Noventa. Conferencista e hijo del narcotraficante más conocido de la historia




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« Pese a qué la hacienda Ñapóles fue ocupada en numerosas ocasiones por las autoridades, mi padre siempre sé las arregló para permanecer como si nada estuviera pasando.



• Nápoles marcó el comienzo del imperio de mi padre. Fue un lugar paradisiaco en e que desarrolló todos sus sueños. Pero también utilizó la hacienda como epicentro e sus actividades como narcotraficante.


» Esta diligencia original del Oeste de Estados Unidos fue importada por mi padre y se incorporó a la larga lista de excentricidades de la hacienda Nápoles.


» Durante varios años la hacienda fue el lugar de recreo preferido de las familias Escobar-Henao. Nosotros íbamos allí prácticamente todos los fines de semana.

 



 



Mi padre y yo siempre tuvimos una relación muy cercana. Ni siquiera la clandestinidad logró alejarnos. Él solía asistir a los eventos más importantes de la familia.

< Esta es quizá la única vez que mi padre estuvo alicorado. Ocurrió en Nápoles luego de tomar varios tragos de un coctel conocido como Rasputín.

 

CAPÍTULO 7
LA COCA RENAULT
 

 

“Entre los novatos se destacan Lucio Bernal, de Bogotá; Pablo Escobar Gustavo Gaviria y Juan Yepes, todos de la capital antioqueña”.
«Volantes como Pablo Escobar están en plena alza. Escobar marcha segundo en la general a 13 puntos del puntero”.
En estos dos párrafos y de manera escueta, en el primer semestre de 1979 el diario El Tiempo de Bogotá informó sobre el desempeño de mi padre y de Gustavo Gaviria en una de las válidas de la Copa Renault que se disputaba en el Autódromo Internacional, al norte de la capital del país.
La afición por participar en competencias de alta velocidad les había surgido un año atrás, cuando ya habían atesorado una buena cantidad de dinero por cuenta del narcotráfico y buscaban ansiosos otras actividades para distraerse.
Inicialmente, mi padre había competido en carreras de moto- cross en una pista conocida como Furesa, en los terrenos aledaños a Sofasa, la ensambladora de Renault en Envigado y sus alrededores; le iba bien y ocupaba los primeros puestos, pero un aparatoso accidente le causó heridas en varias partes del cuerpo que tardaron varios meses en sanar.
Los automóviles despertaban en mi padre una gran pasión por la velocidad y por eso el anuncio público de que en la tradicional Copa Renault —que se desarrollaba cada año en el Autódromo— podrían correr novatos y no solo profesionales, avivó sus ganas de correr; Gustavo no se quedó atrás.
La nueva categoría no tenía muchos requisitos: un Renault 4 original, al que se le podían hacer cambios autorizados en el motor y en la suspensión. Las demás modificaciones eran cuestión de gusto del competidor.
Entusiasmados, mi padre y Gustavo compraron diez R-4 con motores de mil centímetros cúbicos y se los entregaron a un ingeniero que había trabajado en Sofasa —la ensambladora de esos vehículos en Envigado— para que les hiciera las reformas que ellos querían. Así, les instalaron canasta de seguridad dentro de la cabina, amortiguación especial para altas velocidades, cepillaron la culata del motor y alteraron las especificaciones del árbol de levas.
Con los vehículos listos para la competencia, mi padre y Gustavo se inscribieron a nombre de los equipos Bicicletas Ossito y Depósitos Cundinamarca. A su lado también corrió Juan Yepes. Al carro de mi padre le correspondió el número 70 y al de Gustavo el 71.
Jorge Luis Ochoa, patrocinó el equipo Las Margaritas, con cuatro vehículos, pero él no participó, aunque sí lo hizo Fabio, su hermano menor.
Mi papá y Gustavo se tomaron tan en serio la participación que antes de la primera carrera enviaron a dos de sus trabajadores a ultimar todos los detalles en Bogotá: compraron un furgón y lo llenaron de repuestos para sus R-4, contrataron durante un año a un ingeniero y a cinco mecánicos para atender sus vehículos y pagaron; un dineral por un espacio grande en los pits, donde además de los mecánicos y los carros cabía buena parte de la familia.
Pero todavía faltaba una excentricidad: mi padre alquiló un piso completo del hotel Hilton —el último— y pagó un año por adelantado. Toda una exageración porque las habitaciones solo fueron ocupadas durante seis fines de semana.
En medio del desparpajo por la novedad de participar en una competencia de carros, a mi padre se le ocurrió un chiste: que la
Copa Renault debía llamarse Coca Renault. Y no le faltaba razón, porque ese año, además de él y Gustavo, también participaron otros narcos de Medellín y de Cali.
La primera válida fue programada para el domingo 25 de febrero de 1979, pero mi padre y Gustavo viajaron en helicóptero desde el lunes anterior para alistar sus vehículos y presentar los exámenes médicos. En un maletín, mi papá trajo doscientos millones de pesos en efectivo para los gastos de esos días.
No obstante, el resultado de la prueba física de mi padre no fue bueno porque el encefalograma indicó que no era apto para conducir vehículos de carreras. Pero como él ya resolvía cualquier problema con dinero, no tuvo inconveniente en sobornar a los médicos para que alteraran el examen y autorizaran la expedición del carné, con el que pudo competir.
El ambiente previo a la inauguración de la Copa Renault era festivo y el autódromo estaba completamente lleno de aficionados. Causó curiosidad el equipo Las Margaritas, que llegó con un bus nuevo que en la parte de atrás tenía acondicionado un taller de mecánica y adelante una amplia y bien dotada oficina. Nunca antes se había visto eso en el automovilismo nacional, señalaron los periodistas que cubrían el evento.
Mi padre salió a la pista con un vistoso overol anaranjado y Gustavo Gaviria con uno rojo. En la carrera inaugural los dos novatos demostraron habilidad para conducir, pero quedaron en el tercero y cuarto puesto, respectivamente. Aun así, los periódicos del día siguiente hicieron buenos comentarios y los especialistas sostuvieron que Antioquia había enviado buenos volantes a animar la dura competencia.
Mi padre, Gustavo y toda la familia fueron esa tarde a comer en el restaurante Las Margaritas, propiedad de Fabio Ochoa padre, situado no lejos del autódromo. Allí, sentado en una silla, solo, observaron a un hombre con sombrero y aspecto de campesino al que no habían visto nunca: era Gonzalo Rodríguez Gacha, quien iba al lugar los fines de semana a vender caballos.
En las siguientes válidas de la Copa Renault, algunas de las cuales se cumplieron en Cali y Medellín, mi padre y Gustavo llegaban el sábado en helicóptero y regresaban el lunes en la mañana.
A lo largo del campeonato, mi padre y Gustavo ocuparon puestos en la parte de arriba de la tabla de posiciones, e incluso mi papá alcanzó a estar en el segundo puesto, pero se encontraron con dos muy buenos pilotos que no les permitieron arañar el liderazgo. Se trataba de Alvaro Mejía, patrocinado por la empresa Roldanautos de Cali y Lucio Bernal, por Supercar-Hertz de Bogotá.
El duelo entre Mejía y Bernal por el primer lugar se mantuvo hasta el final del certamen, en noviembre de 1979, sin que hicieran mella varias estrategias que utilizó mi padre para vencerlos. Inicialmente, gastó mucho dinero al contratar dos ingenieros automotrices que intentaron sin éxito mejorar su carro; incluso llegó a ofrecerles dinero extra por cada kilo de peso que le quitaran a su vehículo. Luego, cuando alguien le dijo que un ingeniero de Renault en Francia había preparado varios motores para competir en carreras ; como la que se desarrollaba en Colombia, mandó comprar tres. Pero no funcionaron.
Finalmente, mi padre terminó en el cuarto puesto y Gustavo en el noveno. Decepcionados, los dos ya no quisieron saber nada más de carreras.
Como era de esperarse, la participación de mi padre y de Gustavo no estuvo exenta de anécdotas y detalles pintorescos. Primera: el entusiasmo y el derroche de dinero los llevó a comprar dos lujosos y veloces automóviles Porsche SC-911, uno de los cuales perteneció al destacado automovilista brasilero Emerson Fittipaldi; mi padre ordenó pintarlo de blanco y rojo y le puso el número 21 y Gustavo el 23.
Segunda: una tarde de domingo, de regreso ai Hilton de una competencia subieron a las habitaciones del último piso. Un mecánico del equipo lanzó por una ventana una botella vacía y golpeó en el hombro a un escolta que acompañaba en ese momento al presidente Julio César Turbay Ayala. Los hombres de la seguridad del mandatario subieron corriendo a averiguar qué pasaba y se encontraron con más de cuarenta personas en una animada reunión. Para no hacer más grande el incidente, los guardaespaldas de Turbay sacaron del edificio a quienes no eran huéspedes.
Tercera: otra tarde llegaron al hotel a hablar con mi padre el célebre músico y pianista Jimmy Salcedo y una de las bailarinas del grupo Las Supernotas. La bella mujer le dijo que quería correr en el autódromo y le pidió que la patrocinara. El asunto quedó ahí porque mi padre se retiró poco después de las competencias.
Cuarta: La Copa Renault fue trasladada a Cali un fin de semana y mi padre y todo su equipo se hospedaron en el hotel Intercontinental, donde justo se encontraba el cantante español Julio Iglesias, quien esa noche de sábado se presentaba en la discoteca Los años locos. Mi papá compró más de cien boletas e invitó a sus rivales.
En su fugaz paso por el automovilismo, mi padre conoció a varias personas que más adelante jugarían papeles determinantes en su vida, en sus negocios y en sus guerras.
Gonzalo Rodríguez Gacha, el Mexicano’, el solitario hombre vendedor de caballos, sería meses más adelante socio principad de mi padre en el tráfico de cocaína y juntos habrían de desafiar el poder del Estado.
Ricardo ‘Cuchilla’ Londoño, un experimentado automovilista que ese año corrió en el autódromo a bordo de un automóvil Dodge Alpine —y que además fue el primer colombiano en competir en la Fórmula 1—, tiempo después sería el encargado de satisfacer los caprichos de mi padre a través de una empresa de importaciones y exportaciones que montó en Miami.
Héctor Roldán —patrocinador del equipo Roldanautos y cuyo piloto principal, Alvaro Mejía, ganó en 1979 la Copa Renault para novatos— y mi padre se hicieron muy amigos en esa competencia en Bogotá. Era propietario de un concesionario de vehículos en Cali y según me contaron personas cercanas a mi padre era un narcotraficante poderoso en el occidente del país.
Cuando mi madre no venía a Bogotá a ver correr a mi padre, Roldán le llevaba hermosas mujeres al hotel Hilton. Lo mismo hizo tiempo después en la hacienda Nápoles, donde era un invitado frecuente.
Años más tarde, a mi padre se le ocurrió nombrar a Roldán como padrino cuando naciera mi hermana Manuela, pero mi madre se opuso, furiosa, porque ya sabía que los dos andaban con mujeres para arriba y para abajo.
—Si ponés a ese Roldán, la niña se quedará sin bautizar y cuando crezca ella decidirá quién será su padrino.
Mi padre cedió y entonces nombró padrino de Manuela a Juan1 Yepes Flóres, un militar retirado, joven, bien parecido, culto, amable con todo el mundo y siempre sonriente. Con él corrió mi padre la Copa Renault y le pusieron el apodo de John Lada porque fue uno de los primeros importadores de camperos rusos Lada, lanzados ál mercado de Colombia en 1977.


 



* Para competir en la Copa Renault mí padre compró diez automóviles Renautt-4, un camión taller repleto de repuestos y alquilo un piso entero en el hotel Hilton. *



< La Copa Renault de 1979 acaparó la atención de mi padre. A lo largo del año alcanzaría puestos destacados pero no llegó al liderato. Mi madre lo acompañó en algunas carreras.

► Durante un año mi padre y su primo Gustavo participaron en diversas válidas de la Copa Renault y los acompañábamos con alguna frecuencia.


 

 

 

 

 

 

CAPITULO 8
EXCENTRICIDADES
 

 

 

Este recuento solo pretende reflejar una época que terminó hace más de veinte años. Por cuenta de la opulencia, nos sumergimos en un torbellino de excesos, gastos suntuosos y derroche. No es mi intención alardear, solo quiero mostrar el mundo en el que me tocó crecer.
En mi noveno cumpleaños, 1986, recibí un regalo único que en medio de mi inmadurez no tuvo mayor significado: un cofre con las cartas de amor originales que Manuelita Sáenz le escribió al libertador Simón Bolívar. También recibí varias medallas del Libertador.• Datos sobre la hacienda Nápoles: tenía estación de gasolina propia, taller de mecánica y pintura para carros y motos; veintisiete lagos artificiales; cien mil árboles frutales; la pista de motocrós más grande de América Latina; parque jurásico con dinosaurios a escala real; dos helipuertos y pista de aterrizaje de mil metros; mil setecientos trabajadores; tres mil hectáreas, tres zoológicos y diez casas distribuidas por todo el terreno. En Navidad, uno de los helicópteros de mi padre era usado para repartir natilla, buñuelos y hasta morcilla; sin duda una exotica manera de acercar a la familia.
Los chocolates de mi primera comunión y las tarjetas de invitación fueron traídos desde Suiza en el jet privado de mi papá. el chef permanente en el edificio Mónaco se llamaba Gregorio Cabezas. Mi madre lo envió a ese país a elegir los chocolates y el diseño de las tarjetas y de paso le financió el mejor curso de chocolatería. De regreso, el jet hizo escala en París a recoger las veinte botellas de Petrvs, Pomerol de 1971, uno de los vinos franceses más cotizados del mundo. Diecinueve botella terminaron años después en la basura, porque nadie las tomó y alguien dijo que las tiraran por viejas.
Las flores para el pent-house del edificio Mónaco de mil seiscientos metros cuadrados y dos pisos, eran recogidas dos veces a la semana en Bogotá en el avión de mi padre. Cuando mi madre pidió permiso para hacerlo, mi papá respondió: “Mi amor, si Onasis mandaba por el pan caliente a París para Jackeline, yo mando un avión a traerte flores desde Bogotá”.
En las fiestas familiares eran frecuentes las rifas de cuadros de artistas reconocidos, así como esculturas y antigüedades.
Tenía trece años y se decidió que para minimizar los riesgos de seguridad yo tuviera un apartamento de soltero; el lugar tenía dos grandes habitaciones, la mía con espejos en el techo, bar con diseño futurista, piel de cebra en el living y una silla de Venus. En Venecia, Italia, mi madre mandaba a bordar manteles de lino para el comedor de veinticuatro puestos del edificio Mónaco. Por su tamaño y nivel de detalle, las operarías tardaban entre tres y cuatro años en hacerlos. Además, la reconocida herrería de plata danesa, George Jensen, diseñó y fabricó una vajilla de plata con el monograma de los apellidos Escobar Henao entrelazados. Cuan- do mi madre hizo el pedido, le recordaron que desde la época de las dinastías no recibían un encargo tan grande como el nuestro. La cuenta: cuatrocientos mil dólares. No obstante, la vajilla completa fue robada en Medellín en 1993.
En uno de los mejores terrenos del barrio El Poblado mis padres tenían la idea de construir la casa de sus sueños. Para ello contrataron los servicios de reconocidos arquitectos californianos que enviaron los planos y la maqueta con un proyecto de cuatro mil seiscientos metros cuadrados. La decoradora de mi madre pegó el grito en cielo: “Estos arquitectos están locos, el hall de esta casa es más grande que el del hotel Intercontinental y los corredores se pueden recorrer en carro”.
La colección de vehículos de mi padre incluía una limusina Mercedes Benz verde militar que perteneció a Carlos Lehder y más antes a un alto funcionario alemán en la Segunda Guerra Mundial; una motocicleta italiana Moto Guzzi, propiedad de un general cercano al dictador Benito Mussolini; un Mercedes Benz negro, convertible, modelo 1977; una carroza del viejo Oeste que importó desde Estados Unidos, con interior de cuero, cortinas y detalles de madera; y un automóvil Porsche Carrera GT café, su primer deportivo.
En 1988, cuando cumplí once años, ya tenía una colección de cerca de treinta motos de alta velocidad, así como motocrós, triciclos, cuatrimotos, carts, y buggies de las mejores marcas. También tenía treinta motos de agua.
Las fiestas temáticas eran las preferidas de mi madre. Tanto, que a la casa de cada familia invitada llegaba un sastre con la orden de diseñar disfraz por disfraz. Todo a nuestro cargo. Así conmemoramos los quinientos años del descubrimiento de América, con tres carabelas a escala en la piscina y trajes de la época. También hubo fiesta temática sobre la vida de Robin Hood, con arcos y flechas, espadas y caballos. A todas las reuniones organizadas por mi madre asistía nuestro fotógrafo personal, quien estuvo incluso en el velorio de mi padre; la fiesta de Halloween era especial y se premiaba el mejor disfraz. Durante los seis o siete fines de año que pasamos en Nápoles, mi padre importó de China contenedores repletos de pólvora. Gastaba cincuenta mil dólares en cada uno. La mitad, se la regalaba a sus hombres y el resto era para nosotros. En los primeros días de enero sobraba tanta pólvora que quedaban muchas cajas sin abrir.
• Durante el embarazo de Manuela, mi madre viajó varias veces a Barranquilla en el jet de mi padre. Una reconocida diseñadora de modas le confeccionaba la ropa de maternidad.

• El premio mayor del campeonato privado de tenis del edificio Mónaco era un automóvil cero kilómetros. Solo participaban familiares y amigos y si el ganador era rico, lo donaba a una familia pobre.

Otras excentricidades

• Un maquillador y un peluquero arreglaban todos los días a mi madre; las toallas tenían bordado el nombre de cada finca: La Manuela, Nápoles... Las señoras del servicio doméstico usaban ropa especial, recibían curso de maquillaje y mi madre les pagaba el manicurista; las cenas en el edificio Mónaco eran amenizadas por violinistas.

 


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