inherentes a la dignidad de la persona humana, y también cómo es preciso tratar el problema de una eventual objeción de conciencia.
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