Síntesis de la ciencia, la religión y la filosofía




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SECCIÓN VI




PELIGROS DE LA MAGIA PRÁCTICA



Dual es el poder de la magia; y nada más fácil, por consiguiente, que degenere en hechicería; para lo que basta un mal pensamiento. Así, pues, mientras el ocultismo teórico es inocente, y puede ser beneficioso, la magia práctica, el fruto del árbol de la Vida y del Conocimiento (1) o sea la “Ciencia del bien y del mal”, está erizada de riesgos y peligros. Para estudiar el ocultismo teórico hay, sin duda, varias obras de provechosa lectura, además de libros tales como Las Fuerzas sutiles de la naturaleza, etc., el Zohar, Sepher Yetzirak, Libro de Enoch, Kábalah de Frank y muchos tratados herméticos. Si bien raras en las lenguas vulgares de Europa, abundan estas obras en latín, por haber sido sus autores los filósofos medievales a quienes generalmente se les llama alquimistas o rosacruces. Sin embargo, aun la lectura de estos libros puede perjudicar al estudiante desguiado, que los abra sin clave adecuada ni capacidad propia para distinguir los senderos diestro y siniestro de la magia. En este caso aconsejaríamos al estudiante que no emprendiese solo la tarea, pues acarrearía sobre él y los suyos inesperados males y aflicciones, sin conocer su procedencia ni la naturaleza de los poderes que, despertados por su mente, gravitarían sobre su vida. Muchas son las obras a propósito para los estudiantes adelantados; mas tan sólo pueden ponerse a disposición de discípulos “juramentados” o chelas que han contraído el solemne y vitalicio compromiso, que les da derecho a protección y ayuda. En cualquier otro caso, la lectura de semejantes obras, por bien intencionadas que sean, no pueden por menos de extraviar al incauto y conducirle imperceptiblemente a la Magia Negra o Brujería, si no a algo peor.

Los caracteres místicos, las letras y guarismos, especialmente estos últimos, son la parte más peligrosa de cuanto se halla en la Gran Kabalah. Y decimos peligrosa, por la suma rapidez de sus efectos, independientes o no de la voluntad del experimentador, y aun sin su conocimiento. Algunos estudiantes pueden dudar de la exactitud de esta afirmación, por cuanto, después de manipular estos números, no pudieron advertir ninguna terrible manifestación física. Tales resultados hubieran sido los menos peligrosos; las causas morales producidas y los varios acontecimientos sobrevenidos y acumulados en imprevistas crisis, atestiguarían cuán cierto es lo dicho, si los estudiantes profanos tuviesen al menos la facultad de discernir.

La rama especial de ocultismo conocida con el nombre de “Ciencia de las correspondencias” numéricas o literales tiene por epígrafe o punto de partida aquellos dos mal interpretados versículos de los cabalistas cristianos, según los cuales, Dios:

Ordenó todas las cosas en número, peso y medida (2).

y que:

Él la creó en el Espíritu Santo, y la vio, contó y midió (3).

El ocultismo oriental tiene otro punto de partida: “La Unidad absoluta x, en el número y la pluralidad”. Tanto los estudiantes occidentales como los orientales de la Sabiduría Secreta, reconocen esta verdad axiomática. Pero los últimos la confiesan más sinceramente. En vez de encubrir su ciencia, la muestran a toda faz; por más que velen cuidadosamente su corazón y su alma ante las miradas incomprensivas del vulgo profano, siempre propenso a abusar con fines egoístas de las más sagradas verdades. Pero la Unidad es la base real de las ciencias ocultas, así físicas como metafísicas. Esto lo indica hasta el erudito cabalista occidental Eliphas Levi, no obstante sus aficiones un tanto jesuíticas. Dice él así:

La Unidad absoluta es la suprema y final razón de las cosas. Por lo tanto esa razón no puede ser ni una ni tres personas; es la Razón por excelencia (4).

El significado de esta Unidad en la pluralidad, en “Dios” o en la Naturaleza, sólo puede descubrirse por métodos trascendentales, por los números, así como por las relaciones entre un alma y el Alma. Tanto en la Kabalah como en la Biblia, los nombres tales como Jehovah, Adán Kadmon, Eva, Caín, Abel y Enoch están más íntimamente relacionados, por correspondencias geométricas y astronómicas, con la Fisiología (o el falicismo); que con la Teología o la religión. Por poco que las gentes se hallen preparadas aún para admitirla, se mostrará la verdad de este hecho. Aunque todos aquellos nombres son símbolos de cosas ocultas, tanto en la Biblia como en los Vedas, difieren mucho sus respectivos misterios. Los arios y los judíos aceptaron el lema de Platón: “Dios geometriza”; pero mientras los primeros aplicaron su Ciencia de las correspondencias a velar las más espirituales y sublimes verdades de la Naturaleza, los últimos emplearon su ingenio en encubrir sólo uno (para ellos el más divino) de los misterios de la Evolución, a saber, el del nacimiento y la generación, divinizando después los órganos de esta última.

Aparte de esto, todas las cosmogonías sin excepción se basan, entrelazan e íntimamente se relacionan con los números y figuras geométricas. Un iniciado dirá que estas figuras y guarismos dan valores numéricos, basados en los valores integrales del círculo, llamado por los alquimistas “la secreta morada de la siempre invisible Divinidad”; del mismo modo que darán otros símbolos relacionados con otros misterios, sean antropográficos, antropológicos, cósmicos y físicos. “Relacionando las ideas con los números, podemos operar con ideas de la misma manera que con números, estableciendo así las matemáticas de la verdad”; esto escribe un ocultista que muestra su gran sabiduría al desear permanecer desconocido:

Cualquier cabalista que conozca el sistema numérico y geométrico de Pitágoras, puede demostrar que las ideas metafísicas de Platón están basadas sobre los más estrictos principios matemáticos. Dice el Magicon: “Las verdaderas matemáticas son algo que palpita en todas las ciencias; y las matemáticas vulgares no son sino ilusoria fantasmagoría, cuya muy encomiada infabilidad se apoya únicamente en condiciones y referencias materiales...”

Tan sólo la teoría cosmológica de los números que Pitágoras aprendió en la India y de los hierofantes egipcios, es capaz de conciliar las dos unidades: materia y espíritu; de modo que por una de ellas se demuestra matemáticamente la otra. Tan sólo la combinación esotérica de los sagrados números del universo puede resolver el gran problema, y explicar la teoría de la irradiación y el ciclo de las emanaciones. Los órdenes inferiores, antes que desenvuelvan en los superiores, han de emanar otros órdenes espirituales, para ser reabsorbidos en el infinito cuando alcanzan el punto de conversión (5).

En estas verdaderas Matemáticas se funda el conocimiento del Kosmos y de todos los misterios; y a quien las conozca, le será fácil comprobar que tanto la cosmogonía védica como la bíblica tienen por raíz la ley de “Dios en la Naturaleza” y “la Naturaleza en Dios”. Por lo tanto, esta ley, como cualquiera otra eternamente fija e inmutable, sólo puede hallar correcta expresión en aquellas purísimas y trascendentales Matemáticas de Platón, y especialmente en las aplicaciones trascendentales de la Geometría. Revelada (no rehuimos ni retiramos la palabra) a los hombres en esta forma, geométricamente simbólica, ha ido desenvolviéndose la Verdad en símbolos adicionales de invención humana, añadidos adrede para que la comprendieran mejor las gentes que, llegadas demasiado tarde a su ciclo evolutivo para participar del primitivo conocimiento, no podían entenderlas de otra manera. Pero no es culpa de las gentes, sino del sacerdocio (ávido en todo tiempo de dominación y poderío), el que, degradando las ideas abstractas, se haya representado en figuras humanas a los divinos seres que presiden y son los guardianes y protectores de nuestro manvantárico período del mundo.

Pero ha llegado el día en que al pensamiento religioso no le satisfacen los groseros conceptos de nuestros antepasados de la Edad Media. Los alquimistas y místicos medievales son hoy físicos y químicos escépticos; y en su mayor parte se desvían de la verdad, a causa de las ideas puramente antropomórficas, y groseramente materialistas, con que se la representa. Por lo tanto; o las futuras generaciones habrán de ser gradualmente iniciadas en las verdades subyacentes en las religiones exotéricas, o habrán de romper los pies de barro dorado del último ídolo. Ningún hombre culto desecharía las que ahora llaman “supersticiones” que cree basadas en cuentos infantiles, si pudiera ver los hechos que de fundamento les sirven. Por el contrario, una vez enterado de que toda enseñanza de las ciencias ocultas se funda en filosóficos y científicos hechos naturales, se aplicaría al estudio de estas ciencias con tanto ardor como antes lo rehuyera. Esto no puede realizarse de una vez, porque para mayor provecho de la humanidad, han de revelarse tales verdades poco a poco y con muchas precauciones, pues la mente pública no está aún preparada para ellas. Además, si bien muchos agnósticos de nuestra época se hallan en la actitud mental que la ciencia moderna exige, el vulgo propende siempre a entercarse en sus viejas manías mientras dura su recuerdo. Así hizo el emperador Juliano (llamado el apóstata por amar demasiado a la verdad para aceptar otra cosa), y que, aunque en su última Teofanía contempló a sus amados Dioses como sombras pálidas y borrosas, se aferró sin embargo a ellos. Dejemos, pues, que el mundo se aferre a sus dioses, de cualquier plano o categoría que sean. El verdadero ocultista sería reo de lesa humanidad, si derribara las viejas divinidades antes de que pueda reemplazarlas por la entera y pura verdad, lo cual no puede hacer todavía; si bien al lector se le consienta aprender al menos el alfabeto de esa verdad. En todo caso se le puede mostrar que dioses del paganismo que la Iglesia califica de demonios, no son lo que se cree, aunque no pueda saber la verdad entera de lo que son. Sepa el lector que las herméticas “Tres Matres” y las “Tres Madres” del Sepher Yetzirah, son la misma cosa; que no son divinidades infernales, sino la luz, el calor y la electricidad; y entonces quizá los hombres instruidos cesarán de despreciarlas. Logrado esto, los iluminados rosacruces podrán tener prosélitos aun en las mismas Academias, que con ello estarán mejor dispuestas que hoy a reconocer las antiguas verdades de la filosofía natural arcaica, especialmente cuando sus eruditos miembros se convenzan de que en lenguaje hermético, las “Tres Madres” son el símbolo de todos los agentes que tienen lugar propio en el moderno sistema de la “correlación de fuerzas” (6). Hasta el politeísmo del “supersticioso” e idólatra brahman tiene su razón de ser, supuesto que las tres Shaktis de los tres grandes dioses Brahmâ, Vishnu y Shiva son idénticas a las “Tres Madres” del monoteísta judío.

Simbólico es el conjunto de las religiones antiguas con sus literaturas místicas. Los Libros de Hermes, el Zohar, el Ya-Yakav, el egipcio Libro de los Muertos, los Vedas, los Upanishads y la Biblia, están llenos de simbolismo como las revelaciones nabateas del caldaico Qû-tâmy. Preguntar cuál de ellos tiene primacía, es perder el tiempo. Todos ellos son versiones distintas de la primieval revelación y del conocimiento prehistórico.

Los cuatro primeros capítulos del Génesis contienen la sinopsis del Pentateuco, y constituyen versiones varias de los mismos conceptos, en diferentes aplicaciones alegóricas y simbólicas. El autor del Origen de las medidas, obra desgraciadamente poco conocida en Europa, sólo infiere la presencia de las Matemáticas y de la Metrología en la Biblia, de que las dimensiones de la pirámide de Cheops reaparecen minuciosamente en la estructura del templo de Salomón; y de que los nombres bíblicos Sem, Cam y Jafet determinan “las dimensiones de la pirámide en relación con el período noético de 600 años y el período postnoético de 500 años”; así como también de que las frases “hijos de Elohim” e “hijas de Adán” corresponden a voces astronómicas. El autor deduce de todo ello raras y sorprendentes conclusiones, no corroboradas por los hechos. Su opinión se contrae, al parecer, a que por ser astronómicos los nombres de la Biblia judaica, han de ser como ella todas las demás Escrituras. En esto yerra profundamente el erudito y sagacísimo autor del Origen de las Medidas. La “Clave del Misterio egipcio.hebraico”, sólo descifra una porción de los escritos hieráticos de ambos pueblos, y deja indescifrados los de otras naciones. La opinión del autor es que “la sublime ciencia sola de la Kabalah, sirvió de base a la Masonería”; y en efecto, considera a la Masonería como la esencia de la Kabalah y a ésta como “base racional del texto hebreo de la Sagrada Escritura”. No discutiremos acerca de esto con el autor, pero tampoco condenaremos a los que en la Kabalah ven algo más que “la sublime ciencia” supuesto fundamento de la Masonería. Semejante conclusión daría lugar, por su exclusivismo y parcialidad, a futuros errores, además de ser absolutamente injusta y empañadora de la “divina ciencia”.

La Kabalah es verdaderamente “de la esencia de la Masonería”; pero tan sólo depende de la Metrología en el aspecto menos esotérico, pues Platón no encubrió jamás la idea de que la Divinidad geometriza. Para el no iniciado, por muy erudito y genial que sea, la Kabalah que trata únicamente de la “vestidura de Dios”, del velo y manto de la verdad, “está cimentada sobre la aplicación práctica a usos actuales” (7); lo cual significa que tan sólo es ciencia exacta en el plano terreno. Para el iniciado, el Señor cabalístico desciende de la raza primieval, de la progenie espiritual de los “Siete Hijos de la Mente”. Al legar a la tierra, las divinas matemáticas (8) velaron su rostro; y por tanto el secreto más importante que nos han descubierto en la época presente es la identidad de las antiguas medidas romanas con las inglesas actuales, y del codo hebreo-egipcio con la pulgada masónica (9).

El descubrimiento es maravilloso, y ha servido de guía para llegar a otros de menor importancia respecto de los símbolos y nombres bíblicos. Según muestra Nachanides, está enteramente comprobado que en tiempos de Moisés se leía como sigue el primer versículo del Génesis: B’rash ithbara Elohim, cuya traducción es: “En laprimitiva fuente [Mûlaprakriti, la Raíz sin Raíz], desarrollaron [o evolucionaron] los Dioses [Elohim], los cielos y la tierra”; mientras que ahora, debido a los puntos masotéricos y a la astucia teológica, se ha transformado el versículo en B’rashith bara Elohim, que significa: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra”, cuya versión amañada ha llevado al antropomorfismo y al dualismo. ¿Cuántos más ejemplos semejantes no se pueden encontrar en la Biblia que es la obra última y más reciente entre las ocultas de la antigüedad? A ningún ocultista le puede caber duda de que, no obstante su contextura y significación externa, la Biblia, tal como se explica en el Zohar o Midrash, el Yetzirah (Libro de la Creación) y el Comentario de los diez Sephiroth (por Azariel ben Manachem, del siglo XII), es parte y porción de la Doctrina Secreta de los arios, expuesta de la misma manera en los Vedas y demás libros alegóricos. El Zohar es copia y eco fiel de los Vedas, como lo evidencia el enseñar que la causa Única e Impersonal se manifiesta en el Universo por medio de sus emanaciones, los Sephiroth; y que el universo, en su totalidad, es sencillamente el velo tejido de la propia sustancia de la Deidad. Estudiada en sí misma, sin el auxiliar cotejo de la literatura védica y brahmánica en general, no se encontrarán en la Biblia los secretos universales de la naturaleza oculta. Los codos, pulgadas y medidas del plano físico nunca resolverán los problemas del mundo en el plano espiritual, porque el espíritu no tiene peso ni medida. La resolución de estos problemas está reservada a los “místicos y soñadores”, que son los únicos capaces de resolverlos.

Moisés fue un sacerdote iniciado, versado en todos los misterios, ciencias y enseñanzas ocultas de los templos egipcios, y por lo tanto muy al tanto de la sabiduría antigua. En esta última es donde ha de buscarse el significado simbólico y astronómico del “Misterio de los Misterios”, la gran Pirámide. Y como Moisés se familiarizó con los secretos geométricos que durante largos eones escondieron en su robusto seno las medidas y proporciones del Kosmos, incluso las de nuestra diminuta Tierra, ¿qué maravilla que se aprovechara de sus conocimientos? El esoterismo de Egipto fue en un determinado momento el del mundo entero. Durante el largo período de la tercera raza había sido patrimonio común de todo el género humano, recibido de sus instructores los “Hijos de la Luz”, los siete primievales. Hubo también época en que la Religión de Sabiduría no era simbólica; pues llegó a serlo paulatinamente, a causa de los abusos y hechicerías de los atlantes. Porque el “abuso” del divino don y no el uso, es lo que condujo a los hombres de la cuarta raza a la magia negra y a la brujería, hasta que por fin se “hizo olvidadizo” de la sabiduría; mientras que los hombres de la quinta raza, los herederos de los rishis de la Tretâ Yuga, emplearon sus facultades para atrofiar los divinos dones en la humanidad en general, y luego se dispersaron como “raíz escogida”. Tan sólo conservaron memoria de las divinas enseñanzas, los que se salvaron del “Gran diluvio”; y la creencia de un cambio, basada en el conocimiento de sus progenitores, les dio a entender que existió tal ciencia, celosamente guardada por la “raíz elegida”, por Enoch exaltada. Pero tiempo ha de venir en que el hombre vuelva a ser gradualmente tan puro y semicorpóreo como lo fue durante la segunda edad (Yuga). Así será cuando pase su ciclo de pruebas. El iniciado Platón nos dice en el Fedro, lo que fue el hombre y lo que volverá a ser:

Antes de que es espíritu del hombre cayera en la sensualidad y rotas las alas quedase aprisionado en el cuerpo, vivía con los dioses en el sutil mundo espiritual, allí donde todo es verdadero y puro (10).

En otro pasaje habla de la época en que los hombres no procreaban, sino que vivían como espíritus puros.

Los científicos que de esto se rían, atrévanse a desentrañar el misterio del origen del primer hombre.

Deseoso de que el pueblo por él escogido no cayese en la grosera idolatría de los circundantes, aprovechó Moisés su conocimiento de los misterios cosmogónicos de la Pirámide, para fundamentar sobre él la Cosmogonía del Génesis con símbolos y alegorías mucho más inteligibles para el vulgo que las abstrusas verdades enseñadas en los santuarios a los escogidos. Moisés tan sólo fue original en la forma de expresión; mas no añadió ni una tilde al concepto, siguiendo en esto el ejemplo de los iniciados de naciones más antiguas. Al encubrir bajo ingeniosas alegorías las verdades que aprendió de los hierofantes, satisfizo así las exigencias de los israelitas; pues esta obstinada raza no hubiera aceptado Dios alguno, a menos que fuera tan antropomórfico como los del Olimpo; y el mismo Moisés no acertó a prever la época en que ilustres legisladores defenderían la cáscara, del fruto de aquella sabiduría que en el monte Sinaí germinó y en él sazonó cuando se comunicaba con su personal Dios, con su divino Yo. Moisés comprendió el gravísimo riesgo de entregar semejantes verdades al egoísmo de las multitudes, porque se acordaba del pasado y conocía el significado de la fábula de Prometeo. De aquí que velara alegóricamente las enseñanzas, para preservarlas de profanas miradas. Por esto dice su biógrafo, que al bajar del Sinaí no sabía que su cara estaba radiante... y puso un velo sobre su faz (11).

Así también veló la faz del Pentateuco de tal manera, que hasta 3376 años después, según la cronología ortodoxa, no empezó el pueblo a advertir que estaba “velado”. No ha brillado la faz de Dios en él, ni siquiera la de Jehovah, ni aun la de Moisés; sino verdaderamente, las de los últimos rabinos.

No es, pues, extraño que Clemente de Alejandría dijese en el Stromateis (12):

Los enigmas de los hebreos en relación con lo que encubren, son semejantes a los de los egipcios.


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