Dedico este libro a mis hijos. Mi madre y mi esposa me enseñaron a ser un hombre. Mis hijos me enseñaron a ser libre




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—¡Sssss! –aspira ella, mordiéndose el labio inferior, mientras vuelve a pensar en los pájaros, en los pájaros de primavera que se alinean en los tejados de las casas y luego levantan el vuelo bajo las nubes de marzo.

—¿Beverly? –susurra él–. ¿Estás bien?

—No te apresures –indica ella–. Así te será más fácil respirar.

El obecede. Al cabo de unos momentos su respiración se acelera, pero ella comprende que no le ocurre nada malo.

El dolor desaparece. De pronto él se mueve cada vez más rápido y repentinamente se detiene tenso; emite un sonido, una especie de ruido. Ella adivina que eso es algo extraordinario y muy especial para el chico, algo como... volar. Se siente poderosa; experimenta una sensación de triunfo que crece con fuerza dentro de ella. ¿Era eso lo que tanto temía su padre? ¡Pues se entiende! Hay potencia en ese acto, sí, una potencia que corre por la sangre y capaz de romper cadenas. No experimenta placer físico, pero sí una especie de éxtasis mental, Percibe la unión de los cuerpos. Él apoya la cara en su pecho y ella lo abraza. El chico llora. Y la parte de él que establecía el vínculo empieza a desvanecerse. No porque se retire, sino, simplemente, porque se empequeñece.

Cuando el peso de Eddie se aparta, ella se incorpora y le toca la cara en la oscuridad.

—¿Lo has conseguido?

—¿Qué cosa?

—Lo que sea. No lo sé muy bien.

Él sacude la cabeza; Beverly lo sabe porque tiene una mano en su mejilla.

—No creo que haya sido exactamente como... bueno, como dicen los chicos más grandes, ya me entiendes. Pero fue... realmente hubo algo. –Habla en voz baja para que los otros no oigan–. Te amo, Bevvie.

En ese punto, su conciencia se pierde un poco. Está segura de que siguen hablando, pero no sabe qué se dicen. No importa. ¿Tendrá que convencerlos a todos, una y otra vez? Probablemente sí. pero no importa. Es preciso convencerlos de que acepten ese vínculo humano esencial entre el mundo y el infinito, el único sitio donde el torrente sanguíneo toca la eternidad. No importa. Lo que importa es el amor y el deseo. Aquí, en la oscuridad, se puede hacer como en cualquier otra parte. Quizá mejor que en muchas otras.

Mike se acerca a ella; después, Richie, y el acto se repite. Ahora Beverly siente cierto placer, un difuso calor en su sexo infantil, aún no maduro. Cierra los ojos cuando le toca el turno a Stan y piensa en los pájaros, la primavera y los pájaros, y los ve una y otra vez, todos posándose al mismo tiempo, colmando los árboles despojados por el invierno, jinetes de la estación más cruda, los ve alzar el vuelo una y otra vez, y el aleteo es como el flameo de las sábanas en la cuerda. Y piensa: "Dentro de un mes, todos los niños del parque Derry tendrán cometas y correrán para que los cordeles no se enreden entre sí." Vuelve a pensar: "Así es volar."

Con Stan, como con los otros, experimenta ese melancólico momento de desvanecimiento, de abandono; lo que verdaderamente necesitan de ese acto, algo definitivo, está muy cerca, pero aún no lo han descubierto.

—¿Lo has hecho? –pregunta a Stan.

Aunque no sabe exactamente a qué se refiere, sabe que él no lo ha hecho.

Hay una larga pausa.

Luego toca turno a Ben. Tiembla de pies a cabeza, pero no es el temblor temeroso de Stan.

—No puedo hacerlo, Beverly –dice él, tratando de sonar a razonable, aunque suena a cualquier cosa menos a eso.

—Sí, puedes. Lo siento.

Y lo siente, sí. Beverly lo siente bajo la suave presión de su barriga. El tamaño, del pene le despierta cierta curiosidad y lo toca levemente. Él jadea contra su cuello; el soplo de su aliento le provoca en el cuerpo desnudo carne de gallina. Experimenta la primera torsión de calor auténtico; de pronto, su sentimiento es demasiado grande; lo reconoce demasiado grande

("y también su pene es demasiado grande, ¿podrá recibirlo en ella"?)

y demasiado adulto para ella, como si el sentimiento lo hiciera mejor. Es como los M–80 de Henry: algo que no se hizo para los chicos, algo que puede estallarte en las manos. Pero no es momento ni lugar para preocuparse. Allí hay amor y deseo, y la oscuridad. Si no tratan de alcanzar las dos primeras cosas, sin duda se que darán en la última.

—Beverly, no...

—Sí.

—Yo....

—Enséñame a volar –dice ella con una calma que no siente, notando que él se ha echado a llorar–. Enséñame, Ben.

—No....

—Si tú escribiste el poema, enséñame. Tócame el pelo si quieres, Ben. Adelante.

—Yo, Beverly... yo....

Ben parece sacudirse convulsivamente. Pero ella percibe otra vez que no se trata sólo de miedo. Ella ha provocado parte de esa convulsión que constituye la médula del acto. Piensa en

("los pájaros")

su cara, su cara seria, dulce, querida, y sabe que eso no es miedo: lo que él siente es deseo, un deseo profundo y apasionado que apenas puede contener, y ella vuelve a experimentar esa sensación de poder, de algo parecido a volar, como mirar desde arriba y ver todos los pájaros en los tejados, en la antena del bar de Wally, de ver las calles como en un mapa, oh sí, eran el amor y el deseo lo que enseñaban a volar.

—¡Ben...! ¡Sí, así...! –exclama súbitamente.

Y el himen se rompe.

Duele otra vez y por un momento Beverly tiene la sensación de ser aplastada. Luego él se incorpora y la sensación desaparece.

Es grande, oh, sí. Ben vuelve a penetrarla y el dolor es mucho más profundo que cuando Eddie estuvo allí. Ella tiene que morderse el labio y pensar en los pájaros para soportarlo, luego toca los labios de Ben con un dedo y él gime.

Él vuelve a embestirla y ella siente que el poder pasa súbitamente a él. Primero tiene la sensación de ser mecida, de una deliciosa dulzura en espiral que la hace girar la cabeza de lado a lado, indefensa. De sus labios cerrados brota un zumbido sin música, esto es volar, esto, oh amor, oh deseo, oh esto es algo imposible de negar, vínculo, entrega, un círculo más fuerte, vínculo, entrega.. vuelo.

—Oh, Ben, oh, querido, sí... –susurra mientras el sudor le perla la cara y siente el vínculo, indisoluble, algo muy parecido a la eternidad–. Te quiero tanto, querido Ben....

Y siente que comienza a pasar, algo de lo que las chicas que murmuran sobre sexo en el baño no tienen idea; ellas sólo se escandalizan de lo asqueroso que ha de ser el sexo y Beverly comprende ahora que, para casi todas el sexo ha de ser un monstruo desconocido; se refieren al acto llamándolo "Eso". ¿Harías "Eso"? Tu madre y tu padre ¿todavía hacen "Eso"? ¿Tu hermana hace "Eso" con su novio? Y aseguran que ellas no piensan hacer "Eso" jamás. Oh, sí, cualquiera pensaría que todas las chicas del quinto curso son futuras solteronas y Beverly comprende que ninguna de ellas puede imaginar esa... esa plenitud. Si no grita, es sólo porque los otros, al oírla, se asustarían. Se lleva la mano a la boca y muerde con fuerza. Ahora comprende mejor las risas chillonas de Greta bowie, Sally Mueller y las otras. ¿Acaso ellos siete no han pasado la mayor parte de ese verano, el más largo y terrible de sus vidas, riendo como chiflados? Uno ríe porque lo que da miedo, lo desconocido, es también lo que divierte. Uno ríe tal como los niños suelen reír y llorar al mismo tiempo cuando se acerca un payaso haciendo cabriolas, sabiendo que es divertido... pero también algo desconocido, lleno del poder eterno de lo desconocido.

Con morderse la mano no logra ahogar el grito. Sólo consigue no tranquilizar a los otros –y a Ben– gritando su afirmación en la oscuridad.

—¡Sí! ¡Sigue así!

Imágenes gloriosas de vuelo le llenan la cabeza mezcladas con el áspero graznar de los grajos y los estorninos. Esos ruidos se convierten en la música más dulce del mundo.

Y Beverly vuela, vuela muy alto. Ahora el poder no está en ella ni en él, sino entre ambos, y él también grita y ella siente que le tiemblan los brazos. Entonces se arquea hacia arriba, hacia él, percibiendo su espasmo, su profundo contacto, esa fugaz intimidad total entre dos seres. Juntos irrumpen en el éxtasis vital.

Entonces todo termina y quedan abrazados. Cuando él trata de decir algo, quizá alguna estúpida disculpa que estropee lo que ella recuerda, ella lo interrumpe con un beso y lo despide.

Bill viene hacia ella.

Trata de decir algo, pero su tartamudeo es casi absoluto.

—Calla –dice ella, ya segura en su nueva sabiduría, pero notándose cansada. Cansada y dolorida. Tiene los muslos pegajosos, tal vez porque Ben terminó de verdad o porque están sangrando–. Todo saldrá perfectamente.

—¿S–s–eg–segura?

—Sí –afirma ella y entrelaza las manos tras el cuello de él papándole el pelo sudoroso y apelmazado–. Bien segura.

—¿E–e–ees... est–t–t esto... e–e–e?

—Chisssst...

No es como Ben; –hay una pasión, pero no de la misma clase. Estar con Bill es la mejor conclusión posible. Es bueno, tierno, casi sereno. Ella siente su ansiedad, pero atemperada, refrenada por su solicitud hacia ella, tal vez porque sólo Bill y ella misma comprenden lo grandioso de ese acto que jamás deberán mencionar a nadie, ni siquiera entre sí.

Al final, la dulce penetración de Bill la toma por sorpresa. Tiene tiempo de pensar. "Oh, va a ocurrir otra vez y no sé si podré soportarlo..." Pero aquella dulzura barre sus pensamientos. Apenas lo oye susurrar:

—Te amo, Bev, te amo. Te amaré siempre. –Una y otra vez, sin tartamudear en absoluto.

Ella lo estrecha y ambos se quedan así, la suave mejilla de Bill apoyada contra la suya.

Luego, él se retira sin decir nada. Beverly queda sola, reuniendo sus ropas lentamente, sintiendo un dolor sordo, palpitante, del que ellos, por ser varones, jamás tendrán noticias. Siente también cierto placer exhausto y el alivio de que todo haya terminado. Ahora siente cierto vacío en la entrepierna y, aunque se alegra de que su sexo haya vuelto a ser suyo, esa vacuidad le provoca una extraña melancolía que jamás podrá expresar, excepto al pensar en árboles desnudos bajo un blanco cielo de invierno, en árboles vacíos que esperan a los pájaros, como sacerdotes que presiden la muerte de la nieve.

Los busca a tientas.

Por un momento nadie habla. Cuando alguien lo hace, no sorprende a Beverly que sea Eddie:

—Creo que cuando tomamos a la derecha, dos recodos atrás, debimos haber ido a la izquierda. Jolín, lo sabía, pero estaba tan nervioso que...

—Has pasado nervioso toda tu vida, Eds –dice Richie.

—Nos equivocamos también en otros lugares –continúa Eddie, sin prestarle atención–. Si conseguimos volver, creo que no habrá problemas.

Forman una fila torpe: Eddie adelante, Beverly segunda, con la mano en el hombro del primero, tal como la de Mike está sobre el suyo. Vuelven a caminar más aprisa. Eddie no da muestras de nervios ni de preocupación.

"Volvemos a casa –piensa Beverly, estremecida de alivio y regocijo–. A casa, sí, y eso será bueno. Hemos hecho lo que vinimos a hacer y ahora podemos volver a ser sólo chicos. Y eso también es bueno."

Mientras avanzan por la oscuridad, oye que el rumor del agua corriente está cada vez más cerca.

XXIII. La salida.
1. Derry, 9.00/10.00.
A las 9.10, en Derry, la velocidad del viento se mantenía a un promedio de 83 km"h, con ráfagas de hasta 105. El anemómetro del Palacio de Justicia registró una ráfaga de 122; luego, la aguja bajó a cero: el viento había arrancado el cuenco giratorio del techo haciéndolo volar en la penumbra barrida por la lluvia. Como el barco de papel de George Denbrough, jamás se lo volvió a ver. A las 9.30, lo que el Departamento de Aguas declara imposible no parecía sólo posible, sino inminente: que el centro de Derry se inundara por primera vez desde agosto de 1958 al atascarse o derrumbarse, durante una gran tormenta de lluvia, muchas de las cloacas viejas. A las 9.45, coches y furgonetas empezaron a descargar hombres malhumorados a ambos lados del canal. El viento hacía batir locamente sus equipos de lluvia. Por primera vez desde octubre de 1957 se había decidido amontonar bolsas de arena junto a los lados de cemento del canal. La arcada donde se hacía subterráneo, bajo la triple intersección de la zona céntrica, estaba llena casi hasta el tope. Las calles Main y Canal y el pie de Up–Mile Hill estaban intransitables, como no fuera a pie. Quienes chapoteaban apresuradamente para colaborar en el operativo de refuerzo con bolsas de arena, sentían que las calles mismas se estremecían bajo el frenético fluir del agua, así como una autopista elevada tiembla cuando dos grandes camiones se adelantan. Pero se trataba de una vibración regular y esos hombres se alegraron de estar en la parte norte de la ciudad, lejos de ese rumor, más intuido que oído.

Harold Gardener gritó a Alfred Zitner, propietario de la inmobiliaria Zitner, de la zona Oeste, preguntándole si las calles irían a desmoronarse. Zitner dijo que antes se congelaría el infierno. Harold imaginó por un instante a Adolf Hitler y a Judas Iscariote repartiendo patines para hielo, pero siguió cargando bolsas. Faltaban apenas siete u ocho centímetros para que el agua alcanzara los bordes del canal. En Los Barrens, el Kenduskeag ya se había salido de cauce y, hacia mediodía, los frondosos matorrales y los arbustos asomarían apenas en un vasto y maloliente lago. Los hombres seguían trabajando, deteniéndose sólo cuando se acababan las bolsas de arena... pero a las 9.50 quedaron petrificados ante un gran ruido de desgarramiento. Más tarde, Harold Gardener contó a su mujer que creyó que había llegado el fin del mundo. No era el centro lo que se estaba derrumbando (todavía no), pero sí la torre–depósito. Sólo Andrew Keene, el nieto de Norbert Keene, presenció lo ocurrido, pero esa mañana había fumado tanta marihuana que, en un primer momento, lo consideró una alucinación. Vagaba por las calles inundadas de Derry desde las ocho, aproximadamente desde la misma hora en que el doctor Hale ascendiera a ejercer como médico de cabecera en el cielo. Estaba empapado hasta los huesos (exceptuando los treinta gramos de hierba protegidos bajos la axila) pero no se daba cuenta. Sus ojos se dilataron de incredulidad. Había llegado al Memorial Park, que se elevaba en la ladera de la colina de la torre–depósito. Y a menos que estuviera viendo mal, la torre tenía una marcada inclinación, como esa chapuza que habían hecho en Pisa y que figuraba en todas las cajas de fideos. "¡Vaya!", exclamó Andrew Keene, abriendo los ojos (a esa altura parecían conectados a pequeños resortes) mientras empezaban los ruidos de madera astillada. La inclinación de la torre se tornaba más y más pronunciada ante ese espectador de vaqueros pegados a unas pantorrillas flacas y diadema empapada que le chorreaba en los ojos.

Por el lado del centro se estaban desprendiendo las ripias blancas, soltando chorritos. Y a unos seis metros de altura, sobre los cimientos de piedra, acababa de abrirse una nítida grieta. De pronto empezó a brotar agua por esa grieta; las ripias soltaban bocanadas al viento. La torre empezó a emitir un ruido crujiente, como si cediera, y Andrew la vio moverse como la manecilla de un gran reloj que pasara de las doce a la una, de la una a las, dos. La bolsita de marihuana se le cayó de la axila y quedó dentro de la camisa, cerca del cinturón. Ni siquiera se dio cuenta. Estaba totalmente absorto. Desde el interior de la torre–depósito surgían ruidos vibrantes, como si se estuvieran rompiendo las cuerdas de la guitarra más grande del mundo: eran los cables instalados dentro del cilindro para equilibrar la presión del agua. La torre empezó a inclinarse más y más. Tablas y vigas se desgarraban. Las astillas saltaban al aire y se arremolinaban en el viento. "Esto es una locura", chilló Andrew Keene, pero su comentario se perdió en el estruendo final de la torre bajo siete mil toneladas de agua que brotaron por el lado roto. Aquello provocó una ola gris inmensa. Si Andrew Keene hubiera estado colina abajo, habría abandonado el mundo sin pérdida de tiempo. Pero Dios protege a los borrachos, a los niños pequeños y a los drogados hasta el tuétano. Andrew estaba en un sitio desde donde podía verlo todo sin ser tocado por una sola gota. "Fantásticos efectos especiales", vociferó, mientras el agua arrollaba el Memorial Park y barría el reloj de sol junto al cual un niño llamado Stan Uris solía observar los pájaros con los binoculares de su padre. "¡Steven Spielberg, muérete de envidia!" También voló el baño para pájaros. Andrew lo vio por un momento danto vueltas y vueltas antes de desaparecer. Una hilera de arces y abetos que separaban el parque de Kansas Street cayó como una fila de bolos. Al caer arrastraron los cables de energía eléctrica. El agua corría por la calle. Empezaba a parecerse más a agua que a esa pasmosa muralla que había arrasado el reloj de sol, el baño para pájaros y los árboles, pero aún tuvo potencia suficiente para barrer diez o doce casas al otro lado de Kansas, arrancándolas de sus cimientos para arrojarlas a Los Barrens. Se desprendieron con horrible facilidad, casi todas aún enteras. Andrew reconoció una de ellas; pertenecía a la familia Karl Massensik. El señor Massensik había sido su maestro de sexto curso, un verdadero cancerbero. Mientras la casa se iba cuesta abajo, Andrew vio que aún ardía una vela en una ventana y se preguntó si su mente no estaba agregando detalles imaginarios. En Los Barrens se produjo una explosión y una breve llamarada amarilla: una lámpara de gas había prendido fuego al aceite que brotaba de un depósito de combustible roto.
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