2. Textos de las Congregaciones y Consejos Pontificios de la Santa Sede




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Atención y cercanía pastoral 
(49) Es legítima la comprensión por la problemática existencial y las elecciones de las personas que viven en uniones de hecho y en ciertas ocasiones, un deber. Algunas de estas situaciones, incluso, deben suscitar verdadera y propia compasión. El respeto por la dignidad de las personas no está sometido a discusión. Sin embargo, la comprensión de las circunstancias y el respeto de las personas no equivalen a una justificación. Más bien se trata de subrayar, en estas circunstancias que la verdad es un bien esencial de las personas y factor de auténtica libertad: que de la afirmación de la verdad no resulte ofensa, sino sea forma de caridad, de manera que el «no disminuir en nada la doctrina salvadora de Cristo» sea «forma eminente de caridad para con las almas», de modo tal, que se acompañe «con la paciencia y la bondad de la cual el Señor mismo ha dado ejemplo en su trato con los hombres». Los cristianos deben, por tanto, tratar de comprender los motivos personales, sociales, culturales e ideológicos de la difusión de la uniones de hecho. Es preciso recordar que una pastoral inteligente y discreta puede, en ciertas ocasiones favorecer la recuperación «institucional» de algunas de estas uniones. Las personas que se encuentran en estas situaciones deben ser tenidas en cuenta, de manera particularizada y prudente, en la pastoral ordinaria de la comunidad eclesial, una atención que comporta cercanía, atención a los problemas y dificultades derivados, diálogo paciente y ayuda concreta, especialmente en relación a los hijos. La prevención es, también en este aspecto de la pastoral, una actitud prioritaria.   
Conclusión   
(50) La sabiduría de los pueblos ha sabido reconocer sustancialmente, a lo largo de los siglos, aunque con limitaciones, el ser y la misión fundamental e insustituíble de la familia fundada en el matrimonio. La familia es un bien necesario e imprescindible para toda sociedad, que tiene un verdadero y propio derecho, en justicia, a ser reconocida, protegida y promovida por el conjunto de la sociedad. Es este conjunto el que resulta dañado, cuando se vulnera, de uno u otro modo, este bien precioso y necesario de la humanidad. Ante el fenómeno social de las uniones de hecho, y la postergación del amor conyugal que comporta es la sociedad misma quien no puede quedar indiferente. La mera y simple cancelación del problema mediante la falsa solución de su reconocimiento, situándolas a un nivel público semejante, o incluso equiparándolas a las familias fundadas en el matrimonio, además de resultar en perjuicio comparativo del matrimonio (dañando, aún más, esta necesaria institución natural tan necesitada hoy día, en cambio, de verdaderas políticas familiares), supone un profundo desconocimiento de la verdad antropológica del amor humano entre un hombre y una mujer, y su indisociable aspecto de unidad estable y abierta a la vida. Este desconocimiento es aún más grave, cuando se ignora la esencial y profundísima diferencia entre el amor conyugal del que surge la institución matrimonial y las relaciones homosexuales. La «indiferencia» de las administraciones públicas en este aspecto se asemeja mucho a una apatía ante la vida o la muerte de la sociedad, a una indiferencia ante su proyección de futuro, o su degradación. Esta «neutralidad» conduciría, si no se ponen los remedios oportunos, a un grave deterioro del tejido social y de la pedagogía de las generaciones futuras. 
La inadecuada valoración del amor conyugal y de su intrínseca apertura a la vida, con la inestabilidad de la vida familiar que ello comporta, es un fenómeno social que requiere un adecuado discernimiento por parte de todos aquellos que se sienten comprometidos con el bien de la familia, y muy especialmente por parte de los cristianos. Se trata, ante todo, de reconocer las verdaderas causas (ideológicas y económicas) de un tal estado de cosas, y no de ceder ante presiones demagógicas de grupos de presión que no tienen en cuenta el bien común de la sociedad. La Iglesia Católica, en su seguimiento de Cristo Jesús, reconoce en la familia y en el amor conyugal un don de comunión de Dios misericordioso con la humanidad, un tesoro precioso de santidad y gracia que resplandece en medio del mundo. Invita por ello a cuantos luchan por la causa del hombre a unir sus esfuerzos en la promoción de la familia y de su íntima fuente de vida que es la unión conyugal. 

Conclusiones de la XV Asamblea Plenaria “Pastoral Familiar y matrimonios en dificultad” (19 de octubre del 2002)
Por invitación del cardenal Alfonso López Trujillo, nos reunimos en asamblea plenaria del Consejo pontificio para la familia en Sacrofano (Roma) del 17 al 19 de octubre. Reflexionamos sobre la cuestión de los matrimonios en dificultad, desde una perspectiva pastoral, limitándonos a algunos de los aspectos que trata, en el número 77, la exhortación apostólica Familiaris consortio.

Constataciones

La familia es el "camino del hombre", el lugar donde se abre a la vida y a la existencia social. Sigue siendo el lugar de una fuerte implicación afectiva. Es objeto de una expectativa de reconocimiento personal. Asegura la estabilidad necesaria para la misión educativa. Se la reconoce como el último refugio frente a la amenaza de marginación.

No queremos olvidar que, incluso en medio de las situaciones de crisis familiares, hay muchas familias, más aún, la mayoría de ellas, que viven en una unión firme y fiel. Y todo ello se verifica también en las naciones donde es más fuerte el problema.
Damos gracias al Señor por su testimonio.

Con todo, la precariedad del vínculo conyugal es una de las características del mundo contemporáneo. Se da en todos los continentes y se constata en cualquier ambiente social. Hace frágil a la sociedad y pone en peligro incluso el esfuerzo educativo. Con demasiada frecuencia lleva a numerosas separaciones e incluso a divorcios.
A veces se tiene la impresión de que las separaciones y los divorcios se consideran los únicos caminos de salida de las crisis constatadas. Esto forma parte de la creciente "mentalidad divorcista". A menudo las dificultades llevan a auténticos enfrentamientos y conflictos que, en una "nueva mentalidad", conducen también a la separación (tal vez aconsejable en casos extremos) e incluso al divorcio. Con frecuencia haremos referencia a estos casos y queremos insistir en el peligro de la difusión de una "mentalidad divorcista", denunciada recientemente por el Santo Padre en el discurso a la Rota romana (28 de enero de 2002). Esta mentalidad debilita a los esposos e incrementa su fragilidad personal. Con bastante frecuencia "se rinden" sin luchar, mientras que una fe firme podría ayudarles a superar dificultades, incluso serias.

En efecto, el divorcio no es sólo una cuestión de decisión jurídica. No es una "crisis" que pasa. Influye en lo humano. Es un problema de relación, y de relación destruida. Marcará para siempre a cada miembro de la comunidad familiar. Es causa de empobrecimiento económico, afectivo y humano. Este empobrecimiento afecta en particular a la mujer y a los hijos. Los costes sociales son particularmente elevados.
Se puede calcular que a menudo existe una desproporción entre los motivos invocados para el divorcio y las consecuencias irremediables que de él derivan.

Causas de esta situación
Varios elementos concurren al incremento actual del divorcio, con componentes diversos según los países. Ante todo, está la cultura ambiental, un "mundo que se va secularizando cada vez más", como dijo el Santo Padre en el discurso que nos dirigió. En esa cultura se citan en particular los apuros económicos, que favorecen el desmembramiento de las familias, así como una falsa concepción de la libertad, el miedo al compromiso, la práctica de la cohabitación, la "trivialización del sexo", según la expresión de Juan Pablo II, la promiscuidad sexual... Estilos de vida, modas, espectáculos, telenovelas, que ponen en tela de juicio el valor del matrimonio, difunden la idea de que la entrega recíproca de los esposos hasta la muerte es algo imposible, hacen frágil la institución familiar y llegan incluso a descalificarla en beneficio de otros "modelos" de pseudo-familia.

Asistimos, además, a la invasión de un individualismo radical en numerosas esferas de la actividad humana:  vida económica, competencia despiadada, competición en todos los campos, desprecio de los marginados, etc.
Este individualismo, ciertamente, no fomenta la entrega generosa, fiel y permanente. Tampoco favorece la solución de las crisis en el matrimonio.

Sucede a menudo que los Estados, responsables del bien común y de la cohesión social, alimentan este individualismo, dándole expresiones legales -como por ejemplo el "Pacto civil de solidaridad" en Francia- que se presentan como alternativas, al menos implícitas, al matrimonio. Y es peor aún cuando se trata de uniones homosexuales o lésbicas, que piden incluso el derecho de adoptar niños. Al obrar así, hacen precaria en la mentalidad común la institución del matrimonio y, además, contribuyen a crear problemas que son incapaces de resolver. El matrimonio, con mucha frecuencia, ya no se considera un bien para la sociedad, y su "privatización" contribuye a reducir o incluso a eliminar su valor público.
Esta ideología social de pseudo-libertad impulsa al individuo a actuar en primer lugar según sus gustos, sus intereses, su utilidad. El compromiso asumido con respecto al cónyuge toma el aspecto de un simple contrato, que se puede revisar indefinidamente; la palabra dada sólo tiene un valor limitado en el tiempo; se responde de los propios actos únicamente ante sí mismos.
También es preciso constatar que muchos jóvenes se forman una concepción idealista e incluso errónea del matrimonio como lugar de una felicidad sin nubes, de la realización de sus propios deseos. Pueden llegar a un conflicto latente entre deseo de unión con el otro y deseo de proteger su libertad propia. Un desconocimiento creciente de la belleza de la pareja humana auténtica, de la riqueza de la diferencia y de la complementariedad hombre-mujer, conduce a una confusión creciente sobre la identidad sexual, confusión que se lleva a su punto culminante en la ideología feminista llamada del "género". Esta confusión complica la aceptación del papel propio y la repartición de tareas en el hogar. Lleva a una re-negociación de estas funciones tan permanente como agotadora. Por otra parte, las condiciones actuales de la actividad profesional de los dos cónyuges reducen los tiempos vividos en común y la comunicación en la familia. Además, empobrecen la capacidad de diálogo entre los esposos.
En algunos países, el desempleo y las dificultades económicas que obligan a uno de los esposos a ir al extranjero ponen en peligro el matrimonio. Se privilegia el dinero, a costa de la vida matrimonial.

Con demasiada frecuencia, cuando se produce la crisis, los esposos se encuentran solos para resolverla. No tienen a nadie que pueda escucharles e iluminarles, lo cual tal vez permitiría evitar una decisión irreversible. Esta soledad los deja encerrados en su problema, especialmente cuando no cuentan con la ayuda de sus familias, y la única solución que ven para su triste situación es la separación o incluso el divorcio. Y, en cambio, esta crisis transitoria se podía haber superado si los esposos hubieran contado con el apoyo de una comunidad humana o eclesial.
Consecuencias del divorcio sobre los hijos

Entre los problemas vinculados al divorcio, nos ha preocupado en particular la cuestión de los hijos, que son las primeras víctimas de las decisiones de sus padres. Es verdad que se difunde ampliamente la idea de que la separación o el divorcio son la solución natural a las crisis matrimoniales, y algunos dicen que, en fin de cuentas, no es tan mala para los hijos. "Es mejor un buen divorcio -afirman- que un mal matrimonio". Se dice que los hijos sufren menos en caso de separación neta que en un clima de enfrentamiento entre los padres.
Por el contrario, muchos observadores, en los numerosos estudios que se han dedicado a este tema, subrayan que el divorcio desestabiliza a todos los miembros de la familia, altera en profundidad las relaciones entre los padres y el niño durante los años decisivos en los que se forma su personalidad, y le hace perder las referencias simbólicas que ofrece el ambiente familiar. El niño debe volver a ubicarse en nuevas relaciones familiares, y eso causa desconcierto e incluso sufrimientos. Para el hijo, el divorcio de los padres será el acontecimiento más importante y doloroso de los años de su crecimiento, el acontecimiento que lo afecta más profundamente. Las consecuencias del divorcio sobre el niño son profundas, numerosas y duraderas. Algunas sólo se manifestarán a largo plazo.
Así pues, no sorprende constatar que el divorcio provoca frecuentemente en los hijos fenómenos como el retraso escolar, las tentaciones de delincuencia, el uso de droga, la inestabilidad personal, las dificultades para relacionarse, el miedo a los compromisos, los fracasos profesionales, la marginación, como demuestran los especialistas en estas materias. Las estadísticas ponen de manifiesto también que los hijos de padres divorciados tienen más dificultades que los demás para entrar en una relación conyugal estable y suelen divorciarse también ellos con más frecuencia. En efecto, la separación y, más aún, el divorcio provocan en los hijos daños notables y los marcan para toda la vida.
Acción pastoral adecuada

La Iglesia, ciertamente, no queda indiferente ante la separación de los cónyuges, el divorcio, la ruina de los hogares y las situaciones creadas por el divorcio en los hijos. Nos hallamos frente a la negación de aspectos fundamentales del humanum. Según el deseo manifestado en repetidas ocasiones por el Santo Padre, el Consejo pontificio para la familia, uniendo sus esfuerzos a los de las Conferencias episcopales, hace todo lo posible para promover una auténtica cultura familiar, una cultura de vida. En una sociedad que ya no considera posible la comunión de vida y de amor estable, fiel y exclusiva, se trata de revalorizar el amor no como felicidad-pasión, sino como proyecto de vida, de integración y de apertura.
Hace falta una atención pastoral específica, para la cual es de gran valor la acción de los sacerdotes y de los laicos. Exige un esfuerzo de reflexión y formación a nivel parroquial y diocesano. Implica una formación adecuada de los futuros sacerdotes en los seminarios.
Se pueden distinguir tres aspectos de esta acción pastoral:  prevenir; acompañar; pacificar y volver a poner en marcha.
A) Es necesario insistir en la prevención de estas situaciones y, por tanto, en la prevención de la separación y del divorcio en sí mismos. Desde luego, esta prevención pasa por una preparación completa, íntegra y prolongada, para el matrimonio, como lo subraya el documento que el Consejo pontificio para la familia dedicó a esta cuestión, siguiendo la enseñanza de la exhortación apostólica Familiaris consortio, número 66.
Esta preparación debe ser remota, próxima e inmediata. La preparación remota comienza desde la infancia, en el hogar donde la persona nace y donde se abre al afecto y al amor según el ejemplo que le dan sus padres.
La oración en familia es de gran importancia. Aunque es verdad que muchas familias han abandonado la oración, también es verdad -y es estimulante- el hecho de que muchas otras han tomado la costumbre de orar por su futuro y por el porvenir conyugal de sus hijos, poniendo su futuro en manos del Señor de la alianza. En efecto, como recuerda el Papa, "la familia que ora unida, permanece unida" (Rosarium Virginis Mariae, 41).
Los niños y los jóvenes necesitan una educación humana y afectiva que despierte su personalidad, su sentido de la fidelidad y de la iniciativa. Necesitan una educación de su sexualidad, que, para ser válida y plenamente humana, debe encontrar lugar en el camino de descubrimiento de la capacidad de amar, inscrita por Dios en el corazón del hombre. Se trata de una formación en el amor responsable, guiada por la palabra de Dios y por la razón. Desde este punto de vista, nunca está de más recomendar la vigilancia, cuando se trata de elegir el material educativo destinado a los jóvenes. Lo que se les propone hoy es, a menudo, provocador y peligroso, y crea una "mentalidad" que no ayuda para un compromiso maduro.
La catequesis debe presentar de modo positivo los valores humanos de la amistad, la ayuda mutua, la lealtad, el cumplimiento de la palabra dada y el amor. Debe ser incisiva cuando se trata de presentar la belleza del matrimonio cristiano y la importancia de la virtud de la sexualidad humana, la castidad.
Entre el sacramento de la confirmación y el del matrimonio, las parroquias podrían organizar, en el marco de sus actividades para los jóvenes, catequesis específicas sobre los temas del compromiso en el matrimonio, en la familia y en favor de la vida.
La preparación de los novios para el matrimonio debe incluir una mayor insistencia en el compromiso definitivo que pronto tomarán ante Dios y ante los hombres. En esta línea, se podrá insistir en la fidelidad a la palabra dada, en la responsabilidad de nuestros actos. Psicólogos, educadores y matrimonios cristianos pueden ayudar a los jóvenes a descubrir en sí mismos un amor auténtico, con lo que conlleva de sentimiento, de adhesión, de pasión e incluso de razón. Al subrayar estos puntos, se comprenderá y acogerá mejor el mensaje de la Iglesia sobre la paternidad responsable. Durante esta preparación, hay que prestar atención particular a los hijos provenientes de hogares rotos.
B) Es de desear que los matrimonios que acompañan a los novios en su preparación inmediata para el matrimonio no dejen de seguirlos en los primeros años de su unión, para afrontar con ellos las tensiones e incomprensiones, antes de que degeneren en crisis. Los matrimonios que se han beneficiado de este acompañamiento podrán, a su vez, acompañar a otros.

Esta pastoral preventiva requiere que se ofrezca a los esposos, a lo largo de su vida conyugal, posibilidades y oportunidades de volver a los orígenes, de reflexión y de ayuda. Este acompañamiento tomará formas diferentes, como encuentros con otras familias, momentos de  recogimiento,  retiros  u  otro tipo de reuniones. Las parroquias y los movimientos apostólicos deberían ayudarles.
Se puede aprovechar la fiesta de la Sagrada Familia, u otras celebraciones en las que se reúnen los matrimonios, para ofrecer a los cónyuges la oportunidad de renovar públicamente, en la Iglesia, sus compromisos matrimoniales; para estimular a los esposos a tomar tiempo y utilizar los medios más adecuados para ahondar el diálogo, a fin de que la comunicación entre ellos se transforme en comunión de corazones.
En esta pastoral de la "prevención" conviene promover todo lo que pueda fortalecer la cohesión y la comunicación familiar. Es preciso desarrollar una auténtica espiritualidad del matrimonio, como señala el Santo Padre.
C) En los tiempos de crisis, todos estos medios que acabamos de mencionar pueden ayudar a resolver las tensiones. Permitirán a los esposos volver a las fuentes de su amor, relativizar las tensiones del momento y superar la crisis. Tienen en sí mismos las energías de la gracia del matrimonio. Solamente hace falta despertar y orientar estas energías. En esto desempeña un papel esencial el encuentro con un consultor, con un "director espiritual", con una red de ayuda, con un matrimonio testigo, con una comunidad acogedora.

Como acontece a menudo en estos casos, una crisis superada puede ser, para el matrimonio, el punto de partida de una nueva etapa de su historia. La comunidad cristiana debería preparar lugares de acogida y de diálogo, a los que puedan acudir los matrimonios en los momentos difíciles.

A este apoyo de la comunidad cristiana los consultores conyugales aportan su pericia profesional y su sabiduría. Deben tener también una sólida formación cristiana.
D) El éxito de una vida conyugal es "un compromiso" que requiere tiempo, energía, vigilancia y perseverancia. La celebración de matrimonios es una oportunidad favorable para anunciar esta buena nueva a todos los presentes (cf. Familiaris consortio, 67-68). Los aniversarios de matrimonio y otras fiestas, que reúnen a todas las generaciones de una familia, ayudan a vivir en común momentos fuertes.
Los pastores, en su enseñanza, deben recordar a los esposos la gracia del sacramento del matrimonio. Han de estimularlos en su compromiso de fidelidad, en su deseo de entregarse el uno al otro, e invitarlos al perdón recíproco. Deben ponderar a los padres la responsabilidad que tienen con respecto a sus hijos, recordándoles que la felicidad de los niños debe ocupar un lugar central. Asimismo, han de mostrarles con delicadeza que la separación y el divorcio destruyen un proyecto de vida, sin anular la responsabilidad, porque, incluso después de la separación, los padres siguen siendo responsables de sus hijos.
E) La difícil situación afectiva de los hijos de esposos separados, los cuales se ven obligados a vivir con un solo progenitor o en una "nueva" familia, plantea un problema a los pastores, a los catequistas, a los educadores y a todos los que tienen una responsabilidad con respecto a los jóvenes. Estos niños son cada vez más numerosos. A pesar de su capacidad de adaptación, a menudo sufren y pueden experimentar dificultades para abrirse a los demás. Los educadores deben ayudar a estos niños. No se trata de que sustituyan a los padres, sino de que colaboren con ellos. Se trata de permitir a esos niños que se expresen, que recuperen la confianza, que perdonen. Eso puede lograrse en el marco de su vida familiar, de hogares amigos, de movimientos de niños y jóvenes, de equipos de animación cristiana, y con ocasión de la catequesis.
Conclusión
En todas nuestras reflexiones sobre los matrimonios en dificultad, sobre los problemas de esos matrimonios, sobre la fragilidad de la institución matrimonial y sobre las soluciones que deben proponerse, se repetía constantemente un tema que constituye de algún modo la conclusión de nuestras resoluciones:  la importancia de la familia, de la familia cristiana, como testigo, modelo y apoyo para todos los que se plantean el problema de la separación. Es lo que nos dijo hoy el Santo Padre, con estas palabras: 

"¡Qué importante es favorecer el apoyo familiar a los matrimonios, especialmente jóvenes, de parte de familias sólidas espiritual y moralmente! Es un apostolado fecundo y necesario, sobre todo en este momento histórico".
El Señor nos enseña la esperanza, la paciencia y la confianza en las dificultades. No deja de confiar en el hombre, en sus energías interiores, en su capacidad de conversión. Siguiendo su ejemplo, también nosotros debemos contar con el hombre, porque contamos con Dios; debemos contar con la familia, porque viene de Dios. Como nos recordó tan bellamente el Santo Padre en el discurso que dirigió a nuestra asamblea:  "No hay situación difícil que no pueda afrontarse adecuadamente cuando se  cultiva  un clima coherente de vida cristiana. El amor mismo, herido por el pecado, es también un amor redimido".
Presentamos estas conclusiones con la firme convicción de que los problemas actuales que deben afrontar los matrimonios, y que debilitan su unión, tienen su verdadera solución en una vuelta a la solidez de la familia cristiana, lugar de confianza recíproca, de entrega mutua, de respeto de la libertad y de educación en la vida social. Por eso, confiemos en el testimonio de estos hogares luminosos y gozosos que reciben su energía del sacramento del matrimonio.
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