Síntesis de la ciencia, la religión y la filosofía




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SECCIÓN IV




EL SIGILO DE LOS INICIADOS



No es extraño que se interpreten erróneamente muchas parábolas y dichos de Jesús. Desde Orfeo, el primer adepto que la historia vislumbra tenuemente entre las nieblas de la era precristiana, pasando por Pitágoras, Confucio, Buddha, Jesús, Apolonio de Tiana y Amonio Saccas, ningún maestro dejó nada escrito. Todos y cada uno de ellos recomendaron silencio y sigilo sobre ciertos hechos y acontecimientos. Confucio no quiso explicar pública y satisfactoriamente lo que entendía por su “Gran Extremo”, ni tampoco dar la clave para la adivinación por medio de “pajas”. Jesús encargó a sus discípulos que a nadie dijesen que era el Cristo (1), el “hombre de las angustias” y pruebas, anteriores a su última y suprema iniciación, y asimismo les ordenó que no divulgasen que hubiese producido un “milagro” de resurrección (2). El sigilo entre los apóstoles llegaba al extremo de que “la mano izquierda no supiese lo que hacía la derecha” o sea, en términos más claros, que los peligrosos magos negros, enemigos terribles de los adeptos, de la mano derecha, especialmente antes de su iniciación suprema, no se aprovecharan de la publicidad, para dañar conjuntamente al sanador y al paciente. Por si esto pareciesen simples presunciones, desentrañemos el significado de las siguientes palabras terribles:

A vosotros es dado conocer el misterio del reino de Dios; mas a los que están fuera, todo se ler trata por parábolas. Para que viendo, vean y no perciban; y oyendo, oigan y no entiendan; no sea que alguna vez se conviertan, y les sean perdonados los pecados (3).

Si estas palabras no se interpretaran en el sentido de la ley de sigilo y de karma, evidenciarían aparentemente un espíritu egoísta y falto de caridad. Dichas palabras se relacionan directamente con el terrible dogma de la predestinación. ¿Consentiría un docto y buen cristiano en arrojar sobre su Salvador tan cruel estigma de egoísmo? (4).

La tarea de propagar la verdad por medio de parábolas fue encomendada a los discípulos de los grandes iniciados, con el deber de acomodarse a la clave de las enseñanzas secretas, sin revelar sus misterios. Así lo demuestra la historia de todos los grandes adeptos. Pitágoras clasificó a sus alumnos en oyentes, exotéricos y esotéricos. Los magos aprendían y se iniciaban, en las más recónditas cavernas de Bactriana. Al decir Josefo que Abraham enseñó matemáticas, significa con ello que enseñó "magia"” pues en la escuela pitagórica se daba el nombre de matemáticas a las ciencias esotéricas, o sea la gnosis.

El profesor Wilder hace notar que:

Parecidas distinciones hacían los esenios de Judea y el Carmelo, dividiendo a sus prosélitos en neófitos, hermanos y perfectos... Amonio obligaba con juramento a sus discípulos, para que no comunicaran sus doctrinas sino a los ya instruidos por completo y dispuestos [a la iniciación] (5).

Una de las más poderosas razones de la necesidad de riguroso sigilo, nos la da Jesús mismo, si hemos de dar crédito al evangelista Mateo. Porque he aquí lo que se hace decir al Maestro:

No deis lo santo a los perros ni echéis vuestras perlas delante de los puercos; no sea que las huellen con sus pies y revolviéndose contra vosotros os despedacen (6).

Sentencia de profunda verdad y sabiduría. En nuestra época, y aun entre nosotros las recordaron muchos, a veces cuando ya era demasiado tarde (7).

El mismo Maimónides recomienda el sigilo respecto del verdadero significado de los textos bíblicos, lo cual rebate la común afirmación de que la “Sagrada Escritura” es el único libro del mundo cuyos divinos oráculos contengan verdad clara sin reservas. Esto puede que sea así para los cabalistas eruditos; pero es precisamente lo contrario, para los cristianos. Porque he aquí lo que dice el sabio filósofo hebreo:

Quienquiera que descubra el verdadero significado del Génesis, cuide de no divulgarlo. Así nos lo recomendaron insistentemente todos nuestros sabios, en particular respecto de los seis días de la creación. Si alguien descubriese por sí mismo, o con ayuda de otro, el verdadero significado de los seis días, guarde sigilo, y si acaso habla, hágalo de tan oscura y enigmática manera como yo, dejando lo demás para que lo conjeturen quienes puedan comprenderlo.

Si de esta manera confiesa el gran filósofo hebreo el simbolismo esotérico del Antiguo Testamento, natural es que los Padres de la Iglesia confiesen otro tanto acerca del Nuevo Testamento y de la Biblia en general. Así vemos que Clemente de Alejandría y Orígenes lo reconocen explícitamente. Clemente de Alejandría, que había sido iniciado en los misterios eleusinos, con conocimiento de causa, dice:

Las doctrinas allí enseñadas contenían en sí el objeto de toda instrucción conforme a Moisés y los profetas,
cuya ligera tergiversación se le puede dispensar al buen Padre. Después de todo, se deduce de lo transcrito que los misterios judaicos eran idénticos a los de los paganos griegos, que los tomaron de los egipcios, y estos a su vez de los caldeos, quienes los aprendieron de los arios, estos de los atlantes y así antecedentemente mucho antes de los tiempos de aquella raza. Clemente de Alejandría atestigua además el secreto significado del Evangelio, cuando dice que no a todos se les puede comunicar los misterios de la fe.

Pero como quiera que esta tradición no se publica sólo para quienes perciben la magnificencia de la palabra, es necesario encubrir bajo un misterio, la sabiduría que enseñó el Hijo de Dios (8).

No menos explícito es Orígenes respecto a la Biblia y a sus simbólicas fábulas. Dice así:

Si hubiésemos de atenernos a la letra y comprender lo que está escrito en la ley según lo entienden los judíos y el vulgo, me sonrojaría de proclamar en voz alta que Dios hubiese dado estas leyes; pues fueron mejores y más razonables las de los hombres (9).

Bien podía “sonrojarse” de semejante confesión el sincero y honrado apologista del cristianismo, cuando esta doctrina era relativamente pura; mas los cristianos de nuestra letrada y civilizada época no se avergüenzan de ello; sino que admiten al pie de la letra la “luz” antes de la formación del sol, el jardín del Paraíso, la ballena de Jonás y lo demás, no obstante la indignación del mismo Orígenes al preguntar:

¿Qué hombre de buen juicio asentirá a la afirmación de que en los tres primeros días, con mañana y tarde, no hubiese sol, ni luna, ni estrellas, y que el primer día no tuviese cielo? ¿Qué hombre será tan idiota para suponer que Dios plantó árboles en el Paraíso, en el Edén, como un labrador? Yo creo que debemos tomar estas cosas por imágenes de oculto significado (10).

No ya en el siglo tercero, sino en nuestra edad de tan encomiada ilustración, hay millones de tales “idiotas”. Desde el punto en que San Pablo afirma inequívocamente (11) que la historia de Abraham y de sus dos hijos es “una alegoría” y que “Agar simboliza el monte Sinaí”, poca culpa le cabe al cristiano o gentil que sólo vea ingeniosas alegorías en los relatos bíblicos.

El rabí Simeón ben Jochai, compilador del Zohar, siempre comunicó sólo oralmente los principales puntos de su doctrina, y tan sólo a un corto número de discípulos. Por lo tanto, sin la iniciación final en la Mercavah, quedará siempre incompleto el estudio de la Kabalah; y la Mercavah sólo podrá aprenderse “en tinieblas, en solitario paraje, y después de varias y terroríficas pruebas”. Desde la muerte del gran iniciado judío, esta secreta doctrina ha sido inviolable arcano para el mundo exotérico.

En la venerable secta de los tanaim, o mejor dicho de los tananim o sabios, estaban los varones prudentes y doctos, encargados de enseñar prácticamente los secretos y de iniciar a algunos discípulos, en el grande y supremo misterio. Pero en la segunda sección del Mishna Hagiga, se dice que el índice de la Mercaba [Mercavah] “sólo debe confiarse a los doctores viejos”. El Gemara es todavía más dogmático. “Los secretos de mayor importancia en los Misterios no se revelaban ni aun a todos los sacerdotes. Únicamente lo sabían los iniciados”. Y así notamos el mismo riguroso sigilo en todas las antiguas religiones (12).

¿Qué dice por su parte la Kabalah? Los grandes rabinos anatematizan hoy a quien verbalmente admite sus sentencias. Leemos en el Zohar:

¡Ay del hombre que tan sólo ve en el Thorah, esto es, en la Ley, simples recitados y palabras vulgares! Porque si en verdad contuviera eso únicamente, seríamos nosotros, hoy mismo, capaces de componer un Thorah mucho más digno de admiración. Si nos atuviéramos literalmente a las palabras, tan sólo podríamos dirigirnos a los legisladores de la tierra (13) a quienes vemos en las cúspides de la grandeza. Fuera suficiente imitarlos, y componer una ley a su ejemplo y según sus palabras. Pero no es así; cada vocablo del Thorah encierra profundo significado y sublime misterio... Los versículos del Thorah son el vestido del Thorah. ¡Ay de quien tome el vestido por el Thorah!... Los necios se enteran únicamente de los versículos o vestidura del Thorah, y no advierten otra cosa, ni ven lo que encubre el ropaje. Los doctos no atienden al vestido, sino al cuerpo que está envuelto en él (14).

Amonio Saccas enseñó que la doctrina secreta de la Religión de la Sabiduría, estaba enteramente contenida en los Libros de Thoth (Hermes) de los que tanto Pitágoras como Platón, derivaron gran parte de sus conocimientos y filosofías; y que las enseñanzas de dichos libros son “idénticas a las de los sabios del remoto Oriente”. El profesor Wilder observa que:

Como el nombre Thoth significa colegio o asamblea, no es aventurado suponer que se llamaron así los libros, por ser una colección de los oráculos y doctrinas de la comunidad sacerdotal de Menfis. Rabinos muy sabios han expuesto la misma hipótesis tocante a las divinas expresiones registradas en las Escrituras hebreas (15).

Es muy posible; pero los profanos nunca comprendieron ni de mucho “las expresiones divinas”. Filón Judeo, que no era un iniciado, fracasó en el empeño de desentrañar su oculta significación.

Pero tanto los libros de Hermes, como la Biblia, los Vedas o la Kabalah, prescriben el mismo sigilo sobre ciertos misterios de la naturaleza simbolizados en su texto. “¡Ay de quien divulgue indiscretamente las palabras cuchicheadas al oído de Mânushi por el Primer Iniciador!” El Libro de Enoch explica quién era este Iniciador:

De boca de los ángeles oí todas las cosas y comprendí cuanto vi. Aquello que no sucederá en esta generación (raza), sino en otra que ha de venir en tiempos muy distantes (6ª y 7ª razas), según refieren los elegidos (los iniciados) (16).

Además, respecto al castigo de quienes revelan “los secretos de los ángeles”, se dice:

Juzgados fueron los que revelaron secretos, pero no tú, hijo mío [Noé]... tú eres puro y bueno y no se te puede acusar de descubrir [revelar] secretos (17).

Hay en nuestro tiempo hombres que han llegado a “descubrir secretos” sin ayuda extraña, por su propia sabiduría y sagacidad, siendo de recto proceder; y no intimidados por amenazas ni súplicas; pues no se han comprometido a guardar silencio, se asombran ante tales revelaciones. Uno de estos hombres es el erudito autor y descubridor de una “Clave de los Misterios hebraico-egipcios”. Según él, se notan “algunas extrañas características relacionadas con la composición de la Biblia”.

Quienes compilaron este libro fueron hombres como nosotros, que conocieron, vieron, manejaron y realizaron por medio de la clave de las medidas (18) la ley del viviente y siempre activo Dios (19). No necesitaban creer que Dios actuase como un poderoso mecánico y arquitecto (20). La idea que de Dios tenían se la reservaban para sí mismos, al paso que, primero como profetas y luego como apóstoles de Cristo, establecieron un culto ritual exotérico y una huera enseñanza de pura fe, sin pruebas a propósito para el ejercicio del sentido íntimo, de que Dios proveyó a todos los hombres como medio natural de alcanzar el verdadero conocimiento. Misterios, parábolas y sentencias oscuras que encubren el verdadero significado, son el acopio del Antiguo y Nuevo Testamento. Los relatos de la Biblia resultan ficciones compuestas adrede para despistar a las masas ignorantes, no obstante darles en ellos un perfeccionado código moral proporcionado a su capacidad. ¿Cómo es posible cohonestar estas fábulas con la inspiración divina, puesto que atributo de Dios es la plenitud de veracidad en la naturaleza de las cosas? ¿Qué tiene que ver el misterio, con la promulgación de las verdades de Dios? (21).

Nada en absoluto, ciertamente, si tales misterios hubiesen sido dados desde el principio, como sucedió con las primitivas, semidivinas, puras y espirituales razas de la humanidad, que poseían las “verdades de Dios”, y según ellas y su ideal vivían, preservándolas, en tanto que apenas hubo mal alguno, por lo que apenas fuera posible abusar de aquellas verdades. Pero la evolución y la caída en la materia, es también una de las “verdades” y una ley de “Dios”. Y a medida que el género humano fue progresando, y llegó a ser cada generación más carnal, terrenalmente, principió a afirmarse la individualidad de cada Ego temporario. El egoísmo personal se desarrolla e incita al hombre a abusar de su conocimiento y poderío, porque el egoísmo es semejante al edificio cuyas puertas y ventanas dan siempre paso libre a todo linaje de iniquidades, para que penetren en el alma humana. Pocos fueron durante la primera juventud de la humanidad, y menos todavía hoy, los hombres dispuestos a practicar la varonil declaración de Pope, de que no hubiera vacilado en destrozarse el corazón, si de egoísta amor propio latiera, burlándose del prójimo. De aquí la necesidad de sustraer gradualmente de los hombres el poder y conocimiento divinos, que en cada nuevo ciclo humano hubieran llegado a ser más peligrosos, como espada de dos cortes, cuyo siniestro filo amenazaba siempre al prójimo, y cuyas buenas cualidades se prodigaban exclusivamente en provecho propio. Aquellos pocos “elegidos” a cuya naturaleza interior no afectó el externo desenvolvimiento físico, llegaron a ser así, con el tiempo, los únicos guardianes de los misterios revelados; y los comunicaron a los más aptos para recibirlos, manteniéndolos ocultos a los demás. Si se prescinde de esta explicación de las enseñanzas secretas, queda la religión reducida a fraude y engaño.

Sin embargo, las masas necesitaban algún freno moral. El hombre está siempre ansioso de un “más allá” y no puede vivir sin un ideal cualquiera, que le sirva de faro y consuelo. Al mismo tiempo a ningún hombre vulgar, aún en esta época de cultura general, se le pueden confiar verdades demasiado metafísicas y sutiles de difícil comprensión, sin correr el riesgo de una inminente reacción, que suplante con el absurdo y cerrado ateísmo la fe en Dios y sus santos. Ningún verdadero filántropo, y por consiguiente ningún ocultista, soñaría ni por un momento con una humanidad sin religión; y aun en nuestros días, la religión de Europa, limitada a los domingos, vale más que carecer de ella. Pero si, como dijo Bunyan, “la religión es la mejor armadura del hombre”, no es menos cierto que es “la peor capa”; y contra esa “capa” y falsas pretensiones luchan ocultistas y teósofos. Si apartamos esta capa, tejida por la fantasía humana y arrojada sobre la Divinidad por la artificiosa mano de sacerdotes ávidos de dominación y poderío, podrá adorar el hombre el verdadero ideal de la Divinidad, al único Dios viviente en la naturaleza. La primera hora de este siglo anunció el destronamiento del “Dios más elevado” de cada país, a favor de una universal Divinidad; el Dios de la inmutable Ley, no el de la caridad; el Dios de la justicia distributiva, no el de la clemencia, que es sencillamente un incentivo para cometer el mal y reincidir en él. Cuando el primer sacerdote inventó la primera oración de súplica egoísta, se perpetró el más nefando crimen de lesa humanidad. La idea de un Dios propicio a las súplicas para “bendecir las armas” de sus adoradores y aniquilar a los enemigos (que son hermanos); un Dios que da oídos a laudes entreverados de ruegos para que los “vientos le sean favorables” al suplicante y contrarios al que navega en opuesto rumbo; esta idea es la que ha nutrido el egoísmo en el hombre, y le ha privado de confianza en sí mismo. La oración es acto noble cuando la mueve un intenso sentimiento y ardiente deseo del bien ajeno, sin mira alguna personal. El ansia de un más allá es santa y bendita en el hombre; pero a condición de que con sus semejantes comparta su dicha. Podemos comprender y estimar debidamente las palabras del pagano Sócrates, al decir con profunda sabiduría:

Nuestras oraciones deben encaminarse a la prosperidad de todos, porque los dioses saben muy bien lo que particularmente nos conviene.

Pero la oración oficial, para conjurar una calamidad pública o en beneficio de uno solo con perjuicio de millares de hombres, no sólo es supersticiosa práctica, sino crimen el más innoble, siendo además impertinente petulancia y una superstición heredada por expoliación, de los Jehovitas que, en el desierto, adoraron al becerro de oro.

Fue “Jehová”, según demostraremos, quien sugirió la necesidad de velar y eclipsar el impronunciable nombre de Dios y condujo a todo este “misterio, parábolas, frases oscuras y encubrimientos”. Moisés inició, en todo caso, en las verdades ocultas, a setenta ancianos, que escribieron así con algún conocimiento el Antiguo Testamento; pero los autores del Nuevo Testamento distaron mucho de hacer tanto, o tan poco. Con sus dogmas, adulteraron la gran figura del Cristo, sumiendo desde entonces a las gentes en mil errores que las han conducido a nefandos crímenes, en Su santo nombre.

Es evidente que, excepto Pablo y Clemente de Alejandría, iniciados ambos en los Misterios, ningún otro Padre de la Iglesia conoció gran cosa de las verdades secretas. Por la mayor parte fueron gentes ignorantes e incultas; y, si como le pasó a Agustín, Lactancio, el venerable Beda y otros, no conocieron hasta tiempos de Galileo las enseñanzas que en los templos paganos se daban acerca de la redondez de la tierra, sin hablar del sistema heliocéntrico (22); puede colegirse cuán supina sería la ignorancia de los demás. Para los primitivos cristianos eran sinónimos la instrucción y el pecado; y de aquí que acusaran a los filósofos paganos de tener pacto con el demonio.

Pero la verdad debe prevalecer. Los ocultistas, a quienes De Mirville y otros autores de su linaje llaman “discípulos del maldito Caín”, pueden ahora invertir los términos. Lo que hasta aquí sólo conocían los cabalistas, en Europa y Asia, se publica y demuestra en nuestros días, siendo verdad matemáticamente. El autor de La Clave de los Misterios hebraico-egipcios u Origen de las Medidas, prueba que los dos grandes nombres divinos, Jehovah y Elohim representaban en uno de los significados de sus valores numéricos, el diámetro y la circunferencia; es decir, que eran índices numéricos de relaciones geométricas; y que Jehová es Caín y viceversa.

Esta idea, dice el autor:

Ayuda asimismo a lavar la horrible mancha del nombre de Caín, que desfigura su carácter; porque aun sin estas demostraciones, del mismo texto se infiere que Caín era Jehovah. Así las escuelas teológicas ganarían mucho más si con loable enmienda devolvieran honra y fama al Dios a quien adoran (23).

Este consejo no es el primero que reciben las “escuelas teológicas”, que, sin embargo, lo sabían ya desde un principio, como Clemente de Alejandría y otros. Pero si así es, no les favorecería, y su admisión sobrepujaría la mera santidad y grandeza de la fe establecida.

Pero se nos puede preguntar: ¿por qué siguieron el mismo rumbo las religiones asiáticas que nada de esta clase tenían que ocultar y que abiertamente revelaban el esoterismo de sus doctrinas? La respuesta es que mientras el actual, y sin duda forzoso silencio de la Iglesia en este punto, se relaciona tan sólo con la externa y teórica exposición de la Biblia (cuyos secretos ningún mal causaran si desde un principio se hubiesen explicado), sucede cosa muy distinta en cuanto al esoterismo y simbología del Oriente. Si se hubiese revelado el sentido oculto del Antiguo Testamento, en nada desmereciera la gran figura protagonística del Evangelio, como la del fundador del buddhismo si se hubiese probado eran alegóricos los escritos brahmánicos de los Purânas que precedieron a su nacimiento. Además, Jesús de Nazareth ganara más que perdiera si se le hubiese presentado como un mortal que hubiera de estimarse por sus propios méritos y enseñanzas, en vez de considerarle como un Dios cuyas palabras y actos están expuestos a los ataques de la crítica. Por otra parte, los símbolos y sentencias alegóricas que velan las grandes verdades de la Naturaleza en los Vedas, Bráhmanas, Upanishads y especialmente en el lamaísta Chagpa Thogmed y otras obras de naturaleza del todo distinta y mucho más complicados en su significación secreta. Los símbolos de la Biblia tienen casi todos fundamento trínico, al paso que el de las Escrituras orientales es septenario, estando tan íntimamente relacionados con los misterios de la Fisica y de la Fisiología, como con los del Psiquismo, Teogonía y la trascendental naturaleza de los elementos cósmicos. Revelado su sentido oculto, perjudicarían a los no iniciados, y fueran desastrosos sus efectos si se comunicaran a la generación presente en su actual estado de desenvolvimiento físico e intelectual, con ausencia de espiritualidad y aun de sentido moral.

Sin embargo, las secretas enseñanzas de los templos han tenido y tienen sus depositarios, que las perpetuaron en distintos modos. Se han difundido por el mundo en cientos de volúmenes henchidos de la afectada y enigmática prosa de los alquimistas; y como impetuosas cataratas de oculto y místico saber, fluyeron de labios de bardos y poetas. Sólo el genio tuvo determinados privilegios en aquellas tenebrosas épocas en que ningún vidente podía ofrecer al mundo ni siguiera una ficción, sin adecuar al texto bíblico sus conceptos del cielo y de la tierra. Sólo al genio le cupo revelar libremente algunas de las augustas verdades de iniciación en aquellos siglos de ceguera mental, en que el temor al “Santo Oficio” cubría con tupido velo toda verdad cósmica y física. ¿De dónde sacó Ariosto, en su Orlando Furioso, aquella idea del valle de la Luna, en donde después de la muerte podemos encontrar las ideas e imágenes de todo cuanto en la tierra existe? ¿Cómo llegó Dante a imaginarse en su Infierno las múltiples descripciones de su visita y trato con las almas de las siete esferas que nos hace en aquella verdadera revelación épica de su Divina Comedia, comparable al Apocalipsis de San Juan? Las verdades ocultas no chocan al entendimiento vulgar cuando las enuncian la poesía o la sátira, porque se suponen hijas de la fantasía. El conde de Gabalis es mejor conocido y ha tenido mayor éxito que Porfirio y Jámblico. Por ficción se tiene a la misteriosa Atlántida de Platón; y en cambio creen en el diluvio universal algunos arqueólogos, que se mofan del mundo arquetípico a que alude Marcelo Palingenio en su Zodíaco; y se considerarían injuriados si se les invitara a discutir sobre los cuatro mundos: arquetípico, espiritual, astral, elemental, y otros tres más internos, de Mercurio Trismegisto. Evidentemente las sociedades civilizadas sólo están medio preparadas a recibir la revelación. De aquí que los iniciados no descubrirán del todo los secretos, hasta que la masa general de la humanidad haya cambiado su modo de ser actual y esté mejor dispuesta a aceptar la verdad. Razón tenía Clemente de Alejandría al decir: “Es indispensable ocultar en un misterio la sabiduría hablada” que enseñan “los hijos de Dios”.

Según iremos viendo, esta Sabiduría concierne a las primievales verdades que los “Hijos de la Mente” y los “Constructores” del universo, comunicaron a las primeras razas humanas.

En todos los países antiguos que por civilizados se tuvieron, hubo una doctrina esotérica, un sistema llamado genéricamente SABIDURÍA (24), a quienes se aplicaban a su estudio y fomento se les dio el nombre de sabios... Pitágoras llamó a este sistema ... ... ... , Gnosis o conocimiento de las cosas que son. Los antiguos maestros, los sabios de la India, los magos de Persia y Babilonia, los videntes y profetas de Israel, los hierofantes de Egipto y Arabia y los filósofos de Grecia y Roma, incluían en la noble denominación de SABIDURÍA todo conocimiento de naturaleza para ellos divina, distinguiendo una parte esotérica, y una parte exotérica. A esta última la llamaron los rabinos Mercavah, o sea cuerpo o vehículo del conocimiento superior (25).

Más adelante hablaremos de las leyes del sigilo a que están sujetos los discípulos orientales o chelas.


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