La ciencia como una luz en la oscuridad




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CAPITULO 6

ALUCINACIONES

Como tiemblan los niños y lo temen

todo en la ciega oscuridad,

así nosotros en la luz tememos

a veces lo que no es más temible,

que lo que los niños en la oscutidad

contemplan con terror...

lucrecio,

De la naturaleza de las cosas

(60 a. J.C. aprox.)

Los anunciantes tienen que conocer a su público. Se trata de un simple asunto de supervivencia del producto y la empresa. Por tanto, si examinamos los anuncios que se publican en revistas dedi­cadas a ovnis, podemos saber la visión que tiene la empresa comer­cial y libre de Norteamérica del entusiasmo por los ovnis. A conti­nuación, una lista de titulares de anuncio (francamente típicos) de un ejemplar de UFO Universe:

• Un científico investigador descubre un secreto de dos mil años de antigüedad para obtener riqueza, poder y amor romántico.

• ¡Reservado! Más que top-secret. Por fin, un oficial militar retirado revela la conspiración gubernamental más sensacional de nues­tra época.

• ¿Cuál es tu «misión especial» en la Tierra? ¡Ha empezado el des­pertar cósmico de los pocos trabajadores, paseantes y representan­tes natos de las estrellas!

• Llega lo que esperabas hace tiempo: veinticuatro magníficos se­llos de los espíritus ovnis que te ofrecerán una mejora de vida in­creíble:

• Yo tengo chica. ¿Y tú? ¡No te lo pierdas! ¡Consigue chicas ya!

• Suscríbase hoy mismo a la revista más asombrosa del universo.

• ¡Deje que entre en su vida la buena suerte, el amor y el dinero mi­lagrosos! ¡Esos poderes han funcionado durante siglos! ¡Pueden funcionar para usted!

• Avance sorprendente en la investigación psíquica. ¡Bastan cinco minutos para demostrar que los poderes mágicos psíquicos funcio­nan realmente!

• ¿Se atreve a ser afortunado, amado y rico? ¡Le garantizamos que la buena suerte se cruzará en su camino! Consiga todo lo que quie­ra con los talismanes más poderosos del mundo.

• Hombres de negro: ¿agentes del gobierno o extraterrestres?

• Aumente el poder de piedras preciosas, hechizos, sellos y símbo­los. Mejore la eficacia de todo lo que hace. Aumente su poder y ca­pacidad mental con el magnificador de poder mental.

• El famoso imán del dinero: ¿le gustaría tener más?

• Testamento de Lael, Escrituras Sagradas de una civilización per­dida.

• Un nuevo libro del «Comandante X» desde la luz interior: identi­ficados los controladores, los gobernantes ocultos de la Tierra. ¡So­mos propiedad de una inteligencia extraterrestre!

¿Cuál es el hilo común que une todos esos anuncios? No son los ovnis. Seguramente es la expectativa de una credulidad ilimitada de la audiencia. Por eso aparecen en revistas de ovnis: en general, el simple hecho de comprar una revista de ese tipo define al lector. Sin duda, hay compradores moderadamente escépticos y totalmente ra­cionales de revistas así que se ven seducidos por las expectativas de anunciantes y editores. Pero, si aciertan con el grueso de sus lecto­res, ¿qué podría significar eso para el modelo de la abducción por extraterrestres?

De vez en cuando recibo una carta de alguien que está en «contacto» con los extraterrestres. Me invitan a «preguntarles algo». Y así, a lo largo de los años, he confeccionado una pequeña lista de preguntas. Los extraterrestres son seres muy avanzados, re­cordemos. Así pues, pido cosas como: «Le ruego que me propor­cione una pequeña prueba del último teorema de Fermat.» O de la conjetura Goldbach. Y luego tengo que explicarles qué es, porque no creo que los extraterrestres le llamen último teorema de Fermat. Así pues, escribo la simple ecuación con los exponentes. Nunca consigo una respuesta. Por otro lado, si pregunto algo así como: «¿debemos ser buenos?», casi siempre consigo respuesta. A estos extraterrestres les encanta contestar cualquier pregunta vaga, sobre todo si entraña juicios morales. Pero, en cosas específicas don­de cabe la posibilidad de descubrir si realmente saben algo más que la mayoría de los humanos, la respuesta es el silencio.11 Quizá pueda deducirse algo de esta diferente capacidad de responder preguntas.

En los viejos tiempos anteriores a la abducción por extraterrestres, a las personas que subían a bordo de un ovni, según informaban ellas mismas, les ofrecían lecturas edificantes sobre los pe­ligros de la guerra nuclear. Ahora que ya estamos instruidos, los extraterrestres parecen concentrados en la degradación del medio ambiente y el sida. ¿Cómo es, me pregunto, que los ocupantes de los ovnis están tan sujetos a las preocupaciones o urgencias de este planeta? ¿Por qué ni siquiera una advertencia ocasional sobre los CFC y la reducción del ozono en la década de los cincuenta, o so­bre el virus del VIH en la de los setenta, cuando realmente hubiera podido ser útil? ¿Por qué no alertarnos de una amenaza a la salud pública o el medio ambiente que aún no hayamos imaginado? ¿Pue­de ser que los extraterrestres sepan sólo lo que saben los que infor­man de su presencia? Y si uno de los objetivos principales de las vi­sitas de extraterrestres es advertirnos de los peligros globales, ¿por qué decirlo sólo a algunas personas cuyos relatos son sospechosos en todo caso? ¿Por qué no ocupar las cadenas de televisión durante una noche, o aparecer con vividos audiovisuales admonitorios ante el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas? Sin duda, no se­ría tan difícil para seres que vuelan a través de años luz.
---ooo---
El primer «contactado» por los ovnis que tuvo éxito comer­cial fue George Adamski. Tenía un pequeño restaurante en la falda del monte Palomar de California y montó un pequeño telescopio en el patio trasero. En la cima de la montaña se encontraba el mayor te­lescopio de la Tierra; el reflector de doscientas pulgadas de la Insti­tución Carnegie de Washington y del Instituto de Tecnología de California. Adamski se adjudicó el título de profesor Adamski del Observatorio de monte Palomar. Publicó un libro —que causó sen­sación, lo recuerdo— en el que describía que en el desierto cercano había encontrado a unos extraterrestres bien parecidos con largos cabellos rubios y, si no me falla la memoria, con túnicas blancas, que le advirtieron de los peligros de una guerra nuclear. Hablaban desde el planeta Venus (cuyos 900° Farenheit de temperatura de su­perficie se alzan ahora como barrera a la credibilidad de Adamski). En persona era francamente convincente. El oficial de las Fuerzas Aéreas nombrado responsable de las investigaciones sobre los ovnis de la época describió a Adamski con estas palabras:

Al escuchar su historia cara a cara, tenías una necesidad inme­diata de creerle. Quizá fuera su aspecto. Llevaba un mono gasta­do pero limpio. Tenía el pelo ligeramente gris y los ojos más sin­ceros que he visto en mi vida.

La estrella de Adamski se fue apagando con los años, pero publi­có algún libro más por su cuenta y durante mucho tiempo fue una gran atracción en las convenciones de «creyentes» en platillos vo­lantes.

La primera historia de abducción por extraterrestres del gé­nero moderno fue la de Betty y Barney Hill, una pareja de New Hampshire: trabajadora social ella y empleado de Correos él. Un día de 1961 atravesaban a altas horas de la noche las White Mountains cuando a Betty le pareció ver un ovni brillante, inicialmente como una estrella, que parecía seguirlos. Ante el temor de Barney de ser víctimas de un ataque, abandonaron la carretera principal y se metieron por estrechos caminos de montaña, llegando a casa dos horas más tarde de lo previsto. El experimento incitó a Betty a leer un libro que describía a los ovnis como naves espaciales de otros mundos; sus ocupantes eran hombres pequeños que a veces abducían a humanos.

Poco después experimentó repetidas veces una pesadilla ate­rradora en la que ella y Barney eran abducidos y llevados a bordo de un ovni. Barney escuchó cómo describía el sueño a unos amigos, compañeros de trabajo e investigadores voluntarios de ovnis. (Es curioso que Betty no comentara el tema directamente con su esposo.) Algo así como una semana después de la experiencia, describieron el ovni como una «torta» con figuras uniformadas que se veían a través de las ventanillas transparentes del aparato.

Varios años después, el psiquiatra de Barney le envió a un hipnoterapeuta de Bostón, Benjamín Simón, doctor en medicina. Betty le acompañó para ser hipnotizada también. Bajo hipnosis, ambos describieron por separado los detalles de lo que había ocu­rrido durante las dos horas «perdidas»: vieron aterrizar el ovni en la carretera y, parcialmente inmovilizados, los llevaron al interior del aparato... donde unas criaturas pequeñas, grises, humanoides de na­riz larga (un detalle discordante con el paradigma del momento) los sometieron a exámenes médicos no convencionales, incluyendo la introducción de una aguja en el ombligo de ella (antes de que se hu­biera inventado la amniocentesis en la Tierra). Ahora hay quien cree que sacaron óvulos de los ovarios de Betty y esperma de Barney, aunque eso no forma parte de la historia original.12 El capitán enseñó a Betty un mapa del espacio interestelar con las rutas de la nave marcadas.

Martín S. Kottmeyer ha demostrado que muchos de los mo­tivos del relato de los Hill pueden encontrarse en una película de 1953, Invasores de Marte. Y la historia de Barney sobre el aspecto de los extraterrestres, especialmente sus enormes ojos, surgió en una sesión de hipnosis sólo doce días después de la emisión de un episodio de la serie de televisión The Outer Limits en la que salía un extraterrestre así.

El caso Hill fue ampliamente comentado. En 1975 se hizo una película de televisión que introdujo la idea de que hay abducto­res extraterrestres bajitos y grises entre nosotros en la psique de mi­llones de personas. Pero hasta los pocos científicos de la época que creían que algunos ovnis podían ser realmente naves espaciales ex­traterrestres se mostraron cautelosos. El supuesto encuentro brilla­ba por su ausencia en la sugerente lista de casos de ovnis recopilada por James E. McDonaId, un físico meteorólogo de la Universidad de Arizona. En general, los científicos que han estudiado los ovnis en serio han tendido a mantener los relatos de abducción por extraterrestres a distancia... mientras que los que aceptan a pies juntillas las abducciones ven pocas razones para analizar simples luces en el cielo.

El punto de vista de McDonaId sobre los ovnis no se basaba, según él, en pruebas irrefutables, sino que era una conclusión como último recurso: todas las explicaciones alternativas le parecían aún menos creíbles. A mediados de la década de los setenta organicé una presentación por parte de McDonaId de sus mejores casos en una reunión privada con importantes físicos y astrónomos que nun­ca habían apostado por el tema de los ovnis. No sólo no consiguió convencerlos de que recibíamos la visita de extraterrestres; ni si­quiera consiguió provocar su interés. Y era un grupo con una capa­cidad de asombro muy alta. Era simplemente que donde McDonaId veía extraterrestres, ellos encontraban explicaciones mucho más prosaicas.

Me agradó tener la oportunidad de pasar unas horas con el señor y la señora Hill y con el doctor Simón. La seriedad y sinceri­dad de Betty y Barney eran indudables, como su temor de conver­tirse en figuras públicas en unas circunstancias tan extrañas y difí­ciles. Con el permiso de los Hill, Simón me permitió escuchar (y, a petición mía, a McDonaId conmigo) algunas de las cintas de sus se­siones bajo hipnosis. Lo que más me impresionó, sin comparación, fue el terror absoluto de la voz de Barney cuando describía —«re­vivía» sería una palabra más adecuada— el encuentro.

Simón, aunque prominente defensor de las virtudes de la hipnosis en la guerra y en la paz, no había caído en el frenesí públi­co por los ovnis. Compartía generosamente los derechos de autor del exitoso libro de John Fuller, El viaje interrumpido, sobre la ex­periencia de los Hill. Si Simón hubiera declarado la autenticidad de su relato, las ventas del libro se podían haber disparado y él habría aumentado considerablemente sus ganancias. También rechazó al instante la idea de que mentían o, como sugirió otro psiquiatra, que se trataba de una folie á deux: una ilusión compartida en la que, ge­neralmente, el miembro recesivo sigue el delirio del dominante. ¿Qué queda entonces? Los Hill, dijo el psicoterapeuta, habían ex­perimentado una especie de «sueño». Juntos.
----ooo---
Es perfectamente posible que haya más de una fuente de re­latos de abducción por extraterrestres, igual que las hay para obser­vaciones de ovnis. Consideremos algunas posibilidades.

En 1894 se publicó en Londres El Censo Internacional de Alucinaciones en vigilia. Desde entonces hasta ahora, en repetidas encuestas se ha mostrado que del diez al veinticinco por ciento de las personas normales han experimentado al menos una vez en su vida una alucinación vívida: normalmente, oír una voz o ver una forma inexistente. En casos más raros, perciben un aroma que los persigue, oyen una música o tienen una revelación que les llega in­dependiente de los sentidos. En algunos casos se convierten en acontecimientos que transforman a la persona o en profundas experiencias religiosas. Las alucinaciones podrían ser una puertecita ol­vidada en el muro que llevaría a una comprensión científica de lo sagrado.

Probablemente, desde que murieron, he oído una docena de veces la voz de mi madre o mi padre, en tono de conversación, di­ciendo mi nombre. Desde luego, cuando vivían me llamaban a me­nudo: para hacer una tarea, para recordarme una responsabilidad, ir a cenar, entablar una conversación, hablar sobre un acontecimiento del día. Los echo tanto en falta que no me parece nada extraño que mi cerebro capte un recuerdo lúcido de sus voces.

Este tipo de alucinaciones pueden afectar a personas perfec­tamente normales en circunstancias perfectamente ordinarias. Tam­bién pueden provocarse: por una hoguera en el campo por la noche, por estrés emocional, durante ataques de epilepsia, migrañas o fie­bres altas, ayunos prolongados o insomnio13 o privación sensorial (por ejemplo, en confinamiento solitario), o mediante alucinógenos como LSD, psilocibina, mescalina o hachís. (El delírium trémens, el temible «DT» inducido por el alcohol, es una manifestación co­nocida de un síndrome de abstinencia del alcoholismo.) También hay moléculas, como las fenotiazidas (tioridazina, por ejemplo), que hacen desaparecer las alucinaciones. Es muy probable que el cuerpo humano normal genere sustancias —incluyendo quizá las pequeñas proteínas del cerebro de tipo morfina como las endorfinas— que causan alucinaciones, y otras que las eliminan. Explora­dores tan famosos (y poco histéricos) como el almirante Richard Byrd, el capitán Joshua Slocum y sir Ernest Shackieton experimen­taron vividas alucinaciones cuando se vieron sometidos a un aislamiento y soledad poco habituales.

Cualesquiera que sean sus antecedentes neurológicos y mo­leculares, las alucinaciones producen una sensación real. En muchas culturas se buscan y se consideran una señal de ilustración es­piritual. Entre los nativos americanos de las praderas del Oeste, por ejemplo, o en muchas culturas indígenas de Siberia, la naturaleza de la alucinación que experimentaba un hombre joven después de una «búsqueda de visión» con éxito presagiaba su futuro; se discu­tía su significado con gran seriedad entre los ancianos y chamanes de la tribu. Hay ejemplos incontables en las religiones del mundo de patriarcas, profetas y salvadores que se retiran al desierto o la montaña y, con la ayuda del hambre y la privación sensorial, en­cuentran dioses o demonios. Las experiencias religiosas de induc­ción psicodélica eran la marca de la cultura juvenil occidental de la década de los sesenta. La experiencia, como quiera que haya apare­cido, se describe a menudo respetuosamente con palabras como «trascendental», «sobrenatural», «sagrada» y «santa».

Las alucinaciones son comunes. Tenerlas no significa estar loco. La literatura antropológica está repleta de etnopsiquiatría de la alucinación, sueños REM y trances de posesión que tienen muchos elementos comunes transculturalmente y a través de los tiempos. Las alucinaciones se suelen interpretar como posesión de espíritus buenos o malos. El antropólogo de Yale Weston La Barre llega incluso a argüir que «podría defenderse sorprendentemente bien que gran parte de la cultura es alucinación» y que «toda la intención y función del ritual parece ser... el deseo de un grupo de alucinar».

Incluimos a continuación una descripción de alucinaciones como un problema de relación señal/ruido de Louis J. West, anti­guo director médico de la clínica Neuropsiquiátrica de la Universidad de California, Los Ángeles. Está tomada de la decimoquinta edición de la Enciclopedia Británica:

...imaginemos a un hombre de pie ante el cristal de una ventana cerrada que se encuentra delante del hogar encendido, mirando hacia el jardín a la puesta de sol. Está tan absorto por la visión del mundo de fuera que no consigue visualizar el interior de la habi­tación donde está. Sin embargo, a medida que en el exterior va oscureciendo, en la ventana puede verse el reflejo de imágenes de la habitación detrás de él. Durante un rato puede mirar al jar­dín (si mira hacia la distancia) o el reflejo del interior de la habi­tación (si fija la vista en el cristal a pocos centímetros de su cara). Cae la noche, pero la llama del fuego sigue brillando en el hogar e ilumina la habitación. Ahora el observador ve un vivido reflejo en el cristal del interior de la habitación que tiene detrás, que parece estar al otro lado de la ventana. Esta ilusión se va atenuando al irse apagando el fuego y, finalmente, cuando está oscuro tanto fuera como dentro, no se ve nada más. Si se reaviva la llama del fuego de vez en cuando, reaparecen las visiones en el cristal.

De un modo análogo, las experiencias alucinatorias como las de los sueños normales ocurren cuando se reduce la «luz del día» (input sensorial) mientras la «iluminación interior» (nivel general de excitación cerebral) sigue siendo «brillante» y las imágenes que se originan dentro de las «salas» de nuestros cere­bros pueden ser percibidas (alucinadas) como si vinieran de fue­ra de las «ventanas» de nuestros sentidos.

Otra analogía podría ser que los sueños, como las estre­llas, siempre están brillando. Aunque de día no suelen verse las estrellas porque el sol brilla demasiado, si hay un eclipse de sol durante el día, o si un espectador decide estar atento un rato des­pués de la puesta o antes de la salida del sol, o si se despierta de vez en cuando en una noche clara para mirar al cielo, las estre­llas, como los sueños, aunque a menudo olvidadas, pueden ser vistas siempre.

Un concepto más relacionado con el cerebro es el de una actividad continua de procesamiento de información (una espe­cie de «corriente preconsciente») que recibe continuamente la in­fluencia de fuerzas tanto conscientes como inconscientes y que constituye el suministro potencial de contenido del sueño. El sueño es una experiencia en la que, durante unos minutos, el in­dividuo tiene cierta conciencia de la corriente de datos que se procesan. Las alucinaciones en estado de vigilia implicarían tam­bién el mismo fenómeno, producido por una serie algo distinta de circunstancias psicológicas o fisiológicas...

Parece ser que toda la conducta y experiencia humana (tanto normal como anormal) va acompañada de fenómenos ilu­sorios y alucinatorios. Mientras la relación de estos fenómenos con la enfermedad mental ha sido bien documentada, quizá no se ha considerado bastante su papel en la vida cotidiana. Una mayor comprensión de las ilusiones y alucinaciones entre gente normal puede proporcionar explicaciones para experiencias relegadas de otro modo a lo misterioso, «extrasensorial» o sobrenatural.
Seguramente perderíamos algo importante de nuestra propia naturaleza si nos negáramos a enfrentarnos al hecho de que las alu­cinaciones son parte del ser humano. Sin embargo, eso no hace que las alucinaciones sean parte de una realidad externa más que interna. Del cinco al diez por ciento de las personas somos extremada­mente sugestionables, capaces de entrar en un profundo trance hip­nótico a una orden. Aproximadamente, el diez por ciento de los americanos declara haber visto uno o más fantasmas. Este número es superior al de los que dicen recordar haber sido abducidos por extraterrestres, aproximadamente igual al de los que han afirmado haber visto uno o más ovnis, e inferior al número de los que la últi­ma semana de presidencia de Richard Nixon —antes de que dimi­tiera para evitar el enjuiciamiento— pensaban que su tarea como presidente era de buena a excelente. Al menos el uno por ciento de todos nosotros es esquizofrénico. Esto suma más de cincuenta mi­llones de esquizofrénicos en el planeta, mas, por ejemplo, que la población de Inglaterra.

En su libro de 1970 sobre pesadillas, el psiquiatra John Mack —sobre el que diré algo más— escribe:

Hay un período en la más tierna infancia en que los sueños se con­sideran reales y el niño considera los acontecimientos, transfor­maciones, gratificaciones y amenazas que los componen como una parte de su vida cotidiana real, igual que las experiencias vi­vidas durante el día. La capacidad de establecer y mantener dis­tinciones claras entre la vida de los sueños y la vida en el mundo exterior es difícil de alcanzar y se tarda unos años en dominarla, no completándose ni siquiera en niños normales antes de los ocho o diez años. Es particularmente difícil que el niño, dada la vividez y la apremiante intensidad afectiva de las pesadillas, las juzgue de manera realista.
Cuando un niño cuenta una historia fabulosa —había una bruja haciendo muecas en la habitación a oscuras; un tigre debajo de la cama; la vasija se rompió porque entró un pájaro multicolor por la ventana y no porque, contra las normas de la familia, alguien jugaba a la pelota dentro de la casa—, ¿miente consciente o incons­cientemente? Sin duda los padres actúan a menudo como si el niño no pudiera distinguir plenamente entre fantasía y realidad. Algunos niños tienen una imaginación activa; otros están peor dotados en este aspecto. Algunas familias pueden respetar la capacidad de fan­tasear y alentar al niño, diciéndole al mismo tiempo algo así como:

«Oh, eso no es real; es sólo tu imaginación.» Otras familias pueden mostrar impaciencia ante la fabulación —dificulta al menos margi­nalmente el gobierno de la casa y la resolución de disputas— y no fomentar las fantasías de sus hijos, quizá inculcándoles incluso que es algo vergonzoso. Algunos padres pueden tener poco clara por su parte la distinción entre realidad y fantasía, o incluso entrar seria­mente en la fantasía. A partir de todas esas tendencias contrapues­tas y prácticas de educación infantil, algunas personas pueden tener una capacidad de fantasear intacta, y una historia, hasta bien entra­da la edad adulta, de fabulación. Otros crecen creyendo que el que no conoce la diferencia entre realidad y fantasía está loco. Muchos de nosotros estamos en algún lugar entre ambos.

Los abducidos afirman con frecuencia haber visto «extrate­rrestres» en su infancia: entrando por la ventana o escondidos bajo la cama o en el armario. Pero los niños cuentan historias similares en todo el mundo, con hadas, elfos, duendes, fantasmas, brujas, dia­blillos y una rica variedad de «amigos» imaginarios. ¿Debemos pensar que hay dos grupos diferentes de niños; uno que ve seres te­rrenos imaginarios y el otro que ve extraterrestres genuinos? ¿No es más razonable pensar que los dos grupos están viendo, o alucinan­do, lo mismo?

La mayoría de nosotros recordamos haber tenido miedo a los dos años o más de «monstruos» totalmente imaginarios pero que parecían reales, especialmente por la noche o en la oscuridad. Yo todavía recuerdo ocasiones en que me sentía tan absolutamente ate­rrorizado que me escondía bajo las mantas y, cuando no lo podía so­portar más, corría hacia la seguridad del cuarto de mis padres, si es que conseguía llegar antes de caer en las garras de... la Presencia. El dibujante americano Gary Larson, que trata el género de terror, es­cribe en uno de sus libros la siguiente dedicatoria:

Cuando era pequeño, nuestra casa estaba llena de monstruos. Vivían en los armarios, debajo de la cama, en el desván, en el sótano y —cuando oscurecía— en todas partes. Dedico este libro a mi padre, que me mantuvo a salvo de todos ellos.

Quizá los terapeutas de abducciones deberían sacar más provecho de eso.

Parte de la razón por la que los niños tienen miedo de la os­curidad puede ser que, hasta hace poco en nuestra historia evoluti­va, nunca han dormido solos, sino acurrucados y seguros bajo la protección de un adulto... usualmente la madre. En el Occidente ilustrado los dejamos solos en una habitación oscura, les deseamos buenas noches y nos cuesta entender por qué a veces lo pasan mal. Evolutivamente es totalmente lógico que los niños tengan fantasías de monstruos que asustan. En un mundo con leones y hienas al ace­cho, esas fantasías contribuyen a impedir que los niños pequeños sin defensas se alejen demasiado de sus protectores. ¿Cómo puede ser eficaz este mecanismo de seguridad para un animal joven, vigo­roso y curioso si no provoca un terror de dimensiones industriales? Los que no tienen miedo de los monstruos no suelen dejar descen­dientes. A la larga, supongo, en el curso de la evolución humana, casi todos los niños acaban teniendo miedo de los monstruos. Pero, si somos capaces de evocar monstruos terroríficos en la infancia, ¿por qué algunos de nosotros, al menos en alguna ocasión, no podríamos ser capaces de fantasear con algo similar, algo realmente horrible, una ilusión compartida, como adultos?

Es significativo que las abducciones por extraterrestres ocu­rran principalmente en el momento de dormirse o despertarse, o en largos viajes en automóvil, cuando existe el peligro bien conocido de sumergirse en una especie de ensoñación hipnótica. Los tera­peutas de abducidos se quedan perplejos cuando sus pacientes cuentan que gritaron de terror mientras sus cónyuges dormían pesa­damente a su lado. Pero ¿no es eso típico de los sueños... que no se oigan nuestros gritos pidiendo ayuda? ¿Podría ser que esas historias tuviesen algo que ver con el sueño y, como propuso Benjamín Si­món para los Hill, fueran una especie de sueño?

Un síndrome psicológico común, aunque insuficientemente conocido, bastante parecido al de la abducción por extraterrestres se llama parálisis del sueño. Mucha gente la experimenta. Ocurre en este mundo crepuscular a medio camino entre estar totalmente des­pierto y totalmente dormido. Durante unos minutos, quizá más, uno se queda inmóvil y con una ansiedad aguda. Siente un peso sobre el pecho como si tuviera a alguien sentado o tendido encima. Las pal­pitaciones del corazón son rápidas, la respiración trabajosa. Se pue­den experimentar alucinaciones auditivas o visuales, de personas, demonios, fantasmas, animales o pájaros. En la situación adecuada, la experiencia puede tener «toda la fuerza y el impacto de la reali­dad», según Robert Baker, un psicólogo de la Universidad de Kentucky. A veces, la alucinación tiene un marcado componente se­xual. Baker afirma que esas perturbaciones comunes del sueño son la base de muchos, si no la mayoría, de los relatos de abducción de extraterrestres. (Él y otros sugieren que hay otras clases de declara­ciones de abducción realizadas por individuos con tendencia a las fantasías, dice, o a las bromas.)

De modo similar, el Harvard Mental Health Letter (sep­tiembre de 1994) comenta:

La parálisis del sueño puede durar varios minutos y a veces va acompañada de vividas alucinaciones como de sueño que dan pie a historias sobre visitas de los dioses, espíritus y criaturas extraterrestres.

Sabemos por los primeros trabajos del neurofisiólogo cana­diense Wilder Penfield que la estimulación eléctrica de ciertas re­giones del cerebro provoca verdaderas alucinaciones. La gente con epilepsia del lóbulo temporal —que implica una cascada de impul­sos eléctricos generada naturalmente en la parte del cerebro detrás de la frente— experimenta una serie de alucinaciones casi indistin­guibles de la realidad, incluyendo la presencia de un ser extraño o más, ansiedad, flotación en el aire, experiencias sexuales y una sen­sación de haberse saltado un período de tiempo. También existe lo que parece una gran comprensión de las cuestiones más profundas y una necesidad de comunicarlas. Parece trazarse una línea conti­nua de estimulación espontánea del lóbulo temporal desde la gente con epilepsia grave a los más normales de entre nosotros. Al menos en un caso presentado por otro neurocientífico canadiense, Michael Persinger, la administración de un fármaco antiepiléptico, la carbamazepina, eliminó la sensación recurrente de una mujer de experi­mentar el caso típico de abducción por extraterrestres. Así, estas alucinaciones, generadas espontáneamente o con asistencia química o experimental, pueden representar un papel —quizá central—­en los relatos sobre ovnis.

Pero es fácil parodiar un punto de vista así: los ovnis expli­cados como «alucinaciones masivas». Todo el mundo sabe que no existe lo que se llama una alucinación compartida. ¿No?
----ooo---

A medida que se empezó a popularizar ampliamente la posi­bilidad de vida extraterrestre —especialmente con los canales mar­cianos de Percival Lowell a finales del siglo pasado— la gente em­pezó a declarar que establecía contacto con los extraterrestres, especialmente marcianos. El libro del psicólogo Theodore Flournoy. De la India al planeta Marte, escrito en 1901, describe un mé­dium de habla francesa que en estado de trance dibujó retratos de los marcianos (son iguales que nosotros) y presentó su alfabeto y lenguaje (con un notable parecido al francés). El psiquiatra Carl Jung, en su disertación doctoral en 1902, describió a una mujer jo­ven suiza que se agitó al descubrir, sentado en un tren delante de ella, a un «habitante de las estrellas» de Marte. Los marcianos están desprovistos de ciencia, filosofía y almas, le dijo, pero tienen una tecnología avanzada. «Hace tiempo que existen máquinas volado­ras en Marte; todo Marte está cubierto de canales», y cosas así. Charles Fort, un coleccionista de informes anómalos que murió en 1932, escribió: «Quizá haya habitantes en Marte que envíen secre­tamente informes sobre este mundo a sus gobiernos.» En la década de 1950, un libro de Gerald Heard reveló que los ocupantes del pla­tillo eran abejas marcianas inteligentes. ¿Quién sino ellas podrían sobrevivir a los fantásticos giros de ángulo recto que se dice que ha­cen los ovnis?

Pero cuando en 1971 el Mariner 9 demostró que los canales eran ilusorios y, al no encontrar los Viking 1 y 2 ninguna prueba cla­ra siquiera de la existencia de microbios en Marte en 1976, el entu­siasmo popular por el Marte de Loweil se apagó y no se habló más de visitas de marcianos. Entonces se dijo que los extraterrestres venían de otra parte. ¿Por qué? ¿Por qué no más marcianos? Y cuan­do se descubrió que la superficie de Venus era lo bastante caliente como para derretir el plomo, no se produjeron más visitas de Venus. ¿Se ajusta alguna parte de estas historias a los cánones de creencia actuales? ¿Qué implica eso sobre su origen?

No hay duda que la alucinación de los humanos es común. La duda sobre si existen extraterrestres, si frecuentan nuestro pla­neta o si nos abducen y molestan es considerable. Podríamos discu­tir sobre los detalles, pero probablemente una categoría de explica­ción se sostenga mejor que otra. La principal reserva que se puede formular es: ¿Por que tanta gente declara hoy en día esa serie particu­lar de alucinaciones? ¿Por qué seres pequeños y sombríos, platillos volantes y experimentos sexuales?

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