Leyendo día a día en Jueces y Rut




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El olivo, la higuera y la vid


La parábola de Jotam, Jueces capítulo 9

D.R.A.

Los árboles figuran en las Sagradas Escrituras desde la historia del Edén hasta la descripción de la ciudad celestial. A veces es el árbol sin nombre que está plantado junto a las aguas y a veces la retama en el desierto. Árboles nombrados específicamente los hay muchos: el cedro, la palma, el mirto y el sauce son ejemplos.

El pasaje que más trata de árboles es la parábola de Jotam, hijo de Gedeón, en Jueces capítulo 9. Él menciona los tres árboles más representativos de la Biblia e indica mucho de su significado.

Fueron los árboles una vez a elegir rey, cuenta él a su pueblo que se había vuelto a la servidumbre bajo un hombre impío. Ofrecieron el cargo a tres candidatos potenciales, pero ninguno aceptó:

 El olivo no pudo dejar su aceite con el cual honra a Dios y a los hombres.

 La higuera no pudo dejar su dulzura ni su buen fruto.

 La vid no pudo dejar su mosto que alegra a Dios y a los hombres.

La zarza, en cambio, se atrevió a ofrecer sombra y también desafió a los majestuosos cedros. He aquí (entre otras aplicaciones de la parábola) una figura de los anticristos que fingen estar en condiciones de dar sombra contra el calor de la ira de Dios. No es ella ni son los cedros que darán la sombra en la tipología espiritual, ya que aun los cedros serán derribados como la zarza de Jotam quería. Son figura de la confianza propia de Israel, y su suerte está dicha en Isaías 11.1: "Consuma el fuego tus cedros".

Es Jesucristo, el Manzano entre los árboles silvestres de este mundo, que da la sombra según consta la amada en el Cantar de los Cantares. Es bajo la sombra de ese verdadero Deseado que la esposa consigue el fruto dulce a su paladar. Hasta que Él venga, el pobre mundo tendrá que oir las ofertas de las zarzas, sabiendo que la tierra está condenada a producir espinos y cardos como consecuencia del pecado.

El olivo, la higuera y la vid representan diferentes facetas del pueblo de Israel. A la vez, dan sendas lecciones al cristiano en cuanto a su responsabilidad delante de Dios y los hombres, y es esto que más nos interesa:

  • en el olivo vemos el privilegio espiritual del creyente

  • en la higuera vemos el efecto de la vida cristiana dentro de uno mismo

  • en la vid vemos el gozo y esperanza del creyente



I — EL OLIVO


El olivo respondió: ¿He de dejar mi aceite, con el cual en mí se honra a Dios y a los hombres …?

El árbol


El olivo prospera cuando sus raíces alcanzan la arena debajo de la superficie, donde consigue los minerales que su fruto requiere. El Monte de los Olivos, por ejemplo, es una serie de colinas de piedra caliza. Si el olivo no alcanza las piedras, sus hojas serán pocas y su fruto inútil. Este árbol no da fruto por siete años y luego exige otro tanto hasta que comienza a producir en cantidad. Una vez bien arraigado, crece y produce en abundancia. Sobrevivió el diluvio del Génesis. Las ramas se tuercen, se enlazan y se envejecen hasta dar la apariencia de ser desgastadas. Pero el árbol está verde siempre. Aguanta el descuido de años, acepta poda sin fin, y produce.

Sin embargo, Job habla en el 15.33 del que "derrama su flor como olivo". Es apta la figura, porque ni una flor en cien produce fruto, a saber, aceitunas. La Biblia habla poco de la fruta pero mucho del aceite que se hace de ella. Esto, como los otros datos, nos ayuda a entender el significado de los versículos que citaremos. De flor a fruto a su aceite hay un proceso largo, y mucha de la apariencia inicial no llega a ser una realidad. Una de las consecuencias de la desobediencia de Israel iba a ser que "... tendréis olivos ... mas no te ungirás con el aceite, porque tu aceituna se caerá", Deuteronomio 28.40.

Por supuesto, el aceite de olivo se hace con exprimir ese fruto, cosa que tiene buenas aplicaciones en el campo espiritual para el que quiera proseguir con ese hilo de pensamiento.

Las Escrituras


La primera mención del olivo está en relación con la restauración de la tierra después del diluvio. El juicio había pasado; una nueva vida comenzaba; la hoja de olivo en boca de la paloma que dio evidencia de ella, Génesis 8.11, cual símbolo del aspecto espiritual de un pueblo nuevo. El cuervo del arca se conformó con la pudrición; la paloma (figura del Espíritu Santo según consta Juan 1.32) encontró lo suyo en la hoja apenas brotada del árbol que había pasado por las aguas de la muerte.

David se encontraba "como olivo verde en la casa de Dios", Salmo 52.8, cuando confiaba en la misericordia de Dios eternamente y para siempre. Jeremías por su parte habla del "olivo verde, hermoso en su fruto y su parecer", 11.16, y Oseas de una gloria "como la del olivo", 14.6. En los cantos graduales un concepto de la bienaventuranza es que los hijos sean como plantas de olivo alrededor de la mesa, Salmo 128.3.

El producto del olivo figura como alimento y como remedio. No era sólo que el israelita tenía que dejar la gavilla de granos en el rincón del campo cuando recogía su cosecha (como hizo Booz para la necesitada Rut), sino que el mandamiento en Deuteronomio 24.20 es parecido: "Cuando sacudes tus olivos, no recorrerás las ramas que hayas dejado tras ti; serán para el extranjero, para el huérfano y para la viuda". Una evidencia del abandono de Israel sería que le quedarían apenas dos o tres frutos de olivo en la punta de la rama; Isaías 17.6. No habiendo dado a los demás, tendría que conformarse con rebuscos escuálidos.

El símbolo


El olivo es figura de la posición que uno guarda, del privilegio de pertenecer y permanecer. Con razón los árboles acudieron primeramente al olivo, porque es el menos circunstancial de los tres. Habla de lo que uno es, y no de cómo esté. Sólo el olivo dijo: " En mí se honra [1] a Dios y [2] a los hombres".

Romanos 11.17,18 lo dice mejor. El que está en Cristo ha sido "hecho participante de la raíz y de la rica savia del olivo". Y, "No sustentas tú a la raíz, sino la raíz [del olivo] a ti".

Israel


El olivo presenta la historia espiritual de Israel.

Bien ha dicho otro que Dios siempre ha dejado para sí algún testimonio entre ese pueblo suyo en los tiempos del más severo castigo. Así es que los profetas, al hablar de lo que sucedería con la nación a causa de su desobediencia, pueden usar como figura la vid cortada y la higuera sacada, pero nunca el olivo desarraigado. Aun Jeremías en su referencia a la suerte del olivo verde dice que Dios encendería fuego sobre él con su voz estrepitosa para quebrar sus ramas, 11.16, pero nada dice de destruir la mata.

¿A qué se refiere? A que la nación de Israel sería juzgada, apartada y disciplinada por no haber cumplido su misión espiritual ante Dios y entre los pueblos de la tierra. Dios la había plantado cual testigo suyo, concediendo raíces profundas y cuidando en toda suerte de adversidad. Había permitido largos años de desarrollo, pero no recibió aceite; las aceitunas se habían decaído y las flores derramadas.

Es esta, pues, la figura que el apóstol Pablo emplea en Romanos 11 a partir del versículo 16: "Si la raíz es santa, también lo son las ramas ..." Se refiere, parece, a la figura de Jeremías y habla de las ramas desgajadas. Dios manifestó su "severidad para con los que cayeron", ordenando su destierro a Babilonia y Asiria. La nación perdió su identidad, el pueblo perdió su testimonio, y quienes contaban con la herencia espiritual perdieron temporalmente la bendición espiritual. Para ver cuán lejos estaban en los años posteriores a Jeremías, uno puede leer, por ejemplo, el libro de Ester. De oración, nada se dice; de separación del pagano, casi no se habla; de comunión con Dios, nada se cuenta.

Pero el olivo no fue sacado por las raíces. Ha recibido por el momento unas ramas silvestres, injertadas al tronco original. "Los gentiles son coherederos y miembros del mismo cuerpo, y copartícipes de la promesa de Cristo Jesús por medio del evangelio", Efesios 3.6. Viene el día cuando las ramas naturales de Israel serán injertadas de nuevo, "pues poderoso es Dios para volverlos a injertar", Romanos 11.23,24. Esto se refiere, por supuesto, a la restauración de Israel en el milenio.

El olivo habrá sobrevivido, la herencia espiritual se habrá quedado y la nación arrepentida florecerá bajo el reino del Mesías, después de haber sido castigada muy severamente en la gran tribulación. "Yo seré a Israel como rocío; él florecerá como lirio, y extenderá sus raíces como el Líbano. Se extenderán sus ramas, y será su gloria como la del olivo", Oseas 14.6. Esto se cumplirá después del testimonio de los testigos en la tribulación, y "estos dos testigos son los dos olivos ...", Apocalipsis 11.4. ¿Dos olivos? Sí, de ellos habló Zacarías en el capítulo 4 de su profecía, al decir que son los dos ungidos que están delante del Señor de toda la tierra. "No con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu, ha dicho Jehová".

Nosotros


Al hablar así a la aplicación a Israel, parecería que hemos desatendido a la figura del olivo en relación con el privilegio espiritual del creyente en Cristo. ¿Qué del olivo para nosotros, los participantes del llamamiento celestial? Somos las ramas silvestres. "Tú, siendo olivo silvestre, has sido injertado en lugar de ellas, y has sido hecho participante de la raíz y de la rica savia del olivo", Romanos 11.17. Estamos acostumbrados a que el jardinero tome el tallo de una mata fina y lo injerte en el tallo de una mata rústica. Dios, en cambio, nos tomó a nosotros que no éramos pueblo, y en soberana gracia nos puso en un lugar de mayor bendición que otros habían tenido. "Tú por la fe estás en pie", prosigue el apóstol. "No te ensoberbezcas, sino teme".

Hemos hablado del olivo como figura de la vida nueva después del juicio. Las aguas pasaron sobre nuestro Salvador cuando fue sumergido bajo las ondas y olas de la ira divina, ganando para sí un pueblo propio. No la pudrición de la vida vieja, sino la hoja de olivo es la que debemos evidenciar ante el Espíritu enviado a nuestros corazones. Salimos de las aguas del bautismo para andar en novedad de vida.

Raíces profundas, sustento peculiar, vida y prosperidad en la adversidad, flor  fruto aceite. Así es el olivo verde en la casa de Dios, ¿y así somos nosotros?

El aceite del cual se habla en ambos Testamentos es casi siempre el aceite de olivo. Ejemplos: en las lamparillas del tabernáculo (con sus despabiladeras, dicho sea de paso); el aceite del Espíritu en las lámparas de cinco doncellas que cabecearon en Mateo 25; el aceite del candelero nuestro para alumbrar "a todos los que están en casa;" el aceite del bien con que ungir a muchos enfermos espirituales, como hacía el Señor con los enfermos físicos y como nos enseña Santiago en el 5.14; el aceite de la adoración, ungiendo a nuestro Señor al estilo de "una mujer de la ciudad" que preveía el día de su sepultura.

Esta es nuestra herencia espiritual. Es la evidencia de vida y privilegio. Es nuestro olivo con que honrar a Dios y a los hombres. Israel como nación no perdió su herencia, pero perdió el disfrute de ella. Así es la enseñanza de Romanos 11. El creyente de esta dispensación no perderá su salvación, pero bien puede perder el disfrute práctico y diario de ella: el gozo del Señor en uno mismo y el privilegio de servir a los demás.

Es de dos filos — para el creyente y para el inconverso — la advertencia del versículo 22: "Mira, pues, la bondad y la severidad de Dios; la severidad ciertamente para con los que cayeron, pero la bondad para contigo, si permanecieses en esa bondad; pues de otra manera tú también serás cortado". ¿Cortado para perder la salvación eterna? No. Las ramas infructíferas fueron "desgajadas" para su reincorporación posterior a la raíz santa que tiene todo verdadero hijo de Dios. "La raíz del asunto se halla en mí", exclamó Job. Gracias a Dios que la tenemos, si en verdad Cristo es nuestro Salvador. ¿Pero la flor, el fruto y el aceite?
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