La ciencia como una luz en la oscuridad




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CAPITULO 9


TERAPIA

Es un error capital teorizar antes de tener datos. Sin darse cuenta, uno empieza a deformar los hechos para que se adapten a las teorías, en lugar de adaptar las teorías a los hechos.

Sherlok Holmes

en Escándalo en Bohemia,

de arthur conan doyle

(1891)
Los recuerdos verdaderos parecían fantasmas, mientras los falsos eran tan convincentes que sustituían a la realidad.

gabriel garcía márquez, Extraños peregrinos (1992)


John Mack es un psiquiatra de la Universidad de Harvard al que conozco hace muchos años.

¿Hay algo en este asunto de los ovnis?, me preguntó hace tiempo.

No mucho, contesté yo. Excepto en el aspecto psiquiátrico desde luego.

Él lo estudió, entrevistó a abducidos y se convirtió. Ahora acepta los relatos de abducidos a pies juntillas. ¿Por qué?

«No buscaba eso», dice él. «Nada en mis antecedentes me preparaba» para la historia de la abducción por extraterrestres. «El poder emocional de estas experiencias las hace totalmente convin­centes.» En su libro Abducciones, Mack propone explícitamente la peligrosa doctrina de que «el poder o intensidad con que se siente algo» es una guía para saber si es verdad.

Yo puedo dar testimonio personalmente del poder emocio­nal. Pero ¿las emociones fuertes no son acaso un componente ha­bitual de nuestros sueños? ¿No nos despertamos a veces helados de terror? ¿No conoce Mack, autor por su parte de un libro sobre pesa­dillas, el poder emocional de las alucinaciones? Algunos pacientes de Mack dicen que han alucinado desde la infancia. ¿Los hipnoti­zadores y psicoterapeutas que trabajan con «abducidos» han inten­tado sumergirse a conciencia en el conjunto de conocimientos sobre alucinaciones y disfunciones perpetuas? ¿Por qué creen a esos tes­tigos y no a los que, con una convicción comparable, declaran en­cuentros con dioses, demonios, santos, ángeles y hadas? ¿Y los que escuchan exigencias irresistibles de una voz interior? ¿Son verdad todas las historias que se sienten profundamente?

Una científica que conozco dice: «Si los extraterrestres se quedaran a todos los que abducen, nuestro mundo sería un poco más cuerdo.» Pero es un juicio demasiado severo. No parece ser un problema de cordura. Es algo más. El psicólogo canadiense Nicholas Spanos y sus colegas llegaron a la conclusión de que no había patologías obvias en los que declaraban ser abducidos por ovnis. Sin embargo,

es más probable que las experiencias intensas de ovnis ocurran en individuos que se inclinan hacia creencias esotéricas en gene­ral y creencias extraterrestres en particular y que interpretan las experiencias sensoriales e imaginarias inusuales en términos de hipótesis sobre extraterrestres. Entre los que creen en ovnis, los que tenían una mayor propensión a la producción de fantasía eran particularmente proclives a generar estas experiencias. Ade­más, lo más probable es que estas experiencias se generasen e in­terpretasen como acontecimientos reales más que imaginados cuando se asociaban a entornos sensoriales limitados... (por ejemplo, experiencias que tuvieron lugar por la noche y en aso­ciación con el sueño).

Lo que una mente crítica podría reconocer como alucinación o sue­ño, una más crédula lo interpreta como una visión de una realidad externa elusiva pero profunda.

---ooo---

Es concebible que algunos relatos de abducciones por extra­terrestres puedan disfrazar recuerdos de violación y abuso sexual en la infancia con el padre, padrastro, tío o novio de la madre repre­sentado como un extraterrestre. Seguramente es más reconfortante creer que fue un extraterrestre quien abusó de uno que pensar que fue alguien en quien uno confía y a quien ama. Los terapeutas que creen a pies juntillas las historias de abducciones por extraterrestres niegan este extremo, alegando que serían capaces de reconocer si sus pacientes fueron víctimas de abusos sexuales o no. Algunas en­cuestas de opinión estiman que una de cada cuatro mujeres esta­dounidenses y uno de cada seis hombres han sido víctimas de abu­sos sexuales en la infancia (aunque probablemente las estimaciones sean demasiado altas). Sería asombroso que un número significati­vo de los pacientes que se presentan a los terapeutas de abducción por extraterrestres no hubieran sido víctimas de abuso, quizá inclu­so en proporción mayor que la población general.

Tanto los terapeutas de abuso sexual como los dedicados a la abducción por extraterrestres emplean meses, a veces años, en ani­mar a sus pacientes a recordar los abusos cometidos contra ellos. Sus métodos son similares y sus objetivos en cierto sentido los mis­mos: recuperar recuerdos dolorosos, a menudo de hace tiempo. En ambos casos, el terapeuta cree que el paciente está traumatizado por un acontecimiento tan terrible que lo reprime. Me parece asombro­so que los terapeutas de abducciones por extraterrestres encuentren tan pocos casos de abuso sexual, y viceversa.

Por razones comprensibles, los que se han visto sometidos a abusos sexuales o incesto en la infancia son muy sensibles a cual­quier cosa que parezca minimizar o negar su experiencia. Están en­fadados, y tienen derecho a estarlo. En Estados Unidos, al menos una de cada diez mujeres ha sido violada, casi dos tercios de ellas antes de los dieciocho años. Un informe reciente expone que una sexta parte de todas las víctimas de violación declaradas a la policía están por debajo de los doce años. (Y éste es el tipo de violación que se suele declarar menos.) Una quinta parte de esas niñas fueron violadas por sus padres. Han sido víctimas de una traición. Quiero dejar esto muy claro: hay muchos casos reales de depredación se­xual macabra de los padres o de los que actúan en su lugar. En al­gunos casos ha salido a la luz una prueba física irresistible: fotos, por ejemplo, o diarios, o gonorrea o infecciones en el niño. Se ha sugerido que el abuso infantil es una probable causa importante de problemas sociales. Según una encuesta, el ochenta y cinco por ciento de todos los internos violentos de la cárcel fueron víctimas de abusos en la infancia. Dos tercios de las madres adolescentes fueron violadas o víctimas de abusos sexuales de niñas o adoles­centes. Las víctimas de violaciones tienen diez veces más probabi­lidades que las demás mujeres de usar en exceso el alcohol y otras drogas. El problema es real y urgente. Sin embargo, la mayoría de estos casos trágicos e incontestables de abuso sexual infantil se han tenido en la memoria continuamente hasta la edad adulta. No es un recuerdo oculto que deba restablecerse.

Aunque hoy en día hay mayor información que en el pasado, parece haber un aumento significativo anual de casos de abuso in­fantil. Los hospitales y autoridades declaran un aumento de diez ve­ces en Estados Unidos (hasta 1,7 millones de casos) entre 1967 y 1985. El alcohol y otras drogas, además de las tensiones económicas, se señalan como la «razón» por la que los adultos tienen más tendencia a abusar de los niños hoy que en el pasado. Quizá el au­mento de la publicidad de casos contemporáneos de abuso de niños alienta a personas adultas a recordar el abuso que sufrieron en una ocasión y a pensar en él.

Hace un siglo, Sigmund Freud introdujo el concepto de re­presión, la supresión de acontecimientos a fin de evitar el dolor físi­co, un mecanismo esencial para la salud mental. Parecía darse espe­cialmente en pacientes diagnosticados con «histeria», entre cuyos síntomas se encontraban alucinaciones y parálisis. Al principio Freud creyó que detrás de cada caso de histeria había un caso repri­mido de abuso sexual infantil. Con el tiempo alteró la explicación para decir que la histeria era causada por fantasías —no todas desa­gradables— de haber sido sometido a abusos sexuales en la infancia. El peso de la culpabilidad pasó de padre a hijo. Hoy en día causa furor un debate parecido. (Todavía se discute la razón por la que Freud cambió de idea: las explicaciones van desde la cólera que provocó en sus colegas varones de Viena hasta el reconocimiento por su par­te de que se tomaba en serio las historias de los histéricos.)

Los ejemplos de la emergencia repentina del «recuerdo» a la superficie, especialmente en la consulta de un psicoterapeuta o hip­notizador, y de la calidad fantasmagórica o de sueño de los prime­ros «recuerdos» son altamente cuestionables. Hay muchas denun­cias de abuso sexual que resultan ser inventadas. El psicólogo de la Universidad de Emory, Ülric Neisser, dice:

Existe el abuso de los niños y lo que se llama recuerdos reprimidos. Pero también existen los falsos recuerdos y fabula­ciones, y no son nada raros. Los recuerdos erróneos son la nor­ma, no la excepción. Ocurren todo el tiempo. Ocurren incluso cuando el sujeto está absolutamente seguro, incluso cuando un recuerdo es una bombilla de flash aparentemente inolvidable, una de esas fotografías mentales metafóricas. Ocurre de forma todavía más probable en casos en que la sugestión es una posibi­lidad viva, donde los recuerdos pueden ser modelados y remode­lados para satisfacer las fuertes demandas interpersonales de una sesión de terapia. Y una vez el recuerdo ha sido reconfigurado de este modo es muy difícil, mucho, cambiarlo.

Esos principios generales no nos pueden ayudar a decidir con certeza dónde radica la verdad en cada caso individual. Pero, en general, está bastante claro dónde deberíamos colocar nuestras apuestas ante un gran número de declaraciones así. El re­cuerdo erróneo y la reconstitución retrospectiva del pasado son parte de la naturaleza humana; se hallan en la misma esfera y ocurren constantemente.

Los supervivientes de los campos de la muerte nazis propor­cionan la demostración más clara que puede imaginarse de que has­ta el abuso más monstruoso se puede llevar continuamente en la memoria humana. Ciertamente, el problema para muchos supervi­vientes del Holocausto ha sido conseguir una distancia emocional entre ellos y los campos de la muerte, olvidar. Pero si en algún mun­do alternativo de maldad inexpresable se vieran obligados a vivir en la Alemania nazi —por ejemplo una próspera nación posthitleriana con su ideología intacta, excepto en el antisemitismo— imagine­mos cuál sería entonces la carga psicológica de los supervivientes del Holocausto. Quizá entonces serían capaces de olvidar porque el recuerdo les haría la vida insoportable. Si existe algo así como la re­presión y recuperación posterior de recuerdos desagradables, quizá requiera dos condiciones: 1) que el abuso haya ocurrido realmente, y 2) que se exija a la víctima simular durante largos períodos de tiempo que nunca ocurrió.

El psicólogo social de la Universidad de California Richard Ofshe explica:

Cuando se pide a los pacientes que cuenten cómo recuperaron los recuerdos, declaran que han reunido fragmentos de imágenes, ideas, sentimientos y sensaciones para dar coherencia a la histo­ria. Como lo que se llama trabajo de la memoria dura algunos meses, los sentimientos se convierten en imágenes vagas, las imágenes se convierten en figuras y las figuras en personas conocidas. Una vaga incomodidad en ciertas partes del cuerpo se reinterpreta como una violación en la infancia... Las sensaciones físicas originales, aumentadas a veces por la hipnosis, se etique­tan entonces como «recuerdos del cuerpo». No hay mecanismo concebible por el que los músculos del cuerpo puedan almacenar recuerdos. Si esos métodos no consiguen persuadir, el terapeuta puede recurrir a prácticas aún más duras. Algunos pacientes se inscriben en grupos de supervivencia en los que deben soportar la presión de los compañeros y se les pide que demuestren una solidaridad políticamente correcta colocándose a sí mismos como miembros de una subcultura superviviente.

Una cauta declaración de 1993 de la Asociación Psiquiátrica Americana acepta la posibilidad de que algunos de nosotros olvide­mos el abuso infantil como medio de seguir adelante, pero advierte:

No se sabe cómo distinguir, con total precisión, los recuerdos que se basan en acontecimientos verdaderos de los que derivan de otras fuentes... La interrogación repetida puede llevar a los in­dividuos a declarar «recuerdos» de acontecimientos que nunca ocurrieron. No se sabe qué proporción de adultos que declaran recordar un abuso sexual fueron realmente víctimas de él... Si el psiquiatra tiene una creencia previa fuerte de que el abuso se­xual, u otros factores, son o no la causa de los problemas del pa­ciente es muy probable que interfiera en la valoración y trata­miento apropiado.

Por un lado, ignorar insensiblemente acusaciones horripilan­tes de abuso sexual puede ser una injusticia despiadada. Por otro lado, manipular los recuerdos de la gente, infundir falsas historias de abuso infantil, destrozar familias intachables e incluso enviar a la cárcel a unos padres inocentes, es una injusticia despiadada. El escepticismo es esencial en ambos casos. Puede ser muy complica­do elegir el camino entre esos dos extremos.

Las primeras ediciones del influyente libro de Ellen Bass y Laura Davis (The Courage to Heal: A Guidefor Women Survivors of Child Sexual Abuse, Perennial Library, 1988) advierten de ma­nera iluminadora a los terapeutas:

Creer al superviviente. Debe creerse que la paciente fue víctima de abuso sexual aunque lo dude ella misma... Ella necesita que usted crea con firmeza que fue víctima de abuso. Participar en la duda de un paciente sería como transmitir al paciente suicida que el suicidio es la mejor solución. Si un paciente no sabe seguro si sufrió un abuso pero cree que podría haber sido así, trabaje como si fuera así. Hasta ahora, entre los cientos de mujeres con quienes hemos hablado y los cientos más que hemos oído, ninguna de las que ha sospechado que podía haber sido víctima de abuso deci­dió que no era así después de investigar.

Pero Kenneth V. Lanning, agente especial supervisor de la Unidad de Instrucción e Investigación Científica de Comporta­miento de la Academia del FBI en Quantico, Virginia, un desta­cado experto en la victimización sexual de los niños, se pregunta:
«¿Estamos compensando ahora los siglos de negación aceptando ciegamente toda declaración de abuso infantil, por muy absurda e improbable que sea?» «Si es así, me da igual —responde un tera­peuta de California entrevistado por The Washington Post—. Lo que ocurrió realmente me parece irrelevante... Todos vivimos en el engaño.»
Creo que la existencia de cualquier acusación falsa de abuso sexual infantil —especialmente las creadas bajo la tutela de una fi­gura de autoridad— es relevante en lo referente al tema de la ab­ducción por extraterrestres. Si hay personas que con gran pasión y convicción pueden ser llevadas a recordar que han sido víctima de abuso por parte de sus padres sin ser verdad, ¿no podrían otros, con una pasión y convicción comparables, ser llevados a recordar que han sido víctima de abusos de extraterrestres sin ser verdad?

Cuanto más examino las declaraciones de abducción por extraterrestres, más similares me parecen a los informes de «recuer­dos recuperados» de abuso sexual en la infancia. Y hay una tercera clase de declaraciones que también están relacionadas: los «recuer­dos» reprimidos de cultos rituales satánicos, en los que la tortura sexual, la coprofilia, el infanticidio y el canibalismo parecen ser la norma. En una encuesta de dos mil setecientos miembros de la Aso­ciación Americana de Psicólogos, el doce por ciento contestó que habían tratado casos de abuso ritual satánico (mientras el treinta por ciento declaró casos de abusos realizados en nombre de la reli­gión). En Estados Unidos se han declarado unos diez mil casos anuales en los últimos años. Un número significativo de los que plantean el riesgo del satanismo creciente en América, incluyendo las fuerzas del orden que organizan seminarios sobre el tema, re­sultan ser fundamentalistas cristianos; sus sectas necesitan explíci­tamente la intromisión de un mal literal en la vida humana cotidiana. La relación queda trazada limpiamente en el dicho: «Ni Satanás, ni Dios.»

Parece haber un claro problema de credibilidad policial en este tema. A continuación, citaré unos extractos del análisis del ex­perto del FBI Lanning sobre «delitos satánicos, ocultos y rituales», basado en su amarga experiencia, y publicado en el número de oc­tubre de 1989 de la revista profesional The Pólice Chief:

Prácticamente toda discusión sobre satanismo y brujería se inter­preta a la luz de las creencias religiosas de los que se hallan en­tre el público. La fe, no la lógica ni la razón, gobierna las creencias religiosas de la mayoría de la gente. Como resultado, los agentes de la ley con un escepticismo normal aceptan la infor­mación diseminada en esas conferencias sin evaluar críticamen­te o cuestionar las fuentes... Para algunos, el satanismo es cual­quier sistema de creencia religioso distinto del suyo propio.

Lanning ofrece a continuación una larga lista de sistemas de creen­cia que ha oído describir personalmente como satanismo en esas conferencias. Incluye el catolicismo romano, la Iglesia ortodoxa, el islam, el budismo, el hinduismo, el mormonismo, la música rock and roll, la canalización, la astrología y las creencias de la «Nueva Era» en general. ¿No es una clara indicación de cómo empiezan las cazas de brujas y los pogroms?

«Dentro del sistema de creencia religioso personal de un agente del orden», sigue,

el cristianismo puede ser bueno y el satanismo malo. Según la Constitución, sin embargo, ambos son neutrales. Este concepto es importante, aunque difícil de aceptar para muchos agentes de la ley. Se les paga para defender el Código penal, no los diez mandamientos... El hecho es que se han cometido muchos más delitos y abusos de niños por fanáticos en nombre de Dios, Jesús y Mahoma que en nombre de Satanás. A muchos no les gusta esta afirmación, pero pocos pueden discutirla.

Muchos de los que alegan esos abusos satánicos describen grotescos rituales orgiásticos en los que se matan y comen bebés. A lo largo de toda la historia europea, ciertos grupos han sido injuria­dos por sus detractores por medio de este tipo de declaraciones (en­tre ellos, los conspiradores catilinos en Roma, el «libelo de sangre» de Pascua contra los judíos y los caballeros templarios cuando se les desmantelaba en la Francia del siglo XIV). Irónicamente, se encontraban informes de infanticidio caníbal y orgías incestuosas entre los pormenores que utilizaron las autoridades romanas para perseguir a los primeros cristianos. Al fin y al cabo, se cita al pro­pio Jesús diciendo (San Juan 6, 53): «Si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros.» Aunque el verso siguiente aclara que habla de comer su propia car­ne y beber su propia sangre, críticos poco favorables podían haber interpretado que el griego «hijo del hombre» quería decir «niño» o «infante». Tertuliano y otros padres de la primera Iglesia se defen­dían como podían de estas acusaciones grotescas.

Hoy en día, la falta de correspondencia entre el número de bebés y niños pequeños perdidos en los archivos policiales se ex­plica con el pretexto de que en todo el mundo se crían niños con este propósito... lo que recuerda sin duda la declaración de los abducidos en el sentido de que los experimentos extraterrestre-humano están muy extendidos. Se dice también, como en el paradigma de la abducción por extraterrestres, que el abuso del culto satánico pasa de generación en generación en algunas familias. Que yo sepa, como en el primer caso, tampoco aquí se ha ofrecido nunca una prueba física en un tribunal de justicia que sustente estas declara­ciones. Sin embargo, su poder emocional es evidente. La mera po­sibilidad de que ocurran cosas así incita a los mamíferos, es decir, a nosotros, a actuar. Cuando damos credibilidad al ritual satánico, también elevamos la condición social de los que nos advierten del supuesto peligro.

Consideremos estos cinco casos: 1) Myra Obasi, una maes­tra de escuela de Luisiana, estaba poseída por demonios, según creían ella y sus hermanas tras consultarlo con un curandero vudú. Las pe­sadillas de su sobrino eran parte de la prueba. Partieron pues hacia Dallas, abandonaron a sus cinco hijos y luego las hermanas le saca­ron los ojos a la señora Obasi. En el juicio, ella defendió a sus her­manas. Ellas dijeron que habían intentado ayudarla. Pero la religión vudú no adora al diablo; es un cruce entre el catolicismo y la reli­gión original haitiana. 2) Unos padres matan a su hija a palos por­que no quiere abrazar su rama del cristianismo. 3) Un pederasta justifica sus actos leyendo la Biblia a sus víctimas. 4) A un chico de catorce años le arrancan el globo del ojo en una ceremonia de exor­cismo. Su atacante no es un satanista, sino un ministro fundamentalista protestante con compromisos religiosos. 5) Una mujer piensa que su hijo de doce años de edad está poseído por el diablo. Des­pués de una relación incestuosa con él, le decapita. Pero no hay contenido ritual satánico en la «posesión».

El segundo y tercer caso vienen de los archivos del FBI. Los dos últimos son de un estudio que realizaron la doctora Gail Goodman, psicóloga de la Universidad de Davis, California, y sus cole­gas, para el Centro Nacional de Abuso y Abandono Infantil. Exa­minaron unas doce mil denuncias de abuso sexual que implicaban cultos rituales satánicos y no pudieron encontrar ni uno solo que re­sistiera el escrutinio. Los terapeutas hablaban de abuso satánico ba­sándose sólo, por ejemplo, en la «revelación del paciente mediante la hipnoterapia» o el «temor a los símbolos satánicos» de los niños. En algunos casos se hizo el diagnóstico en base a la conducta co­mún a muchos niños. «Sólo en algunos casos se mencionaba una prueba física, normalmente "cicatrices".» Pero en la mayoría de los casos, las «cicatrices» no existían o eran muy leves. «Incluso cuan­do había cicatrices, no se determinaba si las habían causado las pro­pias víctimas.» Eso también es muy similar a los casos de abduc­ción por extraterrestres descritos más abajo. George K. Ganaway, profesor de psiquiatría de la Universidad de Emory, propone que «la causa probable más común de recuerdos relacionados con cul­tos puede resultar perfectamente un engaño mutuo entre el pacien­te y el terapeuta».

Uno de los casos más molestos de «recuerdo recuperado» de abuso ritual satánico fue relatado por Lawrence Wright en un inte­resante libro Remembering Satán (Knopf, 1994). Se trata de Paúl Ingram, un hombre al que el hecho de ser demasiado crédulo, de­masiado sugestionable, demasiado inexperto en escepticismo le pudo haber arruinado la vida. En 1988, Ingram era presidente del partido republicano en Olympia, Washington, el principal delegado civil en el departamento local de policía, bien considerado, muy religioso y encargado de advertir a los niños en reuniones escolares sobre el peligro de las drogas. De pronto llegó el momento de pesa­dilla en que una de sus hijas —después de una sesión de gran emo­tividad en un retiro religioso fundamentalista— hizo la primera de una serie de acusaciones, cada una de ellas más espantosa que la an­terior, en el sentido de que Ingram había abusado sexualmente de ella, la había dejado embarazada, torturado, ofrecido a otros agen­tes de la policía, la había introducido en ritos satánicos, había des­membrado y comido bebés... Eso había ocurrido desde su infancia, decía ella, casi hasta el día en que empezó a «recordarlo» todo.

Ingram no era capaz de entender qué razón podía tener su hija para decir una mentira así... aunque por su parte no tenía nin­gún recuerdo de todo aquello. Pero tanto los investigadores policia­les como un psicoterapeuta consultor y su ministro de la Iglesia del Agua Viviente le contaron que los infractores sexuales siempre re­primían los recuerdos de sus delitos. Ingram, con una sensación ex­traña pero al mismo tiempo ansioso por colaborar, intentó recordar. Después de que un psicólogo le aplicara una técnica de hipnosis con los ojos cerrados para inducir el trance, Ingram empezó a visualizar algo similar a lo que describía la policía. Lo que le venía a la cabeza no eran recuerdos reales, sino algo así como pedazos de imáge­nes en la niebla. Cada vez que producía una imagen —cuantas más veía, más odioso era el contenido— le animaban y fortalecían. Su pastor le aseguró que Dios se encargaría de permitir que sólo sur­gieran los recuerdos genuinos en sus sueños.

«Bueno, era casi como si lo inventara —dijo Ingram—, pero no es así.» Sugirió que quizá el responsable fuera un demonio. Bajo el mismo tipo de influencias, al circular rumores en la iglesia de los horrores que Ingram estaba confesando, sus otros hijos y su esposa también empezaron a «recordar». Se acusó a ciudadanos prominen­tes de participar en ritos orgiásticos. Las fuerzas del orden de toda América empezaron a prestar atención. Eso era sólo la punta del iceberg, decían algunos.

Cuando el ministerio fiscal convocó a Richard Ofshe de Berkeley, éste realizó un experimento de control. Fue un soplo de aire fresco. Con la simple sugerencia a Ingram de que había obligado a su hijo e hija a cometer incesto, y pidiéndole que usara la técnica de «recuperación de memoria» que había aprendido, obtuvo inmedia­tamente un «recuerdo» así. No hizo falta ninguna presión ni intimi­dación: bastó con la sugerencia y la técnica. Pero los supuestos par­ticipantes, que habían «recordado» tantas cosas, negaron que eso hubiera ocurrido jamás. Enfrentado a esta evidencia, Ingram negó con vehemencia que inventara nada o que estuviera influido por otros. Su recuerdo de este incidente era tan claro y «real» como to­dos los demás.

Una de sus hijas describió las terribles marcas que tenía en el cuerpo por las torturas y abortos a que la habían obligado. Pero, cuando por fin se le hizo una revisión médica, no se encontraron las cicatrices correspondientes. El ministerio fiscal no juzgó a In­gram por las acusaciones de abuso satánico. Ingram contrató a un abogado que nunca había trabajado en un caso penal. Siguiendo el consejo del pastor, ni siquiera leyó el informe de Ofshe: le dijeron que sólo serviría para confundirle. Se declaró culpable de seis car­gos de violación y finalmente fue enviado a la cárcel. Mientras es­peraba la sentencia, encerrado, alejado de sus hijos, sus colegas de la policía y su pastor, reconsideró el caso. Pidió retirar su declara­ción de culpabilidad. Sus recuerdos habían sido coaccionados. No había distinguido los recuerdos reales de una especie de fantasía. Le denegaron la alegación. Ahora está cumpliendo una sentencia de veinte años. Si estuviéramos en el siglo XVI en lugar del XX, quizá toda la familia hubiera muerto en la hoguera... junto con una buena parte de los ciudadanos principales de Olympia, Wash­ington.

La existencia de un informe altamente escéptico del FBI so­bre el tema general del abuso satánico (Kenneth V. Lanning, «Investigator's Guide to Allegations of "Ritual" Child Abuse», enero de 1992) es ampliamente ignorada por los entusiastas. Igualmente, un estudio de 1994 del Departamento Británico de Salud sobre denuncias de abusos satánicos concluyó que, de ochenta y cuatro ejemplos alegados, ni uno solo soportaba el escrutinio. ¿Cuál es pues la causa de todo este furor? El estudio explica:

La campaña cristiana evangélica contra los nuevos movimientos religiosos ha ejercido una poderosa influencia alentando la identificación de abusos satánicos. Igualmente importantes, si no más, para la extensión de la idea del abuso satánico en Gran Bretaña son los «especialistas» americanos y británicos. Pueden tener poca o incluso ninguna cualificación como profesionales, pero atribuyen su pericia a su «experiencia en casos».

Los que están convencidos de que los cultos del diablo re­presentan un serio peligro para nuestra sociedad tienden a ser im­pacientes con los escépticos. Consideremos este análisis del doctor Corydon Hammond, antiguo presidente de la Sociedad Americana de Hipnosis Clínica:

Les diré que esa gente [los escépticos] son, primero, ingenuos y con limitada experiencia clínica; segundo, tienen el tipo de ingenuidad que la gente tiene sobre el Holocausto, o son tan intelectuales y escépticos que lo dudan todo; o, tercero, ellos mismos son gente de culto. Y puedo asegurar que hay personas que se en­cuentran en esta posición... Hay personas que son médicos, profesionales de la salud mental, que están implicados en los cultos, que están formando cultos transgeneracionales... Pienso que la investigación es realmente clara: tenemos tres estudios, en uno se encontró que el veinticinco por ciento y en otro el veinte por ciento de pacientes múltiples no internados [con trastornos múl­tiples de personalidad] parecen ser víctimas de abuso de culto, y en el tercero, realizado en una unidad especializada de pacientes internos, ascendía al cincuenta por ciento.

En algunas de sus declaraciones parece creer que la CIA ha realiza­do experimentos de control mental de carácter nazi y satánicos so­bre decenas de miles de confiados ciudadanos americanos. El moti­vo global, piensa Hammond, es «crear una orden satánica que gobernará el mundo».

Hay especialistas en las tres clases de «recuerdos recupera­dos»: de abducción por extraterrestres, de culto satánico y para re­cuperar recuerdos reprimidos de abuso sexual en la infancia. Como es común en la práctica de la salud mental, los pacientes seleccionan o son enviados a un terapeuta cuya especialidad parece relacionada con la dolencia. En las tres clases, el terapeuta ayuda a desempolvar imágenes de acontecimientos que, según se cree, ocurrieron tiempo atrás (en algunos casos, unas décadas); en las tres, los terapeutas se ven profundamente conmovidos por la inequívoca y genuina agonía de sus pacientes; en las tres, sabemos que al menos algunos terapeu­tas hacen preguntas importantes que el paciente sugestionable reci­be prácticamente como una orden de una figura de autoridad que le insta a recordar (he estado a punto de escribir «confesar»); en las tres, hay redes de terapeutas que intercambian historias de clientes y métodos terapéuticos; en las tres, los profesionales sienten la necesi­dad de defender su práctica ante colegas más escépticos; en las tres, se despacha la hipótesis yatrogénica; en las tres, la mayoría de los que informan sobre abusos son mujeres. Y en ninguna de las tres cla­ses —con las excepciones mencionadas— hay prueba física alguna. Así pues, es difícil no preguntarse si las abducciones por extrate­rrestres podrían formar parte de un cuadro mayor.

¿Cuál podría ser este cuadro mayor? Planteé esta pregunta al doctor Fred H. Frankel, profesor de psiquiatría de la Escuela de Me­dicina de Harward, jefe de psiquiatría del hospital Beth Israel de Bostón y destacado experto en hipnosis. Su respuesta fue:

Si las abducciones extraterrestres son parte de un cuadro mayor, ¿cuál es en realidad este cuadro? Me da miedo precipitarme y en­trar en un terreno donde los ángeles no se aventuran; sin embar­go, todos los factores que usted perfila alimentan lo que en el fin de siglo se describió como «histeria». Por desgracia, el término se llegó a usar con tal amplitud que nuestros contemporáneos, con sus conocimientos titubeantes... no sólo lo perdieron, sino que también perdieron de vista el fenómeno que representaba: al­tos niveles de sugestibilidad, capacidad imaginativa, sensibilidad a claves y expectativas contextuales y el elemento del contagio... Hay un gran número de profesionales clínicos que no parecen apreciar bastante todo esto.

Frankel apunta que, del mismo modo que hacen retroceder a la gente para que recupere recuerdos supuestamente olvidados de «vidas anteriores», los terapeutas también pueden hacer que avan­cen bajo hipnosis para «recordar» su futuro. Así se obtiene la mis­ma intensidad emocional que en la regresión o la hipnosis de abducidos de Mack. «Esas personas no tienen intención de engañar al terapeuta. Se engañan ellos mismos —dice Frankel—. No pueden distinguir sus fabulaciones de sus experiencias.»

Si no conseguimos vivir en paz, si nos abruma el peso de la culpabilidad por no hacer algo más con nosotros mismos, ¿no recibi­ríamos encantados la opinión profesional de un terapeuta con un di­ploma en la pared de que no es culpa nuestra, que estamos en un apuro, que los responsables son los satanistas, los que cometen abu­sos sexuales o extraterrestres de otro planeta? ¿Y no nos resistiría­mos a los escépticos enterados que nos dijeran que todo es imagi­nación nuestra o que nos lo han inculcado los mismos terapeutas que nos han hecho sentir más felices con nosotros mismos?

¿Qué preparación han recibido estos terapeutas en cuanto al método científico y el escrutinio escéptico, la estadística o incluso la falibilidad humana? El psicoanálisis no es una profesión muy auto­crítica, pero al menos muchos de sus practicantes tienen el título de doctores en medicina. La mayoría de los programas de medicina in­cluyen una exposición significativa a los resultados y métodos cien­tíficos. Pero muchos de los que tratan casos de abuso sexual parecen tener un conocimiento sólo relativo de la ciencia. La probabilidad de que los proveedores de salud mental en América sean trabajadores sociales y no psiquiatras o psicólogos doctorados es de dos a una.

La mayoría de estos terapeutas arguyen que su responsabili­dad es ofrecer apoyo a sus pacientes y no cuestionarlos, mostrarse escépticos o plantear dudas. Aceptan todo lo que se les presenta, por extraño que sea. A veces, la incitación de los terapeutas no es sutil en absoluto. Aquí tenemos un informe (del FMS Newsletter de la Fundación del Síndrome de Falsa Memoria, vol. 4, núm. 4, p. 3, 1995) que no tiene nada de atípico:

Mi antiguo terapeuta ha atestiguado que todavía cree que mi ma­dre es satanista, [y] que mi padre me molestó... El delirante sis­tema de creencias y las técnicas de mi terapeuta a base de suges­tión y persuasión me llevaron a creer que las mentiras eran recuerdos. Cuando yo dudaba de la realidad de mis recuerdos, él insistía en que eran verdad. No sólo insistía en que eran verdad, sino que me informaba de que, para recuperarme, además de aceptarlos como reales debía recordarlos todos
En un caso de 1991 en Allegheny County, Pennsylvania, una adolescente, alentada por un maestro y un trabajador social, acusó a su padre de haber abusado sexualmente de ella, lo que desembocó en su detención. Nicole también declaró que había dado a luz tres niños y su familia los había matado, que había sido violada en un restaurante lleno de gente y que su abuela volaba montada en una escoba. Nicole se retractó de sus acusaciones al año siguiente y se retiraron todos los cargos contra su padre. Nicole y sus padres for­mularon una denuncia contra el terapeuta y la clínica psiquiátrica a la que había sido enviada ella después de haber hecho las acusacio­nes. El jurado encontró que el doctor y la clínica habían actuado con negligencia y concedió casi un cuarto de millón de dólares a Nico­le y sus padres. Cada vez hay más casos de este tipo.

¿Podría ser que la competencia para conseguir pacientes, y el interés financiero obvio de una terapia prolongada, disminuyera la inclinación de los terapeutas a ofender a sus pacientes manifes­tando cierto escepticismo ante sus historias? ¿Hasta qué punto son conscientes del dilema de un paciente ingenuo que entra en un des­pacho profesional y oye que su insomnio u obesidad se deben (en orden aumentativo de rareza) a un abuso paterno, un ritual satánico o una abducción por extraterrestres totalmente olvidados? Aunque hay limitaciones éticas y de otro tipo, se necesita algo parecido a un experimento de control: quizá enviar al mismo paciente a especia­listas de los tres campos. ¿Alguno de ellos dice: «No, su problema no se debe a un abuso olvidado en la infancia» (o a un ritual satáni­co olvidado, o a una abducción por extraterrestres, lo que se tercie)? ¿Cuántos de ellos dicen: «Hay una explicación mucho más prosai­ca»? En lugar de ello, Mack llega a decir a uno de sus pacientes con admiración y para tranquilizarlo que ha emprendido un «viaje he­roico». Un grupo de «abducidos» —cada uno de ellos con una experiencia distinta pero similar— escribe:

... varios de nosotros habíamos reunido por fin la suficiente va­lentía para presentar nuestras experiencias a consejeros profesio­nales y lo único que conseguimos es que evitaran nerviosos el tema, fruncieran el entrecejo en silencio o interpretaran la expe­riencia como un sueño o alucinación para «tranquilizarnos» con condescendencia y asegurarnos que esas cosas pasan, «pero no se preocupe, básicamente su salud mental es buena». ¡Perfecto! No estamos locos, pero si nos tomamos en serio nuestras expe­riencias, es muy probable que acabemos locos.
Con gran alivio, encontraron un terapeuta favorable que no sólo aceptó sus historias a pies juntillas sino que conocía cientos de his­torias sobre cuerpos extraterrestres y el encubrimiento a alto nivel de los ovnis por parte del gobierno.

Un típico terapeuta de ovnis encuentra pacientes de tres ma­neras: le escriben cartas a la dirección que sale al final de sus libros; se los envían otros terapeutas (principalmente los que también se especializan en abducciones por extraterrestres); o se presentan a él después de dar una conferencia. Dudo que llegue algún paciente a su puerta totalmente ignorante de los relatos populares de abduc­ciones y los métodos y creencias propios del terapeuta. Antes de in­tercambiar la primera palabra, saben ya mucho el uno del otro.

Otro destacado terapeuta da a sus pacientes sus propios ar­tículos sobre abducciones por extraterrestres para ayudarlos a «re­cordar» sus experiencias. Se siente satisfecho cuando lo que final­mente recuerdan bajo hipnosis se parece a lo que él describe en sus estudios. La similitud de los casos es una de las principales razones para creer que las abducciones ocurren realmente.

Un importante estudioso de los ovnis comenta que «cuando el hipnotizador no tiene un conocimiento adecuado del tema [de ab­ducción por extraterrestres] puede que no se llegue a revelar nunca la verdadera naturaleza de la abducción». ¿Podemos discernir en esta afirmación cómo podría ser guiado el paciente sin que el tera­peuta fuera consciente de que le guía?
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A veces, al «caer» dormidos, tenemos la sensación de tamba­leamos desde una altura y que nuestras extremidades se agitan por su cuenta. Se llama reflejo de sobresalto. Quizá sea un remanente de cuando nuestros antepasados dormían en los árboles. ¿Por qué tene­mos que imaginar que «rememoramos» mejor (maravillosa palabra) que cuando estamos en tierra firme? ¿Por qué suponer que, entre el vasto tesoro de recuerdos almacenados en nuestras cabezas, no hay nada que nos haya sido inculcado después de ocurrir... por la manera de expresar una pregunta cuando estamos en un marco mental suges­tionable, por el placer de contar o escuchar una buena historia, por confusión con algo que leímos u oímos en una ocasión?

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