La ciencia como una luz en la oscuridad




descargar 1.65 Mb.
títuloLa ciencia como una luz en la oscuridad
página14/32
fecha de publicación16.01.2016
tamaño1.65 Mb.
tipoDocumentos
med.se-todo.com > Ley > Documentos
1   ...   10   11   12   13   14   15   16   17   ...   32

CAPÍTULO 12

EL SUTIL ARTE
DE DETECTAR
CAMELOS

La comprensión humana no es simple luz sino que recibe infusión de la voluntad y los afectos;

de donde proceden ciencias que pueden llamarse «ciencias a discreción». Porque el hombre cree con más disposición lo que preferiría que fuera cierto. En consecuencia rechaza cosas difíciles por impaciencia en la investigación; silencia cosas, porque reducen las esperanzas;

lo más profundo de la naturaleza, por superstición; la luz de la experiencia, por arrogancia y orgullo; cosas no creídas comúnmente, por deferencia a la opinión del vulgo. Son pues innumerables los caminos, y a veces imperceptibles, en que los afectos colorean e infectan la comprensión.

francis bacon*,

Novum Organon

(1620)

Mis padres murieron hace años. Yo estaba muy unido a ellos. Todavía los echo terriblemente de menos. Sé que siempre será así. Anhelo creer que su esencia, sus personalidades, lo que tanto amé de ellos, existe —real y verdaderamente— en alguna otra parte. No pediría mucho, sólo cinco o diez minutos al año, por ejemplo, para hablarles de sus nietos, para ponerlos al día de las úl­timas novedades, para recordarles que los quiero. Hay una parte de mí —por muy infantil que suene— que se pregunta dónde estarán. «¿Os va todo bien?», me gustaría preguntarles. La última palabra que se me ocurrió decirle a mi padre en el momento de su muerte fue: «Cuídate.»

A veces sueño que hablo con mis padres y, de pronto, in­merso todavía, en el funcionamiento del sueño, se apodera de mí la abrumadora constatación de que en realidad no murieron, que todo ha sido una especie de error horrible. En fin, están aquí, sanos y sal­vos, mi padre contando chistes malos, mi madre aconsejándome con total seriedad que me ponga una bufanda porque hace mucho frío. Cuando me despierto emprendo un breve proceso de lamenta­ción. Sencillamente, algo dentro de mí se afana por creer en la vida después de la muerte. Y no tiene el más mínimo interés en saber si hay alguna prueba contundente de que exista.

Así pues, no me río de la mujer que visita la tumba de su ma­rido y habla con él de vez en cuando, quizá en el aniversario de su muerte. No es difícil de entender. Y, si tengo dificultades con el es­tado ontológico de la persona con quien habla, no importa. No se trata de eso. Se trata de que los humanos se comportan como hu­manos. Más de un tercio de los adultos de Estados Unidos cree que ha establecido contacto a algún nivel con los muertos. Los números parecen haber aumentado un quince por ciento entre 1977 y 1988. Un cuarto de los americanos creen en la reencarnación.

Pero eso no significa que esté dispuesto a aceptar las preten­siones de un «médium» que declara comunicarse con los espíritus de los seres queridos difuntos, cuando soy consciente de que en esta práctica abunda el fraude. Sé hasta qué punto deseo creer que mis padres sólo han abandonado la envoltura de sus cuerpos, como los insectos o serpientes que mudan, y han ido a otro sitio. Entiendo que esos sentimientos pueden hacerme presa fácil de un timo poco elaborado; como también a personas normales poco familiarizadas con su inconsciente o aquellas que sufren un trastorno psiquiátrico disociativo. De mala gana recurro a mis reservas de escepticismo.

¿Cómo es, me pregunto, que los canalizadores nunca nos dan una información verificable que no se pueda alcanzar de otro modo? ¿Por qué Alejandro Magno nunca nos habla de la localización exacta de su tumba, Fermat de su último teorema, John Wiikes Booth de la conspiración para asesinar a Lincoln o Hermann Góring del incendio del Reichstag? ¿Por qué Sófocles, Demócrito y Aris­tarco no nos dictan sus libros perdidos? ¿Acaso no desean que las generaciones futuras tengan acceso a sus obras maestras?

Si se anunciara alguna prueba consistente de que hay vida después de la muerte, yo la examinaría ansioso; pero tendría que tratarse de datos científicos reales, no meramente anecdóticos. Como con «la Cara» de Marte y las abducciones por extraterrestres, repito que es mejor la verdad por dura que sea que una fantasía con­soladora. Y, a la hora de la verdad, los hechos suelen ser más re­confortantes que la fantasía.

La premisa fundamental de la «canalización», el espiritua­lismo y otras formas de necromancia es que no morimos cuando morimos. No exactamente. Alguna parte del pensamiento, de los sentimientos y del recuerdo continúa. Este lo que sea —una alma o espíritu, ni materia ni energía, sino algo más— puede, se nos dice, volver a entrar en cuerpos de humanos y otros seres en el futuro, y así la muerte ya no es tan punzante. Lo que es más, si las opiniones del espiritualismo o canalización son ciertas, tenemos la oportuni­dad de establecer contacto con nuestros seres queridos fallecidos.

J. Z. Knight, del estado de Washington, afirma que está en contacto con alguien de 35000 años de edad llamado «Ramtha». Habla muy bien el inglés, a través de la lengua, los labios y las cuerdas vocales de Knight, produciendo lo que a mí me suena como un acento del Raj indio. Como la mayoría de la gente sabe hablar, y muchos —desde niños hasta actores profesionales— tie­nen un repertorio de voces a sus órdenes, la hipótesis más sencilla es que la señora Knight hace hablar a Ramtha por su cuenta y no tiene contacto con entidades incorpóreas de la era glacial del pleistoceno. Si hay alguna prueba de lo contrario, me encantaría oírla. Sería bastante más impresionante que Ramtha pudiera hablar por sí mismo, sin la ayuda de la boca de la señora Knight. Si no, ¿cómo podríamos comprobar la afirmación? (La actriz Shirley McLaine atestigua que Ramtha era su hermano en la Atlántida, pero ésa es otra historia.)

Supongamos que pudiera someterse a Ramtha a un interro­gatorio. ¿Podríamos verificar que es quien dice ser? ¿Cómo sabe que ha vivido 35 000 años, aunque sea aproximadamente? ¿Qué ca­lendario emplea? ¿Quién mantiene el hilo de los siglos interme­dios? ¿Treinta y cinco mil más o menos qué? ¿Cómo eran las cosas hace 35 000 años? O bien Ramtha tiene realmente 35 000 años, en cuyo caso descubrimos algo sobre aquella época, o bien es un far­sante y meterá la pata (aunque en realidad será ella quien lo haga).

¿Dónde vivía Ramtha? (Sé que habla inglés con acento in­dio, pero ¿dónde hablaban así hace 35 000 años?) ¿Qué clima ha­bía? ¿Qué comía Ramtha? (Los arqueólogos tienen alguna idea de qué comía entonces la gente.) ¿Cuáles eran las lenguas indígenas y la estructura social? ¿Con quién vivía Ramtha: esposa, esposas, hi­jos, nietos? ¿Cuál era el ciclo de vida, la tasa de mortalidad infantil, la esperanza de vida? ¿Tenían un control de natalidad? ¿Qué ropa llevaban? ¿Cómo se fabricaban las telas? ¿Cuáles eran los depreda­dores más peligrosos? ¿Utensilios y estrategias de caza y pesca? ¿Armas? ¿Sexismo endémico? ¿Xenofobia y etnocentrismo? Y si Ramtha viniese de la «gran civilización» de la Atlántida, ¿dónde están los detalles lingüísticos, históricos, tecnológicos y demás? ¿Cómo escribían? Que nos lo diga. En cambio, sólo se nos ofrecen homilías banales.

Aquí hay, para tomar otro ejemplo, una serie de informacio­nes canalizadas no a través de una persona anciana muerta, sino de entidades no humanas desconocidas que hacen círculos en los cul­tivos, tal como la registró el periodista Jim Schnabel:

Nos produce ansiedad esta nación pecadora que esparce mentiras sobre nosotros. No venimos en máquinas, no aterrizamos en vuestra tierra en máquinas... Venimos como el viento. Somos la Fuerza de Vida. Fuerza de Vida que procede de la tierra... Venid... Estamos sólo a un soplo de aire... a un soplo de aire... no a un mi­llón de kilómetros... una Fuerza de Vida que es mayor que las ener­gías de tu cuerpo. Pero nos encontramos en un nivel de vida supe­rior... No necesitamos nombre. Somos paralelos a vuestro mundo, junto a vuestro mundo... Los muros han caído. Dos hombres se le­vantarán del pasado... el gran oso... el mundo estará en paz.

La gente presta atención a esas fantasías pueriles sobre todo porque prometen algo parecido a la religión de otros tiempos, espe­cialmente vida después de la muerte, incluso vida eterna.

Un panorama muy diferente de algo parecido a la vida eter­na es el que propuso en una ocasión el versátil científico británico J. B. S. Haldane que, entre muchas otras cosas, fue uno de los fun­dadores de la genética de poblaciones. Haldane imaginaba un futu­ro lejano en el que las estrellas se habrían apagado y el espacio es­taría lleno principalmente de gas frío y poco denso. Sin embargo, si esperamos lo suficiente, se producirán fluctuaciones estadísticas en la densidad de este gas. Durante inmensos períodos de tiempo, las fluctuaciones serán suficientes para reconstituir un universo pareci­do al nuestro. Si el universo es infinitamente viejo, habrá un núme­ro infinito de reconstituciones así, señalaba Haldane.

Así pues, en un universo infinitamente viejo con un número infinito de apariciones de galaxias, estrellas, planetas y vida, debe reaparecer una Tierra idéntica en la que nos reuniremos con nues­tros seres queridos. Podré volver a ver a mis padres y presentarles a los nietos que nunca conocieron. Y todo eso no ocurrirá una vez, sino un número infinito de veces.

De algún modo, sin embargo, eso no llega a ofrecer el con­suelo de la religión. Si ninguno de nosotros va a tener ningún re­cuerdo de lo que ocurrió esta vez, del tiempo que estamos compar­tiendo el lector y yo, las satisfacciones de la resurrección corporal suenan huecas, al menos a mis oídos.

Pero en esta reflexión he infravalorado lo que significa la in­finidad. En el cuadro de Haldane habrá universos, ciertamente un número infinito de ellos, en el que nuestros cerebros tendrán un re­cuerdo pleno de muchos combates previos. La satisfacción está a nuestro alcance, aunque templada por la idea de todos los otros uni­versos que también entrarán en existencia (nuevamente, no una sino un número infinito de veces) con tragedias y horrores que superarán en mucho todo lo que hemos experimentado esta vez.

La Consolación de Haldane depende, sin embargo, del tipo de universo en que vivimos, y quizá de arcanos tales como si hay bastante materia para invertir la expansión del universo y el carác­ter de las fluctuaciones del vacío. Los que tienen un deseo profun­do de vida después de la muerte pueden dedicarse, por lo que pare­ce, a la cosmología, la gravedad cuántica, la física de las partículas elementales y la aritmética transfinita.
---oooo----
Clemente de Alejandría, padre de la primera Iglesia, en su Exhortación a los griegos (escrita alrededor del año 190) despre­ciaba las creencias paganas con palabras que hoy podrían parecer un poco irónicas:

Lejos estamos ciertamente de permitir que hombres adultos es­cuchen este tipo de cuentos. Ni siquiera cuando nuestros propios hijos lloran lágrimas de sangre, como dice el refrán, tenemos el hábito de contarles historias fabulosas para calmarlos.

En nuestra época tenemos criterios menos severos. Hablamos a los niños de Papá Noel y el ratoncito Pérez por razones que creemos emocionalmente sólidas, pero los desengañamos de esos mitos an­tes de hacerse mayores. ¿Por qué retractarnos? Porque su bienestar como adultos depende de que conozcan el mundo como realmente es. Nos preocupan, y con razón, los adultos que todavía creen en Papá Noel.

En las religiones doctrinales, «los hombres no osan reconocer, ni siquiera ante su propio corazón», escribía el filósofo David Hume,

las dudas que abrigan sobre esos temas. Convierten en mérito la fe implícita; y disimulan ante ellos mismos su infidelidad real a tra­vés de las más fuertes aseveraciones y la intolerancia más positiva.

Esta infidelidad tiene profundas consecuencias morales, como escribió el revolucionario americano Tom Paine en La edad de la razón:

La infidelidad no consiste en creer o no creer; consiste en profe­sar que se cree lo que no se cree. Es imposible calcular el perjui­cio moral, si se me permite expresarlo así, que ha producido la mentira mental en la sociedad. Cuando el hombre ha corrompido y prostituido de tal modo la castidad de su mente como para so­meter su profesión de fe a algo que no cree, se ha puesto en condiciones de cometer cualquier otro crimen.
La formulación de T. H. Huxiey* era:
La base de la moralidad es... dejar de simular que se cree aquello de lo que no hay pruebas y de repetir propuestas ininteligibles so­bre cosas que superan las posibilidades del conocimiento.

Clement, Hume, Paine y Huxiey hablan de religión. Pero gran parte de lo que escribieron tiene aplicaciones más generales... por ejemplo, al omnipresente fastidio de los anuncios que dominan nuestra civilización comercial. Hay unos anuncios de aspirina en los que los actores que hacen de médicos revelan que el producto de la competencia sólo tiene tal cantidad del ingrediente analgésico más recomendado por los médicos... no dicen cuál es este misterio­so ingrediente. Su producto, en cambio, tiene una cantidad especta­cularmente mayor (de 1,2 a 2 veces más por tableta), por lo que hay que comprarlo. Pero ¿por qué no tomar dos pastillas de la compe­tencia? O consideremos el analgésico que funciona mejor que el producto de «efecto regular» de la competencia. ¿Por qué no tomar entonces el producto competitivo de «efecto extra»? Y, desde lue­go, no nos hablan de las más de mil muertes anuales en Estados Unidos por el uso de la aspirina, o los posibles cinco mil casos anuales de insuficiencia renal por uso de acetaminofeno, del que la marca más vendida es Tyienol. (Aunque eso podría tratarse de un Caso de correlación sin causación.) O ¿qué importa que un cereal de desayuno tenga más vitaminas cuando podemos tomarnos una pastilla de vitaminas con el desayuno? Igualmente, ¿qué incidencia tie­ne que un antiácido contenga calcio si el calcio sirve para la nutri­ción pero es irrelevante para la gastritis? La cultura comercial está llena de informaciones erróneas y evasivas a expensas del consu­midor. No se espera que preguntemos. No piense. Compre.

La recomendación (pagada) de productos, especialmente por parte de expertos reales o supuestos, constituye una avalancha cons­tante de engaños. Delata su menosprecio por la inteligencia de sus clientes. Presenta una corrupción insidiosa de actitudes populares sobre la objetividad científica. Hay incluso anuncios en los que cien­tíficos reales, algunos de distinción considerable, aparecen como cómplices de las empresas. Ellos revelan que los científicos también son capaces de mentir por dinero. Como advirtió Tom Paine, acos­tumbrarse a las mentiras pone los cimientos de muchos otros males.

Tengo delante de mí mientras escribo el programa de una de las exposiciones de Vida Sana que se celebran anualmente en San Francisco. Como es de rigor, asisten decenas de miles de personas. Expertos altamente cuestionables venden productos altamente cuestionables. He aquí algunas presentaciones: «Cómo producen dolor y sufrimiento las proteínas bloqueadas en la sangre.» «Crista­les, ¿son talismanes o piedras?» (Yo tengo mi propia opinión.) Si­gue: «Del mismo modo que un cristal refleja ondas de sonido y de luz para radio y televisión —ésta es una interpretación burda e insí­pida de cómo funcionan la radio y la televisión—, también puede amplificar las vibraciones espirituales para los humanos armoniza­dos.» O aquí hay otra: «Retorno de la diosa, ritual de presentación.» Otro: «Sincronización, la experiencia del reconocimiento.» Esta la da el «Hermano Carlos». O, en la página siguiente: «Tú, Saint-Germain y la curación mediante la llama violeta.» Así sigue sin parar, con profusión de anuncios sobre las «oportunidades» —que recorren la corta gama de discutible a falsa— que uno puede en­contrar en esas muestras.

Enloquecidas víctimas del cáncer emprenden un peregrina­je hacia las Filipinas, donde «cirujanos psíquicos», después de ha­ber manoseado trozos de hígado de pollo o corazón de cabra, di­cen que han llegado a las entrañas del paciente para retirar el tejido enfermo, que luego es expuesto triunfalmente. Algunos lí­deres de las democracias occidentales consultan con regularidad a astrólogos y místicos antes de tomar decisiones de Estado. Some­tidos a la exigencia pública de resultados, los policías que tienen entre manos un asesinato no resuelto o un cuerpo desaparecido consultan a «expertos» de PES (que nunca adivinan nada más de lo que puede dictar el sentido común pero, según ellos, la policía no deja de llamar). Se anuncia que naciones enemigas están más adelantadas en cuestiones de clarividencia y la CIA, por insisten­cia del Congreso, invierte dinero público para descubrir si pueden localizarse submarinos en las profundidades oceánicas concen­trando el pensamiento en ellos. Un «psíquico» —armado con péndulos sobre unos mapas y varillas de zahori en los aviones— pre­tende encontrar nuevos depósitos de minerales; una compañía minera australiana le paga una gran cantidad de dólares de entra­da, que no deberá devolver en caso de fracaso, y una participación en la explotación del mineral en caso de éxito. No se descubre nada. Estatuas de Jesús o murales de María muestran manchas de humedad, y millones de personas de buen corazón están conven­cidas de haber visto un milagro.

Todo eso son casos de camelo presunto o demostrado. Apa­rece un engaño, a veces inocentemente pero en colaboración, a ve­ces con cínica premeditación. Normalmente la víctima se ve so­metida a fuertes emociones: maravilla, temor, avaricia, pesar. La aceptación crédula de un camelo puede costarle dinero; eso es lo que quería decir P. T. Barnum cuando dijo: «Nace un primo cada minuto.» Pero puede ser mucho más peligroso que eso y, cuando los gobiernos y las sociedades pierden la capacidad de pensar críticamente, los resultados pueden ser catastróficos... por mucho que lo sintamos por los que han caído en el engaño.

En ciencia, podemos empezar con resultados experimenta­les, datos, observaciones, medidas, «hechos». Inventamos, si pode­mos, toda una serie de explicaciones posibles y confrontamos siste­máticamente cada explicación con los hechos. A lo largo de su preparación se proporciona a los científicos un equipo de detección de camelos. Este equipo se utiliza de manera natural siempre que se ofrecen nuevas ideas a consideración. Si la nueva idea sobrevive al examen con las herramientas de nuestro equipo, concedemos una aceptación cálida, aunque provisional. Si usted lo desea, si no quie­re comprar camelos aunque sea tranquilizador hacerlo, puede tomar algunas precauciones; hay un método ensayado y cierto, probado por el consumidor.

¿De qué consta el equipo? De herramientas para el pensa­miento escéptico.

El pensamiento escéptico es simplemente el medio de cons­truir, y comprender, un argumento razonado y —especialmente im­portante— reconocer un argumento falaz o fraudulento. La cues­tión no es si nos gusta la conclusión que surge de una vía de razonamiento, sino si la conclusión se deriva de la premisa o punto de partida y si esta premisa es cierta.

Entre las herramientas:

• Siempre que sea posible tiene que haber una confirmación inde­pendiente de los «hechos».

• Alentar el debate sustancioso sobre la prueba por parte de defen­sores con conocimiento de todos los puntos de vista.

• Los argumentos de la autoridad tienen poco peso: las «autoridades» han cometido errores en el pasado. Los volverán a cometer en el futuro. Quizá una manera mejor de decirlo es que en la ciencia no hay autoridades; como máximo, hay expertos.

• Baraje más de una hipótesis. Si hay algo que se debe explicar, piense en todas las diferentes maneras en que podría explicarse. Luego piense en pruebas mediante las que podría refutar sistemáti­camente cada una de las alternativas. Lo que sobrevive, la hipótesis que resiste la refutación en esta selección darwiniana entre «hipóte­sis de trabajo múltiples» tiene muchas más posibilidades de ser la respuesta correcta que si usted simplemente se hubiera quedado con la primera idea que se le ocurrió.22

• Intente no comprometerse en exceso con una hipótesis porque es la suya. Se trata sólo de una estación en el camino de búsqueda del conocimiento. Pregúntese por qué le gusta la idea. Compárela con justicia con las alternativas. Vea si puede encontrar motivos para rechazarla. Si no, lo harán otros.

• Cuantifique. Si lo que explica, sea lo que sea, tiene alguna medi­da, alguna cantidad numérica relacionada, será mucho más capaz de discriminar entre hipótesis en competencia. Lo que es vago y cualitativo está abierto a muchas explicaciones. Desde luego, se pueden encontrar verdades en muchos asuntos cualitativos con los que nos vemos obligados a enfrentarnos, pero encontrarlas es un desafío mucho mayor.

• Si hay una cadena de argumentación, deben funcionar todos los eslabones de la cadena (incluyendo la premisa), no sólo la mayoría.

• El rasero de Occam*. Esta conveniente regla empírica nos induce, cuando nos enfrentamos a dos hipótesis que explican datos igual­mente buenos, a elegir la más simple.

• Pregúntese siempre si la hipótesis, al menos en principio, puede ser falsificada. Las proposiciones que no pueden comprobarse ni demostrarse falsas, no valen mucho. Consideremos la gran idea de que nuestro universo y todo lo que contiene es sólo una partícula elemental —un electrón, por ejemplo— en un cosmos mucho más grande. Pero si nunca podemos adquirir información de fuera de nuestro universo, ¿no es imposible refutar la idea? Ha de ser capaz de comprobar las aseveraciones. Debe dar oportunidad a escépticos inveterados de seguir su razonamiento para duplicar sus experimentos y ver si se consigue el mismo resultado.

La confianza en los experimentos cuidadosamente diseña­dos y controlados es clave, como he intentado subrayar antes. No aprenderemos mucho de la mera contemplación. Es tentador que­darse satisfecho con la primera explicación posible que se nos ocu­rre. Una es mucho mejor que ninguna. Pero ¿qué ocurre cuando in­ventamos varias? Francis Bacon proporcionó la razón clásica:

Puede ser que la argumentación no baste para el descubrimiento de un nuevo trabajo, porque la sutileza de la naturaleza es mu­chas veces mayor que la del argumento.

Los experimentos de control son esenciales. Si, por ejemplo, se dice que una medicina nueva cura una enfermedad en el veinte por ciento de los casos, debemos asegurarnos de que una población de control que toma una pastilla de azúcar que los pacientes creen que podría ser el nuevo medicamento no experimente una remisión espontánea de la enfermedad en el veinte por ciento de los casos.

Deben separarse las variables. Supongamos que usted está mareado y le dan una pulsera de metal y 50 miligramos de dimenhidrinato. Descubre que le desaparece el malestar. ¿Qué ha sido: la pulsera o la pastilla? Sólo puede saberlo si la vez siguiente toma una cosa y no otra y se marea. Ahora supongamos que usted no tiene tan­ta devoción por la ciencia como para permitirse estar mareado. En­tonces no separará las variables. Tomará los dos remedios a la vez. Ha conseguido el resultado práctico deseado; se podría decir que no le merece la pena la molestia de conseguir más conocimientos.

A menudo el experimento debe ser de «doble ciego» a fin de que los que esperan un descubrimiento determinado no estén en la posición potencialmente comprometedora de evaluar los resulta­dos. Cuando se prueba una nueva medicina, por ejemplo, quizá se quiera que los médicos que determinan qué síntomas de los pacien­tes se han visto aliviados no sepan qué pacientes han recibido el nuevo fármaco. El conocimiento podría influir en su decisión, aun­que sólo fuera inconscientemente. En cambio, la lista de los que ex­perimentaron remisión de síntomas puede compararse con la de los que tomaron el nuevo fármaco, realizada cada una con independen­cia. Entonces se puede determinar qué correlación existe. O cuando hay un reconocimiento policial o una identificación de foto, el ofi­cial responsable no debería saber quién es el principal sospechoso [para] no influir consciente ni inconscientemente en el testigo.
---ooo---
Además de enseñamos qué hacer cuando evaluamos una de­claración de conocimiento, un buen equipo de detección de came­los también debe enseñamos qué no hacer. Nos ayuda a reconocer las falacias más comunes y peligrosas de la lógica y la retórica. Se pueden encontrar muchos buenos ejemplos en religión y política, porque sus practicantes a menudo se ven obligados a justificar dos proposiciones contradictorias. Entre esas falacias se encuentran:

ad hominem: latín «contra el hombre», atacar al que discute y no a su argumentación (p. ej.: El reverendo doctor Smith es un conoci­do fundamentalista de la Biblia, por lo que sus objeciones a la evo­lución no deben tomarse en serio);

• argumento de autoridad (p. ej.: El presidente Richard Nixon debería ser reelegido porque tiene un plan secreto para terminar la guerra en el sudeste de Asia... pero, como era secreto, el elec­torado no tenía ninguna manera de evaluar sus méritos; el argu­mento equivalía a confiar en él porque era presidente: craso error, como se vio);

• argumento de consecuencias adversas (p. ej.: Debe existir un Dios que dé castigo y recompensa porque, si no, la sociedad sería mucho más ilegal y peligrosa, quizá incluso ingobernable.23 O: El acusado en un juicio de asesinato con mucha publicidad recibió el veredicto de culpable; en otro caso, habría sido un incentivo para que otros hombres matasen a sus esposas);

• llamada a la ignorancia; la declaración de que todo lo que no ha sido demostrado debe ser cierto, y viceversa (es decir: No hay una prueba irresistible de que los ovnis no estén visitando la Tierra; por tanto, los ovnis existen... y hay vida inteligente en todas partes en el universo. O: Puede haber setenta mil millones de otros mun­dos pero, como no se conoce ninguno que tenga el avance moral de la Tierra, seguimos siendo centrales en el universo.) Esta impaciencia con la ambigüedad puede criticarse con la frase: la au­sencia de prueba no es prueba de ausencia;

• un argumento especial, a menudo para salvar una proposición en un problema retórico profundo (p. ej.: ¿Cómo puede un Dios com­pasivo condenar al tormento a las generaciones futuras porque, contra sus órdenes, una mujer indujo a un hombre a comerse una manzana? Argumento especial: no entiendes la sutil doctrina del li­bre albedrío. O: ¿ Cómo puede haber un Padre, Hijo y Espíritu San­to igualmente divinos en la misma persona? Argumento especial: no entiendes el misterio divino de la Santísima Trinidad. O: ¿Cómo po­día permitir Dios que los seguidores del judaísmo, cristianismo e is­lam —obligados cada uno a su modo a medidas heroicas de amabi­lidad afectuosa y compasión— perpetraran tanta crueldad durante tanto tiempo? Argumento especial: otra vez, no entiendes el libre albedrío. Y en todo caso, los caminos de Dios son misteriosos);

• pedir la pregunta, llamado también asumir la respuesta (p. ej.: Debemos instituir la pena de muerte para desalentar el crimen vio­lento. Pero ¿se reduce la tasa de delitos violentos cuando se impone la pena de muerte? O: El mercado de acciones sufrió ayer una caí­da debido a un ajuste técnico y la retirada de beneficios por los in­versores... pero ¿hay alguna prueba independiente del papel causal del «ajuste» y retirada de beneficios; nos ha enseñado algo esta ex­plicación implícita?);

• selección de la observación, llamada también enumeración de circunstancias favorables o, como lo describió Francis Bacon, con­tar los aciertos y olvidar los fallos24 (p. ej.: Un Estado se jacta de los presidentes que ha tenido, pero no dice nada de sus asesinos en serie);

• estadísticas de números pequeños, pariente cercano de la selec­ción de la observación (p. ej.: «Dicen que una de cada cinco perso­nas es china. ¿Cómo es posible? Yo conozco cientos de personas" y ninguna de ellas es china. Suyo sinceramente.» O: He sacado tres sietes seguidos. Esta noche no puedo perder»);

• incomprensión de la naturaleza de la estadística (p. ej.: El presi­dente Dwight Eisenhower expresa asombro y alarma al descubrir que la mitad de los americanos tienen una inteligencia por debajo de la media);

• inconsistencia (p. ej.: Prepararse con toda prudencia para lo peor de que sea capaz un adversario militar potencial, pero ignorar las proyecciones científicas en peligros medioambientales para aho­rrar porque no están «demostrados». O atribuir el descenso de la es­peranza de vida en la antigua Unión Soviética a los defectos del co­munismo hace muchos años; pero no atribuir nunca la alta tasa de mortalidad infantil de Estados Unidos (ahora la más alta de las prin­cipales naciones industriales) a los defectos del capitalismo. O con­siderar razonable que el universo siga existiendo siempre en el fu­turo, pero juzgar absurda la posibilidad de que tenga una duración infinita hacia el pasado);

non sequitur: «no sigue», en latín (p. ej.: Nuestra nación prevale­cerá porque Dios es grande. Pero casi todas las naciones pretenden que eso es cierto; la formulación alemana era: «Gott mit uns»), A menudo, los que caen en la falacia non sequitur es simplemente que no han reconocido posibilidades alternativas;

post hoc, ergo propter hoc: en latín, «después de esto, luego a consecuencia de esto» (p. ej.: Jaime Cardinal, arzobispo de Manila:

«Conozco... a una mujer de veintiséis años que parece tener sesen­ta porque toma pildoras {anticonceptivas}.» O: Cuando las mujeres no votaban, no había armas nucleares);

• pregunta sin sentido (p. ej.: ¿Qué ocurre cuando una fuerza irre­sistible choca con un objeto inamovible? Pero si existe algo así como una fuerza irresistible no puede haber objetos inamovibles, y viceversa);

• exclusión del medio o falsa dicotomía: considerar sólo los dos ex­tremos en un continuo de posibilidades intermedias (p. ej.: «Sí, cla­ro, ponte de su parte; mi marido es perfecto; yo siempre me equi­voco.» O: «El que no quiere a su país lo odia.» O: «Si no eres parte de la solución, eres parte del problema»);

• corto plazo contra largo plazo: un subgrupo de la exclusión del medio, pero tan importante que lo he destacado para prestarle aten­ción especial (p. ej.: No podemos emprender programas para ali­mentar a los niños desnutridos y educar a los preescolares. Se ne­cesita tratar con urgencia el crimen en las calles. O: ¿Por qué explorar el espacio o seguir la ciencia fundamental cuando tene­mos un déficit de presupuesto tan enorme?);

• terreno resbaladizo, relacionado con la exclusión del medio (p. ej.:

Si permitimos el aborto en las primeras semanas de embarazo, será imposible impedir la muerte de un bebé formado. O al contrario: Si el Estado nos prohíbe abortar aunque sea en el noveno mes, pron­to nos empezará a decir lo que tenemos que hacer con nuestro cuerpo en el momento de la concepción);

• confusión de correlación y causa (p. ej.: Una encuesta muestra que hay más homosexuales entre los licenciados universitarios que entre los de menor educación; en consecuencia, la educación hace homosexual a la gente. O: Los terremotos andinos están correla­cionados con aproximaciones más cercanas del planeta Urano; en consecuencia —a pesar de la ausencia de una correlación así para el planeta más cercano y más imponente, Júpiter—, lo segundo causa lo primero25

• hombre de paja: caricaturizar una postura para facilitar el ataque (p. ej.: Los científicos suponen que los seres vivos se formaron jun­tos por casualidad, una formulación que ignora deliberadamente la principal idea darwiniana: que la naturaleza avanza conservando lo que funciona y descartando lo que no. O, y eso también es una falacia a largo/corto plazo, los defensores del medio ambiente se preocupan más por los caracoles y los buhos moteados que por las personas);

• prueba suprimida, o media verdad (p. ej.: Aparece en televisión una «profecía» sorprendentemente precisa y ampliamente citada del in­tento de asesinato del presidente Reagan, pero —detalle importan­te— ¿fue grabada antes o después del acontecimiento? O: Estos abu­sos del gobierno exigen una revolución, aunque sea imposible hacer una tortilla sin romper antes los huevos. Sí, pero ¿en esta revolución morirá más gente que con el régimen anterior? ¿Qué sugiere la expe­riencia de otras revoluciones? ¿Son deseables y en interés del pueblo todas las revoluciones contra regímenes opresivos?

• palabras equívocas (p. ej.: La separación de poderes de la Consti­tución de Estados Unidos especifica que este país no puede entrar en guerra sin una declaración del Congreso. Por otro lado, los pre­sidentes tienen el control de la política exterior y la dirección de las guerras, que son herramientas potencialmente poderosas para con­seguir la reelección. Los presidentes de cualquier partido político podrían verse tentados por tanto a disponer guerras mientras levan­tan la bandera y llaman a las guerras otra cosa: «acciones de policía», «incursiones armadas», «golpes reactivos de protección», «pacificación», «salvaguarda de los intereses americanos», y una gran variedad de «operaciones», como las de la «Operación Causa Justa». Los eufemismos para la guerra forman parte de una gran clase de reinvenciones del lenguaje con fines políticos. Talleyrand dijo: «Un arte importante de los políticos es encontrar nombres nuevos para instituciones que bajo sus nombres viejos se han hecho odiosas al pueblo»).

Conocer la existencia de esas falacias retóricas y lógicas completa nuestra caja de herramientas. Como todas las herramien­tas, el equipo de detección de camelos puede usarse mal, aplicarse fuera de contexto o incluso emplearse rutinariamente como alterna­tiva al pensamiento. Pero, si se aplica con juicio, puede marcar toda la diferencia del mundo, y nos ayuda a evaluar nuestros propios ar­gumentos antes de presentarlos a otros.
---ooo---

La industria del tabaco americana factura unos cincuenta mil millones al año. Admiten que hay una correlación estadística entre fumar y el cáncer, pero no una relación causal, dicen. Añaden que se está cometiendo una falacia lógica. ¿Qué podría significar eso? Quizá las personas con propensión hereditaria al cáncer tienen una propensión hereditaria a tomar drogas adictivas, por lo que el cán­cer y el fumar podrían estar correlacionados, pero el cáncer no sería provocado por fumar. Pueden inventarse relaciones cada vez más inverosímiles de este tipo. Esta es exactamente una de las razones por las que la ciencia insiste en los experimentos de control.

Supongamos que pintamos los lomos de gran número de ra­tones con alquitrán de cigarrillo y supervisamos también la salud de grandes números de ratones casi idénticos que no han sido pintados. Si el primer grupo contrae cáncer y el segundo no, se puede estar bastante seguro de que la correlación es causal. Si se inhala humo de tabaco, la posibilidad de contraer cáncer aumenta; no se inhala, y la tasa se mantiene al nivel básico. Lo mismo ocurre con el enfi­sema, la bronquitis y las enfermedades cardiovasculares.

Cuando en 1953 se publicó el primer trabajo en la literatura científica que demostraba que cuando se pintan las sustancias del cigarrillo en los lomos de roedores producen resultados malignos (cáncer), la respuesta de las seis principales compañías de tabaco fue iniciar una campaña de relaciones públicas para impugnar la investigación, patrocinada por la Fundación Sloan Kettering. Eso es similar a lo que hizo la Du Pont Corporation cuando en 1974 se publicó la primera investigación que demostraba que sus produc­tos de freón atacan la capa protectora de ozono. Hay muchos más ejemplos.

Sería normal pensar que antes de denunciar descubrimientos que no les gustan, las empresas principales dedicarían considera­bles recursos a comprobar la seguridad de los productos que se pro­ponen fabricar. Y, si se olvidaron de algo, si los científicos inde­pendientes señalan un riesgo, ¿por qué protestan las compañías? ¿Preferirían matar a la gente que perder beneficios? Si, en un mun­do incierto, debiera cometerse un error, ¿no se inclinaría hacia la protección de los clientes y el público? Y, a propósito, ¿qué dicen estos casos sobre la capacidad de la empresa privada de vigilarse a sí misma? ¿No demuestran que al menos algunas intervenciones del gobierno son en interés del público?

Un informe interno de 1971 de la Brown and Williamson Tobacco Corporation enumera como objetivo corporativo «elimi­nar de la mente de millones de personas la falsa convicción de que fumar cigarrillos causa cáncer de pulmón y otras enfermedades; una convicción basada en presunciones fanáticas, rumores falaces, denuncias sin fundamento y conjeturas de oportunistas en busca de publicidad». Se quejan del

ataque increíble, sin precedentes e infame contra el cigarrillo, que constituye la mayor difamación y calumnia que se ha perpetrado jamás contra un producto en la historia de la Ubre empresa; una difamación criminal de proporciones e implicaciones tan impor­tantes que uno se pregunta cómo una cruzada de calumnias pue­de reconciliarse... cómo la Constitución puede ser tan burlada y violada [sic].
Esta retórica es sólo ligeramente más encendida que la que ha publicado de vez en cuando la industria del tabaco para consumo pú­blico.

Hay muchas marcas de cigarrillos que anuncian ser bajas en «alquitrán» (diez miligramos o menos por cigarrillo). ¿Por qué es eso una virtud? Porque es en los alquitranes refractarios donde se concentran hidrocarburos policíclicos aromáticos y otros carcinó­genos. ¿No son los anuncios de bajo en alquitrán una admisión tá­cita por las compañías de tabaco de que los cigarrillos causan real­mente el cáncer?

Healthy Buildings International es una organización con ánimo de lucro que ha recibido millones de dólares a lo largo de los años de la industria del tabaco. Realiza investigaciones sobre el fu­mador pasivo y atestigua a favor de las compañías de tabaco. En 1994, tres técnicos se quejaron de que antiguos ejecutivos habían falsificado los datos sobre partículas de cigarrillo inhalables en el aire. En cada caso, los datos inventados o «corregidos» hacían que el humo del tabaco pareciera más sano que lo indicado por las mediciones de los técnicos. ¿Encuentran alguna vez los departamentos de investigación corporativos o los contratados del exterior que un producto es más peligroso de lo que la corporación de tabaco de­clara públicamente? Si es así, ¿siguen con su puesto de trabajo?

El tabaco es adictivo; según muchos criterios, más todavía que la heroína o la cocaína. Hay una razón para que uno, como de­cía un anuncio de la década de los cuarenta, «ande una milla en bus­ca de un Camel». Ha muerto más gente por el tabaco que en toda la segunda guerra mundial. Según la Organización Mundial de la Sa­lud, fumar mata a tres millones de personas al año en todo el mun­do. Eso se elevará a diez millones anuales en el 2020, en parte a causa de una ingente campaña publicitaria que presentaba el fumar como progresista y de moda para las mujeres jóvenes en el mundo de hoy. Parte del éxito de la industria del tabaco en suministrar esta elaboración de venenos adictivos puede atribuirse a la escasa fami­liaridad con la detección de camelos, el pensamiento crítico y el método científico. La credulidad mata.

1   ...   10   11   12   13   14   15   16   17   ...   32

similar:

La ciencia como una luz en la oscuridad iconLa ciencia como una luz en la oscuridad
...

La ciencia como una luz en la oscuridad iconLa ciencia como una luz en la oscuridad
«cta-102» de Roger McGuinn y Robert J. Hippard. © Tickon Music (bmi), 1967. Todos los derechos reservados. Reimpreso con permiso

La ciencia como una luz en la oscuridad iconLa ciencia como una luz en la oscuridad
...

La ciencia como una luz en la oscuridad iconLas ondas de luz son una forma de energía electromagnética y la idea...

La ciencia como una luz en la oscuridad iconEs una reacción química con desprendimiento de la luz y calor donde...

La ciencia como una luz en la oscuridad iconLa Educación Ambiental y la Ecología como ciencia. Una discusión necesaria para la enseñanza

La ciencia como una luz en la oscuridad iconEl cine y la literatura de ciencia ficción como herramientas didácticas...

La ciencia como una luz en la oscuridad iconLlegará una época en la que una investigación diligente y prolongada...

La ciencia como una luz en la oscuridad iconLlegará una época en la que una investigación diligente y prolongada...

La ciencia como una luz en la oscuridad iconPrincipales concepciones de la ciencia. Los grandes cambios: las...


Medicina



Todos los derechos reservados. Copyright © 2015
contactos
med.se-todo.com