La ciencia como una luz en la oscuridad




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CAPÍTULO 3

EL HOMBRE
DE LA LUNA
Y LA CARA
DE MARTE
______

La luna salta

en la corriente del Gran Río. Flotando en el viento, ¿qué parezco?

Du Fu,

«Viaje nocturno»

(China, dinastía Tang, 765)

Cada campo de la ciencia tiene su propio complemento de pseudociencia. Los geofísicos tienen que enfrentarse a Tierras pla­nas, Tierras huecas. Tierras con ejes que se balancean desordenada­mente, continentes de rápido ascenso y hundimiento y profetas del terremoto. Los botánicos tienen plantas cuyas apasionantes vidas emocionales se pueden seguir con detectores de mentiras, los an­tropólogos tienen hombres-mono supervivientes, los zoólogos di­nosaurios vivos y los biólogos evolutivos tienen a los literalistas bí­blicos pisándoles los talones. Los arqueólogos tienen antiguos astronautas, runas falsificadas y estatuas espurias. Los físicos tie­nen máquinas de movimiento perpetuo, un ejército de aficionados a refutar la relatividad y quizá la fusión fría. Los químicos todavía tienen la alquimia. Los psicólogos tienen mucho de psicoanálisis y casi toda la parapsicología. Los economistas tienen las previsiones económicas a largo plazo. Los meteorólogos, hasta ahora, tienen previsiones del tiempo de largo alcance, como en el Almanaque del campesino que se guía por las manchas solares (aunque la previsión del clima a largo plazo es otro asunto). La astronomía tiene como pseudociencia equivalente principal la astrología, disciplina de la que surgió. A veces las pseudociencias se entrecruzan y aumenta la confusión, como en las búsquedas telepáticas de tesoros enterra­dos de la Atlántida o en las previsiones económicas astrológicas.

Pero, como yo trabajo con planetas, y como me he interesado en la posibilidad de vida extraterrestre, las pseudociencias que más a menudo aparecen en mi camino implican otros mundos y lo que con tanta facilidad en nuestra época se ha dado en llamar «extraterrestres». En los capítulos que siguen quiero presentar dos doctrinas pseudocientíficas recientes y en cierto modo relacionadas. Compar­ten la posibilidad de que las imperfecciones perceptuales y cognitivas humanas representen un papel en nuestra confusión sobre temas de gran importancia. La primera sostiene que una cara de piedra gi­gante de eras antiguas mira inexpresivamente hacia el cielo desde la arena de Marte. La segunda mantiene que seres ajenos de mundos distantes visitan la Tierra con despreocupada impunidad.

Aunque el resumen sea escueto, ¿no provoca cierta emoción la contemplación de esas afirmaciones? ¿Y si esas viejas ideas de ciencia ficción —en las que sin duda resuenan profundos temores y anhelos humanos— llegaran a ocurrir realmente? ¿Cómo pueden no producir interés? Ante un material así, hasta el cínico más obtu­so se conmueve. ¿Estamos totalmente seguros de poder descartar esas afirmaciones sin ninguna sombra de duda? Y si unos desenmascaradores empedernidos son capaces de notar su atractivo, ¿qué deben sentir aquellos que, como el señor «Buckiey», ignoran el es­cepticismo científico?
---ooo---
La Luna, durante la mayor parte de la historia —antes de las naves espaciales, antes de los telescopios, cuando estábamos toda­vía prácticamente inmersos en el pensamiento mágico— era un enigma. Casi nadie pensaba en ella como un mundo.

¿Qué vemos realmente cuando miramos la Luna a simple vis­ta? Discernimos una configuración de marcas irregulares brillantes y oscuras, no una representación parecida a un objeto familiar. Pero nuestros ojos, casi de manera irresistible, conectan las marcas subra­yando algunas e ignorando otras. Buscamos una forma y la encon­tramos. En los mitos y el folclore mundial se ven muchas imágenes: una mujer tejiendo, bosques de laureles, un elefante que salta de un acantilado, una chica con un cesto a la espalda, un conejo, los intes­tinos lunares salpicados sobre su superficie tras ser destripados por una ave irritable sin alas, una mujer que machaca una corteza para hacer tela, un jaguar de cuatro ojos. A los de una cultura les cuesta creer cómo los de otra pueden ver esas cosas tan raras.

La imagen más común es el Hombre de la Luna. Desde lue­go, no parece un hombre de verdad. Tiene las facciones ladeadas, alabeadas, torcidas. Tiene un bistec o algo parecido encima del ojo izquierdo. ¿Y qué expresión transmite su boca? ¿Una «o» de sor­presa? ¿Una señal de tristeza, quizá de lamentación? ¿Un reconocimiento lúgubre de la dureza de la labor de la vida en la Tierra? Ciertamente, la cara es demasiado redonda. Le faltan las orejas. Su­pongo que por arriba es calva. A pesar de todo, cada vez que la miro veo una cara humana.

El folclore mundial pinta la Luna como algo prosaico. En la generación anterior al Apolo se decía a los niños que la Luna esta­ba hecha de queso verde (es decir, oloroso) y, por alguna razón, este dato no se consideraba maravilloso sino hilarante. En los libros in­fantiles y cómics , a menudo se dibuja al Hombre de la Luna como una simple cara dentro de un círculo, no muy diferente de la «cara feliz» con un par de puntos y un arco invertido. Bondadosa, baja su mirada hacia las travesuras nocturnas de animales y niños.

Consideremos nuevamente las dos categorías de terreno que reconocemos cuando examinamos la Luna a simple vista: la frente, mejillas y barbilla más brillantes, y los ojos y la boca más oscuros. A través de un telescopio, las facciones brillantes se revelan como antiguas tierras altas con cráteres que, ahora lo sabemos (por la datación radiactiva de muestras proporcionadas por los astronautas del Apolo), datan de casi 4500 millones de años. Las facciones oscuras son flujos algo más recientes de lava basáltica llamados maña (singular, mare, ambas de la palabra latina que significa mar, aunque según sabemos la Luna está seca como un hueso). Los ma­na brotaron en los primeros cientos de millones de años de historia lunar, inducida en parte por el impacto de alta velocidad de enor­mes asteroides y cometas. El ojo derecho es el Mare Imbrium, el bistec inclinado sobre el ojo izquierdo es la combinación del Mare Serenitatis y el Mare Tranquilitatis (donde aterrizó el Apolo 11) y la boca abierta descentrada es el Mare Humorum. (La visión humana ordinaria no puede distinguir los cráteres sin ayuda.)

El Hombre de la Luna es en realidad un registro de antiguas catástrofes, la mayoría de las cuales ocurrieron antes de la existencia de los humanos, de los mamíferos, de los vertebrados, de los orga­nismos multicelulares y, probablemente, incluso antes de que sur­giera la vida en la Tierra. Es una presunción característica de nues­tra especie darle una cara humana a la violencia cósmica aleatoria.
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Los humanos, como otros primates, somos gregarios. Nos gusta la compañía de los demás. Somos mamíferos, y el cuidado paternal de los jóvenes es esencial para la continuación de las líneas hereditarias. El padre sonríe al niño, el niño devuelve la son­risa y se forja o fortalece un vínculo. En cuanto el niño es capaz de ver, reconoce caras, y ahora sabemos que esta habilidad está bien conectada en nuestro cerebro. Los bebés que hace un millón de años eran incapaces de reconocer una cara devolvían menos sonrisas, era menos probable que se ganaran el corazón de sus pa­dres y tenían menos probabilidades de prosperar. Hoy en día, casi todos los bebés identifican con rapidez una cara humana y res­ponden con una mueca.

Como efecto secundario involuntario, la eficiencia del me­canismo de reconocimiento de formas en nuestro cerebro para ais­lar una cara entre un montón de detalles es tal que a veces vemos caras donde no las hay. Reunimos fragmentos inconexos de luz y oscuridad e, inconscientemente, intentamos ver una cara. El Hom­bre de la Luna es un resultado. La película Blow up de Michelangelo Antonioni describe otro. Hay muchos más ejemplos.

A veces es una formación geológica, como la del Hombre Viejo de las Montañas en Franconia Notch, New Hampshire. Sabe­mos que, más que un agente sobrenatural o una antigua civilización que, por lo demás, no se ha descubierto en New Hampshire, es pro­ducto de la erosión y los desprendimientos de una superficie de roca. En todo caso, ya no se parece mucho a una cara. Están tam­bién la Cabeza del Diablo en Carolina del Norte, la Esfinge en Wastwater, Inglaterra, la Vieja en Francia, la Roca Varían en Ar­menia. A veces es una mujer reclinada, como el monte Ixtaccihuatl en México. A veces son otras partes del cuerpo, como los Grand Tetons en Wyoming: un par de picos de montaña bautizados por exploradores franceses que llegaban por el oeste. (En realidad son tres.) A veces son formas cambiantes en las nubes. A finales de la época medieval y en el Renacimiento, las visiones en España de la Virgen María eran «confirmadas» por personas que veían santos en las formaciones nubosas. (Zarpando de Suva, Fiji, vi una vez la cabeza de un monstruo realmente aterrador, con las quijadas abier­tas, dibujada en una nube de tormenta.)

En algunas ocasiones, un vegetal o un dibujo de la veta de la madera o la joroba de una vaca parecen una cara humana. Hubo una célebre berenjena que tenía un parecido enorme con Richard Nixon. ¿Qué deberíamos deducir de este hecho? ¿Intervención di­vina o extraterrestre? ¿Intromisión republicana en la genética de la berenjena? No. Reconocemos que hay gran número de berenjenas en el mundo y que, habiendo tantas, tarde o temprano encontraremos una que parezca una cara humana, incluso una cara humana particular.

Cuando la cara es de un personaje religioso —como, por ejemplo, una tortilla que parece exhibir la cara de Jesús— los cre­yentes tienden a deducir rápidamente la intervención de Dios. En una era más escéptica que la mayoría, anhelan una confirmación. Sin embargo parece improbable que se produzca un milagro en un medio tan evanescente. Teniendo en cuenta la cantidad de tortillas que se han hecho desde el principio del mundo, sería sorprenden­te que no saliera alguna con unas facciones al menos vagamente familiares.7

Se han adscrito propiedades mágicas a las raíces de ginseng y mandragora, debido en parte a un vago parecido con la forma hu­mana. Algunos brotes de castaño muestran caras sonrientes. Hay corales que parecen manos. El hongo oreja (también impropiamen­te llamado «oreja de judío») parece realmente una oreja, y en las alas de ciertas polillas puede verse algo así como unos ojos enor­mes. Puede ser que haya algo más que mera coincidencia; quizá sea menos probable que criaturas con cara —o criaturas que tienen miedo de depredadores con cara— engullan plantas y animales que sugieren una cara. El «palo» es un insecto con un disfraz de rama espectacular. Naturalmente, tiende a vivir sobre los árboles y alre­dedor de ellos. Su imitación del mundo de las plantas le salva de pá­jaros y otros depredadores y casi seguro que es la razón por la que esta forma extraordinaria fue lentamente moldeada por la selección natural darwiniana. Esos cruces de límites entre los reinos de la vida son enervantes. Un niño pequeño que vea un insecto palo pue­de imaginarse fácilmente un ejército de palos, ramas y árboles avanzando con algún ominoso propósito vegetal.

Se describen e ilustran muchos ejemplos de este tipo en un libro de 1979 titulado Parecido natural, de John Michell, un britá­nico entusiasta de lo oculto. Toma en serio las afirmaciones de Ri­chard Shaver, quien —como describiré más adelante— representó un papel importante en el origen del entusiasmo por los ovnis en Norteamérica. Shaver practicó cortes en las rocas de su granja de Wisconsin y descubrió, escrita en un lenguaje pictográfico que sólo él podía ver, aunque no entender, una historia total del mun­do. Michell acepta también a pies juntillas las afirmaciones del dramaturgo y teórico surrealista Antonin Artaud, quien, en parte bajo la influencia del peyote, veía en las formas del exterior de las rocas imágenes eróticas, un hombre torturado, animales feroces y cosas así. «Todo el paisaje se revelaba a sí mismo —dice Mi­chell—, como la creación de un único pensamiento.» Pero hay una cuestión clave: ¿este pensamiento estaba dentro o fuera de la cabe­za de Artaud? Artaud llegó a la conclusión, aceptada por Michell de que aquellas formas tan aparentes en las rocas habían sido fabri­cadas por una civilización antigua y no por su estado de conciencia inducido en parte por alucinógenos. Cuando Artaud volvió de Mé­xico a Europa, se le diagnosticó una locura. Michell deplora el «punto de vista materialista» que recibió con escepticismo las for­mas de Artaud.

Michell nos muestra una fotografía del Sol tomada con ra­yos X que parece vagamente una cara y nos informa que «los se­guidores de Gurdjieff ven la cara de su Maestro» en la corona so­lar. Deduce que innumerables caras en los árboles, montañas y cantos rodados son producto de una antigua sabiduría. Quizá al­gunas lo sean: es una buena broma, además de un símbolo religio­so tentador, apilar piedras de modo que, de lejos, parezcan una cara gigante.

Michell considera que la opinión de que la mayoría de esas formas son naturales en los procesos de formación de rocas y la simetría bilateral de plantas y animales, más un poco de selección natural —todo procesado por el filtro parcial humano de nuestra percepción— es «materialismo» y una «ilusión del siglo XIX». «Condicionados por creencias racionalistas, nuestra visión del mundo es más insulsa y limitada de lo que pretendía la naturaleza.» No revela mediante qué procesos ha sondeado las intenciones de la naturaleza.

De las imágenes que presenta, Michell concluye que su misterio permanece esencialmente inalterado, una fuente constante de maravilla, deleite y especulación. Todo lo que sa­bemos con seguridad es que la naturaleza las creó y al mismo tiempo nos dio el aparato para percibirlas y la mente para apre­ciar su ilimitada fascinación. Para mayor provecho y disfrute, deberían ser contempladas como pretendía la naturaleza, con el ojo de la inocencia desprovisto de teorías y preconcepciones, con la visión múltiple que nos es innata, que enriquece y digni­fica la vida humana, y no con la visión única cultivada por los insulsos y obstinados.
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Quizá la declaración espuria más famosa de formas porten­tosas sea los canales de Marte. Observados por primera vez en 1877, al parecer fueron confirmados por una sucesión de astróno­mos profesionales que miraban a través de grandes telescopios en todo el mundo. Se decía que existía una red de líneas rectas únicas y dobles que se entrecruzaban en la superficie de Marte con una re­gularidad geométrica tan misteriosa que sólo podía tener un origen inteligente. Se sacaron conclusiones evocadoras sobre un planeta abrasado y moribundo poblado por una civilización técnica antigua y sabia dedicada a la conservación de los recursos de agua. Se plas­maron en mapas y se bautizaron cientos de canales. Pero, extraña­mente, se evitaba mostrarlos en fotografías. Se sugería que mientras el ojo humano podía recordar los breves instantes de transparencia atmosférica perfecta, la placa fotográfica promediaba indiscrimina­damente los pocos momentos claros con los muchos borrosos. Al­gunos astrónomos veían los canales. Otros muchos no. Quizá algu­nos observadores eran más hábiles que otros para verlos. O quizá todo el asunto fuera una suerte de ilusión perceptiva.

En gran parte, la idea de que Marte albergaba vida, así como la prevalencia de los «marcianos» en la ficción popular, deriva de los canales. Yo, por mi parte, me empapé de pequeño de esta litera­tura, y cuando me encontré como experimentador en la misión del Mariner 9 a Marte —la primera nave espacial en órbita alrededor del planeta rojo— estaba muy interesado en ver, naturalmente, cuá­les eran las circunstancias reales. Con el Mariner 9 y el Viking pu­dimos trazar el mapa del planeta de polo a polo, detectando carac­terísticas cientos de veces más pequeñas que las que mejor se podían ver desde la Tierra. No encontré ni rastro, aunque no me sorprendió, de los canales. Había unas cuantas características más o menos lineales que se habían discernido con el telescopio; por ejemplo, una falla de cinco mil kilómetros de largo que habría sido difícil no ver. Pero los cientos de canales «clásicos» que llevaban agua desde los casquetes polares a través de los desiertos áridos hasta las ciudades ecuatoriales abrasadas simplemente no existían. Eran una ilusión, una disfunción de la combinación humana mano-ojo-cerebro en el límite de resolución cuando miramos a tra­vés de una atmósfera inestable y turbulenta.

Toda una sucesión de científicos profesionales —incluyen­do astrónomos famosos que hicieron otros descubrimientos ahora confirmados y celebrados con justicia— pueden cometer errores graves, incluso persistentes, en el reconocimiento de formas. Espe­cialmente cuando las implicaciones de lo que creemos que estamos viendo parecen ser profundas, quizá no ejerzamos una autodiscipli­na y autocrítica adecuadas. El mito de los canales marcianos cons­tituye una importante lección histórica.

En el caso de los canales, las misiones de las naves espacia­les proporcionaron el medio de corregir nuestras malas interpreta­ciones. Pero también es cierto que algunas de las afirmaciones más persistentes de la existencia de formas inesperadas surgen de la ex­ploración de las naves espaciales. A principios de la década de 1960, insistí en que debíamos prestar atención a la posibilidad de en­contrar artefactos de civilizaciones antiguas, tanto procedentes de nuestro mundo como construidos por visitantes de otra parte. No pensaba que eso pudiera ser fácil o probable y, desde luego, no sugería que, en un tema tan importante, valiera la pena considerar algo que no contara con pruebas rigurosas.

Empezando con el evocador informe de John Glenn sobre las «luciérnagas» alrededor de la cápsula espacial, cada vez que un astronauta decía ver algo que no se entendía inmediatamente, había quien deducía que eran «extraterrestres». Las explicaciones prosai­cas —partículas de pintura de la nave que se soltaban en el entorno del espacio, por ejemplo— se rechazaban despectivamente. El se­ñuelo de lo maravilloso embota nuestras facultades críticas. (Como si un hombre convertido en luna no fuera maravilla suficiente.)

Durante la época de los aterrizajes lunares del Apolo, mu­chos aficionados —propietarios de pequeños telescopios, defenso­res de los platillos volantes, escritores para revistas aeroespaciales— estudiaron detenidamente las fotografías aportadas en busca de anomalías que hubieran pasado inadvertidas a científicos y as­tronautas de la NASA. Pronto hubo informes de letras latinas gi­gantes y números árabes inscritos sobre la superficie lunar, pirámi­des, caminos, cruces, ovnis resplandecientes. Se hablaba de puentes en la Luna, antenas de radio, huellas de enormes vehículos reptan­tes, y de la devastación provocada por máquinas capaces de partir los cráteres en dos. Cada uno de esos fenómenos, sin embargo, resulta ser una formación geológica lunar natural mal interpretada por analistas aficionados, reflejos internos en la óptica de las cámaras Hasselblad de los astronautas y cosas así. Algunos entusiastas lo­graron discernir las largas sombras de misiles balísticos... misiles soviéticos, decían en inquieta confidencia, dirigidos hacia Nortea­mérica. Resulta que los cohetes, descritos también como «agujas», son las montañas bajas que proyectan una larga sombra cuando el Sol está cerca del horizonte lunar. Con un poco de trigonometría se disipa el espejismo.

Estas experiencias también proporcionan una buena adver­tencia: en un terreno complejo esculpido por procesos no familia­res, los aficionados (y a veces incluso los profesionales) que exa­minan fotografías, especialmente cerca del límite de resolución, pueden encontrarse con problemas. Sus esperanzas y temores, la emoción de posibles descubrimientos de gran importancia, pueden vencer el enfoque escéptico y precavido propio de la ciencia.

Si examinamos las imágenes disponibles de la superficie de Venus, de vez en cuando aparece a la vista una forma peculiar del paisaje, como por ejemplo un retrato de Stalin descubierto por geó­logos norteamericanos que analizaban las imágenes de radares orbítales soviéticos. Nadie mantiene, supongo, que unos estalinistas recalcitrantes hubieran manipulado las cintas magnéticas, o que los antiguos soviéticos estuvieran involucrados en actividades de ingeniería a una escala sin precedentes y hasta ahora sin revelar so­bre la superficie de Venus... donde toda nave espacial que ha aterrizado ha quedado frita en el plazo de una o dos horas. Todos los indicios señalan que este fenómeno, sea lo que sea, se debe a la geo­logía. Lo mismo ocurre con lo que parece ser un retrato de Bugs Bunny sobre la luna de Urano, Ariel. Una imagen del telescopio espacial Hubble de Titán en el infrarrojo cercano muestra nubes configuradas de modo que parecen una cara sonriente de las di­mensiones del mundo. Cada científico planetario tiene su ejemplo favorito.

La astronomía de la Vía Láctea también está repleta de simi­litudes imaginadas: Cabeza de Caballo, Esquimal, Lechuza, Ho­múnculo, Tarántula y Nebulosa Norteamérica, todas nubes irregu­lares de gas y polvo iluminadas por estrellas brillantes y cada una de ellas a una escala que empequeñece nuestro sistema solar. Cuan­do los astrónomos fijaron en el mapa la distribución de las galaxias hasta unos pocos cientos de millones de años luz, se encontraron perfilando una rudimentaria forma humana que se ha dado en llamar «el hombre del bastón». La configuración se entiende como algo parecido a enormes burbujas adyacentes de jabón, con las ga­laxias formadas en la superficie de las burbujas y casi ninguna en el interior. Eso hace bastante probable que tracen una forma de sime­tría bilateral parecida al hombre del bastón.

Marte es mucho más clemente que Venus, aunque las sondas de aterrizaje Viking no proporcionaron ninguna prueba convincen­te de vida. Su terreno es extremadamente heterogéneo y variado. Con más de cien mil fotografías disponibles, no es sorprendente que a lo largo de los años se hayan observado fenómenos inusuales en Marte. Por ejemplo, hay una alegre «cara feliz» dentro de un crá­ter de impacto de Marte que tiene ocho kilómetros de lado a lado, con una serie de marcas radiales por fuera que hacen que parezca la representación convencional de un Sol sonriente. Pero nadie afirma que eso haya sido construido por una civilización avanzada (y ex­cesivamente ingeniosa) de Marte, quizá para atraer nuestra aten­ción. Reconocemos que cuando objetos de todos los tamaños caen del cielo, la superficie rebota, se desploma y vuelve a configurarse después de cada impacto, y cuando el agua antigua, los torrentes de barro y la arena moderna transportada por el viento esculpen la su­perficie, deben de generarse una gran variedad de paisajes. Si ana­lizamos cien mil fotografías, no es raro que en ocasiones encontre­mos algo parecido a una cara. Considerando que tenemos el cerebro programado para eso desde la infancia, sería sorprendente que no encontráramos una de vez en cuando.

En Marte hay algunas montañas pequeñas que parecen pirá­mides. En la alta meseta del Elisio hay un grupo de ellas —la más grande mide varios kilómetros en la base—, todas orientadas en la misma dirección. Esas pirámides del desierto tienen algo fantasma­górico y me recuerdan de tal modo la meseta de Gizeh en Egipto que me encantaría examinarlas más de cerca. Sin embargo, ¿es ra­zonable deducir la existencia de faraones marcianos?

En la Tierra también se conocen características similares en miniatura, especialmente en la Antártida. Algunas llegan hasta la rodilla. Si no supiésemos nada más acerca de ellas, ¿sería razonable concluir que han sido fabricadas por egipcios enanos que vivían en las tierras yermas antarticas? (La hipótesis podría adaptarse vaga­mente a las observaciones, pero la mayoría de lo que sabemos sobre el entorno polar y la fisiología de los humanos habla en contra de ello.) En realidad son generadas por erosión del viento: la salpica­dura de partículas finas recogidas por vientos fuertes que soplan principalmente en la misma dirección y, a lo largo de los años, esculpen lo que anteriormente eran montecillos irregulares como pi­rámides perfectamente simétricas. Se llaman dreikanters, una pala­bra alemana que significa tres lados. Es el orden generado a partir del caos por procesos naturales, algo que vemos una y otra vez en todo el universo (en galaxias espirales en rotación, por ejemplo). Cada vez que ocurre sentimos la tentación de deducir la interven­ción directa de un Hacedor.

En Marte hay pruebas de vientos mucho más intensos que los que ha habido nunca en la Tierra, con velocidades que llegan a la mitad de la velocidad del sonido. Son comunes en todo el pla­neta las tormentas de polvo que arrastran finos granos de arena. Un golpeteo constante de partículas que se mueven mucho más de prisa que en los vendavales más feroces de la Tierra, a lo largo de las eras de tiempo geológico, debe de ejercer cambios profundos en las caras de las rocas y formas orográficas. No sería demasiado sorprendente que algunas figuras —incluso las más grandes— hu­bieran sido esculpidas por procesos cólicos en las formas pirami­dales que vemos.
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Hay un lugar en Marte llamado Cidonia donde se encuentra una gran cara de piedra de un kilómetro de ancho que mira hacia el cielo sin pestañear. Es una cara poco amistosa, pero parece recono­ciblemente humana. Según algunas descripciones, podría haber sido esculpida por Praxíteles. Yace en un paisaje con muchas coli­nas bajas moldeadas con formas extrañas, quizá por alguna mezcla de antiguos torrentes de barro y la erosión del viento subsiguiente. Por el número de cráteres de impacto, el terreno circundante parece tener al menos una antigüedad de cientos de millones de años.

De manera intermitente, «la Cara» ha atraído la atención tan­to en Estados Unidos como en la antigua Unión Soviética. El titular del Weekiy WorIdNews del 20 de noviembre de 1984, un periódico sensacionalista no conocido precisamente por su integridad, dice:
SORPRENDENTE DECLARACIÓN DE CIENTÍFICOS SOVIÉTICOS:

SE ENCUENTRAN TEMPLOS EN RUINAS EN MARTE...

LA SONDA ESPACIAL DESCUBRE RESTOS

DE UNA CIVILIZACIÓN DE 50000 AÑOS DE ANTIGÜEDAD.

Se atribuyen las revelaciones a una fuente soviética anónima y se describen con estupefacción los descubrimientos realizados por un vehículo espacial soviético inexistente.

Pero la historia de «la Cara» es casi enteramente norteame­ricana. Fue encontrada por una de las sondas orbitales Viking en 1976. La desafortunada declaración de un oficial del proyecto de­sestimando la figura por considerarla un efecto de luces y sombras provocó la acusación posterior de que la NASA estaba encubriendo el descubrimiento del milenio. Unos cuantos ingenieros, especia­listas informáticos y otros —algunos de ellos contratados por la NASA— trabajaron en su tiempo libre para mejorar digitalmente la imagen. Quizá esperaban revelaciones asombrosas. Es algo permi­sible, incluso alentado por la ciencia... siempre que los niveles de prueba sean altos. Algunos de ellos se mostraron bastante precavi­dos y merecen un elogio por haber avanzado en el tema. Otros se sentían menos limitados y no sólo dedujeron que «la Cara» era una escultura genuina monumental de un ser humano, sino que afirma­ron haber encontrado una ciudad cercana con templos y fortifica­ciones.8 A partir de argumentos falsos, un escritor anunció que los monumentos tenían una orientación astronómica particular —aun­que no ahora, sino hace medio millón de años— de la que se deri­vaba que las maravillas de Cidonia fueron erigidas en aquella épo­ca remota. Pero, entonces, ¿cómo podían haber sido humanos los constructores? Hace medio millón de años, nuestros antepasados se afanaban por dominar las herramientas de piedra y el fuego. No te­nían naves espaciales.

«La Cara» de Marte se compara a «caras similares... cons­truidas en civilizaciones de la Tierra. Las caras miran hacia el cielo porque miran a Dios». O se dice que fue construida por los supervi­vientes de una guerra interplanetaria que dejó la superficie de Mar­te (y la Luna) picada de viruelas y asolada. En cualquier caso, ¿qué es lo que causa todos esos cráteres? ¿Es «la Cara» un resto de una civilización humana extinta hace tiempo? ¿Los constructores eran originarios de la Tierra o de Marte? ¿Podía haber sido esculpida «la Cara» por visitantes interestelares que se detuvieron brevemente en Marte? ¿La dejaron para que la descubriéramos nosotros? ¿Podría ser que hubieran venido a la Tierra a iniciar aquí la vida? ¿O al menos la vida humana? Fueran quienes fueran, ¿eran dioses? Se pro­ducen discusiones de lo más ferviente.

Más recientemente se ha especulado acerca de la relación en­tre los «monumentos» de Marte y los «círculos en las cosechas» de la Tierra; la existencia de suministros inextinguibles de energía en es­pera de ser extraídos de máquinas marcianas antiguas, y el intento de encubrimiento de la NASA para ocultar la verdad al público ameri­cano. Esos pronunciamientos van mucho más allá de la mera especu­lación imprudente sobre formaciones geológicas enigmáticas.

Cuando, en agosto de 1993, la nave espacial Mars Observer fracasó a poca distancia de Marte, hubo quienes acusaron a la NASA de simular el contratiempo con el fin de poder estudiar «la Cara» en detalle sin tener que publicar las imágenes. (De ser así, el engaño era bastante elaborado: todos los expertos de geomorfología marciana lo desconocen, y algunos hemos trabajado con ahínco para diseñar nuevas misiones a Marte menos vulnerables a la dis­función que destruyó el Mars Observer.) Se montaron incluso pi­quetes a las puertas del Laboratorio de Propulsión a Chorro, alarmados por este supuesto abuso de poder.

El Weekiy World News del 14 de septiembre de 1993 dedi­có su portada al titular «¡Nueva fotografía de la NASA demuestra que los humanos vivieron en Marte!». Una cara falsa, supuesta­mente tomada por el Mars Observer en órbita cerca de Marte (en realidad parece que la nave espacial fracasó antes de entrar en ór­bita), demuestra, según un «importante científico espacial» ine­xistente, que los marcianos colonizaron la Tierra hace doscientos mil años. La información se oculta, según declara, para impedir el «pánico mundial».

Dejemos de lado la improbabilidad de que esta revelación pueda provocar realmente un «pánico mundial». Cualquiera que haya sido testigo de un descubrimiento científico portentoso en pro­ceso —me viene a la mente el impacto en julio de 1994 del cometa Shoemaker-Levy 9 con Júpiter— verá claro que los científicos tien­den a ser efervescentes e incontenibles. Sienten una compulsión irrefrenable a compartir los descubrimientos. Sólo mediante un acuerdo previo, no ex post facto, acatan los científicos el secreto militar. Rechazo la idea de que la ciencia sea secreta por naturale­za. Su cultura y su carácter distintivo, por muy buenas razones, son colectivos, colaboradores y comunicativos.

Si nos limitamos a lo que se sabe realmente e ignoramos la industria periodística que fabrica de la nada descubrimientos que hacen época, ¿dónde estamos? Cuando sabemos sólo un poco sobre «la Cara», nos provoca carne de gallina. Cuando sabemos un poco más, el misterio pierde profundidad rápidamente.

Marte tiene una superficie de casi 150 millones de kilóme­tros cuadrados, alrededor del área sólida de la Tierra. El área que cubre la «esfinge» marciana es aproximadamente de un kilómetro cuadrado. ¿Es tan asombroso que un pedazo de Marte del tamaño de un sello de correos (comparado con los 150 millones de kilóme­tros de extensión) nos parezca artificial, especialmente dada nues­tra tendencia, desde la infancia, a encontrar caras? Cuando exami­namos el área circundante, un amasijo de altozanos, mesetas y otras superficies complejas, reconocemos que la figura es semejante a muchas que no parecen en absoluto una cara humana. ¿Por qué este parecido? ¿Es posible que los antiguos ingenieros marcianos traba­jaran solamente esta meseta (bueno, quizá algunas más) y dejaran todas las demás sin alterar mediante la escultura monumental? ¿O deberíamos concluir que hay otras mesetas esculpidas con forma de cara, pero de caras más extrañas que no nos son familiares en la Tierra?

Si estudiamos la imagen original con más atención, encon­tramos que un «orificio de la nariz» colocado estratégicamente —que aumenta en gran medida la impresión de una cara— es en rea­lidad un punto negro que corresponde a datos perdidos en la trans­misión de radio de Marte a la Tierra. La mejor fotografía de «la Cara» muestra un lado iluminado por el Sol, el otro en sombras pro­fundas. Utilizando los datos digitales originales, podemos potenciar severamente el contraste en las sombras. Cuando lo hacemos, encontramos algo bastante impropio de una cara. «La Cara», en el me­jor de los casos, es media cara. A pesar de la falta de aire y de las palpitaciones de nuestro corazón, la esfinge marciana parece natu­ral... no artificial, no una imagen muerta de una cara humana. Pro­bablemente fue esculpida mediante un lento proceso geológico a lo largo de millones de años.

Pero podría estar equivocado. Es difícil estar seguro de un mundo del que hemos visto tan poco en un primerísimo plano. Esas figuras merecen mayor atención con mayor resolución. Segura­mente, unas fotos mucho más detalladas de «la Cara» resolverán dudas acerca de la simetría y ayudarán a esclarecer el debate entre geología y escultura monumental. Los pequeños cráteres de impacto que se encuentran sobre «la Cara» o cerca de ella pueden esta­blecer la cuestión de su edad. En el caso (de lo más improbable des­de mi punto de vista) que las estructuras cercanas hubieran sido realmente en otro tiempo una ciudad, este hecho también sería ob­vio con un examen más atento. ¿Hay calles rotas? ¿Almenas en el «fuerte»? ¿Zigurats, torres, templos con columnas, estatuas monu­mentales, frescos inmensos? ¿O sólo rocas?

Aunque esas afirmaciones fueran extremadamente improba­bles (como yo creo que son), vale la pena examinarlas. A diferencia del fenómeno de los ovnis, aquí tenemos la oportunidad de realizar un experimento definitivo. Este tipo de hipótesis es desmentible, una propiedad que la introduce perfectamente en el campo científi­co. Espero que las próximas misiones americanas y rusas a Marte, especialmente orbitadores con cámaras de televisión de alta resolu­ción, realicen un esfuerzo especial para —entre cientos de otras cuestiones científicas— mirar más de cerca las pirámides y lo que algunas personas llaman «la Cara» y la ciudad.
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Aunque quede claro para todo el mundo que esas figuras de Marte son geológicas y no artificiales, me temo que no desaparece­rán las caras monumentales en el espacio (y las maravillas asocia­das). Ya hay periódicos sensacionalistas que informan de caras casi idénticas vistas desde Venus hasta Neptuno (¿flotando en las nu­bes?). Los «descubrimientos» se suelen atribuir a naves espaciales ficticias rusas y a científicos espaciales imaginarios, lo que desde luego dificulta la comprobación de la historia por parte de un escéptico.

Un entusiasta de «la Cara» de Marte anuncia ahora:
AVANCE DE LA NOTICIA DEL SIGLO

CENSURADA POR LA NASA

POR TEMOR DE AGITACIÓN RELIGIOSA Y DEPRESIONES.

EL DESCUBRIMIENTO DE ANTIGUAS RUINAS

DE EXTRATERRESTRES EN LA LUNA.

Se «confirma» la existencia —en la bien estudiada Luna— de una «ciudad gigante, de las dimensiones de la cuenca de Los Án­geles, cubierta por una inmensa cúpula de vidrio, abandonada hace millones de años y hecha añicos por meteoros, con una torre gigante de más de cinco kilómetros de altura y un cubo gigante de más de un kilómetro cuadrado encima». ¿La prueba? Fotografías tomadas por las misiones reboticas de la NASA y el Apolo cuya significa­ción fue ocultada por el gobierno e ignorada por todos los científi­cos lunares de muchos países que no trabajan para el «gobierno».

El Weekly WorId News del 18 de agosto de 1992 informa del descubrimiento por «un satélite secreto de la NASA» de «miles, quizá incluso millones de voces» que emanan del agujero negro del centro de la galaxia M51 y cantan al unísono «Gloria, gloria, gloria al Señor en las alturas» una y otra vez. En inglés. Incluso hay un ar­tículo en un periódico, repleto de ilustraciones, aunque oscuras, de una sonda espacial que fotografió a Dios en las alturas, o al menos sus ojos y el puente de la nariz, en la nebulosa de Orion.

El 20 de julio de 1993, el WWN luce en grandes titulares:

«¡Clinton se reúne con JFK!», junto con una fotografía falsa de John Kennedy, con la edad que tendría si hubiera sobrevivido al atentado, en una silla de ruedas en Camp David. En páginas interiores se nos informa de otro aspecto de posible interés. En «Asteroides del día del juicio final», un documento supuestamente de máximo secreto cita las palabras de supuestos científicos «importantes» sobre un supues­to asteroide («M-167») que supuestamente chocará con la Tierra el 11 de noviembre de 1993, y «podría significar el fin de la vida en la Tierra». Se asegura que el presidente Clinton recibe «información constante de la posición y velocidad del asteroide». Quizá fue uno de los temas que discutió en su reunión con el presidente Kennedy. En cierto modo, el hecho de que la Tierra escapase a esta catástrofe no mereció ni siquiera un párrafo de comentario después de haber pasa­do sin noticias el 11 de noviembre de 1993. Al menos quedó justifi­cado el buen juicio del escritor de titulares de no cargar la primera pá­gina con la noticia del fin del mundo.

Algunos consideran que todo eso es una especie de diver­sión. Sin embargo vivimos en una época en la que se ha identifica­do una amenaza estadística real a largo plazo del impacto de un as­teroide con la Tierra. (Esta realidad de la ciencia es desde luego la fuente de inspiración, si ésta es la palabra adecuada, de la historia del WWN.) Las agencias gubernamentales están estudiando qué ha­cer al respecto. Bulos como éste tiñen el tema de exageración y ex­travagancia apocalíptica, dificultan que el público pueda distinguir entre los peligros reales y la ficción del periódico, y es concebible que obstaculicen nuestra capacidad de tomar medidas de precau­ción para mitigar el peligro.

A menudo se presentan demandas contra los periódicos sensacionalistas —a veces por parte de actores y actrices que niegan rotundamente haber realizado actos reprobables— y en ocasiones se barajan grandes sumas de dinero. Esos periódicos deben de conside­rar estas demandas como el precio de su provechoso negocio. En su defensa, suelen decir que están a merced de sus reporteros y que no tienen responsabilidad institucional para comprobar la verdad de lo que publican. Sal Ivone, editor jefe del Weekiy WorIdNews, comen­tando las historias que publica, dice: «No descarto que sean produc­to de imaginaciones activas. Pero, dado el tipo de periódico que hacemos, no tenemos por qué poner en duda una historia.» El escep­ticismo no vende periódicos. Escritores que han desertado de este tipo de periodismo han descrito las sesiones «creativas» en las que escritores y editores se ponen a inventar historias y titulares sacados de la nada, cuanto más escandalosos mejor.

Entre su gran cantidad de lectores, ¿no hay muchos que se lo creen todo a pies juntillas, que creen que «no podrían» editarlas si no fueran verdad? Algunos lectores con los que he hablado insisten en que sólo leen esta clase de periódicos para entretenerse, como si miraran un espectáculo de «lucha libre» en la televisión, que no se creen nada, que, tanto para el editor como para el lector, esos perió­dicos son extravagancias que exploran lo absurdo. Simplemente, existen fuera de cualquier universo atenazado por la norma de las pruebas. Pero mi correspondencia sugiere que un gran número de americanos se los toman francamente en serio.

En la década de los noventa se expande el universo de perió­dicos de este tipo y va engullendo con voracidad a otros medios de comunicación. Los periódicos, revistas o programas de televisión que se atienen meticulosamente a las restricciones de lo que real­mente se conoce pierden clientela en favor de publicaciones con es­tándares menos escrupulosos. Podemos verlo en la nueva genera­ción de conocidos programas sensacionalistas de televisión, y cada vez más en lo que pasa por programas de noticias e información.

Esos reportajes persisten y proliferan porque venden. Y ven­den, creo, porque muchos de nosotros deseamos fervientemente una sacudida que nos saque de la rutina de nuestras vidas, que revi­va aquella sensación de maravilla que recordamos de la infancia y también, en alguna de las historias, que nos permita ser capaces, real y verdaderamente, de creer... en alguien más viejo, más listo y más sabio que nos cuide. Está claro que a mucha gente no le basta la fe. Buscan evidencias, pruebas científicas. Anhelan el sello científico de aprobación, pero son incapaces de soportar los rigurosos estándares de pruebas que imparten credibilidad a ese sello. ¡Qué alivio sería la abolición de la duda por fuentes fidedignas! Así se nos liberaría de la fastidiosa tarea de cuidarnos a nosotros mismos. Nos preocupa —y con razón— lo que significa para el futuro hu­mano que sólo podamos confiar en nosotros mismos.

Esos son los milagros modernos que proclaman con desver­güenza aquellos que los hacen surgir de la nada, eludiendo cual­quier escrutinio formal, y que se pueden comprar a bajo coste en to­dos los supermercados, grandes almacenes y tiendas. Una de las pretensiones de esos periódicos es hacer ciencia, precisamente el instrumento en el que se basa nuestra incredulidad, confirmar nues­tras antiguas fes y establecer una convergencia entre pseudociencia y pseudorreligión.

En general, los científicos abren su mente cuando exploran nuevos mundos. Si supiéramos de antemano lo que íbamos a en­contrar, no tendríamos necesidad de ir. Es posible, quizá hasta pro­bable, que en misiones futuras a Marte o a los otros mundos fasci­nantes de los parajes cósmicos tengamos sorpresas, incluso algunas de proporciones míticas. Pero los humanos tenemos talento para engañarnos a nosotros mismos. El escepticismo debe ser un com­ponente de la caja de herramientas del explorador, en otro caso nos perderemos en el camino. El espacio tiene maravillas suficientes sin tener que inventarlas.

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