Dedico este libro a mis hijos. Mi madre y mi esposa me enseñaron a ser un hombre. Mis hijos me enseñaron a ser libre




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—¡Loado sea Dios! ¡Hay alguien más!

Intentó adelantarse; era una anciana que llevaba un pañuelo atado a la cabeza, a la manera de las campesinas. Un policía la obligó a detenerse.

—Allí es peligroso, señora Nelson, ya lo sabe usted. El resto de la calle podría hundirse en cualquier momento.

"Señora Nelson –pensó Bill–. Te recuerdo, mujer. Tu hermana solía cuidarnos a George y a mí, cuando mis padres salían." Levantó la mano para demostrarle que estaba bien. Como ella a su vez le devolvió el saludo, experimentó un súbito arrebato de optimismo... y esperanza.

Le volvió la espalda y se tendió contra el pavimento tratando de distribuir su peso del modo más parejo posible, como se hace sobre el hielo frágil. Alargó la mano para coger a Bev. Ella se tomó de sus muñecas y, con el último resto de sus fuerzas, Bill tiró, hacia arriba. El sol, que había vuelto a ocultarse, asomó tras un montón de nubes aborregadas y les devolvió sus sombras. Beverly levantó la vista, sobresaltada, y se encontró con los ojos de Bill. Sonrió.

—Te amo, Bill –dijo–. Y ruego a Dios que ella se reponga.

—Gra–gra–gracias, Bevvie.

La suave sonrisa de Bill hizo que a los ojos de ella afloraran las lágrimas. Él la abrazó. La pequeña multitud reunida tras la barrera rompió en un aplauso mientras un fotógrafo del "Derry News" tomaba una instantánea. Apareció en la edición del 1 de junio, impresa en Bangor a causa de los daños que el agua había hecho en las prensas del "News". El epígrafe era muy sencillo, pero tan cierto que Bill recortó la ilustración y la guardó en su billetera por muchos años: ""Sobrevivientes"", ponía, y no hacía falta más.

En Derry faltaban seis minutos para las once de la mañana.

7. Derry, el mismo día, más tarde.
El pasillo acristalado entre la biblioteca infantil y la de adultos había estallado a las 10.30. A las 10.33, la lluvia cesó. No fue amainando poco a poco: cesó de pronto, como si Alguien, Allá Arriba, hubiera cerrado el grifo. El viento ya había empezado a amainar, y paró en tan poco tiempo que la gente se miró con inquietud llena de superstición. El ruido fue como el de los motores de un 747, una vez posado en tierra. El sol asomó por primera vez a las 10.45. A media tarde, las nubes se habían retirado por completo y la tarde resultó despejada y calurosa. Hacia las tres y media de la tarde, el mercurio del termómetro ante la puerta de Rosa de Segunda Mano, marcaba 28 grados, la temperatura más alta de la temporada. Los peatones recorrían las calles como zombis, sin hablar mucho. Las expresiones de todos eran notablemente parecidas: una especie de estúpido asombro que habría resultado divertido si no hubiera sido francamente lastimoso. Al anochecer llegaron a Derry periodistas de las grandes cadenas de televisión. Esos periodistas harían comprender a la gente cierta versión de la verdad y la tornarían real... aunque algunos habrían sugerido que la realidad es un concepto bastante indigno de confianza, quizá no más sólido que un trozo de lona extendido sobre cables entrecruzados como hebras de telaraña. A la mañana siguiente, Bryant Gumble y Willard Scott, del programa "Today", visitarían Derry. En el transcurso del programa Gumble entrevistaría a Andrew Keene. "La torre–depósito se estrelló y rodó por la colina –dijo Andrew–. Fue una locura, ¿me entiende? Como para que Steven Spielberg se muriera de envidia, ¿sabe? Oiga, por televisión uno se imagina que usted es mucho más corpulento." Al verse a sí mismos y a sus vecinos por televisión, la cosa cobraría realidad. Eso les proporcionaría un sitio desde el cual aprender esa cosa terrible, inaprehensible. Había sido una "Tormenta anormal". En los días siguientes, "El número de víctimas" aumentaría las "Secuelas de la tormenta asesina". Fue, en realidad, "La peor tempestad en la historia de Maine". Todos esos titulares, por terribles que fueran, resultaban útiles porque ayudaban a amortiguar el carácter esencialmente extraño de lo ocurrido. Quizá la palabra "extraño" sea demasiado suave. "Demencial" sería mejor. Al verse por televisión, las cosas parecerían más concretas, menos demenciales. Pero en las horas previas a la llegada de la prensa sólo estaban allí los habitantes de Derry, que caminaban por las calles sembradas de escombros, resbaladizas, con cara aturdida e incrédula. Sólo los habitantes de Derry, que casi no hablaban, que caminaban mirándolo todo, recogiendo ocasionalmente algo para examinarlo tratando de comprender qué había pasado durante las siete u ocho últimas horas. Algunos hombres, de pie en Kansas Street, fumaban contemplando las casas que yacían invertidas en Los Barrens. Otros hombres y mujeres permanecían detrás de las vallas metálicas, observando el agujero negro que había sido el centro de la ciudad hasta las diez de esa mañana. Ese domingo, los titulares del periódico anunciaban: "Reconstruiremos, asegura el alcalde de Derry". Y tal vez así fuera. Pero en las semanas siguientes, mientras los concejales discutían por dónde iniciar la reconstrucción, el inmenso cráter que había sido el centro continuaba creciendo de un modo nada espectacular pero incesante. Cuatro días después de la tormenta, el edificio de la Hidroeléctrica de Bangor se hundió en el agujero. Pasados tres días más, el local donde se vendían las mejores salchichas de Maine se derrumbó. Los desagües se desbordaban periódicamente en casas, edificios de apartamentos y locales comerciales. En Old Cape las cosas llegaron a tal punto que sus habitantes empezaron a abandonar el lugar. El 10 de junio se efectuó la primera carrera de caballos en el parque Bassey. La primera salida estaba fijada para las ocho, y eso pareció alegrar a todos. Pero una sección de gradas se derrumbó en cuanto los caballos tomaron la recta y hubo seis heridos. Uno de ellos fue Foxy Foxworth, gerente del Aladdin hasta 1973. Foxy pasó dos semanas en el hospital, con una pierna fracturada y un testículo perforado. Cuando lo dieron de alta, decidió ir a casa de su hermana, que vivía en Somersworth, Nueva Hampshire.

No era el único. Derry se estaba desmembrando.

8.
Observaron al enfermero que cerraba las puertas traseras de la ambulancia. Luego, el vehículo inició el ascenso de la colina, rumbo al Hospital Municipal de Derry. Richie había detenido a la ambulancia arriesgando su vida y su integridad física; tras una ardua discusión, logró que el iracundo conductor, quien insistía en que no había más lugar en el vehículo, aceptara tender a Audra en el suelo.

—¿Y ahora? –preguntó Ben. Tenía círculos oscuros alrededor de los ojos y un aro de mugre en torno al cuello.

—Yo v–v–voy al Town House –dijo Bill–. Q–quiero dormir di–dieciséis horas.

—Apoyo la moción –manifestó Richie, mirando a Bev con aire esperanzado–. ¿Tiene cigarrillos, señorita?

—No –dijo Beverly. Creo que voy a abandonar otra vez el vicio.

—Sensata idea, por cierto.

Empezaron a subir lentamente la cuesta en hilera.

—Se a–a–a–acabó –dijo Bill.

Ben asintió.

—Lo hicimos. Tú lo hiciste, Gran Bill.

—Lo hicimos todos –corrigió Beverly–. Siento que no hayamos podido subir a Eddie. Eso es lo que más lamento.

Llegaron a la esquina de las calles Upper Main y Point. Un chico de impermeable rojo y botas verdes hacía navegar un barco de papel por la fuerte corriente de la alcantarilla. Levantó la vista y, al ver que lo observaban, saludó con la mano. A Bill le pareció que era el niño del patinete cuyo amigo había visto al tiburón de la película en el canal. Sonriendo se acercó a él.

—Ahora t–t–todo está b–bien.

El chico lo estudió con aire grave. Luego sonrió. Era una sonrisa llena de vida y esperanza.

—Creo que sí –dijo el niño.

—Puedes apostar el tr–rasero.

El niño se echó a reír.

—¿V–v–vas a tener cuidado con ese pat–tinete?

—Qué va –dijo el chico.

Y esa vez fue Bill quien rió conteniendo el impulso de revolverle el pelo. Eso, probablemente, le habría provocado cierto recelo al chico. Por fin se reunió con los otros.

—¿Quién era? –preguntó Richie.

—Un amigo. –Bill metió las manos en los bolsillos–. ¿Os acordáis del momento en que salimos, la primera vez?

Beverly asintió.

—Eddie nos llevó a Los Barrens. Sólo que, de algún modo, salimos por el otro lado del Kenduskeag. Por el lado de Old Cape.

—Tú y Ben levantasteis la tapa de una cloaca –dijo Richie a Bill–, porque erais los más fuertes.

—Sí –dijo Ben–. Así fue. Aún había sol, pero estaba muy bajo.

—Sí –confirmó Bill–. Y allí estábamos todos.

—Pero nada es eterno –suspiró Richie, mirando hacia atrás, hacia la cuesta que acababan de ascender–. Fijaos en esto, por ejemplo.

Y les enseñó las palmas. Las diminutas cicatrices habían desaparecido. Beverly lo imitó. Ben hizo lo mismo. Bill agregó las suyas. Todas estaban sucias, pero sin marcas.

—Nada es eterno –repitió Richie.

Miró a Bill y éste vio que las lágrimas arrastraban lentamente la mugre de sus mejillas.

—Salvo, quizá, el amor –apuntó Ben.

—Y el deseo –agregó Beverly.

—¿Y qué me decís de los amigos? –sugirió Bill, sonriendo–. ¿Qué te parece, Bocazas?

—Bueno... –Richie, sonriendo, se frotó los ojos–, tendré que meditarlo, chaval. Vaya, vaya, tendré que meditarlo.

Bill tendió las manos y todos las entrelazaron. Así permanecieron por un momento; de los siete sólo quedaban cuatro, pero aún podían formar un círculo. Se miraron. También Ben estaba llorando, pero sonreía.

Os quiero mucho –dijo. Estrechó con fuerza las manos de Bev y de Richie por un momento–. Y ahora veamos si en esta ciudad sirven algo que se parezca a un desayuno. Además, tendríamos que llamar para contárselo a Mike.

—¡Bien pensado, señorrr! –reconoció Richie–. De vez en cuando hasta podemos sacar algo bueno de ti. ¿Qué te parece, Gran Bill?

—Creo que podrías dejar de fastidiar –dijo Bill.

Entraron en el Town House. En el momento en que Bill empujaba la puerta de vidrio, Beverly distinguió algo que jamás mencionaría, aunque nunca lo olvidaría: por un momento vio las imágenes de todos reflejadas en el cristal... sólo que eran seis y no cuatro, porque Eddie estaba detrás de Richie y Stan detrás de Bill, con su leve sonrisa en la cara.

9. La salida: anochecer del 10 de agosto de 1958.
El sol se pone limpiamente en el horizonte, bola roja ligeramente achatada que arroja una luz plana y febril sobre Los Barrens. La tapa de cloaca colocada sobre una estación de bombeo se eleva unos centímetros, vuelve a asentarse, se levanta otra vez y empieza a resbalar.,

—E–e–empuja, B–Ben. Me está r–rrompiendo el ho–ombro.

La tapa se desliza un poco más, se inclina y cae en la maleza que ha crecido alrededor del cilindro de hormigón. Siete niños salen de allí, uno a uno, y miran alrededor, parpadeando como búhos, en silencioso asombro. Parecen niños que nunca hubieran visto la luz del sol.

—Qué silencio hay –comenta Beverly quedamente.

Los únicos sonidos son el fuerte rugir del agua y el zumbar soñoliento de los insectos. La tormenta ha pasado, pero el Kenduskeag aún está muy alto. Más cerca de la ciudad, no lejos del sitio donde el río, con un corsé de hormigón, recibe el nombre de canal, ha desbordado sus riberas, aunque la inundación no es grave, apenas unos cuantos sótanos mojados.

Stan se aleja de ellos con cara inexpresiva y meditabunda. Bill se vuelve a mirarlo y, en el primer momento, cree que Stan ha visto un pequeño incendio a la orilla del río. Su primera impresión es de fuego: un fulgor rojo y cegador. Pero cuando Stan levanta el incendio en la mano derecha, el ángulo de la luz se altera y Bill ve que sólo se trata de una botella de Coca–Cola que alguien ha dejado caer junto al río. Ve que Stan la toma por el cuello y la golpea contra un saliente rocoso que sobresale de la orilla. La botella se rompe. Bill nota que todos están observando a Stan, viéndole buscar entre los fragmentos de vidrio, con expresión sobria, absorta. Por fin recoge un fino triángulo. El sol poniente le arranca destellos rojos y Bill vuelve a pensar: "Parece fuego."

Stan levanta la vista para mirarlo y Bill, de súbito, lo comprende todo con perfecta claridad. Es acertadísimo. Da un paso hacía Stan, con las manos tendidas, las palmas hacia arriba. Stan retrocede hasta el agua y entra en ella. Unos bichitos negros pululan apenas por debajo de la superficie y Bill ve que una libélula iridiscente se aleja zumbando hacía los juncos de la otra orilla, como un diminuto arco iris volador. Una rana inicia un rítmico batir de tambores y, mientras Stan le toma la pata izquierda y arrastra el borde del vidrio por su palma, perforando la piel para arrancarle un poco de sangre, él piensa, en una especie de éxtasis: "¡Cuánta vida hay aquí abajo!"

—¿Bill?

—Sí, claro. Las dos.

Stan le corta la otra pata. Duele un poco, pero no mucho. Un chotacabras ha empezado a cantar en alguna parte; es un sonido fresco, apacible. Bill piensa: "Ese chotacabras está despertando a la luna."

Se mira las manos, ambas sangrantes, y recorre a los otros con la vista. Allí están todos: Eddie, con el inhalador en una mano; Ben, con la barriga abriéndose paso pálidamente entre los jirones de la camisa; Richie, con la cara extrañamente desnuda al no llevar gafas; Mike, silencioso y solemne, con los labios gruesos tan apretados que forman una línea fina. Y Beverly, con la cabeza en alto, los ojos grandes y límpidos, el cabello todavía adorable, a pesar del polvo que lo apelmaza.

"Todos nosotros. Todos nosotros estamos aquí."

Y los mira, los mira de verdad, por última vez, porque de algún modo comprende que jamás volverán a estar juntos los siete, al menos no de ese modo. Nadie habla. Beverly extiende las manos; después de un momento, Richie y Ben hacen lo mismo. Mike y Eddie los imitan. Stan hace los cortes, uno a uno, mientras el sol empieza a deslizarse detrás del horizonte enfriando ese fulgor de caldera que se convierte en una rosa crepuscular. El chotacabras vuelve a gorjear. Bill distingue las primeras volutas de niebla en el agua y tiene la sensación de estar formando parte de todo; es un breve éxtasis que no contará a nadie, así como Beverly, años más tarde, callará lo del momentáneo reflejo visto en un vidrio con la imagen de dos muertos que, de niños, habían sido sus amigos.

Una brisa toca los árboles y los arbustos haciéndolos suspirar y Bill piensa: "Este lugar es encantador y jamás lo olvidaré. Y ellos también son encantadores." El chotacabras llama otra, vez; por un momento, el chico se siente uno con él, como si él también pudiera cantar y desaparecer en el crepúsculo, como si pudiera alejarse volando.

Mira a Beverly, que le está sonriendo. Ella cierra los ojos y tiene las manos a ambos lados. Bill le toma la izquierda; Ben, la derecha. Bill siente el calor de esa sangre que se mezcla con la suya. Los otros van formando el círculo con las manos selladas de esa manera tan peculiar e íntima.

Stan mira a Bill con una especie de apremio, de miedo.

–J–J–juradme q–q–ue vo–volveréis –dice Bill–. Juradme que si "E–EEso" no ha m–m–muerto, vosotros v–vvolveréis.

—Lo Juro –dice Ben.

—Lo juro. –Richie.

—Sí, juro. –Bev.

—Lo juro –murmura Mike Hanlon.

—Sí. Juro –musita Eddie con voz débil.

—Yo también juro –susurra Stan, pero le falla la voz y baja la vista al hablar.

—L–l–lo ju–juro.

Eso es todo. Pero permanecen allí por un rato más, percibiendo el poder que existe en el círculo, el cuerpo compacto que componen. La luz mortecina les pinta las caras de colores evanescentes, el sol ya ha desaparecido y el crepúsculo agoniza. Permanecen juntos, en círculo, mientras la oscuridad se filtra por Los Barrens llenando los caminos que ellos han recorrido ese verano, los claros donde han jugado, los sitios secretos de las riberas donde se han sentado a discutir las viejas preguntas de la infancia, a fumar los cigarrillos de Beverly o, simplemente, a guardar silencio observando el paso de las nubes reflejadas en el agua. El ojo del día se va cerrando.

Por fin, Ben deja caer las manos y empieza a decir algo, pero de pronto sacude la cabeza y se aleja. Richie le sigue; después, Beverly y Mike, caminando juntos. Nadie dice nada; suben el terraplén hacia Kansas y, sencillamente, se separan. Y cuando Bill piense en eso, veintisiete años después, se dará cuenta de que realmente jamás volvieron a reunirse. Cuatro de ellos, se verían con bastante frecuencia; a veces cinco, tal vez hasta seis de ellos, una o dos veces. Pero nunca los siete.

Él es el último en alejarse. Pasa largo rato con las manos sobre la cerca, desvencijada, contemplando Los Barrens mientras, allá arriba, la primera estrella siembra el cielo estival, Se yergue bajo el azul y sobre la negrura mientras Los Barrens se van llenando de oscuridad.

"No quiero jugar aquí abajo nunca más", piensa de pronto. Y le sorprende descubrir que la idea no es terrible ni inquietante, sino una verdadera liberación.

Se queda allí un momento más, antes de volver la espalda a Los Barrens para iniciar el regreso a casa por la acera oscura con las manos en los bolsillos, echando de vez en cuando una mirada a las casas de Derry, cálidamente iluminadas contra la noche.

Al cabo de un par de manzanas empieza a apretar el paso pensando en la cena... y un par de manzanas más allá empieza a silbar.

Derry: El último interludio.
En estos tiempos, el océano parece una interminable flota de barcos. Difícilmente dejamos de encontrarlos en buen número al levar anclas. "Apenas es un cruce –dijo Mr. Micawber jugueteando con sus gafas– Apenas es un cruce. La distancia es bastante imaginaria."

Charles Dikens, "David Copperfield".

4 de junio de 1985.
Hace unos veinte minutos Bill me trajo esta libreta; Carole la había encontrado en una de las mesas de la biblioteca y se la entregó al pedirla él. Pensé que el comisario Rademacher podía habérsela llevado, pero al parecer no quiso saber nada de eso.

La tartamudez de Bill está volviendo a desaparecer, pero el pobre ha envejecido cuatro años en los últimos cuatro días. Según me dijo, espera que Audra sea dada de alta en el Hospital Municipal de Derry (donde todavía sigo yo) mañana mismo, sólo para que una ambulancia la lleve al Instituto de Salud Mental de Bangor. Físicamente está bien; tiene sólo algunos cortes y magulladuras que ya están cicatrizando. Pero mentalmente...

—Si le levantas la mano la deja suspendida –dijo Bill. Estaba sentado junto a la ventana bebiendo una botella de gaseosa dietética–. La mano se queda suspendida hasta que alguien la vuelve a bajar. Tiene reflejos, pero muy lentos. El electroencefalograma muestra una onda Alfa severamente deprimida. Está c–c–catatónica, Mike.

—Tengo una idea ... –dije–. Tal vez no sea muy buena.

—Dila.

—Yo pasaré otra semana aquí. En vez de enviar a Audra a Bangor, ¿por qué no te la llevas a mi casa, Bill? –propuse–. Pasa la semana con ella. Háblale, aunque no te responda. ¿Sigue igual?

—Sí –dijo Bill con tristeza.

—¿Y puedes...? Es decir ¿te animarías a...?

—¿A cuidarla? –Sonrió. Fue una sonrisa tan dolorosa que aparté la vista por un instante. Así sonrió mi padre el día en que me contó lo de Butch Bowers y los pollos–. Sí, creo que podría hacer ese trabajo.

—No voy a decirte que te lo tomes con calma porque es obvio que no estás preparado para eso. Pero recuerda que tú mismo reconociste que mucho de lo que ha pasado estaba, casi con toda seguridad, predestinado. Y eso podría incluir el papel de Audra en todo esto.

—No sé p–por qué le dije ad–adónde venía. A veces es mejor callar. Y eso fue lo que hice.

Por fin, él dijo:

—Bueno. Si lo dices en serio...

—Lo digo en seno. En recepción tienen las llaves de mi casa. En el congelador encontrarás un par de bistecs. Tal vez eso también estuvo predestinado.

—Ella sólo toma papillas y líquidos.

—Bueno –repuse, aferrado a mi sonrisa –, tal vez haya motivos para una celebración. También hay una botella de vino bastante bueno en el estante superior de la despensa.

Se acercó para estrecharme la mano.

—Gracias, Mike.

—De nada, Gran Bill.

Me soltó la mano.

—Richie volvió a California esta mañana.

Asentí.

—¿Crees que nos mantendremos en contacto? –pregunté.

—T–tal vez. Por un tiempo, al menos. Pero... –Me miró a los ojos–. Creo que volverá a pasar lo de antes.

—¿El olvido?

—Sí. En realidad creo que ya ha empezado. De momento son sólo nimiedades, detalles, pero intuyó que se extenderá.

—Tal vez sea mejor así.

—Tal vez. –Miró por la ventana, jugueteando con la gaseosa entre las manos. Casi con seguridad pensaba en su mujer, tan silenciosa, bella y... "catatónica". Un muro infranqueable. Suspiró–. Tal vez, si.

—¿Y Ben? ¿Y Beverly?

Volvió a sonreír.

—Ben la ha invitado a su casa de Nebraska y ella aceptó ir, al menos por una temporada. ¿Sabes lo de su amiga, la de Chicago?

Asentí. Beverly se lo había contado a Ben y Ben me lo dijo ayer. Para expresar las cosas de un modo grotescamente discreto, la posterior descripción que Beverly hizo de Tom, su maravilloso marido, era mucho más verídica que la original. El maravilloso Tom mantuvo a Bev bajo un sometimiento emotivo, espiritual y a veces físico a lo largo de los últimos cuatro años. El maravilloso Tom llegó hasta Derry tras arrancar el dato a golpes a la única amiga íntima de Bev.

—Ella me dijo que piensa viajar a Chicago dentro de dos semanas para denunciar la desaparición de Tom.

—Una medida inteligente –dijo–. Allá abajo nadie podrá encontrarlo.

"Ni tampoco a Eddie", pensé, aunque no lo dije.

—Supongo que no –reconoció Bill–. Y apuesto a que, cuando vuelva a Chicago, Ben irá con ella. ¿Sabes una cosa? ¿Algo realmente descabellado?

—¿Qué?

—Me parece que no recuerda cómo acabó Tom.

Lo miré fijamente, en silencio.

—Ha empezado a olvidar –explicó Bill–. Y yo ya no recuerdo cómo era la puerta de la madriguera. Cuando trato de imaginarla me aparece una imagen de cabras caminando por un puente. Como en el cuento de los tres cabritos. Descabellado, ¿no?

—Tarde o temprano, la policía seguirá la pista de Tom Rogan hasta Derry –dije–. Tiene que haber dejado un rastro de papeles más ancho que una carretera. Coches de alquiler, billetes de avión...

—No estoy muy seguro –dijo Bill, encendiendo un cigarrillo–. Bien pudo haber pagado el pasaje en efectivo, dando un nombre falso. Probablemente compró un coche barato al llegar aquí o robó alguno.

—¿Por qué?

—Oh, vamos –dijo Bill–, no pensarás que hizo todo el viaje sólo para dar unos azotes a su mujer.

Nuestras miradas se cruzaron por un largo momento. Por fin, él se levantó.

—Oye, Mike...

—Tengo que irme –me adelanté–. Entiendo.

Él rió con ganas y después dijo:

—Gracias por prestarme tu casa, Mikey.

—No te voy a asegurar que sirva de algo. Que yo sepa, no tiene virtudes terapéuticas.,

—Bueno, hasta pronto. –Y entonces hizo algo extraño pero encantador: me dio un beso en la mejilla–. Que Dios te bendiga, Mike. Si me necesitas, llama.

—Tal vez todo salga bien, Bill –le dije–. No pierdas la esperanza. Tal vez todo salga bien.

Él asintió, sonriendo, pero creo que la misma palabra estaba en la mente de los dos: "catatónica".

5 de junio de 1985.
Hoy vinieron Ben y Beverly a despedirse. No harán el viaje en avión: Ben ha alquilado un Cadillac en Hertz y piensa ir en coche, sin prisa. En sus ojos, cuando se miran, hay algo especial; apostaría mi jubilación a que, si todavía no han empezado, lo estarán haciendo cuando lleguen a Nebraska.

Beverly me abrazó, me dijo que debía reponerme pronto y sollozó un poco.

Ben también me abrazó, preguntándome si les escribiría. Prometí que lo haría y pienso hacerlo... durante una temporada al menos. Porque esta vez también me está ocurriendo a mí.

Estoy olvidando cosas.

Tal como dijo Bill, de momento se trata sólo de nimiedades y pequeños detalles, pero tengo la sensación de que se va a extender. Podría ser que dentro de un mes o de un año sólo quede esta libreta para recordarme lo que ocurrió en Derry. Supongo que las palabras mismas podrían comenzar a borrarse hasta dejar estas páginas tan limpias como cuando las compré en Freese. Es una idea horrible que a la luz del día parece paranoica. Sin embargo, durante el desvelo nocturno la veo perfectamente lógica.

El olvido... La perspectiva me llena de pánico, pero también ofrece una especie de alivio. Me sugiere que esta vez "Eso" ha muerto de verdad, que ya no hace falta vigilar el nuevo comienzo del ciclo.

Sordo pánico, subrepticio alivio. Creo que me quedaré con el alivio, subrepticio o no.

Bill telefoneó para decirme que ya está en casa con Audra. Ella no presenta cambios.

"Jamás me olvidaré de ti", me dijo Beverly antes de irse con Ben.

Me pareció ver una verdad diferente en sus ojos.

6 de junio de 1985.
El "Derry News" pública hoy en primera plana algo interesante. El artículo se titula: "A causa de la tormenta, Henley abandona planes para la ampliación del auditorio". El Henley en cuestión es Tim Henley, un multimillonario, responsable de haber organizado el consorcio que construyó la galería Derry. Tim Henley estaba decidido a que Derry creciera. Lo hacía para obtener beneficios, por supuesto, pero también por algo más: Henley quería beneficiar a la ciudad. El hecho de que abandonara súbitamente la ampliación del auditorio me sugiere varias cosas. Que Henley pueda albergar rencor contra Derry es sólo la más obvia, y también es posible que esté a punto de perder hasta la camisa por la destrucción de la galería.

Pero el artículo también sugiere que Henley no es el único, que otros posibles inversores podrían estar reconsiderando sus proyectos. Al Zitner no tendrá que preocuparse: Dios lo jubiló al derrumbarse el centro. Los otros, los que pensaban como Henley, se enfrentan ahora a un problema bastante complejo: ¿cómo se reconstruye una zona urbana que, está, al menos en un cincuenta por ciento, bajo agua?

Creo que Derry, después de una existencia larga y sádicamente vital, se está marchitando como una flor nocturna cuyo tiempo de floración ha transcurrido.

A última hora de la tarde telefoneé a Bill Denbrough. Audra no presenta cambios.

Hace una hora hice otra llamada: a Richie Tozier, en California. Atendió un contestador automático, con los Creedence Clearwater Revival como música de fondo. Esas máquinas siempre me desconciertan. Dejé mi nombre y mi número, vacilé y agregué mis deseos de que hubiese podido ponerse otra vez las lentillas. Iba a colgar cuando Richie cogió el teléfono.

—¡Mikey! ¿Cómo estás?

Su voz sonaba complacida y cálida, pero también había en ella un matiz de extrañeza. Su modo de expresarse era el del hombre que ha sido tomado por sorpresa.

—Hola, Richie –saludé–. Estoy bastante bien.

—Me alegro. ¿Estás muy dolorido?

—No mucho. Ya va pasando. Lo peor es el picor. No veo la hora de que me quiten los vendajes de las costillas. A propósito, me ha gustado oír los Creedence. Richie soltó una carcajada.

—¡Pero si no son los Creedence! Eso es "Rock and Roll Girls", del nuevo álbum de John Fogerty, "Centerfield". ¿No lo has oído?

—No.

—Tienes que conseguirlo; es fantástico. Igual que...

—Se interrumpió por un momento. Luego dijo–: Igual que en los viejos tiempos.

—Entonces lo voy a comprar –dije. Probablemente lo haga, porque siempre me gustó John Fogerty. "Green River" era mi gran favorito de los Creedence, creo. La letra dice "Vuelve a casa" justo antes de que la canción se pierda.

—¿Qué me cuentas de Bill?

—Está con Audra, cuidándome la casa, hasta que me den el alta.

—Qué bien. Me alegro. –Hizo una pausa–. ¿Quieres saber algo muy extraño, viejo Mikey?

—Claro –dije. Tenía una idea bastante aproximada de lo que me iba a decir.

—Mira.... estaba sentado aquí, en mi estudio, escuchando algunas cosas de "Casbbox" que tienen buenas perspectivas, revisando avisos y leyendo notas... Tengo dos montañas de cosas atrasadas; necesitaría un mes con días de veinticinco horas. Así que había conectado el contestador automático, pero con el volumen alto para contestar las llamadas que me interesaban y dejar que los idiotas hablaran con la grabadora. Y si te dejé hablar solo durante tanto tiempo...

—...fue porque al principio no tenías la menor idea de quién era yo.

—¡Sí, por Dios! ¿Cómo lo has adivinado?

—Porque estamos olvidando otra vez.

—¿Estás seguro, Mikey?

—¿Cuál era el apellido de Stan? –pregunté.

Hubo un silencio, un largo silencio. Vagamente oí la voz de una mujer que hablaba en Omaha... o tal vez en Ruthven (Arizona) o en Flint (Michigan). La oí agradecer a alguien las pastitas que había enviado, tan débilmente como a un viajero espacial que abandonara el sistema solar en el morro de un cohete agotado.

Por fin Richie dijo, inseguro:

—Me parece que Underwood, pero ese apellido no es judío, claro.

—Era Uris.

—¡Uris! exclamó Richie, a un tiempo aliviado y sorprendido–. No sabes cómo odio tener algo en la punta de la lengua y no poder sacarlo. En cuanto alguien inicia ese tipo de juegos de salón, me excuso y vuelvo a casa. Pero tú te acuerdas, Mikey. Igual que antes.

—No. He tenido que buscarlo en mi agenda.

Otro largo silencio. Después:

—¿Tú tampoco te acordabas?

—No.

—¿Bromeas?

—En absoluto.

—Entonces esta vez se acabó de verdad –dijo, y su voz denotó un gran alivio.

—Sí, creo que sí.

Volvió a hacerse ese silencio de larga distancia, el de todos los kilómetros que separan Maine de California. Creo que los dos estábamos pensando lo mismo: todo había terminado, sí, y en seis semanas o en seis meses cada uno de nosotros habría olvidado completamente a los demás. Se había acabado pero al precio de nuestra amistad y las vidas de Stan y Eddie. Casi los he olvidado. Por horrible que parezca, casi he olvidado a Stan y Eddie. ¿Era asma lo que tenía Eddie o migraña crónica? Que me aspen si lo recuerdo con seguridad, pero creo que era migraña; se lo preguntaré a Bill.

—Bien, da recuerdos a Bill y a su bonita mujer dijo Richie.

—De tu parte, Richie. –Cerré los ojos y me froté la frente. Él recordaba que la esposa de Bill estaba en Derry... pero no cómo se llamaba ni lo que le había ocurrido.

—Si alguna vez vienes a Los Angeles, tienes mi número. Podemos salir a comer.

—Por supuesto. –Sentí que las lágrimas me quemaban los ojos–. Si tú vienes por aquí, lo mismo.

—¿Mikey?

—¿Sí?

—Un abrazo.

—Lo mismo digo.,

—Bueno. Sujétalo por el rabo.

—Bip–bip, Richie.

Rió.

—Sí, sí, sí. Piérdetelo en la oreja, Mike. Vaya, vaya, en la oreja, chaval.

Colgó y yo hice otro tanto. Después me apoyé en las almohadas con los ojos cerrados, y no los abrí durante largo rato.

7 de junio de 1985.
El comisario Andrew Rademacher, quien sustituyo en el puesto a Borton a fines de los años sesenta, ha muerto. Fue un accidente extraño que no puedo dejar de asociar con lo que ha estado ocurriendo en Derry... con lo, que acaba de terminar en Derry.

El edificio que alberga el departamento de policía y los tribunales se levanta en el límite de la zona que cayó dentro del canal; aunque el edificio no se derrumbó, la conmoción (o la inundación) podía haber causado daños estructurales de los que nadie se percató.

Anoche, según dice el periódico, Rademacher permaneció trabajando en su despacho fuera de hora, tal como lo había hecho todas las noches desde la tormenta y la inundación. El despacho del comisario había sido trasladado desde el segundo al cuarto piso, debajo de una buhardilla donde se guarda todo tipo de registros y artefactos inútiles. Uno de esos artefactos era la silla para vagabundos que he descrito anteriormente en estas páginas. El edificio acumuló una buena cantidad de agua durante el diluvio del 31 de mayo y eso sin duda debilitó el suelo del desván (al menos eso dice el periódico). Fuese cual fuese la causa, la silla para vagabundos, que pesa cerca de 180 kilos, cayó directamente desde el desván sobre el comisario, que estaba sentado en su escritorio leyendo unos informes. Murió instantáneamente. El oficial Bruce Andeen acudió precipitadamente y lo encontró tendido entre los escombros, todavía con la estilográfica en la mano.

Volví a telefonear a Bill. Audra empezaba a comer algunos alimentos sólidos, según me dijo. Por lo demás, no había cambios. Le pregunté si lo de Eddie había sido asma o migraña.

—Asma –dijo, sin vacilar–. ¿No te acuerdas de su inhalador?

—Claro –respondí, recordándolo. Pero sólo porque Bill lo había mencionado.

—¿Mike?

—¿Sí?

—¿Qué apellido tenía?

Miré mi libreta de direcciones que estaba en la mesita de noche, pero no la cogí.

—La verdad, no me acuerdo.

—Era algo como Keikorian –dijo Bill; parecía preocupado–, pero no exactamente. Lo tienes todo anotado, ¿verdad?

—Sí –dije.

—Gracias a Dios.

—¿Tienes alguna idea con respecto a lo de Audra?

—Una –contestó él–, pero es tan descabellada que prefiero no hablar de eso.

—¿Seguro?

—Sí.

—De acuerdo.

—Mike, da miedo, ¿verdad? Me refiero al hecho de olvidarse poco a poco.

—Sí –reconocí.

8 de junio de 1985.
Raytheon, que debía iniciar la construcción de su planta de Derry en julio, ha decidido construir en Waterville. El editorial del "Derry News" expresa fastidio y, según creo haber leído entre líneas, un poco de miedo.

Creo que sé cuál es la idea de Bill. Tendrá que actuar pronto, antes de que este lugar pierda el resto de la magia, si ya no la ha perdido.

Creo que lo que pensé antes no era tan paranoico. Los nombres y las direcciones de los otros, anotados en mi agenda, se están borrando. El color y la cualidad de la tinta hacen que esas anotaciones parezcan escritas cincuenta o sesenta años antes que las otras. Esto ha ocurrido en los cuatro o cinco últimos días. Estoy convencido de que, cuando llegue septiembre, sus nombres habrán desaparecido por completo,

Supongo que podría conservarlos copiándolos una y otra vez. Pero también estoy convencido de que se borrarían a su debido tiempo y muy pronto podría convertirse en un ejercicio inútil, como el de escribir quinientas veces "No debo hablar en clase". Sería copiar nombres que no significaran nada por un motivo que ya no recordaría.

Dejémoslo desaparecer.

Bill, actúa pronto... ¡Pero con cuidado!

9 de junio de 1985.
Desperté en medio de la noche a causa de una pesadilla terrible que no podía recordar. Tuve pánico. No podía respirar. Cogí el timbre de llamada y no pude usarlo. Tenía una visión espantosa: que Mark Lamonica acudía a mi llamada con una hipodérmica... o Henry Bowers con su navaja.

Tomé mi agenda de direcciones y llamé a Ben Hanscom a su casa de Nebraska... La dirección y el número aún era legibles. No hubo nada que hacer. Me respondió una grabación de la compañía telefónica anunciándome que ese número había sido cancelado.

¿Qué pasaba con Ben? ¿Era gordo o cojeaba, o algo así?

No pude conciliar el sueño hasta el amanecer.

10 de junio de 1985.
Me han dicho que mañana podré volver a casa.

Llamé a Bill y se lo dije. Supongo que deseaba advertirle que cada vez tiene menos tiempo. Bill es el único a quien recuerdo con claridad, y estoy convencido de que él sólo me recuerda a mí con claridad. Porque ambos estamos todavía aquí, en Derry, supongo.

—Está bien –dijo–. Para mañana te dejaremos la casa libre.

—¿Sigues con tu idea?

—Sí. Creo que ha llegado el momento de intentarlo.

—Ten cuidado.

Rió y dijo algo que no acabé de entender:

—Con un patinete no se puede tener cuidado.

—¿Cómo sabré si has tenido éxito, Bill?

—Ya, te enterarás –dijo. Y colgó.

Mi corazón te acompaña, Bill, cualquiera sea el resultado. Creo que, en todo caso, siempre nos recordaremos en los sueños.

Este Diario está casi acabado... y supongo que nunca será más que un Diario y que la historia de Derry, con sus viejos escándalos y excentricidades, no tiene sitio fuera de estas páginas. Para mí está bien. Creo que mañana, cuando me dejen salir de aquí, habrá llegado el momento de empezar a pensar en alguna clase de nueva vida... Aunque no veo con claridad cuál podría ser.

Os quise mucho a todos, ¿sabéis?

Os quise muchísimo.

Epílogo. Bill Denbrough sale pitando (II).

La conocí cuando andaba por las calles

La conocí cuando andaba en el alcohol

La conocí cuando iba de fiesta en fiesta

Cuando esta novia bailaba el rock and roll

Nick Lowe.
Con un patinete no se puede tener cuidado, hombre.

Un chico.

1. Un mediodía a finales de la primavera.
Bill, desnudo en el dormitorio de Mike Hanlon, contemplaba en el espejo de la puerta su cuerpo delgado. La calva centelleaba a la luz que entraba por la ventana arrojando su sombra contra el suelo y subiendo por la pared. Tenía el pecho sin vello, los muslos y las pantorrillas flacos, pero cubiertos de músculo. "De cualquier modo –pensó–, lo que tenemos aquí es un cuerpo de adulto: de eso no cabe duda." Allí está esa barriga, producto de un exceso de buenos filetes, cerveza y almuerzos junto a la piscina. Además, tienes el culo caído, Bill, viejo amigo. Todavía puedes correr detrás del balón si no has bebido demasiado el día anterior, pero ya no como cuando tenías diecisiete años. Tienes michelines y tus pelotas empiezan a tomar ese aspecto pendular de la edad madura. En tu cara hay arrugas que a los diecisiete años no estaban allí... joder, ni siquiera estaban cuando te hiciste la primera fotografía como escritor, esa en que tanto te esforzabas por poner cara de saber algo, cualquier cosa. Estás demasiado viejo para lo que tienes pensado, Billy. Esto va a significar la muerte de los dos.

Se puso los calzoncillos.

"Si hubiéramos pensado así, jamás habríamos podido... hacer lo que hicimos."

Ya no recordaba lo que habían hecho ni por qué Audra estaba convertida en una ruina catatónica. Bill sólo sabía lo que debía hacer ahora. También sabía que, si no lo hacía inmediatamente, lo olvidaría. Audra estaba abajo, sentada en la mecedora de Mike, con el pelo colgándole sin gracia sobre los hombros. Miraba arrobada el televisor, que en esos momentos emitía "Dólares por teléfono", un programa de entretenimiento. No hablaba y sólo se movía cuando uno la guiaba.

"Esto es diferente. Eres demasiado viejo, tío, convéncete."

"No."

"Entonces morirás aquí, en Derry. Muy loable."

Se puso calcetines de deporte, el único par de vaqueros que había comprado y la camiseta comprada en Bangor el día anterior de color naranja intenso, con la leyenda "¿"Dónde diablos cae Derry, Maine"?". Se sentó en el borde de la cama de Mike, la que había compartido durante una semana con su mujer, un cadáver caliente, y se calzó las zapatillas, compradas también en Bangor.

Al levantarse volvió a mirarse en el espejo. Lo que vio fue un hombre de edad madura vestido con ropas de chico.

"Estás ridículo."

"Como todos los chicos."

"Pero tú no eres un chico. ¡Renuncia a esto!"

—Déjame en paz –dijo Bill, suavemente–. Vamos bailar un poco el rock and roll.

Y salió de la habitación.

2.

En los sueños que tendrá en años posteriores, siempre se verá a sí mismo abandonando Derry a solas, en el crepúsculo. La ciudad está desierta, todos se han ido. El Seminario Teológico y sus casas victorianas de Broadway Oeste se yerguen, oscuras y lúgubres, contra un cielo sombrío: todos los crepúsculos estivales que uno haya visto, resumidos en uno solo.

Oye el eco de sus pasos que resuenan en el cemento. Aparte de ése, el único sonido es el del agua que corre huecamente por las alcantarillas.

3.
Sacó a "Silver" del garaje después de verificar otra vez las ruedas. La delantera estaba bien, pero la de atrás parecía un poco deshinchada. Sacó el inflador comprado por Mike y le dio más presión. Después comprobó los naipes y los alfileres. Las ruedas de la bicicleta aún hacían esos excitantes ruidos de ametralladora que Bill recordaba bien. Perfecto.

"Te has vuelto loco."

"Tal vez. Ya veremos."

Volvió al garaje de Mike, buscó el 3–5n–1 y aceitó la cadena y su rueda dentada. Después se incorporó para echar un vistazo a "Silver". Dio un ligero apretón al bulbo de la bocina. Sonaba bien. Hizo un gesto de asentimiento y volvió a la casa.

4.
Y vuelve a ver todos esos lugares, intactos, tal como eran entonces: la gran fortaleza de la escuela municipal, el Puente de los Besos con su compleja talla de iniciales pintarrajeadas, novios de la secundaria, dispuestos a comerse él mundo con su pasión, que al crecer se habían convertido en agentes de seguros, vendedores de coches, camareras y esteticiens. Ve la estatua de Paul Bunyan contra el cielo sangrante del ocaso y la cerca blanca, medio inclinada, que corre a lo largo de Kansas Street, en la acera que linda con Los Barrens. Ve Los Barrens tal como eran, tal como serán siempre en alguna parte de su mente... y el corazón le da un vuelco de amor y espanto.

"Me voy, me voy de Derry –piensa–. Nos vamos de Derry, si todo esto fuera un relato, éstas serían las últimas cinco o seis páginas. El sol se pone y no se oye más ruido que mis pasos y el agua en las alcantarillas. Es la hora de..."

5.
"Dólares por teléfono" había dado paso a "La rueda de la fortuna". Audra, pasivamente sentada frente al televisor, no apartaba los ojos del aparato. Bill lo apagó sin que la expresión de su mujer se alterara.

—Audra –dijo acercándose a ella para cogerla de la mano–, vamos.

Ella no se movió. Su mano permanecía en la de él como cera caliente. Bill le tomó la otra mano y tiró de ella para ponerla de pie.

Esa mañana la había vestido de un modo muy similar al suyo: con vaqueros y una camiseta azul; habría estado preciosa, de no ser por aquella mirada vacua, de ojos dilatados.

—V–v–vamos –dijo él otra vez.

La condujo por la cocina de Mike hasta la puerta. Ella le seguía sin resistencia, pero habría caído en el peldaño del porche trasero, si Bill no le hubiese rodeado la cintura con un brazo para guiarla.

La llevó hasta donde estaba "Silver", erguida sobre su soporte bajo la luz brillante del mediodía. Audra se detuvo junto a la bicicleta y miró serenamente la pared de la cochera.

—Sube, Audra.

Ella no se movió. Con paciencia, Bill se ocupó de hacerle pasar una larga pierna sobre el cestillo montado sobre el guardabarros trasero. Por fin quedó así, a horcajadas sobre el cestillo, sin tocarlo. Bill presionó suavemente su coronilla y ella se sentó.

Subió al asiento y retiró el soporte con el talón. Estaba a punto de buscar, hacia atrás, los brazos de Audra, para echárselos a la cintura, pero antes de que pudiera hacerlo sintió que sus manos lo rodeaban por propia voluntad, como pequeños ratones aturdidos.

Se quedó mirando aquellos dedos con el corazón acelerado: parecía latirle en la garganta. Era el primer movimiento que Audra había hecho en toda la semana; el primero desde que "Eso" ocurrió, fuera lo que fuese.

—¿Audra?

No hubo respuesta.

—Vamos a dar un paseo –dijo Bill y empezó a pedalear hacia Palmer Lane–. Quiero que te sujetes, Audra. Me parece... me parece que vamos a tomar una buena v–v–velocidad.

"Siempre que yo no pierda las agallas."

Pensó en el chico que había conocido en los primeros días de su estancia en Derry, cuando todavía estaba pasando "Eso". "Con un patinete no se puede tener cuidado", había dicho el pequeño.

"Nunca se dijo una verdad mayor, criatura."

—Audra, ¿estás bien?

No hubo respuesta. ¿Acaso ella había ceñido un poco más su cintura? Probablemente eran imaginaciones suyas.

Llegó a la acera y miró a la derecha. Palmer Lane corría directamente hasta Upper Main, donde un giro hacia la izquierda lo pondría en la colina que descendía hacia el centro. Colina abajo. Tomando velocidad. Sintió un estremecimiento de miedo y una idea perturbadora: "Los huesos viejos se rompen con facilidad."

Le pasó por la mente con tanta velocidad que apenas pudo registrarla. Pero...

Pero no todo era inquietud, ¿verdad? No. También había deseo... lo mismo que había experimentado al ver que el niño pasaba con el patinete bajo el brazo. El deseo de ir a toda velocidad, de sentir el viento que pasa sin saber si uno corre hacia él o si huye con él. De andar. De volar.

Inquietud y deseo. Había mucha diferencia entre el mundo y el deseo: la misma diferencia que entre el adulto, que calcula el riesgo, y el niño, que se sube y echa a andar. Toda la diferencia del mundo. Sin embargo, no era tanta. En realidad, ambas cosas no eran incompatibles. Como cuando uno se aproxima a la primera pendiente de la montaña rusa donde empieza la emoción.

Inquietud y deseo. Lo que se desea y lo que se tiene miedo de buscar. El dónde se ha estado y a dónde se desea ir. Un rock and roll decía algo de querer la chica, el coche, el lugar donde arraigarse y ser uno mismo.

Bill cerró los ojos por un momento, sintiendo a su espalda el suave peso inerte de su mujer, sintiendo la colina allá delante, sintiendo su propio corazón dentro de sí.

"Sé valiente, sé leal, aguanta."

Volvió a impulsar a "Silver".

—¿Quieres bailar el rock and roll, Audra?

No hubo respuesta. Pero no importaba. Él estaba listo.

—Sujétate, entonces.

Empezó a pedalear con fiereza. Al principio resultó difícil. "Silver" se balanceaba peligrosamente y el peso de Audra aumentaba el desequilibrio. Sin embargo, ella debía de estar haciendo algún movimiento inconsciente para equilibrarse; de lo contrario ya se habrían estrellado. Bill se irguió sobre los pedales sujetando el manillar con firmeza, la cabeza hacia el firmamento, los ojos entrecerrados.

"Nos vamos a hacer papilla contra la calzada, nos partiremos la crisma..."

"No, nada de eso; vamos Bill, vamos Bill, lánzate sin vacilar."

Se irguió más sobre los pedales haciéndolos girar, lamentando cada cigarrillo que había fumado en los últimos veinte años. "¡Al infierno con eso también!", pensó, y un arrebato de loco entusiasmo le hizo sonreír.

Los naipes, que hasta entonces habían estado disparando tiros aislados, empezaron a acelerar su click–clock. Eran naipes nuevos y sonaban con estrépito. Bill sintió el primer toque de la brisa en su calva y sonrió con entusiasmo. "Esta brisa la provoco yo –pensó–. La provoco accionando estos malditos pedales."

Se acercaba a la señal de "Stop" del extremo de la calle. Bill empezó a frenar... y de pronto (con una sonrisa de oreja a oreja) volvió a pedalear con fuerza.

Saltándose el "Stop", Bill Denbrough giró a la izquierda enfilando Upper Main por encima del parque Bassey. Una vez más, el peso de Audra le hizo calcular mal y estuvieron a punto de estrellarse. La bicicleta se tambaleó, pero volvió a recuperar la vertical. La brisa era más potente y le refrescaba el sudor de la frente, resonando en sus oídos con un ruido embriagador, parecido al del océano que se oye dentro de las conchas marinas, aunque en realidad no se parecía a nada de este mundo. Tal vez era un ruido con el que el chico del patinete estaba familiarizado. "Pero perderás contacto con él, chico –pensó–. Las cosas cambian. Es un truco sucio para el que debes prepararte."

Pedaleando con más potencia, encontró un equilibrio más seguro en la velocidad. Vio las ruinas de Paul Bunyan, como un coloso caído. Bill gritó:

—Haí–oh, "Silver", ¡"Arreeeee"!

Las manos de Audra ciñeron su cintura. Bill pedaleó más rápido, riendo a todo pulmón. Cuando pasó por el parque Bassey, la gente se volvió para mirarlo.

Upper Main empezaba a inclinarse hacia el centro de la ciudad en un ángulo más pronunciado. Una voz interior le susurró que, si no frenaba, pronto le sería imposible hacerlo: se precipitaría hacia los socavados escombros de la triple intersección como un murciélago salido del infierno y ambos se matarían.

Pero en vez de frenar, pedaleó con más fuerza. Ya volaba por la cuesta de Main Street, ya divisaba las barreras blancas y naranja, las calderas con sus fantasmagóricas llamas marcando el borde del socavón, ya vela los restos de los edificios que brotaban de las calles como imaginados por un loco.

—Haí–oh, "Silver", ¡"Arreeeee"! –gritó Bill Denbrough, delirante.

Y se precipitó colina abajo, captando por última vez que Derry era su ciudad, consciente, sobre todo, de "estar vivo bajo un cielo de verdad", y de que todo era "deseo".

Montado en "Silver", descendió por la colina como alma que lleva el diablo.

6.
marchándote.

Así que te vas y hay un impulso de mirar atrás, de mirar atrás sólo una vez mientras se extingue el crepúsculo para ver ese severo horizonte de Nueva Inglaterra por última vez. Las cúpulas, la torre–depósito, Paul Bunyan con su hacha al hombro. Pero tal vez no sea buena idea mirar atrás, así lo dicen todas las leyendas. Recuerda a la mujer de Lot. Es mejor no mirar atrás. Es mejor creer que habrá finales felices en todas partes. Y bien puede ser así. ¿Quién puede decir que no existen los finales felices? No todos los barcos que se pierden en la oscuridad desaparecen para siempre; si algo enseña la vida, al fin de cuentas, es que, a fuerza de abundar los finales felices, es preciso poner en duda la racionalidad de quien no cree que Dios exista.

Te vas rápidamente cuando el sol empieza a descender, piensa en este sueño. Eso es lo que haces. Y si te permites un último pensamiento, tal vez piensas en fantasmas... en los fantasmas de unos niños formados en círculo, de pie en el agua al atardecer, cogidos de la mano, jóvenes las caras, sí, pero recias... tan recias que pueden dar vida a las personas en que se han de convertir, tan recias que comprenden, quizá, que aquellas personas en las cuales se han de convertir deben necesariamente dar vida a las personas que fueron. El círculo se cierra y la rueda gira, y a eso se reduce todo.

No hace falta mirar atrás para ver a esos niños; una parte de tu mente los verá siempre, vivirá con ellos para siempre, amará con ellos para siempre. No son, necesariamente, la mejor parte de ti, pero alguna vez fueron el depósito de todo lo que podías llegara ser.

Os quiero, niños. Cuánto os quiero.

Por eso: aléjate pronto, aléjate pronto, mientras la última luz se escurre, pon distancia entre tú y Derry, entre tú y los recuerdos, pero no entre tú y el deseo. Eso queda: el reluciente camafeo de todo lo que fuimos y creímos cuando niños, de todo cuanto brillaba en nuestros ojos, aún cuando estábamos perdidos y el viento soplaba en la noche.

Pon distancia y trata de mantener la sonrisa. Sintoniza un rock and roll en la radio y ve hacia toda la vida que existe con todo el valor que puedas reunir y toda la fe que logres invocar. Sé leal, sé valiente, aguanta.

El resto es oscuridad.

7.
—¡Eh!

—¡Eh, señor, cuidado...!

—¡Apártate!

—Ese idiota se va a...

Las palabras pasaron llevadas por el viento, carentes de significado, como estandartes sueltos en la brisa o globos sin atadura. Allí estaban ya las barreras; Bill percibió el olor a queroseno de las señales. Vio un oscuro bostezo allí donde había estado la calle; oyó el agua malhumorada que corría abajo, en la enredada penumbra, y el ruido le hizo reír.

Desvió a "Silver" hacia la izquierda, tan cerca de las barreras que la pernera de sus vaqueros llegó a rozar una de ellas. Las ruedas de "Silver" estaban a menos de ocho centímetros del espacio vacío en que terminaba el alquitrán y se estaba quedando sin espacio para maniobrar. Más allá, el agua había erosionado toda la calzada y la mitad de la acera frente a la joyería de Cash. Lo poco que restaba de la acera estaba cerrado por vallas.

—¿Bill? –Era la voz de Audra, aturdida, algo gangosa, como si acabara de despertar de un sueño profundo–. ¿Dónde estamos, Bill? ¿Qué estás haciendo?

—¡Haí–oh, "Silver"!, ¡"Arreeeee"! –gritó Bill, dirigiendo a "Silver" contra la valla que sobresalía en ángulo recto desde la vidriera vacía de Cash–. —¡"Haí–oh, %Silver%!, ¡Arreeeee"!

"Silver" dio contra la barrerá a más de sesenta kilómetros por hora y la hizo volar: la tabla en una dirección, los dos soportes en otra. Audra dio un grito y se apretó contra Bill con tanta fuerza que lo dejó sin aliento. Por las calles Main, Kansas y Canal, la gente se había detenido a mirar en los portales y aceras.

"Silver" salió disparada por el puente de la acera socavada. Bill sintió que su cadera y su rodilla izquierda raspaban la pared de la joyería. La rueda de "Silver" se hundió de pronto, haciéndole comprender que la acera se derrumbaba tras ellos...

...y entonces la bicicleta los llevó otra vez a terreno sólido. Bill giró para esquivar un cubo de la basura volcado y volvió a salir a la calle. Se oyó un chirriar de frenos. Vio el morro de un pesado camión que se acercaba pero aun así no pudo dejar de reír. Cruzó el espacio que el pesado vehículo ocuparía sólo un segundo después. ¡Joder, había tiempo de sobra!

Aullando, con los ojos vertiendo lágrimas, Bill hizo sonar la bocina, oyendo aquellos roncos bramidos que ardían como brasa en la luz del día.

—¡Bill! ¡Nos vamos a matar! –gritó Audra. Había terror en su voz, pero también diversión.

Bill siguió pedaleando. Audra se inclinaba con él facilitándole el equilibrio, ayudando a que los dos existieran con la bicicleta, al menos por ese momento breve y compacto, como tres seres vivos.

—¿Te parece? –gritó él.

—¡Estoy segura! –Y entonces ella cerró la mano sobre su entrepierna, donde había una ardiente y alegre erección–. ¡Pero no pares!

De cualquier modo, la decisión no estaba en manos de Bill. La velocidad de "Silver" estaba aumentando en Up–Mile Hill; el cerrado tableteo de los naipes volvía a reducirse a simples disparos. Bill se detuvo y se volvió hacia ella. Estaba pálida, asustada y confusa, pero despierta, despierta y riendo.

—Audra –dijo él, riendo con ella.

La ayudó a bajar de "Silver". Apoyó la bicicleta contra un muro de ladrillo y abrazó a su mujer. Le besó la frente, los ojos, las mejillas, la boca, el cuello, los pechos.

Ella lo estrechaba.

—¿Qué ha pasado, Bill? Recuerdo haber bajado del avión en Bangor. A partir de entonces no recuerdo absolutamente nada. ¿Estás bien?

—Sí.

—¿Y yo?

—También... Ahora.

Ella se apartó para mirarlo.

—Bill, ¿todavía tartamudeas?

—No –dijo Bill y la besó–. Mi tartamudez ha desaparecido.

—¿Para siempre?

—Sí. Creo que esta vez es para siempre.

—¿Dijiste algo sobre rock and roll?

—No lo sé. ¿Dije algo?

—Te amo –repuso ella.

Él asintió, sonriendo. La sonrisa le daba aspecto muy joven, con calva o sin ella.

—Yo también te amo –dijo–. Y eso es lo único que cuenta.

8.
Despierta de ese sueño sin poder recordar exactamente qué era. No recuerda nada, salvo el simple hecho de haber soñado que era niño otra vez. Toca la suave espalda de su mujer, que duerme a su lado y sueña sus propios sueños. Piensa que es bueno ser niño, pero que también es bueno ser adulto y poder analizar el misterio de la infancia... sus convicciones y sus deseos. "Algún día escribiré sobre todo eso", piensa, pero sabe que es sólo un pensamiento de amanecer, un pensamiento posterior al sueño. No obstante, es bonito pensarlo por un rato, en el límpido silencio de la mañana: pensar que la infancia tiene sus propios secretos dulces y que confirma la mortalidad y que la mortalidad define todo el valor y el amor. Pensar que lo que has mirado adelante también tienes que mirarlo atrás y que cada vida hace su propia limitación de la inmortalidad: una rueda.

Al menos, eso es lo que Bill Denbrough piensa a veces, en esas horas tempranas de la mañana, después de soñar, cuando casi recuerda su infancia y a los amigos con quienes la compartió.
FIN


Libros Tauro

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