Liderazgo y administración: las dos creaciones 61




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títuloLiderazgo y administración: las dos creaciones 61
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fecha de publicación31.01.2016
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Reescribir el guión: conviértase en su primer creador
Como ya hemos dicho, la proactividad se basa en el privilegio humano de la autoconciencia. Los dos privilegios humanos adicionales que nos permiten ampliar nuestra proactividad y ejercer el liderazgo personal en nuestras vidas son las imaginación y la concien­cia moral.

Por medio de la imaginación podemos visualizar los mundos po­tenciales que hay en nuestro interior. Por medio de la conciencia mo­ral podemos entrar en contacto con leyes o principios universales, con nuestros talentos y formas de contribución particulares, y con las directrices personales con los cuales podremos desarrollarlos más efectivamente. Junto con la autoconciencia, estas dos característi­cas humanas nos permiten escribir nuestro propio guión.

Dado que ya vivimos con muchos guiones que nos han transmi­tido, el proceso de escribir nuestros propios guiones es en realidad un proceso de reescritura o cambio de paradigma: de cambio de algunos de los paradigmas básicos que ya tenemos. Cuando reconocemos los guiones inefectivos, los paradigmas incorrectos o incompletos que están en nuestro interior, podemos empezar a rescribir proactivamente nuestros guiones.
Creo que una de las descripciones más inspiradoras de ese pro­ceso de reescritura se encuentra en la autobiografía de Anuar el Sadat, el ex presidente de Egipto. Sadat había sido educado en el odio a Israel, inculcado mediante profundos guiones. En una oportunidad dijo por la televisión nacional: «Nunca estrecharé la mano de un israelí mientras ellos ocupen un centímetro del suelo árabe. ¡Nunca, nunca, nunca!». Y multitudes enormes en todo el país corearon: (Nunca, nunca, nunca». Con ese guión reunió la energía y unificó la voluntad de toda la nación.

Aquel guión era muy independiente y nacionalista, y despertó Profundas emociones en el pueblo. Pero era también muy tonto, y, Sadat lo sabía. Aquel guión ignoraba la realidad de la situación, peligrosa y sumamente interdependiente.

De modo que Sadat lo rescribió. Aquél era un proceso que había aprendido de joven, cuando estuvo encerrado en la celda de aislamiento 54 de la Prisión Central de El Cairo, como consecuencia de su participación en una conspiración contra el rey Faruk. Había aprendido a distanciarse respecto de su propia mente y examinarla para ver si los guiones eran adecuados y sensatos. Había aprendido a vaciar su mente, y, por medio de un profundo proceso personal de meditación, trabajar con sus propias escrituras, su propia forma de plegaria, y reescribirse a sí mismo.

Dice en su libro que casi lamentó tener que dejar la celda, porque fue allí donde comprendió que el verdadero éxito es el éxito que se obtiene con uno mismo. No consiste en tener cosas, sino en el auto­dominio, en la victoria sobre sí.

Durante cierto período de la administración de Nasser, Sadat fue relegado a una posición de relativa insignificancia. Todos creían que estaba espiritualmente acabado, pero no era así. Estaba proyectando en su interior sus propias películas. No lo entendían. Él esperaba su momento.

Cuando ese momento llegó, cuando se convirtió en presidente de Egipto y afrontó la realidad política, reescribió su guión respecto de Israel. Visitó la Knesset en Tel Aviv, e inició uno de los movimientos hacia la paz más renovadores de la historia del mundo, una osada ini­ciativa que finalmente condujo a los Acuerdos de Camp David.

Sadat supo emplear su autoconciencia, su imaginación y su con­ciencia moral en el ejercicio del liderazgo personal para cambiar un paradigma esencial y el modo en que veía la situación. Trabajó en el centro de su círculo de influencia. Y a partir de esa reescritura, de ese cambio de paradigma, se generaron cambios de conducta y actitud que afectaron a millones de vidas en el círculo de preocupación.
Al desarrollar nuestra autoconciencia, muchos de nosotros des­cubrimos guiones inefectivos, hábitos profundamente enraizados y totalmente indignos de nosotros, por completo incongruentes con las cosas que verdaderamente valoramos en la vida. El segundo hábito dice que no es obligatorio vivir siguiendo esos guiones. Tenemos la responsabilidad de utilizar nuestra imaginación y creatividad para escribir otros nuevos, más efectivos, más congruentes con nuestros valores más profundos y con los principios correctos que dan senti­do a nuestros valores.

Supongamos, por ejemplo, que soy hipersensible y reacciono irracionalmente ante la conducta de mis hijos. Supongamos que cada vez que empiezan a hacer algo que me parece que es inadecuado, siento de inmediato un nudo en la boca del estómago. Estoy frente a una muralla que tengo que escalar; me preparo para la batalla. Mi ob­jetivo no está en el desarrollo y la comprensión a largo plazo, sino en la conducta inmediata. Trato de ganar la batalla, no la guerra.

Expongo públicamente mis municiones (soy más grande, ocupo una posición de autoridad) y grito o intimido, amenazo o castigo. Y gano. Allí estoy, victorioso, entre los escombros de una relación rota, mientras mis hijos se someten exteriormente e interiormente se rebe­lan, reprimiendo sentimientos que más tarde surgirán de modo aún peor.

Ahora bien, en el funeral que visualizamos antes, si tuviera que hablar uno de mis hijos, me gustaría que su vida representara una victoria de la enseñanza, el adiestramiento y la disciplina con amor a lo largo de los años, y no que estuviera constituida únicamente por cicatrices de las heridas recibidas en escaramuzas de arreglo transi­torio. Querría que su corazón y su mente estuvieran llenos del grato recuerdo de momentos profundos y significativos que hubiéramos pasado juntos. Querría que me recordara como padre amante que compartió las alegrías y las penurias del crecimiento. Querría que pen­sara en las veces en que se acercó a mí contándome sus problemas y preocupaciones.

Querría haber escuchado, amado y ayudado. Querría que supiera que no fui perfecto, pero que hice cuanto estuvo a mi alcance. Y que lo amé, tal vez más que nadie en el mundo.

La razón por la cual deseo todo eso es que, en mi más profundo interior, valoro a mis hijos. Los amo, quiero ayudarlos. Valoro mi rol como padre.

Pero no siempre tengo esos valores a la vista. Estoy apresado «en la densa red de las cosas tenues». Lo que más importa está enterrado bajo capas de problemas apremiantes, preocupaciones inmediatas y conductas exteriores. Y el modo en que interactúo cotidianamente con mis hijos tiene poco que ver con mis sentimientos profundos respecto de ellos.

Como soy autoconsciente, como tengo imaginación y conciencia moral, puedo examinar mis valores más profundos, comprender que el guión con el que vivo no está en armonía con esos valores, que mi vida no es el producto de mi propio designio proactivo, sino el resultado de la primera creación que he dejado en manos de las circunstancias y de otras personas. Y puedo cambiar. Puedo vivir a partir de mi imaginación y no de mi memoria. Puedo relacionarme con mi potencial ilimitado en lugar de hacerlo con mi pasado limitador. Puedo convertirme en mi propio primer creador.

Empezar con un fin en mente significa enfocar mi rol como padre, y mis otros roles en la vida, teniendo claros mis valores y mi orientación. Significa ser responsable de mi propia y primera crea­ción, reescribir mis guiones de modo que los paradigmas de los que surgen mi conducta y mis actitudes sean congruentes con mis valores más profundos y estén en armonía con los principios co­rrectos.

También significa empezar cada día teniendo esos valores firme­mente presentes. Entonces, cuando aparezcan los problemas, los de­safíos, podré tomar mis decisiones basándome en esos valores. Pue­do actuar con integridad. No me veo obligado a reaccionar ante las circunstancias, guiado por emociones momentáneas. Puedo ser verdaderamente proactivo, verme impulsado por valores, porque mis valores ya están definidos.
Un enunciado de la misión personal
El modo más efectivo que conozco de empezar con el fin en mente consiste en elaborar un enunciado de la misión, filosofía o cre­do personales. Se centra en lo que uno quiere ser (carácter) y hacer (aportaciones y logros), y en los valores o principios que dan funda­mento al ser y al hacer.

Mi amigo Rolfe Kerr ha expresado como sigue su credo personal:


  • Primero el éxito en casa.

  • Busca y merece la ayuda divina.

  • Nunca te comprometas con la deshonestidad.

  • Acuérdate de las otras personas implicadas.

  • Escucha a ambas partes antes de juzgar.

  • Pide consejo a otros.

  • Defiende a los que no están presentes.

  • Sé sincero pero terminante.

  • Desarrolla una nueva habilidad cada año.

  • Planifica hoy el trabajo de mañana.

  • Lucha mientras esperas.

  • Mantén una actitud positiva.

  • Conserva el sentido del humor.

  • Sé ordenado en tu persona y en el trabajo.

  • No temas a los errores; teme sólo la ausencia de respuesta creativa, constructiva y correctiva a esos errores.

  • Facilita el éxito de tus subordinados.

  • Escucha el doble de lo que hables.

  • Concentra todas tus habilidades y todos tus esfuerzos en la tarea que tienes entre manos, sin preocuparte por tu próximo empleo o tu próxima promoción.


Al enunciado de la misión personal se le puede denominar «constitución personal». Lo mismo que la Constitución de los Esta­dos Unidos, en lo fundamental nunca cambia. A lo largo de doscien­tos años, han existido sólo veintiséis enmiendas, diez de las cuales estaban ya en la Declaración de Derechos.

La Constitución de los Estados Unidos es la norma con respecto a la cual se evalúan todas las leyes del país. Es el documento que el presidente jura defender y respaldar. Establece el criterio para que a una persona se le conceda o no la ciudadanía. Es el cimiento y el punto de referencia que permite al pueblo sobrellevar traumas im­portantes como la Guerra de Secesión, Vietnam o el Watergate. Es la norma escrita, el criterio clave con referencia al cual todo se evalúa o dirige.

La Constitución ha perdurado y cumple hasta el día de hoy con su función vital porque se basa en principios correctos, en las verda­des evidentes por sí mismas contenidas en la Declaración de la Inde­pendencia. Esos principios le otorgan una fuerza intemporal, incluso en medio de la ambigüedad y el cambio sociales. «Nuestra peculiar seguridad —dijo Thomas Jefferson— reside en la posesión de una Constitución escrita.»

En el nivel del individuo, un enunciado de la misión personal ba­gado en principios correctos representa el mismo tipo de norma. Se convierte en una constitución personal, en una base para tomar las decisiones importantes acerca de la orientación de la vida, y también las decisiones cotidianas en medio de las circunstancias y emociones que nos afectan. Otorga a los individuos la misma fuerza intemporal en medio del cambio.

Las personas no pueden vivir en el cambio si en su interior no persiste un núcleo invariable. La clave de la capacidad para cambiar es una idea constante de lo que uno es, de lo que persigue y de lo que valora.

Con un enunciado de la misión, podemos fluir al ritmo del cambio. No necesitamos preconcepciones o prejuicios. No necesitarnos calcularlo todo en la vida, estereotipar o clasificar todo y a todos para modelar la realidad.

Nuestro ambiente personal también está cambiando a ritmo ace­lerado. Ese cambio rápido es un clavo ardiendo en las manos de mu­chas personas que sienten que no pueden manejarlo, que no pueden afrontar con éxito la vida. Se vuelven reactivas y en lo esencial se rinden, confiando en que las cosas que les sucedan habrán de ser buenas.

Pero esto no tiene por qué ser así. En los campos de concentra­ción de los nazis donde Víctor Frankl aprendió el principio de la pro­actividad, también aprendió la importancia de que la vida tenga fina­lidad y significado. La esencia de la «logoterapia», la filosofía que más tarde desarrolló y enseñó, dice que muchas de las denominadas enfermedades mentales y emocionales son en realidad síntomas de una sensación subyacente de falta de significado, o vacuidad. La lo­goterapia elimina esa vacuidad ayudando al individuo a detectar su significado único, su misión en la vida.

Cuando se ha adquirido ese sentido de misión, se posee la esen­cia de la propia proactividad. Estamos en posesión de los valores que dirigen nuestra vida, de la dirección básica en virtud de la cual esta­blecemos nuestras metas a corto y largo plazo. Contamos con el po­der de una constitución escrita basada en principios correctos, que permite evaluar efectivamente todas las decisiones concernientes al uso más efectivo del tiempo, del propio talento y energía.
En el centro
Para escribir un enunciado de la misión personal tenemos que empezar en el centro mismo de nuestro círculo de influencia, ese centro compuesto por nuestros paradigmas más básicos, la lente a través de la cual vemos el mundo.

Es allí donde tomamos contacto con nuestra visión y nuestros va­lores. Allí aplicamos nuestra capacidad de autoconciencia para exa­minar nuestros mapas y, si valoramos los principios correctos, asegurarnos de que esos mapas describan con exactitud el territorio, de que nuestros paradigmas se basen en principios y en la realidad. Es allí donde usamos nuestra capacidad de autoconciencia como una brújula que nos ayuda a detectar nuestros talentos singulares y nues­tras propias áreas de contribución. Allí empleamos nuestra capaci­dad para imaginar, con el objeto de crear mentalmente el fin que de­seamos, otorgar una dirección y finalidad a nuestros inicios, y pro­porcionar el contenido de una constitución escrita personal.

Es también allí donde nuestros esfuerzos concentrados logran los mayores resultados. Cuando trabajamos en el centro mismo de nues­tro círculo de influencia, lo ampliamos. Éste es el trabajo CP de ma­yor peso, que influye significativamente en la efectividad de todos los aspectos de nuestras vidas.

Lo que haya en el centro de nuestra vida será nuestra fuente de seguridad, guía, sabiduría y poder.

La seguridad representa nuestro sentido de la valía, nuestra iden­tidad, nuestra base emocional, nuestra autoestima, nuestra fuerza Personal básica (o la ausencia de ella).


Por guía se entiende la fuente de dirección en la vida. Circunscritos por nuestro mapa (nuestro marco de referencia interno que nos interpreta lo que sucede afuera) están las normas, principios o criterios implícitos que día tras día gobiernan nuestras decisiones y acciones.

La sabiduría es nuestra perspectiva de la vida, nuestro sentido del equilibrio, nuestra comprensión del modo en que se aplican los diversos principios y partes, y de las relaciones que establecen entre sí. Abarca el juicio, el discernimiento, la comprensión. Es una Gestalt o unidad, un todo integrado.

El poder es la capacidad o facultad de actuar, la fuerza y poten­cia para realizar algo. Es la energía vital para elegir y decidir. Inclu­ye también la capacidad para superar hábitos profundamente enrai­zados y cultivar otros superiores, más efectivos.

Esos cuatro factores (seguridad, guía, sabiduría y poder) son interdependientes. La seguridad y la guía clara otorgan verdadera sabi­duría, y la sabiduría se convierte en la chispa o el catalizador que li­bera y dirige el poder. Cuando esos cuatro factores están presentes juntos, armonizándose y vivificándose entre sí, dan origen a la gran fuerza de una personalidad noble, un carácter equilibrado, un indivi­duo hermosamente integrado.

Estos factores de sustentación también subyacen en todas las otras dimensiones de la vida. Y en ningún caso se trata de cuestiones excluyentes. La medida en que se haya desarrollado cada uno de ellos puede esquematizarse de algún modo en un continuum muy se­mejante al continuum de la madurez que hemos descrito antes. En el límite inferior, los cuatro factores son débiles. Básicamente depen­demos de las circunstancias o de otras personas; cosas sobre las que no tenemos ningún control directo. En el límite superior el control es nuestro. Tenemos una fuerza independiente y la base para relaciones ricas e interdependientes.

Nuestra seguridad está en algún punto del continuum entre la in­seguridad extrema (donde nuestra vida se ve azotada por todas las fuerzas volubles que actúan sobre ella) y un sentido profundo de la valía intrínseca y la seguridad personal, en el otro extremo. La guía varía a lo largo del continuum entre la dependencia del espejo social u otras fuentes fluctuantes e inestables, en un extremo, y la fuerte di­rección interior en el otro. La sabiduría cae en algún punto existente entre un mapa por completo inexacto en el que todo aparece distorsionado y nada armoniza, por un lado, y por el otro un mapa de la vida completo y exacto en el que todas las partes y principios están adecuadamente relacionados entre sí. Al poder que uno tiene le co­rresponde un punto entre la inmovilización o la condición de marioneta movida por algún otro, y la alta proactividad, la capacidad de actuar en concordancia con los propios valores, sin «ser actuado» por otras personas y por las circunstancias.

La situación de esos factores en sus respectivos continuum, el gra­do resultante de su integración, armonía y equilibrio, y su efecto posi­tivo en cada aspecto de nuestra vida, están en función de nuestro cen­tro, de los paradigmas básicos que se encuentran en nuestro núcleo.
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