La ciencia como una luz en la oscuridad




descargar 1.65 Mb.
títuloLa ciencia como una luz en la oscuridad
página6/32
fecha de publicación16.01.2016
tamaño1.65 Mb.
tipoDocumentos
med.se-todo.com > Ley > Documentos
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   32

CAPÍTULO 4

EXTRATERRESTRES

________________________________

—Sinceramente, lo que me hace pensar que no hay habitantes en esta esfera es que me parece que ningún ser sensato estaría y dispuesto a vivir aquí.

—Bueno —dijo Micromegas quizá los seres que la habitan no tienen sentido común.
Un extraterrestre a otro,

al acercarse a la Tierra,

en Micromegas: una historia filosófica

(1752), de voltaire

Fuera todavía está oscuro. Estás tendido en la cama, total­mente despierto. Descubres que estás completamente paralizado. Notas que hay alguien en la habitación. Intentas gritar. No puedes. A los pies de la cama hay varios seres grises y pequeños, de apenas un metro de alto. Tienen la cabeza en forma de pera, calva y gran­de para su cuerpo. Tienen unos ojos enormes, las caras inexpresivas e idénticas. Llevan túnicas y botas. Confías en que se trate de un simple sueño. Pero la impresión que tienes es que está ocurriendo realmente. Te levantan y, misteriosamente, ellos y tú atravesáis la pared de tu cuarto. Flotas en el aire. Subes muy alto hacia una nave espacial metálica en forma de platillo. Una vez dentro, te llevan a una sala de revisión médica. Un ser más grande pero similar —evi­dentemente, una especie de médico— se encarga de ti. Lo que sigue es todavía más aterrador.

Te exploran el cuerpo con instrumentos y máquinas, espe­cialmente las partes sexuales. Si eres un hombre, puede que te sa­quen muestras de esperma; si eres mujer, pueden extraerte óvulos o fetos, o implantarte semen. Te pueden obligar a mantener relacio­nes sexuales. Después te pueden llevar a una habitación diferente donde unos bebés o fetos híbridos, en parte humanos y en parte como esas criaturas, te devuelven la mirada. Puede ser que te amonesten por la mala conducta humana, especialmente por la expolia­ción del medio ambiente o por permitir la pandemia del sida; se te ofrecen cuadros de devastación futura. Finalmente, esos emisarios grises y melancólicos te conducen fuera de la nave espacial y atra­viesan la pared para depositarte en tu cama. Cuando recuperas la capacidad de moverte y hablar... ya no están.

Puede ser que no recuerdes el incidente de inmediato. Quizá simplemente eches en falta un período de tiempo inexplicablemente perdido y te devanes los sesos pensando en él. Como todo eso pare­ce tan raro, te preocupa un poco tu salud mental. Naturalmente, no sientes ninguna inclinación a hablar de ello. Por otro lado, la expe­riencia es tan perturbadora que es difícil mantenerla callada. Todo sale a la luz cuando oyes relatos similares, o cuando un terapeuta simpático te hipnotiza, o incluso cuando ves una fotografía de un «extraterrestre» en uno de los muchos libros, revistas populares o «documentales especiales» de televisión sobre los ovnis. Hay gente que dice poder recordar experiencias así desde la más tierna infan­cia. Piensan que sus propios hijos están siendo abducidos por extraterrestres. Ocurre por familias. Es un programa eugenésico, dicen, para mejorar la raza humana. Quizá los extraterrestres han hecho eso siempre. Quizá, dicen algunos, ése es el origen de los humanos.

Según se revela en repetidas encuestas a lo largo de los años, la mayoría de los americanos creen que nos visitan seres extraterres­tres en ovnis. En una encuesta Roper de 1992 —especialmente en­cargada por los que aceptan la historia de la abducción extraterrestre a pies juntillas— el dieciocho por ciento de casi seis mil adultos americanos dijeron que a veces se despertaban paralizados, cons­cientes de la presencia de uno o más seres extraños en su habitación. Un trece por ciento declara extraños episodios de tiempo perdido (detención del tiempo), y el diez por ciento declara haber volado por el aire sin asistencia mecánica. Sólo con esos resultados, los promo­tores de la encuesta concluyen que el dos por ciento de los america­nos han sido abducidos, muchos de ellos repetidas veces, por seres de otros mundos. La cuestión de si los encuestados habían sido se­cuestrados realmente por extraterrestres no se planteó nunca.

Si creyésemos la conclusión alcanzada por los que financia­ron e interpretaron los resultados de esta encuesta, y si los extrate­rrestres no son parciales con los americanos, el número de abducidos en todo el planeta sería superior a cien millones de personas. Eso significa una abducción cada pocos segundos durante las últi­mas décadas. Es sorprendente que no lo hayan notado más vecinos.

¿Qué ocurre aquí? Cuando uno habla con los que se autodescriben como abducidos, la mayoría parecen muy sinceros, aun­que sometidos a fuertes emociones. Algunos psiquiatras que los han examinado dicen que no encuentran más pruebas de psicopatología en ellos que en el resto de la gente. ¿Por qué una persona de­clararía haber sido abducida por criaturas extraterrestres si no fue así? ¿Podrían equivocarse todas estas personas, o mentir, o alucinar la misma historia (o similar)? ¿O es arrogante y despreciable cues­tionar siquiera el sentido común de tantas personas?

Por otro lado, ¿sería posible que hubiera realmente una in­vasión extraterrestre masiva, que se realizaran procedimientos mé­dicos repugnantes sobre millones de hombres, mujeres y niños ino­centes, que se utilizara a los humanos como reproductores durante muchas décadas y que todo eso no fuera conocido en general y co­mentado por medios de comunicación, médicos y científicos res­ponsables y por los gobiernos que han jurado proteger la vida y el bienestar de sus ciudadanos? O, como han sugerido muchos, ¿hay una conspiración del gobierno para mantener a los ciudadanos ale­jados de la verdad?

¿Por qué unos seres tan avanzados en física e ingeniería —que cruzan grandes distancias interestelares y atraviesan paredes como fantasmas— son tan atrasados en lo que respecta a la biología? ¿Por qué, si los extraterrestres intentan llevar sus asuntos en secreto, no eliminan perfectamente todos los recuerdos de las abducciones? ¿Demasiado difícil para ellos? ¿Por qué los instrumentos de examen son macroscópicos y recuerdan tanto lo que podemos encontrar en el ambulatorio del barrio? ¿Por qué tomarse la molestia de repetidos encuentros sexuales entre extraterrestres y humanos? ¿Por qué no robar unos cuantos óvulos y esperma, leer todo el código genético entero y fabricar luego tantas copias como se quiera con las variaciones genéticas que se quiera? Hasta nosotros, los humanos, que todavía no podemos cruzar rápidamente el espacio interestelar ni atra­vesar las paredes, podemos clonar células. ¿Cómo podríamos ser resultado los humanos de un programa de cría extraterrestre cuando compartimos el 99,6% de genes activos con los chimpancés? Nues­tra relación con los chimpancés es más estrecha que la que hay entre ratas y ratones. La preocupación por la reproducción en estos relatos alza una bandera de advertencia, especialmente teniendo en cuenta el inestable equilibrio entre el impulso sexual y la represión social que ha caracterizado siempre a la condición humana, y el hecho de que vivimos en una época repleta de espantosos relatos, verdaderos y falsos, de abuso sexual de niños.

A diferencia de muchos medios de comunicación,9 los encuestadores de Roper y los que escribieron el informe «oficial» no preguntaron nunca a los encuestados si habían sido abducidos por extraterrestres. Lo dedujeron: los que alguna vez se han despertado con presencias extrañas alrededor, que alguna vez inexplicable­mente creían volar por el aire, etc., han sido abducidos. Los encuestadores ni siquiera comprobaron si notar presencias, volar, etc., formaba parte de un mismo incidente o de otro distinto. Su conclu­sión —que millones de americanos han sido abducidos— es espu­ria, basada en un planteamiento poco acertado del experimento.

Con todo, al menos cientos de personas, quizá miles, que afirman haber sido abducidas han acudido a terapeutas simpatizan­tes o se han unido a grupos de apoyo de abducidos. Quizá haya otros con problemas similares pero, temerosos del ridículo o del es­tigma de enfermedad mental, se han abstenido de hablar o de pedir ayuda.

Se dice también que algunos abducidos se resisten a hablar por temor a la hostilidad y rechazo de los escépticos de línea dura (aunque muchos aparecen encantados en programas de radio y tele­visión). Se supone que su desconfianza incluye también a las au­diencias que ya creen en abducciones por extraterrestres. Pero qui­zá haya otra razón: ¿podría ser que los propios sujetos no estuvieran seguros —al menos al principio, al menos antes de contar la histo­ria repetidas veces— de si lo que recuerdan es un acontecimiento externo o un estado mental?
---ooo---
«Una señal inequívoca del amor a la verdad —escribía John Locke en 1690—, es no mantener ninguna proposición con mayor seguridad de la que garantizan las pruebas en las que se basa.» En el tema de los ovnis, ¿cuál es la fuerza de las pruebas?

La expresión «platillo volante» fue acuñada cuando yo em­pezaba el instituto. En los periódicos había cientos de historias de naves de otros mundos en los cielos de la Tierra. A mí me parecía bastante creíble. Había otras muchas estrellas y, al menos algunas de ellas, probablemente tenían sistemas planetarios como el nues­tro. Muchas eran tan antiguas como el Sol o más, por lo que había tiempo suficiente para que hubiera evolucionado la vida inteligen­te. El Laboratorio de Propulsión a Chorro de Caltech acababa de lanzar un cohete de dos cuerpos al espacio. Estábamos claramente camino de la Luna y los planetas. ¿Por qué otros seres más viejos y más inteligentes no podían ser capaces de viajar de su estrella a la nuestra? ¿Por qué no?

Eso ocurría pocos años después del bombardeo de Hiroshi­ma y Nagasaki. Quizá los ocupantes de los ovnis estaban preocupa­dos por nosotros e intentaban ayudarnos. O quizá querían asegurar­se de que nosotros y nuestras armas nucleares no fuéramos a molestarlos. Mucha gente —miembros respetables de la comuni­dad, oficiales de policía, pilotos de líneas aéreas comerciales, per­sonal militar— parecía ver platillos volantes. Y, aparte de algunas vacilaciones y risitas, yo no conseguía encontrar argumentos en contra. ¿Cómo podían equivocarse todos esos testigos? Lo que es más, los «platos» habían sido detectados por radar, y se habían to­mado fotografías de ellos. Salían en los periódicos y revistas ilus­tradas. Incluso se hablaba de accidentes de platillos volantes y de unos cuerpecitos de extraterrestres con dientes perfectos que lan­guidecían en los congeladores de las Fuerzas Aéreas en el suroeste.

El ambiente general fue resumido en la revista Life unos años más tarde con estas palabras: «La ciencia actual no puede ex­plicar esos objetos como fenómenos naturales, sino únicamente como mecanismos artificiales, creados y manejados por una inteli­gencia superior». Nada «conocido o proyectado en la Tierra puede dar razón de la actuación de esos mecanismos».

Y, sin embargo, ni un solo adulto de los que yo conocía sen­tía la menor preocupación por los ovnis. No podía entender por qué. En lugar de eso, se preocupaban por la China comunista, las armas nucleares, el maccarthismo y el alquiler de su vivienda. Yo me pre­guntaba si tenían claras sus prioridades.

En la universidad, a principios de la década de los cincuen­ta, empecé a aprender un poco sobre el funcionamiento de la cien­cia, sobre los secretos de su gran éxito, el rigor que deben tener los estándares de prueba si realmente queremos saber algo seguro, la cantidad de falsos comienzos y finales bruscos que han infestado el pensamiento humano, lo fácil que es colorear la interpretación de la prueba según nuestras inclinaciones y la frecuencia con que los sis­temas de creencia ampliamente aceptados y apoyados por jerar­quías políticas, religiosas y académicas resultan ser no sólo ligera­mente erróneos sino grotescamente equivocados.

Encontré un libro titulado Extraordinary Popular Delusions and the Madness of Crowds [Engaños populares extraordinarios y la locura de la multitud] escrito por Charles Mackay en 1841 y to­davía en venta. En él se podían encontrar las historias de repentina prosperidad y posterior quiebra económica de chifladuras como las «burbujas» del Mississippi y el mar del Sur y la extraordinaria de­manda de tulipanes holandeses, patrañas que embaucaron a ricos y titulados de muchas naciones; una legión de alquimistas, incluyen­do la conmovedora historia del señor Kelly y el doctor Dee (y el hijo de ocho años de Dee, Arthur, inducido por su desesperado padre a comunicarse con el mundo de los espíritus observando un cristal); dolorosos relatos de profecías incumplidas, adivinaciones y predicciones de la suerte; persecución de brujas; casas encantadas; la «admiración popular de grandes ladrones» y muchas cosas más. Estaba también el entretenido retrato del conde de St. Germain, que salió a cenar con la alegre pretensión de que había vivido durante siglos, si no era realmente inmortal. (Cuando, durante la cena, al­guien expresó su incredulidad ante el relato de sus conversaciones con Ricardo Corazón de León, se volvió hacia su criado para que lo confirmase. «Olvida, señor —fue la respuesta—, que yo sólo llevo quinientos años a su servicio.» «Ah, es verdad —dijo St. Germain—, esto fue antes de su tiempo.»)

Un llamativo capítulo sobre las Cruzadas empezaba así:

Cada época tiene su locura particular; un plan, proyecto o fanta­sía al que se lanza, espoleada ya sea por amor de la ganancia, ne­cesidad de excitación o mera fuerza de imitación. Si le falta eso, sufre cierta locura, a la que se ve aguijoneada por causas políti­cas o religiosas, o ambas combinadas.

La edición que leí la primera vez iba adornada con una cita del fi­nanciero y consejero de presidentes Bemard M. Baruch, atestiguan­do que la lectura del libro de Mackay le había hecho ahorrar mi­llones.

Hay una larga historia de declaraciones falsas de que el mag­netismo podía curar enfermedades. Paracelso, por ejemplo, usaba un imán para aspirar las enfermedades del cuerpo y enterrarlas den­tro de la Tierra. Pero la figura clave fue Franz Mesmer. Yo había entendido vagamente que la palabra inglesa «mesmerize» quería decir algo parecido a hipnotizar. Pero el primer conocimiento real que tuve de Mesmer vino del libro de Mackay. El médico vienés pensaba que las posiciones de los planetas influían en la salud humana, y quedó seducido por las maravillas de la electricidad y el magnetismo. Atendía a la nobleza francesa en declive en vísperas de la Revolución. Se reunían en una habitación oscura. Mesmer, vestido con una túnica dorada de seda floreada y blandiendo una varita mágica, hacía sentar a sus pacientes alrededor de una cuba con una solución de ácido sulfúrico. El magnetizador y sus jóvenes ayudantes varones miraban a los pacientes fijamente a los ojos y les frotaban el cuerpo. Ellos se agarraban a unas barras de hierro que sobresalían de la solución o se daban la mano. En un frenesí conta­gioso, se curaban aristócratas a diestro y siniestro, especialmente mujeres jóvenes.

Mesmer causó sensación. Él lo llamaba «magnetismo ani­mal». Sin embargo, como perjudicaba el negocio de los practican­tes de una medicina más convencional, los médicos franceses pre­sionaron al rey Luis XVI para que tomara enérgicas medidas contra él. Mesmer, decían, era una amenaza para la salud pública. La Aca­demia Francesa de las Ciencias nombró una comisión que incluía al químico pionero Antoine Lavoisier y al diplomático americano y experto en electricidad Benjamín Franklin. Realizaron el experimento de control obvio: cuando los efectos magnetizadores se realizaban sin el conocimiento del paciente, no se producía la cura­ción. La conclusión de la comisión fue que las curaciones, si las había, estaban en la mente del que las esperaba. Mesmer y sus se­guidores no se dejaron desanimar. Uno de ellos preconizaba más tarde la siguiente actitud para obtener los mejores resultados:

Olvida durante un rato todos tus conocimientos de física... Aleja de tu mente cualquier objeción que se te ocurra... No razones du­rante un período de seis semanas... Sé muy crédulo, muy perseve­rante, rechaza toda la experiencia pasada y no escuches a la razón.

Ah, sí, y un consejo final: «Nunca magnetices ante personas pregun­tonas.»

Otra sorpresa fue Caprichos y falacias en nombre de la cien­cia de Martín Gardner. Allí estaba Wilheim Reich revelando la cla­ve de la estructura de las galaxias en la energía de los orgasmos humanos; Andrew Crosse creando insectos microscópicos eléctri­camente con sales; Hans Hórbiger, bajo los auspicios nazis, anun­ciando que la Vía Láctea no estaba hecha de estrellas sino de copos de nieve; Charles Piazzi Smyth descubriendo en las dimensiones de la Gran Pirámide de Gizeh una cronología del mundo desde la crea­ción hasta el segundo advenimiento; L. Ron Hubbard escribiendo un manuscrito capaz de volver locos a sus lectores (¿lo comprobó alguien?, me preguntaba yo); el caso Bridey Murphy, que hizo creer a millones que tenían al menos una prueba seria de reencarnación; las «demostraciones» de PES (percepción extrasensorial) de Joseph Rhine; la curación de la apendicitis con enemas de agua fría, de en­fermedades bacterianas con cilindros de latón y de la gonorrea con luz verde... y, entre todos esos relatos de autoengaño y charlatane­ría, para mi sorpresa, un capítulo sobre ovnis.

Desde luego, Mackay y Gardner, por el mero hecho de es­cribir libros catalogando las creencias espurias, me parecían un poco displicentes y superiores. ¿No aceptaban nada? A pesar de todo, me sorprendió la cantidad de declaraciones discutidas y de­fendidas con pasión que habían quedado en nada. Lentamente me fui dando cuenta de que, existiendo la falibilidad humana, podría haber otras explicaciones para los platillos volantes.

Me había interesado la posibilidad de vida extraterrestre des­de pequeño, mucho antes de oír hablar de platillos volantes. He se­guido fascinado hasta mucho después de haberse apagado mi entu­siasmo primitivo por los ovnis... al entender mejor a este maestro despiadado llamado método científico: todo depende de la prueba. En una cuestión tan importante, la prueba debe ser irrecusable. Cuanto más deseamos que algo sea verdad, más cuidadosos hemos de ser. No sirve la palabra de ningún testigo. Todo el mundo come­te errores. Todo el mundo hace bromas. Todo el mundo fuerza la verdad para ganar dinero, atención o fama. Todo el mundo entiende mal en ocasiones lo que ve. A veces incluso ven cosas que no están.

Esencialmente, todos los casos de ovnis eran anécdotas, algo que afirmaba alguien. Los describían de varias formas, como de mo­vimiento rápido o suspendidos en el aire; en forma de disco, de ci­garro o de bola; en movimiento silencioso o ruidoso; con un gas de escape llameante o sin gas; acompañado de luces intermitentes o uniformemente relucientes con un matiz plateado, o luminosos. La diversidad de las observaciones indicaba que no tenían un origen común y que el uso de términos como ovnis o «platillos volantes», sólo servía para confundir el tema al agrupar genéricamente una se­rie de fenómenos no relacionados.

Había algo extraño en la mera invención de la expresión «platillo volante». En el momento de escribir este artículo tengo de­lante una transcripción de una entrevista del 7 de abril de 1950 en­tre Edward R. Murrow, el célebre locutor de la CBS, y Kenneth Arnold, un piloto civil que vio algo peculiar cerca de Mount Rainier, en el estado de Washington, el 24 de junio de 1947 y que en cierto modo acuñó la frase. Arnold afirma que:
los periódicos no me citaron adecuadamente... Cuando hablé con la prensa no me entendieron bien y, con la excitación general, un periódico y otro lo embrollaron de tal modo que nadie sabía exactamente de qué hablaban... Esos objetos más o menos revoloteaban como si fueran, oh, algo así como barcos en aguas muy movidas... Y cuando describí cómo volaban, dije que era como si uno cogiera un platillo y lo lanzara a través del agua. La mayoría de periódi­cos lo interpretaron mal y también citaron esto incorrectamente. Dijeron que yo había dicho que eran como platillos; yo dije que volaban al estilo de un platillo.
Arnold creía haber visto una sucesión de nueve objetos, uno de los cuales producía un «extraordinario relámpago azul». Llegó a la conclusión de que eran una nueva especie de artefactos alados. Murrow lo resumía: «Fue un error de citación histórico. Mientras la explicación original del señor Arnold se ha olvidado, el térmi­no "platillo volante" se ha convertido en una palabra habitual.» El aspecto y comportamiento de los platillos volantes de Kenneth Arnold era bastante diferente de lo que sólo unos años después se caracterizaría rígidamente en la comprensión pública del térmi­no: algo como unfrisbee muy grande y con gran capacidad de ma­niobra.

La mayoría de la gente contaba lo que había visto con toda sinceridad, pero lo que veían eran fenómenos naturales, si bien poco habituales. Algunos avistamientos de ovnis resultaron ser aeronaves poco convencionales, aeronaves convencionales con modelos de iluminación poco usuales, globos de gran altitud, in­sectos luminiscentes, planetas vistos bajo condiciones atmosféri­cas inusuales, espejismos ópticos y nubes lenticulares, rayos en bola, parhelios, meteoros, incluyendo bólidos verdes, y satélites, morros de cohetes y motores de propulsión de cohetes entrando en la atmósfera de modo espectacular.10 Es concebible que algunos pudieran ser pequeños cometas que se disipaban en el aire. Al me­nos, algunos informes de radar se debieron a la «propagación anó­mala»: ondas de radio que viajan por trayectorias curvadas debi­do a inversiones de la temperatura atmosférica. Tradicionalmente, también se llamaban «ángeles» de radar: algo que parece estar ahí pero no está. Puede haber apariciones visuales y de radar simultáneas sin que haya nada «allí».

Cuando captamos algo extraño en el cielo, algunos de noso­tros nos emocionamos, perdemos la capacidad de crítica y nos con­vertimos en malos testigos. Existía la sospecha de que aquél era un campo atractivo para picaros y charlatanes. Muchas fotografías de ovnis resultaron ser falsas: pequeños modelos colgados de hilos fi­nos, a menudo fotografiados a doble exposición. Un ovni visto por miles de personas en un partido de fútbol resultó ser una broma de un club de estudiantes universitarios: un trozo de cartón, unas velas y una bolsa de plástico fino, todo bien preparado para hacer un ru­dimentario globo de aire caliente.

El relato original del platillo accidentado (con los pequeños extraterrestres y sus dientes perfectos) resultó ser un puro engaño. Frank Scully, columnista de Variety, comentó una historia que le había contado un amigo petrolero; fue el espectacular reclamo del exitoso libro de Scully de 1950, Tras los platillos volantes. Se ha­bían encontrado dieciséis extraterrestres de Venus, de un metro de altura cada uno, en uno de los tres platillos accidentados. Se habían recogido cuadernos con pictogramas extraterrestres. Los militares lo ocultaban. Las implicaciones eran importantes.

Los estafadores eran Silas Newton, que dijo que utilizaba ondas de radio para buscar oro y petróleo, y un misterioso «doctor Gee», que resultó ser un tal señor GeBauer. Newton presentó una pieza de la maquinaria del ovni y tomó fotografías de primer plano del platillo con flash. Pero no permitía una inspección detallada. Cuando un escéptico preparado, haciendo un juego de manos, cam­bió el engranaje y envió el artefacto a analizar, resultó estar hecho de aluminio de batería de cocina.

La patraña del platillo accidentado fue un pequeño interludio en un cuarto de siglo de fraudes de Newton y GeBauer, que vendían principalmente máquinas de prospección y contratos petroleros sin valor. En 1952 fueron arrestados por el FBI y al año siguiente se los acusó de estafa. Sus proezas —de las que Curtís Peebles hizo la cró­nica— deberían haber servido de advertencia a los entusiastas de los ovnis sobre historias de platillos accidentados en el suroeste americano alrededor de 1950. No cayó esa breva.

El 4 de octubre de 1957 se lanzó el Sputnik 1, el primer saté­lite artificial en órbita alrededor de la Tierra. De las mil ciento die­ciocho visiones de ovnis registradas ese año en Estados Unidos, setecientas una, o sea, el sesenta por ciento —y no el veinticinco por ciento que se podía esperar—, ocurrieron entre octubre y diciem­bre. Es evidente que el Sputnik y la publicidad consiguiente habían generado de algún modo visiones de ovnis. Quizá la gente miraba más el cielo de noche y veía más fenómenos naturales que no en­tendía. ¿O podría ser que miraran más hacia arriba y vieran más las naves espaciales extraterrestres que están ahí constantemente?

La idea de los platillos volantes tenía antecedentes sospe­chosos que se remontaban a una broma consciente titulada ¿Re­cuerdo Lemuria!, escrita por Richard Shaver, y publicada en el nú­mero de marzo de 1945 de la revista de ciencia ficción Amazing Stories. Era exactamente el tipo de lecturas que yo devoraba de pe­queño. Se me informaba que hacía ciento cincuenta mil años los ex­traterrestres espaciales se habían establecido en continentes perdi­dos, lo que llevó a la creación de una raza de seres demoníacos bajo tierra que eran responsables de las tribulaciones humanas y de la existencia del mal. El editor de la revista, Ray Palmer —que, como los seres subterráneos sobre los que advertía, medía poco más de un metro—, promovió la idea, mucho antes de la visión de Arnold, de que la Tierra era visitada por naves espaciales extraterrestres en for­ma de disco y que el gobierno ocultaba su conocimiento y compli­cidad. Con las portadas de esas revistas en los quioscos, millones de americanos estuvieron expuestos a la idea de los platillos volantes bastante antes de que fuera acuñado el término.

Con todo, las pruebas alegadas parecían pocas, y a menudo caían en la credulidad, la broma, la alucinación, la incomprensión del mundo natural, el disfraz de esperanzas y temores como pruebas, y un anhelo de atención, fama y fortuna. Qué lastima, recuerdo haber pensado.

Desde entonces he tenido la suerte de estar involucrado en el lanzamiento de naves espaciales a otros planetas en busca de vida y en la escucha de posibles señales de radio de civilizaciones extrate­rrestres, si las hubiere, en planetas de estrellas distantes. Hemos te­nido algunos momentos seductores. Pero si la señal deseada no llega a cada uno de los escépticos gruñones, no podemos llamarlo prue­ba de vida extraterrestre, por muy atractiva que encontremos la idea. Simplemente, tendremos que esperar a disponer de mejores datos, si es que algún día llegamos a tenerlos. No hemos encontra­do pruebas irrefutables de vida más allá de la Tierra. Pero sólo estamos al principio de la búsqueda. Quizá mañana pueda surgir in­formación nueva y mejor. No creo que nadie esté más interesado que yo en saber si nos vi­sitan o no. Me ahorraría mucho tiempo y esfuerzo poder estudiar directamente y de cerca la vida extraterrestre en lugar de hacerlo indirectamente y a gran distancia. Aun en el caso que los extraterrestres sean bajos, tercos y obsesos sexuales... si están aquí, quiero conocerlos.
---ooo---
Una prueba de lo modestas que son nuestras expectativas de los «extraterrestres» y de lo zafio de los estándares de prueba que muchos de nosotros estamos dispuestos a aceptar puede encontrar­se en la historia de los círculos en los cultivos. Originados en Gran Bretaña y extendidos por todo el mundo, era algo que superaba lo extraño.

Los granjeros o transeúntes descubrían círculos (y, en años posteriores, pictogramas mucho más complejos) impresos sobre los campos de trigo, avena, cebada y colza. Empezando con círculos simples a mediados de la década de los setenta, el fenómeno fue progresando año tras año hasta que, a finales de la década de los ochenta y principios de los noventa, el campo, especialmente en el sur de Inglaterra, se vio embellecido por inmensas figuras geomé­tricas, algunas de las dimensiones de un campo de fútbol, estampa­das sobre el grano de cereal antes de la cosecha: círculos tangentes a círculos, o conectados por ejes, líneas paralelas inclinadas, «insectoides». Algunas de las formas mostraban un círculo central ro­deado por cuatro círculos más pequeños colocados simétricamen­te... claramente causados, se concluyó, por un platillo volante y sus cuatro trenes de aterrizaje.

¿Una broma? Imposible, decía casi todo el mundo. Había cientos de casos. A veces los hacían en sólo una o dos horas en ple­na noche, y a gran escala. No se pudieron encontrar huellas de bromistas que se acercaran a los pictogramas. Y además, ¿qué motivo verosímil podía haber para una broma así?

Se ofrecieron muchas conjeturas menos convencionales. Personas con cierta preparación científica inspeccionaron los luga­res, hilaron argumentos, fundaron revistas dedicadas en su totalidad al tema. ¿Eran causadas las figuras por extraños remolinos llama­dos «vórtices columnares», o unos aún más raros llamados «vórti­ces de anillo»? ¿Y por rayos en bola? Los investigadores japoneses intentaron simular, en el laboratorio y a muy pequeña escala, la fí­sica de plasma que creían se abría camino en el lejano Wiltshire.

Pero a medida que las figuras en los cultivos se hacían más complejas, las explicaciones meteorológicas o eléctricas se volvían más forzadas. Sencillamente, los causantes eran los ovnis, extrate­rrestres que se comunicaban con nosotros en un lenguaje geométri­co. O quizá era el diablo, o la Tierra sufriente que se quejaba de las depredaciones infligidas por la mano del hombre. Llegaron mana­das de turistas de la «Nueva Era». Todas las noches los entusiastas montaban vigilancia equipados con grabadoras y sistemas de visión de infrarrojos. Los medios de comunicación impresos y electróni­cos de todo el mundo seguían las huellas de los intrépidos cerealogistas. Un público admirado y estupefacto compraba libros de gran éxito sobre los extraterrestres deformadores de cosechas. Es cierto que no se llegó a ver ningún platillo colocándose sobre el trigo ni se filmó ninguna figura geométrica en el curso de ser generada. Pero los zahoríes autentificaron su carácter extraterrestre y los canalizadores establecieron contacto con las entidades responsables. Dentro de los círculos se detectó «energía orgónica».

Se formularon preguntas en el Parlamento. La familia real llamó a consulta especial a lord Solly Zuckerman, antiguo conseje­ro científico del Ministerio de Defensa. Se dijo que había fantasmas implicados; también los caballeros templarios de Malta y otras so­ciedades secretas. Los satanistas estaban involucrados. El Ministe­rio de Defensa ocultaba todo el asunto. Se consideró en algunos círculos ineptos y poco elegantes que eran intentos de los militares de quitarse a la gente de encima. La prensa sensacionalista salió a escena. El Daily Mirror contrató a un granjero y su hijo para que hi­cieran cinco círculos con la esperanza de tentar al periódico rival, el Daily Express, a informar de la historia. El Express, al menos en este caso, no cayó en la trampa.

Las organizaciones «cerealógicas» crecieron y se dividie­ron. Los grupos en competencia se mandaban comunicaciones intimidatorias. Se acusaban de incompetencia o algo peor. El núme­ro de «círculos» creció por millares. El fenómeno se extendió hasta Estados Unidos, Canadá, Bulgaria, Hungría, Japón, los Países Ba­jos. Los pictogramas —especialmente los más completos— empe­zaron a citarse cada vez más como argumentos a favor de la visita de extraterrestres. Se trazaron forzadas relaciones con «la Cara» de Marte. Un científico al que conozco me escribió que en estas figu­ras se ocultaban unas matemáticas extremadamente sofisticadas; sólo podían ser el resultado de una inteligencia superior. En reali­dad, un aspecto en el que coincidían casi todos los cerealogistas contendientes es que las últimas figuras en las cosechas eran de­masiado complejas y elegantes para haber sido causadas por la in­tervención humana, menos todavía por algunos bromistas hara­pientos e irresponsables. La inteligencia extraterrestre era evidente a simple vista...

En 1991, Doug Bower y Dave Chorley, dos amigos de Southampton, anunciaron que llevaban quince años haciendo figuras en las cosechas. Se les ocurrió un día mientras tomaban una cerveza en su pub habitual: el Percy Hobbes. Habían encontrado muy gracio­sos los informes de ovnis y pensaron que podría ser divertido enga­ñar a los crédulos. Al principio aplanaron el trigo con la pesada ba­rra de acero que Bower utilizaba como mecanismo de seguridad en la puerta trasera de su tienda de marcos de cuadros. Más adelante utilizaron placas y cuerdas. Los primeros dibujos sólo les costaron unos minutos. Pero, como además de bromistas inveterados eran ar­tistas de verdad, la dimensión del desafío empezó a aumentar. Gra­dualmente fueron diseñando y ejecutando figuras cada vez más ela­boradas.

Al principio nadie pareció darse cuenta. No salía ninguna noticia en los medios de comunicación. La tribu de ufologistas no tenía en cuenta sus formas artísticas. Estuvieron a punto de abando­nar los círculos en los cultivos para pasar a otra broma más satis­factoria emocionalmente.

De pronto, los círculos en los cultivos se hicieron muy popu­lares. Los ufologistas se tragaron anzuelo, hilo y plomada. Bower y Chorley estaban encantados, especialmente cuando los científicos empezaron a propagar su considerada opinión de que no podía ser responsable de ellos una inteligencia meramente humana.

Planeaban cuidadosamente todas las salidas nocturnas, a ve­ces siguiendo meticulosos diagramas que habían preparado con acuarelas. Seguían de cerca los pasos de sus intérpretes. Cuando un meteorólogo local dedujo que era una especie de remolino porque todas las cosechas estaban desviadas hacia abajo en un círculo en el sentido de las agujas del reloj, le confundieron haciendo una nueva figura con un anillo exterior aplanado en el sentido contrario.

Pronto aparecieron otras figuras en el sur de Inglaterra y en todas partes. Habían aparecido los bromistas imitadores. Bo­wer y Chorley grabaron un mensaje en el trigo como respuesta: «wearenotalone» [No estamos solos]. Algunos llegaron a considerar que era un mensaje extraterrestre genuino (aunque hu­biera sido mejor si hubieran puesto «youarenotalone» [No estais solos]). Doug y Dave empezaron a firmar sus obras de arte con dos D; incluso eso se atribuyó a un misterioso propósito ex­traterrestre. Las desapariciones nocturnas de Bower levantaron las sospechas de su esposa Ilene. Sólo con grandes dificultades —acompañando a Dave y Doug una noche, y uniéndose luego a los crédulos para admirar su trabajo al día siguiente— pudo con­vencerse de que las ausencias del marido, en este sentido, eran inocentes.

A la larga, Bower y Chorley se cansaron de aquella broma cada vez más elaborada. Aunque estaban en condiciones físicas ex­celentes, los dos tenían ya sesenta años y estaban un poco viejos para operaciones de comando nocturno en campos de granjeros desconocidos y a menudo poco comprensivos. A lo mejor los mo­lestaba la fama y fortuna que acumulaban los que se limitaban a fo­tografiar su arte y anunciar que los artistas eran extraterrestres. Y los empezó a preocupar que, si esperaban mucho, nadie creería ningu­na declaración que hicieran.

Así pues, confesaron. Hicieron una demostración ante los informadores de cómo hacían las formas insectoides más elabora­das. Se podría pensar que ya nunca más se volvería a argüir que es imposible mantener una broma durante muchos años, y que no volveríamos a oír que es imposible que alguien tenga motivos para engañar a los crédulos y hacerles creer que los extraterrestres existen. Pero los medios de comunicación prestaron poca aten­ción. Los cerealogistas los conminaron a callar; al fin y al cabo, estaban privando a muchos del placer de imaginar acontecimien­tos maravillosos.

Desde entonces, ha habido otros bromistas de círculos en los cultivos, pero la mayoría de un modo más inconexo y menos ins­pirado. Como siempre, la confesión de la broma se ve muy eclipsa­da por la excitación inicial. Muchos habían oído hablar de los pictogramas en campos de cereales y su supuesta relación con los ovnis, pero corrieron un tupido velo cuando surgieron los nombres de Bower y Chorley o la simple idea de que todo el asunto podía ser una broma. Se puede encontrar un exposé informativo del periodista Jim Schnabel (Round in Gíreles, Penguin Books, 1994), del que he sacado la mayor parte de mi relato. Schnabel se unió pronto a los cerealogistas y al final hizo él mismo unos cuantos pictogramas con éxito. (Él prefiere un rodillo de jardín a una placa de madera, y encontró que simplemente pisando los tallos con los pies se consigue un trabajo aceptable.) Pero la obra de Schnabel, que un crítico calificó de «el libro más divertido que he leído desde hace años», tuvo sólo un éxito modesto. Los demonios venden; los bromistas son aburridos y de mal gusto.
---ooo---
No se necesita un nivel muy avanzado para dominar los prin­cipios del escepticismo, como demuestran la mayoría de los usua­rios de coches de segunda mano. La idea general de una aplicación democrática del escepticismo es que todo el mundo debería tener las herramientas esenciales para valorar eficaz y constructivamen­te las afirmaciones de conocimiento. Lo único que pide la ciencia es que se apliquen los mismos niveles de escepticismo que al comprar un coche usado o al juzgar la calidad de un analgésico o una cerve­za a través de los anuncios de la televisión.

Pero las herramientas del escepticismo no suelen estar al al­cance de los ciudadanos de nuestra sociedad. Casi nunca se men­ciona en las escuelas, ni siquiera en la presentación de la ciencia, su más ferviente practicante, aunque el escepticismo también surge es­pontáneamente de las decepciones de la vida cotidiana. Nuestra po­lítica, economía, publicidad y religiones (nuevas y viejas) están inundadas de credulidad. Los que tienen algo que vender, los que desean influir en la opinión pública, los que mandan, podría sugerir un escéptico, tienen un interés personal en no fomentar el escepti­cismo.

1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   32

similar:

La ciencia como una luz en la oscuridad iconLa ciencia como una luz en la oscuridad
...

La ciencia como una luz en la oscuridad iconLa ciencia como una luz en la oscuridad
«cta-102» de Roger McGuinn y Robert J. Hippard. © Tickon Music (bmi), 1967. Todos los derechos reservados. Reimpreso con permiso

La ciencia como una luz en la oscuridad iconLa ciencia como una luz en la oscuridad
...

La ciencia como una luz en la oscuridad iconLas ondas de luz son una forma de energía electromagnética y la idea...

La ciencia como una luz en la oscuridad iconEs una reacción química con desprendimiento de la luz y calor donde...

La ciencia como una luz en la oscuridad iconLa Educación Ambiental y la Ecología como ciencia. Una discusión necesaria para la enseñanza

La ciencia como una luz en la oscuridad iconEl cine y la literatura de ciencia ficción como herramientas didácticas...

La ciencia como una luz en la oscuridad iconLlegará una época en la que una investigación diligente y prolongada...

La ciencia como una luz en la oscuridad iconLlegará una época en la que una investigación diligente y prolongada...

La ciencia como una luz en la oscuridad iconPrincipales concepciones de la ciencia. Los grandes cambios: las...


Medicina



Todos los derechos reservados. Copyright © 2015
contactos
med.se-todo.com