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Se cuestiona el poder de la Iglesia



En la Europa medieval, la Iglesia tenía poder supremo. La Iglesia era terrateniente, tenía una gran influencia y era la proveedora de la verdad; además, se arrogaba el papel de ser la única que sabía todo. Su dogma era ley y su poder, absoluto. No sólo legislaba la forma en que funcionaba el mundo espiritual, en términos de cielo, infierno y purgatorio, sino que también decía cómo tenía que comportarse el universo físico.

En 1543, Nicolás Copérnico tuvo la audacia de contradecir a la Iglesia y a la Biblia. Publicó un libro en el que sugería que el Sol, y no la Tierra, era el centro del universo. La Iglesia, al enfrentarse con la idea de que Copérnico podría estar en lo cierto, prohibió a sus seguidores leer el libro. Lo puso en el Índice de libros prohibidos y, cosa increíble, no lo quitó ¡hasta 1835!

Afortunadamente para él, Copérnico murió por causas naturales antes de que la Iglesia pudiera cogerle. Dos científicos que apoyaron su obra no consiguieron escapar tan fácilmente. Giordano Bruno confirmó los cálculos de Copérnico y planteó que nuestro Sol y sus planetas podrían no ser sino un sistema solar entre otros muchos en un universo infinito. Por esa terrible blasfemia, fue llevado ante la Inquisición (que todavía hoy sigue siendo un departamento dentro de la Iglesia), condenado por hereje y quemado en la hoguera.

Galileo Galilei también apoyó el modelo de Copérnico. También él fue llamado ante la Inquisición, pero, como era amigo personal del Papa, solamente le condenaron a permanecer encerrado en su casa (a la edad de 70 años) hasta su muerte.

A menudo se conoce a Galileo como el “padre de la ciencia moderna”, porque fue el primero que basó su trabajo en los dos pilares que han caracterizado la actividad científica desde entonces: la observación empírica y el uso de las matemáticas.

A comienzos del siglo XVII, gracias a los descubrimientos de Galileo, el conocimiento dejó de ser propiedad de los sacerdotes. Su validez en adelante ya no se basaría en las fuentes autorizadas de la Antigüedad, o en las jerarquías eclesiásticas. En adelante, el conocimiento se iba a adquirir a través de la investigación y de la observación directa y a validad mediante principios convenidos, que pronto se conocería como el método científico. Los científicos no buscaban enfrentarse a la Iglesia; sabían que era inútil y peligroso. En vez de intentar formular leyes matemáticas sobre Dios o el alma, o siquiera sobre la sociedad y la naturaleza humana, se limitaron a investigar los misterios de la materia.

La Iglesia, por su parte, hizo todo lo que estaba en sus manos para impedir que se propagaran ideas que podrían poner en peligro su autoridad. Pero lo que pasó fue precisamente lo que la Iglesia temía. Cuando los científicos perseveraron en la aventura del descubrimiento, utilizaron el conjunto creciente de conocimientos para crear tecnologías cada vez más poderosas; el atractivo de la actividad científica incrementó el apoyo que recibía.
De niño, pensaba mucho en Dios. Me dijeron que no podía entender a Dios, que era un misterio que jamás podría desentrañar. Yo, que era arrogante e inquisitivo, decidí que estaban equivocados; pensaba que tenía que haber un camino. Cuando, de adolescente, descubrí la ciencia, me entusiasmé. Aunque sabía que la ciencia estudiaba los efectos de un orden superior, me parecía que las cosas que aprendía se acercaban más al milagro de la vida que muchos de los momentos aburridos que había experimentado de niño en la iglesia. Cuando descubrí la mecánica cuántica, ¡me pareció que estaba en el cielo! (perdón por el juego de palabras); utilizaba un lenguaje que, en mi opinión, podría empezar a explicar lo divino, y la idea del observador podría sugerir que lo divino somos nosotros. La ciencia y el espíritu no son tan distintos; son disciplinas diferentes que intentan entender la misma cosa.

MARK

Descartes separa el cuerpo de la mente, la humanidad de la naturaleza



El filósofo y matemático francés del siglo XVII René Descartes amplió la distancia que existía entre la ciencia y espíritu: “En el concepto de cuerpo, nada hay que corresponda a la mente, y nada hay en el concepto de mente que corresponda al cuerpo”.

Y así cayó el hacha y partió por la mitad una misma moneda (la realidad). Si la ciencia y el espíritu estaban divorciándose, Descartes fue el abogado que lo hizo aceptable. Aunque él creía que Dios había creado tanto el espíritu como la materia, pensaba que eran cosas completamente distintas e independientes. La mente humana era un centro de inteligencia y razón, diseñado para analizar y entender. El campo propio de la ciencia era el universo material (la naturaleza), una máquina, según él, que actuaba de acuerdo con leyes que podían ser formuladas matemáticamente. Para Descartes, gran aficionado a los relojes y a los juguetes mecánicos, en la naturaleza todo compartía esa esencia mecánica, y no únicamente las cosas inanimadas como los planetas y las montañas. Asimismo, todas las operaciones del cuerpo podrían explicarse de acuerdo con el modelo mecánico: “Considero que el cuerpo humano es como una máquina”. La separación de mente y cuerpo, que Descartes convirtió en regla fundamental de la ciencia, ha causado innumerables problemas, como veremos después.
IMAGEN 005

Fotografía: Miceal Ledwith
El abismo entre la ciencia y el espíritu nos afecta hoy porque los científicos implicados en esa clase de debate saben muy poco sobre las verdaderas enseñanzas del espíritu. Se limitan a recoger las historias que se cuentan en todos los púlpitos del país y lo toman por espíritu científico cuando, de hecho, no es más que una versión de la ciencia del espíritu. Y desgraciadamente, los eclesiásticos tampoco conocen su ciencia, de modo que en realidad las dos partes están disparando a fuego cruzado. Pero son sencillamente dos formas complementarias de mirar la realidad.

Miceal Ledwith

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