Dedico este libro a mis hijos. Mi madre y mi esposa me enseñaron a ser un hombre. Mis hijos me enseñaron a ser libre




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títuloDedico este libro a mis hijos. Mi madre y mi esposa me enseñaron a ser un hombre. Mis hijos me enseñaron a ser libre
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(Corre bastante rápido, había dicho el entrenador Black a su madre y corría muy rápido con esa nauseabunda cosa siguiéndolo; oh, sí, bien puedes creerlo y apostar tu pellejo.)

En ese sueño tenía once años y había olido algo como la muerte del tiempo y alguien había encendido un fósforo y al bajar la vista había visto la cara de un niño llamado Patrick Hockstetter, desaparecido en julio de 1958, y los gusanos entraban y salían de sus mejillas y ese horrible olor a gas le salía de dentro y en el sueño, que era más recuerdo que sueño, había mirado a un lado y había visto dos textos escolares hinchados de humedad y cubiertos de moho. Eso significaba que allí abajo había una humedad horrible. Cómo pasé mis vacaciones: composición de Patrick Hockstetter. "Las pasé en un túnel, muerto. Mis libros se llenaron de moho y se hincharon como catálogos de grandes almacenes." Eddie abrió la boca para gritar y fue entonces cuando los escabrosos dedos del leproso se deslizaron por su mejilla y se hundieron en su boca, y entonces despertó con esa sacudida y se encontró, no en las cloacas de Derry, Maine, sino en un vagón de tren cruzando Rhode Island a toda velocidad bajo una enorme luna blanca.

El hombre sentado al otro lado del pasillo vaciló.

—¿Se siente bien, señor?

—Oh, sí –respondió Eddie–. He tenido un mal sueño. Y eso me activó el asma.

—Comprendo.
El periódico volvió a subir. Eddie vio que se trataba de aquel diario que su madre solía llamar el Jew York Times. "Juego de palabras cambiando New, nuevo, por Jew, judío (N. de la T.)" Miró por la ventana; el paisaje dormía, iluminado sólo por la luna. Aquí y allá se veían casas, a veces en grupos, la mayoría a oscuras, algunas iluminadas. Pero las luces parecían pequeñas v falsamente burlonas comparadas con el fantasmal fulgor de la luna.

"Creyó que le hablaba la luna –pensó, de pronto–. Henry Bowers. Por Dios, qué loco estaba." Se preguntó dónde estaría Henry Bowers en la actualidad. ¿Muerto? ¿En la cárcel? ¿Vagando por planicies desiertas como un virus incurable, bebiendo en las horas profundas y aturdidas de la madrugada, o tal vez matando a los estúpidos que se detenían ante su arma para pasar los dólares de sus billeteras a la propia?

¿En algún asilo estatal? ¿Mirando la luna? ¿Hablando con ella, escuchando respuestas que sólo él podía oír?

Esto último parecía aún más posible. Eddie se estremeció. "Por fin estoy recordando mi niñez. Estoy recordando cómo pasé mis vacaciones en aquel año sombrío y muerto de 1958." Presintió que ahora podría fijar casi cualquier escena de ese verano con sólo desearlo, pero no lo deseaba. "Oh, Dios, si pudiera olvidarlo todo otra vez..."

Apoyó la frente contra el sucio vidrio de la ventanilla apretando el inhalador en la mano como si fuera un objeto religioso, mientras la noche se hacía pedazos alrededor del tren.

"Rumbo al norte", pensó. Pero era un error.

No iba rumbo al norte. Porque aquello no era un tren. Era una máquina del tiempo. Al norte no, hacia atrás. Hacia atrás en el tiempo.

Creyó oír a la luna murmurar.

Eddie Kaspbrak oprimió su inhalador con fuerza y cerró los ojos para combatir un vértigo repentino.

5. Beverly Rogan recibe una paliza.

Cuando sonó el teléfono, Tom estaba casi dormido. Se inclinó para incorporarse y entonces sintió uno de los pechos de Beverly contra su hombro, al estirarse ella para atender. Se dejó caer de nuevo en la almohada preguntándose, adormilado, quién podía llamar a esa hora de la noche a su número privado, que no figuraba en el listín. Oyó que Beverly decía "Hola" y volvió a quedarse dormido. Había acabado prácticamente con docena y media de cervezas mientras miraba el partido de béisbol. Estaba hecho polvo.

En ese momento, la aguda voz de Beverly (¿Qué?) le perforó el oído como un punzón de hielo. Abrió otra vez los ojos. Cuando trató de incorporarse, el cable del teléfono se le hundió en el gordo cuello.

—Quítame esta porquería, Beverly –dijo.

Ella se apresuró a levantarse y rodeó la cama sosteniendo el cable en alto. Su cabello pelirrojo flotaba sobre el camisón en ondas naturales casi hasta la cintura. Pelo de prostituta. Sus ojos no buscaron, balbuceantes, la cara de Tom para averiguar cuál era su estado emocional y a Tom Rogan eso no le gustó. Se incorporó. Comenzaba a dolerle la cabeza. Mierda. Probablemente le había estado doliendo antes, pero mientras uno duerme no se da cuenta.

Entró en el baño, orinó durante tres horas, según le pareció y luego decidió, puesto que estaba levantado, tomar otra cerveza para tratar de anular la inminente resaca.

Al cruzar el dormitorio rumbo a la escalera con los calzoncillos blancos que flameaban como velas bajo su considerable tripa (parecía más un estibador que el gerente general de Beverly Fashions, S.A.), miró por encima del hombro y gritó, fastidiado:

—Si es esa marimacho de Lesley, dile que se busque alguna modelo que devorar y que nos deje dormir.

Beverly levantó la vista, sacudió la cabeza para indicar que no se trataba de Lesley y volvió a mirar el teléfono. Tom sintió que los músculos del cuello se le tensaban. Era como si ella no quisiese tener nada que ver. La señora. La muy puta de señora. La cosa empezaba a pintar mal. Probablemente Beverly necesitaba una clase de repaso sobre quién mandaba allí. A veces le hacía falta. Era lenta en aprender.

Bajó la escalera y caminó por el pasillo hasta la cocina. Abrió la nevera. Su mano no encontró nada más alcohólico que un envase de plástico azul con un sobrante de fideos a la Romanoff. Toda la cerveza había desaparecido, incluyendo la que guardaba bien atrás, como el billete de veinte dólares que guardaba plegado tras su carnet de conducir, para casos de emergencia. El partido había durado horas y todo para nada. Los White Sox habían perdido. Ese año no eran más que un puñado de culos fofos.

Su mirada se desvió hacia las botellas de bebida fuerte, tras el vidrio del estante superior del bar y por un momento se imaginó sirviéndose una buena medida de whisky. Pero volvió hacia la escalera decidido a no darle más problemas a su cabeza. Echó un vistazo al antiguo reloj de péndulo, al pie de la escalera, y vio que ya pasaba de la medianoche. Eso no le mejoró el humor, que, en el mejor de los casos, nunca era muy bueno.

Subió la escalera con lentitud, consciente, demasiado consciente, del modo en que estaba funcionando su corazón. Ka–bom, ka–dad. Ka–bom, ka–dad. Kabom, ka–dad. Lo ponía nervioso que el corazón le latiera en los oídos y en las muñecas, no sólo en el pecho. A veces, cuando sucedía eso, lo imaginaba no como un órgano que se contraía y se expendía, sino como un gran dial en el costado izquierdo de su pecho, con la aguja peligrosamente inclinada hacia la zona roja. Eso no le gustó; no le hacía falta esa clase de mierda. Lo que le hacía falta era dormir bien toda la noche.

Pero la estúpida con quien se había casado aún estaba hablando por teléfono.

—Comprendo, Mike... Sí... yo sí... Lo sé, pero...

Una pausa.

—¿Bill Denbrough? –exclamó ella y el punzón de hielo volvió a clavarse en el oído de Tom.

Aguardó ante la puerta del dormitorio hasta recuperar el aliento. Su corazón volvía a latir ka–dad, kadud, ka–dad. El tronar había pasado. Imaginó brevemente que la aguja se apartaba del rojo y descartó la imagen a fuerza de voluntad. Era un hombre, por el amor de Dios, y muy hombre, no una caldera con el termostato en mal estado. Estaba en forma. Era de hierro. Y si ella necesitaba aprenderlo otra vez, se lo enseñaría.

Iba a entrar, pero lo pensó mejor y permaneció donde estaba, escuchándola. No le importaba con quién estaba hablando ni qué decía, sólo escuchaba los tonos ascendentes y descendentes de su voz. Y lo que sentía era aquella vieja y sorda rabia familiar.

Había conocido a Beverly en un bar para solteros, en Chicago, cuatro años antes. La conversación se entabló con facilidad porque ambos trabajaban en el edificio de Standard Brands y conocían a varias personas en común. Tom trabajaba para King and Landry, Relaciones Públicas, en el piso 42. Beverly Marsh (su nombre de soltera) era asistente de diseños en Delia Fashions, en el ab. Delia, quien más tarde disfrutaría de un modesto renombre en el Medio Oeste, se ocupaba de la gente joven. Sus faldas, sus blusas, chales y pantalones sueltos se vendían principalmente en esos locales que Delia Castleman denominaba "tiendas para jóvenes" y Tom, "vanguardistas". Casi de inmediato, Tom Rogan detectó dos cosas en Beverly Marsh: era muy deseable y muy vulnerable. En menos de un mes sabía una tercera: que era inteligente, muy inteligente. En sus diseños de blusas y faldas de deportes vio una máquina de hacer dinero de posibilidades casi aterrorizantes.

"Pero no para los negocios vanguardistas –pensó, aunque no lo dijo (al menos por entonces). Basta de mala iluminación, de precios bajos, de exhibiciones de mierda en las trastiendas, entre las porquerías para doparse y las camisetas de grupos de rock. Esa mierda es para los principiantes."

Se enteró de muchas cosas con respecto a ella, aun antes de que Beverly supiera que le interesaba de verdad; así era como él lo deseaba. Se había pasado toda la vida buscando a una mujer como beverly Marsh y avanzó con la celeridad de un león que se lanza contra un antílope. No era que su vulnerabilidad estuviera a la vista. Al mirar, uno veía a una mujer bonita y delgada, pero bien provista. Tal vez no tenía muy buenas caderas, pero sí un culo estupendo. Y las mejores tetas que Tom había visto en su vida. A Tom le gustaban las tetas, siempre le habían gustado. Y las mujeres altas casi siempre lo desilusionaban en ese punto. Se ponían blusas finas y los pezones enloquecían a cualquiera, pero cuando uno les sacaba esas blusas finas descubría que, aparte de pezones, no había nada más. Las tetas, en sí, parecían pomos de cajón de escritorio. "Basta con lo que entra en la mano; lo demás es un desperdicio", decía su compañero de habitación en la universidad. Por lo que a Tom concernía ese hombre tenía la cabeza tan llena de mierda que rezumaba al girar.

Oh, ella era una preciosidad, claro que sí, con ese cuerpo de dinamita y esa gloriosa cascada de pelo rojo y ondeado. Pero era débil. Parecía emitir señales de radio que sólo él podía recibir. Uno se daba cuenta por ciertas cosas: por lo mucho que fumaba (pero él la tenía casi curada de eso); por el modo inquieto de mover los ojos, sin mirar nunca de frente a la persona con quien hablaba, dirigiéndole la vista sólo de vez en cuando, para apartarla de inmediato; por su costumbre de frotarse suavemente los codos cuando se ponía nerviosa; por sus uñas, que mantenía pulcras pero excesivamente cortas. Tom reparó en eso la primera vez que la vio. En cuanto ella levantó la copa de vino blanco, él le vio las uñas y pensó: "Las mantiene así de cortas porque se las come."

Tal vez los leones no piensan, al menos no como la gente... pero ven. Y cuando los antílopes huyen de un abrevadero, alertados por el olor de la muerte próxima, los felinos observan cuál de ellos se queda en la retaguardia, quizá a causa de una pata coja, quizá porque es naturalmente más lerdo... o porque tiene menos desarrollado el sentido del peligro. Y hasta es posible que algunos antílopes (y algunas mujeres) deseen que los derriben.

De pronto oyó un ruido que lo arrancó bruscamente de esos recuerdos: el chasquido de un encendedor.

La furia sorda volvió. Su estómago se llenó de un calor no del todo desagradable. Fumaba. Ella fumaba. Tom Rogan le había dictado un curso especial sobre el tema. Y allí estaba ella, haciéndolo otra vez. Era lenta para aprender, sí, pero el buen maestro da lo mejor de sí con los alumnos lentos.

—Sí –dijo ella en ese momento–. Está bien. Sí... Escuchó, luego emitió una risa extraña, entrecortada, que Tom nunca le había oído.

—Dos cosas, ya que preguntas: resérvame alojamiento y reza por mí. Sí, está bien... Ya... yo también. Buenas noches.

Estaba colgando el auricular cuando él entró. Su intención había sido entrar con violencia, gritándole que apagara de inmediato el cigarrillo, ¡Ahora Mismo!, pero las palabras se le ahogaron en la garganta al verla. La había visto así en otras ocasiones, pero sólo dos o tres veces. Una vez, antes de la primera exhibición importante; otra, antes del primer desfile privado para compradores nacionales y, por último, al viajar a Nueva York para recibir el Premio Internacional del Diseño.

Se paseaba por el cuarto a grandes pasos, con el camisón de encaje blanco modelándole el cuerpo y el cigarrillo sujeto entre los labios (por Dios, cómo detestaba verla con una colilla en la boca), despidiendo humo sobre el hombro izquierdo.

Pero fue la cara lo que lo detuvo, lo que le hizo morir el grito en la garganta. El corazón le dio un vuelco, ka¡Bamp! Hizo una mueca de dolor, diciéndose que eso no era miedo sino sólo asombro de verla así.

Beverly sólo estaba completamente viva cuando el ritmo de su trabajo llegaba a un punto culminante. Cada una de las ocasiones que acababa de recordar se había relacionado, por supuesto, con su profesión. En esas ocasiones, Tom había visto a una mujer distinta de la que conocía tan bien. La mujer que aparecía en momentos de tensión era fuerte, pero cargada de nerviosismo; temeraria, pero imprevisible.

En ese momento había mucho color en sus mejillas, un rubor natural en los pómulos. En los ojos, bien abiertos y chispeantes, no quedaban señales de sueño. Su cabellera fluía y flotaba. Y ¡oh, miren eso, amigos y vecinos! ¡Oh, miren bien! ¿Acaso está sacando una maleta del armario? ¿Una maleta? ¡Por Dios, sí!

"Resérvame alojamiento... Reza por mí."

Bueno, no le haría falta ningún alojamiento, ningún hotel en el futuro, porque la pequeña Beverly Rogan se quedaría muy quietecita en casa, y comería de pie durante tres o cuatro días.

Eso sí, buena falta le haría una oración o dos antes de que él terminara de arreglar cuentas.

Beverly arrojó la maleta a los pies de la cama y fue hacia su cómoda. Abrió el cajón superior y sacó dos pares de vaqueros y dos jerseis de lana gorda. Arrojó todo a la maleta. Otra vez a la cómoda, con el humo del cigarrillo dejando una estela por encima del hombro. Tomó un par de sus viejas blusas marineras con las que parecía una estúpida, pero que se negaba a dejar. Sin duda quien la había llamado no era de la jet set. Esa ropa era deslucida, como las que usaba Jackie Kennedy cuando pasaba el fin de semana en Hyannisport.

Pero a él no le interesaba quién la hubiera llamado ni dónde pensaba ir, porque ella no iba a ir a ninguna parte. No era eso lo que le taladraba la cabeza, torpe y dolorida por el exceso de cerveza y la falta de sueño.

Era el cigarrillo.

Se suponía que ella se había deshecho de todos los paquetes. Pero en ese momento exhibía la prueba de que no era así. Y como aún no había visto a Tom de pie en el umbral de la puerta, él se permitió el placer de recordar las dos noches en que se había asegurado el completo dominio de esa mujer.

—No quiero verte fumar nunca más –le había dicho cuando volvían a casa desde una fiesta en Lake Forest. Había sido en octubre, en otoño–. En las fiestas y en la oficina no tengo más remedio que aguantarme esa mierda, pero cuando estoy contigo no tengo por qué tragármela. ¿Sabes qué sensación me da? Te lo voy a decir: es como tener que comerse los mocos de otro.

Esperaba que eso provocara alguna leve chispa de protesta, pero ella se había limitado a mirarlo, tímida, ansiosa de agradar. Su voz sonó grave, mansa, obediente:

—Está bien, Tom.

—Tira eso, entonces.

Ella lo hizo. Tom estuvo de buen humor durante el resto de la noche.

Pocas semanas después, al salir de un cine, ella encendió un cigarrillo y le dio una calada mientras caminaban hacia el aparcamiento. Era una helada noche de noviembre, el viento castigaba cada centímetro de piel descubierta que lograba hallar. Tom recordó que había percibido el olor del lago, como sucede a veces en las noches frías, un olor chato, como a pescado y a vacío al mismo tiempo. La dejó fumar. Hasta le abrió la portezuela para que subiese al coche. Después se sentó al volante y dijo:
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