Noventa. Conferencista e hijo del narcotraficante más conocido de la historia




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CAPÍTULO 3
LA PAZ CON LOS CARTELES
 

 

El anuncio de que el caballista Fabio Ochoa Restrepo había llegado a visitarnos en Residencias Tequendama nos sacó de la tristeza y la incertidumbre ese mediodía del 5 de diciembre de 1993, escasas cuarenta y ocho horas después del entierro de mi padre en Medellín. A él lo conocíamos desde comienzos de los años ochenta.
Autoricé el ingreso y don Fabio nos dejó con la boca abierta porque llegó con decenas de ollas de todos los tamaños, repletas de comida. Es como si hubiese desocupado su restaurante la Margarita del 8, un rincón de Antioquia en la autopista del norte en Bogotá. Llevó algo así como ciento cincuenta bandejas paisas, que alcanzaron para nosotros y para soldados, policías, detectives del DAS y agentes del CTI, la Dijin y la Sijin que nos custodiaban. Toda una exageración al mejor estilo paisa, que desde luego fue bienvenida.
El banquete de fríjoles, arepas, carne molida, chorizo, chicharrón, huevo y carne fue la buena noticia que trajo el padre de los Ochoa. Pero como lo bueno dura poco, al final de la velada, hacia las cinco de la tarde, nos dijo en tono sereno pero grave que según le habían dicho, Fidel Castaño, el jefe de los Pepes, mantenía vigente la orden de asesinarnos a mi mamá,a mi hermana y a mí.
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—Fidel Castaño dice que Pablo Escobar fue un guerrero pero que cometió el error de ponerse a tener familia; que por eso él no tiene a nadie, para que nada le duela —agregó don Fabio Ochoa al referir las palabras de Castaño cuando justificó nuestro exterminio.
La información que nos acababa de dar don Fabio Ochoa sonó a sentencia de muerte porque conocíamos el inmenso poder de Castaño, quien encabezó el grupo que persiguió y aniquiló a mi padre.
A partir de ese día y hasta cuando nos fuimos de Colombia nueve meses después, con Fabio Ochoa Restrepo mantuvimos una relación mucho más estrecha que cuando vivía mi padre. De manera permanente enviaba comida desde su restaurante y con alguna frecuencia mi hermana Manuela iba a la Margarita del 8 a montar sus mejores caballos.
Enterados de que Castaño persistía en la decisión de eliminarnos, decidimos jugarnos una carta desesperada: le enviamos un mensaje, firmado por mi madre, en el que clamó por la vida de sus hijos, le hizo ver que ella nunca se comprometió en la guerra y se mostró dispuesta a buscar la paz con los enemigos de su difunto marido. ;
Mi madre estaba medianamente optimista porque según recordó, ella y Fidel Castaño compartieron su gusto por el arte. Era la época cuando él era amigo cercano de mi papá y traficaban con cocaína en varias rutas exitosas. Castaño viajaba con frecuencia a Europa y en especial a París —donde decía poseer un lujoso apartamento con gran parte de su colección de arte— a visitar museos, apreciar las mejores exposiciones y comprar obras de arte. '
En alguna ocasión, Castaño fue al edificio Mónaco en Mede- llín, y mi madre le mostró su colección de pinturas y esculturas, distribuidas en los dos pisos del pent-house de 1.500 metros. Prácticamente, no había una sola pared donde no hubiera un cuadro o una escultura. Ella estaba muy orgullosa porque un galerista famoso le había dicho que la suya era la colección de arte más importante de América Latina en ese momento.
Ese día, Fidel Castaño quedó muy impresionado por la calidad de las obras que mi madre había adquirido de artistas como Fernando Botero, Édgar Negret, Darío Morales, Enrique Grau, Francisco Antonio Cano, Alejandro Obregón, Débora Arango,
Claudio Bravo, Oswaldo Guayasamín, Salvador Dalí, Igor Mitoraj y Auguste Rodin, así como valiosas antigüedades, como jarrones chinos y piezas precolombinas de oro y barro.
Para devolver la atención, Castaño invitó semanas después a mis padres a cenar en su enorme mansión conocida como Montecasino, ubicada entre Medellín y Envigado. Un verdadero fortín rodeado por altos muros, donde nacieron los Pepes y bajo sus paredes se decidieron los más grandes crímenes del paramilitarismo.
La velada resultó tensa porque mi papá se sintió muy incómodo. No estaba acostumbrado a semejante alarde de elegancia, que incluyó meseros y hasta al propio Fidel, que los recibió en esmoquin e hizo servir la mesa con una fina vajilla de plata y cinco tenedores. A la hora de comer y en voz baja, mi padre le preguntó a mi madre cómo manejar las pinzas para partir las muelas de cangrejo y no quedar mal en la mesa.
Una vez terminaron la cena, Fidel les mostró la casa y su cava de vinos franceses y les dijo que tenía preparado el baño turco de vapor y el hidromasaje lleno con agua caliente y espuma.
—Para que nos relajemos, Pablo.
Mi padre no pudo ocultar su fastidio y rechazó la invitación al baño turco con la mala excusa de que tenía que cumplir una cita.
Siempre pensé que mi madre le gustaba a Fidel Castaño y de ahí la molestia de mi padre, que en el fondo estaba celoso y hasta llegó ai extremo de prohibirle visitar a mi madre en el edificio Mónaco.
El optimismo moderado que teníamos luego de enviarle el mensaje a Castaño se transformó en tranquilidad cuando llegó su respuesta en una carta de escasos tres párrafos en la que dijo que no tenía nada en contra de nosotros y que además había dado la orden de devolverle varias obras de arte que ios Pepes robaron de una caleta, entre ellas la costosa pintura Rock and Roll del artista español Salvador Dalí.
 

Por el momento nos habíamos quitado de encima a Fidel Castaño, pero no sabíamos que faltaba bastante camino por recorrer.
En efecto, con el paso de los días empezaron a llegar a Residencias Tequendama las esposas o compañeras de los más importantes lugartenientes de mi papá, los que se reentregaron a la justicia tras la fuga de La Catedral, entre ellos Otoniel González, alias ‘Otto’; Carlos Mario Urquijo, alias ‘Arete’; y Luis Carlos Aguilar, alias ‘Mugre’.
Las señoras, que en ocasiones se quedaban por varios días en el hotel, traían mensajes en el sentido de que los capos de los carteles que enfrentaron a mi padre les estaban pidiendo dinero a todos como compensación a la guerra. En la mafia se sabía que mi padre fue generoso con sus hombres porque les pagaba elevadas sumas de dinero por los golpes que daban, como secuestrar a alguien, asesinar a determinada persona o realizar atentados. Por todo lo que hicieran recibían dinero y ellos se esforzaban por cumplir.
Una de las mujeres que nos visitó por aquella época fue Ángela, la novia de Popeye, quien nos pidió visitar en la cárcel Modelo de Bogotá al narcotraficante Iván Urdinola, porque tenía un mensaje de parte de los capos de Cali. Ese nombre no era desconocido para nosotros porque en alguna ocasión mi padre nos había mostrado algunas cartas en las que Urdinola le aseguraba que no era aliado de los capos del cartel de Cali y dejaba entrever cierta simpatía por él. Aunque pareció extraño el mensaje que Urdinola nos envió con la novia de ‘Popeye’, en ese momento no sabíamos que estaba a punto de empezar uno de los trances más difíciles de nuestras vidas, incluso más duro y peligroso que los peores momentos que pasamos encaletados con mi padre mientras sus enemigos le pisaban los talones. Estábamos a punto de entrar al impensable escenario de buscar la paz con los carteles del narcotráfico. Yo iba a cumplir diecisiete años y sentí un profundo temor por enfrentar esa realidad, que no podía evitar por más que quisiera. Al fin y al cabo era el hijo de Pablo Escobar, y muerto él yo estaba en la mira de sus enemigos.
Mientras decidíamos si íbamos a ver a Urdinola, mi madre y yo empezamos a visitar las cárceles Modelo y Picota, autorizados por la Fiscalía General de la Nación, que además de protegemos se encargaba de gestionar los permisos de ingreso. Aunque íbamos custodiados, preferimos hacerlo por separado porque temíamos ser blanco fácil de un ataque. Nuestra intención era hablar con todos los trabajadores de mi padre para conocer su postura frente a la posibilidad de negociar la paz. No fue muy difícil persuadirlos de deponer cualquier acto hostil porque ninguno tenía poder militar y regresar a la guerra les parecía un suicidio. Además, muchos de ellos se sometieron por segunda vez a la justicia sin consultarle siquiera a mi padre porque era evidente que estaban cansados de tanta violencia.
Uno de esos días fui a la cárcel La Picota, donde estaban presos ‘Arete’, ‘Tití’ y ‘Mugre’; a lo lejos vi por primera vez a Leónidas Vargas, un capo legendario que tenía su eje de poder en el departamento de Caquetá, no lejos de la frontera con Ecuador.
De un momento a otro se acercó uno de los empleados de mi padre y me dijo que Leónidas Vargas le había pedido el favor de decirme que le pagáramos un millón de dólares que mi papá le debía. Me pareció que no debía ser cierto, pero varios de los reclusos dieron fe de la estrecha relación de mi padre con ‘Don Leo’. Uno de ellos agregó:
—Juancho, es mejor que vean a ver cómo le pagan a ese señor. Él es muy serio, pero también es muy bravo. Así que lo mejor es que las cosas queden tranquilas con él para que ustedes no vayan a tener problemas.
La deuda existía, pero había un problema: no teníamos dinero. En esos días habíamos recibido la noticia de que la Fiscalía había ordenado devolver definitivamente uno de los aviones de mi padre que estuvo confiscado cerca de diez años. Contratamos un avalúo y su costo era cercano al millón de dólares, justo lo que le debíamos a Leónidas Vargas. Sin proponérselo, él salió ganando porque en un hangar abandonado en el aeropuerto Olaya Herrera de Medellín aparecieron repuestos que solo le servían a ese avión y costaban trescientos mil dólares. Así que le propusimos recibir el lujoso avión y los repuestos como regalo. Aceptó una vez sus pilotos verificaron que la aeronave estaba en buenas condiciones para volar.
De esa manera pagamos una más de las deudas de mi padre y nos quitamos de encima otro potencial enemigo. No estábamos para más guerras. Había que desactivar cualquier posibilidad de violencia y solo con dinero o bienes podríamos lograrlo.
Después de este intenso periplo por algunas cárceles, llegó la hora de visitar a Urdinola en la Modelo. Mi madre ya había ido a hablar con él, pero este insistió en que yo también lo hiciera.
Estaba pálido cuando salí de Residencias Tequendama y así debieron percibirlo los escoltas y el conductor que esa mañana de comienzos de 1994 me acompañaron en el campero blindado de la Fiscalía. Cuando llegamos a la cárcel en el sector de Puente Aranda en Bogotá y me disponía a descender del vehículo frente a un edificio de dos pisos donde despacha el director del penal, el chofer me tomó del brazo y me regaló un llaverito cuadrado, dorado y blanco, con la imagen del niño Jesús.
—Juan Pablo, quiero regalarle esta imagen para que lo proteja porque sé que está pasando por uno de los momentos más difíciles de su vida—dijo el hombre y le di las gracias mirándolo conmovido a los ojos.
Sin que ningún recluso me identificara porque usaba unas enormes gafas oscuras, la guardia facilitó el acceso al pabellón de alta seguridad, donde encontré a ‘Otto’ y a ‘Popeye’ con el mensaje de que Urdinola me esperaba. En ese mismo patio estaban viejos conocidos, ex trabajadores de mi papá, como José Fernando Posada Fierro, y Sergio Alfonso Ortiz, alias el Pájaro’.
—Tranquilo, Juancho, que don Iván es buena persona, no lleva a pasar nada... si él es padrino de mi hijo —me dijo ‘Popeye’ al finalizar varias frases elogiosas sobre Urdinola que parecieron excesivas.
Entré al calabozo y encontré a Urdinola acompañado de dos hombres que no reconocí. Luego ingresaron cinco más, uno de ellos alto, con cierto aire de misterio, que me llamó la atención.
—Bueno, hermano, usted sabe quién ganó la guerra; y usted sabe que el nuevo capo de capos, el que maneja todo, es don Gilberto (Rodríguez Orejuela); entonces, a usted le va a tocar ir a Cali a arreglar el problema con ellos, pero antes tiene que dar muestras de buena voluntad.
Le pregunté qué tendría que hacer para congraciarme con ellos y respondió que retractándome de una declaración en la Fiscalía en la que acusé a los capos de Cali de poner la bomba contra el edificio Mónaco el 13 de enero de 1988. Sentí que no tenía opción y respondí que no había problema en hacerlo. Entonces Urdinola dijo que una abogada me buscaría en ios siguientes días. Echarse para atrás de una vieja acusación a cambio de seguir vivo parecía algo sencillo, pero miré a Urdinola a los ojos y me llené de temor.
—Don Iván, me da pena con usted, pero me da mucho miedo ir a Cali. Nadie en su sano juicio va solo a que lo maten. Va contra mi instinto de supervivencia. Sé que ha ido mucha gente y ha regresado con vida, pero no es lo mismo que yo vaya para regresar en una bolsa; es que soy el hijo de Pablo —repliqué y Urdinola respondió molesto.
—¿Quién se cree usted para no ir a Cali? Los mismos que lo cuidan son los mismos que ya están cuadrados y listos para matarlo; lo único que están esperando es que nosotros llamemos para darles la orden; ¿usted cree que matarlo vale mucha plata? ¿Cree que los bandidos piden mucho? Matarlo vale trescientos millones y si quiere llamamos ya a los muchachos que van a hacer la vuelta. Ah, y ¡sálganse de aquí hijueputas, que voy a ‘pichar’ (tener relaciones sexuales) con mi señora—concluyó la diatriba de Urdinola mientras ingresaba su esposa, Lorena Henao.
Las palabras de Urdinola me dejaron aturdido. Salí de la celda con una desazón indescriptible; pensé que la muerte me miraba de frente. En ese entonces, tenía apenas diecisiete años.
Estaba distraído en mis pensamientos cuando sentí dos palmadas suaves en el hombro. Era el hombre alto y misterioso que minutos antes me había llamado la atención, que me separó del grupo y dijo que lo acompañara, que quería hablar conmigo.
—Juan Pablo, sé que le da mucho miedo ir a esa reunión y entiendo sus temores, que son válidos. Pero tenga en cuenta que la gente de Cali está cansada de la violencia y por eso debe aprovechar esa oportunidad para hablar con ellos y solucionar sus problemas de una vez por todas. Mire que Urdinola le acaba de decir que su muerte está decidida y si no va de todas maneras lo van a matar No le quedan muchas opciones y es más fácil salvarse si va y pone la cara —dijo el hombre y sus palabras sonaron sinceras. ¿
—Le agradezco el consejo, pero no sé quién es usted... ¿qué papel juega en todo esto?
—Soy Jairo Correa Alzate y fui enemigo de su papá desde las épocas de Henry Pérez (jefe paramilitar del Magdalena Medio). Soy dueño de la hacienda El Japón en La Dorada, Caldas y con su papá tuve muchos problemas; estoy detenido porque estamos peleando si me extraditan o no.
El corto diálogo con Jairo Correa fue providencial porque vi una luz al final del túnel, entendí que existía una mínima posibilidad de salir con vida si iba a Cali.
Al despedirnos, Jairo me presentó a Claudia, su esposa, y a una de sus hijas menores y les pidió que nos visitaran en el apartamento para que la niña jugara con mi hermana Manuela.
‘Popeye se ofreció a acompañarme hasta la puerta de salida y cuando caminábamos por un largo y estrecho pasillo dijo que tenía algo que contarme:
—Juancho, tengo que decirle que me vi obligado a ayudarle a ‘Otto’ a robarles a ustedes la finca La Pesebrera, que queda al final de la Loma del Chocho. Me tocó ayudarle a ‘Otto’ con esa vuelta o si no me caía con él.
La realidad indicaba que hasta los viejos amigotes de mi padre ahora estaban en contra nuestra. Ya no nos veían como a la familia de su patrón que los hizo inmensamente ricos, sino como un botín. De los hombres de mi padre que sobrevivieron después de su muerte, puedo decir con certeza que solo uno ha sido leal. De los demás únicamente observé ingratitud y codicia.
Tal como acordamos con Urdinola, un par de días después de la visita a la Modelo llegó una abogada, con quien me reuní en el segundo piso del apartamento en Santa Ana, donde no podían escuchar los agentes de la Fiscalía y de la Sijin, que tenían habitación dentro del inmueble.
La abogada fue al grano y me pidió decir que mi padre me había forzado a señalar a los capos del cartel de Cali por la explosión en el edificio Mónaeo en 1988 y que yo no tenía prueba alguna de que ellos hubieran sido o me constara su participación en ese hecho.
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