Dedico este libro a mis hijos. Mi madre y mi esposa me enseñaron a ser un hombre. Mis hijos me enseñaron a ser libre




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títuloDedico este libro a mis hijos. Mi madre y mi esposa me enseñaron a ser un hombre. Mis hijos me enseñaron a ser libre
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—No soy ningún inepto –dijo George, sentándose en el borde de la cama y poniendo en la mesa las cosas que había traído.

—Sí lo eres –dijo Bill–. No eres otra cosa que un inepto de culo gordo, negro y asqueroso.

George trató de imaginar a un chico que sólo fuese un culo con piernas y comenzó a reírse.

–Tienes un culo más grande que Augusta –dijo Bill, también riendo.

—Tu culo es más grande que todo el estado –replicó George, lo que les hizo desternillarse de risa durante casi dos minutos.

Siguió una conversación en susurros, de las que tienen muy poco significado para quien no sea un niño pequeño: acusaciones sobre quién tenía el culo más grande, quién tenía el orificio más negro, etcétera. Finalmente, Bill soltó una de las palabras prohibidas acusó a George de ser un culo gordo, grande y lleno de mierda, con lo cual rieron a carcajadas. La risa de Bill se convirtió en un ataque de tos. Cuando por fin empezó a ceder (la cara de Bill había tomado un color de ciruela que George contemplaba con cierta alarma) el sonido del piano se interrumpió. Los dos miraron en dirección a la sala, esperando el ruido del taburete los pasos impacientes de la madre. Bill hundió la boca en el hueco del codo, sofocando las últimas toses mientras señalaba la jarra. George le sirvió un vaso de agua y él se lo bebió entero.

El piano reinició Para Elisa. Bill el Tartaja no olvidaría jamás esa pieza, y aún muchos años después no podría escucharla sin que se le pusiera carne de gallina el corazón le daba un vuelco y recordaba: "Mi madre estaba tocando eso el día en que murió Georgie."

—¿Vas a seguir tosiendo, Bill?

—No.

Bill sacó un kleenex de la caja, carraspeó ruidosamente el pecho y escupió en el papel, al que arrugó arrojó al cesto que tenía junto a la cama lleno de bollos similares. Por fin abrió la caja de parafina y dejó caer un cubo ceroso en la palma de su mano. George lo observaba en silencio. A Bill no le gustaba que le hablase mientras hacía cosas, pero él sabía que si mantenía e pico cerrado, su hermano acabaría por explicar lo que estaba haciendo.

Bill cortó con el cuchillo un trocito del cubo de parafina. Luego lo puso en el cuenco, encendió un cerilla y la apoyó contra la parafina. Los dos niños observaron la llamita amarilla, mientras el viento agonizante impulsaba la lluvia contra la ventana en golpeteos ocasionales.

—Hay que impermeabilizar el barco para que no se hunda al mojarse –dijo Bill.

Cuando estaba con George tartamudeaba poco, a veces nada en absoluto. En la escuela, en cambio, tartamudeaba tanto que hablar le resultaba imposible. Los maestros miraban hacia otra parte mientras Bill se aferraba a los lados de su pupitre con la cara casi tan roja como el pelo y los ojos entrecerrados, tratando de arrancarle alguna palabra a su terca garganta. Casi siempre, la palabra surgía. Pero a veces simplemente se negaba. A los tres años había sido atropellado por un coche y arrojado contra la pared de un edificio; había estado inconsciente durante siete horas. Su madre decía que ese accidente le había provocado la tartamudez. A veces, George tenía la sensación de que su padre –y el propio Bill– no estaba tan seguro.

El trozo de parafina se había derretido casi completamente en el cuenco. La llama de la cerilla se apagó. Bill hundió el dedo en el líquido y lo sacó bruscamente con un leve silbido. Luego miró a George con una sonrisa de disculpa.

—Quema –dijo.

Pocos segundos después, hundió otra vez el dedo y comenzó a untar de cera el barco de papel. El material se secó rápidamente formando una película lechosa.

—¿Puedo poner un poco? –preguntó George.

—De acuerdo, pero no manches las mantas si no quieres que mamá te mate.

George hundió un dedo en la parafina, que aún estaba muy caliente pero ya no quemaba, y comenzó a untar el otro lado del barco.

—¡No pongas tanto, culo sucio! –dijo Bill– ¿Quieres que se hunda en el v–v–viaje inaugural?

—Perdona.

George terminó de untar la parafina y luego sostuvo el barco en las manos. Estaba un poco más pesado, pero no mucho.

—¡Guau! –exclamó–. Voy a salir para hacerlo navegar.

—Sí, ve –dijo Bill. De pronto parecía cansado... cansado y no muy bien.

—Me gustaría que vinieras –dijo George. Le hubiese gustado de veras. Bill a veces se ponía mandón al cabo de un rato, pero siempre tenía ideas estupendas–. En realidad, el barco es tuyo.

—A mí también me gustaría ir –dijo Bill, sombrío.

—Ya... –George cambió el peso del cuerpo de un pie al otro, con el barco en la mano.

—Ponte el impermeable y las botas –advirtió el mayor–, si no quieres pescar una gripe como la mía. Casi seguro que la pescas de todos modos por mis g–g–gérmenes.

—Gracias, Bill. Es un barco muy bonito.

Y entonces hizo algo que no había hecho hacía tiempo, algo que Bill jamás olvidaría: besó a su hermano en la mejilla.

—Ahora sí la vas a pescar, culo sucio –dijo Bill, más animado. Sonrió–. Y guarda estas cosas. Si no, a mamá le dará un ataque.

—Está bien. –George lo recogió todo y cruzó la habitación con el bote precariamente encaramado a la caja de parafina, que iba dentro del bol.

—G–g–georgie...

George se volvió para mirar a su hermano.

—Ten cuidado.

—Descuida. –Frunció el entrecejo. Eso era algo que decían las madres, no los hermanos mayores. Resultaba tan extraño como haberle dado un beso a Bill.

Y salió. Bill jamás volvió a verlo.

3.
Y allí estaba, persiguiendo su barco de papel por el lado izquierdo de Witcham Street. Corría deprisa, pero el agua le ganaba y el barquito estaba sacando ventaja. Oyó un rugido y vio cómo cincuenta metros más adelante, colina abajo, el agua de la cuneta se precipitaba en una boca de tormenta que aún continuaba abierta. Era un largo semicírculo abierto en el bordillo de la acera y mientras George miraba, una rama desgarrada, con la corteza oscura y reluciente se hundió en aquellas fauces. Pendió por un momento y luego se deslizó hacia el interior. Hacia allí se encaminaba su barco.

—¡Mierda! –chilló horrorizado.

Forzó el paso y, por un momento, pareció que iba a alcanzarlo. Pero George resbaló y cayó despatarrado con un grito de dolor. Desde su nueva perspectiva, a la altura del pavimento, vio que el barco giraba en redondo dos veces, atrapado en otro remolino, antes de desaparecer.

—¡Mierda y mierda! –volvió a chillar, golpeando el pavimento con el puño.

Eso también le dolió, y se echó a sollozar. ¡Qué manera tan estúpida de perder el barco!

Se dirigió hacia la boca de tormenta y allí se dejó caer de rodillas, para mirar el interior. El agua hacía un ruido hueco al caer en la oscuridad. Ese sonido le dio escalofríos. Hacía pensar en...

—¡Eh! –exclamó de pronto, y retrocedió.

Allí adentro había unos ojos amarillos. Ese tipo de ojos que él siempre imaginaba, sin verlos nunca, en la oscuridad del sótano. "Es un animal –pensó–; eso es todo: un animal; a lo mejor un gato que quedó atrapado..."

De todos modos, estaba por echar a correr a causa del espanto que le produjeron aquellos ojos amarillos y brillantes. Sintió la áspera superficie del pavimento bajo los dedos y el agua fría que corría alrededor. Se vio a sí mismo levantándose y retrocediendo. Y fue entonces cuando una voz, una voz razonable y bastante simpática, le habló desde dentro de la boca de tormenta:

—Hola, George.

George parpadeó y volvió a mirar. Apenas daba crédito a lo que veía; era algo sacado de un cuento o de una película donde uno sabe que los animales hablan y bailan. Si hubiera tenido diez años más, no habría creído en lo que estaba viendo, pero no tenía dieciséis años sino seis.

En la boca de tormenta había un payaso. La luz era suficiente para que George Denbrough estuviese seguro de lo que veía. Era un payaso, como en el circo o en la tele. Parecía una mezcla de bozo y Clarabell, el que hablaba haciendo sonar su bocina en Howdy Doody, los sábados por la mañana. Búfalo Bob era el único que entendía a Clarabell, y eso siempre hacía reír a George. La cara del payaso metido en la boca de tormenta era blanca; tenía cómicos mechones de pelo rojo a cada lado de la calva y una gran sonrisa de payaso pintada alrededor de la boca. Si George hubiese vivido años después, habría pensado en Ronald Mcdonal antes que en Bozo o en Clarabell.

El payaso sostenía en una mano un manojo de globos de colores, como tentadora fruta madura. En la otra, el barquito de papel de George.

—¿Quieres tu barquito, Georgie? –El payaso sonreía.

George también sonrió, sin poder evitarlo.

—Si, lo quiero.

El payaso se echó a reír.

—¡Así me gusta! ¿Y un globo? ¿Quieres un globo?

—Bueno... sí, por supuesto. –Alargó la mano pero de inmediato la retiró–. No debo coger nada que me ofrezca un desconocido. Lo dice mi papá.

—Y tu papá tiene mucha razón –replicó el payaso sonriendo. George se preguntó cómo podía haber creído que sus ojos eran amarillos, si eran de un azul brillante como los de su mamá y de Bill–. Muchísima razón, ya lo creo. Por lo tanto, voy a presentarme. George, soy el señor Bob Gray, también conocido como Pennywise el Payaso. Pennywise, te presento a George Denbrough. George, te presento a Pennywise. Ahora ya nos conocemos. Yo no soy un desconocido y tú tampoco. ¿Correcto?

George soltó una risita.

—Correcto. –Volvió a estirar la mano... y a retirarla–. ¿Cómo te has metido ahí adentro?

–La tormenta me trajo volaaaando –dijo Pennywise el Payaso–. Se llevó todo el circo. ¿No sientes olor a circo, George?

George se inclinó hacia adelante. ¡De pronto olía a cacahuetes! ¡Cacahuetes tostados! ¡Y vinagre blanco, del que se pone en las patatas fritas! Y olía a algodón de azúcar, a buñuelos, y también a estiércol de animales salvajes. Olía el aroma regocijante del aserrín. Y sin embargo...

Sin embargo, bajo todo eso olía a inundación, a hojas deshechas y a oscuras sombras en bocas de tormenta. Era un olor húmedo y pútrido. El olor del sótano.

Pero los otros olores eran más fuertes.

—Sí, lo huelo –dijo.

—¿Quieres tu barquito, George? Te lo pregunto otra vez porque no pareces desearlo mucho.

Y se lo enseñó, sonriendo. Llevaba un traje de seda abolsado con grandes botones color naranja. Una corbata brillante, de color azul eléctrico, le caía por la pechera. En las manos llevaba grandes guantes blancos, como Mickey y Donald.

—Sí, claro –dijo George, mirando el interior de la boca de tormenta.

—¿Y un globo? Los tengo rojos, verdes, amarillos, azules...

—¿Flotan?

—¿Que si flotan? –La sonrisa del payaso se acentuó–. Oh, sí, claro que sí. ¡Flotan! También tengo algodón de azúcar...

George estiró la mano.

El payaso le sujetó el brazo.

Y entonces George vio cómo la cara del payaso se convertía en algo tan horripilante que lo peor que había imaginado sobre la cosa del sótano parecía un dulce sueño. Lo que vio destruyó su cordura de un zarpazo.
—Flotan –croó la cosa de la alcantarilla con una voz que reía como entre coágulos.

Sujetaba el brazo de George con su puño grueso y agusanado. Tiró de él hacia aquella horrible oscuridad por donde el agua corría y rugía y aullaba llevando hacia el mar los desechos de la tormenta. George intentó apartarse de esa negrura definitiva y empezó a gritar como un loco hacia el gris cielo otoñal de aquel día de otoño de 1957. Sus gritos eran agudos y penetrantes y a lo largo de toda la calle, la gente se asomó a las ventanas y salió a los porches.

—Flotan –gruñó la cosa–, flotan, Georgie. Y cuando estés aquí abajo, conmigo, tú también flotarás.

El hombro de George chocó contra el bordillo. Dave Gardener, que ese día no había ido a trabajar al Shoeboat debido a la inundación, vio sólo a un niño de impermeable amarillo, un niño que gritaba y se retorcía en el arroyo mientras el agua lodosa le corría sobre la cara haciendo que sus alaridos sonaran burbujeantes.

—Aquí abajo todo flota –susurró aquella voz nauseabunda, riendo, y de pronto sonó un desgarro y hubo un destello de agonía y George Denbrough dejó de existir.

Dave Gardener fue el primero en llegar. Aunque llegó sólo cuarenta y cinco segundos después del primer grito, George Denbrough ya había muerto. Gardener lo agarró por el impermeable, tiró de él hacia la calle... y al girar el cuerpo de George, también él empezó a gritar. El lado izquierdo del impermeable del niño estaba de un rojo intenso. La sangre fluía hacia la alcantarilla desde el agujero donde había estado el brazo izquierdo. Un trozo de hueso, horriblemente brillante, asomaba por la tela rota.

Los ojos del niño miraban fijamente el cielo y mientras Dave retrocedía a tropezones hacia los otros que ya corrían por la calle, empezaron a llenarse de lluvia.


4.
En alguna parte del interior de la boca de tormenta, que ya estaba casi colmada por el agua ("No podía haber nadie allí dentro", declararía más tarde el comisario del condado a un periodista del News de Derry con frustración indescriptible; nadie habría resistido aquella corriente brutal), el barquito de George siguió su veloz marcha por aquellas cámaras tenebrosas y por los largos corredores de cemento en los que el agua rugía y repicaba. Durante un rato corrió paralelo a un pollo muerto que flotaba con sus amarillentas patas apuntadas hacia el techo chorreante; luego, en alguna confluencia al este de la ciudad, el pollo fue arrastrado hacia la izquierda mientras el barquito de George seguía en línea recta.

Una hora después, mientras a la madre de George le administraban una dosis de sedantes en la sala de guardia del hospital y mientras Bill el Tartaja –aturdido, pálido y silencioso en su cama– escuchaba los ásperos sollozos de su padre en la sala donde la madre había estado tocando Para Elisa, el barquito salió por un tubo de cemento como una bala por la boca de un revólver y navegó a toda velocidad por una zanja hasta un arroyuelo. Cuando se incorporó al hirviente y henchido río Penobscot, veinte minutos después, en el cielo empezaban a asomar los primeros claros de azul. La tormenta había pasado.

El barquito se tambaleaba y se sumergía y a veces se llenaba de agua, pero no se hundió; los dos hermanos lo habían impermeabilizado bien. No sé dónde acabó por naufragar, si alguna vez lo hizo. Tal vez llegó al mar y allí navega eternamente como los barcos mágicos de los cuentos. Sólo sé que aún estaba a flote en el seno de la inundación cuando franqueó los límites de Derry, Maine. Y allí abandonó esta historia para siempre.

II. Después del festival (1984)
1.
Si Adrian llevaba puesto ese sombrero, diría más tarde su sollozante amigo a la policía, era porque lo había ganado en una caseta de tiro al blanco en la feria de Bassey Park, sólo seis días antes de su muerte. Estaba orgulloso de él.

—Lo llevaba puesto porque él amaba a este pueblucho del demonio– dijo Don Hagarty, el amigo, a los policías.

—Bueno, tranquilícese –indicó a Hagarty el oficial Harold Gardener.

Harold Gardener era uno de los cuatro hijos varones de Dave Gardener. El día en que su padre había descubierto el cuerpo mutilado y sin vida de George Denbrough, Harold Gardener tenía cinco años. En la actualidad, casi veintisiete años después, contaba treinta y dos y se estaba quedando calvo. Harold Gardener aceptaba como reales el dolor y el luto de Don Hagarty, pero al mismo tiempo le resultaba imposible tomarlos en serio. Ese hombre, si hombre podía llamársele, tenía los ojos pintados y llevaba unos pantalones de satén tan ajustados que casi se le notaban las arrugas de la polla. Con luto o sin él, con dolor o sin dolor, era un simple marica. Igual que su amigo, el difunto Adrian Mellon.

—Empecemos otra vez –dijo Jeffrey Reeves, el compañero de Harold–. Salisteis del Falcon y caminasteis hacia el canal. ¿Qué ocurrió entonces?
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