Dedico este libro a mis hijos. Mi madre y mi esposa me enseñaron a ser un hombre. Mis hijos me enseñaron a ser libre




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—¿Cuántas veces tengo que repetirlo, so idiotas? –exclamó Hagarty–. ¡Lo mataron! ¡Lo empujaron al canal! ¡Para ellos sólo ha sido otra aventura en Macholandia! Don Hagarty se echó a llorar.

—Una vez más –repitió Reeves, pacientemente–. Salisteis del Falcon. ¿Y entonces?

2.
En la sala de interrogatorios, en el mismo vestíbulo, dos policías de Derry hablaban con Steve Dubay, de diecisiete años; en el departamento de pruebas, primer piso, otros dos interrogaban a john Telaraña Garton, de dieciocho, y en el despacho del jefe de policía, quinto piso, el jefe Andrew Rademacher y el ayudante del fiscal de distrito, Tom Boutillier, interrogaban a Christopher Unwin, de quince años. Unwin, vestido con pantalones vaqueros desteñidos, una remera grasienta y pesadas botas de ingeniero, estaba sollozando. Rademacher y Boutillier se ocupaban de él porque lo consideraban, bastante acertadamente, el eslabón más débil de la cadena.

—Empecemos otra vez –dijo Boutillier, en el preciso momento en que Jeffrey Reeves decía lo mismo dos pisos más abajo.

–No queríamos matarlo –balbuceó Unwin–. Fue por el sombrero. No podíamos creer que aún lo llevase, ya me entiende, después de lo que Telaraña le dijo la primera vez. Creo que sólo quisimos asustarlo.

—Por lo que dijo –interpuso el jefe Rademacher.

—Sí.

—A John Garton, en la tarde del día diecisiete.

—Sí, a Telaraña. –Unwin volvió a romper en sollozos–. Pero cuando lo vimos en dificultades, tratamos de salvarlo. Al menos, yo y Stevie Dubay... ¡No queríamos matarlo!

—Vamos, Chris, admítelo –dijo Boutillier–. Arrojasteis al canal a ese mariquita.

—Sí, pero...

—Y los tres habéis venido aquí para aclarar las coas. El jefe Rademacher y yo les estamos agradecidos, verdad, Andy¿

—Claro. Hay que ser muy hombre para reconocer o que se ha hecho, Chris.

—Entonces no lo estropees mintiéndonos ahora. Tuvisteis la intención de arrojarlo en cuanto lo visteis salir del Falcon con su amiguito, ?no¿

—¡No! –protestó Chris Unwin con vehemencia.

Boutillier sacó un paquete de Marlboro del bolsillo de su camisa y cogió uno. Luego tendió el paquete a Unwin.

—?Un cigarrillo¿

Unwin aceptó el ofrecimiento. Boutillier tuvo que perseguir el extremo con la cerilla para encendérselo debido a que al muchacho le temblaba la boca.

—Pero sí cuando vieron que llevaba el sombrero, no? –preguntó Rademacher.

Unwin dio una calada profunda bajando la cabeza –el pelo grasiento le cayó sobre los ojos– y exhaló el humo por la nariz.

—Sí –reconoció, en voz casi inaudible.

Boutillier se inclinó hacia adelante con un destello en sus ojos marrones. Aunque su cara era la de un ave de rapiña, su voz sonó amable.

—¿Qué has dicho, Chris?

—He dicho que sí. Queríamos arrojarlo al canal, pero no matarlo. –Levantó la mirada con expresión angustiada, incapaz de comprender los extraordinarios cambios que se habían producido en su vida desde que saliera de su casa para participar en la última noche del Festival del Canal, con dos amigos, a las siete y media de la noche–. ¡Matarlo, no! –repitió–. Y ese tío que estaba bajo el puente... no sé quién era.

—¿De qué tío hablas? –preguntó Rademacher.

Ya habían oído esa parte y ninguno de los dos la creía. Tarde o temprano, los acusados de asesinato sacaban a relucir algún misterioso "tío". Boutillier había llegado a darle un nombre al asunto. Lo llamaba "síndrome del Manco", por el personaje de El fugitivo, aquella vieja serie de la televisión.

—El tipo vestido de payaso –dijo Chris Unwin estremeciéndose–. El tío de los globos.

3.
Los habitantes de Derry consideraban que el Festival del Canal, que se desarrolló entre el 15 y el 21 de julio, había sido un gran éxito, algo bueno para la moral, la imagen de la ciudad... y el bolsillo. Los festejos de esa semana celebraban el centenario de la inauguración del canal que corría por el centro de la ciudad. Había sido ese canal el que abriera plenamente a Derry al comercio de la madera, entre 1884 y 1910, dando origen a los años de bonanza de Derry.

La ciudad fue acicalada de este a oeste y de norte a sur. Ciertos baches, de los que algunos decían que llevaban más de diez años sin ser reparados, fueron debidamente rellenados con alquitrán hasta que las calles quedaron parejas. Los edificios municipales fueron arreglados por dentro y pintados por fuera. Desaparecieron las peores leyendas inscritas en Bassey Park –muchas de ellas, manifestaciones contra los homosexuales, tales como –"Matad a todos los maricas y el sida es el castigo de Dios, maricas al infierno"–, borradas de los bancos y las paredes de madera que cerraban el pequeño puente cubierto sobre el canal, conocido como Puente de los Besos.

Se instaló un Museo del Canal en tres locales del centro, con material de Michael Hanlon, bibliotecario e historiador aficionado de la ciudad. Las familias más antiguas de la población prestaron gratuitamente sus tesoros y durante la semana del festival, casi cuarenta mil visitantes pagaron veinticinco centavos por cabeza para ver menús de 1890, herramientas de leñadores originarias de 1880, juguetes de los años veinte y más de dos mil fotografías, así como nueve rollos de película sobre la vida en el Derry del siglo pasado.

El museo estaba patrocinado por la Sociedad de Damas de Derry, la cual vetó algunos de los objetos que Hanlon proponía exponer (la notable sillatrampa, que databa de 1930) y fotografías (la de la banda de Bradley después del famoso tiroteo). Pero todos reconocieron que era un verdadero éxito y, en realidad, nadie quería ver esas antiguallas macabras. Era mejor acentuar lo positivo y eliminar lo negativo, como decía la vieja canción.

En el parque había una carpa enorme de lona a rayas donde se vendían refrescos; todas las noches, una banda daba un concierto. En el parque Bassey se instaló una feria con atracciones y juegos administrados por los vecinos. Un tranvía especial recorría las zonas históricas de la ciudad, de hora en hora, terminando el recorrido en la feria.

Fue allí donde Adrian Mellon ganó el sombrero a causa del que lo matarían, un sombrero de copa hecho de papel con una flor y una banda que rezaba: ¡I "un corazón pintado" Derry!

4.
—Estoy cansado –dijo John Telaraña Garton.

Como sus dos amigos, vestía imitando a Bruce Springsteen, aunque probablemente habría dicho que Springsteen era un chulo o un maricón y que él prefería a los tíos duros del heavy–metal, como deff Leppard, Twisted Sister o Judas Priest. Había arrancado las mangas de su camiseta azul para exhibir sus musculosos brazos. El pelo, castaño y espeso, le caía sobre un ojo; ese toque era más al estilo de John Cougar Mellencamp que de Springsteen. En los brazos tenía tatuajes azules, símbolos arcanos que parecían dibujados por un niño.

—No diré nada más.

—Cuéntanos sólo lo del martes por la tarde en la feria –dijo Paul Hughes.

Ese sórdido asunto preocupaba a Hughes. Una y otra vez, tenía la impresión de que el Festival había finalizado con un último número que todos, de algún modo, estaban esperando, aunque nadie se hubiera atrevido a anotarlo en el programa diario. Si lo hubiesen hecho, se habría leído lo siguiente:

Sábado, 21 horas: Concierto de la Banda de la Escuela Secundaria de Derry y los Melómanos de la Barbería.

Sábado, 22 horas: Espectáculo de fuegos artificiales.

Sábado, 22.35 horas: Sacrificio ritual de Adrian Mellon, cerrando oficialmente el Festival del Canal.

—Al infierno con la feria –replicó Telaraña.

—Sólo lo que tú le dijiste a Mellon y lo que él te dijo a ti.

—¡Maldita sea...! –Telaraña puso los ojos en blanco.

—Vamos, inténtalo –insistió el compañero de Hughes.

Telaraña gruñó y luego volvió a empezar.

5.
Garton vio a Mellon y a Hagarty contoneándose cogidos de la cintura y soltando risitas como un par de chicas. Al principio pensó que eran dos chicas. Luego reconoció a Mellon, pues ya se lo habían señalado antes. Y en ese momento vio que Mellon se volvía hacia Hagarty... y que los dos se besaban brevemente.

—¡Voy a vomitar, macho! –exclamó Telaraña, asqueado.

Le acompañaban Chris Unwin y Steve Dubay. Cuando Telaraña señaló a Mellon, Steve Dubay creyó reconocer al otro marica; se llamaba Don y había recogido en su coche a un chico de la secundaria, sólo para meterle mano.

Mellon y Hagarty volvieron a caminar hacia los tres muchachos, alejándose del tiro al blanco, rumbo a la salida de la feria. Telaraña Garton diría más tarde a los oficiales Hughes y Conley que se había sentido "herido en su orgullo cívico" al ver que un marica de mierda llevaba un sombrero con la leyenda I "corazón pintado" Derry. Ese sombrero de copa con su flor meneándose en todas direcciones era una ridiculez. Lo que, al parecer, irió aún más el orgullo cívico de Telaraña.

Cuando pasaron Mellon y Hagarty, siempre abrazados por la cintura, Telaraña gritó:

—¡Tendría que hacerte tragar ese sombrero, marica asqueroso!

Mellon se volvió hacia Garton y respondió parpadeando con coquetería:

—Si tienes hambre, tesoro, puedo conseguirte algo más sabroso que mi sombrero.

Telaraña Garton decidió arreglarle el rostro al marica. En la geografía de esa cara se alzarían montañas y los continentes cambiarían de sitio. No iba a tolerar que nadie se mofara de él. Nadie.

Cuando echó a andar hacia Mellon, Hagarty, alarmado, trató de llevarse a su amigo, pero éste se mantuvo firme, sonriendo. Más tarde, Garton diría a los oficiales Hughes y Conley que Mellon debía de estar drogado. Sí, en efecto, reconocería Hagarty, al serle sugerida la idea por los oficiales Gardener y Reeves, se había drogado con dos bollos fritos untados de miel y con la feria. No había podido reconocer, por tanto, la amenaza real que representaba Telaraña Garton.

—Pero así era Adrian –dijo Don, enjugándose los ojos con un pañuelo de papel y estropeándose la sombra brillante de los párpados–. Era uno de esos tontos–convencidos de que todo saldrá bien.

Mellon habría podido resultar seriamente herido si en ese momento Garton no hubiera sentido un golpecito en el codo. Era un bastón de goma. Al girar la cabeza, se encontró con el oficial Frank Machen, de la policía de Derry.

—Será mejor que te largues –le dijo Machen– y dejes a esas locas en paz. Venga, muévete.

—Pero me han insultado –replicó Telaraña.

Unwin y Dubay, olfateando problemas, trataron de que Garton siguiera caminando con ellos, pero él se zafó violentamente. Su hombría acababa de sufrir un insulto que debía ser vengado.

—Olvídalo –repuso Machen–. Anda, sigue caminando. No quiero tener que llevarte a comisaría.

—¡Pero me ha tratado de maricón!

—¿Y te preocupa? –preguntó Machen con sarcasmo. Garton se ruborizó intensamente.

Durante ese diálogo, Hagarty trataba, con creciente desesperación, de alejar a Adrian Mellon de la escena.

—¡Adiós, cariño! –se despidió Adrian con descaro.

—Cierra el pico –le dijo Machen–. Vete de aquí.

Garton se abalanzó contra Mellon, pero el oficial lo sujetó.

—Basta ya –advirtió–. ¿O quieres acabar en el calabozo?

—¡La próxima vez me la vas a pagar! –aulló Garton a la pareja que se marchaba, haciendo girar muchas cabezas en su dirección–. ¡Y si te veo con ese sombrero te voy a matar! ¡En esta ciudad no necesitamos maricas como tú!

Mellon, sin volverse, agitó los dedos de la mano izquierda –llevaba las uñas pintadas de rojo cereza– y se alejó contoneándose provocativamente. Garton intentó ir tras el.

—Una palabra o un movimiento más y te arresto –advirtió Machen suavemente–. Hablo en serio.

—Vamos, Telaraña –dijo Chris Unwin–. Tranquilo.

—¿A usted le gustan esos tipos? –preguntó Telaraña a Machen, ignorando a Chris y a Steve–. Diga, ¿le gustan?

—Los margaritas no me preocupan –aseguró Machen–. Mi trabajo consiste en mantener el orden y tú estás perturbándolo. Ahora bien, ¿quieres dar una vuelta conmigo o no?

—Vámonos, Telaraña –dijo Steve Dubay en voz baja.

Telaraña se avino a razones y, arreglándose la camisa con movimientos exagerados y apartándose el pelo de los ojos, siguió a sus amigos. Machen, quien también prestó declaración a la mañana siguiente a la muerte de Adrian Mellon, dijo: Lo último que le oí decir cuando se alejaba con sus compañeros, fue: "La próxima vez me la pagará caro."

6.
—Por favor, tengo que hablar con mi madre –dijo Steve Dubay por tercera vez–. Si ella no ablanda a mi padrastro, cuando yo vuelva a casa se organizará una batalla de mil demonios.

—No seas impaciente –le dijo el oficial Charles Avarino.

Tanto Avarino como su compañero, Barney Morrison, sabían que Steve Dubay no volvería a casa esa noche, ni las siguientes. El muchacho no parecía darse cuenta del apuro en que estaba. Avarino no se sorprendió al comprobar que Dubay había dejado la escuela a los dieciséis años, antes de obtener el graduado escolar. Su coeficiente intelectual era de 68, según el test Weschler al que lo habían sometido durante una de sus tres repeticiones del séptimo curso.

—Dinos qué pasó cuando visteis a Mellon salir del Falcon.

—Mejor dejémoslo.

—Vaya, ¿y eso? –preguntó Avarino.

—Me parece que ya he hablado demasiado.

—Viniste para eso, ¿no? –repuso Avarino.

—Bueno, sí, pero...

—Escucha –dijo Morrison con suavidad sentándose junto a él y ofreciéndole un cigarrillo–. ¿Crees que a mí y a Chick nos gustan los maricas?

—No sé...

—¿Tenemos pinta de que nos gusten los maricas?

—No, pero...

—Somos tus amigos, Steve –dijo Morrison–. Y créeme: tú, Chris y Telaraña necesitáis amigos en estos momentos porque mañana los ciudadanos de Derry estarán pidiendo vuestras cabezas.

Steve Dubay pareció alarmarse. Avarino, que casi podía leer la confusa mente de aquel gamberro, sospechó que estaba pensando otra vez en su padrastro. Y aunque Avarino no sentía ningún aprecio por la pequeña comunidad gay de Derry (como cualquier otro miembro de la policía, le habría gustado cerrar el Falcon para siempre), habría sentido un gran placer en llevar personalmente a Dubay a su casa. Más aún, le habría encantado sujetarlo mientras el padrastro se ensañaba. A Avarino no le gustaban los homosexuales, pero no por eso pensaba que se los debía torturar y asesinar. A Mellon lo habían destrozado. Cuando lo sacaron a la superficie, bajo el puente del canal, tenía los ojos abiertos y dilatados por el terror. Y ese joven no tenía la menor idea de lo que había ayudado a hacer.

—No queríamos hacerle daño –repitió Steve.

Era la posición a la cual retrocedía cada vez que se sentía ligeramente confuso.

—Por eso te conviene estar a buenas con nosotros –dijo Avarino, con gravedad–. Si dices toda la verdad ahora, a lo mejor esto no pasa de un incidente nimio. ¿Verdad, Barney?

—Muy cierto –concordó Morrison.

—Y bien, ¿qué me dices? –insistió Avarino.

—Bueno...

Y Steve, lentamente, empezó a hablar.

7.
Cuando Elmer Curtie inauguró el Falcon, en 1973, pensaba que su clientela estaría compuesta, principalmente, por los pasajeros del autobús; la terminal vecina recibía a tres líneas diferentes. Pero no se le ocurrió que muchos de los pasajeros eran mujeres o familias con niños pequeños. Y otros llevaban sus propias botellas y no bajaban del autobús. Quienes lo hacían eran, habitualmente, soldados o marinos que sólo consumían cerveza; después de todo, nadie suele emborracharse en una parada de diez minutos.

Curtie empezó a descubrir alguna de esas verdades hacia 1977, pero por entonces ya era demasiado tarde; estaba endeudado hasta las cejas y no podía salir del saldo en rojo. Se le ocurrió incendiar el negocio para cobrar el seguro, pero tendría que contratar a un profesional... y no tenía ni idea de dónde podría contratarse un incendiario profesional.
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