Estudio preliminar




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Mi perra prefiere sentarse sobre mi rodilla escuálida, a tomar el sol haciendo la rosca u ofreciendo sus ubres con voluptuosidad a las caricias del azul del cielo. Ella sabe lo que se hace. Yo tengo calor de soles en mi pecho para los que aman, y azul, mucho azul, con enormidades cerúleas, para los ingenuos que me ayudan en mi miseria y acomodan su vida a las mutaciones de mi alma.

DE MI ICONOGRAFÍA

Carrillo40 se queja en un periódico de no ver el busto de Verlaine en las avenidas de Luxemburgo, también llamado el jardín de los poetas, y manifiesta cierta extrañeza, y hasta diríase que se siente personalmente esquilmado, ante ciertas estatuas que, como la de Gabriel Vicaire41, no debían, en su concepto, figurar allí. Yo guardo, sin embargo, de Gabriel Vicaire una visión ancha y coloreada, como un panorama de valles vistos desde una altura a la hora del amanecer en un gran día de primavera.

El hombre no se confunde siempre con su obra. Frecuentemente es superior o inferior a ella; en ocasiones, también hay tal disparidad entre el creador y sus hechos, como entre la abeja y la miel, como entre la semilla y el fruto. Vicaire es el igual de su obra. Los Émaux bressans, A la bonne franquette, L'heure enchantée son el tríptico poético en que se reflejan las tres fases sustantivas de su vida, y son, por ende, la más fervorosa oración de amores con que desde [112] Teócrito a Garcilaso y Florián acá se ha cantado a la madre tierra, a tal extremo, que, sin dejar de ser nuestro coetáneo, sea también Vicaire, por los orígenes y la ambiencia total de su alma, un contemporáneo ideal de Filemón y Cloris.

Había nacido hará cincuenta años, en mitad de los campos, para cantarlos y traducírnoslos a nosotros, los tristes hijos de la ciudad, y tuvo la inconsecuencia —mal árbol— de transplantarse a París, donde el sol es de talco; donde la tierra es de fango; donde las flores son de trapo, aunque sean a veces trapos de vistosas sedas; donde el aire contiene, en mixtura con el oxígeno, un gas mortal que se llama «parisina»; donde los más de los hombres se metamorfosean, cuando a bien les viene, en muñecos mecánicos que saben decir ¡pardon! y luego, trágicos, dar de puñaladas; donde, por último, la vida —¡tantas veces!— se ofrece bajo forma de jeroglífico; ¡la gloria o el oprobio!, el Panteón o el Sena, en los faits divers de los periódicos. ¡Cómo pudo vivir tanto tiempo, Dios mío, entre nosotros, en plenos bulevares luciferescos, aquel puro brote de Virgilio, sin perder su lozanía y su jugo!

¿Os acordáis de Rollinat, aquel poeta que, peregrino de un país de hadas, se presentó en París un día glorioso y que fue saludado por Alberto Wolff desde un «Premier Paris» de Le Figaro con el grito triunfal de «Tu Marcellus eris»?42. Pues Rollinat, que hace veinte años, esto es, ayer mismo, era célebre, murió del todo, no de muerte, sino de hastío, al poco tiempo; quiero decir que para poder vivir, tuvo que irse de París, y se fue para siempre a su hermoso país de hadas, a sus campos, a sus vergeles, a sus montañas y a sus ríos, y ni aun por eso, picado del mal de París, dejó de quedar abatido, derribado en mitad de la calle rectilínea, de la espantosa calle tirada a cordel, como Gabriel Vicaire, el buen roble... [113]

Mis recuerdos personales acerca de Vicaire son tantos que no sé por dónde comenzar a regimentarlos, ni tampoco podría hacerlos maniobrar en escuadrones en el estrecho carroussel de este libro. Con Paul Verlaine, con Charles Morice —otra víctima de las barbaries de la civilización, trasladado como un hombre a quien llevan a enterrar completamente vivo desde los jardines de Academos, la patria natural de su espíritu, a la fría Universidad libre de Bruselas—, con Eduardo Dubus —otro desaparecido—, con Juan Moréas, con Luis Le Cardonnel, con Adolfo Retté43 y con tantos más que formaban una legión de poetas no menos resplandeciente que la pléyade de Ronsard, Vicaire vivió en comunión ardiente y cotidiana sus días en París, y allí mismo, oficiando en el Oratorio, me fue dado conocerlo. Oratorio sin liturgias, sin carácter hierático alguno, salvo Moréas, el guerreador [114] pontífice del romanismo. ¡Qué espléndidas veladas aquellas en las que el arte era el absoluto tema y el verso el único lenguaje, el lenguaje sacerdotal de los congregados!

Son rezos, son oraciones las palabras rituadas con que los poetas nos dicen las ansias de la humanidad; tan hermoso verso, que niega a Dios, no es ateo, porque afirma la belleza, tal estrofa, que vilipendia a la mujer, no es irreverente, porque expresa la gracia. Parafraseando un decir notorio, puede afirmarse que cantar es orar, ¿verdad, padre Hugo? Pero donde Vicaire apareció en toda su extensión de poeta —y de fauno también, hay que decirlo, de buen Sileno, porque como el padre adoptivo de Baco, no desdeñaba mi amigo ceñirse algunas veces de pámpanos la frente—, cuando aparecía en su corpulencia total, era en el campo, donde he visto más de una vez tornarse su planta fina de hombre moderno en la pata elástica de un macho cabrío...

¿Quién ha dicho que Pan ha sido expulsado de los confines de la tierra? Vicaire ha sabido mostrármelo muchas veces, mostrármelo positivamente, en lo más frondoso del bosque como en lo más raso de la campiña, en la montaña y en el llano, en las grutas nupciales como santuarios del amor y en las planicies sin marco, dignas del galopar de centauros, por donde quiera que la vida universal late sin las exhibiciones que le impone lo contencioso-administrativo, que es el signo esterilizador de nuestro tiempo, bien es verdad que a estas alturas de fecha y sin las sugestiones del paisaje yo no sabría decir si el dios Pan, que he creído ver tantas veces en mis excursiones campesinas con Vicaire, no fuera, ¡quién sabe!, el mismo Vicaire en persona. Tampoco hubiera parecido exótica la figura de Vicaire en la abadía Theleme, presidiendo una copiosa colación, con Gargantúa a su derecha y Pantagruel a la izquierda. En tamañas ocasiones las imágenes de Teócrito y de Virgilio desaparecerían para dar plaza a la del enorme Anacreonte.

Como no me he propuesto sino rectificar una falsa apreciación crítica y no escribir una biografía, que ésa la hallará quien a bien lo tenga en los diccionarios de Beschevelle o de Larousse, sino aunar algunos recuerdos, he omitido decir la fecha de su nacimiento, la en que fue condecorado con la Legión de Honor, las ocasiones en que el sufragio de la alta crítica lo señaló para formar parte de la Academia y hasta el [115] orden de publicación de sus tres obras principales ya citadas: Émaux bressans, L'heure enchantée y A la bonne franquette.

La biografía de todos los hombres, hombres y hominicacos, es igual, monótona, desesperadamente igual en sus rasgos generales; nació en tal fecha y murió en tal otra.

Fue amado en tal sazón y desamado en estas o aquellas circunstancias; hizo un cuadro, un poema, o ayudó a colocar un andamio o a poner unos ladrillos sobre otros; en tal época se casó, tuvo hijos, viajó o dejó de hacerlo, etc., etc. Decir de un hombre muerto que tuvo ojos y las mismas entrañas que los demás hombres es no decir nada. Yo he querido dejar dicho de qué color eran los ojos interiores de Vicaire y cuáles el peso y la calidad de su corazón y su cerebro.

Nada, nada, nihil. He aumentado mi galería de bellacos, tan prieta, que tendría que prensarlos para poderlos contener en un circo grande como una plaza de toros, con un nombre más, el de Fulano Cualquier Cosa, gran señor de la truhanería andante. Ese tal me había prometido, a cuenta de trabajos futuros, ponerme hoy en condiciones de que gente mal avizorada no llegara a tomarme por un bergante, y, a pesar de las seguridades que me había dado, su cara no cambió de color cuando hace un instante —y ahora ya en que toda acción me era imposible— me anunció que no podía complacerme. ¡Irme, irme! Yo no sueño sino con eso. Irme a una tierra cualquiera donde la villanía no sea el estado social de la gente, donde a lo menos las afirmaciones y las negaciones tengan el sentido filológico que todos los léxicos les prestan, donde el honor se asiente en las almenas y no en los labios. ¡Irme, huir de aquí, por dignidad, por estética, por instinto de conservación! Es que yo me noto aún sano eternamente en esta sociedad de leprosos.

¡Qué hermosos días, qué espléndida primavera anticipada, y qué frío hace aquí, en mis entrañas!44. [116]
Comentábamos el último acto de una comedia, que había tenido por escenarios las calles de Madrid y, más apropiadamente media docena de salones y algún gabinete particular. Él, fuerte y animoso, contaba sólo con el porvenir como capital. Creyeron unirse por amor, y, después de dos años de lacerantes ajetreos, la sombra, y más que eso el contorno espeso de otro hombre, vino a interponerse entre ellos cual doloroso mandato. Y la fusión conyugal quedó bárbaramente partida, como por un hachazo, en dos mitades...

—Tiene eso de expuesto el casarse con una mujer rica cuando no se oprimen entre las piernas los ijares de la fortuna, montada a horcajadas como un potro domado. Yo no me casaría sino con una mujer que me lo debiera todo —dijo uno de nosotros.

Entonces una voz, en la que patentemente se habían usado los recortes del entusiasmo, nos contó, sin más inflexiones que las que voy a intentar reproducir, la relación siguiente:

—Sin asemejarse completamente a don Juan o a Lovelace45, aquel amigo mío tenía gran partido entre las mujeres. Y si su vida del corazón, o si queréis galante, no traspasó los horizontes de la crónica mundana, culpa fue de una suerte de austeridad amable que llevó siempre al amor como a las demás funciones de la vida... Yo, que lo he tratado con la intimidad de un hermano bueno, sé que cambió muchas sensaciones, y hasta algunos sentimientos, con un espeso pelotón de hermosas mujeres, entre las que había una generala, dos actrices célebres, la sobrina de un cardenal romano tenido por papable y hasta cuatro o cinco auténticas marquesas. Hubo entre esas mujeres una gran dama que comenzó a litigar su divorcio para casarse con mi amigo; otra, que se dejó morir de tristeza, ansiosa de ternuras inmortales, en el miríficio paraíso de Mentón; una tercera, que se cortó cruentamente, hasta hacerse brotar sangre, la espesa madeja de pelo áureo, porque mi amigo, en un desmayado [117] momentó de vulgaridad amorosa, tuvo la ocurrencia de pedirle un rizo como recuerdo... Pero aquellas mujeres, nimbadas con el triple cerco de la juventud, la belleza y la fortuna, no convenían al protagonista de mi historia, que abundando en la idea vulgar de que las muchachas de la calle son de más amable sustancia maleable que las damas empingorotadas y altivas, no consentía en soldar con sellos definitivos su destino sino al de una mujer que se lo debiera todo, que fuera muy pobre, que tuviera candor, que, sin haber dejado en absoluto de ser una niña, hubiera llegado a edad de mujer, que mostrara la salud del cuerpo en los colores de la cara y en las líneas de su fábrica carnal, y la del espíritu, en el mirar sereno y en la palabra reposada y transparente...

Y después de una pausa:

—...La encontró, ¿no iba a encontrarla? Esas apariencias —recalco la palabra—, esas apariencias de mujer son los moldes más comunes de la vida; los veréis sobre todas las aceras de la calle, a cada paso, al volver de todas las esquinas. Y aquí voy a establecer como principio una verdad, cuyo ropaje puede hacerla confundir con una paradoja: que muchas veces las cosas fáciles de la vida son las que con mayor dificultad se encuentran. No las busquéis, pues. Unas salen al paso, sin pretensión de vuestra parte, o no las veréis nunca, sino a lo sumo en el mundo sin dinámica de vuestras imaginaciones. No es un caso excepcional y aislado el de aquel admirable tipo de Gautier, quien pudo decir sin énfasis que sólo lo común era extraordinario para él. [118]

Luego, como para aclarar su pensamiento, añadió: —Porque, a fin de cuentas, ¿qué clase especial de alma es la que pedía como compañera mi amigo a la vida? Pues, sencillamente: un alma cualquiera, una mujer que perteneciera a la humanidad de munición; pero que fuera joven, que no viviera, como por sombras materiales, cercada por las visiones de un pasado sentimental; que, estando ineducada, fuera educable; que, siendo de carne, pudiera imaginativamente ser comparada con el yeso por la posibilidad de moldear en ella un proyecto de estatua a gusto del escultor; una mujer, en fin, un bloque de humanidad femenina con suficiente cantidad de primera materia para que no resultara disparatada la idea de construir con ella la mujer exclusiva con que todos los hombres sueñan. Y ya he dicho que al volver de una esquina se encontró mi amigo con las apariencias de esa mujer. Era alta, fuerte, blonda, rosada y azul. Eso, de piel afuera. Por dentro era taimada, tozuda, rencorosa, pétrea, que es lo que quería venir a parar; más propia del análisis químico que del físico; uno de esos seres a los que ni por adivinación puede llegarse a saber lo que tienen dentro, que hay necesidad de romper a martillazos para averiguar lo que ocultan, tétricos, en sus entrañas. ¿Para qué añadir que la existencia de mi amigo fue desde entonces un largo drama sin sangre, pero con amagos trágicos, al alborear de todos los días? Aquella mujer de condición social tan humilde, que todo, verdaderamente todo, valiéndome de vuestra locución de hace un instante, «se lo debía a mi amigo», que había llevado una camisa de estameña por exclusivo dote, para quien la palabra no era sino el órgano de transmisión de los más rudimentarios instintos, quiso ensayar taimadamente, tozudamente, rencorosamente, un régimen asiático de tiranía contra el hombre precisamente que le había abierto, con su hogar, su corazón y sus brazos... Sobrevino lo inevitable. Pero ¡qué proezas de voluntad no realizó el hombre para aplazar indefinidamente el mísero desenlace, aquella separación propuesta, en fin, a la mañana siguiente de un día tedioso, en que la inanidad de aquel amor muerto de inanición se respiraba por todos los rincones de la casa!

Luego, poniéndose de pie el anfitrión de esta vulgar historia, añadió:

—Ya veis en lo que han venido a dar esos dos destinos: la mujer de piedra, obediente a las leyes que rigen a los organismos de piedra, irá a aplastar por yuxtaposición otro destino cualquiera; el hombre estará condenado hasta su muerte a mirar con rabia los horizontes por donde el sol del amor resurge todos los días. Y tendrá frío en agosto, sed insaciable al pie mismo de los más frescos manantiales. Pero ¿no tenéis un poco de cognac con que llevar algún calor a mis venas? Parece que, en vez de sangre, contienen hielo...

Enero se ha despedido con una gran nevada. Hoy también [119] nieva. ¡Buen día para estrenar una voluntad nueva y extender el sudario de las calles sobre mi implacable pasado!

Dormir es morir temporalmente; todo despertar es una resurrección.

Un hombre y una mujer, de fisonomía moral más o menos definida, se encuentran por la vida, se olisquean como los brutos o se saludan arrobados como los serafines de Swedenborg44 bis y se ayuntan. Los ha rozado con sus alas el amor al pasar junto a ellos. Están ya para siempre, o para un largo lapso de tiempo, malditos y bendecidos. ¡El juego bello y terrible!

Ella es duquesa o menestrala; él es príncipe o villano. Son, a fin de cuentas, un hombre y una mujer ungidos por la ley de inmortalidad, que reverdece los campos todas las primaveras y hace la vida amable muchas veces. Idéntica ley preside el amor de Romeo y Julieta y las nupcias del lobo y de la loba...

Todas las hembras superiores de la escala animal huyen para ser alcanzadas. La mujer coquetea, el hombre se torna arisco.

Y un día el sol se nubla y la palabra sale casi inarticulada, con fonetismos rugientes, del fondo de la boca humana.

Son ésos los fatales equinoccios propios de los mares y de las almas, que tan bien conocen los nautas y los enamorados.

¿Que hubo naufragio, que un hombre o una mujer fueron sorbidos por la gran avaricia del mar? No se puede culpar sino a la vida, que así lo tiene dispuesto.

Muchos desean intensamente, más preocupados de lo ético que de lo estético, que no fuera así. Pero ¿acaso hay modo de suprimir la tempestad, el terremoto y el rayo, ni tampoco las potentes marejadas de las almas?

Todos los días la prensa, como reflejo escrito que es de
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