Síntesis de la ciencia, la religión y la filosofía




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SECCIÓN V




MOTIVOS DEL SIGILO



Frecuentes han sido las quejas contra el celo de los iniciados, al reservar las Ciencias ocultas, negándoselas a la humanidad. A los Guardianes del Saber Secreto se les ha culpado de egoísmo por detentar los “tesoros” de la sabiduría antigua; y se ha dicho que eran positivamente criminal guardar tales conocimientos (“si es que había alguno”), privando de ellos a los hombres de Ciencia, etcétera.

No obstante, motivos poderosos debió de haber para ello, cuando desde los albores de la Historia tal fue la conducta de todos los hierofantes y “maestros”. A Pitágoras, el primer adepto y verdadero hombre de ciencia de la Europa precristiana, se le vitupera por haber enseñado en público que la tierra estaba fija y que las estrellas se movían alrededor de ella, mientras que a los discípulos predilectos les enseñaba el sistema heliocéntrico, y que la Tierra era un planeta. Muchas son las razones que motivaron este sigilo. En Isis sin Velo se expuso ya la principal, que ahora repetiremos:

Desde el día mismo en que el primer místico enseñado por el primer instructor, perteneciente a las “divinas dinastías” de las primitivas razas, aprendió los medios de comunicación entre este mundo y los mundos de la hueste invisible; entre las esferas material y espiritual, pudo comprender que fuera desquiciar esta misteriosa ciencia el abandonarla a la profanación involuntaria del profano populacho. Su abuso determinaría la rápida destrucción de la humanidad; parecidamente a si se pusieran substancias explosivas en manos de chiquillos, proporcionándoles además la lumbre con que encenderlas. El primer instructor divino inició tan sólo a unos cuantos discípulos, y estos guardaron silencio ante el vulgo. Reconocieron ellos a su “Dios”; y todo adepto sintió al gran “Yo” dentro de sí. El Âtman, el Yo, el poderoso señor y Protector, mostró la plenitud de su potencia en quienes lo reconocían idéntico al “Yo soy”, al “Ego sum”, al “Asmi”, y eran capaces de escuchar “la aun leve voz”. Desde los días del hombre primitivo, descritos por el primer poeta védico, hasta la edad presente, no hubo filósofo digno de este nombre que no mantuviera tan misteriosa verdad en el silente santuario de su corazón. Si fue iniciado, la aprendió como ciencia sagrada; si de otra manera, cual Sócrates, repitiéndose a sí mismo e inculcando a sus discípulos el noble consejo: “Conócete a ti mismo”, reconoció a Dios en su interior. El rey salmista nos dijo: “Sois dioses”; y vemos que Jesús recuerda a los escribas que esta expresión fue dirigida a los mortales que sin blasfemia anhelaban para ellos el mismo privilegio. Y como fidelísimo eco, afirma San Pablo que todos somos “templo del Dios vivo”; mientras en otro pasaje observa cautelosamente que estas cosas sólo son para los “sabios” y no es “lícito” hablar de ellas (1).

Podemos exponer aquí algunos de los motivos de este sigilo:

La ley fundamental y clave maestra de la teurgia práctica, en sus principales aplicaciones al detenido estudio de los misterios cósmicos, sidéreos, físicos y espirituales, fue y es todavía lo que los neoplatónicos griegos llamaron “Teofanía”. En su significado más general es la “comunicación entre los Dioses (o Dios), y aquellos iniciados espiritualmente capaces de semejante interloquio”. Pero esotéricamente significa mucho más, pues no es tan sólo la presencia de un Dios, sino la actual, aunque temporánea, encarnación, la aleación, por decirlo así, del Ser supremo, de la Deidad personal, con el hombre, su representante o agente en la tierra. Por ley general, el Dios Supremo, la Superalma (Âtma-Buddhi) del ser humano, tan sólo cobija al individuo durante la vida mortal, con objeto de darle revelaciones y enseñanzas, siendo lo que los católicos llaman “ángel de la guarda” que “a nuestro lado nos vigila”; pero en el caso del misterio teofánico, esta Superalma encarna plenamente en el teurgo para realizar alguna revelación. Cuando la encarnación es temporánea, dura muy poco tan sublime estado, que se llama “éxtasis” definido por Plotino como “la liberación de la mente de su conciencia finita, para identificarse con lo Infinito"” El alma humana, brote y emanación de su dios, realiza en tal estado la unión de "Padre y el Hijo" y la “divina fuente fluye como un torrente por su humano cauce"”(2). Sin embargo, en casos excepcionales, el misterio es completo; el Verbo se hace realmente carne y el individuo llega a ser divino en toda la acepción de la palabra, puesto que su Dios personal toma vitalicio tabernáculo en su cuerpo, el “templo de Dios”, como San Pablo dijo.

Por Dios personal del hombre se entiende aquí no sólo su séptimo principio, que, per se, y en esencia, es meramente un rayo del infinito océano de Luz. Atma y Buddhi (los dos Principios más elevados) no son una dualidad, pues Atma emana indivisiblemente del Absoluto. El Dios personal no es la mónada, sino el prototipo, que por necesidad de término más apropiado llamamos el Kâranâtma manifestado (3) (Alma Causal), uno de los “siete” y principales receptáculos de las mónadas humanas o egos. Estos van gradualmente formándose y robusteciéndose durante el ciclo de encarnación por el constante incremento de individualidad, tomando de las personalidades en que encarna aquel principio andrógino que a un tiempo participa de lo celestial y de lo terreno, llamado por los vedantinos Jîva y Vijñânamaya Kosha y que los ocultistas designaron con el nombre de Manas (la Mente); en una palabra, aquello que parcialmente unido a la mónada encarna en cada renacimiento. Saben los teósofos que cuando está ello en perfecta unidad con su (séptimo) principio, el puro espíritu, es el Yo divino Superior. Después de cada encarnación, Buddhi-Manas extrae, por decirlo así, el aroma de la flor llamada personalidad, dejando que se desvanezcan como una sombra las heces o residuos terrenos. Ésta es la parte más difícil de la doctrina, por su metafísica trascendencia.

Según hemos dicho varias veces en esta y otras obras, los filósofos, sabios y adeptos de la antigüedad no fueron idólatras; al contrario, por reconocer la unidad divina, gracias a su iniciación en los misterios, comprendieron perfectamente la ..... (hiponea), o significación subyacente en el antropomorfismo de los llamados ángeles, dioses, y seres espirituales de todo linaje. Adoraron la única Esencia Divina que penetra a la Naturaleza entera; y reverenciaron a estos “dioses” superiores o inferiores, sin adorarlos ni idolizarlos jamás, ni aun a la personal divinidad (4) de que eran rayos ellos mismos, y a la cual invocaban.

Dijo Metrodoro de Chios, discípulo de Pitágoras:

La Santa Tríada emana del Uno, y es la Tetraktys; los dioses, los genios y las almas, son una emanación de la Tríada. Los héroes y hombres, reproducen la jerarquía en sí mismos.

La última parte del pasaje, significa que el hombre tiene en sí mismo los siete pálidos reflejos de las siete jerarquías divinas; por lo tanto, su Yo superior es reflejo del Rayo directo. Quien considera a éste como una entidad, en la ordinaria acepción de la palabra, es uno de los “infieles y ateos” de quienes habla Epicuro, pues siguiendo “las opiniones del vulgo”, atribuye a Dios un grosero antropomorfismo (5). Los adeptos y ocultistas saben que “los llamados dioses son los primeros principios” (Aristóteles). En todo caso, son principios inteligentes, conscientes y vivientes las siete primarias Luces manifestadas procedentes de la Luz inmanifestada, que para nosotros es oscuridad. Son los siete (exotéricamente cuatro), Kumâras o “Hijos nacidos de la Mente” de Brahmâ; los Dhyân-Chohans, o prototipos, en la eónica eternidad, de dioses inferiores y jerarquías de seres divinos, en el ínfimo peldaño de cuya escala estamos los hombres.

De modo que el politeísmo, filosóficamente comprendido, puede resultar muy superior al monoteísmo protestante que supone lo Infinito en la Divinidad limitada y condicionada, cuyas supuestas acciones hacen de ese “Absoluto e Infinito” la más absurda paradoja filosófica. Desde este punto de vista, el catolicismo romano es muchísimo más lógico que el protestantismo, si bien la Iglesia romana admite el concepto exotérico del “vulgo” pagano y rechaza la filosofía del puro esoterismo.

De modo que todo hombre tiene en los cielos su contraparte inmortal, o mejor dicho, su arquetipo. Quiere ello decir que durante el ciclo de renacimientos está indisolublemente unido éste a la parte mortal en cada una de sus encarnaciones; pero esto se verifica por medio del principio espiritual e intelectual enteramente distinto del yo inferior; y nunca por medio de la personalidad terrestre. De éstas, algunas faltas de vínculos espirituales, llegan hasta a romper esta unión. Como con enigmático estilo dice Paracelso, el hombre con sus tres espíritus (combinados), pende a manera de feto por los tres de la matriz del Macrocosmos; y el cordón que lo mantiene unido es el “Alma-Hilo”, “Sûtrâtmâ, y Taijasa (el “Brillante”) de los vedantinos, Por medio de este principio espiritual e intelectual, está unido el hombre a su arquetipo celeste; nunca por medio del yo inferior o cuerpo astral, que se desintegra y desvanece, en la mayor parte de los casos, sin quedar nada.

El Ocultismo o Teurgia enseña el modo de realizar esta unión. Pero sólo las acciones y personales merecimientos del hombre pueden producirla sobre la tierra o determinar su duración. Ésta dura desde unos segundos, un relámpago, o muchas horas. En este intervalo, el teurgo o teófano, es él mismo ese “Dios” protector, dotado durante ese tiempo, por lo tanto, de relativa omniscencia y omnipotencia. En adeptos tan perfectos y divinos como Buddha (6) y otros, este hipostático estado de avatárica condición, puede durar toda la vida; mientras que en los iniciados completos que no alcanzaron todavía el perfecto estado de Jivanmukta (7) la Teopneustía, cuando está en pleno influjo, se reduce al completo recuerdo de todo lo visto, oído y sentido por el Adepto elevado.

Según se lee en el Mândûkyopanishad, 4:

Taijas tiene la fruición de lo suprasensible.

Aquellos menos perfectos consiguen tan sólo parcial e indistinta memoria; y el principiante, en el primer período de sus experiencias psíquicas, tiene que afrontar al pronto una mera confusión, seguida de un rápido y completo olvido de los misterios vistos durante su estado superhipnótico. Al volver a la condición de vigilia física, el grado de recuerdo depende de su purificación psíquica y espiritual; pues el mayor enemigo de la memoria superior es el cerebro físico, el órgano de la naturaleza sensual y afectiva del hombre.

Hemos descrito los estados superiores para mejor comprensión de las palabras empleadas en esta obra. Hay tantas y tan varias condiciones y estados, que aun los videntes se exponen a confundirlos unos con otros. Repetiremos que la arcaica palabra griega “teofanía”, tuvo más amplio significado para los neoplatónicos que para los modernos pergeñadores de diccionarios. Esta palabra compuesta no quiere decir “aparición de Dios al hombre” como de su etimología se infiere (8) y fuera absurdo; sino la presencia real de Dios en el hombre, o sea la encarnación divina. Cuando Simón el Mago pretendía ser “el Dios Padre”, quería decir precisamente lo que se acaba de explicar, a saber que era una divina encarnación de su propio Padre, sea que en éste veamos un ángel, un dios o un espíritu; y por eso se decía de él: “Éste es el poder de Dios que se llama grane” (9), o sea el poder por el cual el divino Yo se engasta en su yo inferior; es decir, en el hombre.

Éste es uno de los varios misterios de la existencia y de la encarnación. Otro es el que se nos ofrece cuando un adepto alcanza en vida aquel estado de pureza y santidad que “lo equipara a los ángeles”. Entonces su cuerpo astral, o aparicional, después de la muerte física, se hace tan sólido y tangible como el carnal y se transforma en el hombre verdadero (10). El antiguo cuerpo físico se desecha en tal caso como muda de piel la culebra y a su albedrío el cuerpo del “nuevo” hombre puede hacerse visible o invisible por estar eclipsado por una concha âkâshica que lo envuelve. Tres caminos tiene el Adepto entonces:

1º Permanecer en la esfera etérea de la tierra (vâyu o kâma-loka), en esa localidad etérea oculta a las miradas humanas, excepto durante relámpagos clarividentes. En este caso, su cuerpo astral, por virtud de su gran pureza y espiritualidad, ha perdido las condiciones requeridas para que la luz âkâshica (el éter inferior o terrestre), absorba sus partículas semimateriales; y el adepto tendría que permanecer en compañía de los cascarones astrales en proceso de desintegración sin hacer obra útil. Esto, naturalmente, no puede ser.

2º Por un supremo esfuerzo de voluntad, puede sumirse completamente en su mónada y quedar unido a ella. Sin embargo, si tal hiciese: a) impediría que su Yo superior alcanzara el póstumo samâdhi (estado de dicha que no es nirvâna real) puesto que el cuerpo astral, aunque puro, sería demasiado terreno para semejante estado de felicidad; y b) con esto crearía karma, pues es egoísta la acción de cosechar los frutos en provecho propio.

3º El adepto puede renunciar conscientemente al nirvâna y quedarse trabajando en la tierra por el bien de la humanidad, lo cual le cabe hacer de dos diferentes modos: dando a su cuerpo astral apariencia física como se ha dicho, y resumiendo en él su personalidad; o aprovechándose, ya del cuerpo físico enteramente nuevo de un recién nacido, ya de algún “cuerpo abandonado” como con el de un Rajá muerto hizo Shankarâchârya, para vivir en él cuanto quiera (11). A esto se le llama “existencia continuada”. En “El Misterio de Buddha” explicaremos más detenidamente estos fenómenos, incomprensibles para los profanos, y absurdos para la mayoría de las gentes. Tal es la doctrina que se nos enseña y que, a nuestra elección, podemos estudiar hasta profundizarla, o no hacer caso de ella.

Lo expuesto es tan sólo una corta parte de lo que hubiéramos podido publicar en Isis sin Velo si fuera entonces tiempo oportuno como lo es ahora. Nadie estudiará provechosamente las ciencias ocultas a menos que se entregue a ellas en cuerpo, corazón y alma. Algunas de sus verdades son demasiado terribles y peligrosas para las mentes mediocres. No es posible jugar impunemente con tan tremendas armas. Por lo tanto, según dice San Pablo, es “ilícito” hablar de ellas; aceptemos el aviso, y hablemos tan sólo de lo “lícito”.

La cita [de Isis sin Velo] que figura al principio de esta sección se refiere únicamente a la magia psíquica o espiritual, Las enseñanzas prácticas de la ciencia oculta son completamente distintas, y pocos tienen el necesario vigor mental para recibirlas. El éxtasis y diversas clases de autoiluminación puede alcanzarlos uno mismo, sin necesidad de iniciador ni maestro; porque al éxtasis se llega mediante el interno imperio y dominio del Yo sobre el ego físico; mientras que para adquirir mando sobre las fuerzas de la naturaleza, se necesita larga práctica o ser “mago de nacimiento”. Así, pues, a los que carecen de ambas cualidades requeridas, se les aconseja insistentemente que se limiten al desenvolvimiento espiritual. Pero aun éste es difícil; porque la primera e indispensable condición es la inquebrantable creencia en los poderes propios y en el Dios interno; pues de otro modo se convertiría uno en un médium irresponsable. En toda la literatura mística del mundo antiguo descubrimos la misma idea, espiritualmente esotérica, de que el Dios personal está dentro y no fuera del adorador. Esta Deidad personal no es vana palabra ni ficción caprichosa, sino una Entidad inmortal, el Iniciador de los iniciados, ahora que ya no habitan entre nosotros los iniciadores celestes (los shishta de los ciclos precedentes). Como rápida y clara corriente subterránea, fluye aquélla sin mancillar su cristalina pureza en las fangosas y turbias aguas del dogmatismo religioso con su forzado Dios en figura de hombre y su intolerancia. La idea de Dios interior palpita en el enmarañado y tosco estilo del Codex Nazaraeus, en el grandilocuente y neoplatónico Evangelio de San Juan, en los antiquísimos Vedas, en el Avesta, en el Abhidharma, en el Sânkhya de Kapila y en el Bhagavad Gîtâ. No es posible alcanzar el adeptado y el nirvâna, la felicidad y el “reino de los cielos”, sin unirnos indisolublemente a nuestro Rey de la Luz, al Señor del Esplendor y de la Luz, el inmortal Dios que está en nosotros. “Aham eva param Brahman”. “Verdaderamente yo soy el supremo Brahman”. Tal fue siempre la única verdad viva en el corazón y en la mente de los adeptos; y esta verdad es la que ayuda al místico a llegar al adeptado. Primero es preciso reconocer en nuestro interior el inmortal Principio, y después únicamente se puede conquistar el reino de los cielos por las violencias. Pero esta espiritual proeza sólo puede cumplirla el hombre superior (no el intermedio, ni mucho menos el inferior que es deleznable polvo). Tampoco puede el segundo hombre, el “Hijo” en este plano (como el “Padre” es también “Hijo” en plano superior), realizar cosa alguna sin auxilio del primero, del “Padre”. Pero para lograr éxito, tiene uno que identificarse con su propio Padre divino.

El primer hombre es de la tierra, terreno, el segundo hombre [el interno, el más elevado] es el Señor del cielo... He aquí, os digo un misterio (12).

Esto dice San Pablo refiriéndose únicamente al hombre dual y trino, para mejor comprensión de los no iniciados. Sin embargo, esto no basta; porque es preciso cumplir el délfico mandato; y que a sí mismo se conozca el hombre, para convertirse en perfecto adepto. Pocos pueden adquirir empero este conocimiento; no ya tan sólo en su místico significado, sino ni siquiera en su simple sentido literal, pues hay dos significados en este mandamiento del Oráculo. Tal es, lisa y llanamente, la doctrina de Buddha y de los Bodhisattvas. Éste es también el místico sentido de lo que san Pablo dijo a los corintios, sobre que ellos eran el “templo de Dios”; pues he aquí el sentido esotérico:

¿No sabéis que sois templo de [él, o vuestro] Dios y que el espíritu de [un, o vuestro] Dios, mora en vosotros? (13).

Estas palabras encierran exactamente el mismo significado que el “Yo soy verdaderamente Brahman” de los vedantinos, y si blasfemia es esto, también habría de serlo lo dicho por San Pablo, lo cual se niega. Al contrario, la afirmación vedantina es mucho más sincera y explícita que la cristiana, porque los brahmanes nunca se refieren a su cuerpo físico al decir “yo”, “sino que lo consideran como forma ilusoria, para ser visto por los demás en él, y ni tan siquiera como parte del “yo”.

Todas las naciones antiguas comprendieron perfectamente el mandato délfico: “Conócete a ti mismo”. Igualmente lo comprenden hoy día las religiones orientales, pues con excepción de los musulmanes, forma parte de toda religión oriental, incluso los judíos instruidos cabalísticamente. Sin embargo, para entender bien su significado es preciso ante todo creer en la reencarnación y sus misterios; no como la admiten los reencarnacionistas franceses de la escuela de Allan Kardec, sino según la expone y enseña la filosofía esotérica. En una palabra, el hombre debe saber quién fue antes de saber lo que es. Pero ¿cuántos europeos son capaces de creer, en absoluto, como ley general, en sus pasadas y futuras encarnaciones, dejando aparte el místico conocimiento de su vida precedente? La educación primaria, el habitual ejercicio de la mente, la tradición, todo, en suma, contraría tal creencia durante toda su vida. A las gentes instruidas se les imbuyó la perniciosa idea de que son casuales las hondas diferencias existentes entre los hombres, aun de una misma raza; que el ciego azar abrió abismos de separación entre hombres de distinta cuna, posición y cualidades personales (circunstancias todas que tan poderosamente influyen en el proceso de cada vida humana), y que todo se debe al ciego azar. Tan sólo los más piadosos, encuentran equívoco consuelo ante semejantes diferencias, atribuyéndolas a la “voluntad de Dios”. Nunca han analizado, nunca se han detenido a pensar que al rechazar neciamente la equitativa ley de los múltiples renacimientos, arrojan sobre su Dios el más infamante oprobio. ¿Han reflexionado alguna vez los cristianos sinceros y anhelosos de imitar la conducta de Cristo, sobre la pregunta: “¿Eres tú Elías?” que al Bautista (14) dirigieron los sacerdotes y levitas? El Cristo enseñó a sus discípulos esta gran verdad de la Filosofía Esotérica; pero, si los apóstoles la comprendieron, parece que nadie más ha desentrañado su recto sentido. Ni aun Nicodemo, que a las palabras de Jesús: “A menos que el hombre sea nacido de nuevo (15) no verá el reino de los cielos”, respondió: “¿Cómo puede nacer un hombre viejo?”; a lo que Cristo replicó: “¿Eres maestro en Israel y no sabes estas cosas?”, pues nadie tiene derecho a llamarse “maestro” e instructor, si no ha sido iniciado en los misterios del renacimiento espiritual por el agua, el fuego y el espíritu, y en el renacimiento en la carne (16). También aluden transparentemente a la doctrina de los múltiples renacimientos, las palabras con que Jesús respondió a los saduceos “que negaban la resurrección”, esto es, el renacimiento, puesto que aun el clero docto considera hoy absurda la resurrección de la carne:

Los que sean dignos alcanzarán aquel mundo [el nirvâna] (17), en que no hay bodas... y en donde no morirán ya más;

Lo cual indica que ya habían muerto más de una vez. Y también:

Que los muertos se han levantado ahora lo mostró también Moisés... cuando llamó al Señor, el Dios de Abraham y el Dios de Isaac y el Dios de Jacob; pues él no es Dios de muertos, sino de vivos (18).

La frase “se han levantado ahora” se refiere evidentemente a los entonces actuales renacimientos de los Jacob e Isaac, y no a su futura resurrección; porque en tal caso hubieran estado aún muertos, y no se hablara de ellos como “vivos”.

Pero la parábola más sugestiva de Cristo, su más concluyente “sentencia enigmática” es la que dio a sus apóstoles, sobre el hombre ciego:

Maestro, ¿quién pecó, éste o sus padres, para haber nacido ciego? – Y Jesús respondió: “Ni este hombre [el físico, el ciego] pecó, ni sus padres; mas que las obras de [su] Dios es preciso se manifiesten en él” (19).

El hombre es sólo el “tabernáculo”, la “casa” de su Dios; y por lo tanto no es el templo sino su morador, el vehículo de Dios (20), quien pecó en una encarnación anterior y trajo en consecuencia el karma de ceguera en el nuevo cuerpo físico. Vemos, pues, que Jesús habló verdad; pero sus prosélitos persisten hasta hoy en no comprender las palabras de la sabiduría hablada. La Iglesia cristiana presenta al Salvador en las interpretaciones que da a sus palabras, como si realizara un programa preconcebido que hubiese de conducir a un previsto milagro. Verdaderamente, el gran Mártir desde entonces y durante diez y ocho siglos, está siendo crucificado día tras día, por clérigos y laicos, mucho más cruelmente que lo fue por sus alegóricos enemigos. Porque tal es el recto sentido de las palabras “que las obras de Dios es preciso se manifiesten en él”, si las leemos a la luz de la interpretación teológica, y es poco digno si se rechaza la explicación esotérica.

Tal vez algunos consideren esto como palmaria blasfemia; pero sabemos que muchos cristianos cuyos corazones palpitan por el ideal de Jesús, y cuyas almas repugnan la teológica figura del Salvador canónico, reflexionarán sobre aquella explicación, sin hallar blasfemia alguna, sino tal vez un consuelo.


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