Estudio preliminar




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[129] que recorren el mundo por ociosidad mejor que por temperamento. Las cosas no podían seguir así eternamente, y hoy, al llegar a Ginebra, hemos llegado a una de las estaciones definitivas de nuestra vida. Necesito de vos —añadió después de una pausa y mirándome con vista que penetró como un estilete de acero hasta el fondo de mis entrañas—. Esta noche se decide mi vida. Hay aquí una mujer a la que adoro, y estoy decidido a raptarla. Me vais a acompañar; os quedaréis guardando la entrada de la casa mientras yo doy el golpe —sentí frío—; realizaréis la parodia de maniatar al conserje, que está de acuerdo con nosotros —dijo nosotros— y si oyerais gritos...» Dominé mi espanto y respondí: «Sí, contad conmigo; yo seré vuestro hombre...»

»Una hora después abandoné el hotel, mi baúl con todos los efectos que contenía, todo, y tomé el primer tren que salió para cualquier parte, fugitivo y perseguido por una interminable jauría de siniestros presentimientos. Al llegar a Lyon, pocas horas después, ya publicaban los periódicos de la ciudad en vastos telegramas la noticia del crimen: un joven extranjero, cuya nacionalidad no había podido establecerse, que había llegado aquella mañana misma a Ginebra y hospedádose, en unión de otro que desapareció sin dejar de sí más vestigio que un baúl con ropa y algunos libros, en uno de los mejores hoteles de la localidad, el «Hotel Metropole», había asesinado, en circunstancias horribles, a una señora que habitaba una hermosa finca de su propiedad en una de las orillas del lago: el robo había sido el móvil del asesinato...»

Brutal, brutal el día. Escribo desde la cama. Hace fuera un frío siberiano, y tengo las entrañas heladas, la temperatura de un muerto. No es la culpa del termómetro. Mi frío es
—¿cómo decirlo?— un frío moral, el frío que debe acometer a los niños que se sientan de pronto abandonados, con nocturnidad, en medio de una calle que ellos barruntan poblada de fieras; el frío de los que en plena vida, en plena barahúnda social, llevan la cabeza cargada de imágenes de claustro y celdas monacales, por cansancio mejor que por misticismo; un frío muy grande, que lo mismo debe acometer a los hombres en la Groenlandia que en el cabo de Hornos; [130] ansia y miedo de morir, afán de nirvanas largos como una vida...

¡Oh alcohol! ¡Oh hastzchiz! ¡Oh santa morfina! ¿Por qué los desgraciados de todas las épocas han quemado ante vuestra ara sus mejores mirras, si no fuera porque sois clementes, porque sois piadosos, porque poseéis secretos de fakir para curar las más rebeldes heridas?

Porque Dios permitió al haceros que os confundáis en vuestra actividad de magos con su soberana grandeza...

Cuando la vida es un tormento, querer dormir —¡oh dormir!— es el más imperativo de todos los derechos.

¿Y quién, aunque se lo nieguen, no se lo toma por su propia mano?

Hoy —¡al fin!— no llueve; pero reina, lo que se llama reinar con verdadera soberanía, un vendaval espantoso.

¡Terrible Madrid éste! Mañana, al decir de los almanaques, comienza la primavera, y si hubiera leña y chimenea en mi casa, me pasaría el día ante el fuego, cubierto de mantas y pieles, como un samoyedo en el rigor de la estación ártica.

Yo no hubiera querido nacer; pero me es insoportable morir.

Vivir es ir muriendo lentamente; los viejos son los desposados del sepulcro.

DE MI ICONOGRAFÍA

Las fiestas de Londres en honor del viejo español García52, aureolado por la fama, ponen de pie ante mi ahita memoria —porque, como los ancianos, yo estoy ya harto de recordar— la visión yacente de dos nobles mujeres, que fueron al mismo tiempo dos musas, dos magníficas forjadoras [131] de pasión y poesía: María Malibrán y Paulina Viardot53, hermanas por la sangre y el espíritu del hombre fuerte para quien Londres acaba de tener rosas y laureles en tan soberbia profusión.

Un gran pedazo de la vida de Musset transcurrió en el amor de María Malibrán-García. Jorge Sand fue para el poeta la alta mar, con sus injurias y peligros; la Malibrán, un puerto. Pero un puerto en una de esas islas azules de los mares lejanos, que son como la realización del ensueño.

Hacia allí dirigió su proa aquel gallardo barco desarbolado... Alfredo de Musset era triste y pobre; cuando conoció a la Malibrán llevaba ya el tedio en las entrañas, como algunos desgraciados la solitaria en el estómago.

Malos amores, semejantes a las ventosas de la fábula, le habían sorbido la sangre, y el alma negra del alcohol tenía cumplida estancia en su cerebro... La prensa no mentaba su nombre siquiera, como si hubiera muerto, ¡como si no hubiera existido jamás! Fantasmal, se sobrevivía a sí mismo. ¡Decidme si es concebible la figura de un arcángel atacado de dolores reumáticos en el arranque de las alas, ni un poeta con calva en la melena y una triste barba gris que parece estar pidiendo consuelo!

Aquél fue el primer amor quizás de la Malibrán, y el último seguramente de Musset. La Malibrán, a quien sus admiradores llamaron la «Santa Cecilia de la tierra», hermana de la Caridad a las veces, más que amante del poeta, trató de salvarlo. Pero era ya demasiado tarde.

Cuentan que en sus paseos en coche por los jardines de la ciudad, Musset, pretextando una aguda afección renal, descendía del carruaje con impertinente frecuencia. Un día la gran cantante sintió la necesidad de celarlo, y vio que Musset penetraba furtivamente en una taberna...

Otra vez le regaló un abono para unos suntuosos baños orientales que en aquellos días se habían inaugurado en París... [132]

Musset, que en la alborada púrpura y oro de su juventud fue, sin pretenderlo ni solicitarlo, por la propia magnificencia de su ser, un émulo de Brummel, había llegado ya, a la hora cárdena de su crepúsculo mortal, a usar camisas equívocas, a ser —¿cómo decirlo?— un hombre de pulcritud dudosa, cuando menos.

La promesa de sentir perfumes enervadores y las caricias del agua tibia sobre la piel sedienta lo estimularon a aceptar...; pero a su regreso, cerca de la anfitrión de aquel muelle placer del baño, traía aún las manos sucias. «¡Ah! Es que he leído...», le respondió, como la Malibrán lo interpelara...

La otra hermana de Manuel García, Paulina Viardot, fue amada y amante de Juan Tourgueneff, el considerable novelador ruso. Tourgueneff era por sus proporciones materiales un coloso. No sé quién, si Zola, si Daudet, lo han comparado con una enorme serpiente boa. Al incorporarse, desenroscaba sus anillos y daba la sensación vagamente de un insólito ejemplar de una fauna desaparecida, en que fuera posible la variedad del hombre ofidio.

El buen eslavo la amó. En Niza, en París, a través de las estancias dolientes de los balnearios, siempre aparece la simpática figura de Paulina Viardot al lado de su gran serpiente alada... Goncourt, al hablar del ruso, miente siempre a la española...

Y en la génesis de buen número de sus libros yo noto la influencia de aquella cálida palmera que vio Heine en sus propios paisajes interiores prendada como una hembra del pino tétrico que allá entre nieves se consume de soledad y de hastío.

Nietzsche es el gran comisionista de paradojas metafísicas del género humano; su obra es como un muestrario de incoherencias mentales. Y aunque su habla es alemana, a mí me parece, al oírlo, percibir siempre los más disonantes acentos de la Gascuña.

Las náuseas de ayer me han como purificado. Al despertar esta mañana me he sentido nuevo, mozo, y como si [133] estrenara una vida. Quizás me convendría aún un día entero de reposo; pero no puedo. Quiero ensayar otra vez la emancipación por el trabajo.

Amo el color rojo; así es la sangre y el fuego, y la aurora, y en lo social los rubíes, la púrpura y el odio; las vírgenes sienten arreboles en sus mejillas cuando las auras al pasar les insinúan misterios amorosos y los más bellos y las más bellas anécdotas del genero humano, grises, ácromas en sus comienzos, se tornan rojas al explorar en fecundidad y en gloria...

Yo amo, como una bestia carnicera la sangre, el magnífico color rojo, la imperial sanción de la sangre.

1º de enero.

Al abrir los ojos esta mañana mi primera exclamación ha sido: «¡Bendito sea Dios!»

Al estampar estas líneas yo quisiera, evocando mis amores, agitar mi alma como se agita un incensario en un lugar cerrado, y repetir la misma exclamación arrebatada con que se abrió esta mañana mi espíritu a la vida: ¡Bendito sea Dios!

¡Bendito sea Dios!, que ha prolongado la vida de los míos un año más; que da reparación y fuerzas a mi santa madre; que no nubla jamás el sol en el alma de Juana; que me ha ungido con su gracia, llevándome como de la mano al dintel de ese camino de Damasco por el que tantas almas soñadoras claman y cuyas limitaciones tan pocos conocen...

El nombre de Grecia me hace pensar en el poder mágico que tienen algunas palabras fulgurantes. Aun siendo ese nombre la expresión de una realidad geográfica, de una realidad histórica y de una realidad étnica, parece un mito.

Yo vivo ansiando que mi alma llegue a adquirir a ciertas horas de la vida la horrorosa serenidad del cadáver. [134]

París acaba de aumentar su ejecutoria de nobleza con un hecho patricio, que a nosotros, los españoles, nos obliga particularmente. Castelar es el nombre que ostenta una de las calles de su gran urbe, y el mismo sonante título servirá perennemente de enseña a una fundación que por iniciativa del periódico Le Matin va a instituirse por suscripción pública.

A cerca de 5.000 francos asciende el primer boletín que llega a mis manos.

Yo no me siento con fe para entonar cánticos a su memoria, y si alguna vez he asistido a las capillas en que se le rinde culto, yo era allí, como mi alma no me acompañaba, lo que un forastero en un lugar donde nada le incitara a colocar su tienda.

Creo también que admirar es un hecho soberanamente religioso, un gesto de misticidad muy ancho, y que las manos que se alzan suplicantes al cielo no tienen mayor unción que las que se unen movidas por la fe para ofrendar el aplauso a alguna de nuestras adoraciones de la tierra. Castelar54 figura en la iconografía de los hombres de mi generación; no tiene altares en nuestras creencias. Sin negar la extensión, mejor que la profundidad, de sus predicaciones, créolo sencillamente un bello fenómeno de mentalidad que se ha producido en España; pero no más transcendental que una hermosa puesta de sol o el inspirado decir de un genio de la escena. En Francia era más conocido por el amor que le profesaba, y que no le regateó nunca, que por la alteza de sus escritos. Taine, el crítico unigénito, fue en cierta ocasión más allá de la cólera, juzgándolo. Como Mr. Hebbrard, director de Le Temps, lo invitara a pasar a su despacho para presentarlo a nuestro tribuno, el grande hombre respondió:

—Gracias, tengo en casa un canario...

Claro que este decir es excesivo. Pero lleva la estampilla regia del cerebro que fue troquel de Los orígenes de la Francia contemporánea. Y esa consideración obliga a meditar. [135]

Se ha fantaseado mucho acerca de los niños.

Yo no los amo, amorfos y brutales, sensibles sólo a la ley del egoísmo, estúpidos cachorros de una humanidad incierta, a menos que, como Mirabeau en la lactancia, no muerdan el pecho de su nodriza.
Carnestolendas

Fundido con la multitud me dejo llevar involuntariamente, como un miserable cuerpo sin alma, hasta las alturas de Recoletos.

El día es triste; pero llena los ambientes la alegría bestial de un pueblo suelto. Y aunque las nubes escurren lágrimas de vez en cuando, como en un duelo intermitente, las músicas de las estudiantinas alborozan la ciudad, reduciendo a añicos el luto de los corazones.

Yo soy uno de tantos. Razón lleva el justo en amar la soledad, si no quiere descomponerse en la vulgaridad ambiente. Ya soy uno de tantos. Y me place momentáneamente dejar de ser hombre para convertirme en esa cosa, desconcertante y tremenda, que se llama la multitud, la Esfinge...

Abruma el peso de la personalidad. Harto sé que se lleva sin sentirlo, como tantos otros pesos, como el de la atmósfera en lo físico, como el de la vergüenza en lo moral. Pero llega a hacerse molesto a sus horas. Yo quiero darme la fiesta hoy, día de Carnestolendas, de acéfalo, porque soy muchedumbre, e ir camino adelante en busca de holgorio, sin otra razón que porque sí, porque he visto en mi calendario que éstos son días de lupercales, y yo soy un anillo del monstruo ciudadano que, panza al trote, ha recorrido Madrid estos días, como Roma en otros tiempos, lividinoso y tragón, buen muchacho en el fondo que prefiere la jota a la Marsellesa, y las batallas de confetti, a las en que se rectifican y confirman las fronteras morales de los pueblos.

En Recoletos, y frente a las tribunas, y tras de ellas y a su alrededor, el bloque humano de que yo formaba parte se ha convertido en una gran masa imponente. ¡Oh pueblo de los días de revuelta, cuan vario eres! Pienso en el mar, y me siento orgulloso de ser una gota de este océano. Las carrozas desfilan lentamente, con majestad triunfadora, y un gran [136] trozo de cielo azul que se abre de pronto ante nuestra vista marca con su ufanía el apogeo de la fiesta.

Yo pienso por un momento que no hay enfermos en el mundo, ni tristes, ni desvalidos; que Leibnitz lleva razón, que Pangloss lleva razón, que los campos son jardines que ofrecen espontáneamente sus flores y sus frutos, que los mares son clementes, que se ha abolido el rayo, que Dios deja ver su faz nimbada por los cuatro puntos cardinales de la tierra...

La fiesta bate su apogeo. Ha salido el sol. ¡Viva la vida!

Pero...

La gloria del atardecer se ha extinguido. Fláccidas, desmayadas, las máscaras regresan a sus cubiles misteriosos. Ya no hay carrozas. Las percalinas triunfales parece como que se tornan en crespones, y las tribunas, en catafalcos. Y, desprendido de la masa, vuelto a la posesión de mi ser, pienso en los enfermos, en los desvalidos, en los tristes, en Leibnitz, que era —perdón— un tonto de solemnidad; en Pangloss, que no era sino el desvarío de un filósofo; en que los campos son acerbos; en que el mar es implacable; en que el rayo está en la mano de Dios y en que hasta Él no llegan nuestros gemidos...

¡Carnaval de Niza, viejo Carnaval de Venecia, incesante Carnaval humano! Tu padre fue Adán, porque eres coetáneo del primer hombre, tu última fiesta se celebrará en el palpitar postrero de la Tierra.

En estos días de tregua del dolor, de amable demencia universal, los humildes capuchones de percalina ostentan ufanías de brocados y las pintarrajeadas caretas de cartón abrigan más que las mejores pellizas de los zares. El tú, fraterno, surge espontáneamente de los labios, porque antes ha hecho parada en los corazones. Vístense de hombre las mujeres, de mujeres los hombres. Andan sueltos los osos por las calles. La fauna interior se proclama emperatriz del mundo. Viejas esteras se muestran sobre hombros erguidos, con petulancias de clámides, y máscaras preñadas amenazan con insólitos alumbramientos en medio del arroyo. Es el triunfo de la carcajada y de la mueca. Momo es hoy la divinidad del mundo. [137]

Pero cuidaos de no alzar las hojas del almanaque. Otra vez el tedio acecha a la humanidad detrás del Miércoles de Ceniza.

Notad que todos los críticos son miopes y usan antiparras. Acercándose demasiado a la nariz, por deficiencia del órgano visual, las páginas del libro que tienen entre las manos, ven los defectos tipográficos, las cualidades de la estampación, los poros y los granos del papel, no el alma del escritor, que ha necesidad, siempre, de los grandes horizontes para ser vista en su justa perspectiva.

Vivo desde hace dos meses en una casa de vecindad: una casa de vecindad quiere decir una casa pobre, donde hay muchos vecinos; pero no pago sino cuatro duros mensuales y tengo un gran balcón a la calle, desde el que se domina un trecho de la de San Bernardo. Entre burlas y veras yo llamo a mi casa una tienda de campaña; pero es algo mejor que eso, porque es una casa cuyos balcones, si bien dan a la calle de San Bernardo, también dan a la libertad y a la vida. El más grande suplicio que se me puede infligir consiste en privarme del espectáculo del cielo, u ofrecérmelo con mermas. Desde mi observatorio puedo a mi guisa darme esas grandes fiestas de visión, mejores que las mejores, que consisten en, desdoblando la propia personalidad, viajar con la fantasía, y a las veces con el alma, por las regiones del azul sin fondo, y dejarse uno vivir, y dejarse uno llevar como un nadador que hace el muerto, y dejarse uno llevar dulcemente por las ondas, y dejarse uno vivir arrullado por el nirvana adorable de lo infinito.

También tengo flores. Como he vendido mis muebles y sólo me he reservado los más precisos, he sustituido el confort por la gala, y, si bien es cierto que no tengo apenas mesa donde escribir, poseo en cambio una maceta de claveles que transcienden a Gloria, y en lugar de mi artístico secretaire de palo de rosa tengo una hortensia, que me consuela de muchas pérdidas crueles de la vida.
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