Dedico este libro a mis hijos. Mi madre y mi esposa me enseñaron a ser un hombre. Mis hijos me enseñaron a ser libre




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"El payaso –dijo Hagarty–, parecía una mezcla de Ronald Mcdonald y Bozo, aquel viejo payaso de la tele"; al menos, eso pensó en un principio. Eran los mechones color naranja los que le llevaban a esa comparación. Pero más tarde, al pensarlo mejor, se dijo que el payaso no se parecía a ninguno de aquellos dos. La sonrisa pintada sobre el maquillaje blanco no era color naranja sino rojo, y sus ojos despedían un extraño brillo plateado. Lentes de contacto, quizá... Pero una parte de él había pensado entonces, y seguía pensando, que tal vez aquellos ojos eran realmente color de plata. Llevaba un traje abolsado, con grandes botones color naranja. En las manos llevaba guantes de caricatura.

—Si necesitas ayuda, Don –dijo el payaso–, puedes coger un globo.

Y le ofreció el manojo que tenía en una mano.

—Flotan –dijo–. Aquí abajo todos flotamos. Muy pronto, tu amigo también flotará.

12.
—Conque ese payaso lo llamó por su nombre –dijo Jeff Reeves con tono inexpresivo.

Miró a Harold Gardener, por sobre la cabeza inclinada de Hagarty, y guiñó un ojo.

—Sí –confirmó Hagarty sin levantar la vista–. Adelante, pueden pensar que estoy loco.

13.
—Entonces lo arrojaste al agua –dijo Boutillier.

—¡Yo no! –replicó Unwin, levantando la vista. Se apartó el pelo de los ojos y los miró con ansiedad–.

Cuando vi que lo decían en serio, traté de apartar a Steve. Temí que el marica se hiciese daño. Hasta el agua hay unos tres metros.

Había seis metros noventa. Uno de los hombres de Rademacher ya había tomado la medida.

—Pero Telaraña estaba fuera de sí. Los dos seguían gritando: ¡Al agua, al agua! Y lo levantaron. Telaraña lo sostenía por los brazos y Steve por el culo, y... y...

14.

Cuando Hagarty vio lo que intentaban hacer corrió hacia ellos, gritando a todo pulmón:

—¡No, no, no!

Chris Unwin le dio un empujón y Hagarty cayó al suelo.

—¿Quieres ir al agua tú también? –susurró–. ¡Mejor vete de aquí!

A continuación arrojaron a Adrian Mellon por el puente.

—¡Larguémonos! –exclamó Steve Dubay.

Él y Webby ya retrocedían hacia el automóvil. Chris Unwin se acercó a la barandilla para mirar. Vio a Hagarty bajar resbalando por el terraplén de hierbas y sembrado de basura, hacia el agua. Luego vio al payaso. El payaso estaba sacando a Adrian por el otro lado, con un brazo; en la otra mano sostenía los globos. Adrian gemía empapado y sofocado. El payaso volvió la cabeza hacia chris con una amplia sonrisa. Chris le vio los ojos plateados, brillantes, y los dientes. Dientes grandes, dijo.

—Como los del león del circo –dijo–. Es decir, así de grandes.

Entonces vio al payaso tirar de un brazo de Adrian Mellon, hasta pasárselo por encima de los hombros.

—¿Y entonces, Chris? –dijo Boutillier.

Esa parte lo aburría. Los cuentos de hadas lo aburrían desde los ocho años.

—No sé –dijo Chris–. Porque en ese momento Steve me agarró y me empujó hacia el coche. Pero... creo que le mordió el sobaco. –Volvió a levantar la vista, inseguro–. Creo que le mordió el sobaco. Como si quisiera comérselo... Como si quisiera comerle el corazón.

15.
No ocurrió así, dijo Hagarty, cuando le dieron a leer la declaración de Chris Unwin. El payaso no había arrastrado a Adri hasta la ribera contraria; al menos él no lo había visto. Y podía asegurar que a esas alturas había sido algo más que un observador imparcial. A esas alturas estaba fuera de sí, qué demonios.

El payaso, dijo, estaba de pie cerca de la ribera opuesta con el cuerpo chorreante de Adrian entre los brazos. El brazo derecho de Adri asomaba, tieso, por detrás de la cabeza del payaso. Y era cierto que la cara del payaso estaba contra la axila derecha de Adri, pero no lo mordía: estaba sonriendo. Hagarty le vio mirar por debajo del brazo de su amigo y sonreír.

El payaso estrujó los brazos de Adrian y Hagarty oyó un crujir de costillas.

Adri gritó.

—Flota con nosotros, Don –dijo el payaso, con su boca roja y sonriente.

Y entonces señaló con una mano enguantada hacia debajo del puente.

Allí flotaban globos: no diez ni cien sino miles, rojos, azules, verdes, amarillos. Y en cada uno se leía: ¡I "corazón pintado" Derry!


16.
—Bueno, parece que había muchos globos –dijo Reeves, dedicando otro guiño a Harold Gardener.

—Puede pensar lo que quiera –reiteró Hagarty con la misma voz cansina.

—Y usted vio todos esos globos –dijo Gardener.

Don Hagarty levantó lentamente las manos delante de su cara.

—Los vi con tanta claridad como veo mis dedos en este momento. Miles de globos. Ni siquiera se podían ver los pilares del puente. Ondulaban un poco y parecían saltar. Se oía un ruido. Un ruido extraño, grave y chirriante, que hacían al frotarse entre sí. Y cordeles. Había una selva de cordeles blancos colgando. Parecían blancas hebras de telaraña. El payaso llevó a Adri allí abajo. Vi cómo su traje rozaba aquellos cordeles. Adri emitía unos ruidos horribles, como si se ahogara. Eché a andar hacia él... y el payaso volvió la cabeza. Entonces le vi sus ojos y de inmediato comprendí quién era.
—¿Quién era, Don? –preguntó Harold Gardener suavemente.

—Era Derry –dijo Don Hagarty–. Era esta ciudad.

–¿Y qué hizo usted entonces? –quiso saber Reeves.

—Eché a correr–respondió Hagarty. Y prorrumpió en lágrimas.

17.
El 13 de noviembre, un día antes de que John Garton y Steven Dubay fueran juzgados en el tribunal de Derry por el asesinato de Adrian Mellon, Harold Gardener fue a ver a Tom Boutillier, fiscal auxiliar. Quería hablar de ese payaso.

—No había ningún payaso, Harold. Los únicos payasos, esa noche, eran esos tres muchachos. Lo sabes tan bien como yo.

—Pero hay dos testigos...

—Oh, tonterías. Unwin decidió sacar a relucir al Manco, con lo de "nosotros no matamos al marica, fue el manco", cuando advirtió que se había metido en un buen lío. En cuanto a Hagarty, estaba histérico. Había visto morir a su mejor amigo. No me sorprendería que hubiese visto ovnis.

Pero Boutillier tenía otras ideas. Gardener se lo leyó en los ojos. Que el fiscal auxiliar esquivara la responsabilidad lo irritó.

—Vamos –dijo–. Estamos hablando de dos testigos independientes. No me vengas con basura.

–Ah, ¿quieres que hablemos de basura? ¿Vas a decirme que crees en la existencia de un payaso vampiro bajo el puente de Main Street? Eso sí que es basura.

—Bueno, no es eso lo que quiero decir, pero...

—¿O que Hagarty vio un billón de globos, todos con la misma leyenda que llevaba su amante en el sombrero? Porque eso también es basura.

—No, pero...

—Entonces, ¿para qué le das vueltas a todo esto?

—¡Deja de interrogarme a mi! –rugió Gardener–. ¡Los dos describieron lo mismo, y ninguno de ellos sabía lo que el otro estaba diciendo!

Boutillier estaba sentado a su escritorio jugando con un lápiz. En ese momento, dejó el lápiz, se levantó y se acercó a Harold Gardener. Aunque medía doce centímetros menos, Gardener retrocedió un paso.

—¿Quieres perder el caso, Harold?

—No, por sup...

—¿Quieres que esos mierdas salgan en libertad?

—¡No! ,

—Bien. Ya que estamos de acuerdo en lo básico, te diré exactamente lo que pienso. Sí, probablemente había un hombre bajo el puente aquella noche. Tal vez hasta sea cierto que vestía de payaso, pero creo que era un simple borracho o un vagabundo vestido con harapos. Probablemente estaba allí buscando monedas caídas o restos de comida. Sus ojos hicieron el resto, Harold. ¿No crees que eso sí es posible?

—No lo sé –dijo Harold. Quería dejarse convencer, pero dada la exactitud de las dos descripciones... no. No lo creía posible.

—Y aquí vamos al fondo del asunto. Si introducimos a ese individuo en el caso, el abogado defensor se agarrará a eso con uñas y dientes. Dirá que esos dos inocentes corderitos sólo arrojaron a ese homosexual de Mellon desde el puente para jugar. Y señalará que Mellon todavía estaba con vida después de la caída; para eso cuenta con el testimonio de Hagarty y de Unwin.

Sus clientes no cometieron asesinato, ¡oh, no! Era un psicópata vestido de payaso. Si introducimos esto, es lo que va a pasar. Y tú lo sabes.

—De todos modos, Unwin hablará de eso.

—Pero Hagarty no –dijo Boutillier–. Porque él sí entiende. Y si Hagarty no lo confirma, ¿quién va a creer a Unwin?

—Bueno, para eso estamos nosotros –repasa Harold Gardener con una amargura de la que él mismo se sorprendió–. Pero supongo que no diremos nada.

—¡No la tomes conmigo! –replicó Boutillier levantando las manos–. ¡Ellos lo mataron! No se limitaron a arrojarlo desde el puente. Garton llevaba una navaja. Mellon recibió siete puñaladas, una de ellas en el pulmón izquierdo y dos en los testículos. Las heridas coinciden con el arma. Tenía cuatro costillas rotas; eso lo hizo Dubay con un abrazo de oso. Tenía mordeduras en los brazos, en la mejilla izquierda y en el cuello; creo que eso fue obra de Unwin y Garton, aunque sólo coincide y probablemente no sirva como prueba. Y sí, faltaba un gran trozo de carne en la axila derecha. ¿Y qué? A alguno de ellos le gustaba morder de veras. Probablemente se excitó al hacerlo. Apostaría a que fue Garton, aunque jamás podremos probarlo. Y faltaba el lóbulo de una oreja.

Boutillier se interrumpió fulminando a Harold con la mirada.
—Si dejamos que aparezca esa historia del payaso, será imposible encarcelarlos. ¿Eso es lo que deseas?

—El tipo era un marica, pero no hacía daño a nadie –agregó Boutillier–. Y esas tres lacras sociales, con sus botas militares, le quitaron la vida. Los quiero en la cárcel, amigo. Y si me entero de que les dan por el culo en Thomaston, les enviaré una tarjeta diciéndoles que ojalá les hayan contagiado el sida.

"Muy impresionante –pensó Gardener–. Y esas condenas quedarán muy bien en tu currículum cuando te presentes para fiscal de distrito dentro de dos años."

Pero se marchó sin decir más, porque él también quería verlos entre rejas.

18.
John Webber Garton fue declarado culpable de homicidio en primer grado y sentenciado a una pena de diez a veinte años en el presidio de Thomaston.

Steven Bishoff Dubay, convicto de homicidio en primer grado, recibió una condena de quince años en la cárcel de Shawshank.

Christopher Philip Unwin fue juzgado aparte, como delincuente juvenil y declarado culpable de homicidio en segundo grado. Fue sentenciado a seis meses en el correccional de South Windham, y quedó en libertad provisional.

Las tres sentencias fueron recurridas. A Garton y a Dubay se les puede ver, en un día cualquiera, mirando a las chicas o paseando por Bassey Park, no lejos del sitio donde apareció el cadáver desgarrado de Mellon, flotando contra uno de los pilares, bajo el puente de Main Street.

Don Hagarty y Chris Unwin abandonaron la ciudad.

En el juicio principal, el de Garton y Dubay, nadie mencionó la existencia de un payaso.

III. Seis llamadas telefónicas.
1. (1985) Astanley Uris toma un baño.
Patricia Uris diría más tarde a su madre que algo iba mal y ella debía haberlo sabido. Debía haberlo sabido, dijo, porque Stanley nunca se bañaba al anochecer. Tomaba una ducha por la mañana temprano y, a veces, un largo baño de inmersión por la noche con una revista en una mano y una cerveza fría en la otra. Pero los baños a las siete de la tarde no eran su estilo.

Además, estaba aquello de los libros. Stanley tendría que haber quedado encantado con eso; sin embargo, por algún motivo que ella no llegaba a comprender, parecía preocupado y deprimido. Unos tres meses antes de aquella noche terrible, Stanley había descubierto que un amigo de su infancia era escritor, pero no escritor de verdad, dijo Patricia a su madre, sino novelista. El nombre escrito en los libros era William Denbrough, pero Stanley solía referirse a él con el apodo de Bill el Tartaja. Había leído casi todos los libros de ese hombre. Aquella noche, la noche del baño, estaba leyendo el último. Era el 28 de mayo de 1985. También Patty había cogido uno de esos libros, por pura curiosidad, sólo para dejarlo después de tres capítulos.

No era simplemente una novela, dijo a su madre más adelante, era deterror. Lo dijo exactamente así, en una sola palabra, como habría dicho desexo. Patty era una mujer dulce y bondadosa pero no se expresaba demasiado bien; habría querido contar lo mucho que el libro la había asustado y por qué la inquietaba tanto, pero no pudo. "Estaba lleno de monstruos –dijo–. Lleno de monstruos que perseguían a los niños. Había asesinatos y... no sé... sentimientos desagradables, sufrimientos Cosas así." En realidad, le había parecido casi pornográfico. Esa palabra se le escapaba, probablemente porque no sabía lo que significaba. "Pero Stan tenía la sensación de haber redescubierto a un amigo de la infancia... Habló de escribirle, pero yo sabía que no lo haría jamás... Sabía que esas novelas lo habían puesto mal a él también... y... y..."

Y entonces Patty Uris se echó a llorar.

Esa noche, cuando apenas faltaban seis meses para cumplirse veintiocho años desde aquel día de 1957 en que George Denbrough había conocido al payaso Pennywise, Stanley y Patty estaban sentados en la salita de su casa, en un suburbio de Atlanta, con el televisor encendido. Patty, sentada en el sofá frente al aparato, repartía su atención entre un montón de ropa para repasar y Family Feud, el programa de juegos que tanto le gustaba. Adoraba a Richard Dawson, el presentador. La cadena de su reloj le parecía sumamente sexy, aunque no lo habría admitido ni en el potro de tortura. También le gustaba el programa porque casi siempre adivinaba las respuestas más populares. (En Family Feud "Nombre que dan los judíos a los que no pertenecen a su raza o religión. Family Feud es un programa de la televisión norteamericana similar al que se emite en algunos países hispanos con los nombres de Todo queda en casa o Juguemos en familia (N. de la T.)" no había respuestas acertadas, había que adivinar las más frecuentes.) Una vez había preguntado a Stan por qué a las familias del programa les resultaba tan difícil adivinar las respuestas cuando a ella le resultaba tan fácil. "Ha de ser más difícil cuando estás allí, bajo los reflectores –sugirió Stanley, y ella tuvo la sensación de que le cruzaba una sombra por la cara–. Todo es mucho más difícil cuando es real. Es entonces cuando te ahogas. Cuando es real."

Patty decidió que él debía de tener razón. A veces, Stanley era muy agudo en cuanto a la naturaleza humana. Mucho más que su viejo amigo, William Denbrough, que se había hecho rico escribiendo un montón de libros deterror, que apelaban a lo más bajo de la naturaleza humana.

¡Pero a los Uris no les iba nada mal, por cierto! El barrio donde vivían era de los elegantes. La casa que había comprado en 1979 por 87.000 dólares se podía vender rápidamente por 165.000. Ella no tenía ningún interés en vender, pero siempre convenía saber ese tipo de cosas. A veces, cuando volvía del supermercado en su Volvo (Stanley tenía un Mercedes diesel) y veía su casa, elegantemente retirada tras el seto de tejos, pensaba: "¿Quién vive aquí? ¡Vaya, si soy yo, la señora Uris!"

Pero la idea no la hacía del todo feliz; a ella se mezclaba un orgullo tan feroz que a veces la inquietaba. En otros tiempos, después de todo, había existido una muchacha de dieciocho años llamada Patricia Blum, a quien se le había negado la admisión a la fiesta de graduación en un club campestre de Glointon, Nueva York. Se le había negado la admisión, naturalmente, porque su apellido era judío. Y eso era ella en 1967: sólo una pequeña judía delgaducha. Claro que esas discriminaciones eran ilegales, jajajá, y todo eso era cosa pasada.

Pero, para una parte de ella, jamás sería cosa pasada. Una parte de ella caminaría siempre de regreso hacia el automóvil, con Michael Rosenblatt, oyendo el crujir de la grava bajo sus zapatos rumbo al coche que Michael había pedido prestado al padre por esa noche y que había abrillantado durante toda la tarde. Una parte de ella caminaría siempre junto a Michael, que llevaba esmoquin blanco alquilado; ¡cómo brillaba en la suave noche de primavera! Ella lucía un vestido largo verde pálido con el que, según su madre, parecía una sirena. Y la idea de ser una sirena judía era bastante divertida, jajajá. Caminaban con la cabeza en alto y ella no había llorado. Pero comprendía que no caminaban, no, nada de eso; iban escurriéndose como seres sórdidos, sintiéndose más judíos que nunca, sintiéndose prestamistas, viajeros en coches de ganado, aceitosos, narigones, cetrinos, sintiéndose la caricatura de un judío. Querían sentir rabia y no podían. La rabia sólo vino después, cuando ya no importaba. En ese momento, ella sólo sintió vergüenza y dolor. Y alguien rió. Fue una risa aguda, penetrante, como un veloz correr de notas en un piano. En el automóvil sí pudo llorar, claro que sí: la sirena judía llorando como una loca. Mike Rosenblatt había apoyado una mano torpe y consoladora en su nuca, pero ella lo había apartado sintiéndose avergonzada, sucia, judía.
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