La ciencia como una luz en la oscuridad




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CAPÍTULO 20

LA CASA
EN LLAMAS
36

_____________________

El Señor [Buda] replicó al Venerable Sariputra:

«En un pueblo, ciudad, villa de mercado, distrito de condado, provincia, reino o capital vivía un cabeza de familia, viejo, de edad avanzada, decrépito, débil de salud y fuerza, pero rico, próspero y acaudalado. Su casa era grande, en extensión y en altura, y era vieja, construida hacía mucho tiempo. La habitaban muchos seres vivos, unos dos, tres, cuatro o cinco centenares. Tenía una única puerta. El tejado era de paja, las terrazas se habían hundido, los cimientos estaban podridos, las paredes, esteras y cemento se encontraban en avanzado estado de descomposición. De pronto apareció una gran llamarada de fuego y la casa empezó a arder por todos lados. Y este hombre tenía muchos hijos jóvenes, cinco, diez, o veinte, y salió él solo de la casa. »Cuando aquel hombre vio su casa ardiendo por todas partes con una gran masa de fuego, le entró miedo y se puso a temblar, se le agitó la mente y pensó para sí: "He sido bastante competente, en verdad, para atravesar la puerta y escapar de la casa en llamas, rápido y seguro, sin que me tocara ni me chamuscara esa gran masa de fuego. Pero ¿y mis hijos, mis hijos jóvenes, mis hijos pequeños? Aquí, en esta casa en llamas, juegan, corretean y se divierten con todo tipo de juegos. No saben que su residencia está en llamas, no lo entienden, no lo perciben, no le prestan atención, y por eso no sienten ninguna agitación. Aunque amenazados por este gran [fuego], aunque en estrecho contacto con tanto mal, no prestan atención al peligro que entraña y no hacen ningún esfuerzo por salir."»
De The Saddharmapundarika, en Buddhist Scríptures, edward conze, ed. (Harmondswort, Middlesex, Inglaterra, Penguin Books, 1959)

Una de las razones que hace tan interesante escribir para la revista Parade es lo que recibo a cambio. Con ochenta millones de lectores se puede hacer un muestreo de la opinión de los ciudadanos de los Estados Unidos. Se puede entender qué piensa la gente, cuáles son sus ansiedades y esperanzas, y quizá incluso dónde nos hemos perdido.

En Parade salió publicada una versión abreviada del capí­tulo anterior en el que se reflejaba la actuación de estudiantes y profesores. Recibí una montaña de correo. Algunos negaban que existiera un problema; otros decían que los americanos estaban perdiendo su aguda inteligencia y saber hacer. Unos pensaban que había soluciones fáciles; otros que la raíz de los problemas era de­masiado profunda para resolverlos. Muchas opiniones me sor­prendieron.

Un profesor de décimo curso de Minnesota hizo copias del artículo y animó a los alumnos a decirme lo que pensaban. Trans­cribo a continuación lo que escribieron algunos estudiantes de en­señanza secundaria norteamericanos (respetando la gramática y puntuación de las cartas originales):

• No hay americanos estúpidos. Sólo sacamos peores notas en la escuela, y qué.

• A lo mejor es bueno que no seamos tan listos como los otros paí­ses. Así podemos importar todos nuestros productos y no tenemos que gastar todo el dinero en las piezas de las mercancías.

• Y si otros países lo hacen mejor, ¿qué importa? Lo más probable es que acaben viniendo a Estados Unidos.

• Nuestra sociedad va tirando con los descubrimientos que hace­mos. Avanza despacio, pero la curación del cáncer está en camino.

• Estados Unidos tiene su propio sistema de aprendizaje y a lo me­jor no es tan avanzado como el de ellos, pero es igual de bueno. Por otra parte, creo que su artículo es muy educativo.

• A ningún niño de esta escuela le gusta la ciencia. Realmente no entiendo de qué va el artículo. Me pareció muy aburrido. Simple­mente, no me interesa.

• Yo estudio para ser abogado y, francamente, estoy de acuerdo con mis padres cuando dicen que tengo un problema de actitud con la ciencia.

• Es verdad que algunos niños americanos no lo intentan pero, si quisiésemos, podríamos ser más listos que cualquier otro país.

• En lugar de hacer deberes, los niños miran la televisión. Tengo que reconocer que yo lo hago. Me he puesto el límite de unas cua­tro horas al día.

• No creo que sea culpa del sistema de la escuela, me parece que todo el país pone un énfasis insuficiente en la escuela. Mi mamá prefiere verme jugar al baloncesto o al fútbol que ayudarme a hacer un trabajo. Conozco muchos chicos a los que les da totalmente igual no hacer bien su trabajo.

• No creo que los chicos americanos sean estúpidos. Sólo ocurre que no estudian bastante porque la mayoría trabajan... Mucha gen­te dice que los asiáticos son más listos que los americanos y que lo hacen todo bien, pero no es verdad. No son buenos en deportes. No tienen tiempo de hacer deporte.

• Yo me dedico a hacer deporte, y tengo la impresión que los otros chicos de mi equipo te empujan a sobresalir más en el deporte que en los estudios.

• Para ser los primeros tendríamos que ir todo el día a la escuela y no hacer vida social.

• Ahora entiendo por qué muchos profesores de ciencias se enfa­dan con usted por menospreciar su trabajo.

• A lo mejor, si los profesores fueran más interesantes, los chicos querrían aprender... Si la ciencia se presentara de manera divertida, los chicos querrían aprender. Para ello, ya sería hora de empezar a dejar de enseñarla como meros hechos y números.

• Francamente, me cuesta creer los datos sobre la ciencia en Esta­dos Unidos. Si estamos tan atrasados, ¿cómo es que Mijaíl Gorbachov vino a Minnesota y a Datos de Control de Montana para ver cómo funcionan nuestras computadoras y eso?

• ¡Unas 33 horas para los de quinto curso! En mi opinión es tanto que casi son las mismas horas que un trabajo de jornada completa. Así, en lugar de hacer deberes, podríamos ganar dinero.

• Cuando comenta lo atrasados que estamos en ciencia y matemá­ticas, ¿por qué no intenta decirlo de una manera más amable?... De­bería sentir un poco más de orgullo de su país y sus capacidades.

• Creo que sus hechos son poco concluyentes y las pruebas muy flojas. En general, ha planteado un buen tema.
----ooo----
En general, estos estudiantes no creen que exista un proble­ma serio; y, si existe, no puede hacerse gran cosa al respecto. Había muchos que también se quejaban de que las conferencias, las discu­siones en clase y los deberes eran «aburridos». Para una generación televisiva que sufre trastornos de déficit en diferentes grados, desde luego son aburridos. Pero pasar tres o cuatro cursos practicando una y otra vez la suma, resta, multiplicación y división de fracciones puede aburrir a cualquiera... y la tragedia es que, por ejemplo, la teo­ría de la probabilidad elemental está al alcance de esos estudiantes. Igual ocurre con la presentación de las formas de plantas y anima­les sin evolución; la historia como guerras, fechas y reyes sin el pa­pel de la obediencia a la autoridad, la avaricia, la incompetencia y la ignorancia; el inglés sin la introducción de nuevas palabras en el lenguaje y la desaparición de las viejas; y la química sin el origen de los elementos. Se ignoran los medios para despertar el interés de estos estudiantes a pesar de tenerlos a mano. Dado que lo que que­da grabado en la memoria de los alumnos a largo plazo, de todo lo aprendido en la escuela, es sólo una pequeña fracción, ¿no parece esencial plantearles temas que no sean aburridos... e inculcarles el deseo de aprender?

La mayoría de los adultos que me escribieron consideraban que era un problema importante. Recibí cartas de padres que me hablaban de chicos con curiosidad dispuestos a trabajar duro, con pasión por la ciencia pero carentes de un entorno adecuado o de recursos para satisfacer sus intereses. Otras cartas eran de padres que no sabían nada de ciencia y sacrificaban su propia comodidad para que sus hijos pudieran tener libros de ciencia, microscopios, telescopios, ordenadores y equipos de química; de padres que de­cían a sus hijos que el estudio disciplinado los sacaría de la po­breza; de una abuela que llevaba el té a un estudiante que seguía haciendo los deberes a altas horas de la noche; de la presión de los compañeros para no destacar en la escuela porque «hace que los de­más parezcan malos»,

Aquí hay una muestra —no una encuesta de opinión, pero sí comentarios representativos— de otras respuestas de padres:

• ¿Entienden los padres que no se puede ser un ser humano com­pleto si se es un ignorante? ¿Tienen libros en casa? ¿Y una lupa? ¿Enciclopedia? ¿Animan a sus hijos a estudiar?

• Los padres enseñan a ser paciente y perseverante. El don más im­portante que pueden ofrecer a sus hijos es la ética del trabajo duro, pero no se pueden limitar a hablar de ello. Los que aprenden a tra­bajar duro son los que lo ven hacer a sus padres.

• A mi hija le fascina la ciencia, pero no le enseñan nada en la es­cuela ni en la televisión.

• Mi hija ha sido calificada de superdotada, pero la escuela no tiene ningún programa de enriquecimiento en ciencias. El tutor me dijo que la enviara a una escuela privada, pero no nos lo podemos permitir.

• La presión de los compañeros es enorme; los tímidos no quieren «destacar» sacando buenas notas en ciencias. Desde que llegó a los trece o catorce años, el interés que siempre había tenido mi hija por la ciencia empezó a desaparecer.
---ooo---
Los padres también tenían mucho que decir sobre los profe­sores, y algunos comentarios de éstos eran un eco de los suyos. Por ejemplo, se quejaban de que los profesores están preparados para la manera de enseñar pero no para saber qué enseñar; que gran núme­ro de profesores de física y química no son licenciados en física o química y enseñan la ciencia con «incomodidad e incompetencia»; que los propios profesores muestran demasiada angustia ante la ciencia y las matemáticas; que se resisten a que les hagan pregun­tas, o contestan: «Está en el libro. Míralo.» Algunos se quejaban de que el profesor de biología era un «creacionista»; otros se quejaban de que no lo era. Entre otros comentarios de los profesores o acer­ca de ellos:

• Estamos criando una colección de imbéciles.

• Es más fácil memorizar que pensar. Se tiene que enseñar a los ni­ños a pensar.

• Los profesores y los programas están «cayendo» al mínimo co­mún denominador.

• ¿Por qué el entrenador de baloncesto enseña química?

• Se exige a los profesores que dediquen demasiado tiempo a la disciplina y al «programa social». No tenemos ningún incentivo para ejercer nuestro propio juicio. Siempre tenemos a los «altos mandos» mirándonos por encima del hombro.

• Abandonar las plazas en propiedad en escuelas y universidades. Librarse de los inútiles. Dejar la contratación y el despido a los di­rectores, decanos y superintendentes.

• Mi placer por la enseñanza se vio repetidamente frustrado por los directores de tipo militarista.

• Se debería dar una recompensa a los profesores según su rendi­miento... especialmente según el rendimiento de los estudiantes en pruebas nacionales estandarizadas y la mejora de rendimiento del estudiante en estas pruebas de un año a otro.

• Los profesores están ahogando las mentes de nuestros hijos cuan­do les dicen que no son lo bastante «listos»... por ejemplo, para es­tudiar física. ¿Por qué no darles la posibilidad de empezar el curso?

• Mi hijo tuvo que pasar de curso aunque está dos niveles por de­bajo de los demás de la clase en lectura. La razón que me dieron era social, no educativa. Nunca alcanzará buen nivel si no lo cambian.

• En todas las escuelas se debería exigir que la ciencia (y especial­mente en la escuela superior) esté incluida en el programa. Debería estar coordinada con los cursos de matemáticas que toman los estu­diantes al mismo tiempo.

• La mayor parte de los deberes son una pura «ocupación» en lugar de ser algo que haga pensar.

• Pienso que Diane Ravitch [New Republic, 6 de marzo de 1989] lo cuenta tal como es: «Como contó hace poco una estudiante de la Hunter High School en la ciudad de Nueva York: "Saco muchos sobresalientes, pero nunca hablo de ello... Es más enrollado sacar malas notas. Si te interesa la escuela y se nota, te tildan de 'bicho raro'..." La cultura popular —a través de la televisión, cine, revis­tas y vídeos— transmite continuamente el mensaje a las mujeres jóvenes de que es mejor ser popular, sexy y "enrollada" que inte­ligente, competente y honesta. En 1986, los investigadores encon­traron una ética antiacadémica similar entre los estudiantes mas­culinos y femeninos de enseñanza superior de Washington, D. C. Apuntaban que los estudiantes capaces tenían que soportar una fuerte presión de sus compañeros para no sacar buenas notas en la escuela. Si triunfaban en los estudios, podían ser acusados de "actuar como blancos".»

• Sería fácil para las escuelas conceder mucho más reconocimien­to y recompensas a los chicos que destacan en ciencias y matemáti­cas. ¿Por qué no lo hacen? ¿Por qué no regalarles chaquetas espe­ciales con las letras de la escuela? ¿Anunciarlo en asambleas, en la revista de la escuela y la prensa local? ¿Recompensas especiales de la industria local y las organizaciones? Esto cuesta muy poco, y po­dría vencer la presión de los compañeros.

• El programa Headstart es el único eficaz... para que mejore la comprensión de la ciencia por parte de los niños y todo lo demás.
---ooo---
También había muchas opiniones apasionadas y muy con­trovertidas que, como mínimo, dan una idea de lo mucho que pien­sa la gente en este tema. Una muestra:

• Hoy en día todos los chicos listos buscan dinero rápido, por eso se hacen abogados y no científicos. .

• Yo no quiero que mejore la educación. En este caso nadie querría conducir un taxi.

• El problema de la educación científica es que no se honra sufi­cientemente a Dios.

• La enseñanza fundamentalista de que la ciencia es «humanismo» y no es de fiar es la razón por la que nadie entiende la ciencia. Las religiones tienen miedo del pensamiento escéptico que se halla en el corazón de la ciencia. Se sorbe el seso a los estudiantes para que no acepten el pensamiento científico mucho antes de llegar a la uni­versidad.

• La ciencia se ha desacreditado a sí misma. Trabaja para los polí­ticos. Fabrica armas, miente sobre los «riesgos» de la marihuana, ignora los peligros del agente naranja, etcétera.

• Las escuelas públicas no funcionan. Abandonémoslas. Que haya sólo escuelas privadas.

• Hemos dejado que los abogados de la permisividad, el pensamien­to borroso y el socialismo rampante destruyeran lo que en otros tiempos fue un gran sistema educativo.

• El sistema escolar tiene suficiente dinero. El problema es que los blancos, normalmente entrenadores, que dirigen las escuelas no contratan nunca (y digo nunca) a un intelectual... Los preocupa más el equipo de fútbol americano que el programa y sólo contratan au­tómatas más que mediocres, amantes de Dios que sacan la bandera para enseñar. ¿Qué tipo de estudiantes puede salir de escuelas que oprimen, castigan e ignoran el pensamiento lógico?

• Liberar a las escuelas de la mordaza del ACLU [Sindicato Ame­ricano de Libertades Civiles], la NEA [Asociación Nacional de Educación] y otros responsables de la falta de disciplina y compe­tencia en las escuelas.

• Me temo que no comprende en absoluto el país en el que vive. La gente es increíblemente ignorante y temerosa. No toleran escuchar una [nueva] idea... ¿No lo entiende? El sistema sólo sobrevive por­que tiene una población ignorante que teme a Dios. Ésta es la razón por la que muchas [personas cultas] están sin empleo.

• A veces me piden que explique aspectos tecnológicos al personal del Congreso. Créame, en este país tenemos un problema con la educación científica.
---ooo---

No hay una única solución al problema del analfabetismo en ciencia, o en matemáticas, historia, inglés, geografía y muchas de las otras habilidades que nuestra sociedad necesita. La responsabi­lidad recae sobre muchos: padres, el público votante, los comités escolares locales, los medios de comunicación, los profesores, los administradores, los gobiernos federal, estatal y local y, desde lue­go, los propios estudiantes. En todos los niveles, los profesores se quejan de que el problema es de los cursos anteriores. Y los profe­sores de primer grado pueden desesperarse con razón de enseñar a chicos con déficit de aprendizaje por culpa de la desnutrición, la falta de libros en casa o una cultura de violencia en la que es impo­sible alcanzar la tranquilidad necesaria para pensar.

Sé muy bien por propia experiencia el beneficio que puede reportar a un niño tener unos padres con un poco de cultura y capa­ces de transmitirla. Una serie de mejoras, aunque sean pequeñas, en la educación, la capacidad de comunicación y la pasión por apren­der en una generación podría propiciar mejoras mucho mayores en la siguiente. Pienso en esto siempre que oigo el lamento de que los niveles escolares y universitarios bajan o que el título de licenciado no «significa» lo mismo que antes.

Dorothy Rich, una innovadora profesora de Yonkers, Nueva York, opina que, más importante que los temas académicos específicos, es la formación de capacidades clave, que según ella se in­cluyen en la siguiente lista: «confianza, perseverancia, atención, tra­bajo en equipo, sentido común y resolución de problemas». A lo que yo añadiría pensamiento escéptico y capacidad de asombro.

Al mismo tiempo se debe nutrir y animar a los niños con ca­pacidades y habilidades especiales. Son un tesoro nacional. A veces se critican los programas para «superdotados» por ser «elitistas». ¿Por qué no se consideran elitistas las sesiones de práctica intensi­va de fútbol, béisbol y baloncesto universitarios y la competición entre escuelas? Al fin y al cabo, sólo participan los atletas más do­tados. En este país hay una doble actitud muy contraproducente.
-----ooooo-----
El problema de la educación pública en ciencia y otras disci­plinas es tan profundo que es fácil desesperarse y llegar a la conclu­sión de que no se resolverá nunca. Y, sin embargo, hay instituciones en las grandes ciudades y pequeños pueblos que proporcionan una razón para la esperanza, lugares que encienden la chispa, que des­piertan la curiosidad adormecida y avivan al científico que todos lle­vamos dentro:

• El enorme meteorito de hierro metálico que tiene usted delante está tan lleno de agujeros como un queso suizo. Cautelosamente es­tire el brazo para tocarlo. Es suave y frío. Se le ocurre la idea de que procede de otro mundo. ¿Cómo llegó a la Tierra? ¿Qué ocurrió en el espacio para que se machacara tanto?...

• La exposición muestra mapas de Londres en el siglo XVIII la ex­tensión de una horrible epidemia de cólera. Los habitantes de una casa lo contagiaban a la casa vecina. Siguiendo el curso de la ola de infección, usted mismo puede ver dónde empezó. Es como hacer de detective. Y cuando encuentra el origen, ve que es un lugar con alcantarillas abiertas. Se le ocurre que el hecho de que deba existir un sistema de saneamiento adecuado en las ciudades modernas es una cuestión de vida o muerte. Piensa en todas las ciudades y pue­blos del mundo que no lo tienen. Empieza a pensar que a lo mejor hay una manera más fácil, más sencilla de hacerlo...

• Se arrastra por un túnel largo totalmente a oscuras. Hay súbitos recodos, subidas y bajadas. Atraviesa un bosque de cosas como plu­mas, abalorios, grandes bolas sólidas. Se imagina lo que debe de ser la ceguera. Piensa en lo poco que confiamos en nuestro sentido del tacto. En la oscuridad y la calma, se encuentra solo con sus pensa­mientos. La experiencia es estimulante...

• Examina una reconstrucción detallada de una procesión de sacer­dotes que suben a uno de los grandes zigurats de Sumeria, o a una tumba con pinturas fantásticas en el Valle de los Reyes en el anti­guo Egipto, o una casa en la antigua Roma, o una calle de finales de siglo a escala real en una pequeña ciudad de Estados Unidos. Pien­sa en todas esas civilizaciones, tan diferentes de la suya; si hubiera nacido en ellas, le parecerían completamente naturales y considera­ría extraña nuestra sociedad si de algún modo hubiera tenido noticias de ella...

• Aprieta el cuentagotas y cae una gota de agua sobre la platina del microscopio. Mira la imagen proyectada. La gota está llena de vida:

seres extraños que nadan, se arrastran, tropiezan; un gran espectá­culo de persecución y fuga, triunfo y tragedia. Este mundo está po­blado por seres mucho más exóticos que cualquier película de cien­cia ficción...

• Sentado en el teatro, se encuentra dentro de la cabeza de un niño de once años. Mira a través de sus ojos. Ve sus típicas crisis diarias:

peleones mayores que él, adultos autoritarios, chicas que le gustan. Oye la voz que hay dentro de su cabeza. Es testigo de sus respues­tas neurológicas y hormonales a su entorno social. Y se le ocurre preguntarse cómo funciona usted por dentro...

• Siguiendo las sencillas instrucciones, teclea las órdenes. ¿Cómo acabará la Tierra si seguimos quemando carbón, petróleo y gas, y doblamos la cantidad de dióxido de carbono en la atmósfera? ¿Cuánto aumentará la temperatura? ¿Cuánto hielo polar se fundi­rá? ¿Cuánto subirán los océanos? ¿Por qué verter tanto dióxido de carbono en la atmósfera? También ¿cómo puede saber alguien qué clima habrá en el futuro? Se pone a pensar...

Cuando era pequeño me llevaron al Museo Americano de Historia Natural de Nueva York. Me fascinaron los dioramas: re­presentaciones vividas de animales y sus hábitats en todo el mundo. Pingüinos en el hielo poco iluminado de la Antártida; okapis en la luminosa sabana africana; una familia de gorilas, con el macho gol­peándose el pecho, en un claro de bosque a la sombra; un oso par­do americano de tres metros de altura que me miraba fijamente erguido sobre sus patas traseras. Eran imágenes fijas de tres dimensiones captadas por el genio de la lámpara maravillosa. ¿Se movió el oso justo en aquel momento? ¿Pestañeó el gorila? ¿Podría volver el genio, deshacer el hechizo y hacer que aquella serie maravillosa de criaturas volviera a la vida mientras yo miraba boquiabierto?

Los chavales tienen un deseo irresistible de tocar. En aque­llos tiempos, las dos palabras más repetidas en un museo eran «no tocar». Hace décadas no había casi nada «tocable» en los museos de ciencia o historia natural, ni siquiera un estanque simulado del que se pudiera coger un cangrejo e inspeccionarlo. Lo más parecido a una exposición interactiva que conocí de pequeño eran las balanzas del Hayden Planetarium, una para cada planeta. Con mis mínimos veinte kilos de peso en la Tierra, la idea de que, si viviera en Júpi­ter, pesaría cuarenta y cinco, me produjo cierta satisfacción. Por desgracia, en la Luna sólo pesaría tres kilos: sería casi como si no existiera.

Hoy en día se alienta a los niños a tocar, mirar, recorrer las ramificaciones de un árbol de preguntas y respuestas en el ordena­dor, o emitir ruidos curiosos y ver qué aspecto tienen las ondas de sonido. Incluso los que no se fijan en todos los detalles de la expo­sición, o ni siquiera le ven la gracia, suelen sacar algo valioso. Cuando uno va a estos museos se da cuenta de las miradas de sor­presa y asombro de los chavales que corren de sala en sala con la sonrisa triunfante del descubrimiento. Son realmente populares. El número de personas que vamos a exposiciones todos los años es igual al de los que van a ver partidos de béisbol, baloncesto y fútbol profesionales juntos.

Esas exposiciones no sustituyen a la educación en la escuela o en casa, pero despiertan y producen entusiasmo. Un gran museo de ciencia inspira a un niño a leer un libro, a seguir un curso o a volver otra vez al museo para sumergirse en un proceso de descubrimiento... y, más importante, aprender el método de pensamiento científico.

Otra característica gloriosa de muchos museos de ciencia modernos es un teatro cinematográfico con películas IMAX u OMNIMAX. En algunos casos, la pantalla mide como diez pisos de al­tura y envuelve al espectador. El Museo Nacional Smithsoniano del Aire y el Espacio, el más popular de la Tierra, ha estrenado en su teatro Langlet algunas de las mejores películas. Volar todavía me provoca un nudo en la garganta, a pesar de haberla visto cinco o seis veces. He visto líderes religiosos de muchas confesiones que, des­pués de ver Planeta azul, se han convertido allí mismo a la necesi­dad de proteger el medio ambiente de la Tierra.

No todas las exposiciones y museos de ciencia son ejempla­res. Algunos siguen siendo anuncios de las empresas que han contribuido con dinero para promocionar sus productos: cómo funcio­na un motor de automóvil o la «limpieza» de un combustible fósil comparado con otro. Muchos museos que dicen ser de ciencia son en realidad de tecnología y medicina. Muchas exposiciones de bio­logía todavía tienen miedo de mencionar la idea clave de la biolo­gía moderna: la evolución. Los seres «se desarrollan» o «surgen», pero nunca evolucionan. Se quita importancia a la ausencia de hu­manos en el registro fósil de estratos. No se nos enseña nada de la cercana identidad anatómica y de ADN entre los humanos y los chimpancés o gorilas. No se muestra nada sobre las moléculas orgánicas complejas en el espacio o en otros mundos, ni sobre expe­rimentos que enseñen cómo se forma la materia viva en enormes cantidades en las atmósferas conocidas de otros mundos y la pre­sunta atmósfera de la Tierra primitiva. Una excepción notable: el Museo de Historia Natural del Instituto Smithsoniano presentó en una ocasión una exposición memorable sobre la evolución. Empe­zaba con dos cucarachas en una cocina moderna con botes de cerea­les abiertos y otros alimentos. Tras unas semanas, el lugar se había llenado de cucarachas, montones por todas partes, que competían por la comida disponible, que ahora era poca. Quedaba claro el be­neficio hereditario a largo plazo de una cucaracha un poco más adaptada que sus competidoras. Muchos planetarios todavía se de­dican a señalar las constelaciones en lugar de viajar a otros mundos e ilustrar la evolución de galaxias, estrellas y planetas; también tie­nen un proyector parecido a un insecto, siempre visible, que entur­bia la realidad del cielo.

La que quizá sea la exposición museística más grande no se puede visitar. No tiene hogar: George Awad es uno de los princi­pales creadores de modelos arquitectónicos de Estados Unidos, espe­cialista en rascacielos. También es un destacado estudioso de la astronomía que ha hecho un modelo espectacular del universo. Empezando con una escena prosaica sobre la Tierra, y siguiendo un esquema propuesto por los diseñadores Charles y Ray Eames, avan­za progresivamente por factores de diez para mostrarnos toda la Tierra, el sistema solar, la Vía Láctea y el universo. Cada cuerpo as­tronómico está meticulosamente detallado. Uno puede perderse en ellos. Es una de las mejores herramientas que conozco para explicar la escala y naturaleza del universo a los niños. Isaac Asimov lo des­cribió como «la representación más imaginativa del universo que he visto jamás o que se podía concebir. He pasado horas recorriéndo­lo y cada vez he visto algo nuevo que no había visto antes». Deberíamos tener versiones disponibles en todo el país... para avivar la ima­ginación, la inspiración, la enseñanza. En cambio, el señor Awad no puede ofrecer esta exposición a ningún museo de la ciencia im­portante del país. Nadie está dispuesto a concederle el espacio que necesita. En el momento de escribir estas líneas, se encuentra toda­vía abandonada, embalada en un almacén.
---ooo---

La población de mi ciudad, Ithaca, Nueva York, duplica su número hasta un total de cincuenta mil personas cuando la Univer­sidad de Cornell y el Ithaca College están en funcionamiento. Étni­camente diversa, rodeada de tierra cultivada, ha sufrido, como gran parte del noreste de Estados Unidos, la decadencia de su base ma­nufacturera del siglo XIX. La mitad de los niños de la escuela ele­mental Beverly J. Martín, donde iba nuestra hija, viven por debajo del nivel de pobreza. Estos niños eran una preocupación constante para dos profesores de ciencias voluntarios, Debbie Levin e Lima Levine. No les parecía correcto que para algunos, es decir, para los hijos de los profesores de Cornell, por ejemplo, ni siquiera el cielo tuviera límites. Otros no tenían acceso a los poderes liberadores de la educación científica. En la década de los sesenta empezaron a ha­cer visitas regulares a la escuela arrastrando su carrito de biblioteca lleno de productos químicos domésticos y otros artículos familiares para transmitir algo de la magia de la ciencia. Soñaban con crear un espacio en el que los niños pudieran tener una sensación personal, de primera mano, de la ciencia.

En 1983, Levin y Levine pusieron un pequeño anuncio en nuestro periódico local invitando a la comunidad a comentar la idea. Se presentaron cincuenta personas. De este grupo salió el pri­mer comité de directores del centro científico. En un año consi­guieron un espacio para exponer en la primera planta de un edificio de oficinas que estaba por alquilar. Cuando el dueño encontró a un inquilino que pagaba, empaquetaron los renacuajos y el papel tor­nasol y los llevaron a otro local vacío.

Hicieron más traslados a otros almacenes hasta que un hom­bre de Ithaca llamado Bob Leathers, un arquitecto conocido en todo el mundo por el innovador diseño de campos de juego comunita­rios, trazó y donó los planos para un centro científico permanente. Las empresas locales ofrecieron el dinero suficiente para adquirir un solar abandonado de la ciudad y contratar un director ejecutivo, Charles Trautmann, ingeniero civil de Cornell. Leathers y él fueron a la reunión anual de la Asociación Nacional de Constructores en Atlanta. Trautmann explica que contaron la historia de «una comu­nidad decidida a hacerse responsable de la educación de sus jóve­nes y consiguieron donaciones de muchos artículos clave como ventanas, tragaluces y maderas».

Antes de empezar a construir se tuvo que derribar parte de la vieja cabaña que había en el solar. Los miembros de una fraternidad de Cornell se prepararon. Provistos de cascos y martillos demolie­ron la casa alegremente. «Es el tipo de cosas que suelen traernos problemas cuando las hacemos», decían. En dos días sacaron dos­cientas toneladas de escombros.

Lo que siguió fueron imágenes surgidas directamente de una América que muchos de nosotros tememos que haya desaparecido. Siguiendo la tradición de la construcción de establos de los pioneros, todos los miembros de la comunidad —albañiles, doctores, car­pinteros, profesores universitarios, fontaneros, granjeros, los más jóvenes y los más viejos—, todos se arremangaron para empezar a construir el centro científico.

«Se mantuvo un horario continuo de siete días a la semana —dice Trautmann— para que todo el mundo pudiera colaborar en cualquier momento. Todos recibían una tarea. Los voluntarios con experiencia construyeron escaleras, pusieron suelos y azulejos y cortaron las ventanas. Otros pintaron, clavaron clavos y transporta­ron suministros.» Unas dos mil doscientas personas de la ciudad de­dicaron más de cuarenta mil horas. Aproximadamente, el diez por ciento del trabajo de construcción fue realizado por personas con­denadas por delitos menores; preferían hacer algo para la comuni­dad que quedarse en la cárcel con los brazos cruzados. Diez meses después, Ithaca tenía el único museo de ciencia del mundo cons­truido por la comunidad.

Entre las setenta y cinco exposiciones interactivas que des­tacan los procesos y principios de la ciencia se encuentran: el Magicam, un microscopio que los visitantes pueden usar para reflejar­lo en un monitor de color y fotografiar cualquier objeto con un aumento de cuarenta veces; la única conexión pública del mundo con la Red Nacional de Detección de Rayos basada en un satélite; una cámara fotográfica de 1,80 x 3 metros en la que se puede entrar; un hoyo fósil sembrado con esquisto local donde los visitantes bus­can fósiles de trescientos ochenta millones de años y se pueden que­dar los que encuentran; una boa constrictor de dos metros y medio de largo llamada Spot y una serie asombrosa de otros experimentos ordenadores y actividades.

Levin y Levine todavía están allí, enseñando como volunta­rios a tiempo completo a los ciudadanos y científicos del futuro. La Fundación DeWitt Wallace-Reader's Digest da apoyo y extensión a su sueño de llegar a chicos que de lo contrario tendrían negado el acceso que les corresponde por derecho a la ciencia. A través del programa nacional de la fundación Youth-ALIVE, los adolescentes de Ithaca reciben una intensa tutoría para desarrollar su capacidad científica, resolución de conflictos y habilidades laborales.

Levin y Levine creyeron que la ciencia debía llegar a todos. Su comunidad estuvo de acuerdo y se comprometió a realizar el sueño. En el primer año visitaron el Centro de Ciencia cincuenta y cinco mil personas de los cincuenta estados y de sesenta países. No está mal para una ciudad tan pequeña. Hace que uno se pregunte lo que podríamos llegar a conseguir si trabajásemos todos unidos en la creación de un futuro mejor para nuestros hijos.
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