Los procesos de urbanización e industrialización en la españa de la restauracióN




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fecha de publicación23.12.2015
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I. LA ÉPOCA DE LA RESTAURACIÓN, 1874-1923


  1. LOS PROCESOS DE URBANIZACIÓN E INDUSTRIALIZACIÓN EN LA ESPAÑA DE LA RESTAURACIÓN


El desarrollo industrial español se inició al mismo tiempo que se producía la formación del Estado liberal, hacia los años cuarenta del siglo XIX. En esos momentos se produjeron modificaciones en la estructura de la propiedad de la tierra tras los procesos desamortizadores (se liberó la propiedad y muchas tierras pasaron a la burguesía más adinerada aunque no se mejoró la situación del campesinado ni se formó la tan deseada clase media campesina) y se inició un cierto desarrollo industrial localizado en algunas zonas del sur de España (Málaga), y especialmente en el norte, en Vascongadas, Asturias (industria siderúrgica asociada a las minas de carbón) y en Cataluña (industria textil).

Unido a este primer desarrollo industrial comenzó la construcción de carreteras y ferrocarriles, medios de comunicación necesarios para crear un mercado nacional que permitiera un rápido crecimiento. Sin embargo no fue así y esta primera etapa de industrialización fue muy lenta y estuvo perjudicada por la inestabilidad política y los enfrentamientos civiles.

En la década de los ochenta y coincidiendo con el periodo de la Restauración, España conocerá su despegue industrial, de expansión urbana y de modernización social, favorecido por la estabilidad política que caracterizó a esta etapa, pero el proceso no fue equiparable al del resto de Europa occidental. En estos momentos, Europa conoce grandes trasformaciones económicas, conocidas como la IIª revolución industrial, transformaciones que se debieron a la consolidación de las industrias tradicionales como la textil y la siderurgia y al desarrollo de nuevas como la química, la metalúrgica, la alimentaria o la automovilística; a la utilización de nuevas fuentes de energía como el petróleo y la electricidad y a los nuevos medios de transporte como el automóvil. Todas ellas contribuyeron a cambiar la vida de los europeos de entonces. Mientras tanto España, a pesar de los avances, siguió siendo predominantemente agraria y las transformaciones sociales y económicas, aunque relevantes, no afectaron a todas las regiones.



  1. Causas del atraso económico

El atraso económico de España tiene varias explicaciones, unas de carácter geográfico y otras de carácter histórico:

Las condiciones geográficas de la Península dificultaron las comunicaciones interiores y la formación de un mercado nacional articulado, hasta la construcción de una red ferroviaria que facilitó la relación interior – periferia y favoreció los intercambios con el exterior. Además, la escasez de materias primas y de fuentes de energía y su dispersión geográfica hicieron costosa la producción industrial (exportación de hierro y minas de carbón pobres y de extracción costosa). A esta debilidad de las materias primas se sumó la falta de mano de obra industrial por el lento crecimiento demográfico. Por una parte el crecimiento de la población fue desigual según zonas, por otra, el excedente de población de finales de siglo se orientó fundamentalmente hacia la emigración exterior y no hacia las ciudades.

También constituyó una rémora para la industrialización la carencia de excedentes agrícolas y la falta de un mercado interior capaz de absorber la producción industrial. Fue determinante el bajo nivel de vida del conjunto de la población española, en especial la rural, carente del poder adquisitivo necesario para demandar productos industriales. Esta situación empeoró con la pérdida de las colonias americanas que significó la pérdida de mercados y de materias primas, mientras el proceso de industrialización europeo coincidía con la formación de los imperios coloniales.

Por último destacar, la falta de capitales y de mentalidad inversora en la España de la época que imposibilitó la innovación en las técnicas productivas de la industria española. El capital obtenido por los beneficios agrícolas, en vez de ser invertido en el desarrollo de la industria, se orientó hacia la compra de la deuda pública y de tierras desamortizadas. El continuo endeudamiento de la Hacienda pública, con su permanente emisión de Títulos de Deuda con intereses cada vez más altos, acaparó para el Estado los pocos capitales existentes e impidió que fueran invertidos de manera productiva. La burguesía española fue fundamentalmente rentista y terrateniente y orientó sus capitales hacia procesos especulativos. Solo en el Norte y en Cataluña hubo un sector de la burguesía que orientó sus capitales a la producción textil y siderúrgica. Como consecuencia la industria española tuvo una gran dependencia de los capitales extranjeros que repatriaron sus beneficios (evitando la reinversión y la acumulación de capitales en España).

Esta situación fue reforzada por la ausencia o insuficiencia de una política que fomentase la industria nacional. De hecho la política proteccionista del Estado, sobre todo a partir de 1885, favoreció los intereses agrarios castellanos y andaluces e impidió un desarrollo competitivo de la industria, potenció el inmovilismo y no incentivó los necesarios cambios tecnológicos.


  1. La expansión urbana

La población española durante el periodo de la Restauración conoció un crecimiento lento pero continuo, desde 16,6 millones de habitantes en 1877 a 21,3 en 1920. Canarias fue la región con mayor crecimiento real en este periodo. Las causas de este crecimiento lento hay que buscarlas en el mantenimiento de las altas tasas de natalidad (un 37,5%0 en 1878 y un 29%0 en 1930) y un fuerte descenso de la mortalidad (un 30%0 en 1878 y un 19%0 en 1930), excepto en 1885 (epidemia de cólera) y 1918 (epidemia de gripe). Las causas principales de la aceleración del crecimiento demográfico son la reducción de la mortalidad catastrófica gracias a la mejora de la salubridad en las ciudades. También las mejoras de los transportes permitieron desplazar los excedentes agrarios a las zonas deficitarias. Como consecuencia de ello la esperanza de vida aumentó (29 años en 1860, 35 años en 1900 y 50 años en 1930).

La distribución de la población también sufrió importantes modificaciones. El proceso migratorio interior, del campo a la ciudad en busca de nuevas posibilidades de trabajo y mayor nivel de vida, fue muy intenso y tuvo como consecuencia el desarrollo de las ciudades y el aumento de la población urbana: en 1877 la población que vivía en localidades de más de 10.000 habitantes no superaba el 20% mientras que en 1923, en el momento del golpe de Estado de Primo de Rivera, era del 39%. Por consiguiente, durante la Restauración la población residente en municipios urbanos prácticamente se duplicó. Esta transformación de la población rural en urbana tuvo también sus efectos sociales y políticos. Sobre todo, porque el sistema político de la Restauración, oligárquico y caciquil, encontró cada vez mayores resistencias en una población urbana que no se dejaba controlar ni manipular tan fácilmente como “la tradicional población campesina”.

El segundo aspecto a considerar, al tratar el proceso de urbanización durante la Restauración, es el crecimiento y expansión espacial de las ciudades, que se modificaron para acoger a la nueva población. En un primer momento las ciudades crecieron sin ningún tipo de dirección, al socaire de los intereses especulativos privados. La fábrica es el nuevo elemento del panorama industrial urbano. Las primeras fábricas se instalaron extramuros de las ciudades, próximas a las vías de comunicación para facilitar el transporte de los productos. En las proximidades de las instalaciones fabriles surgieron los barrios obreros, con pésimas condiciones de habitabilidad. En un primer momento, el crecimiento de las ciudades fue absorbido mediante el aumento de la altura de los edificios y la ocupación del suelo no edificado. Esto causó el deterioro y la degradación del casco antiguo al tener que soportar fuertes densidades de población.

A lo largo de la segunda mitad del siglo XIX y a principios del siglo XX el aumento de la población y las exigencias de la burguesía dieron lugar a nuevas propuestas de planificación urbana:

  • Se derribaron las murallas, que impedían la expansión de las ciudades, construyéndose nuevos barrios.

  • En el casco antiguo, de trazado irregular, se remodeló el trazado de las calles, se abrieron plazas, y se realizaron reformas: alcantarillado, abastecimiento de agua, traslado de los cementerios a las afueras… Este casco antiguo quedó para las capas populares tradicionales y para los inmigrantes.

  • Los ensanches, concebidos y planificados como sectores de la ciudad totalmente nuevos y sobre suelos vírgenes, mejor o peor conectados con los barrios tradicionales o, simplemente, yuxtapuestos, se constituyeron en los nuevos barrios burgueses junto a las grandes vías. Respondiendo a criterios de racionalidad económica, ofrecían un trazado geométrico regular (plano ajedrezado u ortogonal. Arquitectos españoles de la época proyectaron audazmente el ensanche de Madrid – Arturo Soria - (Barrio de Salamanca, Ciudad Lineal) y Barcelona – Plan Cerdá – que se convirtió en modelo urbano europeo a finales del siglo XIX. Otras ciudades que planificaron ensanches para racionalizar su crecimiento fueron: Bilbao, con una gran transformación de su puerto, San Sebastián y Santander convertidas, a finales de siglo, en centros de veraneo de las clases pudientes, y en menor medida Zaragoza, Pamplona y Valencia.

  • La ciudad-jardín intentaba integrar las diferentes clases sociales, el campo con la ciudad y la función residencial con las actividades industriales y los servicios. Realmente no se consiguió ninguno de estos objetivos; cada una de las realizadas fue destinada a una determinada clase social, por lo que difieren en plano, calidad, espacios libres, equipamientos…

  • La ciudad lineal de Arturo Soria, pretendía urbanizar el campo y ruralizar la ciudad, conectando en un mismo espacio campo, industria, servicios y residencia. La concibió como una gran calle de 40 metros de anchura y varios kilómetros de longitud que tomaba como eje principal una línea de transporte (el tren en este caso), que unía dos núcleos rurales preexistentes (Chamartín y Vicálvaro). En las estaciones de ferrocarril se emplazaban los comercios, servicios públicos y privados, y los centros sociales. Todas las casas eran unifamiliares, con parcela de jardín y huerto. Por dificultades financieras sólo se realizaron 5 kilómetros, actualmente muy desnaturalizados.

  • Remodelación de las comunicaciones dentro de la ciudad al aplicar al transporte urbano la electricidad (tren, tranvía o metro) y el petróleo (coches y autobuses). En los primeros treinta años del siglo XX, las capitales de provincia incorporaron en mayor o menor grado estos nuevos servicios de electricidad, gas, tranvías eléctricos y automóviles.

Al margen de esta planificación surgen los suburbios. A finales del siglo XIX comenzaron a surgir en los aledaños de las grandes ciudades barrios improvisados (suburbiales), en algunas ocasiones apoyados en los núcleos agrarios próximos, destinados a albergar a aquellos inmigrantes que no encontraban acomodo en el saturado casco antiguo de la ciudad. Se caracterizaban por la total ausencia de planificación y por la baja calidad de la construcción. Las ciudades empezaron a tener entonces unas características de segregación social casi desconocidas en los núcleos urbanos tradicionales, en los cuales la convivencia espacial de los diferentes grupos sociales solía ser muy acentuada.

Este crecimiento urbano fue desigual, se localizó en la periferia (zona de mayor desarrollo industrial, sobre todo Cataluña y País Vasco) y en Madrid (capital del reino y ciudad comercial y bancaria). Las ciudades que más crecieron fueron Barcelona y Madrid que hacia 1900 tienen más de 500.000 habitantes y en 1930, alrededor del millón. Fue en estas ciudades donde se apreciaron más claramente las modificaciones en el espacio urbano antes descrito.


  1. La industrialización

La industrialización en España fue lenta en comparación con otros países occidentales como Gran Bretaña, Francia, Bélgica y Alemania; muy localizada (en la periferia) y sin planificación. España, al cerrarse el periodo, no se había incorporado a los países europeos que merecían realmente el nombre de industrializados. En España convivían dos mundos diferenciados: unas pocas áreas industrializadas en la periferia y una zona interior inmensa dedicada a actividades agrarias. La única excepción era Madrid, capital del reino, donde crecieron industrias de bienes de uso y consumo.

Un análisis más detallado del proceso nos permite distinguir tres áreas económicas configuradas hacia finales del siglo XIX:

- Áreas agrarias del interior dedicadas a cultivos extensivos de productos de gran consumo, principalmente cereales, con muy bajos rendimientos, que subsistía gracias a un rígido proteccionismo. También se desarrolló una agricultura basada en el viñedo: vinos de la Mancha, la Rioja o León (motivada por la demanda exterior ante la crisis de los vinos franceses afectados por la filoxera).

- Áreas periféricas industriales: Cataluña, Vascongadas y zonas del Cantábrico. Producían para el mercado nacional porque sus altos costes y su baja productividad les impedían competir en los mercados internacionales y por tanto necesitaban un rígido proteccionismo.

- Áreas periféricas mediterráneas: producían productos hortofrutícolas, aceite y vinos que exportaban al exterior.

- Canarias se especializó en la producción de tomates, plátanos y tabaco, productos de exportación, que se ven beneficiados por el desarrollo de sus puertos, el de La Luz y el de Santa Cruz de Tenerife.

  • La minería

El desarrollo minero y el avance industrial se desarrollaron con rapidez entre 1870 y 1900, y la clave está en la Ley de Minas de 1869 que concedía minas a perpetuidad a cambio de una modesta tributación pública. Compañías internacionales aprovecharon la cobertura que les proporcionaba la liberal legislación para explotar y exportar minerales en bruto a los países industrializados con costes bajos y muy altos beneficios. Hasta principios del siglo XX se exportó hierro, plomo, cobre, cinc, en cantidades próximas al 90% de lo extraído. El carbón, de mala calidad, quedó casi por completo en manos españolas, porque se trataba de un mineral que por diversas causas no podía competir ni en calidad ni en precios con el foráneo. La producción minera española fue muy importante en el contexto europeo, tanto por su cantidad – en algunos minerales como el cobre o el plomo el nivel de producción era líder en el continente – como por su variedad e importancia estratégica. El cénit se logró en la década de 1910 con aproximadamente un tercio del valor de las exportaciones españolas.

La producción de carbón aumentó de forma considerable ante la demanda de hulla para abastecer la industria siderúrgica vasca y el ferrocarril. La principal zona productora fue la asturiana (Mieres y Felguera). La producción disminuyó hacia 1910 y hubo que recurrir a la importación de la hulla inglesa. Aún así, el sector subsistió, gracias a la protección arancelaria del Estado.

La producción de hierro siguió la línea del carbón pero no conoció retroceso, no sólo se utilizó en las industrias españolas sino que se exportó en grandes cantidades hacia Europa (Gran Bretaña, Francia, Bélgica y Alemania). La principal zona de producción de hierro fue Vizcaya, que con la participación de capitales extranjeros pudo desarrollar una industria local muy importante.

La actividad minera con alta rentabilidad estuvo en manos de empresas extranjeras especialmente en la minería andaluza (plomo, cobre, mercurio y hierro), lo que provocó que no se invirtieran los beneficios en el desarrollo industrial de la zona.

  • La industria

Por lo que se refiere a la distribución espacial de la industria, fracasado un intento de industrialización en Andalucía, se consolidó el núcleo industrial catalán, que venía formándose desde la segunda mitad del siglo XVIII y surgieron dos nuevos núcleos, el asturiano y, sobre todo, el vasco.

El foco industrial catalán, se formó a partir de capitales acumulados en la agricultura y el comercio de tejidos. Varios empresarios crearon en Barcelona y sus cercanías una serie de fábricas textiles que en 1860 dominaban el mercado nacional. Por su puerto llegaban materias primas, algodón sobre todo, que su industria elaboraba (sus importaciones de algodón se triplicaron entre 1876 y 1900). Desde 1832 comenzó a usarse en Barcelona la máquina de vapor y pronto a la industria textil se le unió la de los colorantes químicos y la fabricación de maquinaria textil. Esto sólo se explica, en una región que carecía de las materias primas necesarias, el algodón y el carbón, por las medidas proteccionistas y por la reserva del mercado colonial (Cuba y Puerto Rico). En la última década del siglo mantiene altos niveles de producción industrial algodonera y se moderniza la maquinaria textil, pero la pérdida de las colonias provocó la crisis del sector en las postrimerías del siglo XIX. De esta crisis se recuperó gracias a los pedidos de los países beligerantes durante la 1ª Guerra Mundial (1914-1918). Esta industria atrajo a otras y en Barcelona se instalaron nuevas compañías industriales que fabricaron las primeras locomotoras españolas, los primeros automóviles o que posibilitaron el empleo del gas y la electricidad. A principios del siglo XX Barcelona y sus alrededores constituían la zona más desarrollada y próspera del país, donde se ubicaron las principales industrias de bienes de consumo españolas.

El núcleo industrial vasco surgió durante la segunda mitad del siglo XIX. La presencia de rico mineral de hierro en la provincia de Vizcaya y su exportación hacia el Reino Unido permitió acumular capitales para el lanzamiento de la propia industria vasca. Bilbao, su puerto y la ría del Nervión, concentraron lo esencial de la industria vizcaína. Con el hierro vasco y el carbón británico nació la siderurgia. En 1882 se constituyeron las empresas siderúrgicas que fueron concentrándose y cuya producción no dejó de crecer hasta la crisis mundial de 1929. Derivada de la industria siderúrgica se desarrolló la industria naval y, finalmente, aparecieron las industrias de material ferroviario. En suma, en el País Vasco se localizó lo esencial de la industria pesada y de bienes de equipo de España.

En el primer tercio del siglo XX, la estructura industrial española sufrió una importante transformación con la aparición de nuevas industrias o la transformación de las ya existentes. Dos coyunturas resultaron especialmente importantes: la crisis del 98 y la Primera Guerra Mundial (1914-18). La crisis del 98 supuso la pérdida del mercado colonial pero dio lugar a la repatriación de capitales de las colonias que se invirtieron en el sector industrial. La Primera Guerra Mundial favoreció la industria española porque pudo entrar en el mercado europeo y porque la imposibilidad de importar determinados productos de Europa impulsó su producción nacional.

El sector textil comenzó a perder peso, siendo la mayor novedad el desarrollo de la industria alimentaria, desde las vinculadas a los productos agrarios mediterráneos hasta las más novedosas, como el aprovechamiento industrial de la remolacha azucarera, o la eclosión de la industria conservera en el litoral cantábrico y atlántico.

La diversificación industrial fue una de las principales características de este periodo inicial del siglo XX: la industria química se ubicaba en Cataluña y en Santander y desarrolló de forma especial la fabricación de fertilizantes artificiales. La fabricación de papel o la industria de la construcción, con la producción de cemento, también experimentaron un notable desarrollo.

El crecimiento del parque de automóviles favoreció la creación de empresas relacionadas con el refinado y la distribución de petróleo, como CAMPSA y CEPSA. Las consecuencias del empleo de estas nuevas fuentes de energía fue que la localización de los centros fabriles ya no dependía de su proximidad a las fuentes de energía; los procesos de producción industrial pudieron ser más fácilmente mecanizados y la vida cotidiana cambió mediante la iluminación pública y la facilidad para desarrollar el transporte urbano.

El ferrocarril fue la alternativa a la deficiente red española de caminos y canales, y fue decisiva para la constitución de un mercado interior unificado, aunque su construcción se inició con retraso respecto a Europa. La construcción del ferrocarril había sido realizada por compañías francesas y belgas, que habían logrado del Estado amplias concesiones para la importación de maquinaria y la explotación ulterior del tráfico. Durante el primer tercio del siglo XX, la explotación del tráfico ferroviario se ralentizó por las bajas inversiones de las compañías privadas para la mejora de la red, pero esto no desembocaría en su nacionalización hasta 1941, ya en la época franquista.

  • Importancia del sector bancario

La aparición de nuevas empresas estimuló la compra de acciones a través de la Bolsa, porque tales empresas resultaban realmente rentables. De esta forma se acumularon importantes beneficios en manos de los inversores; beneficios que en buena parte, se depositaron en cuentas corrientes en los bancos más importantes del país. A través de este proceso una serie de bancos lograron acumular importantes reservas monetarias y obtener sustanciosos beneficios. Este aumento de capital y de beneficios permitió a los mayores bancos del país adquirir un papel hegemónico sobre la economía española y lanzarse por el camino de las inversiones en las ramas de la industria que exigían grandes desembolsos de capital. De esta forma se consolidó una relación de dependencia entre la banca y la industria básica que ha llegado hasta nuestros días.

Como conclusión hay que recalcar que hacia 1923 España, que había intentado unirse durante este periodo al tren de la industrialización, solo contaba con dos regiones auténticamente industrializadas: Cataluña y País Vasco; esa industria fue tan débil que desde 1891 los fabricantes catalanes y vascos, aliados a los terratenientes castellanos y andaluces, presionaron a los gobiernos para que sus productos dispusieran de un mercado nacional fuertemente protegido frente a la competencia de los productos extranjeros. Por su parte, las Islas Canarias alcanzaron una notable actividad comercial apoyada en los puertos francos: el puerto de la Luz en Gran Canaria y el de Santa Cruz en Tenerife, pero sin desarrollo industrial asociado. Pero, a pesar del atraso de España, la forma de vida de los españoles y especialmente de aquellos que vivían en las ciudades se vio profundamente transformada.


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