Dedico este libro a mis hijos. Mi madre y mi esposa me enseñaron a ser un hombre. Mis hijos me enseñaron a ser libre




descargar 5.14 Mb.
títuloDedico este libro a mis hijos. Mi madre y mi esposa me enseñaron a ser un hombre. Mis hijos me enseñaron a ser libre
página6/138
fecha de publicación13.09.2016
tamaño5.14 Mb.
tipoDocumentos
med.se-todo.com > Ley > Documentos
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   138

La casa, tan elegantemente retirada tras los setos de tejos, mejoraba un poco aquello... pero no del todo. Aún estaban allí el dolor y la vergüenza. Ni siquiera la aceptación de ese vecindario elegante y adinerado borraba aquella interminable caminata, con el crujir de la gravilla bajo sus zapatos. Ni siquiera el hecho de ser miembros de ese club campestre, donde el jefe de camareros los saludaba siempre con sereno respeto: "Buenas noches, señor Uris, señora." Llegaba a su casa, acunada por su Volvo 1984, y la contemplaba en medio de los prados verdes. Y con frecuencia (tal vez con demasiada frecuencia) recordaba aquella risa aguda. Ojalá la muchacha que había reído así estuviera viviendo en una casita miserable, con un esposo goyimz que le pegara, que hubiera abortado tres veces, que su marido la engañara con mujeres enfermas, que tuviera hernia de disco, pies planos y quistes en su puerca lengua simuladora.

Se odiaba a sí misma por esos pensamientos tan poco caritativos y prometía corregirse, dejar de beber esos amargos cócteles de hiel. Pasaba meses enteros sin pensar en esas cosas. Entonces se decía: "Tal vez todo eso ha quedado atrás, finalmente. Ya no soy aquella muchacha de dieciocho años. Soy una mujer de treinta y seis. La muchacha que oía el interminable crujir de la gravilla en ese camino, la que se apartó de Mike Rosenblatt cuando él trató de consolarla porque lo hacía con mano de judío, existió hace media vida. Esa sirenita tonta ha muerto. Ahora puedo olvidarla y ser simplemente yo misma." Muy bien, perfecto. Magnífico. Pero entonces, estando en cualquier parte (en el supermercado, por ejemplo), oía una risa súbita en el otro pasillo y la piel se le erizaba, los pezones se le ponían duros, dolorosos, y apretaba las manos a la barra del carrito o se las retorcía pensado: "Alguien acaba de decirle a alguien que soy judía, que no soy sino una judía narigona, que Stanley no es sino un judío narigón. Es contable, claro, los judíos tienen cabeza para los números. Tuvimos que dejarlos entrar en el club campestre en 1981, cuando ese ginecólogo narigón nos ganó el juicio, pero nos reímos de ello; oh, cómo reímos." Oía entonces el crepitar de la gravilla fantasmal y pensaba: "¡Sirena, sirena!"

Entonces el odio y la vergüenza volvían en tropel como una migraña y ella desesperaba, no sólo de ella misma sino de toda la raza humana. Hombres–lobo. El libro de Denbrough, el que ella había dejado sin leer, trataba de hombres–lobo. ¿Qué podía saber de hombres–lobo un hombre como ése?

Sin embargo, casi siempre se sentía mejor. Sentía que ella era mejor. Amaba a su marido, amaba su casa y, habitualmente, podía amarse a sí misma y a su vida. Les iba bien. No siempre había sido así, por supuesto. Ante su compromiso con Stanley, sus padres se habían sentido a un tiempo enfadados y tristes. Lo había conocido en una fiesta del club universitario. Stanley había llegado desde la Universidad de Nueva York, en la que era becario. Los había presentado un amigo común y al final de la velada ella tuvo la sospecha de que se había enamorado de él. Hacia las vacaciones de invierno, ya estaba segura. Cuando llegó la primavera y Stanley le ofreció un pequeño anillo de brillantes al que había ensartado una margarita, ella lo aceptó.

Al final, a pesar de sus reparos, los padres también habían acabado por aceptarlo. No les quedaba otro remedio, aunque Stanley Uris pronto entraría en un mercado laboral atestado de jóvenes contables... sin respaldo financiero familiar y con la única hija de los Blum como rehén. Pero Patty tenía veintidós años, ya era una mujer y pronto acabaría la carrera.

—Me pasaré la vida manteniendo a ese maldito cuatro ojos –oyó decir a su padre una noche en que volvía achispado después de haber ido a cenar con la madre.

—Chist, te oirá –dijo Ruth Blum.

Esa noche, Patty permaneció despierta hasta mucho después de medianoche, con los ojos secos, sintiendo frío y calor alternativamente, odiándolos a los dos. Los dos años siguientes intentó liberarse de ese odio ya tenía demasiado odio dentro de sí. A veces, al mirarse en el espejo, descubría lo que todo eso estaba haciendo en su cara, las arrugas que dibujaba allí. Fue una batalla de la que salió vencedora con la ayuda de Stanley.

Los padres de él también estaban preocupados por la boda. Naturalmente, no creían que Stanley estuviera destinado a vivir en la pobreza y la miseria, pero pensaban que los chicos se estaban precipitando. Donald Uris y Andrea Bertoly también se habían casado con veinte o veintidós años, pero parecían haberlo olvidado.

Sólo Stanley parecía seguro de sí, lleno de fe en el futuro y libre de preocupaciones por las trampas mortales que los padres veían sembradas en torno a "los chicos". Al final, esa confianza resultó más justificada que el miedo de ellos. En julio de 1972, cuando apenas se había secado la tinta en el diploma de Patty, ella consiguió un empleo como profesora de taquigrafía e inglés comercial en Traynor, una pequeña ciudad sesenta kilómetros al sur de Atlanta. Al pensar en el modo en que había obtenido el puesto, siempre le parecía un poco... bueno, misterioso. Había hecho una lista de cuarenta posibilidades sacadas de los avisos en los periódicos decentes. Luego escribió cuarenta cartas en cinco noches pidiendo más información y formularios para solicitar empleo. Recibió veintidós respuestas indicando que el cargo ya estaba cubierto. En otros casos, la explicación más detallada de los requisitos indicaba que presentar una solicitud sería sólo una perdida de tiempo. al final se encontró con doce posibilidades, bastante parecidas entre sí. Mientras las estudiaba, preguntándose si podría rellenar doce solicitudes sin volverse loca, entró Stanley. Miró los papeles sembrados en la mesa y dio un golpecito sobre la carta de "Academias Traynor", respuesta que ella no había considerado más prometedora que las otras.

—Aquí –dijo. Ella levantó los ojos, sobresaltada por la certeza de su voz.

—¿Sabes de Georgia algo que yo ignore?

—No. Nunca estuve allí como no fuera a través del cine.

Patty lo miró arqueando una ceja.

—Lo que el viento se llevó. Vivien Leigh, Clark Gable. "Lo pensaré mañana, porque mañana será otro día" –dijo, en una mala imitación de acento sureño–. ¿No parezco recién llegado del Sur, Patty?

—Sí, del sur del Bronx. Si no sabes nada de Georgia y nunca has estado allí, ¿por qué...?

—Porque está bien.

—No es posible que lo sepas, Stanley.

—Claro que es posible –dijo él con naturalidad–. Lo sé.

Al mirarlo, ella comprendió que no era broma. Stan hablaba en serio. Y Patty sintió un estremecimiento en la espalda.

—Pero ¿cómo lo sabes?

Él estaba sonriendo, pero en ese momento vaciló como perplejo. Sus ojos se habían oscurecido; parecía mirar hacia dentro consultando algún artefacto interior que funcionaba correctamente pero que él comprendía tan poco como el funcionamiento de su reloj.

—La tortuga no pudo ayudarnos –dijo, de pronto.

Lo dijo con toda claridad. Ella lo oyó. Esa mirada hacia dentro, esa expresión cavilosa y sorprendida, todavía estaban en su cara. Y comenzaban a asustarla.

—Stanley, ¿de qué estás hablando? ¿Stanley?

Él dio un respingo. Su mano golpeó el plato de melocotones que ella había comido mientras revisaba las solicitudes. El plato se rompió contra el suelo. Los ojos de Stan parecieron despejarse.

—¡Mierda! Perdona.

—No importa, Stanley. ¿De qué hablabas?

—Lo he olvidado –dijo él–. Pero creo que debemos pensar en Georgia, cariño.

—Pero...

—Confía en mí.

Y ella confió.

La entrevista fue un éxito. Al tomar el tren de regreso a Nueva York, Patty estaba segura de haber conseguido el empleo. El director de personal le había cobrado una simpatía instantánea y ella a él. Una semana después llegó la carta de confirmación. Academias Traynor le ofrecía nueve mil doscientos dólares y un contrato a prueba.

—Te vas a morir de hambre –dijo Herbert Blum cuando su hija le informó que pensaba aceptar el trabajo–. Y mientras te mueres de hambre, te morirás de calor.

—No te preocupes, Scarlett –dijo Stan, al enterarse de lo que había opinado el padre. Aunque Patty estaba furiosa, al borde de las lágrimas, empezó a reír como una chiquilla y él la estrechó en sus brazos.

Calor pasaron, sí, pero hambre no. Se casaron el 9 de agosto de 1972. Patty Uris llegó virgen al matrimonio. En un hotel de Poconos se deslizó, desnuda, entre las sábanas frescas, turbulenta y tormentosa, con relámpagos de deseo y deliciosa lujuria entre oscuras nubes de miedo. Cuando Stanley se metió en la cama, junto a ella, fibroso de músculos, el pene ardiendo entre el rojizo vello púbico, ella susurró:

—No me hagas daño, amor.

—Jamás te haré daño –dijo él, tomándola en sus brazos.

Fue una promesa que respetó fielmente hasta el 28 de mayo de 1985, la noche del baño.

A Patty le fue bien en su trabajo de profesora. Stanley consiguió trabajo de chófer en una panadería por cien dólares a la semana. Y en noviembre de ese año, cuando se inauguró el Centro Comercial Traynor, consiguió trabajo en las oficinas por ciento cincuenta. Entre los dos ganaban diecisiete mil dólares al año. Les parecía un ingreso de reyes por aquellos tiempos en que la vida era tan barata.

En marzo de 1973, Patty Uris dejó de tomar anticonceptivos. En 1975, Stanley renunció a su empleo para instalarse por cuenta propia. Los cuatro consuegros coincidieron en que era un error. No porque Stanley hiciera mal en querer trabajar por cuenta propia, sino porque era demasiado prematuro y echaba demasiada carga financiera sobre Patty. ("Al menos, hasta que ese tonto la deje embarazada –dijo Herbert Blum a su hermano después de pasar la noche bebiendo en la cocina–, y entonces me tocará a mí mantenerlos".) La opinión de los consuegros era que el hombre no debe pensar en independizarse profesionalmente hasta que haya llegado a una edad más serena y madura: setenta y ocho años, más o menos.

Una vez más, Stanley parecía casi sobrenaturalmente confiado. Era joven, simpático, inteligente y capaz. En su trabajo anterior había hecho buenos contactos. Todas esas cosas eran premisas básicas. Lo que él no podía haber previsto era que Corridor Video, una empresa pionera en el ramo, estaba a punto de establecerse en un enorme solar, a menos de quince kilómetros del suburbio donde vivían los Uris. Tampoco podía saber que Corridor buscaría un investigador de mercado independiente, a menos de un año de haberse establecido en Traynor. Y aun menos que darían el trabajo a un joven judío de anteojos, sonrisa fácil, andar bamboleante, aficionado a los vaqueros en sus días libres y con los últimos fantasmas de acné juvenil en la cara. Sin embargo, así fue. Como si Stan lo hubiese sabido desde el principio.

Su excelente trabajo para Corridor Video mereció un ofrecimiento: un cargo con dedicación completa en la empresa y un sueldo inicial de treinta mil dólares anuales.

—Y éste es sólo el comienzo –dijo Stanley a Patty, esa noche, en la cama–. Van a crecer como el maíz en verano, querida. Si nadie hace estallar el mundo de aquí a diez años, estarán arriba junto a Kodak, Sony y RCA.

—Y tu, ¿qué vas a hacer? –preguntó ella, aunque ya lo sabían.

—Les diré que es un placer trabajar para ellos.

Stan, riendo, la estrechó y la besó. Momentos más tarde estaba sobre ella y hubo orgasmos, como cohetes brillantes que ascendieran por el cielo de medianoche Pero no hubo hijo.

En su trabajo para Corridor Video estableció contactos con algunos de los hombres más ricos y poderosos de Atlanta. Les sorprendió a los dos descubrir que la mayoría de esos hombres eran buenas personas. Entre ellos encontraron un grado de aceptación y amabilidad casi desconocido en el Norte. Patty recordaba que Stanley, cierta vez, había escrito a sus padres: "Los mejores ricos de Norteamérica viven en Atlanta, Georgia. Voy a colaborar para que algunos de ellos se hagan más ricos todavía, y ellos me harán rico a su vez y nadie será mi dueño, salvo Patricia, mi mujer. Y como yo soy su dueño, creo que no corro peligro."

Cuando dejaron Traynor, Stanley se había convertido en sociedad anónima y tenía a seis personas bajo sus órdenes. En 1983, sus ingresos alcanzaron territorios de los que Patty había oído sólo vagos rumores: era la fabulosa tierra de las "Seis Cifras". Y todo había ocurrido con tanta tranquilidad como la del pie al deslizarse en las zapatillas un sábado por la mañana. Pero, a veces, la asustaba. Una vez Stanley había hecho un chiste inquietante sobre tratos con el diablo, pero a ella no le parecía muy divertido. Probablemente no lo sería jamás.

"La tortuga no pudo ayudarnos."

A veces, sin motivo alguno, Patty despertaba con ese pensamiento como si fuera el último fragmento de un sueño por lo demás olvidado. Entonces se volvía hacia Stanley y lo tocaba para asegurarse de que aún estaba allí.

Vivían bien, no abusaban del alcohol, no buscaban sexo extramatrimonial, ni drogas; no se aburrían ni discutían sobre lo que debían hacer. Sólo había una nube. Fue Ruth, la madre de Patty, quien la mencionó por primera vez, bajo la forma de una pregunta en una carta a su hija. Ruth le escribía una vez por semana y esa carta había llegado a principios del otoño de 1979, poco después de que marcharan de Traynor.

En su mayor parte era una típica carta de Ruth Blum: cuatro hojas cubiertas de apretada escritura, cada una con el encabezamiento "Una simple nota de Ruth". Su letra era casi ilegible. Una vez, Stanley se había quejado de no poder descifrar ni una sola palabra escrita por su suegra. "¿Y para qué quieres leerlas?", había sido la respuesta de Patty.

La carta estaba llena de las noticias acostumbradas, ya que los recuerdos de Ruth Blum se extendían desde el presente en un abanico cada vez más amplio de relaciones entrecruzadas. Muchas de las personas que ella mencionaba comenzaban a desdibujarse en la memoria de Patty, como fotografías de un viejo álbum, pero para Ruth todas permanecían frescas. Al parecer, jamás perdía el interés por la salud y las andanzas de sus conocidos. Sus pronósticos eran, además, invariablemente sombríos. El padre de Patty seguía teniendo dolores de estómago. Él estaba seguro de que era sólo dispepsia; la idea de que podía tratarse de una úlcera ni siquiera le pasaría por la cabeza, escribía su esposa, hasta el día en que empezara a escupir sangre y probablemente ni siquiera entonces. "Ya conoces a tu padre, querida. Trabaja como un mulo y a veces también piensa como si lo fuera, Dios me perdone por decir esto." Randi Harlengen se había hecho una ligadura de trompas, le habían sacado unos quistes de los ovarios grandes como pelotas de golf, pero nada maligno, gracias a Dios; era el agua de Nueva York, sin duda. El aire de la ciudad también estaba sucio, pero ella tenía la convicción de que era el agua lo que, tarde o temprano, acababa con uno. Iba formando residuos dentro de la gente. Patty no imaginaba cuántas veces ella daba gracias a Dios de que "los chicos" estuvieran en el campo, donde tanto el aire como el agua, pero especialmente el agua, eran saludables (para Ruth, todo el Sur, incluidos Atlanta y Birmingham, era el campo). Tía Margaret estaba librando otra batalla contra la compañía de electricidad. Stella Flanagan había vuelto a casarse, algunos no aprenden nunca. Richie Haber había sido despedido otra vez.

Y en medio de esa cháchara, a veces chismosa, en medio de un párrafo y sin nada que ver con el resto, Ruth Blum había formulado al vuelo la temida pregunta: "¿Y cuándo pensáis hacernos abuelos, tú y Stanley? Ya estamos listos para empezar a malcriar al bebé. Por si no te has dado cuenta, Patty, nos estamos volviendo viejos." Y luego pasaba a la chica de los Brucker, calle abajo, a quien habían hecho volver desde la escuela porque llevaba, sin sostén, una blusa casi transparente.

Deprimida, nostálgica por el hogar de Traynor, insegura y bastante asustada por lo que podía depararles el futuro, Patty fue a su nuevo dormitorio conyugal para dejarse caer en el colchón (el somier todavía estaba en el garaje y el colchón, solitario en el suelo sin alfombrar, parecía un objeto arrojado por las aguas en una extraña playa amarilla). Apoyó la cabeza en los brazos y se echó a llorar. Probablemente, ese llanto se había estado preparando. La carta de su madre no había hecho sino precipitarlo, así como el polvo hace que un cosquilleo en la nariz se convierta en estornudo.
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   138

similar:

Dedico este libro a mis hijos. Mi madre y mi esposa me enseñaron a ser un hombre. Mis hijos me enseñaron a ser libre icon¿Cómo podrán ser los hijos de un hombre de grupo o y de una mujer...

Dedico este libro a mis hijos. Mi madre y mi esposa me enseñaron a ser un hombre. Mis hijos me enseñaron a ser libre iconDedico este libro al hombre que por primera vez en la historia de...

Dedico este libro a mis hijos. Mi madre y mi esposa me enseñaron a ser un hombre. Mis hijos me enseñaron a ser libre iconLa retroalimentación es una herramienta efectiva para aprender como...

Dedico este libro a mis hijos. Mi madre y mi esposa me enseñaron a ser un hombre. Mis hijos me enseñaron a ser libre iconTenía seis años cuando mis padres me contaron que había una pequeña...

Dedico este libro a mis hijos. Mi madre y mi esposa me enseñaron a ser un hombre. Mis hijos me enseñaron a ser libre iconTodos los padres interesados en la salud de sus hijos y en la propia,...

Dedico este libro a mis hijos. Mi madre y mi esposa me enseñaron a ser un hombre. Mis hijos me enseñaron a ser libre iconLa pregunta que cada día nos lanzan los hijos ¿quién soy? Y por tanto...

Dedico este libro a mis hijos. Mi madre y mi esposa me enseñaron a ser un hombre. Mis hijos me enseñaron a ser libre iconEn los dos primeros volúmenes de mis cuentos completos (éste es el...
«El hombre bicentena­rio». Poco antes de iniciarse el año 1976, el del bicentenario de Esta­dos Unidos, una revista me pidió que...

Dedico este libro a mis hijos. Mi madre y mi esposa me enseñaron a ser un hombre. Mis hijos me enseñaron a ser libre iconTodos los derechos reservados. Ninguna parte de este libro puede...

Dedico este libro a mis hijos. Mi madre y mi esposa me enseñaron a ser un hombre. Mis hijos me enseñaron a ser libre iconEste pequeño libro está, sin ninguna vergüenza, dirigido a la gente...

Dedico este libro a mis hijos. Mi madre y mi esposa me enseñaron a ser un hombre. Mis hijos me enseñaron a ser libre iconLos hijos de pujol


Medicina



Todos los derechos reservados. Copyright © 2015
contactos
med.se-todo.com