Dedico este libro a mis hijos. Mi madre y mi esposa me enseñaron a ser un hombre. Mis hijos me enseñaron a ser libre




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títuloDedico este libro a mis hijos. Mi madre y mi esposa me enseñaron a ser un hombre. Mis hijos me enseñaron a ser libre
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En febrero de ese año decidió esperar hasta el 4 de julio; si por entonces; las cosas no mejoraban, cogería un autobús y vería qué se podía hacer en Florida.

Pero en los cinco meses siguientes llegó una asombrosa prosperidad al bar, que estaba pintado en negro y oro, con decoración de pájaros embalsamados (el hermano de Elmer Curtie había sido un aficionado a la taxidermia, especializado en aves, y él había heredado sus cosas después de su muerte). De pronto, en vez de servir sesenta cervezas y veinte copas por noche, Elmer se encontró sirviendo ochenta cervezas y cien copas... ciento veinte... A veces, hasta ciento sesenta.

Su clientela era joven, cortés y casi exclusivamente masculina. Muchos de sus parroquianos vestían de modo extravagante, pero en esos años la vestimenta extravagante era casi reglamentaria. Hasta 1981 Elmer Curtie no se dio cuenta de que la mayoría de sus clientes eran homosexuales. Si los habitantes de Derry le hubieran oído decir eso, habrían pensado que Elmer Curtie los tomaba por tontos... pero era verdad. Como en el caso del marido engañado, fue prácticamente el último en enterarse. Y por entonces ya no le importaba. El bar daba dinero, y aunque había otros cuatro en Derry que daban ganancia, sólo en el Falcon no había parroquianos revoltosos que destrozaban periódicamente el local. Para empezar, no había mujeres por las que pelearse. Y esos hombres, maricas o no, parecían haber descubierto algún secreto para llevarse bien que sus equivalentes heterosexuales desconocían.

Una vez consciente de las preferencias sexuales de sus parroquianos, Elmer comenzó a oír rumores escalofriantes sobre el Falcon por todas partes; circulaban desde hacía años, pero hasta entonces Curtie no había tenido noticia de ello. Los narradores más entusiastas de esas anécdotas, según llegó a notar, eran hombres que no se habrían dejado llevar al Falcon ni a punta de pistola. Sin embargo, parecían sumamente enterados.

Según esos rumores, en una noche cualquiera se veía allí a hombres que bailaban abrazados, frotándose las pollas en la pista de baile; a hombres que se besaban en la boca, sentados a la barra; a hombres que hacían porquerías en los aseos. Supuestamente, en la trastienda se podía pasar un rato agradable: allí había un tipo fornido, con uniforme nazi, que tenía el brazo engrasado casi hasta el hombro y se ocupaba de uno con mucho gusto.

Ninguna de esas cosas era cierta. Si alguien iba allí para aplacar la sed con una cerveza o una copa, no veía nada fuera de lo común. Había muchos hombres, eso sí, pero lo mismo pasaba en miles de bares de obreros de todo el país. La clientela podía ser gay, pero gay no quiere decir estúpido. Si querían hacer locuras, iban a Portland. Y si querían hacer locuras gordas, como en las películas, iban a Nueva York o a Boston. Derry era una ciudad pequeña y provinciana; su pequeña comunidad homosexual conocía bien sus limitaciones.

Don Hagarty llevaba dos o tres años concurriendo al Falcon cuando, aquella noche de marzo de 1984, apareció por primera vez con Adrian Mellon. Hasta entonces había sido de los que gustan variar; rara vez se presentaba con el mismo acompañante más de cinco o seis veces. Pero hacia fines de abril, hasta el propio Elmer Curtie, a quien le importaban muy poco esas cosas, notó que Hagarty y Mellon se estaban tomando la relación en serio.

Hagarty trabajaba como dibujante para una empresa de ingenieros, en Bangor. Adrian Mellon era escritor independiente; publicaba cuando y donde podía: en revistas de compañías aéreas, en publicaciones restringidas, en diarios provincianos, suplementos dominicales o revistas de sexo. Estaba escribiendo una novela en la que llevaba trabajando desde su tercer año de universidad, hacía ya doce.

Había ido a Derry para escribir un artículo sobre el canal para el New England Byways, una publicación quincenal que aparecía en Concord. Adrian Mellon había aceptado el encargo porque así podía sacarle al Byways dinero para tres semanas, incluyendo una bonita habitación en el Derry Town House, y reunir todo el material necesario en cinco días. Dedicaría las otras dos semanas a reunir material para tres o cuatro artículos regionales más.

Pero en ese período conoció a Don Hagarty y en vez de volver a Portland al terminar las tres semanas, buscó un pequeño apartamento en una calle discreta. Sólo residió allí seis semanas antes de irse a vivir con Don Hagarty.

8.
Ese verano, dijo Hagarty a Harold Gardener y a Jeff Reeves, fue para Adrian el más feliz de su vida. Habría debido saberlo, dijo, habría debido saber que, si Dios tiende una alfombra a personas como él, es sólo para quitársela repentinamente de bajo los pies.
La única sombra, dijo, era el extraño apego que Adrian sentía por Derry. Tenía una camiseta con la leyenda "Maine es bonito. Derry es ¡genial!" Y una chaqueta del equipo los Tigres de Derry, del instituto local. Y el sombrero, por supuesto. Hagarty aseguraba que esa atmósfera le resultaba vital y vigorizantemente creativa. Tal vez había algo de cierto en eso, pues Adrian había sacado la novela, que languidecía en un baúl, por primera vez en casi un año.

—Entonces, ¿era cierto que estaba trabajando en ella? –preguntó Gardener a Hagarty; en realidad no le importaba pero quería que siguiera hablando.

—Sí. Escribió página tras página. Tal vez fuera una novela horrible, pero al menos no sería horrible e inconclusa. Esperaba terminarla para el cumpleaños de Adrian, en octubre. Él no sabía, por supuesto, cómo es Derry. Creía saberlo, pero no había vivido aquí el tiempo suficiente para verle la verdadera cara. Yo trataba de advertirle, pero él no me prestaba atención.

—¿Y cuál es la verdadera cara de Derry, Don? –preguntó Reeves.

—Se parece a una ramera muerta con el culo lleno de gusanos –dijo Don Hagarty.

Los dos policías lo miraron sorprendidos.

—Es un lugar malo –prosiguió Hagarty–. Una cloaca. ¿Van a decirme que ustedes no lo saben? ¿Han pasado aquí toda la vida y no lo saben?

Ninguno de ellos respondió. Luego, Hagarty siguió hablando.

9.
Hasta la aparición de Adrian Mellon en su vida, Don siempre había pensado en marcharse de Derry. Llevaba tres años allí. Había alquilado un apartamento con una estupenda vista al río, pero el contrato estaba por vencer y Don se alegraba. Se acabarían los largos viajes de ida y vuelta a Bangor. Y las vibraciones extrañas. Una vez le dijo a Adrian que en Derry siempre se sentía como si fueran las veinticinco horas. A Adrian podía parecerle una ciudad estupenda, pero a Don le daba miedo. No sólo por la cerrada fobia contra los homosexuales, actitud expresada tanto en los sermones del predicador como en las leyendas pintarrajeadas en Bassey Park. Adrian se había echado a reír.

—En toda ciudad norteamericana, Don, hay personas que odian a los gays –dijo–. No me digas que lo ignoras. Después de todo, estamos en la era de Ronnie Haron y Phyllis Housefly.

—Acompáñame a Bassey Park –respondió Don, al ver que Adrian creía que Derry era como cualquier otra ciudad del país–. Quiero mostrarte algo.

Fueron en el coche a Bassey Park. Eran los últimos días de la primavera, un mes antes de que asesinaran a Adrian, dijo Hagarty a los policías. Llevó a su amigo hasta las sombras oscuras y de un olor vagamente desagradable del Puente de los Besos. Señaló una de las pintadas. Adrian tuvo que encender una cerilla y arrimarse para leerla.

"Enséñame la polla, marica y te la cortaré."

—Sé lo que piensa la gente acerca de los homosexuales –dijo Don–. En Dayton, cuando era adolescente, me dieron una paliza en una parada de camioneros. En Portland, unos tipos prendieron fuego a mis zapatos, ante una cafetería, mientras un policía gordo y culón se reía sentado en el coche patrulla. He visto muchas cosas, pero nunca algo tan bestia. Mira aquí, fíjate.

Encendió otra cerilla y leyeron:

"Clavos en los ojos a todos los maricas (en el nombre de Dios)"

—Quien sea el que escribe estas pequeñas homilías es un caso grave de demencia profunda. No me sentiría tan mal si supiera que se trata de una sola persona, de un enfermo aislado, pero... –Don señaló toda la longitud del puente con un vago ademán del brazo–. Hay muchas cosas como éstas... y no creo que las haya escrito una sola persona. Por eso quiero marcharme de Derry, Adri. Hay demasiados lugares y demasiada gente aquí que parecen afectados de demencia profunda.

—Bueno, espera a que termine mi novela, ¿quieres? Por favor. Hasta octubre, nada más, te lo prometo. Aquí el aire es mejor.

"Adrián no sabía que el peligro estaba en el agua", dijo Don Hagarty, amargamente, a los policías.

10.
Tom Boutillier y el jefe Rademacher se inclinaron hacia adelante y aguzaron el oído. Chris Unwin, sentado con la cabeza gacha, hablaba monótonamente a un interlocutor invisible. Esa era la parte que les interesaba oír, la parte que enviaría a la cárcel a dos de esos salvajes.

—La feria era una mierda –dijo Unwin–. Ya estaban cerrando la montaña rusa, la batidora y los coches locos. Los únicos abiertos eran los juegos para niños. Así que seguimos caminando hasta que Telaraña vio el tiro al blanco y pagó cincuenta centavos y entonces vio un sombrero como el del marica y trató de acertarle, pero fallaba y fallaba y cada vez se ponía peor, ¿sabe? Y Steve es el que se pasa diciendo tranquilo y por qué coño no te tranquilizas, ¿sabe? Pero esa noche estaba insoportable, porque tomó esa píldora, ¿sabe? No sé qué píldora. Una roja; a lo mejor hasta legal. Pero la tenía tomada con Telaraña. Yo pensé que Telaraña le iba a pegar, ¿sabe? Le decía: No sirves ni para ganar ese sombrero de marica, tienes que ser muy malo para no ganar ni ese sombrero de marica. Al final, la señora le dio un premio, aunque no había acertado, creo que para que nos fuéramos. No sé. A lo mejor no. Pero creo que sí. Era una de esas cosas que hacen ruido, ¿sabe? Uno sopla y eso se infla y se desenrolla y hace un ruido como de pedo, ¿sabe?. Yo tenía uno que me regalaron por Navidad o por Reyes o algo así y me gustaba mucho, pero lo perdí. O a lo mejor alguien me lo birló en esa mierda de escuela, ¿sabe? Bueno, cuando la feria estaba por cerrar, Steve seguía con el rollo de que Telaraña no era capaz de ganar un sombrero de marica, ¿sabe? Y Telaraña no decía nada y me di cuenta de que era mala señal, pero no sabía qué hacer, ¿sabe? Quería cambiar de conversación, pero no se me ocurría nada. Cuando fuimos al aparcamiento, Steve dijo: ¿Adónde queréis ir, a casa? Y Telaraña: Pasemos primero por el Falcon, a ver si ese marica está por ahí.
Boutillier y Rademacher cambiaron una mirada. Boutillier levantó un dedo y se dio unos golpecitos en la mejilla. Aunque aquel tonto de las botas con flecos no lo sabía, estaba hablando de asesinato en primer grado.

—Y yo que no, que tengo que ir a casa, y Telaraña que si me da miedo pasar por el bar de los maricas. Entonces le digo: ¡No, qué coño! Y Steve, que todavía está con esa píldora, dice: ¡Vamos a hacer puré de marica, vamos a hacer puré de marica!

11.
Las cosas se combinaron de manera que todo salió mal para todo el mundo. Adrian Mellon y Don Hagarty salieron del Falcon después de tomar un par de cervezas, pasaron junto a la terminal de autobuses y se cogieron de la mano. Ninguno de los dos reparó en lo que hacía; era, simplemente, una costumbre. Por entonces eran las diez y media. Llegaron a la esquina y giraron a la izquierda.

El Puente de los Besos distaba setecientos u ochocientos metros de allí, río arriba; ellos pensaban cruzar por el puente de Main Street, menos pintoresco. El Kenduskeag estaba bajo, como todos los veranos; no había más de un metro veinte de agua corriendo, inquieta, por entre las columnas de cemento.

Cuando el Duster se les adelantó (Steve Dubay los había visto salir del Falcon), estaban en el borde del vado.

—¡Para! –aulló Telaraña Garton. Los dos hombres acababan de pasar bajo una lámpara y él vio que iban de la mano. Eso lo enfureció... pero no tanto como ese sombrero. La flor de papel se meneaba locamente–. ¡Para, maldición!

Y Steve obedeció.

Chris Unwin negaría su participación activa en lo que siguió, pero Don Hagarty contaba otra cosa. Según dijo, Garton había bajado del automóvil casi antes de que éste se detuviera; los otros dos lo siguieron de inmediato. Esa noche, Adrian no trató de mostrarse descarado ni falsamente coqueto; se daba cuenta de que estaban metidos en un lío.

—Dame ese sombrero –dijo Garton–. ¿No me has oído, marica?

—Si te lo doy, ¿nos dejarás en paz? –Adrian jadeaba de miedo. Casi llorando, paseaba la mirada entre Unwin, Dubay y Garton, aterrorizado.

—¡Dámelo, coño!

Adrian se lo entregó. Garton sacó una navaja del bolsillo y lo cortó en dos. Después de frotarse los trozos contra el fondillo de los vaqueros, los dejó caer y los pisoteó.

Don Hagarty retrocedió un poco, mientras los muchachos repartían su atención entre Adrian y el sombrero, tratando de divisar un policía.

—Bien, ¿nos dejas en...? –comenzó Adrian.

Fue entonces cuando Garton lo golpeó en la cara arrojándolo contra la barandilla del puente, que le llegaba a la cintura. Adrian gritó, llevándose las manos a la boca ensangrentada.

—¡Adri! –gritó Hagarty.

Dubay le puso una zancadilla y Garton le asestó una patada en el estómago, arrojándolo a la calzada. Pasó un automóvil. Hagarty se incorporó sobre las rodillas y gritó pidiendo ayuda. No aminoró la marcha. Según dijo a Gardener y Reeves, el conductor ni siquiera volvió la cabeza.

—¡Cállate, marica! –dijo Dubay y le dio una patada en la cara.

Hagarty cayó de lado contra la alcantarilla, semiinconsciente. Pocos instantes después, oyó la voz de Chris Unwin; le decía que se fuera si no quería recibir lo mismo que su amigo. En su propia declaración, Unwin confirmó haber hecho esa advertencia.

Hagarty oyó golpes sordos y gritos de su amante. Adrian parecía un conejo cogido en una trampa, dijo a la policía. Él se arrastró hacia la esquina, hacia las luces de la terminal de autobuses. Cuando estuvo a cierta distancia, se volvió a mirar.

Adrian Mellon, que medía poco más de metro sesenta y pesaba sesenta kilos, pasaba de Garton a Dubay y de Dubay a Unwin, en una especie de juego a tres bandas. Parecía un muñeco de trapo. Lo estaban moliendo a puñetazos, desgarrándole las ropas. Garton le golpeó en la entrepierna. De la boca le brotaba sangre, empapándole la camisa. Telaraña Garton llevaba dos gruesos anillos en la mano derecha: uno era de la secundaria de Derry; en el otro, que había hecho en la clase de taller, sobresalían las letras D. B. Eran las iniciales de Dead Bugs, un conjunto de heavymetal que él admiraba. Los anillos habían partido el labio superior de Adrian destrozándole tres dientes.

—¡Socorro! –chilló Hagarty–. ¡Socorro, socorro! ¡Lo están matando!

Los edificios de Main Street permanecían a oscuras. Nadie acudió a ayudarlo, ni siquiera de la única isla de luz blanca que señalaba la terminal de autobuses. Hagarty no lo entendió: allí había gente. Él la había visto al pasar con Adri. ¿Era posible que nadie acudiese en su ayuda? ¿Nadie en absoluto?

—¡Socorro, Socorro! ¡Lo están matando, socorro, por el amor de Dios!

—Socorro –susurró una voz muy baja, a la izquierda de Don Hagarty... y luego oyó una risita.

—¡Al agua! –chillaba Garton en ese momento. Los tres habían estado riendo mientras castigaban a Adrian–. ¡Al agua con este marrano!

—¡Al agua, al agua, al agua! –repitió Dubay, riendo.

—Socorro –volvió a decir la vocecita. Y aunque sonaba grave, se repitió aquella risita aguda. Era como la voz de un niño que no puede contenerse.

Hagarty bajó la vista y vio al payaso. Fue en ese punto cuando Gardener y Reeves comenzaron a dudar de cuanto Hagarty decía, pues el resto fue un delirio de lunático. Más tarde, sin embargo, Harold Gardener vaciló. Al descubrir que el muchacho Unwin también había visto a un payaso (al menos, eso decía), tuvo sus dudas. Su compañero no las tuvo; al menos, jamás las reconoció.
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