Estudio preliminar




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[120] la vida, tiene a su cargo la relación de un crimen, y todos los días es de ver el llantear unánime con que los periódicos comentan el naturalísimo fenómeno, que tuvo en Caín su gran aborigen y su más corpulenta representación en la mala raza de los conquistadores.

Creo yo, contra todo el torrente de la vulgar —y por ende, formidable— psiquiatría gacetilleresca, que la extensión de la cultura más bien favorece que traba el desarrollo del crimen pasional. En Mogador o en Tananarive es mucho menos frecuente que en París o en Londres. Ninguna civilización histórica ha sido bastante, ¿qué digo para cambiar?, para modificar simplemente las entrañas del hombre.

La misma cantidad de bilis segrega el hígado moderno que el hígado ancestral, y Hobbes dijo hace cerca de trescientos años que el hombre es un lobo con respecto al hombre: homo, homini, lupus46.

Hojeo un grueso cuaderno de estadísticas, y en él advierto que España, según el último censo oficial, con una población de 19 millones, tiene, descontados los menores de diez años, 11.784.890 analfabetos. En Francia son escasos. Leed, sin embargo, la prensa francesa. Da horror. Penden de sus columnas, como de los garfios de una carnicería, diariamente, constantemente, los restos descuartizados, formando legión de víctimas y victimarios inmolados ante la gran efigie invisible y ubicada del siniestro Molloch, que parece presidir los destinos humanos.

Los crímenes ingleses superan en horror a todo lo que Hoffmann pudiera ver en el fondo de su gran jarro de cerveza negra47.

No deduciréis de eso que el pueblo inglés sea el más perverso de la tierra.

Con el mismo rutinarismo histórico y fatal se desencajan las entrañas de la madre inglesa para echar a la vida [121] a Shakespeare que a Jack el destripador. El vicio y la virtud son inmortales. La pasión, también. Por eso de toda eternidad el hombre ama y odia; tiene igualmente apercibidos la dentellada y el beso. ¿Os vais a maravillar de que los Océanos tengan mareas y los hombres pleamares de angustias y deseos impotentes que se resuelven en sangre?

No quiero practicar la moral del mundo. Mi compasión abarca entre sus brazos al matador y a la víctima, al pobre resto humano traspasado airadamente de boquetes sangrientos por donde la vida se fue y al trágico desdichado que, viéndose en un in pace, hizo uso del hierro para salir, para matar. Porque no se mata así como así. ¿Sabéis cuántos como temblores de tierra, temblores de alma, se habían producido en el mísero que alza su mano armada para romper de una vez y cruentamente todo cuanto amaba, lo que más amó sobre la tierra? Y, además, que el homicida queda de pie, buen amasijo de carne para los saladeros penitenciarios...

A medida que avanzo por la ruta mortal siento cómo se funden todos mis rencores en una gran misericordia. Y, a pesar de las bellas puestas de sol, de las euritmias femeninas y de los dulces días primaverales, vivir es tan amargo, que a las veces se me antoja como una extraña condena. Largas caravanas de forzados son las generaciones, y de entre ellas los díscolos y los anormales no son los menos dignos de compasión.

«No matarás», es uno de los tres o cuatro preceptos perdurables de todas las religiones. Véase en ello la prueba de que el legislador religioso ha previsto la inmortalidad de la ira, del odio, de la violencia, la inmortalidad del mal sobre la tierra.

Por eso, en mi sentir, la compasión por la víctima no expresa sino el cumplimiento de la mitad del deber; la otra mitad consiste en compadecer también al delincuente, que cuando no es un loco furioso es un desdichado que negó a su madre y quedó perdido para siempre, en el momento, después del de nacer, más culminantemente fatal de su triste destino humano...

El otro día tuve la inconsciencia de mostrarle a mi madre algunos trozos —fibras iba a decir— de estos apuntes, y la hice llorar con su lectura.

Hoy, como quien coloca un ex voto sobre el pedestal de [122] una santa, voy a pasar la tarde en su compañía y a leerle los tres actos de mi comedia ¡A Madrid! para hacerla reír a carcajadas.

Pasé la tarde de ayer vagando por el campo con mis perros. El día era completamente primaveral. Hoy al evocarlo me doy cuenta de sus esplendores, porque ayer mi amodorramiento era tal que al recordarlo puedo preguntarme si verdaderamente existí o he creído haber existido.

Yo no creía antes en el mal sino como una figura retórica; hoy lo siento terriblemente fundido con el aire que se respira.

DE MI ICONOGRAFÍA

Pienso en Cipriani48. Era la época que la historia ha recogido para sus ingentes comentarios: en que las Universidades de Dorpat, de Kiew y de Petersburgo fueron cerradas por ukasse imperial; en que Vera Tasoulitch fue expulsada de Suiza y Mendelssohn49 de París; en que una niña, a quien yo conocí en Ginebra, en la casa hidalga de Augusto Baud-Bovy, el pintor de las nubes y las montañas, fue, sin que hayamos vuelto a tener noticias suyas, internada en Siberia por habérsele encontrado en su equipaje un ejemplar de la postrera novela de Zola; en que Padelewsky repetía, [123] a través del tiempo, el gesto inmortal de Bruto en la mísera persona del general Séliverstoff y en que, por último, el partido regenerador de Rusia parecía decidido a librar su última batalla50. El cacareante gallo de las Galias y el pesado oso moscovita no soñaban siquiera en el actual monstruoso contubernio que los une, y París seguía siendo para los nautas del ideal lo que esos luceros que desde el firmamento sostienen la orientación del caminante: luz y amparo al mismo tiempo.

Curioso de todas las rebeldías y, más que eso, enamorado de ellas en muchas ocasiones, frecuentaba yo asazmente las capillas y los cenáculos en que el aceite ardía como ofrenda a los dioses de la Revuelta. Y una vez me invitaron a una fiesta, allá en la avenida de los Gobelinos, a beneficio de los revolucionarios rusos albergados en París. «Conocerá usted a Cipriani», me dijeron.

La entrada era personal y gratuita, y los óbolos, absolutamente voluntarios, eran depositados en una bandeja que allí estaba en un rincón cualquiera, confiada a la exclusiva salvaguardia de la probidad.

Fue una noche inolvidable, cuyo recuerdo, como un peculio moral, no querría yo que menguara en mi memoria. Al entrar en el amplio salón, ornado de banderolas y flámulas iracundas, un grupo espeso de jóvenes que rodeaban a una señora hizo cautiva mi atención durante un ancho lapso de tiempo. ¡Qué maravilla! Yo había visto, positivamente visto, a aquella mujer, antes de verla; pero fue bajo su forma ancestral de retratos de Mme. Lebrun y de figulinas de Greuze y de Wateau. Luego supe el nombre de la dama, Mme. Du Quercy, que recibía felicitaciones por la hospitalidad que acababa de dispensar a Padelewsky, perseguido y errante... Con los faustos de su aspecto hacía revivir la vistosa época [124] del Rey Sol, y aun platicando con nosotros parecía como si se dispusiera a cambiar su tocado de reina por el de zagala para ir a reunirse con sus compañeras de corte, en una zambra galante, bajo las amables arboledas de Trianón o de Versalles.

Ya está aquí Cipriani.

Es un caudillo. No se necesita una gran fuerza de penetración para advertirlo. ¡Es un caudillo! Ya puede ese hombre predicar la igualdad en cuantas lenguas conozca por todos los confines de la tierra. Ha nacido jefe, y donde quiera que él esté allí está el primero. Lo miro con más fijeza. Domina por su estatura a cuantos lo rodean. Lleva la barba larga y el pelo crecido. Es un guerrero que parece un asceta.

Su demacración es tanta, que se le señalan las vértebras del cuello y los huesos de la cara. Al hablar se le colorean vivamente de sangre las mejillas; pero en los reposos de la palabra, el rostro torna a su vaga coloración exangüe, apenas modificada por el halo que en él han impreso los soles de todos los continentes. Peleó, perdiendo sangre de su cuerpo, con Garibaldi, en Meutana, y sangre de sus ideas en la Cámara de su país, de la que fue expulsado, no obstante la consideración que inspiraban sus virtudes... Yo lo veía, a pesar de su indumentaria, tan semejante a la nuestra, vestido con su sayal, ciñendo sus riñones con un cilicio, pero con un casco guerrero en la cabeza.

Muchas veces he pensado que esa clase de hombres son frailes invertidos. La revolución tiene sus cenobitas, y no es raro encontar entre ellos la variedad anacoreta-soldado, el fraile bélico... Digo que podría vislumbarse un sayal bajo la levita de Cipriani, sólo que, con el verbo en la boca y la espada en la mano, la figura de Cipriani no invita a evocar las placideces del claustro para nada.

Hablamos del tema. Sebastián Faure51 lo ha llamado «el Dolor universal»; Cipriani lo rotulaba «la Guerra por la justicia». Como si llevara una hoguera en las entrañas, sus palabras eran ígneas, y al salir a borbotones como chorros de vapor, de sus labios, me producían una impresión candente. [125] Yo busco siempre para mi vida moral temperaturas de amor y de concordia.

Y hui de aquel hombre, del incendio de su palabra, hacia la vida... Una estrella, que ardía más alta que las otras, me dijo mi pequeñez y la inanidad de nuestros medios cuando tratamos de rectificar las invisibles cifras del Destino.

Y andar, andar. ¿Hacia dónde? ¿Por qué? Allá vamos, con nuestros orgullos, con nuestras vanidades, a confundirnos con los ácidos de la carroña que son nuestro último aliento mortal. Allá vamos, sin saber por qué.

¡Paz a los muertos! ¡Y paz a los días idos, que no me dejaron otra remembranza que su cortejo de horrores! ¡Paz hasta para mis enemigos!

Mi nota del día es que hoy tengo a Elena enferma y en la cama. Anoche tuve fiebre porque creí notar en la niña un poco de destemplanza, y ahora estoy totalmente enfermo de emoción porque hace un instante la he oído cantar desde su camita no sé qué vaga y tímida melopea, que por venir de tales labios, en estas circunstancias, me sonó en las entrañas mejor que todos los acontecimientos musicales de Wagner.

De sobremesa, ante el paisaje esplendoroso de Miramar, en Barcelona, que a determinadas horas del día, y merced a ciertos efectos de luz, mitiga la nostalgia de los que llevan la visión de Castellamare, de Sorrento y de Pausilippo, chispeante como una aparición mística en el corazón mejor que en la cabeza, hablábamos recostados en amplias mecedoras, con la majestad de dioses que reposan en una nube, de esto y de aquello, de lo que no tiene principio ni puede colegírsele fin tampoco, de la enorme vida cruel, ¡tantas veces!, y suave también, en una acariciadora tarde de primavera, cuyo recuerdo no permita Dios se borre jamás de mi memoria.

¡Oh, el dulce placer de conversar con hombres fuertes, bien dotados de intelectualidad, muellemente, indolentemente, [126] suprimiendo de propósito deliberado las preposiciones y las conjunciones engorrosas en la oración gramatical, expresándolo todo con verbos y sustantivos muy someros; en ejercicio de placer comparable al del nadador que se deja llevar por la corriente «haciendo el muerto», sobre la superficie apenas —¡oh, apenas!— arrugada de un río ancho y bien soleado.

Alguien habló del asunto del día en Barcelona, un crimen de contextura vulgar, que parecía haber tenido por móvil el robo. Y uno de nosotros contó la historia siguiente:

«Yo estaba entonces en Dineut, a dos pasos de Namur, en Bélgica, uno de los pueblecitos más encantadores de cuantos baña el Meuse. Cierto, la ciudad es muy bella con sus hermosos chalets y sus paseos, que hacen soñar con paisajes de Paraíso; pero en Dineut hay un casino, y en ese casino dos mesas de ruleta, y en ellas cometí la torpeza y tuve el mal sino de dejarme el producto total de las conferencias que acababa de dar en Bélgica y Holanda. Quiero decir que en la primorosa ciudad walona, a la que un andaluz podría llamar sin grandes aspavientos hiperbólicos «cachito de cielo», pude notarme una noche, al salir del Cercle des Etrangers, más pobre, pero bastante más pobre, que Job, sin teja siquiera con que rascarme, y menos y peor provisto de resignación también, que el formidable poeta hebreo.

«Confieso que, habiéndome visto una vez a presencia de un curial atacado de hidrofobia, tuve más miedo en Dineut, a tantas leguas de los míos, cuando la raqueta del croupier se llevó el último luis con que yo traté de conminar a la suerte. Escribí al día siguiente a deudos y amigos contándoles la parte menos enojosa de confesar de mi mala aventura y pidiéndoles socorro, cuando... Yo creo en los espíritus maléficos —se interrumpió—. Sin llegar a las consecuencias totales del maniqueísmo, creo en un espíritu del mal y en otro del bien, que presiden la vida: en el arcángel Miguel y en el demonio, en las buenas hadas y en Asrael, el ángel frenético de las venganzas orientales.

»Asrael mismo —dijo después de una pausa— me cogió de la mano en Dineut y ya no me abandonó en algún tiempo..., en mucho tiempo. Vais a oír. ¿Quién después de ello podrá negar que existen —¡quién sabe!— grandes analogías [127] de esencia y de forma entre el hecho que os voy a referir y el pretendido crimen de ese desdichado?»

Nos aprestamos todos a escuchar. No se oye sólo con los oídos. ¡Qué error tan craso! Se oye con todo el cuerpo cuando se siente necesidad de oponer al verbo «oír», canijo y descolorido, el robusto verbo «escuchar». Escuchamos, pues:

»—Ya llevaba algunos días en Dineut sin recibir noticias de nadie, solo y perdido, como en el fondo de una isla de la Micronesia, cuando una verdadera amistad, una amistad del corazón y de la mente, una amistad de esas que llenan a un hombre desde la planta de los pies hasta la coronilla de la cabeza, con el ser más fantásticamente encantador que madre mortal alguna haya puesto en el mundo. Llamábase, o se hacía llamar el protagonista de mi historia, Sir *** —¿qué importa el nombre?—. Decíase inglés de nacionalidad, con la misma razón, si Inglaterra no era efectivamente su patria, como posteriormente tuve ocasión de sospechar, con que hubiera podido llamarse, francés, o italiano, o alemán, o ruso, que todos esos idiomas los poseía maravillosamente. Gastaba el dinero con la brutalidad numérica de un yankee y la alta discreción de un aristócrata de abolengo; su ilustración se parecía a la sabiduría, sobre todo en cuestiones sociales; había viajado por todos los continentes; conocía la fauna humana de todas las latitudes y estaba en Dineut, según me dijo, para completar allí una suma que Spa y Liége no le habían consentido ganar...

»—Según eso, poseéis un amuleto para ganar siempre al juego —le dije con alguna intemperancia de acento en recuerdo de mis pobres luises idos para siempre...

»—No —me respondió—, si no que como el oro es la menor de mis preocupaciones... Al fin y al cabo, esclavo rubio condenado a vivir en pocilgas de cuero o en pocilgas de hierro, en bolsas o en cajas de caudales... El oro sólo es bello —continuó— cuando lo funden para labrar coronas con que ornar la frente de los poetas, o brazaletes para las hermosas, o anillos para los desposados... En moneda es feo y vil. Yo juego al juego por entretenerme, y juego a la vida por divertirme, y gano, gano siempre, porque lo desprecio ¡todo! perdurablemente. ¿Quiere usted seguirme? —añadió de allí a poco—. Mire usted: usted escribe literatura y yo la hago. [128] De modo que ninguno de los dos perderemos nuestro tiempo ni podremos perjudicarnos... Precisamente he perdido a mi secretario... ¿Quiere usted serlo?»

Una pausa. Un aluvión de preguntas —muertas antes de nacer— y la voz del narrador que prosiguió sonora.

»—Vertiginosamente. Así vivimos durante seis meses, más largos que muchas vidas de ancianos, a través de Europa: vertiginosamente. Mientras más trataba a aquel hombre singular, menos lo conocía. Llegué a cobrarle miedo. Yo era un secretario que no conocía nada, lo que se dice nada, no ya de los secretos —¿quién piensa en eso?—, sino de los hechos más simples de aquella vida tragona y misteriosa que lentamente iba absorbiendo, devorando a la mía. Lo prendí en contradicciones, en errores crasos, de bulto.

»En Venecia un día, un ruso del Báltico, lo saludó llamándolo paisano; en París, un brasileño de San Paulo, le llamó por su nombre de pila, un nombre distinto del que me había enseñado como suyo, y estuvieron hablando, en lengua portuguesa, de cosas de la infancia, de recuerdos aurorales que les eran comunes, muy cerca de dos horas. Al fin, y cuando ya estaba yo dispuesto a tomar una resolución de independencia, a realizar mi «Dos de Mayo», él mismo precipitó la evolución hacia adelante de mi proyecto, haciéndole adquirir las proporciones de una decisión irrevocable. Estábamos en París. «Preparad —me dijo un día— nuestro equipaje: esta misma noche salimos para Ginebra.» Noté en su voz algo de extraño, y por primera vez en nuestra vida de relación el Imperturbable me pareció el Inquieto. Yo obedecí. Al día siguiente muy de mañana, y cuando apenas acabábamos de llegar al punto de nuestro destino, vino a verme a la habitación donde me hallaba descansando, y, a pesar de la semioscuridad de la alcoba, cuyos portieres no dejaban penetrar sino una luz tamizada y difusa, noté en su semblante una palidez tan grande, que me hizo exclamar: «Pero ¿estáis enfermo?» «No; solamente fatigado —respondió—. Pero no es eso precisamente lo que me proponía deciros. Escuchadme: hasta ahora nuestra vida ha sido la de dos locos
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