Noventa. Conferencista e hijo del narcotraficante más conocido de la historia




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títuloNoventa. Conferencista e hijo del narcotraficante más conocido de la historia
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y allí habríamos de permanecer dos semanas mientras mi padre enviaba por nosotros.
Entre tanto, mi papá y varios de los sicarios que participaron en el crimen de Lara —entre ellos ‘Pinina’ y ‘Otto’— se dirigieron muy temprano al corregimiento La Tablaza, en el municipio de La Estrella, donde los recogió un helicóptero para llevarlos a Panamá. Al mismo tiempo y desde un sitio conocido como la variante de Caldas, otro helicóptero recogió a la familia de Gustavo Gaviria.
Sin embargo, a esa aeronave se le rompió el tanque de gasolina en pleno vuelo y debió aterrizar de emergencia en la selva, lejos de la frontera colombo-panameña. Estuvieron perdidos varios días hasta que llegaron a un caserío donde les brindaron ayuda.
Pocos días después llegó de improviso un mensajero de mi padre y nos dijo que al día siguiente nos recogería un helicóptero en un potrero lejano dentro del municipio de la Estrella. Esa noche, mi madre alistó una maleta pequeña en la que metió unas pocas prendas de ropa para ella y para mí. También incluyó ropita para niño porque ella y mi padre pensaban que tendrían otro barón. Al día siguiente, cuando llegamos a lugar del encuentro, nos presentaron a un médico que viajaría con nosotros y llevaba equipos quirúrgicos por si el parto de mi madre se adelantaba.
Dos horas y media después y luego de un viaje tranquilo, el piloto aterrizó en un claro en la selva donde nos esperaba una camioneta. Estábamos en la frontera con Panamá. Ahí nos pusimos ropa de playa para no despertar sospechas y de inmediato nos dirigimos a Ciudad de Panamá, al apartamento de un amigo de mi padre donde las primeras tres noches dormimos en colchonetas.
Ahí supimos que el asesinato de Rodrigo Lara había producido la desbandada de los principales capos del narcotráfico de Colombia y que en Panamá ya se encontraban, aparte de mi padre y Gustavo Gaviria, Carlos Lehder, los hermanos Ochoa y los hermanos Rodríguez Orejuela, jefes del cartel de Cali.
Del apartamento al que llegamos inicialmente nos pasamos a una casa vieja, húmeda y calurosa en el casco antiguo de la ciudad; era horrible; la ducha estaba repleta de hongos y el agua se estancaba y había que bañarse en pantuflas; además y por pura precaución, durante la primera semana solo comimos pollo de KFC que mi padre hacía traer con uno de sus muchachos.
Uno de esos días, mi madre contactó a un ginecólogo paname- ño, que llegó a la casa a examinarla. Luego de las pruebas de rigor, el especialista nos sorprendió con la noticia de que mi madre esperaba una bebé. Pese al dictamen, mi madre se quedó con una gran duda porque los chequeos en Medellín siempre señalaban que tendría un niño. Mi Papá se puso feliz con la sorpresa.
Entonces nos vimos abocados a buscar un nombre para mi hermana y yo propuse Manuela en recuerdo de mi primera novia, una de mis compañeras en el colegio Montessori donde estudié algún tiempo antes de retirarme porque así nos lo impuso la clandestinidad.
—Usted le responde a su hermana cuando crezca si no le gusta ese nombre —dijo mi padre al aceptar el nombre de Manuela.
El 22 de mayo, tres días antes del nacimiento de mi hermana, nos pasamos a otra casa, esa sí lujosa y confortable, propiedad del entonces hombre fuerte de Panamá, el general Manuel Antonio Noriega.
Aunque veíamos muy poco a mi padre, al parecer las cosas iban mejorando porque Noriega envió varios policías a cuidarnos en varios turnos y ya pudimos tener un poco más de libertad.
Por esos días mi padre me regaló una motocicleta Honda de cincuenta centímetros cúbicos, pero como no había quién me acompañara a manejarla le ordenó a ‘Arete’ —uno de sus hombres que permanecía en Medellín— que viajara a Ciudad de Panamá a estar conmigo. A partir de ahí, ‘Arete’ se vestía de blanco y salía todas las mañanas a trotar mientras yo manejaba la moto.
Años después, en una larga conversación, le pregunté a mi padre cuál había sido en realidad la relación que él y sus socios en el cartel de Medellín sostuvieron con Noriega.
Me dijo que se trataba de una larga historia que comenzó en 1981, cuando él conoció a Noriega y le dio cinco millones de dólares en efectivo a cambio de permitir la instalación de varias cocinas de procesamiento de pasta de coca en el Darién panameño y de facilitar operaciones de lavado de dólares en los bancos. Noriega se comprometió a ‘dejar trabajar’ sin poner obstáculos, pero aclaró que no sería socio en el tráfico de cocaína.
Sin embargo, el general Noriega incumplió y meses después de recibir el dinero y de estar en funcionamiento varios laboratorios montó una operación militar en la que destruyó las cocinas, detuvo a cerca de treinta personas y decomisó un Lear Jet y un helicóptero de mi padre.
Según mi papá, furioso, le envió un mensaje amenazante a Noriega y lo conminó a devolverle el dinero o mandaría a matarlo. Debió asustarse porque casi de inmediato reintegró dos millones de dólares y se quedó con tres.
Aun cuando la relación con Noriega se hizo distante, para resarcir el daño permitió la presencia de mi padre y de los demás mafiosos en Panamá después de la muerte de Lara. Por eso llegamos a una de sus casas en la ciudad. Con todo, mi padre no confiaba en el militar panameño y por eso nuestra permanencia allí no podía ser indefinida.
El proceso electoral en Panamá habría de darle a mi padre la oportunidad para buscar una solución a la crisis desatada en Colombia por el asesinato del ministro de Justicia. Justo por esos días los medios de comunicación locales dieron a conocer la noticia de que el ex presidente Alfonso López Michelsen y los ex ministros Jaime Castro, Felio Andrade y Gustavo Balcázar asistirían como veedores de la elección presidencial que se desarrollaría en mayo de ese año.
Mi padre llamó a Medellín a Santiago Londoño White, tesorero de la campaña presidencial de López dos años atrás, y le pidió buscar un encuentro con el ex mandatario durante su permanencia en esa ciudad. Para agilizar las cosas le sugirió hablar con Felipe, hijo del ex mandatario y dueño de la revista Semana, para que este se comunicara con su padre y le transmitiera su propuesta. Londoño hizo las llamadas pertinentes y horas después el ex presidente López aceptó reunirse con mi padre y con Jorge Luis Ochoa en el hotel Marriott.

Horas antes de salir hacia el lugar de la entrevista, mi padre le contó a mi madre, aunque no le dio detalles.
— tata —así le decimos a mi madre— vamos a ver cómo arreglamos este problema. Vamos a una reunión con el ex presidente López.
En el encuentro en 1984 con López Michelsen, mi padre y jorge Luis ofrecieron que los narcos traficantes estaban dispuestos a entregar las pistas de aterrizaje, los laboratorios, las flotas de aviones, las rutas a Estados Unidos y a erradicar los cultivos ilícitos, es decir, a acabar el negocio a cambio de purgar penas de cárcel razonables si la justicia los hallaba responsables de delitos y, lo más importante, la no extradición a partir de la firma del pacto. López escuchó el planteamiento v se comprometió a buscar la manera de enterar al Gobierno.
De regreso a la casa, mi padre, parco, le dijo a mi madre:
—El ex presidente López va a hablar con el Gobierno; esperamos que haya una negociación.
Mi padre supo inmediatamente que el ex mandatario viajó de Panamá a Miami, donde se reunió con el ex ministro de Comunicaciones Bernardo Ramírez, amigo personal del presidente Betancury le dio a conocer rodos los detalles de su encuentro. La propuesta no cayó en el vacío porque el Gobierno le pidió al procurador general, Carlos Jiménez Gómez, que escuchara a los mafiosos en Ciudad de Panamá.
Mientras el procurador precisaba la fecha de viaje, el 25 de mayo nació mi hermana Manuela. Mi papá, Gustavo Gaviria y yo estábamos en la casa de Noriega cuando una llamada anunció que mi madre estaba en trabajo de parto. Mi padre manejó a alta velocidad hasta el hospital, donde nos pidieron esperar en una sala.
Él se veía nervioso y Gustavo le daba ánimos. El tiempo de espera se hizo eterno, hasta que salió un médico, felicitó a mi padre por la hermosa bebé recién nacida, dijo que las dos estaban bien y nos autorizo a entrar a verlas. Nos dirigimos al ascensor y cuál sería nuestra sorpresa cuando una enfermera llevaba a una recién nacida que tenía una pulsera con el nombre de Manuela Escobar. A mi papá se le iluminó la cara cuando la vio. Luego llegamos a abrazar y mi madre, que se notaba muy dolorida y pálida. Aprovechamos el momento y Gustavo nos tomó una foto a los cuatro integrantes de la familia.
Al día siguiente, 26 de mayo, llegó el procurador Jiménez Gómez y se reunieron en el hotel Marriott. Mi padre y Jorge Luis Ochoa reiteraron la propuesta planteada a López. Al final de la charla, el alto funcionario se comprometió a llevársela al presidente Betancur. Pero el plan se frustró porque pocos días después el diario El Tiempo publicó la noticia del encuentro en Panamá.
Lo cierto es que esa fue la única y última vez que Colombia tuvo en sus manos la posibilidad real de desmontar el noventa y cinco por ciento del negocio de narcotráfico. Pero la filtración de los contactos echó por tierra esa oportunidad.
Rota cualquier opción de acercamiento al Gobierno, pasaron los días hasta que mi padre llegó agitado en la primera semana de junio y nos dijo que tocaba salir corriendo de la casa donde está" bamos alojados.
—No podemos correr con una bebé. A usted, lata, no la puedo dejar aquí ni enviarla a Colombia. La única salida que tenemos es enviar a Manuela a Medellín. Allá la cuidarán porque no sabemos si vamos a dormir en la selva, o al lado de un lago, o si va a haber o no comida para la bebé. Así que no tenemos muchas opciones, no podemos huir con una bebé al lado si tenemos que seguir corriendo.
Para mi madre fue muy doloroso abandonar a su pequeña hija de escasas semanas de nacida. Y como yo era más grande —tenía siete años— no contemplaron la posibilidad de enviarme de regreso a Colombia, pues mi padre consideró que yo estaba más seguro a su lado.
Mi madre se llenó de nostalgia y lloró a cántaros cuanto tuvo que entregarle la niña a Olga, la enfermera, que viajaría a Medellín con uno de los hombres de confianza de mi padre.
¿Por qué el repentino afán de mi padre de salir de Panamá, al extremo de enviar de regreso a Colombia a su hija de quince días de nacida? Un día le pregunté y me contó que la prematura filtración del encuentro con López y el procurador los puso en evidencia en Colombia y en Estados Unidos y por eso temió que fueran a buscarlos para detenerlos. Además, existía el riesgo cierto de que Noriega lo traicionara nuevamente.
Ese nuevo escenario fue el que llevó a mi padre a buscar un plan B y para eso echó mano de los viejos contactos que había dejado en el M-19 en Medellín, cuando sucedió el secuestro de Martha Nieves Ochoa. Mi padre sabía que el grupo guerrillero y el nuevo régimen sandinista de Nicaragua tenían afinidades políticas e ideológicas y les pidió explorar la posibilidad de instalarse en ese país.
En pocos días recibió un mensaje del M-19 según el cual algunos integrantes de la junta de Gobierno nicaragüense estaban dispuestos a acogerlo a él, a otros capos y a sus familias, a cambio de ayuda económica para enfrentar el bloqueo impuesto por Estados Unidos. El acuerdo incluía el permiso para utilizar algunas regiones de Nicaragua como plataforma para continuar el tráfico de cocaína.
Recuerdo que mi padre comentó que Daniel Ortega, entonces candidato a la Presidencia de Nicaragua por el Frente Sandinista de Liberación Nacional, FSLN, envió a algunos funcionarios para que los acomodaran en Managua, la capital.
Mi padre encontró en Nicaragua una oportunidad real para cambiar de lugar de trabajo y de residencia. Así, luego de cerciorarse de que Manuela estaba bien en Medellín, mi madre, mi padre y yo viajamos en un vuelo comercial y fuimos recibidos en el aeropuerto por funcionarios de alto nivel del régimen sandinista que nos llevaron en un automóvil Mercedes Benz oficial a una enorme y

antigua casa donde nos encontramos con ‘el Mexicano’, su esposa Gladys y cuatro de sus guardaespaldas. Poco después llegaron mi abuela Hermilda y su hija Alba Marina; casi inmediatamente mi padre hizo que viajaran a cuidarnos ‘Pinina’, ‘Paskín’ y otra docena de sicarios cuyos alias ya olvidé.
De entrada, la vivienda no nos gustó. Era tenebrosa. Los muros de ladrillo tenían tres metros de altura y en cada esquina había torres de vigilancia con guardias fuertemente armados. Encontramos un libro que contaba la historia de ese lugar y según los relatos en el pasado allí se habían producido numerosas masacres. La comida no faltaba pero no nos dábamos cuenta quién llevaba el mercado, aunque era fácil entender que alguien del Gobierno estaba encargado de mantener llenas las neveras.
El día a día se nos hizo insoportable porque Managua era in- vivible, pues estaba en guerra civil por cuenta de los ataques de los contras’ enviados por EE.UU. a través de las fronteras de Costa Rica y Honduras para combatir a los sandinistas que en 1979 habían derrocado el régimen militar de Anastasio Somoza. La ciudad estaba sitiada y los estragos de la confrontación se notaban en los edificios derruidos, los negocios cerrados y no había supermercados ni droguerías.* Además, los tiroteos eran frecuentes.
Mi padre tenía millones y millones de dólares allí, pero no había en qué gastarlos.
Recuerdo que yo permanecía callado buena parte del tiempo y lloraba mucho. Les rogaba a mis padres que al menos regresáramos a Panamá. Es que ni siquiera había jugueterías y en el afán de salir de Panamá dejé abandonada mi moto y otros aparatos con los que me divertía.
Las únicas distracciones que tenía eran acompañar a mi mamá y a la mujer del ‘Mexicano’ a un salón de masajes cerca de la casa, escuchar con ‘Pinina’ los partidos de fútbol de Colombia que nos ponían por radioteléfono desde Medellín, y apostar quién mataba más moscas en cinco minutos en una habitación que vivía repleta de esos insectos. No más.
—En los tres meses siguientes solo pude ver a mi hija en una foto —se lamentó mi mamá porque aunque mi tío Mario le tomaba fotos a Manuela todos los días, nunca las pudo enviar debido a la presión de las autoridades.
Mientras nosotros vivíamos ese azarozo día a día, mi padre, el Mexicano’, dos militares nicaragüenses y Barry Seal —que ya se había sumado al grupo— viajaron a diferentes lugares de Nicaragua a explorar nuevas rutas para el tráfico de cocaína. Por varios días recorrieron en un helicóptero del Ejército nicaragüense los numerosos lagos y lagunas y las cadenas volcánicas que surcan el país, intentando identificar los lugares más adecuados para la construcción de laboratorios y de pistas de aterrizaje.
Como esta tarea podía demorar, optaron por utilizar un pequeño aeropuerto, Los Brasiles, situado no lejos de Managua para enviar los primeros cargamentos de cocaína en vuelos directos hacia el sur de la Florida.
El primer embarque de seiscientos kilos de cocaína empacado en unas tulas grandes de lona quedó previsto para la noche del lunes 25 de junio de 1984 en un avión que pilotearía el propio Seal. Pero ni mi padre, ni el Mexicano’ se percataron de que en realidad habían caído en una trampa porque mientras ellos y Federico Vaughan, funcionario del Ministerio del Interior de Nicaragua, esperaban que los soldados subieran la droga hacia la aeronave, Seal estaba tomando fotografías de ese instante. En ellas puede observarse incluso a los soldados nicaragüenses que ayudaron a cargar la nave.
El avión salió sin tropiezo alguno y mientras el infiltrado viajaba a entregar el cargamento y las fotos, mi padre y el Mexicano’ continuaron sus actividades sin presentir que se avecinaba un desastre.
Entre tanto, yo no dejaba de insistir todos los días en lo aburrido que estaba, pero mi padre se negaba a dejar que regresáramos porque según él nos matarían. Hasta que uno de esos días le pedí que nos dejara ir a mi madre y a mí y terminó aceptando, aunque a regaña- dientes. Ya estaba cansado de mi lloradera. Mi madre le prometió que no saldría a la calle, que se quedaría encerrada en Medellín.
—No, Tata. Tenemos que decirle que vos sí vas a viajar con él porque si no se va a poner más mal. Pero cuando lleguemos al aeropuerto le decimos que tiene que viajar solo. Y que lo acompaña ‘Tibu, mi hombre de confianza.
Así lo hicieron y cuando me dijeron en el aeropuerto que mi madre no viajaría, sentí la angustia más grande, me sentí abandonado. Entonces los abracé, y no quise soltarlos.
—Yo no quiero irme si mi mamá no viaja —dije en medio de las lágrimas pero mi papá, inflexible, prometió que ella viajaría en pocos días.
Mi madre me cuenta que se quedó llorando día y noche, sin sus dos hijos, rodeada de hombres armados y abandonada a su suerte en Nicaragua.
Desconsolada, uno de esos días le dijo a mi padre:
—Míster* déjame ir a encontrarme con una de mis hermanas y su esposo —Sí, pero si me promete, mi amor, que se devuelve para acá después de hablar con ellos.
Mi madre rae cuenta hoy que en ese entonces ella ya tenía decidido viajar de Panamá a Medellín a pesar de la promesa de regresar a Nicaragua. ‘
Mi papá empezó a llamarla insistentemente a Panamá para preguntar por Manuela y por mí, y al cuarto día mi madre se armó de valor y le dijo que se devolvería a Colombia para cuidar a sus hijos.
—Noooo, ¿cómo se te ocurre?. Qué vas a hacer una cosa de esas. Vos ya sabés que te van a matar y que no te podés equivocar en eso.
 

 

 

—No, míster, le prometo que me encierro donde mi madre y no salgo a nada, pero tengo una bebé que me necesita, que lleva más de tres meses sin su mamá.
Finalmente, mi mamá llegó muy asustada al aeropuerto Olaya Herrera y fue directo al edificio Altos donde encontró a mi abuela Nora con treinta kilos menos de peso y sumida en una profunda depresión.
El encuentro conmigo y mi hermanita fue muy emotivo y nos abrazamos todo el tiempo. Pero mi hermanita casi no reconocía a mi mamá y se ponía a llorar cuando ella la alzaba porque estaba acostumbrada a la enfermera y a mi abuela.
Pero si en Medellín las cosas estaban complicadas para nosotros, en Managua mi padre habría de afrontar otro duro golpe.
A mediados de julio, varios periódicos de Estados Unidos publicaron la secuencia fotográfica en la que aparecen mi padre y el Mexicano’ enviando el cargamento de cocaína desde Nicaragua. El documento gráfico era incontrovertible. Fue la primera vez y sería la última que pillaron a mi padre con las manos en la masa. Barry Seal lo había traicionado y él no lo olvidaría.
La filtración de las fotografías a los medios de comunicación hicieron el doble daño de dejar en evidencia a mi padre y a la vez culpar al régimen sandinista de izquierda de aliarse con la mafia colombiana. El escándalo hizo insostenible su permanencia en ese país y dos semanas después mi padre y ‘el Mexicano’ regresaron con todos sus escoltas a Colombia.
Mi padre llegó a la ciudad inmediatamente a esconderse y su vida en la clandestinidad seguiría por mucho tiempo. Nosotros continuamos viviendo con mi abuela Nora y de vez en cuando mi papá mandaba por nosotros para compartir algunos fines de semana.
Las fotografías tomadas en Nicaragua tuvieron un efecto fulminante porque el 19 de julio, escasas tres semanas después de haber sido tomadas, Herbert Shapiro, juez de la Corte de La Florida, sur de Estados Unidos, dictó orden de captura contra mi padre por conspiración para la importación de cocaína a ese país.
Aun cuando el andamiaje que había montado para enviar cocaína a Estados Unidos seguía funcionando y él continuaba como rey del negocio, mi padre no desconocía que judicialmente su situación empeoraba a cada momento. Sentía que lo estaban llevando a un punto de no retorno en el que tarde o temprano irían por él o lo forzarían a defenderse. El fantasma de la extradición lo mortificaba demasiado.
La relativa tranquilidad que vivíamos por aquellos días fue rota intempestivamente cuando mi abuela Hermilda llamó a mi padre y le contó que varios hombres armados habían secuestrado a mi abuelo Abel en una de sus fincas en inmediaciones del municipio de La Ceja, en el oriente antioqueño. Era el 20 de septiembre de 1984.
Mi papá tranquilizó a la familia y con la experiencia que había acumulado tras el secuestro de Martha Nieves Ochoa activó una enorme operación de búsqueda, aunque en esta ocasión no fue de tanta envergadura porque muy pronto averiguó que mi abuelo había sido plagiado por cuatro delincuentes comunes enterados de la fama de rico que tenía mi padre.
Dos días después, mi papá pagó por la publicación de un aviso en los periódicos de Medellín en los que ofreció una recompensa a quien suministrara datos sobre el paradero de mi abuelo y reveló en qué vehículos se lo llevaron: en dos camperos Toyota, uno rojo con carpa y cu rocería de madera, de placas KD 9964 y en otro con cabina, color beige, de placa oficial 0318. La idea era decirles a los secuestradores que los tenía en la mira.
En la misma forma como actuó en el caso Martha Nieves Ochoa, mi padre envió a centenares de hombres a vigilar los teléfonos públicos de Medellín e instaló equipos para grabar las llamadas en la casa de mi abuela Hermilda. Esa estrategia funcionó porque diez días después ya sabía las identidades de los secuestradores y el lugar donde lo tenían amarrado a una cama: en el municipio de Liborina, en el occidente de Antioquia, distante noventa kilómetros de Medellín. Pero mi padre prefirió esperar que los plagiarios pidieran rescate y pagarlo para evitar que le hicieran daño a mi abuelo.
Así ocurrió y en una primera llamada telefónica pidieron diez millones de dólares. Mi padre respondió:
—Ustedes secuestraron a la persona que no era, pues el que tiene la plata soy yo, y mi papá es un pobre campesino que no tiene nada. Así que la negociación es muy distinta; piensen una cifra realista y me llaman y hablamos —dijo en tono alto y colgó la llamada en señal de que aunque ellos tenían a su padre, él tenía el control de la situación.
Pasaron un par de días, y como sabían que mi padre no se había quedado quieto, prefirieron pedir cuarenta millones de pesos y finalmente bajaron a treinta.
Por intermedio de John Lada, el padrino de Manuela, mi padre entregó esa cantidad en efectivo y mi abuelo regresó sano y salvo a casa. El secuestro duró dieciséis días y los cuatro delincuentes fueron localizados días después por orden de mi padre.
Entre tanto, los expedientes judiciales contra mi padre seguían creciendo: diez de los sicarios que de una u otra manera participaron en el asesinato de Lata fueron detenidos; seis más, entre ellos ‘Pinina’, lograron escapar y continuaron prófugos al lado de mi padre. Por ese mismo caso, el juez Primero Superior de Bogotá, Tulio Manuel Castro Gil, llamó a juicio a mi papá.
Esas decisiones judiciales desencadenaron a finales de diciembre de 1984 el primer gran operativo de búsqueda contra mi padre. Ese día nos encontrábamos en una finca de recreo en el sector de Guarne, Antioquia, de donde escapó milagrosamente. Yo tenía siete años y estaba dormido cuando me despertó un agente del F-2 que hundía el cañón de su arma contra mi estómago. Recuerdo que tenía puesto un aparato experimental elástico que cubría mi cabeza y el mentón, recetado por los médicos para corregir una desviación de la mandíbula, lo que me hacía parecer una persona con raros problemas de salud.
Pregunté dónde estaba mi papá y uno de los policías venía en ese momento con la ruana blanca de él.
—Vean lo que se le cayó a los que se nos escaparon —dijo el agente secreto.
Había logrado escapar fácilmente a la primera redada en su contra, pero con el paso de los días la persecución se haría más intensa.
El sábado cinco de enero de 1985 fue un muy mal día para mi padre. Llamaron a contarle que esa madrugada un avión Hercules de la Fuerza Aérea había llevado a Miami a cuatro personas cuya extradición había sido autorizada por el presidente Betancur y por el ministro de Justicia Enrique Parejo, quien remplazó a Rodrigo Lara.
Se trataba de Hernán Botero Moreno —presidente del club de fútbol Atlético Nacional—, los hermanos Nayib y Said Pabón Jatter y Marco Fidel Cadavid.
Mi papá explotó. Conocía a Botero por lo que decían de él los medios de comunicación y porque era presidente del Atlético Nacional. Le pareció que su extradición era injusta porque no estaba acusado de narcotráfico sino de lavado de activos.
Pero más que una injusticia, mi padre consideró un acto de traición que el presidente Betancur hubiera empezado a aplicar el tratado con EE.UU. Aunque en la campaña electoral no se comprometió a eliminar la extradición, mi padre consideró que el mandatario no podía olvidar que ellos le ayudaron.
Y radical como empezaba a comportarse, llamó a Juan Carlos Ospina, ‘Enchufe’, y a un bandido conocido como ‘Pájaro’, y les ordenó atentar con un carro bomba contra Betancur. Varios de los hombres más cercanos a mi padre contaron que el mandatario se salvó en al menos cuatro ocasiones porque sus escoltas cambiaban de ruta con mucha frecuencia y no pasaban por los lugares donde
tenían activados los explosivos. Otras veces la caravana sí pasó al lado de la bomba, pero el control remoto que la activaba no respondió.
Transcurrían los primeros días de febrero de 1985 y mi padre solo tenía en su mente cómo quitarse de encima el fantasma de la extradición. De nada habían valido hasta ese momento los numerosos foros públicos y las reuniones secretas con el gremio mafioso para advertir sobre la humillación que representaba ser juzgado en otro país. Estaba convencido de que podría arreglar a su manera sus líos judiciales en Colombia, pero con Estados Unidos el asunto era a otro precio.
Por aquellos días mi padre mantenía su cercanía con varios líderes del M-19, entre ellos su máximo comandante, Iván Marino Ospina, con quien se veía con alguna frecuencia y hablaban de todo tipo de temas. La empatia entre los dos era tal que un día el guerrillero le regaló un fúsil AK-47, nuevo, que acababa de recibir en un cargamento de armas que les llegó de Rusia. Ese fúsil se convirtió en compañero inseparable de ‘Paskin.
Al cabo de horas y horas de charlas en diferentes momentos, mi papá y Ospina estaban de acuerdo en muchos asuntos, especialmente en la inconveniencia de la extradición.
Esa coincidencia habría de tener un gran peso en su relevo como comandante a finales de febrero, cuando la novena conferencia del grupo guerrillero reunida en el caserío de Los Robles, municipio de Corinto, departamento del Cauca, le cobró su talante militarista y cierta miopía política en momentos en que el M-19 adelantaba un accidentado proceso de negociación con el Gobierno Betancur y estaba en peligro la tregua acordada en agosto de 1984.
En la decisión también tuvieron que ver unas palabras que pronunció Ospina durante un viaje a México en las que estuvo de acuerdo en que los mafiosos colombianos tomaran represalias contra ciudadanos estadounidenses si el gobierno extraditaba colombianos.
Mi padre tuvo claro que con la salida de Ospina la cúpula del M-19 quiso enviar un mensaje público en contra del narcotráfico aunque en privado esas relaciones se mantuvieron más que firmes.

Al final del congreso en Los Robles, el M-19 determinó el regreso de Ospina a su puesto como segundo al mando del grupo y en su remplazo nombró a Fayad, quien continuó la senda del diálogo con el Gobierno hasta el jueves 23 de mayo, cuando se produjo el atentado en Cali que le causó graves heridas a Antonio Navarro Wolff, integrante del Comando Superior del grupo insurgente.

Muchas cosas se han dicho de ese ataque, que se produjo en una cafetería del barrio el Peñón cuando un hombre lanzó una granada hacia la mesa donde Navarro, Alonso Lucio y una guerrillera en embarazo discutían si el M-19 debía mantener el cese el fuego.

La responsabilidad del atentado fue atribuida a militares, en represalia porque esa mañana varios guerrilleros lanzaron una granada contra un bus del Ejército e hirieron de gravedad a varios soldados. En medio de la confusión se creyó que los autores eran integrantes del M-19, pero luego se confirmaría que se trató de otro grupo alzado en armas, el Movimiento de Autodefensa Obrera, ADO.

Incluso el mismo Navarro dijo alguna vez que sabía los nombres de los oficiales que dieron la orden de atacarlo, así como la identidad de quien tiró la granada.

Tengo una versión distinta. Mi padre me contó alguna vez que el autor del ataque fue Héctor Roldán, un narcotraficante dueño del concesionario de vehículos Roldanautos de Cali, el mismo que conoció durante la Copa Renault en Bogotá en 1979 y que estuvo 1 punto de ser padrino de mi hermana Manuela, pero mi madre se opuso.
Roldán era muy cercano a los altos mandos militares del Valle y actuó contra Navarro en retaliación por el ataque a los soldados esa mañana, pero también por el descontento que se vivía en aquella época entre militares y empresarios por la manera como el Gobierno adelantaba los diálogos con el M-19.
Pero la historia de mi padre y Roldán no terminaría ahí.
Finalmente, el 19 de junio de 1985, tres semanas después del atentado a Navarro, Carlos Pizarra, uno de los líderes y delegado del M-19 en la mesa de diálogo, anunció la ruptura de la tregua y el retorno a la confrontación armada.
Pocos días después, Iván Marino Ospina le contó a mi padre que Alvaro Fayad había propuesto en el seno del M-19 la toma pacífica de un edificio público para juzgar al presidente Betancur por incumplir los acuerdos suscritos con ellos. La primera opción que contemplaron fue el capitolio nacional, pero lo descartaron porque la sede del legislativo era demasiado grande y se necesitaba mucha gente para controlarlo militarmente. Luego de estudiar otras posibilidades coincidieron en el Palacio de Justicia porque su arquitectura era más cerrada y porque solo tenía dos entradas: la principal y el ingreso al sótano por el garaje.
Enterado de los detalles del plan, mi padre, acostumbrado a cazar todo tipo de pelea, vio una manera de obtener un beneficio y se ofreció a financiar buena parte del operativo porque sabía que los nueve magistrados de la Sala Constitucional de la Corte Suprema de Justicia avanzaban en el estudio de varias demandas interpuestas por abogados del gremio mafioso que buscaban tumbar el tratado suscrito con Estados Unidos. Cada narco por su lado presionaba a los magistrados con amenazas de muerte para forzarlos a derogar el acuerdo firmado en 1979.
Mientras avanzaba el plan, me enteré después que mi padre decidió vengarse del juez Tulio Manuel Castro, quien meses atrás le había dictado auto de detención y luego lo llamó a juicio por el asesinato del ministro Lara. Sus hombres balearon al juez en un lugar céntrico de Bogotá justo cuando elaboraba un inventario de su oficina pues había sido nombrado magistrado del Tribunal de Santa Rosa de Viterbo, Boyacá.
De esta manera, mi padre cumplió una vez más su terrible sentencia de atacar a quienes lo atacaban.
Entre tanto, Elvencio Ruiz —el mismo guerrillero que habló con mi padre durante el secuestro de Martha Nieves Ochoa— fue nombrado jefe militar de la toma y se dedicó de lleno a entrenar el grupo que asaltaría el Palacio; al mismo tiempo, mi padre sostuvo varias reuniones con Iván Marino Ospina y con otros jefes del M-19 en una caleta cercana a la hacienda Nápoles para afinar los detalles de la ayuda militar y económica que les daría para ejecutar la toma, prevista inicialmente para el 17 de octubre de 1985.
Mi padre ya había decidido jugársela a fondo por el éxito de la operación porque él también podría obtener dividendos si los guerrilleros destruían los expedientes relacionados con la extradición —incluida la de él—, que cursaban en la Corte Suprema de Justicia. Por eso no dudó en darles un millón de dólares en efectivo y les ofreció una bonificación posterior por la desaparición de los expedientes. Pero no solo eso. Según contaron algunos de los hombres que acompañaron a mi padre en esos encuentros con el M-19, él propuso traer desde Nicaragua las armas que se necesitaran, sugirió ingresar por el sótano del edificio y dirigirse a la cafetería del edificio para empezar a ocuparlo piso por piso, aconsejó tener radios de comunicación dentro y fuera de la edificación pora estar al tanto de lo que sucedía y propuso que los guerrilleros llevaran uniformes de la Defensa Civil para facilitar el plan de escape.
Sin embargo, el 28 de agosto de 1985» justo cuando el plan estaba en su etapa culminante, el M-19 sufrió un duro golpe cuando el Ejército dio muerte a Iván Marino Ospina en un enfrentamiento en su casa del barrio los Cristales de Cali. Mi padre lamentó la desaparición de un hombre al que consideraba un guerrero y llegó a pensar que la toma del Palacio de Justicia quedaría en suspenso. Todo lo contrario. El M-19 siguió adelante y con más decisión en su empeño de juzgar públicamente al presidente Betancur.
Por cuenta de un error de mi padre casi se echa a perder el complejo plan. En la primera semana de octubre le reveló a Héctor Roldán todos los detalles de la ocupación del Palacio de Justicia y este, amigo de importantes generales del Ejército, fue y les contó.
El M-19 tuvo que suspender la operación y todos sus integrantes debieron esconderse durante varios días porque el Ejército reforzó los patrullajes en inmediaciones de la plaza de Bolívar en Bogotá y la Policía se dio a la tarea de diseñar esquemas de seguridad para el edificio y los magistrados. Pero con el paso de los días y ante la aparente normalidad en el centro de la ciudad, las medidas de seguridad fueron desmontadas. Así, la toma del Palacio de Justicia quedó prevista nuevamente para el miércoles 6 de noviembre.
El ataque se produjo y se desencadenaron los lamentables resultados que todos conocemos. Durante los dos días que duró la toma del Palacio, mi padre estuvo en una caleta en el Magdalena Medio conocida como Las Mercedes.
‘Pinina’ me contó que mi padre se puso muy contento cuando vio que el edificio se había incendiado porque era obvio que los expedientes sobre la extradición quedarían destruidos.
En la segunda semana de enero de 1986, de vacaciones en la hacienda Nápoles —se supone que estaba ocupada por orden del Gobierno—, yo pasaba por un costado de la piscina de la casa principal cuando me llamó mi papá, que estaba sentado detrás de una jaula donde se veían algunas aves exóticas. Me acerqué y me llamó la atención que tenía una espada entre los muslos.
—Grégory, venga le muestro una cosa. Camine, venga hijo.
—A ver, papi, ¿qué es lo que tienes ahí?
—La espada de nuestro libertador Simón Bolívar.
—¿Y qué vas a hacer?, ¿la vas a colgar en la Taberna con el resto de espadas? —pregunté sin darle la menor importancia.
—Se la voy a regalar, para que la ponga en su pieza. Cuídela que esa espada tiene mucha historia. Vaya pues, pero manéjela con cuidado. No se ponga a jugar por ahí con ella.
Faltaba un mes para cumplir nueve años y debo reconocer que el regalo de mi padre no me llamó la atención porque a esa edad prefería las motos y otros juguetes; pero bueno, dibujé la mejor sonrisa que pude y fui a ensayarla en los rastrojos.
La verdad es que la famosa espada del libertador Simón Bolívar resultó pesada, sin filo, y no cortaba los arbustos como yo quería. Los detalles que recuerdo de ese artefacto son vagos porque estaba rodeado de docenas de juguetes; así que guardé la espada en mi habitación en la hacienda Nápoles.
Con la espada de Bolívar ocurrió lo único que podía pasar con un adolescente que recibe un regalo como ese: que la espada terminó refundida por ahí, en alguna finca o apartamento. Le perdí el rastro porque no me importaba.
Hasta que cinco años después, a mediados de enero de 1991, llegaron ‘Otto’ y ‘Arete’ de parte de mi papá a pedirme que Ies devolviera la espada. De entrada me negué y les respondí que lo que se regalaba no se pedía. Pacientes, me pidieron que llamara a mi padre a preguntarle.
—Hijo, devuélvame la espada que tengo que entregársela a unos amigos que me la regalaron. La necesitan para devolverla como gesto de buena voluntad. ¿Dónde la tiene?
—Papá, déjeme voy a buscarla porque no me acuerdo dónde quedó. Pero sé que está por ahí. Ya me pongo a buscarla y entre hoy o mañana lé aviso para que mande por ella.
—Listo, pero pilas pues que la necesito urgente. Ya ellos prometieron devolverla y no puedo hacer que queden mal.
De inmediato me puse a buscarla y mandé a mis escoltas en diferentes vehículos a recorrer las fincas, casas y apartamentos donde habíamos vivido.
A día siguiente, los escoltas llegaron con la espacia y Otto que estaba con mi padre, quedó de recogerla de inmediato. Antes de entregarla pedí que me tomaran algunas fotografías, que resultaron bastante improvisadas. Ofrezco disculpas por la actitud que asumí en ese momento y la falta de respeto hacia un símbolo tan importante de nuestra historia.
Mucho tiempo después había de entender la importancia de ese momento y por qué mi padre llamó en tono tan perentorio a pedir la devolución de la espada de Bolívar. El M-l 9 ya había entregado las armas y regresado a la vida civil y como acto de buena voluntad se había comprometido a restituir la espada.
Finalmente, el 31 de enero de 1991, Antonio Navarro Wolfy otros guerrilleros ya desmovilizados del M-19 devolvieron la espada en una ceremonia especial a la que asistió el entonces presidente César Gavina.
Una vez terminó el complicado gobierno de Belisario Betancur en agosto de 1986, mi padre no canceló su decisión de vengarse del presidente. Por el contrario. Concibió un plan muy cruel que por fortuna nunca le funcionó.
Se le ocurrió secuestrar a Betancur y confinarlo en la selva. Para hacerlo le dio la orden a un hombre conocido con el alias de ‘Godoy de viajar en un helicóptero a las profundidades de la selva entre Chocó y Urabá, abrir un claro y construir una pequeña cabaña sin ventanas. ‘Godoy* encontró el lugar y durante semanas trabajó con otros dos hombres. Desde el helicóptero les lanzaban las provisiones. ‘Godoy ya había terminado y se dirigía a donde mi padre a contarle que la especie de casa cárcel estaba lista, cuando de repente pasaron por el lugar varios indígenas que se sorprendieron al ver colonos en sus territorios. Enterado, mi padre le dijo que se internara aún más en la selva y se cerciorara de que ninguna persona pasaría por ahí. El encargo quedó terminado dos meses después. No obstante y luego de numerosos intentos, mi papá me contó que ‘Enchufé y Pájaro tampoco pudieron cumplir con el objetivo de secuestrar al ex mandatario.


 

* El presidente Belisario Betancur se encontró con mi madre en un evento benéfico en Bogotá. Luego hablaron a solas durante largo rato.


► Mi hermana Manuela nació en mayo de 1994. Estábamos escondidos en Panamá porque hacia Pocos días había ocurrido el asesinato del ministro Rodrigo Lara Bonilla.


Antes de entregan me tomaron esta fotografía.


► En abril de 1985 y pese que mi padre ya tenía problemas con la justicia, American Express le expidió esta tarjeta de crédito con vigencia hasta 1987.

 
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