An Bernabé fue judío de la tribu de Leví, y nació en Chipre, don­de había mucho tiempo que se había establecido su familia; llamóse José ó Joseph hasta después




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fecha de publicación15.01.2016
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SAN BERNABÉ, APÓSTOL
Día 11 de junio
P. Juan Croisset, S.J.
San Bernabé fue judío de la tribu de Leví, y nació en Chipre, don­de había mucho tiempo que se había establecido su familia; llamóse José ó Joseph hasta después de la ascensión del Salvador, que los Apóstoles le dieron el nombre de Bernabé, que quiere decir hijo de consolación, por el don particular que le había dado Dios para consolar á los afligidos, teniendo especial gracia para endulzar las pesa­dumbres y tranquilizar los corazones. En todo era muy grato, dice San Juan Crisóstomo: bella disposición, genio apacible, naturalmen­te liberal, recto, sincero, afable y bondadoso, de una fisonomía muy amable, de bello aire, de modales atentos y cortesanos; en fin, de tanta modestia y compostura, que desde luego se llevaba los cora­zones.
Su casa era muy acomodada, y así no perdonó á medio alguno para darle una buena educación. Prendados sus padres de su ama­bilidad , de su natural inclinación á la virtud y de los talentos que ya manifestaba para las letras, le enviaron á Jerusalén para que las aprendiese bajo el magisterio del célebre Gamaliel, con cuya ocasión conoció á Saulo, que era de su misma edad con corta dife­rencia, y estudiaba también con el mismo maestro. Desde entonces estrecharon los dos aquella amistad que después contribuyó no poco á la conversión de los gentiles.
Al paso que el joven José iba creciendo en edad, crecía también en juicio y en prudencia: no había mozo más virtuoso ni más asen­tado., Como por su tribu había nacido destinado al ministerio del templo, todo su estudio era hacerse digno de él con la pureza de las costumbres, siendo toda su ocupación y todo su entretenimiento la oración y la lección de las Santas Escrituras. Nunca se le hallaba sino en el templo, ó con los doctores de la Ley, y en todas partes era conocida y celebrada su virtud.
Hallábase Bernabé en su gran reputación cuando el Salvador del mundo se comenzó á manifestar en público con sus milagros. Ha­llóse presente al que hizo con el paralítico; y como suspiraba tanto por el Mesías, y no le tenían ofuscado las pasiones, conoció luego á Jesucristo; prevenido con la divina gracia, se arrojó á los pies del Salvador y le suplicó le admitiese en el número de sus discípulos; recibióle entre ellos el Señor, y colmóle de gracias con esta dichosa elección.
Admitido nuestro Santo en el número de los setenta y dos, corría las villas y las aldeas anunciando al Salvador, y autorizando con muchos milagros su predicación.
Era dueño de una posesión muy rica cerca de Jerusalén; vendióla después de la venida del Espíritu Santo, y puso todo el precio á los pies de los Apóstoles para que fuese distribuido entre los pobres. Sa­biendo que su antiguo condiscípulo Saulo, movido de un falso celo, era enemigo mortal de los discípulos de Cristo, tuvo muchas confe­rencias con él; probóle invenciblemente la divinidad del Salvador; convencióle, pero no le convirtió, porque Jesucristo se había reser­vado á Sí mismo esta conquista.
Mientras Bernabé y Pablo trabajaban en la viña del Señor en Antioquia con Simón, llamado el Negro, con Lucio el de Cirene y con Manahen, hermano de leche de Herodes, á los cuales llama la Es­critura profetas y doctores, los escogió Dios para apóstoles de los gentiles de un modo maravilloso. Estaban juntos un día los ministros del Señor para celebrar los divinos misterios, y el Espíritu Santo or­denó, por la boca de los profetas, que Pablo y Bernabé fuesen segre­gados para emplearse en el ministerio á que los tenia destinados, que era anunciar á los gentiles el Evangelio. Luego fueron consa­grados por la imposición de las manos, que, elevándolos á la digni­dad de apóstoles, los llenó de los dones del Espíritu Santo, y los con­firió la plenitud del sacerdocio.
Recibida la misión, partió San Bernabé con San Pablo para Seleucia; des­de allí pasaron á la isla de Chipre, don­de dieron principio á las funciones de su apostolado; pre­dicaron la fe de Je­sucristo en Salamina con un fruto nun­ca oído; corrieron lo restante de la isla, y llegaron á Pafos, donde confundie­ron á un mago, ju­dío de profesión, llamado Elimas, que se metía en profetizar lo que estaba por venir. De Chipre se enca­minaron á Panfilia, y de allí á Perge, donde Juan Marco, no pudiendo ya con las fatigas del ca­mino, se despidió de ellos y se volvió á Jerusalén. Continuaron su viaje al Asia, y llevaron el Evangelio á Antioquia de Pisidia, donde consintieron en ser apedreados. Algunas mujeres judías que hacían profesión de piadosas, animadas de sus falsos doctores, que no podían sufrir las muchas conversiones que hacían los apóstoles, los echaron de la ciudad; y en esta ocasión fue cuando, volviéndose San Pablo y San Bernabé hacia aquellos endurecidos corazones que no querían recibir el Evangelio, les dijeron en tono y con autoridad apostólica: A vosotros primeramente debíamos anunciar la palabra de Dios; pero, pues ciegos la despreciéis y os hacéis indignos de la vida eterna, veis aquí que la vamos á anunciar á los gentiles. (Act. 1S.) Sacudie­ron el polvo de los zapatos, abandonaron aquel país y se encamina­ron á Icónia, hoy Cogni, donde convirtieron algunos judíos y mu­chos idólatras. Pasaron á Listris ó Listria, ciudad de Licaonia, don­de obraron tantas maravillas que, admirados los paganos, tuvieron á Bernabé por el dios Júpiter á causa de su bella presencia, y á Pablo por Mercurio, notando que siempre hablaba el primero; en cuya consideración condujeron algunas víctimas á sus pies para ofrecerles sacrificios. Compadecidos los apóstoles de su ceguedad, rasgaron sus vestiduras y les dijeron: ¿Qué hacéis, amigos, qué hacéis? ¿No veis que somos hombres mortales como vosotros, que veni­mos á exhortaros dejéis esas supersticiones, y á que reconozcáis al solo verdadero Dios, que crió el Cielo y la Tierra? (Act. 14.) Costó­les mucho trabajo el hacérselo creer; pero, llegando á la sazón algu­nos judíos de Iconia, persuadieron al pueblo que los dos extranjeros eran dos insignes impostores, y todos sus aparentes milagros efectos del arte mágica. En un instante pasaron los idólatras de un extremo á otro; arrojáronlos á pedradas de la ciudad, faltando poco para que San Pablo pereciese en ella; y el día siguiente tomaron los dos el camino de Derba.
En medio de todos estos trabajos se multiplicaba el número de los fieles; corrieron toda la Licaonia y la Pisidia; llegaron á Panfilia, predicaron en Perga, y después en Atalia, haciendo en todas partes portentosas conversiones y fundando iglesias en todas; en fin, se restituyeron á Antioquía, donde contaron á los hermanos las mara­villas y los prodigios que Dios había obrado para acreditar su mi­nisterio entre los gentiles, y en todos los lugares donde habían anun­ciado el Evangelio.
No fue menos laboriosa la estancia de San Bernabé en Antioquia que lo habían sido sus viajes, no permitiéndole tomar algún descansó el ardiente celo que tenia por la salvación de las almas; Hizo también algunas apostólicas excursiones en la Tracia y hasta Iliria, adelantando nuevas conquistas á Jesucristo. Algunos judíos recién con­vertidos, animados de un excesivo celó por las ceremonias antiguas, pretendían que á todos los fieles se les debía, sujetar al yugó de la ley, y que la de Jesucristo no dispensaba la dé Moisés. Esto puso en precisión á Pablo y á Bernabé de hacer un viaje de Antioquia á Jerusalén, donde asistieron al concilio de los Apóstoles, y fueron reco­nocidos los dos por apóstoles de los gentiles. En el mismo concilio hicieron públicamente los dos Santos una puntual relación de les asombrosos progresos que hacía todos los días la fe entre los gentiles, y de la felicidad con que se iba levantando la Iglesia sobre las ruinas de la idolatría.
Al oír tantas maravillas Juan Marco, primo de San Bernabé, arrepentido de su inconstancia y de su cobardía, protestó qué ya nunca se apartaría de su lado, y desdé entonces se hizo su discípulo. Vol­vieron los dos apóstoles á Antioquia, y allí se separaron para ir cada uno á su misión: Pablo, tomando por compañero á Sylas y se dirigió al Asia; y Bernabé, en compañía de Juan Marco, partió á Chipre, donde muy en breve, con su suavidad y con sus amabilísimos modales, tan propios para ganar los corazones, convirtió toda la isla á la fe de Jesucristo.
No podía encerrarse en los estrechos límites de ella un celo tan fervoroso y tan activo; extendióse mucho más allá, y aun se ase­gura que llegó á Italia el santo apóstol, gloriándose la célebre Iglesia de Milán de haberle logrado por su primer apóstol. Vuelto á Chipre, confirmó en la fe á los cristianos, aumentó el número con nuevas conversiones, é hizo muy floreciente aquella Iglesia. No faltaba otra cosa á la gloria de nuestro Santo que coronar con el martirio los trabajos de su apostolado; pero no tardó mucho en conseguir esta gracia. Irritaron á los judíos las insignes conversiones que hacía, y resolvieron librarse de él. Revelóselo Dios, como también el día de su muerte, y se preparó con nuevo fervor para ser víctima de aquel sacrificio. Llegado el dichoso día, muy de mañana ofreció á Dios el del altar, dando orden á Juan Marco de que se retirase, y no vol­viese sino á dar sepultura á su cuerpo. Los ancianos de la sinagoga de Salamina representaron al pueblo que las conquistas que hacía Bernabé á Jesucristo arruinaban la religión de Moisés, y faltaba poco para que la sinagoga se convirtiese en un desierto. Excitóse una sedición popular, y, echando mano del apóstol, le arrastraron hasta fuera de la ciudad, donde le quitaron la vida á pedradas el día 11 de Junio, hacia el año 70 de Jesucristo; y con esta preciosa muerte terminó su gloriosa carrera nuestro gran Santo. Quisieron después quemar su cuerpo; pero su querido discípulo Juan Marco acudió la noche siguiente con otros cristianos, y, hallándole entero, le dio sepultura á ciento veinte pasos de la ciudad.

Sobreviniendo poco tiempo después la persecución, se olvidó él lu­gar de la sepultura, hasta que, convertidos á la fe los emperadores, se hizo tan célebre con los milagros, que le llamaban el sitio de la salud. En fin, por los años 488, en tiempo del emperador Zenón, sé descubrieron las preciosas reliquias por un sueño en que el mismo Santo se las reveló á Antemo, obispo de Salamina. Formóse una procesión de todo el clero, seguido de toda la ciudad, que se enca­minó al sitio que el Santo había revelado, cavóse en él, y se encon­tró el santo cuerpo en una especie de gruta, teniendo sobre el pecho el Evangelio de San Mateo, escrito todo de mano del mismo San Bernabé. Envió Antemo este ejemplar al emperador Zenón, que le man­dó guarnecer en láminas de oro y guardar respetuosamente en su palacio. Después hizo edificar una magnífica iglesia en honor de San Bernabé, en el mismo sitio en que se había encontrado aquella pre­ciosa reliquia, colocando el sepulcro del Santo al lado derecho del altar, enriquecido con relieves de plata y con grandes columnas de mármol.
Asegura San Jerónimo que San Bernabé escribió una epístola llena de edificación para toda la Iglesia, en la cual prueba la abolición de la ley por el Evangelio de Jesucristo, la inutilidad de las ceremonias legales y la necesidad de la encarnación y la muerte del Salva­dor, con otras instrucciones doctrinales muy provechosas. Dirigíase á los hebreos, esto es, á los judíos que habían abrazado la religión cristiana, pero que todavía estaban muy pegados á las observancias ceremoniales de la ley; en ella se califica el Santo á si mismo el úl­timo y la escoria de los mismos á quienes escribe, encomendándose en sus oraciones. Aunque esta epístola no está recibida por canóni­ca, la citan muchas veces San Clemente Alejandrino, Tertuliano y Orígenes, que la llama epístola católica, esto es, dirigida á toda una nación, y no á alguna iglesia ó persona particular.
La Misa es en honor de San Bernabé, y la oración la siguiente:
¡Oh Dios, que nos consuelas con la intercesión de tu bienaventu­rado apóstol Bernabé! Concédenos benigno que consigamos por tu gracia aquellos beneficios que os pedimos por su ruego. Por Nuestro Señor, etc.
La Epístola es del cap. 11 y 13 de los Hechos de los Apóstoles.
En aquellos días, gran número de gente en Antioquia, habiendo creído, se con­virtió al Señor. Y esta noticia llegó á oídos de la Iglesia que estaba en Jerusalén, y enviaron á Bernabé hasta Antioquia. El cual, habiendo llegado y visto la gracia de Dios, se alegró; y exhortaba á todos á permanecer en el Señor con constancia de corazón, porque él era hombre de bien y lleno de Espíritu Santo y de fe. Y se adquirió gran multitud de gente para el Señor. Bernabé, pues, se partió para Tar­so en busca de Saulo; y, habiéndole encontrado, le condujo á Antioquia. Y se mantuvieron en aquella Iglesia un año entero, y enseñaron á una gran multitud, de manera que en Antioquia fueron los primeros discípulos que se llamaron cris­tianos. Y había en la Iglesia de Antioquia profetas y doctores, entre los cuales Bernabé y Simeón, llamado el Negro, y Lucio de Cirene, y Manahen, hermano de leche de Herodes Tetrarca, y Saulo. Mientras éstos ofrecían al Señor los sagra­dos misterios y ayunaban, les dijo el Espíritu Santo: Separadme á Saulo y Bernabé para la obra á que los tengo destinados. Entonces, después de haber ayunado y orado, imponiéndoles las manos, los despidieron.
REFLEXIONES
Segregadme á Saulo y á Bernabé para el ministerio á que Yo los he destinado. El Espíritu Santo es el que habla; el mismo Dios es el que los escoge para las funciones del sagrado ministerio; con seme­jante vocación, ¿cómo podían dejar de ser poderosos en obras y en palabras? Por eso nunca se vieron misiones más provechosas, celo más eficaz ni tantas conversiones. Y ¿qué no harían también todos los días los ministros del Señor, si se dedicaran siempre al sagrado ministerio por elección del Espíritu Santo? El ministerio siempre es verdaderamente divino; pero ¿es siempre verdaderamente divina la vocación? ¿Es siempre Dios el que llama á ese muchacho al servicio del Altar? ¿Es Dios el que le separa para Sí? ¿Es Dios el que le es­coge para ese ministerio? ¡Ah, y cuántas veces no hay otra voca­ción que la ambición y la codicia! ¿Es el segundo ó el tercero de la casa? Pues dediqúese á la Iglesia, pero no tiene vocación; no im­porta, sus padres la tienen por él; pero le faltan los talentos nece­sarios para el cumplimiento de las graves obligaciones del estado; no importa, ya tendrá habilidad para coger las rentas del beneficio. Aunque llame Dios á un joven al estado religioso; aunque su vocación sea la más fuerte, la más indubitable, á nada de eso se atien­de; sólo se mira la predilección de los padres y el interés de la fami­lia. No tiene dote una doncella; esto basta para que los padres se crean movidos del espíritu de Dios para decir que ha de ser religio­sa; pero tiene un dote considerable, es la heredera de la casa; pues su amor al retiro y su inclinación al claustro es una conocida tenta­ción. Pregunto: ¿es Dios el que preside á las elecciones de uno y de otro estado? ¿Es el espíritu de Dios el que hace este repartimiento? De ningún modo; es una ciega predilección, es la ambición, es el interés, es el favor, es el derecho del nacimiento los que, sin con­sultar á Dios, deciden soberanamente de la suerte de los hijos, y en éstos son miras y respetos puramente naturales los que les hacen to­mar gusto á las más sagradas dignidades, á las funciones más gra­ves del tremendo ministerio; y nos admiraremos después de que se les trastornen las cabezas á los que están en los empleos más altos; nos admiraremos de que el pan de la palabra de Dios no tenga fuer­za ni sustancia en la boca de aquellos que no fueron escogidos de Dios para repartirle; nos admiraremos de que el sacerdote se con­funda con el lego por el desorden ó por la irregularidad de sus costumbres; de que los pastores de Israel se apacienten á sí mismos, en lugar de apacentar el rebaño, como se explica el Profeta; nos admi­raremos , en fin, de que los cargos que hacía Dios en otro tiempo á los ministros de la Ley antigua vengan tan ajustados á los de la Ley nueva.
El Evangelio es del cap. 10 de San Mateo.
En aquel tiempo dijo Jesús á sus discípulos: He aquí que yo os envío como ove­jas en medio de los lobos. Sed, pues, prudentes como las serpientes, y sencillos como las palomas. Pero guardaos de los hombres, porque os harán comparecer en los concilios, y os azotarán en sus sinagogas, y seréis llevados por mi amor delan­te de los presidentes y de los reyes, como testigos contra ellos y contra las nacio­nes. Pero cuando os hagan comparecer no penséis del cómo ó qué habéis de hablar, porque en aquella hora os será dado lo que habéis de hablar. Porque no sois vos­otros los que habláis, sino el espíritu de vuestro Padre que habla en vosotros. El hermano, pues, entregará á su hermano á la muerte, y el padre al hijo, y se levan­tarán los hijos contra sus padres, y los harán morir: y seréis aborrecidos de todos por causa de mi nombre; pero el que perseverare hasta el fin, ése será salvo.
MEDITACIÓN
De la prudencia cristiana.
Punto primero.—Considera que la prudencia cristiana es aque­lla importante virtud que enseña á arreglar la vida y las costumbres según las máximas de la ley de Dios, y á dirigir las palabras y las obras según las reglas de la fe y de la religión que profesamos; sin ella no hay honradez, ni hay virtud, ni hay mérito; sin ella, todo es error y desvarío; y sin esta luz, cada paso es un tropiezo.
No hay cosa más flaca ni más falsa que la prudencia del mundo; todo su estudio tira á alucinarnos; yerra los fines y desacierta los medios, con que por precisión todas sus lecciones han de parar en engañarnos. ¡Qué dignos son de lástima los que se dejan conducir de semejante guía! Fines torcidos, medidas desconcertadas, quimeras fantásticas, discursos falaces, manantial inagotable de disgustos y de arrepentimiento, éstos son los funestos pero necesarios efectos de la prudencia de la carne. Mira cómo á un solo golpe de viento se desvanecen todos esos vastos proyectos de fortuna.
Considera bien esas medidas, tomadas con tanto estudio, conduci­das con tanta habilidad, sostenidas con tanto arte; por lo común, si no siempre, se halla que se tomaron mal y que no alcanzan. Nues­tras luces son muy limitadas, nuestra destreza muy corta, y todas nuestras fuerzas no bastan para evitar los escollos en que se va á es­trellar toda la prudencia humana. Es menester elección, previsión, discernimiento; es menester no perder jamás de vista la regla de las costumbres, la brevedad de la vida, la inmutabilidad de nuestro úl­timo fin; es menester conocer la vanidad, descubrir la falsa brillan­tez, comprender la nada de esos bienes criados que nos encantan; y esto ¿quién lo puede hacer sino sólo la prudencia cristiana, que sabe sola representar los objetos como verdaderamente son, y ella sola sabe tomar las medidas justas?
Punto segundo.—Considera que solamente la prudencia cristia­na, esto es, aquella prudencia que únicamente se apoya en los prin­cipios de la religión, que sólo sigue las luces de la razón alumbrada, por la fe, que no tiene otra regla que las máximas del Evangelio; solamente esta prudencia no se descamina, sola ella es verdadera, sola puede hacer nuestra fortuna para el tiempo y para la eternidad. Ella sola posee el arte de aprovecharse igualmente de los bienes y de los males de esta vida; consígase ó no se consiga lo que se pre­tende, cuando sólo se obra movido de un espíritu cristiano, y según la prudencia del Evangelio, sálgase bien ó sálgase mal de lo que se intenta, si no se lograre la aprobación de los hombres, se logra siempre la de Dios, que lleva cuenta fiel de todos nuestros pasos. Aunque el suceso no corresponda á los deseos de la ambición; aunque no se conforme al gusto del mundo, siempre nos será favorable. Los san­tos jamás conocieron otra prudencia; es cierto que no siempre votaron en favor de sus acciones los hijos de este siglo; pero, según el precio, ¿quién no quisiera haber sido tan discreto y tan prudente como lo fueron los santos?
Es verdad que la prudencia cristiana ignora todas esas sutilezas del ingenio humano que tantas veces se burlan de los corazones sencillos; ignora, esas delicadas máximas de refinada política, que tal vez se adelantan a registrar y á agitar lo futuro, haciendo burla, de la rectitud y de la simplicidad de una conciencia timorata; igno­ra todas esas bajezas que son propias de una alma esclava de sus pasiones, todos esos artificios con que se pretende hacer fortuna y tener la vanidad de que sea obra de la propia industria. Pero Dios reprueba y confunde esta prudencia; la prudencia cristiana tiene cimientos más firmes, sigue guías más seguras y no engaña á los ojos mundanos. Acompáñala siempre la modestia, la humildad, el desin­terés y el espíritu de religión que continuamente le están inspirando moderación y cordura.
Vuestra Ley, Dios mío, vuestros Mandamientos, vuestro Evange­lio, vuestras máximas, ésa será de hoy en adelante toda mi política, toda mi prudencia y toda mi conducta; pero, divino Maestro mío, todo ha de ser con vuestra gracia; porque, sin ella, á nada se redu­cen todas mis resoluciones.
JACULATORIAS
Dichosos aquellos que van por el camino de la inocencia y cami­nan fielmente por el sendero de la Ley santa de Dios.—Ps. 118.
Dichosos los que sólo estudian en saber la voluntad de Dios para Cumplirla, para no apartarse de ella.—Ibid.
PROPÓSITOS
1. No hay cosa más perjudicial á la verdadera virtud que la fal­sa prudencia; prudencia mundana, prudencia carnal, toda natural, que ni ve sino por los ofuscados ojos de la humana razón, ni juzga sino por el órgano falaz de los sentidos, ni tiene otro primer princi­pio que el errado dictamen del amor propio. Tal es la prudencia que hoy reina en el mundo, y algunas veces también aun en los claus­tros religiosos; solamente se consulta á lo que se llama buen juicio; no se siguen otras luces que las débiles y obscurecidas del propio dictamen, ni se hace juicio de las cosas sino por las desacertadas máximas de la prudencia humana. Y como á las de Jesucristo, á las del Evangelio y á las de la Fe, ni se las consulta, ni aun se las oye en su tribunal, siempre pierde el pleito en él la religión. Todo se mide, todo se arregla, todo se ajusta á la perniciosa prudencia de la carne, la cual hace filósofos, pero no cristianos. Guárdate bien de seguir semejante guía, que siempre te descaminará.
2. Desconfía siempre mucho de tu propio parecer, de tu imagi­nario buen juicio y de todos tus alcances; la pasión, el amor propio y el interés todo lo ciegan; por eso es tantas veces el entendimiento juguete y burla del corazón. Nunca te fíes de aquella prudencia mundana que favorece siempre á la pasión y al amor propio, pero á costa de la virtud y de la salvación. ¿Tratas de resolverte á algún negocio de importancia? Da principio consultándolo con Dios y pi­diéndole que te alumbre; después examina con madurez todas las circunstancias y todas las razones, pero discurriendo siempre con respecto á tu último fin, que en todas las cosas ha de ser tu primer principio.

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