Dedico este libro a mis hijos. Mi madre y mi esposa me enseñaron a ser un hombre. Mis hijos me enseñaron a ser libre




descargar 5.14 Mb.
títuloDedico este libro a mis hijos. Mi madre y mi esposa me enseñaron a ser un hombre. Mis hijos me enseñaron a ser libre
página7/138
fecha de publicación13.09.2016
tamaño5.14 Mb.
tipoDocumentos
med.se-todo.com > Ley > Documentos
1   2   3   4   5   6   7   8   9   10   ...   138

Stanley quería tener hijos. Ella quería tener hijos. Estaban tan de acuerdo en ese tema como en la afición a la películas de Woody Allen, en la asistencia más o menos regular a la sinagoga, en las inclinaciones políticas, en la aversión por la marihuana y en muchas otras cosas. En la casa de Traynor había existido siempre una habitación extra, dividida en dos partes. A la izquierda, stanley tenía un escritorio para trabajar y un sillón para leer; a la derecha, estaba la máquina de coser de Patty y el tablero donde armaba rompecabezas. Entre ellos existía un acuerdo tácito con respecto a esa habitación: algún día sería el cuarto de Andy o de Jenny. Pero ¿dónde estaba ese hijo? La máquina de coser, los cestos de tela, el tablero, el escritorio y el sillón se mantenían en sus respectivos sitios; mes a mes parecían solidificar sus posiciones, estableciendo su legitimidad con más firmeza. Eso pensaba ella, aunque nunca llegaba a cristalizar la idea. Pero sí recordaba que cierta vez, al iniciarse un período menstrual, había tenido la sensación de que la caja de compresas parecía muy satisfecha, como si las toallitas acolchadas le estuvieran diciendo: "¡Hola, Patty! Somos tus hijos. Los únicos hijos que tendrás, y tenemos hambre. Amamántanos. Amamántanos con tu sangre."

En 1976, tres años después de descartar los anticonceptivos, consultaron con un médico de Atlanta llamado Harkavay.

—Queremos saber si hay alguna deficiencia –dijo Stanley– y, en ese caso, si se puede hacer algo para solucionarla.

Se sometieron a las pruebas. Se demostró que el esperma de Stanley y los óvulos de Patty eran normales y que todos los canales necesarios estaban abiertos.

Harkavay, que no lucía alianza matrimonial pero sí el rostro agradable y rubicundo de un universitario tras las vacaciones de invierno, les dijo que quizá sólo fueran nervios. Que ese problema era bastante común. Que, en esos casos, solía producirse un correlativo psicológico semejante a la impotencia sexual: cuando más se deseaba, menos se podía. Era preciso que se relajaran y se olvidaran de la procreación cuando hacían el amor.

En el trayecto de regreso a casa, Stan iba ceñudo. Patty le preguntó qué le pasaba.

—Yo nunca hago eso –dijo él.

—¿Qué cosa?

—Pensar en la procreación durante...

Patty se echó a reír, aunque se sentía algo asustada. Esa noche, en la cama, cuando creía que Stanley dormía desde hacía rato, éste empezó a hablar en la oscuridad. Aunque su voz era inexpresiva, sonaba ahogada por las lágrimas.

—Soy yo –dijo–. Es culpa mía.

Patty se volvió hacia él, lo buscó a tientas y lo abrazó.

—No seas tonto –dijo.

Pero su corazón palpitaba deprisa, demasiado deprisa. Era como si Stan hubiera descubierto una convicción secreta que ella guardaba sin saberlo. Sin razón alguna, sintió, supo, que él tenía razón. Algo iba mal y no en ella. Era él. Algo iba mal en él.

—No seas cenizo –susurró contra su hombro.

Él sudaba un poco y Patty comprendió que tenía miedo. El miedo surgía de él en oleadas frías. Estar desnuda a su lado era, de pronto, como estar desnuda frente a una nevera abierta.

—No soy cenizo y no soy tonto –dijo él con voz áspera y ahogada de emoción–, y tú lo sabes. Es por mi culpa. Pero no sé por qué.

—No se puede saber una cosa así. –La voz de Patty sonaba regañina, como la de su madre cuando estaba asustada. Y aunque estaba riñéndole, sintió un estremecimiento que le recorrió todo el cuerpo.

Stanley, la estrechó entre sus brazos.

—A veces creo saber la causa –dijo–. A veces sueño algo desagradable. Entonces despierto y pienso: "Ya sé. Ya sé qué va mal." No sólo el hecho de que tú no quedes embarazada, sino todo. Todo lo que va mal en mi vida.

—¡Stanley! ¡En tu vida no hay nada que vaya mal!

—Por adentro no –dijo él–. Por adentro todo está bien. Hablo de fuera. Algo que debería haber terminado y que no terminó. Cuando despierto de esos sueños, pienso: "Toda mi vida no ha sido sino el ojo de una tormenta que no comprendo." Tengo miedo, pero entonces... se desvanece. Como los sueños.

Ella sabía que a veces Stan tenía sueños agitados. En cinco o seis oportunidades la había despertado gimiendo. Cuando tendía la mano hacia él, interrogándolo, él decía siempre lo mismo: "No me acuerdo." Luego buscaba los cigarrillos y fumaba sentado en la cama, esperando que el residuo del sueño rezumara por sus poros, como un sudor enfermizo.

No hubo hijos. En la noche del 23 de mayo de 1985 (la noche del baño), los consuegros todavía esperaban que les convirtieran en abuelos. El otro dormitorio seguía siendo "el otro dormitorio"; las compresas seguían ocupando su sitio acostumbrado en el armario, bajo el lavabo; la regla aún hacía su visita mensual. La madre de Patty, ocupada con sus propios asuntos pero no del todo ajena al sufrimiento de su hija, había dejado de preguntar en sus cartas y cuando la pareja viajaba a Nueva York dos veces al año. Ya no había comentarios humorísticos sobre la vitamina E que debían tomar. También Stanley había dejado de mencionar el asunto, pero a veces, cuando Patty lo observaba sin que él lo supiera, le descubría en la cara una gran sombra. Como si tratara, desesperadamente, de recordar algo.

Descontando esa única nube, la vida era bastante agradable para los dos hasta que sonó el teléfono en medio de Family Feud, en la noche del 28 de mayo. Patty tenía en el regazo dos camisas de Stan, dos blusas suyas, el costurero y la caja de botones; Stan, la última novela de William Denbrough. La portada del libro mostraba una bestia rugiente; la contraportada, un hombre calvo, de anteojos.

Stan, que estaba más cerca, contestó la llamada.

—¿Sí? –Una línea profunda se le formó entre las cejas–. ¿Quién es usted?

Por un instante Patty sintió miedo. Más tarde, la vergüenza la haría mentir, decir a sus padres que había presentido algo cuando sonó el teléfono; en realidad, sólo hubo ese instante, ese único levantar rápidamente la vista de su costura. Pero tal vez era cierto. Tal vez ambos sospechaban que se avecinaba algo desde mucho antes de esa llamada telefónica, algo que no concordaba con su confortable casa, tan elegantemente retirada tras los setos, algo tan asumido que no hacía falta reconocerlo... ese breve instante de miedo, como el fugaz pinchazo de un punzón de hielo, fue suficiente.

"¿Es mamá?", preguntó sin voz moviendo los labios. Temía que su padre, con diez kilos de sobrepeso y propenso a lo que él llamaba "dolores de barriga" desde los cuarenta años, hubiera sufrido un ataque al corazón.

Stan meneó la cabeza y sonrió levemente.

—¿Tú? ¡Vaya, qué sorpresa, Mike! ¿Cómo es que...?

Volvió a guardar silencio, escuchando. Mientras su sonrisa se desvanecía, Patty reconoció su expresión analítica, la que revelaba que alguien estaba planteando un problema explicando un súbito cambio en determinada situación, explicando algo extraño e interesante. Probablemente se trataba de eso último, pensó ella. ¿Un cliente nuevo? ¿Un viejo amigo? Tal vez. Volvió su atención a la pantalla del televisor donde una mujer abrazaba a Richard Dawson para besarlo apasionadamente. Richard Dawson debía de recibir más besos que el anillo del Papa. A ella no le habría disgustado besarlo.

Mientras rebuscaba un botón negro igual a los de la camisa de Stanley, Patty notó que la conversación discurría con normalidad. En cierto momento, Stanley preguntó:

—¿Estás seguro, Mike? –Y luego, tras una larga pausa–: Está bien, comprendo. Sí, voy a... Sí, todo. Entiendo. Yo... ¿Qué...? No, no puedo prometerte exactamente eso, pero lo pensaré. Ya sabes que... ¿eh? ¿De veras...? ¡Por supuesto! Sí, claro que sí. Sí... claro... gracias... sí. Adiós.

Y colgó.

Patty lo miró y vio que estaba con la vista perdida en el vacío, sobre el televisor. En la pantalla, el público aplaudía a la familia Ryan que acababa de anotarse doscientos ochenta puntos, la mayoría de ellos por adivinar que el público respondería "Matemáticas" a la pregunta "¿Qué asignatura le gusta menos al niño de la familia?". Los Ryan saltaban y daban gritos de júbilo.

Stanley, en cambio, tenía el entrecejo fruncido. Más tarde, Patty diría a sus padres que lo había visto palidecer y era cierto, pero no agregó que en ese momento le había parecido sólo un efecto de la lámpara que tenía pantalla de vidrio verde.

—¿Quién era, Stan?

—¿Qué ?

Se volvió y la miró. A Patty le pareció que estaba abstraído, ligeramente fastidiado. Sólo más tarde, al evocar la escena una y otra vez, empezó a comprender que Stan se estaba desconectando lentamente de la realidad. Su cara era la de un hombre saliendo del azul del cielo hacia el negro de la nada.

—¿Quién llamó por teléfono?

—Nadie... Nadie, de veras. Creo que voy a darme un baño.

Y se levantó.

–¿A las siete?

Él, sin contestar, se limitó a salir del cuarto. Patty habría podido preguntarle si le pasaba algo, incluso seguirlo para averiguar si se sentía mal del estómago; Stan no tenía inhibiciones sexuales, pero solía mostrarse extrañamente recatado con respecto a ciertas cosas. No habría sido nada extraño que hablara de darse un baño cuando en realidad tenía ganas de vomitar algo que le había sentado mal. Pero en ese momento estaban presentando a la familia Piscapo, y Patty sabía que Richard Dawson no dejaría de decir algo divertido sobre ese apellido; además no conseguía encontrar un botón negro, aunque estaba segura de que en la caja había montones. Se escondían, por supuesto. No cabía otra explicación.

Así pues, no volvió a pensar en él hasta que terminó el programa. Cuando aparecieron los créditos, levantó la vista y vio su silla vacía. Había oído correr el agua en la bañera durante cinco o diez minutos después... Pero no había oído el ruido de la nevera al abrirse. Eso significaba que Stan estaba arriba sin su lata de cerveza. Alguien le había echado un problema sobre las espaldas con esa llamada telefónica. Y ella, ¿había intentado ayudarlo? No. ¿Había tratado de sonsacarle algo? No. ¿Había reparado en que algo iba mal? Tampoco. Todo por ese estúpido programa de la tele. Ni siquiera podía achacar la culpa a los botones, eso era solo una excusa.

Bueno, le llevaría una lata de cerveza y se sentaría a su lado, en el borde de la bañera, para frotarle la espalda e incluso lavarle la cabeza. Así descubriría qué problema lo preocupaba.

Sacó de la nevera una lata de cerveza y subió por la escalera. La primera señal de alarma se disparó al ver que la puerta del baño estaba cerrada, no entornada. Stanley nunca cerraba la puerta cuando se bañaba. Era una especie de chiste privado: cuando la puerta estaba cerrada significaba que él se estaba comportando como un buen chico; y si estaba abierta, significaba que no se opondría a hacer algo cuyo adiestramiento la madre había dejado, muy correctamente, en manos de otros.

Patty llamó a la puerta suavemente. Cobró conciencia de que llamar a la puerta del baño como si fuera un invitado era algo que no había hecho nunca en su vida matrimonial.

De pronto, la alarma se intensificó en ella. Pensó en el lago Carson, donde había nadado con frecuencia cuando niña. En los últimos días del verano, el lago estaba caliente como una bañera... hasta que dabas con una parte fría que te hacía estremecer de sorpresa y delicia. Sentías calor y al segundo siguiente era como si la temperatura hubiera descendido veinte grados bajo las caderas. descontando el placer, así se sentía en esos momentos, como si hubiera dado con una parte fría. Sólo que esa parte no estaba por debajo de las caderas, enfriando sus largas piernas de adolescente en las negras aguas del lago Carson.

Estaba alrededor de su corazón.
—¿Stanley? ¡Stan!

Golpeó con los nudillos. Como no obtuvo respuesta, descargó el puño contra la puerta.

—¡Stanley! –El corazón ya no estaba en su pecho. Le latía en la garganta dificultándole la respiración–. ¡Stanley!

En el silencio que siguió a su grito (y el sonido de su grito allí, a menos de nueve metros de la cama donde apoyaba la cabeza para dormir todas las noches, la asustó más aún) oyó un ruido que hizo ascender el pánico a su conciencia. Un ruido insignificante, en realidad. Era sólo el ruido de una gota de agua. Plink... plink... plink...

Imaginaba las gotas formándose en la boca del grifo, engordando, cada vez más preñadas, para caer luego: plink.

Sólo ese ruido. Nada más. Y de pronto tuvo la terrible certeza de que esa noche había sido Stanley, no su padre, el que había sufrido un ataque al corazón. Con un gemido, accionó el pomo de vidrio tallado. La puerta no se movió. Estaba cerrada con llave. Súbitamente, a Patty Uris se le ocurrieron tres nuncas: Stanley nunca se daba un baño al anochecer, Stanley nunca cerraba la puerta a menos que estuviera usando el inodoro y Stanley nunca había cerrado la puerta con llave, en ninguna ocasión.

¿Sería posible, se preguntó, prepararse para un ataque al corazón?

Patty se pasó la lengua por los labios. Lo llamó otra vez por su nombre. No hubo respuesta, salvo el persistente goteo del grifo. Al bajar la vista, vio que aún sostenía la lata de cerveza. Se quedó mirándola estúpidamente, con el corazón latiéndole en la garganta, como si nunca hubiera visto una lata de cerveza. Y cuando parpadeó, la lata se convirtió en un teléfono, negro y amenazante como una serpiente.

"¿Puedo ayudarla, señora? ¿Tiene algún problema?", le espetó la serpiente.

Patty colgó el auricular bruscamente y se apartó, frotándose la mano que lo había sujetado. Al mirar alrededor, vio que estaba otra vez en el cuarto del televisor. Comprendió entonces que el pánico, surgido en su mente como un ratero que sube sigilosamente por una escalera, se había apoderado de ella. Recordó que había dejado caer la lata junto a la puerta del baño para correr a la planta mientras pensaba: "Todo esto es un error. Más tarde nos reiremos de esto. Stanley llenó la bañera, recordó entonces que no tenía cigarrillos y salió a comprarlos antes de desnudarse." Sí. Sólo que había cerrado la puerta del baño desde dentro y había preferido abrir la ventana sobre la bañera para descolgarse por la pared de la casa. Claro, por supuesto, sin duda...

El pánico volvió a embargarla. Era como café negro y cargado. Patty cerró los ojos para luchar contra él. Permaneció inmóvil, como una estatua pálida, con el pulso latiendo en sus sienes.

Recordaba haber bajado a toda carrera hacia el teléfono, pero ¿a quién quería llamar?

Frenética, pensó "Llamaría a la tortuga, pero la tortuga no pudo ayudarnos."

De cualquier modo, ya no importaba. Había marcado el 0 y debía de haber dicho algo, puesto que la operadora acababa de preguntarle si tenía algún problema. Si lo tenía, pero ¿cómo explicar a aquella voz que Stanley se había encerrado con llave en el baño y no respondía, que el goteo del grifo en la bañera la aterrorizaba? Alguien tenía que ayudarla. Alguien...

Se llevó el dorso de la mano contra la boca y mordió. Trató de pensar, trató de obligarse a pensar.

Los duplicados de las llaves. Los duplicados de las llaves estaban en el armario de la cocina.

Se dirigió hacia allí y uno de sus pies chocó contra la caja de los botones, que se hallaba junto a una silla. Algunos botones cayeron centelleando como ojos de vidrio a la luz de la lámpara. Entre ellos había cinco o seis de los negros.

En la cara interior de la puerta del armario, sobre el fregadero doble, había un gran tablero de madera barnizada con forma de llave. Dos años atrás uno de los clientes de Stan se lo había regalado por Navidad. El tablero estaba lleno de pequeños ganchos de los cuales pendían todas las llaves de la casa; dos duplicados por gancho. Bajo cada uno se veía una tirita de cinta adhesiva con la pulcra letra de Stan: Cochera, Desván, Baño p. baja, Baño p. alta, Puerta calle, Puerta trasera. A un lado, las llaves de los coches, rotuladas M. B. y Volvo.
1   2   3   4   5   6   7   8   9   10   ...   138

similar:

Dedico este libro a mis hijos. Mi madre y mi esposa me enseñaron a ser un hombre. Mis hijos me enseñaron a ser libre icon¿Cómo podrán ser los hijos de un hombre de grupo o y de una mujer...

Dedico este libro a mis hijos. Mi madre y mi esposa me enseñaron a ser un hombre. Mis hijos me enseñaron a ser libre iconDedico este libro al hombre que por primera vez en la historia de...

Dedico este libro a mis hijos. Mi madre y mi esposa me enseñaron a ser un hombre. Mis hijos me enseñaron a ser libre iconLa retroalimentación es una herramienta efectiva para aprender como...

Dedico este libro a mis hijos. Mi madre y mi esposa me enseñaron a ser un hombre. Mis hijos me enseñaron a ser libre iconTenía seis años cuando mis padres me contaron que había una pequeña...

Dedico este libro a mis hijos. Mi madre y mi esposa me enseñaron a ser un hombre. Mis hijos me enseñaron a ser libre iconTodos los padres interesados en la salud de sus hijos y en la propia,...

Dedico este libro a mis hijos. Mi madre y mi esposa me enseñaron a ser un hombre. Mis hijos me enseñaron a ser libre iconLa pregunta que cada día nos lanzan los hijos ¿quién soy? Y por tanto...

Dedico este libro a mis hijos. Mi madre y mi esposa me enseñaron a ser un hombre. Mis hijos me enseñaron a ser libre iconEn los dos primeros volúmenes de mis cuentos completos (éste es el...
«El hombre bicentena­rio». Poco antes de iniciarse el año 1976, el del bicentenario de Esta­dos Unidos, una revista me pidió que...

Dedico este libro a mis hijos. Mi madre y mi esposa me enseñaron a ser un hombre. Mis hijos me enseñaron a ser libre iconTodos los derechos reservados. Ninguna parte de este libro puede...

Dedico este libro a mis hijos. Mi madre y mi esposa me enseñaron a ser un hombre. Mis hijos me enseñaron a ser libre iconEste pequeño libro está, sin ninguna vergüenza, dirigido a la gente...

Dedico este libro a mis hijos. Mi madre y mi esposa me enseñaron a ser un hombre. Mis hijos me enseñaron a ser libre iconLos hijos de pujol


Medicina



Todos los derechos reservados. Copyright © 2015
contactos
med.se-todo.com