La carrera del profesor universitario: cada vez más larga, MÁs pobre y más precaria




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LA CARRERA DEL PROFESOR UNIVERSITARIO: CADA VEZ MÁS LARGA, MÁS POBRE Y MÁS PRECARIA.

Julio Carabaña

Catedrático de la UCM


La invención de la carrera profesoral 2

Cada vez desde más bajo 5

Cada vez más pobre 5

Cada vez más precaria 6

No es la globalización, somos nosotros 9

Una propuesta de acceso 10

La diversidad como problema 14


Introducción
Debo empezar agradeciendo a los organizadores de este ciclo, que a mí se me han manifestado en la amabilidad de Miguel A. Calavia, el honor de hablar sobre la Universidad en esta de Valencia que fue la mía. Puedo evocar aún con intensidad los nervios del examen de Preu en el Paraninfo de la Cella de La Nave, sentir el fresco de los bancos de piedra del claustro renacentista alrededor de Juan Luis Vives durante los cuatro años siguientes, oler la tierra de los jardines de Blasco Ibánez cuando nos mudamos al edificio nuevo en la primavera del setenta. No hace tanto tiempo, al cabo, como lo prueban las caras y los espíritus todavía jóvenes de algún admirado maestro de entonces, como Marqués, y de compañeros como Ernest García, Olga Quiñones o Joaquín Azagra. Aquí y con ellos comencé a hablar y discutir sobre este tema, interminablemente, según parece. Fueron los años de la protesta estudiantil, y aunque las ideologías con que racionalizamos la oposición al franquismo fueran distintas, todas ellas arrancaban, aunque no fuera más que por exigencias de la táctica, de una crítica de la universidad de entonces y concordaban aproximadamente en la exigencia de una universidad democrática en una sociedad democrática.


No ha pasado tanto tiempo, pero en la Universidad ha habido grandes cambios. El que queríamos, vino pronto: tuvimos una sociedad razonablemente democrática y dentro de ella una Universidad igualmente democrática, al menos por lo que se refiere a la autonomía y al gobierno por cargos electos. Pero ha habido muchos otros que deben más a la dinámica autónoma de las sociedades y las organizaciones que a la voluntad política.
El principal y más notorio ha sido un cambio cuantitativo. La Universidad se ha hecho tan grande como era el Bachillerato entonces: hay tantos profesores, tantos alumnos, tantos centros universitarios como había entonces en Bachillerato. Realmente más: si entonces comenzaban el Bachillerato 20% de los niños de cada generación, ese mismo porcentaje comenzaba Facultades y ETS en el año 2002. Sumando Escuelas Universitarias -que por entonces todavía no eran Universidad- el porcentaje sube a 35%. Desde luego que no es del todo correcto incluir en la comparación las Escuelas Universitarias, que entonces, antes de la Ley General de Educación, todavía se contaban entre las Enseñanzas Medias junto con el Bachillerato. Pero en un cierto sentido es admisible, pues su incorporación a la Universidad es una prueba más del éxito de ésta. Mientras hablábamos de su crisis, mientras nos cuidábamos de ella con una actitud muchas veces agónica, la Universidad se iba convirtiendo en una de las Instituciones con mayor éxito en una segunda mitad del siglo XX, un tiempo lleno de instituciones fuertemente expansivas.
Podría pensarse que tuvimos gran acierto al ligar nuestras vidas como profesores a institución tan exitosa. Sin duda nuestro éxito habrá sido paralelo al de la Institución y poco o nada tendremos que envidiar a aquellos otros que tomaron caminos más mundanos y de futuro aparentemente más brillante. Así ha sido en parte: gracias a su crecimiento sostenido, gracias al enorme éxito de la Universidad, no fue tan grave nuestra decisión y hemos llegado mucho más lejos en nuestras carreras académicas de lo podía preverse cuando empezamos, tan jóvenes y tan dispuestos a ofrecer a la ciencia el tiempo que nos fue dado en este mundo. Pero en parte no ha sido así, en especial si nos comparamos con nuestros antecesores en la misma función: hemos empeorado. Ahora bien, nuestro descenso no es nada si comparamos nuestras carreras con las de nuestros sucesores, que tienen todos los visos de ser todavía más largas, más precarias, más pobres y más dependientes de lo que lo han sido y están siendo las nuestras.
De esto precisamente he elegido hablaros, de carreras y de sueldos. Al cabo, tratamos de ello con mucha frecuencia cuando hablamos de nosotros. Habrá a quien le parezca prosaico elevar a la dignidad de conferencia lo que parece materia de informal sobremesa. Creed que me cuesta a mí también renunciar a llevar el asunto a niveles más altos de abstracción, dejar de comparar la Universidad actual con la del XIX, no examinar la relación profunda de la masificación con los cambios en la hegemonía, no analizar la penetración en la Universidad de la cultura mediática, no terminar llamando a recuperar algún espíritu originario. Me cuesta hablar de la Universidad en cosas simples y proponer como alternativa la que voy a proponer, a saber, que se nos pague más desde más pronto y se nos deje enseñar a conciencia. Así que, de paso, pero sólo de paso, cuando busque causas y culpas, me permitiré aludir a ciertas reformas más generales y a ciertas concepciones más abstractas sobre las funciones y misiones de la Universidad, en particular sobre las relaciones entre la enseñanza y la investigación. Pero sin obscurecer lo esencial, que se pueden encontrar las causas de nuestros problemas en nosotros mismos, y que la cosas -concretamente, la carrera del profesor- podría mejorar mucho con tal de que nosotros nos lo propusiéramos. No esperareis de mí, no por lo menos hoy, que atribuya las penas que nos afligen a instancias externas, grandiosas e irresponsables, como la globalización, la sociedad del conocimiento, la sociedad del riesgo, el neoimperialismo o el neoconservadurismo.

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