La ciencia como una luz en la oscuridad




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CAPÍTULO 5

ARGUCIAS
Y
SECRETOS

_____


Confíe en un testigo en todo aquello en lo que no esté fuertemente involucrado ni su propio interés, ni sus pasiones, ni sus prejuicios, ni su amor por lo maravilloso. Si lo están, exija una prueba que lo corrobore en proporción exacta a la contravención de la probabilidad por la cosa atestiguada.

thomas henry huxley

(1825-1895)

Cuando se informó a la madre del célebre abducido Travis Walton de que un ovni había fulminado a su hijo con un rayo y lue­go se lo había llevado al espacio, contestó con poca curiosidad: «Bueno, así es como ocurren las cosas.» ¿Es así?

Aceptar que en nuestros cielos hay ovnis no es comprome­terse a mucho: la palabra «ovni» son las siglas de «objeto volador no identificado». Es un término que incluye algo más que «platillo vo­lante». Que haya cosas que el observador ordinario, o incluso el ex­perto, no entiende, es inevitable. Pero ¿por qué, si vemos algo que no reconocemos, llegamos a la conclusión de que es una nave de las estrellas? Se nos presenta una gran variedad de posibilidades más prosaicas.

Una vez eliminados de la serie de datos los fenómenos natu­rales, los engaños y las aberraciones psicológicas, ¿queda algún re­siduo de casos muy creíbles pero extremadamente raros, sobre todo casos sustentados por pruebas físicas? ¿Hay una «señal» oculta en todo este alboroto? Desde mi punto de vista, no se ha detectado nin­guna. Hay casos de los que se informa con fiabilidad que no son ra­ros, y casos raros que no son fiables. No hay ningún caso —a pesar de más de un millón de denuncias de ovnis desde 1947— en que la declaración de algo extraño que sólo puede ser una aeronave espa­cial sea tan fidedigna que permita excluir con seguridad una mala interpretación, tergiversación o alucinación. Todavía hay una parte de mí que dice: «Qué lástima.»

Se nos bombardea regularmente con extravagantes declara­ciones sobre ovnis que nos venden en porciones digeribles, pero muy rara vez llegamos a oír algo de su resultado. No es difícil de entender: ¿qué vende más periódicos y libros, qué alcanza una ma­yor valoración, qué es más divertido de creer, qué es más acorde con los tormentos de nuestra época: un accidente de naves extraterrestres, estafadores experimentados que se aprovechan de los cré­dulos, extraterrestres de poderes inmensos que juegan con la espe­cie humana o las declaraciones que derivan de la debilidad y la imperfección humana?

A lo largo de los años he dedicado mucho tiempo al proble­ma de los ovnis. Recibo muchas cartas al respecto, a menudo con relatos detallados de primera mano. A veces, el escritor de la carta me promete revelaciones trascendentales si le llamo. Después de dar una conferencia —casi sobre cualquier tema— se me pregunta a menudo: «¿Cree en los ovnis?» Siempre me sorprende la manera de plantear la pregunta, la sugerencia de que se trata de un asunto de fe y no de pruebas. Casi nunca me preguntan: «¿Hasta qué punto son fiables las pruebas de que los ovnis son naves espaciales extraterrestres?»

Por lo que he visto, la manera de proceder de mucha gente está altamente predeterminada. Algunos están convencidos de que el testimonio de un testigo ocular es fiable, que la gente no inventa cosas, que las alucinaciones o tergiversaciones a esta escala son imposibles, y que debe de haber una vieja conspiración guberna­mental de alto nivel para ocultamos la verdad a los demás. La cre­dibilidad en el tema de los ovnis prospera cuando aumenta la des­confianza en el gobierno, que se produce de forma natural en todas aquellas circunstancias en que —en la tensión entre bienestar pú­blico y «seguridad nacional»— el gobierno miente. Como se han revelado engaños y conspiraciones de silencio del gobierno en tan­tos otros asuntos, es difícil argumentar que sería imposible encubrir un tema tan extraño, que el gobierno nunca ocultaría información importante a sus ciudadanos. Una explicación común de la razón de tal encubrimiento es evitar el pánico a nivel mundial o la erosión de la confianza en el gobierno.

Yo fui miembro del comité del Consejo Asesor Científico de las Fuerzas Aéreas de Estados Unidos que investigó el estudio de los ovnis llamado «Proyecto Libro Azul», aunque antes, significativa­mente, se había llamado «Proyecto Grudge [Fastidio]». Nos encon­tramos con que el esfuerzo que se estaba realizando era desganado y desechable. A mediados de la década de los sesenta, el cuartel ge­neral del «Proyecto Libro Azul» se encontraba en la base de las Fuerzas Aéreas Wright-Patterson de Ohio, donde también estaba la base de la «Inteligencia Técnica Extranjera» (dedicada principal­mente a averiguar qué armas nuevas tenían los soviéticos). Conta­ban con una sofisticada tecnología para la consulta de expedientes. Uno preguntaba por un incidente de ovnis determinado y, como si se tratara de jerseys y trajes de la lavandería, le iban pasando resmas de expedientes por delante hasta que la máquina se paraba al llegar ante el demandante el expediente solicitado.

Pero lo que había en esos expedientes no tenía gran valor. Por ejemplo, ciudadanos respetables declaraban haber visto flotar lu­ces sobre una pequeña ciudad de New Hampshire durante más de una hora, y la explicación del caso era que había una escuadrilla de bom­barderos estratégicos de una base cercana de las Fuerzas Aéreas en ejercicios de instrucción. ¿Podían tardar una hora en atravesar la ciudad los bombarderos? No. ¿Sobrevolaban los bombarderos la ciu­dad en el momento en que se decía que habían aparecido los ovnis? No. ¿Nos puede explicar, coronel, cómo puede ser que se describa que los bombarderos estratégicos «flotaban»? No. Las negligentes investigaciones del Libro Azul tenían un papel poco científico, pero servían para el importante propósito burocrático de convencer a gran parte del público de que las Fuerzas Aéreas se aplicaban a la tarea y que quizá no había nada tras las denuncias de ovnis.

Desde luego, eso no excluye la posibilidad de que en alguna otra parte se desarrollara otro estudio de los ovnis más serio, más científico (dirigido, por ejemplo, por un general de brigada en lugar de un teniente coronel). Creo que incluso es probable que fuera así, no porque crea que nos visitan extraterrestres sino porque, ocultos en el fenómeno de los ovnis, debe de haber datos considerados en otros tiempos de importante interés militar. Desde luego, si los ovnis son como se dice —aparatos muy rápidos y maniobrables—, los mi­litares tienen la obligación de descubrir cómo funcionan. Si los ovnis eran construidos por la Unión Soviética, las Fuerzas Aéreas tenían la responsabilidad de protegernos. Teniendo en cuenta las notables características de actuación que se les adjudicaba, las implicaciones estratégicas de que hubiera ovnis soviéticos sobrevolando impune­mente las instalaciones militares y nucleares norteamericanas eran preocupantes. Si, por otro lado, los ovnis eran construidos por ex­traterrestres, podríamos copiar la tecnología (si pudiéramos apode­rarnos de un solo platillo) y conseguir una clara ventaja en la gue­rra fría. Y, aunque los militares no creyeran que los ovnis fueran fabricados por soviéticos ni extraterrestres, tenían una buena razón para seguir los informes de cerca.

En la década de los cincuenta, las Fuerzas Aéreas utilizaban ampliamente los globos-sonda, no sólo como plataformas de obser­vación meteorológica, como se anunciaba de manera destacada, y como reflectores de radar, algo que se reconocía, sino también, se­cretamente, como aparatos de espionaje robótico, con cámaras de alta resolución e intercepción de señales. Mientras los globos en sí no eran muy secretos, sí lo eran la serie de reconocimientos que ha­cían. La forma de los globos de gran altitud puede parecerse a la de un platillo cuando se ve desde el suelo. Si no se calcula bien la dis­tancia en la que se encuentran, es fácil imaginar que llevan una velocidad absurdamente grande. En ocasiones, propulsados por una ráfaga de viento, hacen un cambio de dirección abrupto, poco ca­racterístico de un avión y en aparente desafío de la ley de la iner­cia... si uno no atina a ver que son huecos y no pesan casi nada.

El sistema de globos militares más famoso, que fue probado ampliamente en todo Estados Unidos a principios de los cincuenta, se llamaba «Skyhook». Otros sistemas y proyectos de globos se de­nominaron «Mogul», «Moby Dick», «Grandson» y «Genetrix». Urner Lidell, que tenía cierta responsabilidad sobre esas misiones en el Laboratorio de Investigación Naval, y que posteriormente fue funcionario de la NASA, me dijo una vez que creía que todos los ovnis denunciados eran globos militares. Aunque decir «todos» es ir demasiado lejos, creo que no se ha apreciado suficientemente su papel. Que yo sepa, no ha habido ningún experimento de control sistemático y deliberado en el que se lanzaran secretamente globos de gran altitud, se hiciera un seguimiento y se anotaran las visiones de ovnis por parte de observadores visuales y por radar.

En 1956, globos de reconocimiento estadounidenses empe­zaron a sobrevolar la Unión Soviética. En su momento culminante, había docenas de lanzamientos de globos al día. A continuación, los globos fueron sustituidos por aeronaves de gran altitud, como las U-2, que a su vez fueron reemplazadas en gran parte por satélites de reconocimiento. Es evidente que muchos ovnis que datan de este período eran globos científicos, como lo son algunas veces desde entonces. Todavía se lanzan globos de gran altitud, incluyendo pla­taformas que llevan sensores de rayos cósmicos, telescopios ópti­cos e infrarrojos, receptores de radio que sondean la radiación cós­mica de fondo y otros instrumentos por encima de la mayor parte de la atmósfera de la Tierra.

En 1947 se armó un gran revuelo con uno o más platillos vo­lantes supuestamente accidentados cerca de Roswell, Nuevo México. Hay algunos informes iniciales y fotografías de periódicos del incidente que son totalmente coherentes con la idea de que eran los restos de un globo de gran altitud accidentado. Pero algunos resi­dentes de la región —especialmente décadas después— recuerdan materiales más extraños, jeroglíficos enigmáticos, amenazas del personal militar a los testigos si no callaban lo que sabían y la his­toria canónica de que se metió en un avión la maquinaria extraterrestre y partes del cuerpo y se envió al Comando de Material Aéreo de la base de las Fuerzas Aéreas de Wright-Patterson. Algunas de las historias del cuerpo extraterrestre recuperado, aunque no todas, están asociadas con este incidente.

Philip Klass, un escéptico que se ha dedicado a los ovnis desde hace mucho tiempo, ha revelado una carta posteriormente desclasificada de fecha de 27 de julio de 1948, un año después del «incidente» Roswell, del general de división C. B. Cabell, entonces director de Inteligencia de las Fuerzas Aéreas (y posteriormente, como oficial de la CIA, una figura central en la fracasada invasión de Cuba en bahía de los Cochinos). Cabell preguntaba a los que le habían informado qué podían ser los ovnis. Él no tenía ni idea. En una respuesta resumida de 11 de octubre de 1948, que incluía in­formación explícita en posesión del Comando de Material Aéreo, vemos que se dice al director de Inteligencia que tampoco nadie de las Fuerzas Aéreas tiene ninguna pista. Eso hace improbable que el año anterior hubieran llegado fragmentos de ovnis y sus ocupantes a Wright-Patterson.

La principal preocupación de las Fuerzas Aéreas era que los ovnis pudieran ser rusos. Ante el enigma de por qué los rusos pro­baban los platillos volantes sobre Estados Unidos, se propusieron cuatro respuestas: «1) Socavar la confianza de Estados Unidos en la bomba atómica como el arma más avanzada y decisiva en la guerra. 2) Realizar misiones de reconocimiento fotográfico. 3) Comprobar las defensas aéreas de Estados Unidos. 4) Realizar vuelos de familiarización [para bombarderos estratégicos] sobre el territorio de Estados Unidos.» Ahora sabemos que los ovnis no eran ni son rusos y, por mucho interés que tuvieran los soviéticos por los objetivos 1 a 4, no los perseguían con platillos volantes.

Gran parte de las pruebas relativas al «incidente» Roswell parecen apuntar al lanzamiento de un grupo de globos de gran alti­tud, quizá desde el campo aéreo de la Armada de Alamogordo o del campo de pruebas de White Sands, que se estrellaron cerca de Roswell; el personal militar recogió apresuradamente los restos dé instrumentos secretos, y en seguida aparecieron artículos en la prensa anunciando que era una nave espacial de otro planeta («La RAAF captura platillo volante en un rancho de la región de Roswell») y una serie de recuerdos que van fermentando a lo largo de los años y se avivan ante la oportunidad de un poco de fama y for­tuna. (En Roswell hay dos museos que son puntos importantes de la ruta turística.)

Un informe encargado en 1994 por el secretario de las Fuer­zas Aéreas y el Departamento de Defensa en respuesta a la insis­tencia de un congresista de Nuevo México identifica los residuos de Roswell como restos de un sistema de detección acústica de baja frecuencia que llevaban los globos, de largo alcance y altamente se­creto, llamado «Proyecto Mogul»: un intento de captar explosiones de armas nucleares soviéticas a altitudes de la tropopausa. Los in­vestigadores de las Fuerzas Aéreas, tras registrar meticulosamente los archivos secretos de 1947, no encontraron pruebas de un au­mento de tráfico de mensajes:

No constaban indicaciones ni avisos, observación de alertas, ni un mayor ritmo de actividad operativa que lógicamente se gene­raría si un aparato extraterrestre, con intenciones desconocidas, entrara en territorio de Estados Unidos... Los registros indican que no ocurrió nada de eso (o, si ocurrió, fue controlado por un sistema de seguridad tan eficiente y estricto que nadie, de Esta­dos Unidos ni de ninguna otra parte, ha podido repetir desde en­tonces. Si en aquella época hubiera habido un sistema así, también se habría usado para proteger nuestros secretos atómicos de los soviéticos, pero la historia ha demostrado claramente que no fue ése el caso).

Los objetivos de radar que llevaban los globos fueron fabricados en parte por compañías de juguetes de Nueva York, cuyo inventario de motivos decorativos parece propiciar que muchos años después se recuerden como jeroglíficos extraterrestres.

El apogeo de los ovnis corresponde a la época en que co­menzaba a cambiarse el principal vehículo de lanzamiento de armas nucleares de los aviones a los misiles. Un problema técnico impor­tante era la entrada en la atmósfera: hacer volver un morro (de co­hete) a través de la atmósfera de la Tierra sin que se queme en el proceso (como se destruyen los pequeños asteroides y cometas al pasar a través de las capas superiores de aire). Algunos materiales, geometrías de morro y ángulos de entrada son mejores que otros. La observación de las entradas (o los lanzamientos más espectaculares) podían revelar muy bien el progreso de Estados Unidos en esta tecnología estratégica vital o, peor, sus defectos de diseño; todo eso podría sugerir a un adversario qué medidas defensivas de­bía tomar. Como es comprensible, el tema se consideraba altamen­te delicado.

Es inevitable que hubiera casos en que se ordenara al perso­nal militar no hablar de lo que había visto, o que observaciones apa­rentemente inocuas fueran clasificadas repentinamente de máximo secreto con criterios limitados a la necesidad de conocimiento. Los oficiales de las Fuerzas Aéreas y los científicos civiles, al pensar en ello años después, podían concluir perfectamente que el gobierno había decidido encubrir los ovnis. Si se considera ovnis a los mo­rros de cohete, la acusación es justa.

Analicemos la argucia. En la confrontación estratégica entre Estados Unidos y la Unión Soviética, la adecuación de las defensas aéreas era un tema vital. Era el punto 3 de la lista del general Cabell. Si se podía encontrar una debilidad, podría ser la clave de la «vic­toria» en una guerra nuclear incondicional. La única manera segura de probar las defensas de un adversario es hacer volar un avión por encima de sus fronteras y ver cuánto tiempo tarda en constatarlo. Estados Unidos lo hacía de manera rutinaria para probar las defen­sas aéreas soviéticas.

En la década de los años cincuenta y sesenta. Estados Unidos tenía sofisticados sistemas de defensa de radar que cubrían las cos­tas del este y del oeste, y especialmente sus accesos del norte (por los que seguramente llegaría un ataque de bombarderos o misiles soviéticos). Pero había una parte más vulnerable: no había ningún sistema de aviso eficaz para detectar el acceso desde el sur, mucho más complicado geográficamente. Esta información, desde luego, es vital para un adversario potencial. Sugiere inmediatamente una argucia: digamos que uno o más de los aviones de alto rendimiento del adversario salen del Caribe, por ejemplo, hacia el espacio aéreo de Estados Unidos y penetran por el río Mississippi unos cientos de kilómetros hasta que los capta un radar de la defensa aérea. Enton­ces, los intrusos salen inmediatamente de allí. (O, como experi­mento de control, se comisiona una unidad de aviones de alto ren­dimiento y se envía en salidas no anunciadas para determinar la porosidad de las defensas aéreas americanas.) En este caso, puede haber avistamientos de observadores militares y civiles y gran número de testimonios independientes. Lo que se relata no correspon­de a ninguna aeronave conocida. Las autoridades de las Fuerzas Aéreas y de aviación civil declaran sinceramente que ninguno de sus aviones era responsable. Aunque hayan estado pidiendo al Con­greso que financiara un sistema de alarma eficaz en el sur, es im­probable que las Fuerzas Aéreas admitan que no han captado la lle­gada de aviones soviéticos o cubanos hasta que estaban en Nueva Orleans, menos todavía en Memphis.

También aquí tenemos todas las razones para creer que se debió de ordenar a un equipo investigador técnico de alto nivel, a los observadores de las Fuerzas Aéreas y a los civiles que mantu­vieran la boca cerrada, y que se diera no sólo la apariencia sino la realidad de la supresión de datos. Tampoco aquí esta conspiración de silencio tiene por qué tener nada que ver con naves aeroespaciales de extraterrestres. Décadas más tarde, todavía hay razones burocrá­ticas para que el Departamento de Defensa siga guardando silencio sobre aquellos problemas. Hay un conflicto potencial de intereses entre las preocupaciones localistas del Departamento de Defensa y la solución del enigma de los ovnis.

Además, algo que preocupaba entonces tanto a la Agencia Central de Inteligencia (CIA) como a las Fuerzas Aéreas era que los ovnis fueran un medio de obstruir los canales de comunicación en una crisis nacional y confundir las observaciones visuales y de ra­dar de aeronaves del enemigo: un problema de señal/ruido que es en cierto modo lo que busca la argucia.

En vista de todo esto, estoy perfectamente dispuesto a creer que al menos algunos informes y análisis de ovnis, y quizá volumi­nosos archivos, se han hecho inaccesibles al público que paga los impuestos. La guerra fría ha terminado, la tecnología de misil y de globo ha quedado prácticamente obsoleta o está al alcance de todos, y los que podrían sentirse turbados ya no están en el servicio activo. Lo peor, desde el punto de vista militar, es que sería reconocer de nuevo que se confundió o mintió al público americano en interés de la seguridad nacional. Ya es hora de que los archivos dejen de ser reservados y se pongan a disposición general.

Otra intersección instructiva del temperamento de conspi­ración y la cultura de secreto afecta a la Agencia Nacional de Segu­ridad (ANS). Esta organización controla el teléfono, radio y otras comunicaciones tanto de amigos como adversarios de Estados Uni­dos. Subrepticiamente, lee todo el correo del mundo. El tráfico que intercepta diariamente es considerable. En épocas de tensión, gran número del personal de la ANS con conocimiento de los idiomas más importantes se pone los auriculares para escuchar en directo desde las órdenes cifradas del Estado Mayor de la nación objetivo hasta conversaciones íntimas. Para otro tipo de material, los orde­nadores destacan palabras clave que reclaman atención humana a mensajes específicos o conversaciones importantes. Se almacena todo, de modo que sea posible volver a revisar las cintas magnéti­cas: rastrear la primera aparición de una palabra código, por ejem­plo, o exigir responsabilidad en una crisis. Algunas intercepciones se hacen desde puestos de escucha en países cercanos (Turquía para Rusia, India para China), desde aviones y barcos que patrullan por la zona, o desde satélites de observación en la órbita de la Tierra. Hay un baile continuo de medidas y contramedidas entre la ANS y los servicios de seguridad de otras naciones que, como es compren­sible, no desean ser escuchadas.

Ahora añadamos a esta mezcla, ya dura de por sí, la Ley de Libertad de Información (LLI). Se formula una demanda a la ANS de toda la información que tenga disponible sobre los ovnis. La ley le exige una respuesta, aunque desde luego sin revelar «métodos y fuentes». La ANS también tiene la obligación seria de no alertar de sus actividades a otras naciones, amigas o enemigas, de un modo inoportuno y molesto políticamente. Así, un informe más o menos típico de los que entrega la ANS en respuesta a una demanda de la LLI tiene tachado un tercio de la página, un fragmento de una línea que dice «informó de un ovni a baja altitud», seguido de dos ter­cios de página tachados. La ANS sostiene que comunicar el resto de la página comprometería potencialmente las fuentes y métodos, o al menos alertaría a la nación en cuestión de lo libremente que se intercepta su tráfico de radio de aviación. (Si la ANS comunicara transmisiones circundantes, aparentemente inocuas del avión a la torre, sería posible que la nación en cuestión constatara que se es­cuchan sus diálogos de control de tráfico aéreo militar y pasaran a modos de comunicación —saltos de frecuencia, por ejemplo— que dificultarían las intercepciones de la ANS.) Pero es comprensible que los que sustentan la teoría de la conspiración de los ovnis, al recibir en respuesta a sus demandas de la LLI docenas de páginas de material con casi todo tachado, deduzcan que la ANS posee am­plia información sobre los ovnis y que participa en una conspira­ción de silencio.

Hablando extraoficialmente con oficiales de la ANS me con­taron la siguiente historia: los informes más típicos son de aviones militares o civiles que comunican por radio que ven un ovni, lo que quiere decir que ven un objeto no identificado en el espacio aéreo circundante. Puede ser incluso un avión estadounidense en misión de reconocimiento o en misiones de distracción. En la mayoría de los casos es algo mucho más ordinario, y la aclaración también se comunica en posteriores informes de la ANS.

Puede usarse una lógica similar para hacer que la ANS pa­rezca parte de cualquier conspiración. Por ejemplo, según dicen, se le pidió una respuesta a una demanda de la LLI sobre lo que supie­ra del cantante Elvis Presley. (Se habían comunicado apariciones del señor Presley con resultado de curaciones milagrosas.) Bien, la ANS sabía varias cosas. Por ejemplo, que un informe sobre los re­cursos económicos de cierta nación comunicaba cuántas cintas y discos compactos se habían vendido allí. Esta información también aparecía en un par de líneas rodeadas de un vasto océano de oscuri­dad censurada. ¿Estaba implicada la ANS en un encubrimiento de Elvis Presley? Aunque desde luego no he investigado personal­mente el trabajo de la ANS relacionado con los ovnis, esta historia me parece verosímil.

Si estamos convencidos de que el gobierno nos oculta visitas de extraterrestres, deberíamos enfrentarnos a la cultura de secreto de las fuerzas militares y de inteligencia. Como mínimo podemos presionar para que la información relevante de hace décadas —de las que es un buen ejemplo el informe de las Fuerzas Aéreas sobre el «Incidente Roswell» de julio de 1994— deje de ser reservada.

Puede captarse el estilo paranoico de muchos ufólogos, además de la ingenuidad de la cultura de secreto, en el libro de un anti­guo reportero del New York Times, Howard Blum (Out There', Si­món and Schuster, 1990):

Por mucha inventiva que pusiera en el intento, siempre acababa chocando repentinamente con puntos muertos. Toda la historia se perdía siempre, deliberadamente, según acabé creyen­do, un poco más allá de mi alcance.

¿Por qué?

Era la gran pregunta, práctica, imposible que se balan­ceaba ominosamente en la alta cima de mis sospechas crecientes. ¿Por qué todos aquellos portavoces e instituciones se aplicaban con tal connivencia a obstaculizar y obstruir mis esfuerzos? ¿Por qué había historias que un día eran ciertas y al siguiente falsas? ¿Por qué todo aquel afán de secreto tenso e inquebrantable? ¿Por qué los agentes de la inteligencia militar extendían la desinfor­mación y hacían volver locos a los que creían en ovnis? ¿Qué ha­bía encontrado allí el gobierno? ¿Qué intentaba ocultar?

Desde luego hay resistencia. Hay información legítimamen­te reservada; como con las armas militares, a veces realmente el se­creto es de interés nacional. Además, las comunidades militar, po­lítica y de inteligencia tienden a valorar el secreto por sí mismo. Es una manera de silenciar a los críticos y eludir acusaciones de in­competencia o algo peor. Genera una élite, un grupo de hermanos a los que se puede conceder de manera fiable la confianza nacional, a diferencia de la gran masa de ciudadanos en representación de los cuales presumiblemente se hace secreta la información. El secreto, con pocas excepciones, es profundamente incompatible con la democracia y la ciencia.

Una de las intersecciones más estimulantes que se han co­mentado entre los ovnis y el secreto son los llamados documentos MJ-12. A finales de 1984, según cuenta la historia, apareció un so­bre que contenía un rollo de película expuesta pero no revelada en el buzón de un productor de cine, Jaime Shandera, interesado en los ovnis y el encubrimiento del gobierno (no deja de ser curioso que ocurriera justo cuando salía para ir a comer con el autor de un libro sobre los supuestos acontecimientos de Roswell, Nuevo México). Cuando revelaron la película, «resultó ser» página tras página de una orden ejecutiva altamente reservada, «sólo para lectura», con fecha de 24 de septiembre de 1947, en la que el presidente Harry S. Truman aparentemente nombraba un comité de doce científicos y oficiales del gobierno para examinar una serie de platillos volantes accidentados y pequeños cuerpos de extraterrestres. La formación del comité MJ-12 es destacable, porque en él constan exactamente los nombres de los miembros militares, de inteligencia, de ciencia e ingeniería que habrían sido convocados a investigar estos acciden­tes si hubieran ocurrido. En los documentos MJ-12 hay sugestivas referencias a apéndices sobre la naturaleza de los extraterrestres, la tecnología de sus naves y cosas así, pero no se incluyen en la mis­teriosa película.

Las Fuerzas Aéreas dicen que el documento es falso. El ex­perto en ovnis Philip J. Klass y otros encuentran inconsistencias le­xicográficas y tipográficas que sugieren que todo es un engaño. Los que compran obras de arte se preocupan por la procedencia de sus cuadros, es decir, quién fue el último propietario y quién el anterior, y así hasta el artista original. Si faltan eslabones en la cadena —si sólo se puede seguir el rastro de un cuadro de trescientos años de antigüedad durante sesenta y después no tenemos ni idea de en qué casa o museo estaba expuesto— surgen señales de aviso de falsificación. Como el beneficio para los falsificadores de arte es muy alto, los coleccionistas deben ser especialmente cautos. El punto más vulnerable y sospechoso de los documentos MJ-12 radica pre­cisamente en esta cuestión de procedencia: una prueba dejada mila­grosamente en el umbral, como salida de una historia de cuento de hadas, quizá «El zapatero y los duendes».

Hay muchos casos similares en la historia humana: súbita­mente aparece un documento de procedencia dudosa con informa­ción de gran importancia que sostiene con contundencia la argu­mentación de los que han hecho el descubrimiento. Después de una cuidadosa, y en algunos casos valiente, investigación se demuestra que el documento es falso. No cuesta nada entender la motivación de los embaucadores. Un ejemplo más o menos típico es el libro del Deuteronomio: lo descubrió el rey Josías en el Templo de Jerusalén y, milagrosamente, en medio de una importante lucha de reforma, encontró en él la confirmación de todos sus puntos de vista.

Otro caso es lo que se llama la Donación de Constantino. Constantino el Grande fue el emperador que hizo del cristianismo la religión oficial del Imperio romano. El nombre de Constantinopla (hoy Estambul), ciudad capital durante miles de años del Impe­rio romano oriental, viene de él. Murió en el año 337. En el siglo IX empezaron a aparecer referencias a la Donación de Constantino en los escritos cristianos; en ella, Constantino lega a su contemporá­neo el papa Silvestre I todo el Imperio romano occidental, incluida Roma. Este pequeño presente, según contaba la historia, se debía a la gratitud de Constantino, que se curó de la lepra gracias a Silves­tre. En el siglo XI, los papas se referían con regularidad a la Dona­ción de Constantino para justificar sus pretensiones de ser gober­nantes no sólo eclesiásticos sino también seculares de la Italia central. A lo largo de la Edad Media, la Donación se consideró genuina tanto por parte de los que apoyaban las pretensiones tempo­rales de la Iglesia como de los que se oponían.

Lorenzo de Valla era un polígrafo del Renacimiento italiano. Un hombre controvertido, brusco, crítico, arrogante y pedante, que fue atacado por sus contemporáneos por sacrilegio, impudicia, te­meridad y presunción... entre otras imperfecciones. Tras concluir que, por razones gramaticales, el credo de los apóstoles no podía haber sido escrito realmente por los doce apóstoles, la Inquisición le declaró hereje y sólo la intervención de su mecenas, Alfonso, rey de Nápoles, impidió que fuera inmolado. Inasequible al desaliento, en 1440 publicó un tratado demostrando que la Donación de Cons­tantino era una burda falsificación. El lenguaje del documento equi­valía al latín cortesano del siglo IV como el cockney de hoy al inglés normativo. Gracias a Lorenzo de Valla, la Iglesia católica romana ya no reclama el derecho a gobernar las naciones de Europa por la Donación de Constantino. Se cree en general que esta obra, cuya procedencia tiene un vacío de cinco siglos, fue falsificada por un clérigo adscrito a la curia de la Iglesia en la época de Carlomagno, cuando el papado (y especialmente el papa Adriano I) defendía la unificación de la Iglesia y el Estado.

Asumiendo que ambos documentos pertenecen a la misma ca­tegoría, los MJ-12 son un engaño más inteligente que la Donación de Constantino. Pero tienen mucho en común en el aspecto de la proce­dencia, el interés concedido y las inconsistencias lexicográficas.

La idea de un encubrimiento para mantener oculto el cono­cimiento de vida extraterrestre o de las abducciones durante cua­renta y cinco años, sabiéndolo cientos, si no miles de empleados del gobierno, es notable. Es cierto que los gobiernos guardan se­cretos rutinariamente, incluso secretos de un interés general sus­tancial. Pero el objetivo ostensible de tanto secreto es proteger al país y sus ciudadanos. Sin embargo, en este caso es diferente. La supuesta conspiración de los que controlan la seguridad es impe­dir que los ciudadanos sepan que hay un ataque extraterrestre con­tinuo sobre la especie humana. Si fuera verdad que los extraterrestres abducen a millones de personas, sería mucho más que un asunto de seguridad nacional. Tendría un impacto en la seguridad de todos los seres humanos de la Tierra. Con todo eso en juego, ¿es verosímil que ninguna persona con un conocimiento real y pruebas, en casi doscientas naciones, se decida a tocar las campa­nas y hablar para ponerse del lado de los humanos y no de los extraterrestres?

Desde el final de la guerra fría, la NASA ha tenido que dedi­car grandes esfuerzos a la búsqueda de misiones que justificaran su existencia: particularmente, una buena razón para enviar humanos al espacio. Si la Tierra fuera visitada diariamente por extraterrestres hostiles, ¿no se aferraría la NASA a esta oportunidad para aumen­tar su financiación? Y si hubiera una invasión de extraterrestres en curso, ¿por qué las Fuerzas Aéreas, dirigidas tradicionalmente por pilotos, iban a abandonar los vuelos espaciales tripulados para lan­zar todas sus cápsulas en cohetes sin tripulación?

Consideremos la antigua Organización de Iniciativa de De­fensa Estratégica, responsable de la «guerra de las galaxias». Aho­ra pasa un mal momento, especialmente en su objetivo de estable­cer defensas en el espacio. Se han degradado su nombre y sus perspectivas. Actualmente es la Organización de Defensa contra Misiles Balísticos. Ya ni siquiera informa directamente al Ministe­rio de Defensa. La incapacidad de esta tecnología de proteger a Es­tados Unidos contra un ataque masivo mediante misiles con armas nucleares es manifiesta. Pero, si nos enfrentáramos a una invasión extraterrestre, ¿no intentaríamos al menos desplegar defensas en el espacio?

El Departamento de Defensa, como los ministerios similares de todas las naciones, prosperan con enemigos, reales o imagina­rios. No tiene ningún sentido pensar que la existencia de un adver­sario como éste sea ocultada por la organización que más se bene­ficiaría de su presencia. La posición general posterior a la guerra fría de los programas espaciales militar y civil de Estados Unidos (y otras naciones) hablan poderosamente contra la idea de que haya extraterrestres entre nosotros... a no ser, desde luego, que también se oculte la noticia a los que planifican la defensa nacional.
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Igual que hay quien acepta a pies juntillas cualquier informe sobre ovnis, los hay que descartan la idea de visitas extraterrestres de entrada y con gran pasión. Dicen que es innecesario examinar las pruebas y «acientífico» considerar siquiera el tema. En una ocasión colaboré en la organización de un debate público en la reunión anual de la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia en­tre científicos partidarios y oponentes de la propuesta de que algunos ovnis eran naves espaciales; después de ello, un distinguido físico, cuya opinión en muchos otros asuntos yo respetaba, me amenazó con denunciarme al vicepresidente de Estados Unidos si insistía en tal locura. (Con todo, el debate se mantuvo y se publicó, los temas quedaron un poco más aclarados y no recibí noticias de Spiro T. Agnew.)

Un estudio de 1969 de la Academia Nacional de Ciencias, aunque reconociendo que había informes «no fácilmente explica­bles», concluía que

«la explicación menos probable de los ovnis es la hipótesis de visitas de seres extraterrestres inteligentes». Pense­mos en cuántas «explicaciones» distintas puede haber: viajeros del tiempo, demonios de la tierra de las brujas; turistas de otra dimen­sión —como el señor Mxyztpik (¿o era Mxyzptik?, siempre lo olvi­do) de la tierra de Zrfff en la Quinta Dimensión en los antiguos cómics de Superman—; las almas de los muertos, o un fenómeno «no cartesiano» que no obedece a las normas de la ciencia o ni siquiera de la lógica. En realidad, cada una de esas «explicaciones» se ha propuesto con seriedad. Decir «menos probable» no es poco. Este exceso retórico es una muestra de lo desagradable que ha llegado a ser el tema en general para muchos científicos.

Es significativo que un asunto del que en realidad sabemos tan poco provoque tantas emociones. Especialmente es así en el fre­nesí de denuncias de abducciones por extraterrestres más reciente. Al fin y al cabo, de ser ciertas, ambas hipótesis —la invasión de ma­nipuladores sexuales extraterrestres o una epidemia de alucinacio­nes— nos enseñan algo que deberíamos saber. Quizá la razón de que las reacciones sean tan fuertes es que las dos alternativas tienen implicaciones desagradables.

Aurora

El número de informes y su consistencia

sugieren que la base de estas observaciones puede ser distinta

de las drogas alucinógenas.

Aeronave misteriosa, informe,

Federación de Científicos Americanos,

20 de agosto de 1992

La Aurora es una aeronave de gran altitud, extremada­mente secreta, sucesora del U-2 y el SR-71 Blackbird. Puede ser que exista o que no exista. En 1993, los informes de observado­res cerca de la base Edwards de las Fuerzas Aéreas de Califor­nia y en Groom Lake, Nevada, y especialmente en una región de Groom Lake llamada Área 51 donde se prueban las aeronaves experimentales del Departamento de Defensa, parecían en gene­ral coherentes unos con otros. Se recogieron informes de confir­mación de todo el mundo. A diferencia de sus predecesoras, se dice que la aeronave es hipersónica, que viaja a una velocidad mayor, quizá de seis a ocho veces, que el sonido. Deja una ex­traña estela descrita como «donuts en una cuerda». Quizá tam­bién sea un medio de poner en órbita pequeños satélites secre­tos, desarrollados, se especula, después de que el desastre del Challenger indicara la poca fiabilidad del transbordador para cargas explosivas de defensa. Pero la CIA «jura categóricamen­te que no existe este programa», dice el senador y antiguo astro­nauta John Glenn. El principal diseñador de algunas de las aero­naves más secretas de Estados Unidos dice lo mismo. Un secretario de las Fuerzas Aéreas ha negado con vehemencia la existencia de un avión así, o de un programa para construirlo, en las Fuerzas Aéreas o en ninguna otra parte. ¿Ha mentido? «He­mos analizado todas esas visiones, como hemos hecho con los informes de ovnis», dice un portavoz de las Fuerzas Aéreas, en palabras quizá cuidadosamente elegidas, «y no podemos dar una explicación». Mientras tanto, en abril de 1995, las Fuerzas Aéreas se hicieron con cuatro mil acres más cerca del Área 51. La zona a la que se niega el acceso público va creciendo.

Consideremos pues las dos posibilidades: que la Aurora exista y que no exista. Si existe, es asombroso que se haya in­tentado encubrir oficialmente su existencia, que el secreto pue­da ser tan efectivo y que el avión pueda ser probado o repostar en todo el mundo sin que se publique una sola fotografía o al­guna prueba fehaciente. Por otro lado, si la Aurora no existe, es asombroso que se haya propagado un mito de manera tan vigo­rosa y haya llegado tan lejos. ¿Por qué las insistentes negativas oficiales han tenido tan poco peso? ¿La mera existencia de una designación —la Aurora en este caso— puede servir para poner una etiqueta común a una serie de fenómenos diversos? En cual­quier caso, la Aurora parece ser pertinente para los ovnis.
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