Dedico este libro a mis hijos. Mi madre y mi esposa me enseñaron a ser un hombre. Mis hijos me enseñaron a ser libre




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Mike soltó el timbre.

Mark se inclinó hacia él, con la punta de la hipodérmica centelleante. La medalla de San Cristóbal se balanceaba hipnóticamente, mientras apartaba la sábana.

—Aquí, justo aquí –susurró–. En el esternón.

Y suspiró otra vez.

Mike sintió súbitamente que una energía primitiva le recorría el cuerpo como electricidad. Se puso rígido y estiró los dedos convulsivamente. Sus ojos se ensancharon. Dejó escapar un gruñido y esa sensación de horrible parálisis desapareció como por ensalmo.

Su mano derecha salió disparada hacia la mesita de noche, donde había una jarra de plástico y un grueso vaso de vidrio. Su mano se ciñó al vaso. Lamonica percibió el cambio; esa luz soñadora, complacida, desapareció de sus ojos reemplazada por una recelosa confusión. Intentó retroceder pero en ese instante Mike levantó el vaso y se lo hundió en la cara.

Lamonica, con un grito, retrocedió a tropezones dejando caer la jeringuilla. Sus manos se cogieron a la cara lastimada. La sangre le corrió por las muñecas manchando la chaquetilla blanca.

La energía desapareció tan súbitamente como había llegado. Mike miró inexpresivamente los fragmentos de vidrio roto que había sobre la cama, la bata de hospital, su propia mano sangrante. Oyó el ruido rápido y liviano de suelas de goma en el pasillo.

Irrumpieron en su habitación las mismas enfermeras que tan tranquilamente hablan permanecido en su sala mientras el timbre sonaba frenéticamente. Mike cerró los ojos y rezó para que todo terminara. Rezó para que sus amigos estuvieran en algún lugar, debajo de la ciudad, para que estuvieran bien, y pusieran fin a todo.

No sabía con exactitud a quién le rezaba... pero lo hizo, de todas maneras.

13. Bajo la ciudad, 6.54.
—E–e–está bi–bien –dijo Bill por fin.

Ben no habría podido decir cuánto tiempo habían permanecido en la oscuridad, tomados de las manos. Le parecía haber sentido algo, algo que había brotado de ellos, del círculo, y acababa de volver. Pero no sabía a dónde había ido esa cosa, si es que existía.

—¿Estás seguro, Gran Bill? –preguntó Richie.

—S–s–sí. –Bill soltó las manos de Richie y de Beverly–. P–p–pero tendre–tendremos que terminar esto lo a–aantes p–posible. V–v–vamos.

Continuaron la marcha. Richie o Bill encendían de vez en cuando una cerilla. "No tenemos siquiera una escopeta de aire comprimido –pensó Ben–. Pero eso es parte del asunto, ¿verdad, Chüd? ¿Qué significa? ¿Qué era "Eso", exactamente? ¿Cuál era su cara definitiva? Aun si no lo matamos, lo herimos. ¿Cómo lo conseguimos?"

La cámara por la que caminaban (ya no podía llamársele túnel) se hacía cada vez más grande. Sus pasos despertaban ecos. Ben recordó aquel intenso olor a zoológico. Se dio cuenta de que ya no hacían falta las cerillas: había una especie de luz, un resplandor horrible y cada vez más potente. En esa luz cenagosa sus amigos parecían cadáveres ambulantes.

—Allí delante hay una pared, Bill –dijo Eddie.

—Ya lo s–s–sé.

Ben sintió que su corazón recuperaba la normalidad. Tenía un gusto agrio en la boca y empezaba a dolerle la cabeza. Se sentía deprimido y asustado.

—La puerta –susurró Beverly.

Sí, allí estaba. Veintisiete años antes habían cruzado esa puerta con sólo agachar la cabeza. Ahora tendrían que pasar a cuatro patas. Habían crecido; allí estaba la prueba final, por si hacía falta.

Ben sentía el pulso en la sien y en las muñecas. Su corazón seguía un palpitar ligero y rápido que se parecía a la arritmia. "Pulso de paloma", pensó sin saber por qué, y se humedeció los labios con la lengua.

Por debajo de esa puerta surgía una luz brillante, entre amarilla y verde; atravesaba el adornado agujero de la cerradura en un rayo tan grueso que parecía posible cortarlo.

La marca seguía sobre la puerta y una vez más todos vieron algo diferente en ese extraño diseño, Beverly vio la cara de Tom. Bill, la cabeza cortada de Audra, con ojos inexpresivos que se fijaban en él incriminatoriamente. Eddie, una calavera sonriente y puesta sobre dos tibias cruzadas: el símbolo del veneno. Richie, la cara barbuda de un Paul Bunyan enajenado cuyos ojos eran rendijas de asesino. Y Ben vio a Henry Bowers.

—¿Somos lo bastante fuertes, Bill? –preguntó–. ¿Podemos hacer esto?

—N–n–n–no lo sé –dijo Bill.

—¿Y si está cerrada? –sugirió Beverly con un hilo de voz.

La cara de Tom le hacía burla.

—N–no –afirmó Bill–. Los lug–lugares como éste n–n–nunca est–están cece–cerrados.

Apoyó los dedos de la mano derecha, extendidos contra la puerta (tuvo que agacharse para eso) y empujó. La puerta giró hacia un torrente de luz amarilloverdosa, enfermiza. Los recibió aquel olor a zoológico, el olor del pasado hecho presente, horriblemente vivo, obscenamente vital.

"Gira, rueda", pensó Bill porque sí. Y miró en derredor. Luego se dejó caer sobre manos y rodillas. Beverly lo siguió. Después, Richie. Detrás, Eddie. Ben fue el último; le ardía la piel con el contacto de la vieja suciedad que cubría el suelo. Pasó por el portal y, al incorporarse, el último recuerdo cayó en su sitio con la fuerza de un ariete psíquico.

Lanzó un grito y retrocedió, tambaleándose, llevándose una mano a la frente. Su primer pensamiento fue: "No me sorprende que Stan se suicidara. ¡Oh, Dios, por qué no me suicidé yo también!" Vio la misma expresión de aturdido espanto y la nueva aprensión en los rostros de los otros, en tanto las últimas llaves iban girando en sus correspondientes cerraduras.

Un momento después, Beverly, chillando, se aferraba a Bill: bajando a toda velocidad por su telaraña venía "Eso":una araña de pesadilla surgida de más allá del tiempo y el espacio, una araña que no hubiera podido imaginar el habitante más febril del infierno.

"No –pensó Bill fríamente–, tampoco es una araña pero esta forma no es algo que "Eso" haya tomado de nuestra mente; es lo más que nuestra imaginación puede aproximarse a

("los fuegos fatuos")

lo que "Eso" es."

Medía unos cuatro metros y medio de alto y era negra como una noche sin luna. Cada una de sus patas era gruesa como el muslo de un levantador de pesas. Sus ojos eran rubíes malévolos y brillantes que abultaban las cuencas, llenas de un fluido chorreante color cromo. Sus mandíbulas serradas se abrían y se cerraban, una y otra vez, dejando caer cintas de espuma. Ben, petrificado en un éxtasis de horror, vacilando en el límite de la locura total, observó, con la calma que existe en el ojo de la tormenta, que esa espuma estaba viva al caer en el suelo maloliente y que se filtraba por las rendijas retorciéndose como un protozoario.

"Pero "Eso" es otra cosa, una forma final que casi puedo ver, como se puede ver la forma de un hombre moviéndose tras la pantalla cinematográfica. Pero no quiero verla, por favor, no quiero ver a "Eso"..."

Ben intuyó que "Eso" estaba aprisionado en esa forma definitiva, la forma de la araña, por esa visión colectiva, no buscada, sin paternidad. Era contra este "Eso" que deberían vivir o morir.

La criatura gemía y chillaba. Ben tuvo la seguridad de que estaba oyendo dos veces esos ruidos: en la cabeza y, una fracción de segundo después, en los oídos. "Telepatía –pensó–. Le estoy leyendo la mente." Su sombra era un huevo achaparrado que se deslizaba sobre la antigua pared de esa madriguera. El cuerpo estaba cubierto de pelo áspero y Ben vio que poseía un aguijón capaz de ensartar a un hombre. De la punta surgía un fluido transparente que también estaba vivo; como la saliva, el veneno se retorcía hasta escurrirse por las, rendijas del suelo. El aguijón, sí... pero debajo de él, la barriga de "Eso" se abultaba grotescamente, casi arrastrándose por el suelo. "Eso" cambiaba ahora de dirección, encaminándose, sin fallar, hacia el jefe del grupo: Bill.

"Es la bolsa de los huevos –pensó Ben y su mente pareció gritar ante las implicaciones de aquella idea–. No importa que sea "Eso" más allá de lo que vemos: esta representación es correcta, al menos simbólicamente: "Eso" es hembra y está preñada. Estaba preñada ya en aquel entonces y ninguno de nosotros se dio cuenta. Excepto Stan, quizá. Oh, sí, fue Stan quien lo comprendió, Stan, no Mike. Stan, quien nos dijo... Por eso tuvimos que volver, pasara lo que pasara, porque "Eso" es hembra y está preñada de algún engendro inconcebible... y está al final de su gestación."

Inconcebiblemente, Bill Denbrough se estaba adelantando para salir al encuentro de "Eso".

—¡No, Bill! –gritó Beverly.

—¡Que–que–quedaos atrás! –gritó Bill sin volverse.

Un momento después, Richie corría hacia él gritando su nombre y Ben descubría que sus propias piernas se habían puesto en movimiento. Le parecía tener una barriga bamboleándose delante de él; la sensación le resultó agradable: "Tener que volver a ser niños –pensó–. Es el único modo en que puedo impedir que "Eso" me vuelva loco. Tengo que convertirme otra vez en niño... tengo que aceptarlo."

Corría y gritaba el nombre de Bill, apenas consciente de que Eddie corría a su lado, balanceando el brazo roto con el cinturón de bata que Bill había usado para atarlo arrastrándose por el suelo. Eddie había sacado su inhalador. Parecía un pistolero demente armado con una extraña pistola.

Ben oyó que Bill aullaba:

—¡Tú ma–ma–mataste a mi hermano, hi–i–ija de p–puta!

Entonces "Eso" alzó las patas frente a Bill sepultándolo en su sombra, pataleando en el aire. Ben oyó un maullido ansioso y miró aquellos ojos malignos, rojos, ajenos al tiempo. Por un instante vio la forma oculta detrás de la apariencia: vio luces, vio una cosa peluda, reptante, infinita, que estaba hecha de luz y nada más, de luz naranja, una luz muerta que se fingía viva.

El rito se inició por segunda vez.

XXII. El rito de Chüd.
1. En la madriguera de Eso, 1958.
Fue Bill quien los retuvo unidos mientras la gran araña negra bajaba a toda velocidad por su tela provocando una brisa venenosa que les revolvía el pelo. Stan chilló como un bebé, los ojos pardos se le desorbitaban, se tiraba de las mejillas. Ben retrocedió lentamente hasta que su amplio trasero tocó la pared, a la izquierda de la puerta. Sintió un fuego frío quemarle los pantalones y volvió a apartarse, pero como en un sueño. Sin duda nada de todo eso podía estar ocurriendo; era, simplemente, la peor pesadilla del mundo. Descubrió qu e no podía levantar las manos. Parecían atadas a grandes pesos.

Richie sintió que los ojos se le iban hacia la tela. Aquí y allá, envueltos, parcialmente en hebras de seda que se movían como si tuvieran vida, había unos cuantos cadáveres putrefactos a medio comer. Creyó reconocer a Eddie Corcoran cerca del techo, aunque le faltaban las piernas y un brazo.

Beverly y Mike se abrazaron como Hansel y Gretel en los bosques, paralizados, mientras la araña llegaba al suelo y avanzaba, hacia ellos. Su sombra distorsionada corría a su lado, por la pared.

Bill los miró a todos: alto y delgado, con una camiseta sucia de barro y agua residual, que en alguna época había sido blanca; vaqueros y zapatillas cubiertos de mugre. Tenía el pelo sobre la frente y los ojos encendidos. Los miró a todos, como despidiéndose y se volvió hacia la araña. Inconcebiblemente, echó a andar hacia "Eso"; en vez de huir, apretaba el paso, con los puños apretados y las muñecas tensas.

—¡T–t–tú ma–mataste a mi he–e–ermano!

—¡No, Bill! –chilló Beverly, liberándose de los brazos de Mike para correr hacia él, con el pelo rojo ondeando tras ella. Y gritó a la araña–: ¡Déjalo en paz! ¡No lo toques!

"¡Oh, mierda, Beverly!", pensó Ben. Y corrió también, con la barriga bamboleándose frente a él, moviendo las piernas con fuerza, apenas consciente de que Eddie corría a su izquierda sosteniendo el inhalador con la mano sana como si fuera una pistola.

Entonces "Eso" alzó las patas frente a Bill, que estaba desarmado. Lo sepultó en su sombra. Ben aferró a Beverly por el hombro, pero la mano se le deslizó. Ella giró hacia él, con los ojos salvajes.

—¡Ayúdalo! –gritó.

—¿Cómo? –gritó Ben, a su vez.

Giró hacia la araña, oyó su maullido ansioso, miró aquellos ojos malignos, rojos, ajenos al tiempo y vio algo detrás de la apariencia, algo mucho peor que una araña. Algo que era todo luz demencial. Le faltó valor... pero era Bev quien se lo pedía. Bev, y él la amaba.

—¡Maldita, deja en paz a Bill! –chilló.

Un momento después, una mano le golpeaba la espalda con tanta fuerza que estuvo a punto de caer. Era Richie. Aunque le corrían las lágrimas por las mejillas, Richie sonreía como un loco. Las comisuras de la boca parecían llegarle casi a las orejas. Entre los dientes se filtraba un poco de saliva.

—¡Déjala, Ben! –ordenó–. ¡Chüd! ¡Chüd!

"¿Déjala? –pensó Ben–. ¿Habla como si fuera hembra?"

Y en voz alta:

—Pero ¿qué es eso? ¿Qué es Chüd?

—¡Qué coño sé yo! –chilló Richie. Corrió hacia Bill y quedó bajo la sombra de "Eso".

"Eso" se había bajado sobre las patas traseras. Las delanteras manoteaban el aire sobre la cabeza de Bill. Y Stan Uris, obligado a aproximarse, forzado a aproximarse a pesar de todos sus instintos, su mente y su cuerpo, vio que Bill mantenía la vista fija en "Eso", en sus inhumanos ojos naranja, ojos de los que brotaba aquella horrible luz cadavérica. Se detuvo, comprendiendo que había comenzado el rito de Chüd, fuera lo que fuese.

Bill en el vacío, antes.
—¿Quién eres y por qué vienes a mí?

—Soy Bill Denbrough. Ya sabes quién soy y por qué he venido. Mataste a mi hermano y he venido a matarte. Te equivocaste al elegirlo a él, hija de puta.

—Soy eterna, soy la Devoradora de Mundos.

—¿Ah, sí? Pues se te ha acabado la comida.

—Tú no tienes poder; el poder está aquí, siente el poder, y después veremos si vuelves a hablar de matar a la Eterna. ¿Crees verme a mí? ¡Ven, entonces! ¡Ven! ¡Ven!

Arrojado...

("castiga")

No, arrojado no, disparado, disparado como una bala humana, como la Bala Humana del circo que llegaba a Derry en mayo todos los años. Se vio levantado y lanzado al otro lado de la cámara. "esto sólo ocurre en mi mente –aulló para sí–. Mi cuerpo sigue allí, de pie, cara a cara con "Eso", sé valiente, es sólo un truco mental, sé valiente, resiste, resiste..."

("exhausto")

Hacia adelante, rugiendo, disparado por un túnel negro y chorreante de azulejos que tendrían cincuenta años de antigüedad, o cien, mil, un millón, volando en mortífero silencio por intersecciones, algunas iluminadas por ese fuego verde amarillento, retorcido, y otras por globos relumbrantes llenos, de una fantasmagórica luz blanca, y otros muertos y negros. Fue arrojado a una velocidad de mil quinientos kilómetros por hora, pasando junto a un montón de huesos, algunos humanos, otros no, como un dardo propulsado por cohetes por un túnel de viento, que ahora iba hacia arriba, pero no hacia la luz, sino hacia la oscuridad, una oscuridad titánica

("el poste")

y estalló hacia fuera, hacia una negrura total, la negrura era todo, la negrura era el cosmos y el universo y el suelo de la negrura era duro, era como ebonita pulida, y él se deslizaba sobre el pecho y el vientre y los muslos como un peso en una lanzadera. Estaba en el suelo del salón de baile de la eternidad, y la eternidad era negra.

("tosco y recto").

—Basta ya, ¿por qué lo dices? Nada te salvará, niño estúpido.

("¡e insiste, infausto, que ha visto los espectros!")

—¡Basta ya!

(¡"Castiga exhausto el poste tosco y recto e insiste infausto que ha visto los espectros!")

—¡Basta ya! ¡Basta! Exijo, ordeno, que termines ya.

("No te gusta, ¿verdad?")

Y piensa: "Si pudiera al menos decirlo en voz alta, decirlo sin tartamudear, podría romper esta ilusión..."
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