Era la primavera, y Orbilio languidecía en Roma, enfermo, inmóvil




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títuloEra la primavera, y Orbilio languidecía en Roma, enfermo, inmóvil
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Arthur Rimbaud

POESÍAS COMPLETAS


I. VERSOS ESCOLARES

A. POEMAS EN LATÍN1


1


EL SUEÑO DEL ESCOLAR2
Era la primavera, y Orbilio languidecía en Roma, enfermo, inmóvil:

entonces, las armas de un profesor sin compasión iniciaron una tregua:

los golpes ya no sonaban en mis oídos

y la tralla ya no cruzaba mis miembros con permanente do­lor.

Aproveché la ocasión: olvidando, me fui a las campiñas ale­gres.

Lejos de los estudios y de las preocupaciones, una apacible alegría hizo renacer mi fatigada mente.

Con el pecho hinchado por un desconocido y delicioso contento,

olvidé las lecciones tediosas y los discursos tristes del maes­tro;

disfrutaba al mirar los campos a lo lejos y los alegres mila­gros de la tierra primaveral.

Cuando era niño, sólo buscaba los paseos ociosos por el campo:

sentimientos más amplios cabían ahora en mi pequeño pe­cho;

no sé que espíritu divino le daba alas a mis sentidos exalta­dos;

mudos de admiración, mis ojos contemplaban el espec­táculo;

en mi pecho nacía el amor por los cálidos campos:

como antaño el anillo de hierro que al amante de Magnesia atrae, con una fuerza secreta, atándolo sin ruido gracias a invisibles ganchos.
Mientras, con los miembros rotos por mis largos vagabun­deos,

me recostaba en las verdes orillas de un río,

adormecido por su suave susurro, llevado por mi pereza y acunado por el concierto de los pájaros y el hálito del aura,

por el valle aéreo llegaron unas palomas,

blanca bandada que traía en sus picos guirnaldas de flores cogidas por Venus,

bien perfumadas, en los huertos de Chipre.

Su enjambre, al volar despacioso, llegó al césped donde yo descansaba, tendido,

y batiendo sus alas a mi alrededor, me rodearon la cabeza, liándome las manos, con una corona de follaje

y, tras coronar mis sienes con ramos de mirto aromado, me alzaron, por los aires, cual levísimo fardo...

Su bandada me llevó por las altas nubes, adormecido bajo una fronda de rosas;

el viento acariciaba con su aliento mi lecho acunado suave­mente.

Y en cuanto las palomas llegaron a su morada natal, al pie de una alta montaña,

y se alzaron con un vuelo rápido hasta sus nichos suspen­didos,

me dejaron allí, despierto ya, abandonándome.

¡Oh dulce nido de pájaros!...

Una luz restallante de blancura, en tomo a mis hombros, me viste todo el cuerpo con sus rayos purisimos:

luz en nada parecida a la penumbrosa luz que, mezclada con sombras, oscurece nuestras miradas.

Su origen celeste nada tiene en común con la luz de la tie­rra.

Y una divinidad me sopla en el pecho un algo celeste y des­conocido, que corre por mí como un río.
Y las palomas volvieron trayendo en su pico una corona de laurel trenzada

semejante a la de Apolo cuando pulsa con los dedos las cuerdas3;

y cuando con ella me ciñeron la frente4,

el cielo se abrió y, ante mis ojos atónitos, volando sobre una nube áurea,

el mismo Febo5 apareció, ofreciéndome con su mano el plectro6 armonioso,

y escribió sobre mi cabeza con llama celeste estas palabras:

«SERAS POETA»...

Al oírlo, por mis miembros resbala un calor extraordinario, del mismo modo que, en su puro y luciente cristal, el sol enardece con sus rayos la límpida fuente.

Entonces, también las palomas abandonan su forma ante­rior:

el coro de las Musas aparece, y suenan suaves melodías;

me levantan con sus blandos brazos,

proclamando por tres veces el presagio y ciñéndome tres veces de laureles7.
(6 de noviembre de 1868)

RIMBAUD ARTHUR

Nacido en Charleville, el 20 de octubre de 1854

Libre externo del colegio de Charleville


2


EL ÁNGEL Y EL NIÑO8
El nuevo año ha consumido ya la luz del primer día;

luz tan agradable para los niños, tanto tiempo esperada y tan pronto olvidada,

y, envuelto en sueño y risa, el niño adormecido se ha calla­do...

Está acostado en su cuna de plumas; y el sonajero ruidoso9 calla, junto a él, en el suelo.

Lo recuerda y tiene un sueño feliz:

tras los regalos de su madre, recibe los de los habitantes del cielo10.

Su boca se entreabre, sonriente, y parece que sus labios en­tornados invocan a Dios.

Junto a su cabeza, un ángel aparece inclinado:

espía los susurros de un corazón inocente y, como colgado de su propia imagen,

contempla esta cara celestial: admira sus mejillas, su frente serena, los gozos de su alma,

esta flor que no ha tocado el Mediodía11:

«¡Niño que a mí te pareces, vente al cielo conmigo! Entra en la morada divina;

habita el palacio que has visto en tu sueño;

¡eres digno! ¡Que la tierra no se quede ya con un hijo del cielo!

Aquí abajo, no podemos fiamos de nadie; los mortales no acarician nunca con dicha sincera;

incluso del olor de la flor brota un algo amargo;

y los corazones agitados sólo gozan de alegrías tristes;

nunca la alegría reconforta sin nubes y una lágrima luce en la risa que duda.

¿Acaso tu frente pura tiene que ajarse en esta vida amarga, las preocupaciones turbar los llantos de tus ojos color cielo y la sombra del ciprés dispersar las rosas de tu cara?

¡No ocurrirá! te llevaré conmigo a las tierras celestes,

para que unas tu voz al concierto de los habitantes del cielo.

Velarás por los hombres que se han quedado aquí abajo.

¡Vamos! Una Divinidad rompe los lazos que te atan a la vida.

¡Y que tu madre no se vele con lúgubre luto;

que no mire tu féretro con ojos diferentes de los que mira­ban tu cuna;

que abandone el entrecejo triste y que tus funerales no en­tristezcan su cara,

sino que lance azucenas a brazadas,

pues para un ser puro su último día es el más bello!»
De pronto acerca, leve, su ala a la boca rosada...

y lo siega, sin que se entere, acogiendo en sus alas azul cie­lo el alma del niño,

llevándolo a las altas regiones, con un blando aleteo.
Ahora, el lecho guarda sólo unos miembros empalidecidos, en los que aún hay belleza,

pero ya no hay un hálito que los alimente y les dé vida.

Murió... Mas en sus labios, que los besos perfuman aún, se muere la risa,

y ronda el nombre de su madre;

y según se muere, se acuerda de los regalos del año que nace.

Se diría que sus ojos se cierran, pesados, con un sueño tran­quilo.

Pero este sueño, más que nuevo honor de un mortal,

rodea su frente de una luz celeste desconocida,

atestiguando que ya no es hijo de la tierra, sino criatura del Cielo.

¡Oh! con qué lágrimas la madre llora a su muerto

¡cómo inunda el querido sepulcro con el llanto que mana!

Mas, cada vez que cierra los ojos para un dulce sueño,

le aparece, en el umbral rosa del cielo, un ángel pequeñito que disfruta llamando a la dulce madre que sonríe al que sonríe.

De pronto, resbalando en el aire, en tomo a la madre extra­ñada, revolotea con sus alas de nieve

y a sus labios delicados une sus labios divinos12.
(1.º semestre de 1869)

ARTHUR RIMBAUD

Nacido el 20 de octubre de 1854 en Charleville

3
COMBATE DE HÉRCULES

Y DEL RÍO AQUELO13
Antaño, el Aquelo de aguas henchidas salió de su vasto le­cho;

tumultuoso irrumpió por los valles en cuesta envolviendo en sus aguas los rebaños y el adorno de las mieses dora­das.

Caen las casas de los hombres derruidas y los campos que se extienden a lo ancho van siendo abandonados;

la Ninfa ha dejado su valle

los coros de los faunos se han callado:

todos contemplaban el furioso río.

Alcides14, al oír sus quejas, se compadeció de ellos:

para frenar los furores del río lanza a las aguas crecidas su enorme cuerpo,

expulsa con sus brazos las oleadas que espumean

y las devuelve domadas a su lecho.

La ola del río vencido se estremece con rabia.

Al instante, el dios del río adopta la forma de una serpien­te:

silba, chirría y retuerce su torso amoratado

y con su terrible cola golpea las esponjosas orillas.

Entonces, Alcides se avalanza, con sus robustos brazos, le rodea el cuello, lo aprieta, lo destroza con sus potentes músculos,

y, volteando el tronco de un árbol lo lanza sobre él, deján­dolo moribundo sobre la negra arena

y alzándose furioso, le brama:

«¿Te atreves a desafiar los músculos hercúleos, imprudente, no sabes que crecieron en estos juegos ––ya, cuando aún niño, estaba en mi primera cuna––:

ignoras que he vencido a los dos dragones?
Pero la vergüenza estimula al dios del río y la gloria de su nombre derrumbado, en su corazón oprimido por el do­lor, se resiste;

sus fieros ojos brillan con un fuego ardiente,

su terrible frente armada15 surge desgarrando el viento;

muge, y tiemblan los aires ante su horrendo mugido.

Mas el hijo de Alcmena se ríe de esta lucha furiosa...

Vuela, coge y zarandea los miembros temblorosos y los es­parce por el suelo:

aplasta con la rodilla el cuello que cruje

y aprieta con un nudo vigoroso la garganta palpitante, has­ta que exhala estertores.

Y entonces, Alcides, arrogante, mientras aplasta al mons­truo, le arranca de la frente ensangrentada un cuerno ––prueba de su victoria.

Al verlo, los Faunos, los coros de las Dríades16 y las herma­nas de las Ninfas

cuyas riquezas y refugios natales el vencedor había vengado se acercan hasta donde estaba, recostado perezosamente a la sombra de un roble,

evocando en su alegre espíritu los triunfos pasados.

Su alegre tropel lo rodea y corona su frente con múltiples flores y lo adorna con verdes guirnaldas.

Todos, entonces, cogen, como si fueran una sola mano, el cuerno que junto a él yacía 17,

llenando el despojo cruento de ubérrimas manzanas y de perfumadas flores18.
Primer semestre de 1869

RIMBAUD

(Externo en el colegio de Charleville)

4
YUGURTA19
La Providencia es causa de que, algunas veces, el mismo hombre reaparezca en si­glos diferentes.
BALZAC, Cartas.

I
Ha nacido en las colinas de Arabia 20 un niño enorme, y el aura leve ha dicho: «¡Éste es el nieto de Yugurta!...»
Hacía poco tiempo que había desaparecido por los aires aquel que pronto sería para la patria y para el pueblo ára­be Yugurta,

cuando una sombra apareció sobre el niño, ante la mirada atónita de los padres

––la sombra de Yugurta,

narrando su vida y profiriendo este oráculo:

«¡Oh patria mía! ¡oh tierra defendida por mis trabajos!...»

e, interrumpida momentáneamente por el céfiro, se calló un momento...

«Roma, impura morada antaño de numerosos ladrones, rompió, malvada, sus muros angostos y se expandió por sus alrededores, encadenando los contornos vecinos:

abrazó con lazos apretados el orbe y lo hizo suyo.

Muchos pueblos no quisieron rechazar el yugo fatal;

y los que cogieron las armas derramaban su sangre a porfia, pero sin resultados para la libertad de su patria.

Más grande que los obstáculos, Roma destrozaba pueblos, cuando no se aliaba con sus ciudades.
Ha nacido en las colinas de Arabia un niño enorme, y el aura ligera ha dicho: «Éste es el nieto de Yugurta...»
«Yo mismo creí que este pueblo tenía sentimientos genero­sos,

pero cuando fui mayor y pude ver esta nación de cerca,

¡una gran herida apareció bajo su enorme pecho!...
––¡un veneno siniestro se había diluido por sus miembros: la sed fatal del oro!

Toda ella estaba levantada en armas...

¡Y esta ciudad meretriz reinaba sobre el orbe entero!

Contra esta reina, contra Roma, decidí luchar,

despreciando el pueblo al que toda la tierra obedece!...»
Ha nacido en las colinas de Arabia un niño enorme, y el aura ligera ha dicho: «¡Éste es el nieto de Yugurta!...»
«Pues, cuando Roma decidió inmiscuirse en los consejos de Yugurta,

para apoderarse, de manera imperceptible y con engaños, de mi patria,

tomé conciencia de las cadenas amenazantes y decidí en­frentarme a Roma,

¡experimentando los profundos dolores de un corazón an­gustiado!

¡Oh pueblo sublime!, ¡mis guerreros!, ¡muchedumbre san­ta!

Y aquélla, la reina arrogante, gloria del orbe, aquélla, se de­rrumbó ––se derrumbó, embriagada por mis dones.

¡Cómo nos hemos reído, nosotros, Númidas21, con la ciu­dad de Roma!

El bárbaro Yugurta estaba en todas las bocas:

¡Nadie podía oponerse a los Númidas!...
Ha nacido en las colinas de Arabia un niño enorme, y el aura ligera ha dicho: «¡Éste es el nieto de Yugurta...!»
¡Ése soy yo, el Númida, llamado a adentrarme, con valor, en el territorio de los Romanos, hasta la Ciudad!

Asenté un golpe en su orgullosa frente, despreciando sus tropas mercenarias.

Y este pueblo se levantó en armas, durante tanto tiempo ol­vidadas:

yo no he dejado la espada: no tenía ninguna esperanza de triunfar... ¡pero al menos podía competir con Roma!

Opuse ríos, opuse rocas a los batallones de Rómulo22:

ora luchan por las arenas de Libia,

ora combaten por los castros altísimos de las cumbres:

a veces tiñen con su sangre derramada mis campiñas;

¡y se quedan desconcertados ante un enemigo tenaz que desconocen...!»
Ha nacido en las colinas de Arabia un niño enorme, y el aura ligera dice: «¡Éste es el nieto de Yugurta!...»
«Tal vez hubiera vencido, al fin, a los escuadrones enemi­gos...

Mas, la perfidia de Bocchio... 23 ––Para qué revolver más el asunto?

Contento, abandoné la patria y el poder del reino,

contento, por haberle aplicado a Roma el golpe del rebelde.

Pero he aquí que aparece un nuevo vencedor del campea­dor de los Arabes, ¡Galia! ..24.

Tú, hijo mío25, si infringes el destino cruel, tú serás el ven­gador de la Patria...

¡Pueblos subyugados, tomad las armas!...

¡Que en vuestros pechos dominados renazca el valor primi­tivo!

¡Blandid de nuevo las espadas y, acordándoos de Yugurta, repeled a los vencedores!

¡Ofreced vuestra sangre derramada a la patria!

¡Que emerjan en medio de la guerra los leones de Arabia, desgarrando con sus dientes vengadores a las huestes ene­migas!

¡Y tú, crece, niño! ¡Favorezca la fortuna tus trabajos

y que el Galo no deshonre ya las costas árabes!...»
––¡Y el niño jugaba con su corva espada!..26.

II
¡Napoleón!27... ¡Oh, Napoleón!... El nuevo Yugurta ha sido vencido...

Vencido, languidece en una indigna cárcel28.

Y he aquí que Yugurta se le aparece de nuevo, en la sombra, al guerrero

y con su plácida boca susurra estas palabras:

«¡Ríndete, tú, hijo mío, al nuevo Dios. Que ya no existan más disputas!

Ahora nace una era mejor...

La Galia va a romper tus cadenas y verás la prosperidad del Árabe, alegre, bajo el Galo vencedor29.

Acepta la alianza de un pueblo generoso...–– grande, de pronto, gracias a un país inmenso,

sacerdote y jurado de la Justicia....

Ama de corazón a tu abuelo Yugurta... acuérdate siempre de su destino:
III
¡Pues es el genio de las orillas árabes el que se te aparece!...»
2 de julio de 1869

RIMBAUD JEAN-NICOLAS-ARTHUR

(Externo del colegio de Charleville)
5


JESÚS DE NAZARET30
En aquel tiempo Jesús vivía en Nazaret:

Crecía en virtud el niño y también crecía en años.

Una mañana, cuando vio que los tejados se ponían rubes­centes31

salió de su cama, mientras todo dormía bajo un pesado so­por,

para que José, al levantarse, encontrara la tarea ya acabada. Volcado sobre el trabajo y con el rostro sereno, tirando y empujando una enorme sierra,

cortaba muchas tablas con sus brazos de niño.

Lejos, sobre los altos montes, el claro32 sol subía

y sus llamas de plata entraban por las humildes ventanas...

Ya conducen los boyeros los rebaños a los pastos

y admiran, al pasar, al joven artesano y los ruidos del traba­jo matutino.

«¿Quién es este niño?», preguntan.

Su cara expresa una seriedad mezclada de belleza; y la fuer­za nace en sus brazos.

El joven artífice trabaja el cedro con arte, como un vetera­no;

ni los trabajos de Hiram33 fueron antaño tan grandes, cuan­do, en presencia de Salomón,

con vigoroso y prudente brazo, cortaba los enormes cedros y los maderos del templo.

Sin embargo, su cuerpo se arquea más flexible que una grá­cil caña,

alcanzando su espalda el hacha, cuando la levanta.»
Pero su madre, oyendo el rechinar de la hoja de la sierra, ha­bía abandonado el lecho,

y entrando sigilosa y en silencio,

sorprendida ve al niño que se afana y que maneja enormes tablas...

Apretando los labios mira,

y, mientras abraza a su hijo con su mirada serena, por sus trémulos labios se pierden vagos murmurios; Brilla la risa en sus lágrimas...
Mas la sierra, de pronto, se rompe, hiriendo los dedos in­cautos

y su cándida túnica se mancha con la sangre purpúrea...

un leve gemido se eleva de su boca.

Pero, al ver de repente a su madre, los dedos enrojecidos es­conde bajo su vestido

y, fingiendo sonreír, la saluda.

.................................................................................................................................

La Madre34, postrada a rodillas de su hijo,

acaricia, ¡que pena!, con sus dedos los dedos del niño

y besa repetidamente sus tiernas manos, con largos gemi­dos,

bañando su cara con enormes lágrimas.
Pero el niño impertérrito dice: «¿Por qué lloras, madre ig­norante35?

¿Porque el hiriente filo de la sierra rozó mis dedos?

¡Aún no ha llegado el momento en el que te sea preciso llo­rar!»
Y, entonces, reemprende el trabajo:

su madre, silenciosa, vuelve hacia el suelo su rostro lumi­noso, pensando en tantas cosas

y mirando a su hijo con tristes miradas:

«Gran Dios, hágase tu voluntad santa.»

(1870)

A. RIMBAUD36

B: POEMAS DE «UN CORAZÓN
BAJO UNA SOTANA»37
138

¡A nuestro lado,

Virgen María

Madre querida

del Jesús manso,

oh Santo Cristo,

ven madre santa,

Virgen preñada,

a redimirnos!


239
¿Acaso no imaginas por qué de amor me muero?

La flor me dice: ¡Hola! ¡Buenos días!, el ave.

Llegó la primavera, la dulzura del ángel.

¡No adivinas acaso por qué de embriaguez hiervo!

Dulce ángel de mi cuna, ángel de mi abuelita,

¿No adivinas acaso que me transformo en ave

que mi lira palpita y que mis alas baten

como una golondrina?

3
LA BRISA40
En su retiro de algodón,

con suave aliento, duerme el aura:

en su nido de seda y lana,

el aura de alegre mentón
Cuando el aura levanta su ala,

en su retiro de algodón

y corre do la flor lo llama

su aliento es un fruto en sazón.
¡Oh, el aura quintaesenciada!

¡Oh, quinta esencia del amor!

¡Por el rocío enjugada,

qué bien me huele en el albor!
Jesús, José, Jesús, María.

Es como el ala de un halcón

que invade, duerme y apacigua

al que se duerme en oración41.

II. POESÍAS DE 1869––187142

1


EL AGUINALDO DE LOS HUÉRFANOS43
I
El cuarto es una umbría; levemente se oye

el bisbiseo triste y suave de dos niños.

Sus cabezas se inclinan, llenas aún de sueños

bajo al blanco dosel que tiembla, al ser alzado.

En la calle, los pájaros, se apiñan, frioleros:

bajo el gris de los cielos, sus alas se entumecen;

y envuelto en su cortejo de bruma, el Año Nuevo,

arrastrando los pliegues de su manto de nieves,

sonríe entre sollozos, y canta estremecido...
II
Mientras tanto, los niños, bajo el dosel flotante,

hablan bajito como en las noches oscuras.

Escuchan, a lo lejos, algo como un murmullo...

y tiemblan al oír la voz clara y dorada

del timbre matinal que lanza y lanza aún

su estribillo metálico bajo el globo de vidrio...

––Pero el cuarto está helado... podemos ver, tiradas

en el suelo, las prendas de luto, en tomo al lecho:

¡el cierzo, áspero y crudo, gimiendo en el umbral

invade con su aliento mohino la morada!

Sentimos que algo falta, en la casa, en los niños...

¿Ya no existe una madre para estos pequeños,

una madre con risa fresca y mirada airosa?

¿Se ha olvidado, de noche, sola y casi dormida

de encender esa llama que la ceniza esconde,

de echar sobre sus cuerpos el plumón y la lana44,

pidiéndoles perdón, antes de abandonarlos?

¿No ha previsto que el frío hiere la madrugada,

que el cierzo del invierno acecha en el umbral?

––¡La esperanza materna, es la cálida alfombra,

es el nido45 mullido, en el que los chiquillos,

cual pájaros hermosos que acunan el follaje

duermen, acurrucados, sus dulces sueños blancos!...

––Pero éste es como un nido, sin plumas, sin tibieza,

en el que los pequeños tienen frío y no duermen,

miedosos, sólo un nido que el cierzo ha congelado...
III
Ya lo habéis comprendido: es que no tienen madre46

¡Sin madre está el hogar! ––y ¡qué lejos el padre!...

Una vieja criada se está ocupando de ellos;

y en la casona helada, los niños están solos.

Huérfanos de cuatro años... de pronto en su cabeza
se despierta, riendo, un recuerdo que asciende:

algo como un rosario desgranado al rezar47.

––¡Mañana deslumbrante, mañana de aguinaldos!

cada uno, de noche, soñaba con los suyos,

en un extraño sueño, poblado de juguetes

dulces vestidos de oro, joyas resplandecientes,

bailando en torbellinos una danza sonora,

bajo el dosel ocultos, y, luego, desvelados.

Se despertaban pronto y, alegres, se marchaban,

con los labios golosos, frotándose los párpados,

y el pelo alborotado en tomo a la cabeza,

con los ojos brillantes de los días festivos,

rozando con las plantas desnudas la tarima,

a la alcoba paterna: llamaban despacito...

¡entraban!... y en pijama... ¡todo eran parabienes,

besos como en guirnaldas y libre algarabía!
IV
¡Tenían tanto encanto las palabras ya dichas!

––Pero cómo ha cambiado la casa de otros tiempos48:

El fuego chispeaba, claro, en la chimenea,

alumbrando a raudales el viejo cuarto oscuro;

y los rojos reflejos lanzados por las llamas

jugaban en rodales por los muebles lacados...

––¡Cerrado y sin su llave estaba el gran armario!

Muchas veces, miraban la puerta parda y negra...

¡sin llave!... ¿no es extraño?... y soñaban, mirando,

en todos los misterios dormidos en su seno,

creyendo oír, lejano, en el ojo entreabierto,

un ruido hondo y confuso, como alegre susurro...49.

––La alcoba de los padres, hoy está tan vacía:

ningún rojo reflejo brilla bajo la puerta;

ya no hay padres, ni fuego, ni llaves sustraídas;

¡así pues, ya no hay besos ni agradables sorpresas!

Qué triste les va a ser el día de Año Nuevo.

––Y, absortos, mientras cae del azul de sus ojos,

lentamente, en silencio, una lágrima amarga,

murmuran: «¿Cuándo, ¡ay!, volverá nuestra madre?»
..................................................................................................................................
Ahora, los pequeños duermen tan tristemente

que al verlos pensaríais que lloran mientras duermen,

con los ojos hinchados y el soplo jadeante.

¡Los niños pequeñitos son seres tan sensibles!

Pero el ángel que vela junto a las cunas llega

para secar sus ojos, y de esta pesadilla

nace un alegre sueño, un sueño tan alegre

que sus labios cerrados piensan, al sonreír...

––Y sueñan que, apoyados en sus brazos llenitos,

igual que al despertarse, adelantan su cara

mirando en derredor con mirar distraído,

creyéndose dormidos en paraísos rosas.

Canta en la chimenea alegremente el fuego...

un cielo azul y hermoso entra por la ventana;

el mundo se despierta y se embriaga de luces...

y la tierra, desnuda, y alegre, al revivir,

tiembla henchida de gozo con los besos del sol...

y en el caserón viejo todo es tibio y rojizo50:

los vestidos oscuros ya no cubren en el suelo,


el cierzo ya no grita, dormido en el umbral...

¡Diríase que un hada ha invadido las cosas!

––Los niños han gritado, alegres... allí, mira...

unto al lecho materno, en un fulgor rosado,

allí, sobre la alfombra, un objeto destella...

Son unos medallones de plata, blancos, negros,

de nácar y azabache, con luces rutilantes:

son dos marquitos negros con un festón de vidrio,

y en letras de oro brilla un grito: «A NUESTRA MADRE»51

..................................................................................................................................
Diciembre de 1869

2
PRIMERA VELADA52
Desnuda, casi desnuda;

y los árboles cotillas

a la ventana arrimaban,

pícaros, su fronda pícara.
Asentada en mi sillón,

desnuda, juntó las manos.

Y en el suelo, trepidaban,

de gusto, sus pies, tan parvos.
––Vi cómo, color de cera,

un rayo con luz de fronda53

revolaba por su risa

y su pecho ––en la flor, mosca54,
––Besé sus finos tobillos.

Y estalló en risa, tan suave,
risa hermosa de cristal.

desgranada en claros trinos...
Bajo el camisón, sus pies

––¡Basta, basta!» ––se escondieron.

––¡La risa, falso castigo

del primer atrevimiento!
Trémulos, pobres, sus ojos

mis labios besaron, suaves:

––Echó, cursi, su cabeza

hacia atrás: «Mejor, si cabe...!
Caballero, dos palabras...»»

––Se tragó lo que faltaba

con un beso que le hizo

reírse... ¡qué a gusto estaba!
––Desnuda, casi desnuda;

y los árboles cotillas

a la ventana asomaban,

pícaros, su fronda pícara.
1870

3

SENSACIÓN55
Iré, cuando la tarde cante, azul, en verano,

herido por el trigo, a pisar la pradera;

soñador, sentiré su frescor en mis plantas

y dejaré que el viento me bañe la cabeza.
Sin hablar, sin pensar, iré por los senderos:

pero el56 amor sin límites me crecerá en el alma.

Me iré lejos, dichoso, como con una chica,

por los campos57, tan lejos como el gitano vaga.
Marzo de 1870

4
EL HERRERO58

Palacio de las Tullerías, hacia el 10 de agosto del 9259
Con el brazo en la maza gigantesca, terrible

de embriaguez y grandeza, frente ancha, boca enorme

abierta, cual clarín de bronce60 por la risa,

con su hosca mirada, sujetando a ese gordo,

al pobre Luis, un día, le decía el Herrero

que el Pueblo estaba ahí, girando en rededor,

y arrastrando su ropa sucia por las paredes

doradas. Y el buen rey, de pie sobre su tripa,

palideció, cual reo que llevan a la horca;

mas, como can sumiso, el rey no protestaba,

pues el hampón de fragua, el de los anchos hombros,

contaba viejos hechos y cosas tan extrañas

que fruncía la frente, herida de dolor.

«Pues sepa usted, Mi Sire, cantando el tralalá

llevábamos los bueyes a los surcos ajenos:

el Canónigo, al sol, tejía padres nuestros

por rosarios granados con claras perlas de oro61,

el Señor, a caballo, tocando el olifante,

pasaba; con garrote, el primero, con látigo,

el otro, nos zurraban. ––Como estúpidos ojos

de vaca, nuestros ojos ya no lloraban; íbamos...

y cuando como un mar de surcos, la comarca

dejábamos, sembrando en esa tierra negra

trozos de nuestra carne... nos daban la propina:

incendiaban de noche nuestra choza; en las llamas

ardían nuestros hijos cual tortas bien horneadas.
...«¡No me quejo, qué va! Te digo mis manías,

en privado. Y admito que tú me contradigas.

¿Acaso no es hermoso ver en el mes de junio

cómo entran en la granja los carros llenos de heno,

enormes, y en los huertos oler, cuando llovizna,

todo cuanto germina por la hierba rojiza62;

ver en sazón la espiga de los trigos granados, ,

y pensar que un buen pan se anuncia en los trigales...?

¡Aún hay más: iríamos a la fragua encendida,

cantando alegremente al ritmo de los yunques,

si al menos nos dejaran coger unas migajas,

hombres, al fin y al cabo, de cuanto Dios ofrece!
––¡Y siempre se repite la misma y vieja historia...!

«¡Pero ahora ya sé: y no puedo admitir,

teniendo dos manazas, mi frente y mi martillo,

que alguien pueda llegar, con el puñal en ristre,

para decirme: Mozo, siembra mis sembradíos,

y que en tiempo de guerra vengan para llevarse

mi hijo de su casa, como algo natural!

––Yo podré ser un hombre; tu podrás ser el rey,

y decirme: ¡Lo quiero! Te das cuenta, es estúpido.

Crees que me entusiasma ver tu espléndida choza,

tus
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