Dedico este libro a mis hijos. Mi madre y mi esposa me enseñaron a ser un hombre. Mis hijos me enseñaron a ser libre




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títuloDedico este libro a mis hijos. Mi madre y mi esposa me enseñaron a ser un hombre. Mis hijos me enseñaron a ser libre
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—Esto no es una ilusión, niño estúpido; "es la eternidad. Mi eternidad, y estás perdido en ella, perdido para siempre. Nunca hallarás el camino de regreso; ahora eres eterno y estás condenado a vagar en la negrura... después de que me hayas visto cara a cara".

Pero allí había algo más. Bill lo percibía, lo sentía, hasta podía olerlo. Una gran presencia en la oscuridad. Una Forma. No sintió miedo, sino un respeto sobrecogedor. Aquello era un poder que empequeñecía el poder de "Eso" y Bill sólo tuvo tiempo de pensar: "Por favor, seas quien seas, recuerda que soy muy pequeño..."

Corrió hacia aquello y vio que se trataba de una gigantesca tortuga con el caparazón blindado de muchos colores deslumbrantes. Su antiquísima cabeza de reptil asomó lentamente y Bill creyó sentir una vaga sorpresa despectiva por parte de la cosa que lo había arrojado hasta allí. Los ojos de la tortuga eran bondadosos. Bill se dijo que era lo más antiguo que uno pudiese imaginar, muchísimo más antigua que "Eso", que aseguraba ser eterna.

—¿"Qué eres tú?

—Soy la Tortuga, hijo. Yo hice el universo, pero no me culpes por eso, por favor; me dolía la barriga.

—¡Ayúdame, por favor! ¡Ayúdame!

—En estas cosas no tengo nada que ver.

—Mi hermano...

—Tiene su propio lugar en el macrocosmos, la energía es eterna, como ha de comprender hasta un niño como tú".

Ahora la Tortuga estaba quedando atrás; aun a esa tremenda velocidad de deslizamiento, su flanco blindado parecía prolongarse interminablemente a su derecha. Pensó, vagamente, en un tren que pasara en dirección opuesta al suyo, un tren tan largo que, al cabo, parece estar quieto o hasta marchar hacia atrás. Aún podía oír el parloteo y los zumbidos de "Eso": su voz aguda, furiosa, inhumana, llena de loco odio. Pero cuando habló la Tortuga, la voz de "Eso" quedó completamente borrada. La Tortuga hablaba en la mente de Bill y Bill comprendió, de algún modo, que aún había "Otro" y que ese "Otro" Definitivo habitaba un vacío más allá de éste. Ese "Otro" Definitivo era, tal vez, el creador de la Tortuga, que sólo sabía observar, y de "Eso", que sólo sabía comer. Ese "Otro" era una fuerza más allá del universo, un poder más allá de todos los poderes, el autor de todo lo que tenía ser.

Y de pronto creyó entenderlo: "Eso" quería arrojarlo a través de alguna muralla, en el fin del universo, hacia otro lugar

("lo que la vieja Tortuga llamaba macrocosmos")

donde vivía realmente "Eso", donde existía como médula titánica y refulgente que podía no ser más que una pequeñísima mota en la mente de eso "Otro"; Bill vería a "Eso" desnudo, una fuerza destructiva y sin forma y quedaría misericordiosamente aniquilado o viviría eternamente, demente pero consciente dentro del ser de "Eso", homicida, infinito e informe.

—¡"Por favor, ayúdame! ¡Por los otros!

—Debes ayudarte a ti mismo, hijo.

—Pero ¿cómo? ¡Dime, por favor! ¿Cómo, cómo, cómo"?

Había llegado ya a la altura de las patas traseras de la Tortuga, densamente escamadas. Tuvo tiempo de observar su carne titánica pero viejísima. Tuvo tiempo de maravillarse ante sus gruesas uñas, que eran de un extraño color amarillo azulado; en cada una nadaban galaxias enteras.

—"Por favor, tú eres buena, siento y creo que eres buena. Te suplico ayuda.

—Tú ya lo sabes. No tienes sino Chüd y a tus amigos.

—Por favor, oh, por favor.

—Hijo, tienes que golpear exhausto el poste tosco y recto e insistir infausto que has visto los espectros... es todo lo que puedo decirte. Una vez te metes en una mierda cosmológica como ésta, tienes que tirar el manual de instrucciones".

La voz de la Tortuga estaba desapareciendo. Ya la había dejado atrás, sumido en una oscuridad más profunda que lo profundo. La voz de la Tortuga estaba siendo sofocada, superada, por la voz alegre y parloteante de la Cosa que lo había arrojado hacia ese vacío negro: la voz de la araña, de "Eso".

—¿"Qué te parece esto, amiguito?, ¿te gusta?, ¿le das una buena puntuación porque tiene un ritmo muy bailable?, ¿puedes sujetarlo con las amígdalas y sacudirlo a derecha e izquierda?, ¿te ha gustado mi amiga la Tortuga? Yo creía que esa vieja estúpida había muerto hacía años. Además, para qué te sirvió. ¿Creías que podía ayudarte?

—No no no castiga exhausto no c–ccast–t–t–t– no

—¡Basta de cháchara! Hay poco tiempo; hablemos mientras sea posible. Háblame de ti, amiguito... Dime, ¿te gusta la fría oscuridad de aquí fuera?, ¿estás disfrutando de este recorrido por la nada que se extiende fuera? ¡Ya verás cuando pases al otro lado, amiguito! ¡Ya verás cuando cruces a donde estoy yo! ¡Espera! ¡Espera a ver los fuegos fatuos! Los verás y te volverás loco... pero vivirás... y seguirás viviendo..., dentro de ellos ... dentro de Mí".

"Eso" aullaba de venenosa risa y Bill notó que su voz empezaba a borrarse y a crecer, como si a un tiempo estuviera alejándose de su alcance... y precipitándose hacia él. ¿Y no era eso, exactamente, lo que estaba ocurriendo? Tuvo la impresión de que así era. Porque, si bien las voces mantenían una sincronización perfecta, la que en ese momento estaba más cerca era totalmente extraña; pronunciaba sílabas que ninguna lengua, ninguna garganta humana podía reproducir. Bill se dijo que era la voz de los fuegos fatuos.

—"Queda poco tiempo; hablemos mientras podamos".

Su voz humana se borraba como se borran las emisoras de radio de Bangor cuando uno viaja en coche hacia el Sur. Bill se llenó de un terror intenso, quemante. Muy pronto estaría más allá de toda comunicación cuerda con "Eso"... y una parte de él comprendía que, a pesar de toda su risa, de su extraña alegría, "Eso" no deseaba otra cosa. No le bastaba con enviarlo al sitio donde estaba, cualquiera que fuese, sino que necesitaba romper la comunicación mental. Si eso se interrumpía, Bill sería totalmente aniquilado. Quedar sin comunicación era quedar sin salvación; él lo sabía por la forma en que sus padres se habían comportado con él a partir de la muerte de George. Era la única lección aprendida de esa frialdad de nevera.

Distanciarse de "Eso"... y aproximarse a "Eso". Pero el distanciarse era, de algún modo, más importante. Si "Eso" quería comer niños ahí fuera, ¿por qué no los enviaba a todos allí? ¿Por qué sólo a él? Porque "Eso" tenía que deshacerse de su yo–araña. De algún modo, el "Eso" araña y el "Eso" de los fuegos fatuos estaban vinculados. Aquello que vivía en la oscuridad podía ser invulnerable cuando estaba allí, pero "Eso" también estaba en la tierra, debajo de Derry, con una forma física. Por repulsiva que resultara, en Derry era física... y lo físico se podía matar.

Bill resbalaba en la oscuridad a velocidad siempre creciente. "¿Por qué sus palabras me parecen sólo una amenaza hueca? ¿Cómo es posible?", pensaba.

Creyó comprender cómo...

"Sólo hay Chüd", había dicho la Tortuga. ¿Y si eso fuera Chüd? ¿Y si acaso se habían mordido profundamente las lenguas, no en lo físico sino en lo mental, en lo espiritual? ¿Y si, en caso de que "Eso" arrojara a Bill al vacío, hacia su yo eterno e incorpóreo, el rito hubiera terminado? "Eso" se habría liberado de él, lo mataría y lo ganaría todo, al mismo tiempo.

—"Lo estás haciendo bien, hijo, pero muy pronto será demasiado tarde.

—¡Está asustada! ¡"Eso" me tiene miedo! ¡Nos tiene miedo a todos"!

Resbalaba, seguía resbalando y allá adelante había un muro, lo sintió, lo percibió en la oscuridad, el muro del límite final y más allá la otra forma, los fuegos fatuos...

—"No me hables, hijo, y no hables contigo mismo; estás desprendiéndote, muerde si te atreves, si quieres, si eres valiente, si puedes soportarlo... ¡Muerde, hijo"!

Bill mordió con fuerza; no con sus dientes sino con la dentadura de su mente.

Bajando la voz a un registro más grave (en realidad, adoptó la voz de su padre, aunque se iría a la tumba sin saberlo; algunos secretos nunca se saben y probablemente es mejor así), gritó:

—¡"Golpea exhausto el poste tosco y recto e insiste infausto que ha visto los espectros! ¡Ahora suéltame"!

Sintió en su mente el grito de "Eso", un alarido de rabia frustrada y arrogante.... pero también era un alarido de miedo y dolor. "Eso" no estaba habituada a ser derrotada; nunca le había ocurrido semejante cosa y hasta los momentos más recientes de su existencia, tampoco había sospechado que fuera posible.

Bill la sintió debatirse; ya no tiraba de él: "empujaba", tratando de apartarlo.

—¡"Golpea exhausto el poste tosco y recto, he dicho!

—¡Basta!

—¡Llévame devuelta! ¡Tienes que hacerlo! ¡Yo lo ordeno! ¡Lo exijo"!

"Eso" volvió a gritar, con un dolor más intenso, tal vez porque había pasado su larguísima existencia infligiendo dolor, alimentándose de él, pero sin experimentarlo nunca como parte de sí.

Aún trataba de empujarlo, de deshacerse de él, insistiendo, ciega y tercamente, en vencer, como siempre había vencido hasta entonces. Pujaba, pero Bill sintió que su velocidad exterior había disminuido y una imagen grotesca le vino a la mente: la lengua de "Eso", cubierta de esa saliva viviente, extendida como una gruesa serpiente, resquebrajada, sangrando. Se vio a sí mismo aferrado a la punta de esa lengua con los dientes, desagarrándola poco a poco, con la cara bañada en ese convulsivo licor que era la sangre de "Eso", ahogándose en su mortífero hedor, pero siempre aferrado, mientras "Eso" se debatía en su ciego dolor y su ira acumulada, para no dejar que su lengua se retirara hacia atrás.

("Chüd, esto es Chüd, aguanta, sé valiente, sé leal, defiende a tu hermano, a tus amigos; cree, cree en todas las cosas que has creído: creo que, si dices a un policía que te has extraviado, él se encargará de que llegues a casa sano y salvo, cree que hay ratones que cambian los dientes de leche por monedas y que los Reyes Magos vienen en camellos a repartir juguetes y que el Capitán Medianoche bien puede existir, sí puede, aunque Carlton, el hermano mayor de Calvin y Cissy Clark diga que no es más que cuentos para niños; cree que tus padres volverán a quererte, que el valor es posible y que las palabras surgirán siempre con fluidez; no más Perdedores, no más acurrucarse en un agujero del suelo diciendo que es la casita del club, no más llorar en el cuarto de Georgie porque no pudiste salvarlo y porque no sabías; cree en ti mismo, cree en el calor de ese deseo")

De pronto, Bill comenzó a reír en la oscuridad, presa de un asombro total, encantado.

—¡"Mierda, creo en todas esas cosas; sí, creo"! –gritó, y era verdad: con once años había observado que las cosas salían bien antes que mal, en una proporción absurda.

Una luz se encendió. Levantó los brazos sobre su cabeza. Volvió la cara hacia lo alto y, de pronto, sintió que el poder fluía a borbotones de él.

Oyó que "Eso" gritaba otra vez... y se vio arrastrado hacia atrás por el mismo camino que ya hiciera, aún sujeto a la imagen de sus dientes profundamente hincados en la carne de esa lengua, dientes apretados como una lúgrube muerte. Se arrastró por la oscuridad; el viento de ese lugar vacío le soplaba en los oídos.

Pasó, arrastrándose junto a la Tortuga y vio que ella había escondido la cabeza en el caparazón. Su voz surgió hueca y distorsionada, como si hasta esa concha fuera un pozo con profundidad de eternidades.

—"No has estado mal, hijo, pero yo de ti acabaría el trabajo; no dejes que se escape. La energía tiende a disiparse, ¿sabes? Lo que se puede hacer a los once años, con frecuencia no se puede hacer nunca más".

La voz de la Tortuga se borraba, se borraba. Sólo quedó la oscuridad.... y después , la boca de un túnel ciclópeo... olores a tiempo y podredumbre... telarañas rozándole la cara como putrefactas hebras de seda en una casa embrujada... azulejos mohosos que pasaban en un borrón... intersecciones, ya oscuras en su totalidad, desaparecidos ya los globos de luna, y "Eso" que gritaba, gritaba:

—¡"Suéltame, suéltame! ¡No volveré jamás! ¡Déjame"! ¡"Duele Duele Dueeee"!

—¡"Castiga exhausto el poste"!– aulló Bill, casi en un delirio.

Vio luz delante, pero se estaba desvaneciendo, vacilando como una gran vela que se ha consumido casi por completo... y por un momento se vio a sí mismo con los otros, en fila, tomados todos de la mano; Eddie estaba a un lado; Richie al otro. Vio su propio cuerpo que se derrumbaba, vio que la cabeza le daba vueltas en el cuello, siempre mirando a la araña, que se retrocedía y giraba como un derviche, golpeando el suelo con sus patas peludas y ásperas, dejando gotear el veneno desde su aguijón.

"Eso" aullaba en su agonía de muerte. Al menos, así lo creyó Bill.

De pronto cayó sobre su cuerpo bruscamente. La fuerza de la caída arrancó sus manos de las de Richie y Eddie, haciéndolo resbalar de rodillas por el suelo hasta el borde de la telaraña. Sin darse cuenta, estiró la mano hacia una de las hebras. La mano se adormeció instantáneamente, como si le hubieran inyectado novocaína. La hebra era gruesa como un cable de tendido de teléfono.

—¡No la toques, Bill! –chilló Ben.

Bill apartó la mano con un movimiento rápido y brusco, dejando un sitio en carne viva en su palma, justo debajo de los dedos, que se llenó de sangre. Se levantó, tambaleante, sin apartar los ojos de la araña.

Se iba trabajosamente, abriéndose paso por la creciente penumbra que reinaba en la parte trasera de la cámara al desvanecerse la luz. Iba dejando charcos de sangre oscura a su paso. De algún modo, la confrontación había perforado sus entrañas en diez, en, cien lugares.

—¡La tela, Bill! –vociferó Mike–. ¡Cuidado!

Bill dio un paso atrás en el momento en que las hebras de la telaraña caían sobre las lajas a cada lado, como cadáveres de carnosas serpientes blancas. De inmediato empezaron a perder forma y escurrirse por los resquicios entre las piedras. La telaraña se deshacía desprendiéndose de sus numerosas ataduras. Uno de los cadáveres, envuelto como una mosca, cayó al suelo con un horrible ruido a calabaza podrida.

—¡La araña! –gritó Bill–. ¿Dónde está?

Aún la oía chillar de dolor. Comprendió vagamente que había entrado en el mismo túnel por donde había arrojado a Bill hacia... Pero ¿entraba allí para huir hacia el lugar donde había querido enviar a Bill... o para esconderse hasta que ellos se hubieran ido? ¿Para morir? ¿Para escapar?

—¡Mierda, las luces! –gritó Richie–. ¡Se están apagando las luces! ¿Qué ha ocurrido, Bill? ¿Adónde has ido? ¡Te dimos por muerto!

En alguna confundida parte de su mente, Bill comprendió que eso no era cierto: si lo hubieran dado por muerto habrían huido en desbandada y "Eso" los habría apresado con facilidad, uno a uno. o tal vez era más acertado decir que lo habían dado por muerto, pero también habrían creído que seguía con vida.

"¡Tenemos que asegurarnos! Si "Eso" está agonizando o si ha vuelto al lugar de donde vino, donde está el resto de ella, todo está bien. Pero ¿y si sólo está herida? ¿Y si se cura? ¿Qué...?"

El chillido de Stan se abrió paso dolorosamente entre sus pensamientos. Bajo la luz menguante, Bill vio que una de las hebras de la telaraña le había caído sobre el hombro. Antes de que Bill pudiera llegar hasta él, Mike se arrojó hacia Stan, apartándolo. El fragmento de telaraña cayó hacia atrás, llevándose un trozo de la camiseta de Stan.

—¡Retroceded! –gritó Ben–. ¡Apartaos, se está cayendo!

Cogió a Beverly de la mano y tiró de ella hacia la puertecita mientras Stan se levantaba dificultosamente y, después de dirigir alrededor una mirada aturdida, aferraba a Eddie. Los dos echaron a andar hacia Ben y Beverly ayudándose mutuamente; parecían fantasmas bajo la luz menguante.

Allá arriba, la telaraña se derrumbaba perdiendo su temible simetría. Los cadáveres giraban perezosamente en el aire, como plomadas. Las hebras transversales caían como peldaños podridos de un complejo de escalerillas. Los filamentos rotos golpeaban contra las lajas, siseaban, perdían forma y empezaban a fundirse.
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